La luna brillaba con su frio esplendor de enero. Los rayos oblicuos caían a través de las ramas desnudas de los árboles, dejando un rastro de sombras móviles sobre el camino. Las hojas secas crujían bajo los pies. Kagome se detuvo, ladeo la cabeza para oír mejor y miro hacia atrás.

-¿Qué pasa? –susurró Kikyo.

-No estoy segura. Me ha parecido oír algo.

-Probablemente abra sido un lobo, o un puma. Sigo pensando que madre debería haber dejado que nos acompañara un criado. Podríamos haberle pegado para que cerrara la boca.

-Sí, y también le podrían pagar para abrirla de nuevo. –El tomo de Kagome era agrio-. ¡Escucha!

Hubo un momento de silencio.

-¿Y bien?

Kagome sacudió la cabeza. Se arrebujó en la capa y reanudó la marcha seguida de cerca por Kikyo.

Habrían caminado medio kilómetro tal vez. No se les había presentado ningún problema para salir sin ser vistas. Habían bajado por la escalera de servicio de aquella casa cuya arquitectura reflejaba es estilo de las Indias Occidentales, para recorrer la galería inferior y mantenerse luego a la sombra de los arbustos antes de emprender el camino del bosque. Al llegar al sendero. Habían vuelto la mirada para ver la casa blanca, resplandeciente bajo la luz de la luna, por cuya ría superior se paseaba la señora de Buys.

-Espera. –Kikyo jadeaba al cabo de un kilómetro-. ¿No podríamos descansar un poco?

-No. Aún nos queda kilómetro y medio.

-¿Por qué no me has dicho que estaba tan lejos?

-No me pareció que importara, ya que no podíamos traer en el carruaje de todas formas.

-No comprendo para que has estado corriendo este camino tanto tiempo. Tus estudios deberían haber terminado hace dos años, igual que los míos.

-La madre superiora me ha estado dando unas clases suplementarias de latín y matemáticas superiores, y también he impartido clases a las chicas más jóvenes. Es decir, lo hacía hasta este invierno.

-Me parece ridículo, por no decir inútil, para una mujer. Además, ¿Por qué ibas a pie en lugar de coger el carruaje?

-No me lo ofrecieron –contestó Kagome con aspereza-. Tu madre no aprobaba que siguiera estudiando.

-AH. No veo objeción mientras no se presente otra alternativa –dijo Kikyo después de unos instantes.

-Si te refieres a que aparezca un hombre, esa ha sido una parte del problema. Tía Izazoy estaba segura que Koga Delacroix se me declararía si yo hacía un pequeño esfuerzo. Temía que si me interesaba por otras cosas no me preocuparía por cazarlo nunca, así que me ha prohibido ir al convento.- Kagome se apretó más la capa al pasar encogida bajo una maraña de zarza.

-Si no recuerdo mal, Koga era muy buen partido. Su familia no solo es rica sino que está relacionada. –Kikyo seguía jadeando mientras caminaba presurosa.

-Oh, sí, y le tengo mucho cariño. Pero solo eso, nada más,

-Así que eres una romántica.- Kikyo hablaba con un tono de divertida ironía, si bien entrecortadamente.

-¿Tan extraño te parece? Estoy segura de que pensabas igual cuando estabas con Inuyasha en Paris.

Su prima no respondió. Frente a ellas vieron un claro donde el camino salía del bosque para cruzar una carretera. A la izquierda. Esta carretera trazada una brusca curva hacia St. Martinville, población que dormitaba bajo la noche, con las casas de la colonia de acállanos esparcidas por las afueras. El convento de hallaba a corta distancia de la población. Se podía llegar hasta el por la carretera, pero a causa de su sinuoso trazado siguiendo el Bayou Teche, la distancia se doblaba. Teche, pronunciación francesa del vocablo de los indios attapas, significaba serpiente, y aquel brazo pantanoso del río se retorcía igual que una de ellas. En tiempos remotos aquella vía navegable había sido el cauce del poderoso río Mississippi, antes de que cambiara su curso.

A la derecha, la carretera se perdía en el bosque, siguiendo también el brazo del rio, hasta llegar a las casas de los colonos que vivían a sus orillas. Rio arriba, a unos diez o doce kilómetros, empezaban las tierras del señor de la Chaise, el hombre que había ofrecido la hospitalidad de su casa al príncipe, y también la plantación Delacroix, donde se había celebrado el baile.

Kagome volvió la vista hacia el camino que dejaban atrás. Aunque no quería alarmar a Kikyo, no podía librarse de la sensación de que algo o alguien las seguía. Kagome cogió a su prima por el brazo.

-Vamos. ¡Corre!

Las dos jóvenes bajaron a trompicones la suave y corta pendiente hasta la carretera, enganchándose las faldas en las zarzas y pasando por encima de matas de hierba seca. Kagome iba tirando a Kikyo. Torcieron a la izquierda y corrieron por la carretera sobre la que tantas ruedas habían abierto surcos. Sus pasos provocaban un ruido sordo y resonaban en el silencio de la noche iluminaba por la tuna. Tenían la garganta áspera a causa de la respiración rápida y el medio latía con fuerza en sus venas.

Recorrieron la pronunciada curva y vieron que se acercaban a otra.

-¿Kagome, por qué…? – pregunto Kikyo entre jadeos.

Kagome aminoro el paso y contesto con un susurro:

-Todavía no.

Unos metros más allá volvió a mirar hacia atrás. Viendo que no aparecía nadie por la curva, torció hacia el bosque y se adentró en el moviéndose con el mayor sigilo. Kikyo la seguía pegada a sus talones. Las primas se ocultaron con dificultad bajo un arroyo, de donde se extraía una sustancia para hacer velas, y que quietas.

La noche recupero su silencio. La aromática fragancia que despedían las hojas se esparcía en el aire fresco en derredor. En algún lugar dos ramitas entrechocaron y emitieron un crujido de protesta.

Entonces lo vieron a través de los árboles. Era el joven moreno que acompañaba al príncipe. Llegaba por la carretera caminando a paso vivo.

Los bruñidos botones dorados de la perchera de su uniforme lanzaban destellos. No cabía la menor duda de que el príncipe lo había enviado para vigilar la posible aparición de Kikyo.

Debían haberlo cogido desprevenido o quizás sus órdenes no incluían dar caza.

Presa por lo que agradecer a Dios. De lo contrario podrían haberlas alcanzado en cualquier momento. Kikyo se sobresaltó, y hubiera echado a correr de no sujetarla Kagome con fuerza por el brazo. La fría humedad las entumecía mientras observaban al centinela del príncipe, que corrió hasta donde empezaba la segunda curva. Al llegar allí se detuvo y permaneció durante largo rato con los brazos en jarras antes de dar la media vuelta y volver a grandes zancadas por donde había venido. Cuando paso cerca de ellas vieron una sombría determinación en sus finos rasgos.

Pasaron los minutos. Kagome aparto una telaraña que le rozaba la mejilla.

Una lechuza se alejó batiendo las alas lentamente. Por fin se movieron.

Haciendo señas a Kikyo, Kagome volvió al camino que cruzaba la carretera y se adentraba en el bosque para desembocar en la puerta posterior del convento.

El edificio era viejo. Estaba construido con torpeza, un adobe hecho de barra, pelo de ciervo y el liquen gris que colgaba de los arboles a lo largo del rio. Lo rodeaba una cerca de estacas. El convento lo había inundado una dama rica unos doce años antes, agradecida por que su hija había recuperado la salud en repuesta a sus plegarias. Se había planeado construir un distinguido colegio para señoritas, mucho más grande, pero la muerte de su benefactora recorto los proyectos. Se hablaba ahora de cerrar la escuela y mandar a las tres monjas que en ella residían a otra parte, idea detestable para Kagome.

Las habitaciones de la madre superiora se hallaban en la parte posterior de la casa. Esta monja, que era una gran aficionada a la jardinería y una reputada herbolaria, había mandado abrir una puerta en el muro trasero para facilitar la salida a los jardines del convento donde ella cultivaba sus plantas. Durante años aquella puerta había sido muy útil a las mujeres de la comunidad. Puesto que permitía acceder a la madre Therese sin necesidad de pasar por la puerta principal. La severa monja que la guardaba se había consagrado a proteger a la madre superiora de las impertinencia de adolecentes alocadas, madres nerviosas y ancianas parlanchinas.

Era una hora en verdad intempestiva, casi las tres de la madrugada, pero Kagome no dudo en traspasar aquella puerta. Era sabido de todos que la madre Therese raras veces dormía de cuatros horas y que dedicaba el resto de la noche a poner orden sus asuntos y mantener su implica correspondencia con clérigos de Luciana y de Francia, o arrodillada, entregada a sus plegarias a Dios.

Abrió la puerta de la criada de la madre Therese, una huesuda mujer de color liberada, que llevaba un turbante blanco y un delantal sobre el vestido.

Kagome le indico a Kikyo que entrara primero.

La madre Therese era una mujer de aguda inteligencia, que comprendió la situación rápidamente.

-Debe quedarse aquí, hija mía –dijo, volviéndose hacia Kikyo-. Le daremos una habitación donde permanecerá oculta, incluso de las alumnas. Será muy tranquilo, diferente de aquello a lo que usted está acostumbrada, pero tendrá tiempo para reposar tanto el cuerpo como el espíritu, para arrepentirse del pasado y reflexionar su futuro.

Kikyo miro a Kagome de reojo con expresión irónica, antes de hacer una reverencia.

-Le estoy humildemente agradecida, madre Therese.

-¿Sabe usted, señorita de Buys, que no podrá disponer de objetos mundanos en el convento? Esta regla no pretende mortificarla, sino preservar el orden de la comunidad evitando celos o, en su caso particular, el recuerdo de un pasado de luje y decadencia.

-Lo comprendo –murmuro Kikyo, aunque ni parecía muy feliz.

Ni quedaba mucho más por decir. La madre therese ordeno a su criada que preparara ropa y una cama para Kikyo, luego cogió la bujía y condujo a las dos jóvenes por un oscuro pasillo a la celda en la que se alojaría Kikyo. Allí dejo solas a las primas para que se despidieran.

Cuando la madre superiora cerró la puerta. Kikyo miro alrededor, la celda desnuda, de paredes encaladas y adornadas únicamente con un crucifijo. La cama, la mesita y la silla, de madera nativa, eran de tosca factura.

-Encantador –dijo Kikyo, irritada.

-No será por mucho tiempo.

-Esperemos que no. Seguramente me volverá loca tanta santidad aburrida.

-ya veo que todo debe de ser muy diferente de lo que te rodeaba durante los años que estuviste fuera.

-No te lo puedes ni imaginar. No alcanzo a comprender como has soportado venir aquí cada día, y mucho menos voluntariamente.

Kagome movió la cabeza con una leve sonrisa.

-Cada cual tiene sus gustos.

-Eso es cierto. No es culpa tuya que no hayas tenido oportunidad de desarrollar otros. Yo si la he tenido, lo que sin duda será mi maldición.

Kikyo se desabrocho la capa y la dejo caer al suelo, como lo haría alguien acostumbrados a tener criados alrededor prestos a recoger la ropa de la que se desembarazan los señores. Su figura apareció embutida en un atuendo de viaje de seda ambarina tornasolada. La luz de la bujía hacia brillar sus cabellos y revelaba una expresión pensativa en sus hermosas acciones. Era una joven egoísta, dominante, calculadora. Todo esto sabía Kagome; sin embargo surgió en ella la compasión al ver inquietud y la desesperación reflejadas en los ojos azules de su prima.

Kagome bajo los ojos y se miró las manos.

-Siento mucho…que la relación que tenías con Inuyasha terminara de ese modo.

-Más lo siento yo –dijo Kikyo, y sus labios se activaron en una sonrisa amarga-. Querida Kagome, ¿Me permites que te de un consejo? No es original y espero que no necesites recordarlo: no confíes en príncipes.

-No te comprendo.

-Si Inu hubiera sido digno de confianza, yo no estaría aquí, y tal vez el seguiría vivo. Pero eso ya no importa. ¿No sería mejor que te fueras? ¿O te quedaras a pasar la noche?

Kagome negó con la cabeza.

-Tía Izazoy debe estar esperándome.

-No te envidio la vuelta a casa. Sesshomaru andará por ahí buscándome.

-Espero que sea en los ligares equivocados. No pasara nada.

-Antes de irte –dijo Kikyo, frunciendo el entrecejo por algo parecido al azoramiento-, supongo que debería expresarte mi gratitud.

-No es necesario. –Kagome se dispuso a salir.

-Sí que lo es. Es una cuestión de dignidad, tanto la tuya como la mía. Inu me lo enseño. Yo… lo ruego que aceptes esta pequeña muestra de mi agradecimiento por todo lo que te debo.

Kagome se volvió a regañadientes. Kikyo se quitó una elegante cadena de oro que llevaba al cuello, con un pequeño frasco cincelado en oro que colgaba de ella y que se ocultaba dentro del corpiño. El aire impregno del empalagoso aroma a lirio de los valles que emanaba del frasquito calentado por la piel. La cadena despidió destellos de fuego cuando Kikyo se la tendió a su prima.

-No puedo aceptar algo tan valioso –protesto Kagome.

-No es un gran tesoro, solo es un regalo de Inu. Ahora significa bien poco y. ya que he de prescindir de él, da igual que te lo quedes tú.

-No lo perderías para siempre, ¿sabes?, solo hasta que abandones el convento.

-Oh, eso ya lo sé, pero he decidido dártelo a ti. No tengas tantos remilgos por nada ¡cógelo!

-Muy bien. Gracias, Kikyo. –Kagome cogió el extraño collar y se lo puso al cuello con un resto de sonrisa por la rapidez con que su prima había pasado de la cortesía a la irritabilidad.

Kikyo soltó una breve carcajada.

-Adelante. Sonríe cuanto quieras. Tú puedes ir y venir a tu antojo. Ojala pudiera estar en tu lugar. ¡Que no daría por volver a ser tan libre, tan inocente y Aura otra vez!

No hubiera sido cortes de parte de Kagome que expresara lo poco que deseaba ella invertir los papeles con su prima. Prometió que la visitaría cuando le fuera posible, deseo buenas noches a Kikyo y salió.

Aun tardaría media hora en abandonar el convento. La madre Theresa insistió en que tomara algo caliente antes de marcharse y, mientras Kagome permanecía sentada bebiendo leche sazonada con vainilla y endulzada con miel, la monja consiguió sonsacarle el resto de detalles de la historia de Kikyo. La luna había desaparecido ya cuando la religiosa la acompaño hasta la puerta posterior. Aun entonces la madre Therese intento convencerla de que se quedara a descansar un rato, de que durmiera en uno de los catres hasta el amanecer. Al no conseguirlo, intento obligarla a llevarse una linterna. Kagome se negó. No tenía miedo a la oscuridad, que era en realidad su aliada.

No había llegado muy lejos por el oscuro sendero cuando empezó a desear no haberse mostrado inflexible. Caminaba mucho más despacio sin la luz de la luna. El bosque parecía cerrarse sobre ella, siniestro e impenetrable. Para empeorar aún más las cosas, el aire nocturno le llevo el aullido de un felino que andaba al acecho, de una puma o un lince, animales que atacaban a los seres humanos si se interponían en su camino. Kagome intento andar más deprisa, pero las ramas de los árboles que veía demasiado tarde para esquivarla le golpeaban en la cara y las enredaderas espinosas y flexibles se retorcían hacia ella para atraparle los tobillos. Sintió un gran alivio cuando llego a los matorrales de caña que flanqueaban la carretera. Una vez a salvo en el otro lado, habría recorrido ya dos tercio del camino de vuelta.

Kagome se abrió paso por entre la espesura de altas calas de bambú.

Estaba a punto de salir a la carretera cuando se detuvo bruscamente.

Voces. Débiles, mezcladas con el sonido de cascos de caballos. Llegaban desde lejos, pero acercándose. Una de las voces reconvenía, la otra guardaba silencio. Se oyó una risa profunda, de bajo. Los jinetes llegaron a la altura de Kagome.

Era el príncipe con sus hombres; no podían ser otros. Durante la velada en casa de la señora Delacroix, uno de los llamados, los comentarios que habían circulado, se había dedicado a los hermosos cabellos que el príncipe había comprado en Nueva Orleans a un alto precio, y a las sillas tachonadas de oro y bronce que habían transportado desde Rutania para que los hombres disfrutaran cabalgando, por placer o ejercicio, o para cazar, según sus costumbres. Kagome vio los destellos del precioso metal a la luz de las estrellas y el inconfundible estilo militar de los jinetes. Al llegar a donde ella estaba, tiraron las riendas. Kagome oyó hablar al hombre de pelo oscuro que ella y su prima habían despistado.

Justo aquí las dos mujeres salieron del bosque y cogieron por la carretera. Tomaron la cuerva y luego…desaparecieron. Yo volví a buscar mi montura y recorrí la carretera hasta llegar casi al pueblo, pero no las vi.

-Supongo que podemos confiar en ti para distinguir a las mujeres de los hombres. –Las palabras cargadas de ironía procedían del príncipe.

-Las dos personas llevaban faldas –fue la rígida respuesta.

-Eso no siempre una prueba definitiva, pero la aceptaremos. Llevar a una doncella a rastras, quejándose y gimiendo, para darse tono, o al menos para preservar el decoro, en una huida clandestina no parece necesario.

-No sé nada de eso, pero estoy seguro de que eran dos –replico el otro, y su voz se iba perdiendo ya, puesto que los hombres se alejaban.

Kagome debería supuesto que volvería. ¿Qué podía hacer? Sería una temeridad volver a utilizar el mismo sendero para llegar a la casa de la señora de Buys. Podía retroceder e intentar cruzar la carretera por otro punto, o regresase al convento y esperar a que se hiciera de día. Ninguna de estas alternativas le gustaba.

Kagome permaneció mirando fijamente el oscuro hueco en los arboles al otro de la carretera, donde empezaba el sendero. No le quedaba más remedio que emprender ese camino. El príncipe y sus hombres no esperaban que regresara. Si podía cruzar la carretera y llegar al otro lado sin ser vista, saldría corriendo hasta casa, perdiéndose de vista antes que volvieran, lo que sin duda harían, para investigar en aquel punto.

No, era demasiado arriesgado. Probablemente los hombres no irían más allá de la segunda curva, donde el centinela las había perdido de vista antes. No tenía tiempo de cruzar. Habría de volver al convento.

Kagome se dio la vuelta, pero retrocedió con el corazón en la boca. A menos de diez pasos de ella, en el sendero, había visto una forma peluda en la oscuridad. De su garganta surgía un leve rugido y sus ojos eran luminosas. Su cuerpo corto y sus orejas puntiagudas y echadas hacia adelante le dijeron que era un lince rojo, el lince casi desprovisto de cola y peligrosamente impredecible. Podía encogerse para saltar o, si ya había satisfecho su curiosidad, alejarse tranquilamente.

Pasaron los segundos. El felino permanecía en el mismo sitio sin pestañear. Kagome respiro de nuevo, pero muy suavemente. No podía quedarse allí para siempre. El camino hacia el convento estaba bloqueado; así pues, tendría que volver a casa. Debía moverse deprisa o perdería su oportunidad.

Con infinito cuidado, retrocedió un paso. Probó luego a dar otro y se dio la vuelta para pasar entre las cañas. Un paso más y se encontraba en el bajo terraplén que bordeaba la carretera. No había nadie a la vista. Kagome se recogió las faldas, soltó a la carretera y corrió hacia el otro lado.

Un grito atravesó la oscuridad. Llego en el momento en que Kagome subía por el terraplén como una llamada en una cacería cuando se avista a la presa. Kagome lanzo una rápida mirada hacia la curva de la carretera donde los jinetes habían vuelto a aparecer. El centinela moreno y delgado señalaba en su dirección, azuzando el caballo hacía ella. De inmediato Kagome echó a correr por el bosque.

Siguió un trecho por el sendero, guiada por su instinto, con la cabeza gacha y protegiéndose la cara con el brazo, luego desvió bruscamente hacia la izquierda, introduciéndose en la maleza, adentrándose cada vez más, poniendo la mayor distancia posible entre ella y sus perseguidores. Siguió corriendo hasta que se oyó el estrepito de los hombres tras ella y entonces aminoro el paso. Sabía que también podían seguirla por el sonido, así que intento caminar con el mayor sigilo, igual que los indios, como le había enseñado su padre en un juego infantil largo tiempo atrás.

-¡Alto!

La orden que se había dado a sus perseguidores sonaba amenazadoramente cerca. No sonó muy alta ni muy severa, pero fue obedecida al instante. Se hizo el silencio más absoluto en medio de la noche. Kagome paro en seco, con los dientes apretados y un pie en el aire.

Después de un rato que pareció una eternidad, una voz áspera, que pertenecía al veterano corpulento y tuerto, pregunto:

-¿Qué ha oído?

-Antes a nuestra presa. Ahora nada. Lo que significa que esta lo bastante cerca como para oírnos y actuar según mis órdenes en beneficio propio.

-En ese caso, alteza, ¿no deberíamos desplegarnos para buscarla?

-No a menos que pretendamos proporcionarle una salida.

-Esperamos sus órdenes entonces –gruño el otro hombre.

-Asombroso –dijo Sesshomaru de Rutania, y procedió a darlas en frases sucintadas de un idioma extranjero.

Kagome apretó más los dientes para evitar que castañearan a causa del miedo. Oír lo que iba a hacerse para capturarla y no entenderlo era peor que no oír nada. ¿Era consciente de ello el príncipe? Se oyó el crujido del cuero de las sillas cundo los hombres desmontaron. Fue un sonido ominoso. A caballo los hombres estaban en desventaja en la oscura y densa tierra pantanosa, donde las ramas bajas surgían de todas partes y podían descabalgar a un jinete, o los caballos lanzados a un paso demasiado rápido podían tropezar en la enmarañada maleza del suelo. De pie estaban en igualdad de condiciones y además la superaban en número. Los músculos de Kagome se tensaron y la joven respiro hondo, preparándose para echar a correr.

-Una cosa más –dijo la voz tranquila e incisivo-. Que no se ocasione ningún daño a nuestra presa, sino será inmediatamente despedido.

¿Eran un error aquellas palabras pronunciadas en impecable francés? ¿Pretendía así tranquilizarla con respecto a su integridad física? ¿O se trataba de una trampa para que se descuidara, para que no mostrara una resolución tan vehemente en su huida? Existía aun otra posibilidad. El príncipe quería preservarla realmente de todo daño hasta el momento en que pudiera vengarse cumplidamente.

Un caballo resoplo, pateo el suelo con nerviosismo y sacudió la cabeza, causando el tintineo de los adornos de la brida. Un hombre soltó una imprecación. El príncipe Sesshomaru empezó a hablar, pero de pronto se oyó un aullido de frustración del lince cazador. El sonido se hizo más alto y agudo y los caballos relincharon de terror.

Kagome no perdió tiempo. Se escabullo aprovechando la confusión, dando vuelta y más vuelta a través del denso y húmedo bosque. A su espalda oyó una orden brisca y tajante y el ruido de la persecución. Aun así siguió corriendo, agachándose para pasar bajo las ramas de los árboles, saltando sobre los troncos podridos, notando que iba perdiendo las horquillas que sujetaban sus cabellos. Entonces oyó un grito, seguido inmediatamente por el silencio y la quietud amenazantes.

Kagome se detuvo y se dio la vuelta lentamente. A unos cuantos cientos de metros oyó una débil llamada y un susurro de respuesta. Se repitió en diferentes tonos más la derecha. Los hombres se movían por parejas, manteniéndose en contacto unos con otros, resteando el bosque de forma metódica y eficaz. Pretendían hacerla salir como si fuera un animal al que cazar.

Pero la noche era tenebrosa, el bosque grande y el número de hombres pequeño para semejante tarea. Además, Kagome conocía el bosque, sabia donde se hallaba con relación a la carretera, el rio y la casa de su tía. Tania también la ventaja de que sabía en todo momento donde se hallaban los hombres, puesto que estos se llamaban unos a otros para evitar tropiezos. Kagome aspiro profundamente para tranquilizar los nervios y sacudió la cabeza inclinada hacia atrás de modo que su sedosa cabellera quedo suelta a su espalda. Que fueran de caza. A ella no la atraparían tan fácilmente.

Kagome se deslizo poco a poco, latiéndole el corazón con fuerza, aproximándose a la pareja de hombres en el bosque cerca de ella, lo que dejaba fuera a los otros dos, que, o bien se hallaban buscando por el otro lado del camino o, por el contrario, suponiendo que uno de ellos fuera el príncipe, aguardaban con los caballos como un general y su ayudante de campo en la retaguardia de una batalla para controlar y ordenar nuevos movimientos. Kagome hizo una mueca de desprecio al pensarlo. Debería haber supuesto que un personaje tan consiente del honor de su nombre no se marcharía las manos atrapando a una mujer como la que él se figuraba.

Los hombres avanzaban hacia ella esperaban que huyera presa del pánico con el inevitable resultado de su captura. Si Kagome conseguía situarse detrás de ellos, podría volver al camino, mucho más lejos de donde lo había abandonado y de donde aguardaba el príncipe, y luego solo tendría que echar una carrera hasta la seguridad de su casa.

Los hombres se estaban acercando. El ruido de sus botas aplastando las hojas secas le erizo el vello de la nuca. Casi sin pensar, Kagome se arrebujo en la capa y se volvió hacia el bajo montículo que formaba un arrayan. Ya le había servido para ocultarse con éxito en una ocasión y bien podía hacerlo de nuevo. Se abrió paso entre la maraña, agachada la cabeza y de rodillas. Inmediatamente lamento su acción, era una tontería. Debería haberse arriesgado, haber confiado en la velocidad de sus piernas. Que humillante seria si la encontraban escondida allí como niña asustada.

La maleza crujió y apareció un hombre, su oscura silueta se hallaba lo bastante cerca como para tocarla si Kagome alargaba una mano. La joven permaneció completamente inmóvil, conteniendo la respiración.

-¡Renkotsu!

Kagome dio un respingo cuando el hombre, joven y esbelto a la luz de las estrellas, soltó el grito. Pensó que era uno de los gemelos antes de que su mente se preguntara si la había oído o quizás visto, si con su llamada estaba pidiendo refuerzos antes de acercarse al lugar en que se hallaba escondida.

A unos cuantos metros, desde el otro lado del arrayán, surgió la respuesta. El primer hombre gruño.

-No lo adelantes, hermano mío. Me gusta saber si estoy persiguiendo a una débil mujer, a un gato salvaje o lo pellejo huesudo.

-Sigue gritando de esa manera y no tendrás que preocuparte por saber que persigues. La idea era mantener en contacto discreto, en lugar de armar el mismo jaleo que la estampida de un rebaño de cabras.

El hombre estaba más cerca de Kagome soltó un bufido al oír este caustico comentario y se alejó.

-Dos de uno que no hay ninguna chica por aquí, que Bankotsu lo ha dicho para justificarse por haber perdido su rastro antes. Y que conste que no le culpo. Ahora que Sesshomaru está furioso resultara condenadamente desagradable para todos nosotros y especialmente para el hombre que la dejo escapar.

-Cómo lo mismo podrás comprobar si no conseguimos encontrar a esa mujer fantasma.

El sonido de sus pasos se desvaneció. Kagome se levantó y permaneció quieta escuchando. Los hombres seguían internándose cada vez más en el bosque. No le pareció probable que se detuvieran hasta que llegaran al rio. Lo había logrado. Durante unos instantes se apodero de ella una fuete exaltación, luego remitió. Aun no estaba a salvo.

Cuando la mansión de los Buys, con sus galerías, se alzó por fin ante ella, Kagome había quedado sin resuello y tenía una punzada de dolor en el costado. No había luces en la casa. Tía Izazoy debía de haberse cansado de esperarla y se había retirado a dormir sin dejar siquiera una bujía encendida. Ella no sabía que su sobrina tendría problemas, pero podría haber esperado. Tan poco acogedora parecía la casa en la oscuridad reinante que Kagome pensó que tendría suerte si no habían cerrado la puerta.

Antes de dirigirse sigilosamente a la escalera de atrás, lanzo una última mirada hacia el sendero desierto. Manteniéndose pegada a las sombras de la pared, Kagome subió hasta la galería superior y corrió hasta las altas puerta-ventana que conducían a su dormitorio. Se detuvo entonces una vez más y miro hacia el bosque, pero no vio no oyó nada. Asió el picaporte, abrió la ventana y entro. Luego cerró con pestillo.

Solo entonces respiro tranquilamente. Sin soltar la fría maniquete de bronce, apoyo la cabeza en los paneles de cristal y espero a que la sensación de alivio y triunfo que merecía se adueñara de ella, pero no llego. En su lugar, percibió el olor del humo y de la cera caliente en la habitación como si acabaran de apagar una vela. Oyó un susurro, el levísimo roce de tela contra tela. Le llego de muy cerca, a su espalda. Tan cerca que sus sentidos agudizados le hicieron pensar que percibía el calor que despedía un cuerpo antes de que la voz de Sesshomaru de Rutania le murmuraba al oído:

-La zorra siempre vuelve a su guarida.

Hasta aquí el capítulo, espero que les allá gustado.

No me queda más que agradecer a todas esas personas que se han tomado la molestia de leer este fic, y comentar muchas gracias.