Daphne caminaba decidida, sabía lo que quería y no se iría de allí sin conseguirlo. Miraba al frente desafiante, pobre de aquel que hoy se cruzase en su camino. Sus pasos resonaban elegantemente por los pasillos del ministerio anunciando su llegada antes de que ella apareciera en escena. A su lado estaba Draco, que había insistido en acompañarla tan intensamente que no le había quedado otra.
Han quedado en el despacho de Potter para estar más tranquilos, al menos todo lo tranquilos que podían estar teniendo en cuenta que desde ayer no dejaban de perseguirles camarógrafos intentando sacar una exclusiva. Como si esas ratas no hubieran hecho bastante daño ya.
—Te veo muy tranquila.
—No me queda otra, Draco. Además, con Potter no tengo tanta confianza.
—Tendrás que medir tus palabras entonces, Duffy.
Daphne levantó una ceja retando a Draco a que siguiera intentando hacer que saltara. Draco simplemente sonrió, había conseguido lo que se proponía.
—Sé que es más fácil decirle que hacerlo, pero deberías relajarte. Theo va a estar bien.
—Quiero justicia, Draco.
—Lo sé. Yo también quiero eso para Theo pero recuerda que no siempre tienes porqué atacar de frente. Siempre hay una retaguardia.
Daphne sonrió y le tomó de mano. Draco conseguía entenderla cuando ella más confusa estaba y se sentía agradecida por ello.
Cuando entraron en el despacho, allí ya estaban Potter y Hermione hablando en voz baja. La castaña parecía estar mosqueada con lo que estaba diciéndole el auror. Padma Patil no había podido acudir al final porque tenía una entrevista con Theo para intentar negociar sus condiciones. Hermione fue la primera en verles llegar.
—Daphne, me alegro de verte. ¿Habéis tenido problemas con los paparazzi? Han intentando mantenerles fuera del atrio pero es casi imposible.
A Daphne no le gustó la condescendencia en las palabras de Hermione. Sintió como todos sus músculos se tensionaban.
—¿Qué ocurre Hermione?
La castaña miró a Harry, quien se había mantenido callado.
—Creo que Harry te lo puede explicar mejor que yo, ¿verdad?
—No quieren darte el permiso para salir de Europa. Consideran que dado la reciente encarcelación de Theo y vuestra relación...
—Una relación que acabó hace años, claro, continúa, me gustaría saber como va a acabar esto.
—Daphne...
Draco la tomó por el codo llamando su atención. Ella sabía estaba siendo venenosa, pero nunca podría dejar de ser una serpiente.
—Dado que has pedido permiso para ir a Brasil, los jefes han sumado dos más dos y creen que el dinero de la estafa está allí. Esto no debería decíroslo pero van a enviar un comité de investigación.
—¡Claro que el dinero está allí! ¡Los socios de Theo están allí, ellos son los que tienen el dinero!
—Teniendo en cuenta el pasado de la familia Nott...
—Potter, a otro perro con ese hueso. He venido aquí a por un permiso para poder aparecerme en Brasil, ¿vais a dármelo?
—Me temo que no puedo, Greengrass. Son órdenes de arriba. Puedes intentar luchar, pero será en vano. Ahora que te lo he dicho, tengo que irme. Nos han llamado a una misión.
—Entonces no tiene mayor sentido que siga aquí. Yo también me voy. Si me disculpáis.
—Te prometo que haré todo lo que esté en mi mano para ayudarte, Daphne.
Daphne se quedó quieta después de escuchar las palabras de Hermione. Sabía que estaba de su lado, que era una aliada contra la injusticia que estaban cometiendo con Theo.
—Más te vale. Te tomo la palabra, Hermione. Sabes que volveré.
Daphne se giró con ese porte tan característico de quien sabe que está cerca de ganar, quizás hoy no ni mañana, pero está cerca de conseguir su objetivo. Daphne sabe que no puede obcecarse tanto o acabará por revelarse a sí misma. Tiene que encontrar una manera de poder ir a Brasil o al menos la manera de encontrar a alguien que investigue por ella allí. Sin despedirse, se dirige a la puerta por la que momentos antes ha salido Potter. Tiene un plan que idear.
La puerta se cerró dejando la sala completamente en silencio. Se oían los pasos de Daphne alejándose por el pasillo. Draco sabía que Daphne necesitaba estar sola ahora mismo, iría tras ella más tarde. Tras tantos años de amistad Draco había aprendido que cuando la primogénita de los Greengrass estaba enojada, era mejor dejarla tranquila y que ella sola consiguiera aclarar sus pensamientos.
Draco levantó su mirada hacia Hermione, que miraba la madera del escritorio como buscando un lugar en el que esconderse. Daphne había sido hiriente, pero él podría llegar a comprenderla. Los acontecimientos del dia anterior la habían trastocado más de lo que ella quería aceptar.
El rubio se movió sigilosamente hasta el escritorio, colocando sus manos una a cada lado de la esquina de la mesa. Aunque fuera Hermione la que estuviera delante de él quería parecer intimidante. Y eso era algo innato en un Malfoy.
—No me creo que sea tan difícil pedir ese permiso. Me parecen demasiados requisitos. Es más que obvio que el ministerio no quiere ayudarnos. Y aunque Potter sea tu amigo, él también tiene las manos atadas. Ahora que ya tienen a su cabeza de turco no van a dejarle ir tan fácilmente, ¿verdad?
Hermione habló sin levantar su cabeza. Ella tampoco sabía que decir, no entendía como podían haberla tomado con Theo de esa manera y que ahora tampoco le permitieran a Daphne ayudarle.
—El ministerio está para servir al ciudadano, Draco. En ningún momento está yendo contra Theo, son las normas.
—¡Por las barbas de Merlín, Hermione! Vete con ese cuento de las normas a otro. Sé cómo funciona esto, sé todo lo que se mueve aquí. Siempre ha sido así y da igual cuanto tiempo pase, el poder corrompe. El poder te hace querer siempre más. Hay algo que no nos están contando. Me estoy viendo tentado a hacer aquello que me prometí a mí mismo que nunca haría. Ahora llego a entender a mi padre.
Fue entonces cuando Hermione le miró sorprendida por las palabras que el rubio acababa de decir.
—Draco, ¡no! No dejes que esos pensamientos vuelvan a tu mente. Sabes que te hará daño. Y tú no eres así.
Draco miró a la castaña fijamente. La conversación está siendo un viaje al pasado nada placentero. Un viaje a aquel fatídico año en el que de no ser por la mujer que estaba ahora delante de él, probablemente hubiera tomado otro camino. Un camino que hubiera acabado con él bajo tierra. El rubio es capaz de ver de nuevo esa genuina preocupación en los ojos melados de Hermione. Sintió una punzada cerca del corazón. Él amaba a Astoria, con toda su alma. Lo que había pasado con Hermione era un recuerdo guardado bajo llave que no quería ni necesitaba dejar libre. Draco suspiró.
—A veces pienso en lo que pudimos llegar a ser y no fuimos.
Hermione se quedó callada, atenta a las palabras del rubio. Desde que habían vuelto a verse, ella tampoco había conseguido quitárselo de la cabeza y los recuerdos habían vuelto a su mente, atormentándola cuando se iba a la cama a dormir. Incluso consiguiendo hacerle sentir casi como si estuviera siéndole infiel a Ron cada vez que la besaba y la imagen del rubio se cruzaba brevemente antes de volver a la realidad.
—Pero tú amas a Astoria. Ella es la mujer de tu vida. Estáis esperando a vuestro hijo.
—Y tú amas a Weasley. Siempre ha sido el hombre de tu vida a pesar de que sea tan zafio.
Ambas miradas se cruzan, no como lo habían hecho en el pasado, llenas de una pasión oscura, sino con tristeza. Draco volvió a suspirar apartando su mirada.
—¿Y si pudiéramos ser?
Draco se sorprende con las palabras de la castaña. Nunca, ni tan siquiera aunque pasaran veinte años, veía a Hermione capaz de serle infiel a Weasley. Sin embargo, lo que más le preocupa es su vacilación a la hora de negarse ante esa propuesta velada de serle infiel a Astoria.
No había tardado menos de diez minutos en arreglarse nada más había leído la noticia en el Profeta. Hermione había sido ascendida, ahora era oficialmente la mano derecha del ministro. Y tenía una promesa pendiente con ella. Había esperado casi medio año.
Cada dia intentaba descubrir más y más cosas sobre aquellos tres peces gordos que se habían afincado en Brasil. Uno, probablemente alardeando de esa riqueza amasada a costa de otros, había sufrido la violencia de las calle carioca. Sólo quedaban dos de ellos y Daphne estaba más que decidida a llevarlos ante la justicia.
En todos aquellos meses no había sido capaz de ir a visitar a Theo, sí había estado muchas veces en la sala de espera pero siempre se había acobardado en el último momento. Daphne estaba segura de que todo esto lo estaba haciendo porque el chico era su amigo pero a veces se encontraba pensando en él de otra manera más íntima y eso la asustaba.
Cada vez que Pansy volvía de una de las visitas la atosigaba a preguntas lo que conseguía que la pelinegra se enfadara con ella. Más de una vez le había dicho que si tanto quería saber como estaba Theo, que fuera ella misma a la prisión. También le había dejado caer que había preguntado por ella, lo que provocaba en Daphne sentimientos encontrados.
Cuando habían estado juntos habían sido una pareja explosiva, haciéndose daño el uno al otro a la mínima oportunidad. El amor entre ellos era un ni contigo, ni sin ti que había acabado por quemarles a ambos. Ninguno de los dos quiso dar su brazo a torcer y cuando Daphne descubrió que Theo había buscado el amor que ella no le daba pagando, había supuesto el final de la relación. Theo había intentado disculparse con ella de miles de maneras, gastando gran parte de la herencia de la familia Nott. Daphne era de la opinión de que el amor no puede comprarse, se va creando poco a poco y el chico, con su comportamiento, había agotado todas las reservas de ese sentimiento que ella tenía para él.
Sacudió su cabeza intentando borrar esas ideas recurrentes. No había avisado ni a Astoria ni a Draco de que se iba, los consideraba a ambos lo suficientemente inteligentes como para hacerse una idea de a que lugar se había marchado. Se metió en la chimenea tomando unos pocos polvos flú y antes de que se diera cuenta, ya estaba limpiando la ceniza que se había quedado pegada a su vestido.
Allí estaba de nuevo ante esa puerta, sólo que esta vez detrás de ella había una amiga. Había tenido que soportar las miradas insolendentes de aquellos que consideraba compañeros de trabajo pero ella era más fuerte que todo aquello. Ella era una luchadora y pelearía hasta el final pero sabía que dentro de ese despacho tenía a una amiga también luchadora por las causas en las que creía que más le valía ayudarla como no había podido hacer anteriormente. Abrió la puerta sin llamar encontrándose a Hermione de espaldas a ella mirando por la ventana.
—Sabía que vendrías. Tienes tu permiso encima de la mesa. Siempre cumplo una promesa.
—Gracias, Hermione. Y mi más sincera enhorabuena, como ya te he dicho más veces, sé que llegarás lejos.
Se acerca a la mesa y observa ese pequeño librito color verde claro. Escucha como Hermione solloza aún de espaldas a ella.
—Hermione, ¿ocurre algo?
Daphne guarda el pequeño librito en su bolso, después de lo que le ha costado consiguirlo, no va a permitir que nada ni nadie se lo quite de las manos. Hermione se suena los mocos con un pañuelo que Daphne no sabe de donde ha sacado.
—No, no me pasa nada. Está todo bien.
—Si todo estuviera bien, Hermione, no estarías así. Dime, ¿qué te ocurre? ¿Demasiada presión en el nuevo puesto? Si quieres te lo cambio, este despacho es espectacular.
—Debería estar feliz, tendría que estarlo...pero no puedo...no lo quiero...
—Hermione, tranquila. Esto es una fase de adaptación, cuando pasen unos meses...
La castaña rompe a llorar sin contener sus lágrimas, buscando el abrazo de la rubia como si fuera la única persona con quien pudiera llorar libremente. Daphne responde al abrazo confundida.
—Estoy embarazada.
Daphne no llega a entender como la noticia de un bebé en camino puede provocar esas lágrimas de dolor pero está ahí para Hermione como ella lo ha estado cuando el tema de Theo la ha llegado a sobrepasar.
