Dive (Ed Sheeran)

Oh, maybe I came on too strong / Maybe I waited too long

Maybe I played my cards wrong / Oh, just a little bit wrong

Baby I apologize for it

I could fall or I could fly / Here in your aeroplane

And I could live, I could die / Hanging on the words you say

And I've been known to give my all / And jumping in harder than

Ten thousand rocks on the lake

So don't call me baby / Unless you mean it

Don't tell me you need me / If you don't believe it

So let me know the truth / Before I dive right into you

You're a mystery / I have travelled the world

There's no other girl like you

No one, what's your history?

Do you have a tendency to lead some people on?

Because I heard you do

I could fall or I could fly / Here in your aeroplane

And I could live, I could die / Hanging on the words you say

And I've been known to give my all / And lie awake, every day

Don't know how much I can take

So don't call me baby / Unless you mean it

Don't tell me you need me / If you don't believe it

So let me know the truth / Before I dive right into you

I could fall or I could fly / Here in your aeroplane

And I could live, I could die / Hanging on the words you say

And I've been known to give my all / Sitting back, looking at

Every mess that I made

So don't call me baby / Unless you mean it

Don't tell me you need me / If you don't believe it

So let me know the truth / Before I dive right into you

Before I dive right into you / Before I dive right into you


-¿Qué haces aquí?– André la miró impactado, no podía dar crédito a sus ojos. Frente al mostrador de la imprenta estaba ella. La encontró más hermosa que nunca, sus intensos ojos azules contrastaban la palidez de su rostro, se detuvo en sus labios delgados y delicados, recordó su suavidad. Jamás dejaría de amarla o desearla, simplemente era imposible.

-Estaba patrullando cerca y decidí pasar a saludarte- Oscar sonrió -El otro día no alcancé a despedirme antes de que te marcharas.

-¿Desde cuándo la Guardia Imperial pasa tanto tiempo en París?– bromeó mientras con una mano se rascaba la nuca, ese reflejo lo tenía desde niño y siempre que estaba nervioso lo hacía.

-En realidad quería agradecer tu ayuda, como siempre apareciste en el momento indicado… de no ser por ti no sé qué habría pasado– sonrió nerviosa.

-No tienes nada que agradecer- la observó intrigado, había algo extraño en su actitud pero aún no sabía lo que era. Se produjo un incómodo silencio -¿Quieres tomar una taza de té?- preguntó esperanzado y rompiendo la incomodidad de ambos –Perdona… no sé de cuánto tiempo dispones antes de regresar a Versalles.

-Tengo tiempo aún y me encantaría una taza de té– secó disimuladamente las palmas de sus manos en su roja guerrera.

La invitó a pasar a la trastienda, lugar en donde estaba una cocina pequeña, modesta y limpia. Oscar se sentó frente a la mesa y esperó que André le sirviera una taza de té, la tomó con las manos temblorosas, bebió un sorbo del líquido azucarado esperando que la calmara.

El dueño del lugar se asomó a la cocina -¿No me vas a presentar a tu amigo?

-Sí... claro- André se puso de pie -Señor Gulden, ella es Oscar.

La aludida se levantó y extendió una mano a modo de saludo -Soy la Comandante de la Guardia Imperial Oscar François de Jarjayes- recitó de forma automática. No pudo evitar reparar en como André sonreía con ternura ante su saludo.

-Mucho gusto distinguida mademoiselle- contestó el hombre -A vuestro servicio Joseph Gulden dueño de este humilde negocio.

-Le agradezco mucho haberle dado trabajo a André, es una persona muy responsable y honesta. No podría tener mejor ayudante- la rubia habló llena de seguridad.

-Sí... supongo que usted lo sabe muy bien porque...

-Fue mi valet durante más de veinte años- contestó ella con sinceridad.

Gulden miró de reojo a su empleado, el hombre de ojos verdes desvió la mirada y la fijó en la punta de sus zapatos. -Bueno... no quiero interrumpirlos más...- Joseph continuó mirando a André -Te avisaré si necesito ayuda.

-Gracias...- murmuró el joven.

-Fue un gusto conocerlo- se despidió Oscar sin siquiera sospechar que el amable empleador conocía más de lo que ella imaginaba acerca de la particular relación que la unía al hombre que estaba frente a ella.

En cuanto quedaron solos nuevamente ambos tomaron asiento. André sacó un plato con galletas de la despensa -Te encantarán, las hace la señora Gulden... son una delicia- hizo un movimiento rápido para poner el plato al alcance de la rubia. Ella se asustó y enderezó los hombros colocándose alerta en un movimiento que no pudo controlar. Él bajó la vista y preguntó en apenas un murmullo -¿Algún día lograrás perdonarme?

-Sí- contestó ella con tristeza y en el mismo tono de voz, lamentaba profundamente todo lo que había pasado y la incomodidad que los rodeaba –No estaría aquí si no fuera así- respiró profundo y trató de relajar los hombros –André… ¿Puedo confiar en ti nuevamente? ¿Puedo confiar en que nunca me lastimarás?

-Nunca volveré a actuar como aquella vez... Te lo juro por lo más sagrado…- su voz se quebró –Jamás volveré a tocarte de esa forma ni a faltarte el respeto… No sé qué me pasó… te suplico creas en mi- la miró con los ojos anegados.

-Te creo…- contestó Oscar mirándolo a los ojos –¿Aún sientes algo por mí?

-¿Como no hacerlo?- le contestó con la voz quebrada, respiró profundo para tranquilizarse y poder continuar hablando -Pero eso no hará que falte a mi palabra, prefiero morir antes de lastimarte o asustarte nuevamente- un par de lágrimas se alojaron en sus pestañas.

Oscar sintió que su corazón se contraía al ver tanto dolor en los ojos de André, tuvo la intención de acariciarle la mejilla en un gesto de consuelo pero se contuvo, no podía acercarse si tan solo unos segundo atrás se había puesto a la defensiva cuando él se había aproximado sin aviso "¡¿Qué diablos pasa conmigo?!" pensó. Tratando de dominar todo lo que la agobiaba respiró profundo y habló -Me gustaría que tratáramos de superar esto…- lo miró nerviosa –Eres la única persona en quien confío… y sin tu apoyo me he sentido espantosamente sola…nadie me entiende como lo haces tú- terminó la frase en apenas un susurro.

André asintió en silencio y bebió un sorbo de té sin atreverse a mirarla.

A medida que transcurrían los minutos el nerviosismo y la incomodidad comenzaron a desparecer, comenzaron a hablar casi con la misma facilidad con la que lo habían hecho toda su vida. Conversaron amenamente de cosas sin demasiada importancia, Oscar le contó detalles de Versalles y él le mostró ejemplos de lo que se hacía en la imprenta.

-Debo retirarme– la rubia y delgada mujer se puso de pie –Tengo que volver a palacio.

-Fue un gusto verte– André sonrió.

-Para mí también... Extrañaba conversar contigo- un tenue rubor cubrió sus mejillas.

André la acompañó en silencio a la salida, vio como subía a su caballo y se marchaba. No podía quitarle la vista de encima, tenerla cerca se había sentido como una brisa de aire fresco, de pronto ella volteó y haciendo un gesto con la mano se despidió sonriendo.

En cuanto Oscar entró al palacete de su familia subió corriendo las escaleras, necesitaba llegar a su cuarto y permanecer ahí hasta que lograra dominar todo lo que estaba sintiendo, y que estaba segura, se traslucía en sus ojos y mejillas encendidas. Apenas cerró la puerta de su alcoba se acercó al espejo y estudió su reflejo. Sus ojos brillaban y la nívea piel de su rostro estaba completamente sonrosada -No puedo estar comportándome como una adolescente- se reprochó en un murmullo. Sacudió la cabeza tratando de ahuyentar los pensamientos que continuaban atosigándola, se concentró en respirar profundo durante un par de minutos y miró su reflejo nuevamente, sus mejillas nuevamente estaban pálidas permitiéndole lucir un poco más "normal".

Se acercó a la cama y se dejó caer bruscamente sobre los almohadones sin siquiera quitarse las botas ni la guerrera. Estiró los brazos sobre la cabeza y suspiró profundo -¿Qué es lo que me pasa?- murmuró, se llevó las manos a la cabeza y se restregó el rostro con fuerza, casi lastimándose, cuando detuvo los movimientos se acarició los labios con la punta de los dedos admitiendo lo que en su cabeza martillaba de forma incesante. A pesar de que no podía alejar del todo el temor que la asaltaba cuando él se acercaba, mientras estaba con André en aquella humilde cocina había deseado que él la besara nuevamente, que la besara con pasión, tal y como lo había hecho hace meses atrás. Tomó el almohadón mas cercano y se cubrió el rostro con él -¡Ahggggg!- gritó contra la tela. Sentía que estaba perdiendo el juicio.

Con el pasar de los días, Oscar apenas lograba concentrarse en sus labores, sin que nadie más que ella se diera cuenta había cometido más de un error, sin importancia, claro está, pero que la hacían asumir que no estaba concentrada. El día de mayor enajenamiento llegó después de una semana, cuando estaba revisando los reportes de algunos desordenes en las afuera de palacio. Ese día, con dificultad lograba concentrarse en los documentos que Girodelle le entregaba para su aprobación, haciéndolo repetir en más de una ocasión las frases finales de cada informe.

Mientras su subalterno se ausentaba de su oficina durante unos minutos, Oscar dejó que su vista vagara por la ventana y comenzó a mordisquear de forma distraída la pluma que sostenía en la mano mientras un profundo suspiro escapaba de sus labios -¿Por qué no me ha buscado...?- pensó en voz alta y con la mirada perdida.

-Perdón por la tardanza Comandante- habló Victor regresando al despacho. Ella no le puso ninguna atención -Oscar, si no te conociera diría que estás actuando igual que una adolescente enamorada...- trató de bromear. Calló abruptamente cuando ella le dio la más gélida de las miradas -Lo lament...- intentó disculparse.

-¿Te confirmaron la aprobación para la compra de los nuevos suministros?- le preguntó con dureza y cortando cualquier disculpa de Girodelle.

-Sí, Comandante.

-¿Terminaste el reporte de las guardias del día de ayer?- continuó interrogándolo.

-Sí, Comandante.

-¿Hiciste seguimiento a la solicitud que elevé al General Bouillé acerca del nuevo modelo de carabinas?- insistió punzante.

-Sí, Comandante... tendremos una respuesta la próxima semana.

-¿Terminaste el calendario de turnos de los guardias para el próximo mes?- preguntó prácticamente gruñendo.

-No, Comandante... estamos sólo en el quinto día del mes presente...- se justificó Girodelle.

-Aquí estás para trabajar, no para bromear ni menos para preocuparse de los demás, para eso están los salones de palacio- le dijo con dureza.

-Lo... lo lamento Comandante- Girodelle bajó la mirada completamente desconcertado, nunca lo había tratado de esa forma.

-Retírate- le dijo Oscar sin siquiera mirarlo.

-Pero Comandante... No hemos terminado los reportes que estábamos haciendo en conjunto- insistió el Conde.

Oscar levantó un documento -Terminaré sola, retírate y prepara una Revista, en diez minutos estaré en el patio principal- se concentró en el documento que estaba frente a ella hasta que escuchó la puerta cerrarse. Recién en esos momentos se relajó y dejó que su cabeza descansara sobre sus manos, sentía que se estaba volviendo loca, había recurrido a toda su fuerza de voluntad para no ir a Paris durante la ultima semana y sentía que ya no aguantaba más. Dejando los documentos a medio terminar, salió al patio a presenciar la el desfile mientras no dejaba de pensar en una excusa para visitar a André nuevamente.

Ese día, al dar por finalizada su jornada en Versalles, Oscar envió un mensajero a su padre para avisarle que no llegaría a cenar ya que se reuniría con un informante en Paris. Mientras veía como el lacayo se alejaba pidió a uno de los mozos de cuadra que prepara a César y salió a todo galope hacia el centro de la ciudad.

Esperó tras unos viejos barriles a que el local donde trabajaba André cerrara. Cuando vio que su ex valet era el encargado de la tarea y que además estaba acompañado por Bernard se ocultó sintiéndose incapaz de acercarse. Los siguió con la mirada cuando ambos se alejaron, pudo notar que conversaban amenamente. Apenas se alejaron unos metros, ella salió de su escondite y los siguió a una distancia prudente, los vio entrar a la misma taberna en donde los había visto hace semanas. Mientras se ataba el cabello en una coleta, agradeció haber tenido la idea de cambiar su guerrera por una de las chaquetas que guardaba en su oficina. Entró a la taberna unos minutos después.

Se sentó en una mesa lejana y oculta tras un grupo de parroquianos que bebían y cantaban. Por más que trato de pasar desapercibida, después de la segunda jarra de cerveza su mirada se cruzó con la de André. Él estaba acompañado de Bernard y un par de jóvenes que no dejaban de hablar de política, cuando el hombre de ojos verdes la vio, hizo el amague de levantarse pero ella movió la cabeza en señal negativa deteniéndolo. André asintió con apenas un movimiento y trató de no prestarle más atención para no importunarla. Ambos permanecieron tal y como estaban hasta que el grupo de Bernard se puso de pie y comenzaron a despedirse. Cuando André pasó por su lado para salir del establecimiento ella dio vuelta la cara y se concentró en la tercera jarra de cerveza que había pedido.

Después de un rato, Oscar levantó la vista y recorrió la taberna, no había rastro de su amigo. Recién ahí se levantó de la silla, dejó dinero sobre la mesa y caminó hasta la puerta.

-Pensé que había quedado claro que no es seguro que vengas a estos sitios sola.

-No estaba sola, estabas tú- contestó ella sin asustarse cuando la voz de André sonó en la oscuridad de la calle, sabía que la estaría esperando. Comenzó a caminar.

-¿Por qué no quisiste acompañarnos?- la interrogó él mientras apuraba el tranco para darle alcance.

-Quería beber algo tranquila y eso no incluye sentarme a compartir con un delincuente- contestó sin detener sus pasos.

-Es mi amigo...

-¡¿Cómo pretendes que me siente a beber con quien te hirió y te dejó marcado para siempre?!- Oscar detuvo su marcha y lo miró molesta -¡No puedo hacer eso!

-No todo es blanco o negro- André se paró frente a ella -Bernard es un buen hombre...

-No puedo creer que estemos hablando de un ladrón...

-Oscar...- la tomó de la mano -Escúchame por favor... te daré un ejemplo... ¿Quieres saber que pasó con uno de los collares que robaron en la ultima fiesta que se dio en el Palacio de la Princesa Lamballe?- al ver que ella callaba continuó -Ese collar sirvió para alimentar a una familia completa durante meses, es una pareja de nuestra edad y que tiene tres niños, todos flacos como espantapájaros... ¿Recuerdas nuestras mejillas cuando pequeños?- ella asintió -Eran redondas y rosadas... ¿cierto?- Oscar asintió nuevamente -Yo los vi, no me lo contaron... Bernard me llevó a visitar a esa familia después de que me dijo que él era el Caballero Negro... Esos niños era solo piel y huesos, pálidos, demacrados... y ya estaban comiendo hace días... Ni siquiera puedo imaginar como estaban antes de que recibieran ayuda- suspiró profundo.

-Cállate...- murmuró Oscar con la garganta apretada y los ojos húmedos.

-No todo es blanco o negro...- repitió André -La madre de esa familia estaba embarazada nuevamente y postrada en la cama porque no tenía fuerzas debido a que no comía para poder entregarle "la" patata que podía comer a diario a sus hijos... y esa pobre mujer lo único que deseaba en la vida era no traer otro hijo al mundo, no quería ver a un bebe morir de hambre en sus brazos... y el padre... el padre trabajaba doble turno de lunes a domingo para poder comprar pan duro y patatas... nunca habían comido algo más que eso... esos niños nunca habían bebido un tazón de leche... ni siquiera un pastelillo- la miró con los ojos anegados -¿Recuerdas que nosotros nos atiborramos de chocolate caliente y galletas cada vez que había tormenta antes de acostarnos en tu cama o en la mía para dormir abrigados y libres de cualquier miedo?- Oscar asintió con las mejillas bañadas en lágrimas -Estos niños pasan las tormentas evitando las goteras, amontonados en la única cama de la casa y cubiertos por dos miserables mantas raídas...- apretó la mano que aún sostenía la de Oscar -¿Entiendes lo que quiero decir?- ella asintió -Es cierto, Bernard es un ladrón... pero lo que hizo salvó muchas vidas... Si yo no hubiera llegado a tu casa para ser tu sirviente ese habría sido mi destino, ese es el destino de todos los niños del Tercer Estado.

-Quiero irme- murmuró ella con la voz totalmente quebrada.

-Te acompañaré a tu caballo- André le soltó la mano.

Juntos caminaron en silencio hasta el lugar en el que César estaba atado. Oscar le entregó una moneda al chiquillo que había cuidado a su corcel, montó sin atreverse a mirar nuevamente a André y se alejó sintiendo una espantosa presión en el pecho que apenas la dejaba respirar. Esa noche, durante las pocas horas en que logró conciliar el sueño, sólo tuvo pesadillas en las cuales se veía a ella misma en su infancia rodeada de opulencia y a André, a su misma edad, viviendo en la mas absoluta miseria.

Los días que siguieron a la conversación con André, continuaron llenos de trabajo, cada vez eran mas frecuentes las revueltas en las afuera del Palacio de Versalles. La gente se acercaba a exigir comida y a ofender a cualquier persona que se atreviera a caminar cerca de las doradas verjas que custodiaban la burbuja en la cual vivían los reyes y su corte. Fue en uno de esos días en que Oscar se atrevió a solicitar una audiencia con la Reina en sus aposentos privados.

-Su majestad, os agradezco profundamente el recibirme- Oscar plantó una rodilla en el piso y besó la mano de su adorada monarca.

-Mi queridísima Oscar- la saludó afectuosa la Reina -No sabéis lo dichosa que me hace vuestra visita- la invitó a levantarse y sentarse a su lado -Lamentablemente no me he sentido muy bien estos últimos días y por esa razón he debido cancelar las audiencias públicas- la soberana lucía un tanto pálida.

-Lamento no poder hacer algo para ayudaros- Oscar la miró con ternura -¿Os revisó ya el médico?

-No os preocupéis por favor- Maria Antonieta sonrió tranquilizándola -No debe ser nada más que un leve resfrío- se puso de pie -Prometí contarle un cuento a mis niños... ¿Me acompañareis? su majestad Luis Joseph estará feliz de poder veros, sabéis que tiene una especial predilección por vuestra persona- vio que Oscar dudaba -A menos que lo que tengáis que hablar conmigo sea algo que mis niños no puedan oír...

-Os acompañaré con gusto- Oscar sonrió y comenzó a caminar junto a ella.

Apenas entraron a la habitación de juego de los príncipes reales, Maria Theresa y Luis Joseph caminaron al encuentro de su madre con los brazos extendidos y gritos de felicidad. Mientras Oscar veía que la soberana se apoyaba en el suelo para recibir a sus hijos no pudo evitar preguntarse que sentiría al ser abrazada por un ser que hubiera nacido de ella. Cuando sintió unas pequeñas manos aferrarse a sus piernas dejó de pensar y se inclinó para levantar del piso al Delfín de Francia, él niño de casi tres años, tenía una fascinación por ella y siempre que la veía se esforzaba en llegar a sus brazos.

Oscar comenzó a caminar por la habitación con el pequeño sujeto contra su pecho y se acercó hasta una de las enormes ventanas de la habitación. Mientras Luis Joseph se entretenía jugando con las borlas de su guerrera, la Comandante fijó la vista en los enormes ojos azules del príncipe y durante una fracción de segundos los imaginó de color verde, el mismo magnifico verde esmeralda de los ojos de André. Asustada ante sus divagaciones volteó a mirar a la Reina forzándose a recordar el motivo de su visita. Quería hablar con ella acerca de lo que había visto en París y del sufrimiento de la gente. Cuando la vio sentada en un diván con su hija mayor en su regazo no pudo interrumpir tan precioso momento, pocas veces veía reír a la soberana. Se concentró nuevamente en el infante que continuaba sosteniendo en sus brazos y lo levantó en el aire tratando de hacerlo reír, el niño contestó su juego con una sonora carcajada.

Después de un rato, el pequeño príncipe quiso unirse a su madre y hermana, Oscar lo llevó a donde pedía. La Reina lo recibió llenándole las regordetas mejillas de besos al tiempo que la princesa le hacía un espacio junto a ella. -Mi querida Oscar... os ruego me perdonéis, me entretuve y no os he preguntado el motivo de vuestra visita, no quisiera distraeros de vuestras importantes funciones- la monarca la miró sonriendo -¿Qué era lo que queríais decirme?

-Nada que amerite interrumpiros su majestad- la miró con ternura, no tenía corazón para arruinar ese momento -Sólo quería saludaros, ya que como usted dijo, hace mucho no nos veíamos y me preocupaba saber de vuestra excelencia- hizo una reverencia.

-Me gustaría pediros que hagáis de estas visitas algo mas seguido en vuestra agenda mi querida amiga- María Antonieta sonrió resplandeciente -Sois de las mejores compañías que podría desear.

-Así trataré de hacerlo- Oscar contestó la sonrisa -Ruego me autoricéis a retirarme, debo revisar algunos documentos antes de marcharme.

Cuando la Reina dio su venia, la Comandante de la Guardia Imperial salió de la habitación. Pasó rápido por su oficina y luego de instruir a Girodelle con las tareas que le correspondían al relevarla en sus funciones, montó a César y cabalgó a todo galope hasta una pequeña colina que tenía un gran árbol en la cúspide. El sitio estaba a mitad de camino entre palacio y la mansión de su familia. Siempre que quería estar tranquila iba ahí con André.

Al llegar a destino y detener su montura respiró profundo, miró al rededor y lamentó que el sentimiento que llenaba su pecho en ese sagrado lugar no era mas que desolación. Sentía que algo le faltaba.

Después de una semana, recibió por correo un libro que había encargado hace meses para regalárselo a André con motivo de su cumpleaños numero veintisiete. Mientras sostenía "Common Sense" de Thomas Paine, pensó en que era la excusa perfecta para verlo a pesar de que aún faltaban algunas semanas para su onomástico.

Al día siguiente lo visitó nuevamente aprovechando que tenía un par de días de descanso.

-¿Nuevamente con la Guardia o quieres que te acompañe a la taberna?- preguntó André al verla parada frente al mostrador -Creo que a la taberna por tu vestimenta- bromeó haciendo mención a la ausencia de su uniforme -Aunque es un poco temprano, no acostumbro beber antes del almuerzo.

-Veo que tu habitual verborrea no disminuye- contestó ella sonriendo -¿Crees posible tomarte la tarde libre?

-Bueno... no lo sé- la miró sin entender su actitud -Tengo algunos días libres acumulados y hoy no hay mucho trabajo... Déjame preguntarle al señor Gulden- desapareció de la recepción del local.

Mientras esperaba, Oscar se entretuvo mirando algunos libros que estaban en los estantes, la mayoría eran de Rosseau, Voltaire, Paine y similares. Se sintió una estúpida con el regalo que había escogido para André, seguramente él ya lo había leído. Trató de guardar el paquete en el bolsillo de su chaqueta.

-¿Qué guardas ahí?- preguntó el hombre de ojos verdes.

Ella se sonrojo -Nada importante...- sonrió disimulando y se fijó en que su amigo sostenía la chaqueta en la mano -Veo que te autorizaron...

-Sí... ¿Dónde vamos?- André sonrió y la acompañó fuera de la imprenta.

-Invítame a almorzar a algún sitio que no conozca... ya no trabajas para mi así que será la primera comida que tu pagues- lo miró sonriendo.

-Me parece justo- aceptó -Como no salgo mucho el único sitio confiable y con buena comida es donde me hospedo- la miró dudoso -¿Te molestaría ir ahí?

-No... para nada- contestó sonriendo -Dado que conoces la carta y también conoces mis gustos incluso te dejaré elegir lo que almorzaremos- bromeó.

André asintió sonriendo. -¿Dónde está César?- preguntó el ex sirviente -Me gustaría ir a buscarlo y dejarlo con Alexander en el establo de la posada, es mas seguro- sonrió al ver que ella asentía sin dudar.

Una vez que se instalaron en una mesa y pidieron el famoso estofado de ternera de Madame Fave, André se atrevió a preguntar nuevamente. -¿Lo que tienes en el bolsillo es para mi?

-Eres un desvergonzado- contestó Oscar riendo -Lo habitual es que los obsequios se ofrezcan, no que se pidan.

-Entonces me trajiste un obsequio- apuntó con los ojos brillantes.

-Llegó un poco anticipado, era para tu cumpleaños... Pero ya no tiene caso, creo que lo leíste.

-Déjame verlo- André estiró la mano. Oscar le entregó el paquete. -Es una de las primeras ediciones...- murmuró impresionado -Y está firmado de puño y letra por Painne- levantó la vista emocionado -Muchas gracias...

-Pero ya lo habías leído- insistió ella.

-Pero no este...- sonrió -Y este me lo regalaste tú... y te tomaste la molestia de conseguir algo de primera mano- la miró a los ojos.

-Supongo que tienes razón...- murmuró ella mirándolo a los ojos, después de unos segundos se sintió nerviosa y desvió la mirada tratando de disfrazar su nerviosismo -Muero de hambre... espero que el famoso estofado tenga merecida la fama que tanto presumiste- cambió de tema.

-No te arrepentirás... es incluso mejor que el de mi abuela- bebió un poco de vino -Pero no le vayas a decir que te comenté eso o me partirá la cabeza a coscorrones.

-Si no la vas a visitar pronto, te la partirá sin necesidad de que yo te delate- bromeó y bebió un poco de vino.

Cuando llegó la comida dejaron de hablar al instante y prácticamente devoraron el almuerzo. Oscar sonrió al mirar como André engullía hasta la ultima patata, siempre había tenido un apetito feroz. Ella no fue capaz de comer mas de la mitad del plato.

-¿No te gusto?- le preguntó nervioso.

-No soy capaz de comer más- contestó ella.

-Estás comiendo como un pajarito...- sacó un trozo de carne del plato de Oscar con su cuchara -Yo no desperdicio la comida- sonrió mientras comenzaba a acabar el plato de la militar -Por eso estás más delgada... apuesto que ya ni cenas.

-No estoy mas delgada... estoy igual- contestó ella sonriendo.

-Mentira, mira lo grande que te queda esto- estiró un brazo sobre la mesa y le tomó un botón del chalequin tirando la tela hacia adelante en la típica jugarreta que había hecho un millón de veces. En cuanto se dio cuenta de lo que estaba haciendo retiró la mano bruscamente -Perdona... no fue mi intención- bajó la mirada completamente mortificado.

-No te preocupes...- Oscar trató de tranquilizarlo -Quizás es cierto que estoy más delgada... Por eso deberás invitarme también un postre- esperó que él levantara la vista para sonreír.

-¿También dejarás que yo lo elija?- preguntó tranquilo.

-Eres el dueño de casa... es tu deber- lo animó.

Él sonrió, se levantó de la silla y se acercó al mesón a pedir dos porciones de tarta de fresas. Cuando regresó a la mesa con ambos platos Oscar le preguntó. -¿Como estás André?

-¿A qué te refieres?- la miró sin entender.

-¿Te gusta estar aquí? ¿Te gusta tu nuevo oficio?- explicó ella.

-Sí...- contestó dudoso -Es decir, me gusta mucho mi trabajo... No es tan entretenido y exigente como trabajar con los caballos pero no está nada de mal.

-¿Y aquí vives bien?- insistió Oscar.

-No estoy en casa... pero tampoco paso frío ni hambre...

-¿Extrañas la mansión?- lo miró a los ojos.

-No... no me refiero a eso- suspiró -Me refiero a que incluso en Versalles me sentía en casa si estabas conmigo- contestó bajando la vista.

-Te entiendo- susurró ella. Ambos permanecieron en silencio, no uno incómodo esta vez, era un silencio tranquilo, como el que muchas veces habían compartido y disfrutaban. Después de un rato Oscar se puso de pie -Ya es tarde y no quiero cabalgar de noche.

-Tienes razón- André se puso de pie -Espérame en la entrada, iré por César-. Ella asintió.

Cuando Oscar montó a su adorado corcel hizo un gesto de despedida con la mano y se alejó sin voltear a mirar al hombre que permanecía de pie en la calzada. No se sentía capaz de mirarlo sin pedirle que dejara todo y regresara junto a ella.

-o-

Durante las siguientes semanas, Oscar fue a la imprenta cada vez que su trabajo se lo permitía. A esa altura ambos actuaban con la confianza y fluidez de siempre.

En su última visita André estaba muy ocupado, apenas había alcanzando a saludarla y compartir con ella escasos diez minutos. La Comandante se retiró con un sabor amargo en la boca y lamentando haber compartido tan poco tiempo con él. Tenía tantas cosas que contarle, quería hablarle de su trabajo y tener su opinión acerca del extraño comportamiento de Girodelle, que esa mañana había insistido en alabar, una vez más, su "maravillosa, sedosa e indomable cabellera", esas habían sido sus palabras textuales. Decepcionada, fue en busca de Cesar para regresar a Versalles.

-¡Oscar!- André se acercó corriendo -¿Te gustaría que mañana nos veamos en la taberna que está en las afueras de París?... Hemos ido ahí varias veces. Tendremos más tiempo para hablar- preguntó nervioso.

-¡Me parece excelente idea!- contestó resplandeciente mientras se subía al caballo.

-¿Te parece bien que sea al anochecer?- sonrió nervioso -Debo cerrar la tienda antes de retirarme.

-La hora está perfecta- los ojos azules de la militar brillaron contentos.

André la observó marcharse una vez más, estaba agradecido de volver a verla y poder hablar con ella con la misma confianza de antes pero cada despedida lo dejaba en un estado de desolación que tardaba horas en dominar. Apesadumbrado, regresó a la imprenta, tenerla cerca sólo aumentaba la agonía de amarla sin ser correspondido, pero prefería eso a estar lejos de ella y no poder mirarla, ya lo había intentado y era como estar muerto en vida.

-o-

Oscar llegó primero a la taberna, pidió una botella de vino y dos vasos mientras esperaba. Nerviosa bebió el contenido de su vaso rápidamente, no tenía idea de lo que estaba haciendo pero necesitaba cada vez más estar cerca de él.

-Perdona la tardanza– André se quitó la chaqueta y se sentó relajado frente a ella.

-No te preocupes, no llevo mucho tiempo aquí- le sirvió vino antes de que él lo hiciera.

Durante los primeros minutos conversaron de lo acontecido en el día, André le comentó lo que se hablaba en las tertulias liberales a las cuales había asistido esa semana mientras ella lo escuchaba con atención, hablaron de política y de sus miedos en cuanto al destino de la nación. Después de un rato Oscar le contó el extraño cambio de actitud de Girodelle, situación que la tenía cada vez más intrigada.

-¿Qué crees que le ocurre?- sus ojos azules lo miraron llenos de inocencia.

-Es simple, está enamorado de ti- contestó André y bebió un trago de vino.

Oscar buscó su mirada, cuando la encontró vio sus ojos oscuros y atormentados, lamentó haberlo herido hablando de algo que seguramente le recordaba lo que él sentía por ella. -André…- tomó su mano suavemente –Lo que él sienta por mi no es de mi incumbencia, nunca lo he alentado, no podría… es mi subordinado.

-Sé que no puedes mirar a alguien que no esté a tu nivel– dijo él con la voz ronca y manteniendo su mirada, movió la mano para liberarse de las de ella –Supongo que si es tu subordinado eso lo pone a tus ojos al mismo nivel de un sirviente, al mismo nivel mio...

-No, no quise decir eso– trató de explicarse –Me conoces, no sé por qué hablas así... quise decir que para mi no es más que un compañero de trabajo...

-Tú lo dijiste, dijiste subordinado, no compañero de trabajo- retrucó él.

-No todo es blanco o negro- contestó ella utilizando lo que tantas veces él le había repetido -Yo me refería a que jamás podría mirarlo de otra forma... ¡tú me entiendes!- trató de explicar completamente frustrada.

-¿Por eso miraste a Fersen de otra forma?, él nunca ha estado a tus ordenes y es de tu misma cuna- insistió André.

-¿Por qué hablas de él?- lo miró solida -En ningún momento lo he nombrado y tu comienzas a hablar de él si ningún motivo... Ni siquiera he pensado en Fersen desde hace meses.

-Perdona, no quise recordarte algo que te causa dolor...- André bebió un largo trago de vino y comenzó a revolverse el cabello, estaba nervioso, triste y frustrado, la noticia del enamoramiento de Girodelle lo había descolocado por completo.

-André, mírame- le ordenó. Cuando sus miradas se encontraron habló nuevamente -A Girodelle no lo comparo contigo, ni tampoco considero a Fersen alguien superior a ti... Nunca te he visto como alguien inferior a mi... eres mi amigo, mi igual… nos criamos juntos...

-¡Cuidado!– André la empujó al suelo.

Una típica pelea de taberna estaba comenzando, había golpes por doquier, trozos de muebles y botellas pasaban sobre sus cabezas. Sin poder evitarlo comenzaron a reír desde el suelo, habían estado en medio de esos pleitos más de una vez. Mientras trataban de ponerse de pie, André recibió un golpe por la espalda y Oscar golpeó al hombre que lo había atacado con una silla. Rápidamente se escondieron bajo la mesa con los vasos y el vino. Esperando que terminara la trifulca bebieron en ese lugar en silencio durante un rato. Cuando el ruido empezó a aplacarse, André salió del escondite sigilosamente para cerciorarse de que todo había pasado, apenas se asomó trataron de golpearlo, alcanzó a esquivar un golpe que iba directo a su cabeza.

-¡Aquí hay un par de nobles!- la gresca comenzaba nuevamente, esta vez concentrada en ellos.

-¡Vámonos!– Oscar comenzó a arrastrarlo de un brazo, con agilidad sortearon los golpes y los improvisados proyectiles que eran lanzados en su dirección. Gracias a que todos los parroquianos estaban borrachos nadie se interesó en seguirlos. Una vez que estuvieron fuera rieron nuevamente hasta que les dolió el estómago.

-Iré por lo caballos…- André se secó con la manga de la chaqueta las lágrimas que habían escapado de sus ojos producto de las carcajadas -Se hace tarde.

-Espera… caminemos un poco- dijo Oscar –Creo que el vino también me afectó un poco, necesito aire fresco- André asintió. Se alejaron de la taberna caminando en silencio. -Me has hecho mucha falta durante todo este tiempo… y no me refiero a tu desempeño como mi asistente- habló después de unos minutos.

–¿Por qué me dices eso?– André la miró nervioso.

-Es la verdad... siento no habértelo dicho antes... no sabía cómo hacerlo– lo tomó de la mano.

André acercó la mano que tenía libre a su hombro y lo acarició tímidamente, Oscar se acercó en silencio y apoyó su cabeza en el chalequin del hombre que estaba frente a ella. Sonrió al sentir nuevamente bajo su mejilla ese pecho que tantas veces la había refugiado, aspiró el aroma que tanto extrañaba y sin pensarlo enlazó sus brazos alrededor de la cintura de André. Él, tardó unos momentos en reaccionar, cuando finalmente se animó, la abrazó por los hombros y respiró el aroma de su cabello. Cuantas veces había soñado con volver a tocarla de esa forma. Permanecieron abrazados y en silencio durante unos minutos, no había incomodidad, sus cuerpos calzaban a la medida.

-Ya es tarde... Debo irme- dijo Oscar mientras rompía el abrazo lentamente.

-Sí, tienes razón– contestó André extrañando de inmediato su calor.

La rubia se acercó a su caballo y montó en silencio. Él, una vez más vio como ella se alejaba sintiendo que esas despedidas lo estaban matando.

-o-

Todo el siguiente día transcurrió lentamente, André no podía dejar de pensar en lo ocurrido la noche anterior "Seguramente fue efecto del vino" se repetía a sí mismo. Una vez más la incertidumbre lo hacía tener la cabeza en cualquier parte menos en sus obligaciones. Cometió varios errores y tuvo que rehacer un par de encargos. Cerró la imprenta más tarde de lo habitual debido al trabajo extra, al salir de la tienda creyó estar teniendo una alucinación.

-¿Qué haces aquí?- preguntó sin entender.

-Te estaba esperando para que me acompañes... El camino a la mansión es muy peligroso para ir sola– Oscar sonrió mientras lo tomaba de la mano.

-Pero…

-Por favor, acompáñame– insistió ella

-Esta bien...– contestó. Jamás podría negarle algo, por más que quisiera, jamás podría -Déjame ir por mi caballo.

Apenas salieron de París se encontraron con un grupo de alborotadores que esperaban carruajes para saquear. -Espérame aquí, vuelvo enseguida– le ordenó Oscar mientras se alejaba para observar más de cerca al ruidoso grupo. -Tendremos que desviarnos, no son pocos y tú no estás armado– dijo a su regreso.

-Cubre tu uniforme con mi chaqueta– André se quitó la prenda y la puso sobre sus hombros -No nos irá bien si alguno de ellos te ve con el uniforme.

Oscar se estremeció, la chaqueta aún mantenía su calor. Tomándolo de un brazo lo atrajo hacia ella en silencio, quedaron frente a frente, levantó una mano, rozó con los dedos su mejilla y mandíbula, rascó suavemente con las uñas su incipiente barba.

André cerró los ojos y susurró –Oscar... por favor no hagas eso...

Ella apoyó la cabeza en su pecho invitándolo a abrazarla. Él lo hizo después de dudar unos segundos. -¿Qué significa esto?– susurró en su oído mientras acariciaba con suavidad su rubio cabello.

-André, cuando estoy contigo me siento viva- contestó en apenas un murmullo -Me dan ganas de vivir y no siento el miedo o la incertidumbre que me acosan día a día. Se separó suavemente de él y lo miró a los ojos mientras sonreía -Vamos, llévame a casa.

Completaron el resto del camino en completo silencio. En el palacete, desmontaron en la caballeriza y André atendió a César como siempre lo había hecho. Ella lo esperó pacientemente igual que la última vez que estuvieron allí, una vez que él terminó, tomó las riendas de su caballo y se acercó a ella. –Siento que muero cada vez que me despido de ti- habló con la voz ronca. Oscar bajó la mirada y se estremeció. –Te amo tanto que me cuesta respirar si no estoy cerca tuyo– la miró buscando una respuesta -Ya no puedo vivir así...

Ella cerró los ojos y asintió incapaz de hablar, todo su cuerpo temblaba. Estaban sólo a centímetros de distancia. Cuando Oscar iba a dar un paso hacia adelante, él se alejó, subió a su caballo y se marchó.

Durante esa noche André Grandier fue incapaz de conciliar el sueño, apenas despuntó el alba armó un morral con sus pertenencias y se despidió de Madame Fauve, pese a la renuencia de la mujer, no permitió que le devolviera nada del dinero que había pagado por adelantado. Ambos llegaron al consenso de que ese dinero lo utilizara en comprar alimento y entregárselo a quien ella considerara conveniente. Después de finiquitar su estadía en el León Rojo fue a la imprenta a esperar al señor Gulden.

-¿Estás seguro muchacho?... Lo que estás haciendo es una locura- el amable hombre trató de detenerlo.

-Le ruego me disculpe por marcharme de forma tan abrupta- André bajó la mirada -Por favor perdóneme, no es mi intención defraudarlo.

-No te preocupes por eso- Joseph le palmoteó la espalda afectuosamente -Supongo que así como llegaste te vas- se carcajeó -Cuídate... los tiempos están cambiando.

-Lo sé- contestó André -Pero ella vale la pena el riesgo... No puedo dejarla sola.

-A mi me parece una mujer que sabe muy bien como cuidarse- bromeó el hombretón.

-Así es...- André sonrió -Pero necesito estar cerca...

-Ve con Dios muchacho... y cuídate la espalda- guiñó un ojo haciendo clara alusión a los latigazos.

-Así lo haré...

-Si cambias de opinión ya sabes donde venir... ya me había acostumbrado a irme temprano a casa- bromeó Gulden.

André asintió sonriendo, tomó su morral y salió de la imprenta.


Oscar, por su parte, tampoco pudo dormir. Durante toda la noche había dado vueltas en la cama pensando en como solucionar la intrincada situación en la que se encontraba. Necesitaba a André a su lado nuevamente pero no se atrevía a pedírselo, no podía hacerlo renunciar a la nueva vida que estaba forjando.

Apenas amaneció pidió a uno de los mozos de cuadra prepara a su caballo y salió de la mansión sin siquiera desayunar. Mientras el viento de la mañana le golpeaba el rostro trató de pensar en que decirle a André. Detuvo su caballo cuando vio una silueta acercándose.