IV

UN DÍA EN LA TRIBU

Tejer es una de las tareas más arduas y difíciles con las que te vas a encontrar en esta vida. La mayoría sólo sabe coser una gran prenda y añadirle mangas. Pero la verdadera tejedora, sabe ver los dibujos en las hebras de ropa, juega con ellas y crea magníficos bordados. Si te aplicas, encontrarás la excelencia en cada una de tus puntadas y todo el mundo quedará maravillado con tus prendas.

Estoy de pie ante Iluq, con mi cara de severidad perforando sus ojos. Iluq tiene diez años, yo a su edad ya hacía la mayoría de tareas que hace una persona de veinte. Pero, en honor a la verdad, siempre ha sido una holgazana. Se escaquea de sus deberes, quejándose de dolencias inexistentes, y lo peor es que su ingenua madre se la cree y le permite estarse sentada todo el día, inútil cómo una vasija decorativa. No sabe cocinar, ni limpiar, ni destripar animales, ni fabricar utensilios. Hoy voy a sacarle toda esa tontería que lleva encima. Iluq hace ademán de intervenir, con una teatral cara de sufrimiento.

Primero –digo levantando la voz e interrumpiendo su mímica- hay que prestar mucha atención al material con el que se va a trabajar. Pongamos un ejemplo –digo señalando una cesta- Aquí hay piel de foca-león. Es la más utilizada, porqué ofrece abrigo inmediato, es fácil de tejer y…

Katara, Madre ha dicho que tengo que guardar cama. No me encuentro bien y no creo que una clase de costura me ayude. –dicho esto, se levanta y se tumba en su saco.

Pero… ¡Iluq! –estoy estupefacta ante su vagancia- ¡Ven aquí ahora mismo!

De repente, una cabeza aparece en la puerta de la tienda.

Katara, tienes que venir un momento –Es Sokka.

¿No ves que estoy ocupada? –digo señalando a la figura de Iluq, tumbada en las sombras.

Esto es más importante. Vamos, sal –Sokka señala hacia a fuera.

Está bien. Pero no creas que hemos acabado con esto –digo amenazadoramente a Iluq, que hace un vago gesto con la mano.

Salimos a la luz del amanecer. Esta mañana, Sokka ha visitado a Appa y ha encontrado en su cesta de transporte cosas muy raras, que seguramente deben pertenecer a Aang: un larguísimo bastón de madera oscura, más alto que cualquier persona de la aldea, que no sabemos para qué sirve. No sirve para cortar, y tampoco parece un remo… También hemos encontrado varios amuletos, un extraño artilugio de metal y algo que parece una rueda de un carro. Hemos puesto todo eso al lado de Aang, que a estas horas aún sigue durmiendo.

Hoy me llevaré a los chicos a luchar. –dice Sokka con orgullo-

Sokka, ¡son niños! –protesto indignada-

¡Guerreros! –me corrige mi hermano- Y nuestra única opción de defensa ante un ataque.

¿De veras los piensas poner a pelear en defensa de la aldea? ¿Cómo puedes tener tan poco sentido común?

Sokka resopla. Habla de su estúpida nueva manera de perder el tiempo, que él insiste en llamarlo "entrenamiento para principiantes". Coge a todos los niños, cuya edad oscila entre los cuatro y los nueve años, les pone una lanza entre las manos y les obliga a darse golpes con ella, mientras grita cosas del tipo "¡dale por ese flanco! ¿No ves que está indefenso?" Los niños, evidentemente, no entienden nada, y pronto buscan escusas para escaquearse. Podría enseñarles algo útil, cómo cazar o incluso leer y escribir, que algún día, cuando vuelvan los comerciantes, lo necesitarán. No como Iluq, tumbada en la cama todo el día. Personalmente, creo que lo único que hace mi hermano con ese entrenamiento es fomentar la violencia.

¿Era eso lo que querías decirme? –inquiero de mal humor.

No. –Señala hacia nuestro iglú- És él-De nuestro iglú salen gemidos angustiados.

¿Qué le está pasando? –grito alarmada-

Nada, que grita en sueños. Deberías despertarlo. –me responde simplemente-

¿Y por qué no lo intentas tú, para variar?

Se te dan mejor esas cosas –dicho esto se va.

Con cautela, corro la cortina azul del iglú y me cuelo dentro. En una esquina, una figura parece que lucha en sueños. Levanta los puños al aire, se revuelve en el saco y suelta resoplidos de miedo. ¿Qué estará soñando? ¿Qué secreto ocultará, si es que oculta alguno, cómo dice la Gran-Gran?

La noche de la tormenta, que ahora me parece tan lejana, vuelve a mí incesablemente. Revivo el recuerdo una y otra vez. Primero, el miedo, la nota en mi celda, explicando que me escapo. Huir es egoísta, huir es cobarde, huir es imperdonable. Los rugidos desconcertados de Appa, que no entiende por qué lo despiertan en mitad de la noche y le obligan a volar en una dirección desconocida. "Muy lejos", dicen mis contritos músculos, y Appa alza el vuelo ocultando la luna por un instante. Huir es egoísta, huir es cobarde, huir es imperdonable. Y volamos, una hora, dos, tres, hasta que mis músculos se agarrotan de tanto estar sentado y a Appa le empiezan a recorrer temblores de cansancio, símbolo de que tiene que parar. Pero no podemos descansar. Tenemos que huir de nuestro destino, del destino que yo no he elegido, que me obliga a olvidar a mis seres queridos. Huir es egoísta, huir es cobarde, huir es imperdonable. El viento sopla frío e implacable, más frío e implacable que nunca. Me corta los labios y me seca la garganta. Pesadas gotas de lluvia repiquetean contra la cesta y tanto Appa como yo acabamos empapados. El bisonte va perdiendo altura, hasta que se zambulle en las furiosas aguas del océano. Las olas nos pegan iracundas, cómo si supiesen mi crimen. Appa intenta salir a flote, respirar, pero el agua nos envuelve. Agua… De repente, el agua a nuestro alrededor se congela, encerrándonos en una esfera de hielo. Y antes de caer en mi letargo, escucho de nuevo esas palabras. Huir es egoísta, huir es cobarde, huir es imperdonable.

¡AANG! ¡AANG! –oigo una voz alarmada que grita mi nombre, mientras me zarandea por los hombros-

Despierto de golpe, respirando entrecortadamente, pero me tranquilizo inmediatamente nada más ver los ojos azules de Katara, que derrochan alivio.

¿Qué soñabas? –me pregunta preocupada- No parabas de gritar.

No quieras saberlo –digo mientras bostezo. Tengo que alejar este tema de la conversación.

Bueno… -Katara me mira de reojo- Aún queda un poco de caldo de anoche. Come y luego sal a fuera. Te quiero presentar a toda mi tribu.

¿Vives aquí? –pregunto maravillado. Nunca había visto nada igual. Es una gran estancia echa por completo de hielo, con todo de cosas esparcidas por el suelo. Había oído hablar de los iglús, las casas de la Tribu del Agua, pero nunca he estado de una de ellas.

Si. –responde ella, un tanto abochornada- Perdona el desorden pero es que…

Es genial –la interrumpo. La miro y le sonrío.

Date prisa –me guiña un ojo y se va a través de una cortina pero antes, se gira y señala una prenda azul- Ponte ese abrigo. Estamos a las puertas del invierno y empieza a refrescar.

Miro en el interior de la olla. Hay un caldo de aspecto consistente, pero con sospechosas bolitas flotando en él. Después de comprobar que no es carne (parecen alguna especie de frutos), pues soy vegetariano, me sirvo dos platos enteros con un cuenco de madera que he encontrado olvidado en un rincón. Había olvidado completamente lo hambriento que estaba. De repente, recuerdo algo. ¿Dónde están todas mis cosas? ¿Y Appa? Vuelvo al lugar dónde me he despertado, y compruebo con tranquilidad que todas mis cosas están aquí. Mi bastón volador, mi amuleto de la suerte y mi rueda de los vientos. Supongo que si mis cosas están aquí, Appa también, y que esta gente no se lo comerá.

Me aliso el hábito naranja y me enfundo en el abrigo. Está relleno de piel de algún animal, así que rezo por que su espíritu llegue a salvo fuera del mundo y se acabe su vida desperdiciada en la tierra. Pero pienso con culpabilidad, que es muy suave. Miro con apresión la gruesa cortina que me separa del resto del mundo. Fuera hay todo un pueblo esperándome. ¿Reconocerán al Avatar? Respiro hondo, y agarro el bastón más fuerte. Hecho esto, salgo al iglú.

Inmediatamente me deslumbra un sol de mediodía. ¿Cuánto tiempo he dormido? Logro atisbar a Katara, que me da la mano y me guía hasta lo que parece ser el centro de la aldea, con una gran pila de leña en su centro, y unas cuantas tiendas de pieles a su alrededor.

Aang, te presento a mi pueblo. Pueblo, os presento a Aang.

Una multitud vestida de azul me mira con curiosidad. Todos están un poco rezagados, como si temieran que fuese a explotar de un momento a otro. La mayoría son bajitos y robustos, de piel morena, ojos azules y pelo castaño. Pero veo un niño que me destaca entre todo esa gente oscura. Tiene la piel pálida, el pelo azabache y los ojos ámbar. Al notar mi mirada, se esconde detrás de lo que parece ser su hermana mayor (o si es su madre, parece muy joven). Me doy cuenta de que llevo varios segundos sin decir nada, así que inclino y digo.

Es un placer estar en vuestra aldea. Os agradezco humildemente vuestra hospitalidad, señores de la Tribu del Agua.

Vuelvo a levantar la vista, y veo que no hay señores a los cuales dirigirse. Todo son mujeres, niños y ancianos. Qué extraño. ¿Dónde están los hombres? La gente sigue retrocediendo ante mi presencia.

¿Por qué os alejáis? –intento sonreír- ¡No muerdo!

Una señora mayor, con el pelo blanco y la cara arrugada, que parece la líder, se acerca y me habla.

Porqué hace cien años que nadie veía a un maestro del aire –dice señalando mi flecha en la frente.

Oh, bueno si, no nos solemos alejar del templo muy a menudo -¡Cien años! Mi gente debería contactar más con el mundo exterior. La anciana me mira inquisitiva.

Esta es nuestra abuela –me dice Sokka, que ha aparecido de la nada- Es la chamana de la tribu.

Puedes llamarme Gran-Gran –dice la abuela, que me sonríe indulgentemente-

Encantado –digo y me inclino nuevamente-

Señor maestro, ¿qué es esto? –el niño de piel blanca intenta coger el bastón, que es el doble o el triple de alto y me mira interrogante.

Este es mi bastón volador –a juzgar por la expresión de desconcierto del niño, puedo suponer que nunca ha oído hablar de algo así-

¿Otra cosa voladora? –Sokka se acerca rápidamente y le quita el bastón al niño- ¿Y esta vuela de verdad? –se ríe de su propio chiste- No me mires así, Innisak, puede ser un artefacto peligroso –mira al niño con cara de entendido y vuelve su vista al baston, por lo visto, examinándolo-

¡Eh! ¡Dámelo! –este bastón tiene más historia de lo que él cree así que se lo quito -

¿De verdad puedes volar con esta pala? –otra niña se ha acercado, y, después de un bostezo, me mira adormilada- Demuéstralo –me reta.

Un placer –miro desconcertado a Katara, que pone los ojos en blanco. Que niña tan insolente.

Toda la tribu me está mirando de nuevo, con expresiones de interés. Así que desplego el bastón. Me enorgullezco de él, a juzgar por las caras de asombro de todos aquí congregados, seguro que nunca han visto nada igual.

Mi bastón volador fue hecho por un habilidoso monje del Templo del Aire del Sur muchos siglos atrás. La tradición es, que cuando el primero de los iniciados consigue sus tatuajes de maestro, le regalan este bastón. Conseguí mi flecha a los nueve años y medio, antes que nadie, incluso antes de lo que se esperaban los monjes. Cuando se aprieta a un botón disimulado entre los relieves de la madera, se despliega una gran vela naranja, con dos alas delanteras, más grandes, y dos alas traseras, más pequeñas, para equilibrar el aparato.

¡Ai-ya! –la Gran-Gran abre mucho los ojos- Había oído hablar de esas cosas, pero nunca he visto una.

¡Vuela! –grita entusiasmado Innisak-

Me agarro las manos al manillar y me sujeto los pies en sus compartimentos especiales. Antes, rezo una rápida oración a los espíritus del aire para que guarden mi vuelo. Respiro hondo, y me concentro en el aire que hay a mi alrededor. Está triste y frío, algo que no me sorprende. Esta gente no sabe cuidar al aire. Los monjes me enseñaron que el aire tiene humor, a veces es plácido y tranquilo, y otras veces está furioso y se vuelve un ser cruel. Éste, simplemente, está aburrido. Con un simple movimiento de muñeca, muevo al aire para que esté debajo de mí, y echo a volar.

Por todos los espíritus, nada más despegar mis pies del suelo, todo mi ser se empapa de libertad. Me da la sensación de que llevo mucho tiempo sin hacer esto. Oigo gritos, no sé si de asombro o de miedo. Seguramente de las dos cosas. Des de aquí veo toda la Bahía, es hermosa, con el agua pura y clara acariciando sus playas heladas. Detrás de un risco, veo a una manada de leones-focas que echan la siesta panza arriba. Se respira tanta paz… como en el Templo. Una vez más, me recuerdo que debo volver cuanto antes. Hago un par de piruetas y vuelvo inmediatamente al suelo. Pero he perdido práctica, pues me empotro contra lo que parece ser la torre de vigilancia.

¡Ha sido impresionante! –murmuran con admiración un par de niños idénticos- ¡Hazlo otra vez!

Si, si ¡por favor! –dice Innisak-

Va, que a lo mejor se ha hecho daño –Katara los mira con severidad, pero una sonrisa se escapa por sus labios- ¿Estás bien? –pregunta mientras me ofrece su mano-

Si, no te preocupes

Todos los niños me rodean, me miran con curiosidad, se pelean por sostener el palo, ríen… Parece que por aquí no hay muchas ocasiones para divertirse.

Bueno ya está bien –la Gran-Gran da un par de palmadas y todos vuelven la cabeza hacia ella- Ahora todo el mundo a trabajar.

Con una habilidad pasmosa, todos vuelven a sus tareas cotidianas, dejando la plaza desierta. Katara se aleja arrastrando a la niña insolente hacia una tienda, con la mirada desencajada por la rabia.

Aang –un susurro inaudible me asusta. Pero sólo es la anciana. De cerca parece menos imponente. Se nota que ya es mayor, tiene profundas arrugas en el rostro, la cara huesuda y la piel llena de pequeñas heridas. Pero su expresión es bondadosa- Eres un maestro del aire. Eso es algo insólito hoy en día, te guste o no. Ahora, quiero que me cuentes como has llegado aquí. –Cruza los brazos, un gesto que me recuerda a Katara, y me mira frunciendo el ceño-

Por supuesto… -Digo inqueto. ¿Sabrá esta señora que soy el Avatar?

¡ATENCIOOON! –grito para que se escuche por todo el poblado- ¡QUE TODOS LOS HOMBRES SE PRESENTEN A ENTRENAMIENTO! ¡AHORA!

Unas risas infantiles delatan que lo que se acerca por el camino no son ni mucho menos soldados. Los niños corretean en desorden, riendo y tropezándose unos con otros, y llegan a la pequeño loma que hay detrás del poblado, dónde realizamos las sesiones de entrenamiento. Los miro uno por uno. Qalik, que creo que se siente bastante incómodo sin la presencia de su hermana gemela, son uña y carne, pobrecitos. Desde luego no puedo enseñar a las niñas. Todo el mundo sabe que una mujer y un arma son una mezcla peligrosa. Todas desprecian mi trabajo. ¿Es que nadie se da cuenta que les estoy labrando un futuro? ¿Qué estoy construyendo el futuro ejército de la Tribu del Agua del Sur? Así, si me tengo que marchar por algo, el pueblo no quedará desprotegido, cómo pasó cuándo Padre y los demás se fueron. Me quedé totalmente desamparado, sin nadie que me guiara y me convirtiera en un buen guerrero. No quiero que esto les pase también a los niños que tengo delante. Otro que se mantiene a distancia, es Innisak. Su nombre significa "espíritu del fuego" en nuestra antigua lengua. Es tan diferente a todos nosotros… Los demás niños no se acercan a él, le llaman traidor… Es difícil lidiar con estos problemas, a Katara se le dan mejor estas cosas. Malik, Anori y Miki están en el suelo, formando una maraña de brazos, piernas y anoraks azules. Estos tres son demasiado brutotes, para ser exacto. Son lo que se meten más con el hijo de Taknik y los que más problemas causan, siempre peleándose e incluso mordiéndose unos a otros… Y luego está Ilasiaq, que los mira con desaprobación mientras juega con Qalik. Ilasiaq es el más "adulto" de todos. Casi me recuerda a mí a su edad. Aunque Katara me repita una y otra vez que yo a su edad no era ni la mitad de maduro, yo no estoy tan seguro. Ilasiaq siempre es el mediador entre Malik y los demás, y el que siempre defiende a Innisak. La verdad, si no fuera por Ilasiaq, su vida sería bastante desgraciada. Los demás no han venido hoy. Todos han sido requeridos por sus respectivas madres para hacer alguna tarea. Yo también los miro con desaprobación. ¿Cómo voy a convertir a esta pandilla de niños en un ejército de soldados disciplinados?

¡Formación! ¡En fila! –todos callan y se sientan en la nieve. Al menos, he conseguido eso- ¡Rápido, formad parejas! Continuaremos con el ejercicio del otro día. La estocada básica con espada- Les doy a cada uno unos palos, lo mejor de lo que podemos disponer.

Rápidamente se forman las parejas. Ilasiaq y Qalik van juntos. Se forma un barullo. Malik y los otros dos quieren ir juntos, nadie quiere ir con Innisak. Él mira con tristeza hacia un lado, visiblemente incómodo.

Haber, ¿qué problema tenéis con Innisak? Quiero que uno se…

¿Pero no lo ves? –grita Anori enojado- ¡Es de la Nación del Fuego! ¡Traidor! –se gira hacia los demás y se ríen-

Oh de verdad… -Ilasiaq pone los ojos en blanco- Qalik, ve con uno de esos tres cabeza hueca, - se pone al lado de Innisak- Yo iré con él.

Así mejor –dice Anori, que asiente. De repente tengo una idea-

Atención… olvidad las parejas… y las espadas… venid todos aquí.

Con desagrado, veo que me obedecen entusiasmados. Cualquier cosa mejor que los palos, dicen sus ojos.

¿Queréis jugar al yeti? –es un juego tradicional de la Tribu Agua. No tiene mucho sentido. El adulto coge al niño por la cintura y lo alza gritando "¡Yeti! ¡Yeti!" Pero parece que esto a los niños les encanta.

¡SI! ¡SI!- todos gritan emocionados, dando saltitos de alegría. Se apelotonan a mi alrededor, intento agarrarme los hombros, riendo y gritando-

¡Eh, eh eh! –los separo de un manotazo- Pero hay una nueva regla: sólo los que no tienen los ojos azules pueden jugar.

Todos se paran en seco. Lentamente, veo la reacción de mi declaración en los niños. Todos se miran los ojos, desconcertados. Azules, ni una excepción. ¿En qué clase de juego no puede jugar nadie? Un segundo, ¿todos? Casi puedo notar como la conclusión se forma en las mentes de los pequeños. Todos y cada uno miran a Innisak.

Y… ¿yo? –La mano blanca de Innisak se señala, todavía más desconcertado que los demás-

Exacto, tú -Sin esperar respuesta lo cojo en volandas.

Tiene una figura sorprendentemente liviana, pienso mientras lo levanto, lo arrastro por la nieve, y él grita, chilla y ríe de satisfacción al son de "¡Yeti, Yeti!". En su mirada hay alegría, aún está algo desconcertado, pero hay un extraño brillo que no aparece nunca en sus ojos ámbar: diversión. Le empiezo a hacer cosquillas, con lo que su risa cantarina se extiende por el valle. Al final, los dos acabamos riéndonos a mandíbula batiente. Miro de soslayo al resto de niños, que están situados en grupo a un lado, mirándonos. Malik y Miki tienen una cara de terrible confusión y Anori abre y cierra la boca, como buscando las palabras. Qalik mira interrogante a Ilasiaq, pero él se encoje de hombros, aparentemente igual de confundido que los demás. Entonces, Anori da un paso adelante e intenta hablar

¡Los que tienen los ojos azules no pueden hablar! –le contesto riéndome.

Y entonces, sólo entonces, veo envidia en cada una de sus caras. Perfecto.

Venga Innisak, se acabó el juego. –le dejo en el suelo otra vez- Les hemos dado una lección, me parece.

¿Lección? –él me mira, per una sonrisa traviesa cruza su cara.

Tu ya me entiendes –le guiño el ojo y volvemos con los demás.

Todas sus caras son máscaras de confusión. Esto me está haciendo mucha gracia, pero intento contenerme la risa para no estropear la seriedad del momento.

Bueno chicos –me dirijo a todos, abarcandólos con una mano- Decidme una cosa, ¿cómo os habéis sentido?

Fatal –responde inmediatamente Miki- Como si…

Era una injusticia –tuerce Qalik- ¡Yo también quería jugar!

Es estúpido –Ilasiaq tiene un aire pensativo- ¿Nos nos dejas jugar porque tenemos los ojos azules? ¡No tiene sentido!

Entonces, queridos aprendices, ¿me podéis decir por qué no dejáis jugar a Innisak simplemente por NO tener los ojos azules?

Dejo la pregunta flotando en el aire. Que les entre en la mente. Que les remueve la conciencia. Hay silencio. Nadie dice nada. Innisak me mira, confuso.

¿Por qué no le dejáis vuestros cuencos cuándo él los necesita? ¿Por qué le escondéis el abrigo en el hielo para que no pueda encontrarlo? ¿Es porque es una persona mala? ¿Desagradable? Porqué yo creo que Innisak es un buen chico. ¿Os ha gustado ver cómo quedabais excluidos del juego? Pues así es cómo se siente Innisak cada día.

¡Pero es diferente! ¡Él es de la Nación del Fuego! –vocifera Anori, realmente furioso-

Entonces yo puedo decir que tú eres malo porque eres de la Tribu del Agua.

Anori abre y cierra la boca, indeciso, hasta que al final opta por no decir nada.

Mirad, las personas no se juzgan porque son del Reino de la Tierra o de la Nación del Fuego, tampoco por su color de pelo, de piel o de ojos. ¿Os imagináis que cada día no os dejan jugar porque tenéis los ojos azules?

¡Pero no es nuestra culpa! –protesta Qalik- ¡Hemos nacido así!

¡Exacto! ¿Y creéis que Innisak ha decidido ser así? Además, yo no le veo nada malo a que tenga la piel blanca. No es una enfermedad, ni es tóxico ni nada.

Pasan unos segundos, mientras todos reflexionan mis palabras. Y entonces, Qalik se acerca a Innisak, que retrocede asustado, y le dice:

Lamento no haberte dado mi cuenco ayer por la noche. Lo siento –dice y le ofrece la mano-

Innisak, sorprendido, se la estrecha con una sonrisa diciendo "No pasa nada. Te perdono". Poco a poco, uno a uno va pasando por delante de Innisak, y murmuran una disculpa, por lo visto avergonzados. Todo parece tan solemne, como si estuviesen siguiendo un protocolo. Y ver a estos niños actuar de esta manera, es extraño y un poco grotesco, huelga a decir. El último de ellos, Ilasiaq, parece muy turbado, y le da un abrazo.

Ahora podéis iros. –digo serio-

Todos corren hacia el poblado, pero hay una pequeña diferencia. Innisak también corre, y, sorprendentemente, parece feliz. Suspiro de satisfacción. Es grato ver como los demás se corrigen gracias a ti. Si soy sincero, hoy es la primera vez que noto que les he enseñado algo útil.