Capitulo 4

Cerró los ojos con fuerza y retuvo el aliento en sus pulmones, esperando aterrado el inequívoco resultado a su tonta contestación. Casi podía sentir como se precipitaba al suelo, así que se preparó para el fuerte impacto. Pero se sorprendió al notar que este no llegaba. Abrió lentamente su ojo derecho para ver que pretendía la chica.

- ¿Dónde vas a estas horas? -le preguntó, extrañado cuando se dio cuenta de las intenciones de marcharse de ella- ¿no crees que puedes correr peligro andando sola por ahí?

Ella ni siquiera se dignó en mirarle y ni una sola palabra emitió su boca. Le dio la espalda y comenzó a caminar hacía la linde del bosque.

- Ni pienses que voy a ir a rescatarte si te metes en algún lió- le vociferó casi, pero ella continuo ignorándole, prosiguiendo su camino si mirar atrás.

La observó adentrarse en el oscuro bosque, apretando fuertemente los puños. Incluso en su, ahora forma humana, creyó ver una aura encarnada rodeando a la chica.

Kagome respiró hondo intentando controlar el enojo que la embargaba.

Idiota.

Así se sentía.

El nunca iba cambiar. No podía ni ser aunque sea un poco más amable. Nooo. Claro la amabilidad y el cariño se le habría acabado cuando Kikyou falleció. No hacia otra cosa que preocuparse por él y en pago sólo recibía su desden y su malhumor.

Pateo una pequeña piedra que se cruzó en su camino

Tenía que marcharse. Haría honor a su promesa y continuaría con él hasta que vencieran a Naraku y una vez todo terminara volvería a casa. Al lugar que nunca debió abandonar. Que se quedara con la perla y que le aprovechase. Si se convertía en una bestia sedienta de sangre ya no sería su problema. Estaría al otro lado del pozo iniciando su nueva vida.

Suspiró derrotada.

A quien iba a engañar con esa estupidez. Lo amaba y se preocuparía siempre por su seguridad aún estando lejos. Y estaba la cuestión de los chicos. No podría dejarlos a merced de Inuyasha sin sentir remordimientos.

Llegó a las orillas de un pequeño lago. Miró a su alrededor, impresionada de la belleza del lugar. Unos retazos de niebla parecían flotar alegres sobre la superficie del lago y la brisa nocturna jugaba con ellos moviéndolos a su antojo.

- Si hoy hubiera luna el lugar sería perfecto- pensó extasiada

Imagino la luz de la luna reflejándose en el agua. Una estela plateada tan bella como…

- Demonios, ya estoy pensando en él otra vez.

Se sentó a la ribera del lago, abrazando sus piernas para poder sujetarse y así poder hundir la cabeza entre las rodillas.

No paso mucho tiempo antes de que el sonido de una rama al quebrarse la sacara de sus pensamientos.

Alzo la cabeza, escrutando el lugar muerta de miedo e intentó salir corriendo hacia el campamento, pero sus piernas se negaron a sostenerla. Se arrodilló, mirando a todos lados, maldiciéndose a sí misma por ser tan idiota. El aviso de Inuyasha resonó en su mente.

Había olvidado su arco y su carcaj. Pero como serían inútiles, ni pensó en recogerlos. Se encontraba indefensa. Si algún youkai la atacara estaría perdida. Y se lo merecería por tonta, sabía que era peligroso caminar sola de noche y aún así…

Una sombra avanzaba hacia ella con paso firme. La falta de luna le impedía ver de quien se trataba.

- ¿Inu…yasha?...- inquirió temblando de temor.- e…eres tú?

La sombra se acercó más a ella y respiró aliviada al ver que no se trataba de ningún enemigo en potencia.

- Me has dado un susto de muerte- regañó- casi me da un pasmo...

La sombra respondió riéndose de ella a carcajadas.

- Tendrías que haber visto tu cara, parecías punto de colapsar de terror- le dijo la sombra- ¿qué haces aquí a estas horas? Y además sola- señalo poniéndose serio- ese chucho apestoso te hizo algo, ¿verdad?

Volvió a sentarse indicando a su visitante que hiciera lo mismo.

Y él lo hizo mirándola con algo de preocupación ante lo que pudiera contarle.

- No lograba dormir y pensé que caminar me vendría bien. Solo salí a dar un paseo Kouga- le respondió- Inuyasha no me hizo nada.

- Mentirosa. Se te nota en la cara que algo te ocurre

Le miro algo pasmada.

- Veras... es que... bueno... yo esto...

- Vaamos suéltalo ya- le animo el lobo- después de todo vas a ser mi mujer, no?

Hizo como si no escuchara lo ultimo que él menciono.

¿Porqué no? Tenía confianza con él después de todo y necesitaba desahogarse. Él le podría dar su opinión, incluso algún consejo, por que estaba más que confusa.

Le confeso todo. Sus planes. Sus temores, las dudas que albergaba en su corazón. Lo que finalmente había decidido hacer cuando su misión acabara.

Él la miró serio y circunspecto.

- Bueno siempre te queda otra opción- le señaló.

- ¿Cuál?- le inquirió curiosa.

¿Tenia otra posibilidad? ¿Cuál podría ser? Había pensado en las opciones más probables. ¿No?

­- Podrías quedarte conmigo y ser mi esposa.

- Kouga veras... yo... me caes bien pero... yo no...

- ¿Tenia que intentarlo, no?- le dijo, antes que ella terminara de hablar- sabrás que hacer cuando llegue el momento, no te preocupes por eso ahora- le anoto, pasándole el brazo por el hombro y atrayéndola de forma inocente para consolarla

- Eres un buen amigo Kouga...

- Me conformare con eso preciosa…por ahora- le respondió- ¿Tanto amas a ese chucho?

- Kouga… eso no…

En el campamento el hanyou había empezado a preocuparse por la tardanza de la sacerdotisa. No era seguro para ella andar sola por ahí, corriendo el riesgo de caer en manos de Naraku. Este parecía haber adquirido una enfermiza obsesión con Kagome. Ya había intentado secuestrarla en más de una ocasión para alistarla en sus filas y no le iba a dar una oportunidad de llevársela de nuevo.

Refunfuñando una maldición se levantó.

- Kirara, estate alerta hasta que vuelva con esa tonta- le dijo al mononoke, que se había levantado al mismo tiempo que él.

Poniendo la espada de nuevo en su cintura se encamino hacia el bosque, siguiendo el mismo camino que un rato antes había tomado la miko.

Llevaba un rato caminando en silencio sin hallar ninguna pista de la chica y ya comenzaba a desesperarse. Recordó que antes de parar a descansar habían visto un pequeño río de aguas cristalinas y sabiendo lo que a Kagome le gustaba bañarse de seguro se había dirigido allí. Solo tenía que encontrar el camino lo que en su estado humano era realmente difícil.

No pasó mucho tiempo hasta que el sonido de unas voces llamaron su atención. Extrañado las siguió al reconocer la voz de Kagome en una de ellas y sintió su sangre hervir de ira cuando reconoció la voz que se oyó a continuación.

El maldito lobo no perdía la oportunidad de acosar a Kagome con sus peticiones amorosas y aquella actitud estaba empezando a cansarle de veras. Y cada vez era peor. Al principio el lobo se había cortado un poco por su presencia pero desde hace poco tiempo ni eso parecía apartar al maldito de su afán de conseguir los favores de la chica. Si la cosa continuaba así tendría que dar una buena lección a ese estúpido aunque Kagome se enfadara en serio con él.

Llegó a unos pasos de la pareja que conversaba tranquila y sintió que su sangre se quedaba paralizada en sus venas cuando el lobo pasó amorosamente su brazo por el hombro de Kagome y la atraía hacia él en un abrazo cariñoso. Espero unos segundos la respuesta de ella. Que se apartara o que le empujara para soltarse pero se quedó de piedra cuando ella pareció acurrucarse en aquel abrazo y eso le llevó a perder el control de si mismo.

- ¡Aparta tus sucias manos de Kagome!- exclamó furioso a sus espaldas.