¡Hola Chicas! Como ven he decidido regresar a Fanfiction.


Los personajes le pertenecen a , la historia es una adaptación de Melanie Milburne.

En su Cama

Melanie Milburne

Capítulo 3

UNA VEZ que hubo tomado unas cuantas fotografías, salió de aquella habitación en busca de aire fresco. En el largo pasillo, pensó que aquélla era la casa donde Edward había pasado su niñez, pero por alguna razón, no parecía la casa donde un niño se pudiese encontrar a gusto.

Estar allí le hizo darse cuenta de cosas que antes no entendía, pero que en aquel momento comprendió que debían estar relacionadas con haber crecido en aquella casa.

Edward odiaba la oscuridad. Siempre encendía las luces al llegar a casa y se empecinaba en que las persianas estuviesen levantadas, incluso si el sol no permitía ver bien la televisión o la pantalla del ordenador. Odiaba que la música estuviese alta, especialmente si era música clásica.

Abrió otra puerta y entró en una habitación llena de polvo. Era una biblioteca. Algunos de los libros que allí había eran muy antiguos. Había una mesa con papeles revueltos, como si alguien hubiese sido interrumpido mientras trabajaba allí y no hubiera vuelto para arreglarlo.

Tomó un documento de la mesa, un informe de una compañía de inversiones. El valor de las acciones allí reflejado dejó impresionada a Isabella. En ese momento oyó un sonido y, al darse la vuelta, encontró a Edward apoyado en la puerta de la habitación. Su tiempo había acabado.

Dejó el documento sobre la mesa. Tenía la boca seca. Había tantas cosas que le quería preguntar antes de comprometerse a lo que él pedía.

—Edward... yo... yo no sé qué decir.

—¡Qué vas a decir! —dijo Edward mientras entraba en la habitación—. Mi padre murió siendo un hombre muy rico.

—Creía que insinuaste que no te había dejado nada en su testamento —Isabella frunció el ceño.

Edward la miró un segundo antes de apartar la vista y dirigirse a la mesa y sentarse.

—No me ha dejado nada que yo quiera —contestó Edward.

—Pero... no estamos hablando de unos pocos utensilios de cocina y libros de segunda mano, Edward. Este lugar vale una fortuna. Sólo el valor de la casa en sí serviría para que alguien pueda vivir toda su vida sin trabajar, por no hablar de los muebles que he visto hasta el momento.

—No quiero deshacerme de la casa. Sólo de lo que hay dentro de ella —le informó Edward, que se levantó de la silla, haciendo sentir a Isabella pequeña debido a su impresionante altura—. Tengo que establecer una sucursal de mi compañía aquí, en Sidney. Estoy planeando pasar la mitad del año en Inglaterra y la otra mitad aquí.

—Pero antes me dijiste que siempre habías odiado esta casa —dijo Isabella.

—Y la odio. Pero eso no quiere decir que no se pueda reformar y convertirla en la casa que debió ser desde un principio. De hecho, tengo ganas de hacerlo.

Isabella sabía que al decir aquello, Edward había querido decir algo más, pero no sabía si debía preguntar. Cuando vivieron en Londres, él se había empeñado en vivir en un apartamento de sólo una habitación y no entendía cómo en aquel momento quería vivir en aquella inmensa casa.

—Es un poco... un poco grande para un hombre que... —Isabella dejó de hablar cuando él se dirigió hacia ella.

—¿Para un hombre que qué, Isabella? —preguntó Edward, jugueteando con un mechón de pelo que ella tenía sobre el hombro, ante lo que ésta, nerviosa, tragó saliva.

—Tú eres... eres un soltero empedernido —le recordó Isabella, agitada—. No quieres esposa, ni hijos. No quieres estorbos. ¿Te acuerdas que me lo decías?

—¿No crees que es posible que la gente cambie un poco con el tiempo?

A Isabella le dio un vuelco el corazón al pensar qué podría haberle hecho cambiar. Quizá hubiese conocido a alguien... a una mujer que fuese tan perfecta para él que no pudiese soportar vivir sin ella, incluso si ello significaba casarse... algo que había evitado en el pasado.

Edward le soltó el pelo pero no se apartó. Ella intentó echarse para atrás, pero no podía, ya que justo detrás tenía una librería contra la que chocó. Se asustó pensando que los libros se pudieran caer encima de ella y se echó hacia delante. Pero entonces se encontró demasiado cerca de Edward.

—¿Qué... qué es lo que te ha hecho cambiar de idea? —preguntó, sorprendida de que le hubiese salido la voz, ya que no podía respirar bien por los nervios.

—Desde que mi padre murió, he estado pensando en mi vida. Quiero cambiar algunas cosas. Antes no estaba preparado para hacerlo —dijo, apartándose de ella y mirándola—. Tal vez te parezca extraño, pero eres la primera persona a la que le he confiado esto —sonrió, compungido.

En aquel momento, Isabella sintió que la culpa le carcomía por dentro. ¡Ella le había ocultado que tenía un hijo!

—Hace cuatro años y medio simplemente no estaba preparado. Supongo que ahora lo estoy porque mi padre está muerto. Es por eso que te dije antes lo de cerrar etapas.

—Entonces... —Isabella se humedeció la boca—. ¿... has cambiado de opinión sobre... el matrimonio?

—He estado pensando en ello —admitió Edward.

—¿Y las... las otras cosas sobre las que siempre eras tan firme? —preguntó Isabella, que ante la interrogante mirada de Edward, añadió—: Niños, mascotas... esa clase de cosas.

—No —contestó Edward, impasible—. No he cambiado de idea sobre eso. No quiero hijos. Nunca.

Aquellas palabras fueron como una patada en el estómago de Isabella. No se había dado cuenta hasta ese momento de cómo le hubiera gustado que hubiese respondido de distinta manera.

El no quería hijos. Ni ahora ni nunca. ¿Cómo iba a decirle la verdad en aquel momento?

—¿Has decidido aceptar mi oferta, Isabella? —preguntó, mirándola.

—Ne... necesito más tiempo.

—Lo siento —dijo Edward. Pero la manera con que la miró no indicaba que realmente quisiera disculparse—. O lo tomas o lo dejas. Si quieres quedarte con este material, vas a tener que aceptar mis condiciones; trabajar durante un mes de nueve a cinco en esta casa... a mi lado.

Isabella sintió cómo el pánico le recorrió el pecho, y le sudaron las manos.

—Normal... normalmente no trabajo de nueve a cinco —dijo Isabella, evitando su mirada.

—¡Oh! ¿De verdad? —preguntó Edward, sorprendido—. ¿Por qué no?

—A Jacob no le gusta que yo trabaje la jornada completa —contestó Isabella, contenta ya que aquello era lo más cercano a la verdad.

—¿Y tú estás de acuerdo con eso?

—Yo... —Isabella levantó la barbilla—. Sí. Me deja tiempo libre para hacer otras cosas.

—¿Qué es lo que te gusta hacer en tu tiempo libre?

Isabella sabía que en aquel momento estaba acorralada y la única salida era mentir.

—Voy al gimnasio.

—¿Al gimnasio? —preguntó Edward, incrédulo.

—¿Qué quieres decir, Edward? —preguntó Isabella, levantando aún más su barbilla—. ¿Que aparte de gorda no estoy en forma?

—¡Eh! ¿Cuándo he dicho yo que estuvieras gorda? —dijo Edward, alzando las manos para rendirse.

—Ayer cuando nos vimos dijiste que había ganado peso. Según tengo entendido, eso quiere decir que me ves gorda —dijo, mirándolo resentida.

—Pienso que estás estupenda —dijo él, analizándola con la mirada, deteniéndose más de la cuenta en sus pechos—. Antes eras una niña. Apenas acababas de salir de la adolescencia. Ahora eres una mujer. Una mujer preciosa y sexy.

Isabella quería decirle que aquella mujer preciosa había tenido un hijo suyo, pero sabía que no podía hacerlo. Se preguntó si alguna vez podría.

—Gracias —masculló a regañadientes, y apartó la mirada.

Edward suspiró. Casi se había olvidado de lo sensible que ella era.

—Puedo negociar sobre las horas que trabajarías —dijo Edward.

—¿Es... estaría bien de diez a cuatro? —preguntó ella con el alivio reflejado en sus ojos marrones.

Edward simuló pensar en ello un momento. Le intrigaba por qué Isabella se sentía tan nerviosa en su presencia. Había esperado que estuviera enfadada, pero no esperaba aquel nerviosismo que la llevaba a no saber ni qué hacer con sus manos.

—De diez a cuatro estará bien —dijo finalmente Edward—. ¿Quieres que te vaya a buscar a tu casa por las mañanas?

—¡No!

A Edward le impresionó la manera tan vehemente con que respondió.

—Quiero... quiero decir que no será necesario. Además de que... —dijo, mirándolo elocuentemente—. A Jacob no le gustaría eso.

—Y como a Jacob no le gusta, a la pequeña y buena Isabella ni se le ocurre hacerlo, ¿no es así? —dijo Edward sin molestarse en esconder su desprecio.

Isabella no se molestó en contestar.

—¡Por el amor de Dios, Isabella! —dijo bruscamente—. ¿No te das cuenta de que él no te conviene?

—¿Que no me conviene? —Isabella lo miró, enfadada—. ¿Cómo puedes decir eso? ¡Eres tú el que no me convenía!

—No era que yo no te conviniese; yo sólo...

—¡No me convenías! —le espetó con odio—. ¡Me arruinaste la vida! Acabaste con mi autoestima. Yo era tu estúpido juguete, algo con lo que pasar el tiempo.

—Eso no es verdad —dijo él sin ninguna emoción.

—Maldito seas, Edward. ¿Cómo puedes decir que Jacob no me conviene cuando por lo menos con él puedo ser yo misma? Nunca pude serlo contigo. No me lo permitías.

Por más que le costara admitirlo, Edward sabía que quizá ella tenía razón. No estaba orgulloso de cómo la había tratado cuando estuvieron juntos. Había sido insensible y egoísta.

—Isabella... —Edward carraspeó, y siguió hablando—: ¿Podemos olvidarnos del pasado y pensar sólo en el presente?

Isabella se preguntó cómo iba a olvidar el pasado cuando estaba Anthony para recordárselo.

—¿Por qué haces esto? —preguntó ella—. ¿Qué es lo que puedes ganar insistiendo en que sea yo la que haga este negocio para ti? Dices que no quieres el dinero que en realidad vale todo esto... ¿Qué es exactamente lo que quieres?

—Esta casa está llena de fantasmas —contestó Edward—. Quiero que me ayudes a deshacerme de ellos.

—¿Por qué yo? —preguntó Isabella, nerviosa.

—Tengo mis razones —contestó Edward de una manera inexpresiva.

Isabella se dijo a sí misma que no podía ayudarlo, le estaba escondiendo el mayor de los secretos. Pero por otra parte, veía que realmente la necesitaba para cerrar esa etapa de la que le había hablado. Pasar tiempo con él sería un riesgo, pero mientras ella se mantuviera firme, no pasaría nada.

—Creo que necesitamos establecer algunas normas —dijo ella, simulando entereza.

—¿Normas?

—Normas, Edward —contestó Isabella, mirándolo con reproche—. Esos parámetros morales acordes a los que vive la gente decente.

—Muy bien. Establece las normas —dijo Edward, esbozando una sonrisa forzada.

—Lo primero, es que no puedes tocarme —dijo, mirándolo con determinación.

—De acuerdo.

—Y eso incluye que no me puedes besar, desde luego —añadió remilgadamente Isabella.

—Desde luego —contestó Edward, humedeciéndose los labios.

—Y no quiero que me mires así —dijo, tratando de mantenerse serena mientras Edward la miraba de arriba abajo.

—¿Así? ¿Cómo? —preguntó Edward, mirándola de la misma manera.

—¡Como me estás mirando ahora mismo!

—¿Así? —preguntó Edward, señalando su cara, poniendo cara de inocente.

—Edward Cullen, sabes perfectamente a lo que me refiero. Me desnudas con la mirada.

—¿De verdad?

Isabella pensó que se hacía muy bien el inocente, pero pudo ver la picardía en sus ojos y no quiso seguir con el juego.

—Sabes que lo haces y tienes que dejar de hacerlo. ¡Ahora mismo!

—Si eso es lo que quieres —dijo Edward, sonriéndole.

—Sí, es lo que quiero.

—¿Has acabado de decirme tus pequeñas normas?

—Sí, creo que eso es todo —lo miró como si fuese su maestra.

Durante unos segundos, ambos mantuvieron silencio.

—¿Quieres oír mis normas ahora? —preguntó finalmente Edward.

—Está bien. Si tienes que decirlas, las escucho —contestó Isabella. Tragó saliva y lo miró tan serenamente como le fue posible.

—Bien.

De nuevo se creó silencio entre los dos. Isabella no sabía dónde mirar. En realidad, quería hacer justo lo que le acababa de prohibir hacer a él; quería desnudarlo con la mirada.

—Te prometo que no te voy a tocar, ni a besar, incluso que no te voy a mirar si tú me prometes que vas a hacer lo mismo —dijo Edward.

«Yo puedo hacerlo», pensó Isabella. «Yo puedo ser fuerte. Tengo que ser fuerte».

—No es ningún problema —contestó ella sin alterarse—. No tengo ningún interés en complicar las cosas rememorando nuestra relación.

—Bien. Empezaremos a trabajar el lunes a las diez —Edward se acercó a tomar un juego de llaves del escritorio—. Éstas son las llaves de la casa, por si llegas antes que yo.

Isabella tendió su mano y la abrió, ante lo cual Edward dejó caer las llaves sin tocarla.

—¿Ves? No te he tocado —Edward sonrió al ver cómo Isabella se quedó desarmada.

—Hasta el momento —masculló ella mientras se dirigía hacia la puerta.

—¿Isabella?

—¿Sí? —dijo, tomando aire y dándose la vuelta para mirarlo.

—Te olvidas de esto —dijo Edward, acercándole la rosa que había cortado para ella en el jardín.

Isabella volvió para tomar la rosa. Al evitar tocar a Edward, que sostenía la rosa en su mano, se pinchó el dedo con una de las espinas.

—¡Ay! —exclamó al pincharse. Buscó un pañuelo en su bolso mientras miraba la sangre que tenía en el dedo, pero antes de encontrar uno, Edward le tomó el dedo y se lo metió en la boca.

Le flaquearon las piernas mientras Edward tenía su dedo en la boca y sus miradas se encontraron.

—Me... me habías prometido... que no me tocarías... —le recordó ella. Le faltaba el aliento, pero por alguna inexplicable razón no apartó el dedo de su boca.

Sintió cómo le invadía el deseo mientras sentía la lengua de Edward sobre su dedo.

—Lo sé —dijo Edward, soltándole la mano y apartándose de ella—. Pero por esta vez me perdonas, ¿no?

Isabella no contestó. En vez de eso, se dio la vuelta y se marchó de la habitación y de la casa, como si los fantasmas que en ella había quisieran chuparle la sangre.

Y no sólo una gotita...


Bueno niñas, nos leemos pronto.
Besos: Karen O'Shea