CAPÍTULO TRES

«¡Héctor! Con motivo me increpas, y no más de lo justo; pero tu corazón es inflexible».

Homero, La Ilíada

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Los dedos encallecidos por el trabajo duro se afanaban sobre la colada. Una gota de sudor resbaló por la sien, y ella se la limpió con el dorso de la mano, dejando tras de sí un rastro de humedad e irritación.

Suspiró bajo el sol abrasador del mediodía montañoso, deseando estar bajo la sombra generosa de la arboleda en lugar de junto al torrente, bajo el despejado cielo azul, y dejándose la piel de las manos en aquella tarea tan femenina, pero tan poco relacionada con sus funciones. La lejía que había obtenido a base de la grasa de cerdo y las cenizas que había hervido aquella misma mañana se disolvía rápidamente en el torrente constante, obligándola a sumergir las manos con tanta frecuencia en la vasija de arcilla que reposaba a un lado, entre dos rocas firmemente afianzadas a la fina arenilla, que ya las uñas se habían puesta blanquecinas y blandas.

Frotó la larga túnica roja de nuevo y con renovada pasión sobre la tabla de madera, y un rastro rojizo se deslizó por las comisuras de las baldas, recordándole que ya era tiempo de teñir aquella prenda con el ocre rojo que vendían en el pueblo. Quizá el maestro bajara dentro de unos días, o quizá la enviase a ella. Nessa suspiró, pues anhelaba aquella evasión momentánea.

Entonces sus ojos se sumergieron en la prístina y azulina superficie del torrente, cuyo vaivén sobre las rocas tenía el poder extraterrenal de mantenerla presa de un hechizo seductor. Tres días duraba el viaje. Ya comenzaba a soñar con la travesía, y se imaginó los caminos sinuosos que la conducirían montaña abajo, los lodazales y las altas coníferas que arropaban el piso montano. Los bosques de aquella región eran tan longevos que Nessa no podía imaginar cuán añosos eran, pero eran una maravilla natural a la vista del ser humano. El techo de verdor y humedad que se divisaba sobre los picos de las montañas le robaba el aliento.

Levantó la cara en dirección al sol, animada por aquellos pensamientos. Por un momento quedaban atrás aquellos duros y tensos meses, aquella espera rutinaria de que todo mejorara.

Escurrió entre sus manos la larga prenda, antes de depositarla sobre un canasto de mimbre repleto de ropa, ya lavada y lista para tender en la línea que la esperaba detrás de la cabaña. Era apenas una cuerda desnuda extendida de palo a palo a la intemperie, que había visto muchos años, tan vieja era.

Le gustaba tender, era una actividad ligera que le permitía pensar, como todas aquellas derivadas del hogar. Solía estirar la ropa y afianzarla con pinzas y luego, si el maestro aún se entretenía en sus quehaceres diarios, se sentaba en la verde pradera de gramíneas. Descansar la cabeza en el suave y húmedo lecho de hierba la producía una paz que siquiera la meditación era capaz de darle.

Era en aquellos momentos cuando más libre era, unida al flujo de la existencia de las cosas y a la realidad de la tierra. Sin máscara, notando la hierba bajo sus dedos y el aire ligeramente húmedo en el rostro, dejaría que el hechizo de la tierra húmeda y fértil penetrara en su interior.

Acariciar las hojas de los árboles.

Al alzar los ojos, una nebulosa atravesó el cielo. Aguantó la respiración, sobrecogida por aquella imagen terrenal. Sobre las copas de a arboleda y el prado bañado por la luz, una miríada de pájaros danzaba describiendo dibujos informes con el cielo como su lienzo, y ella sintió, maravillada, cómo su corazón se convertía en un alto atolón contra el que las olas rompían. La enormidad del instante se coló bajo su piel y la insufló de rubor al contemplar el discurso de la vida.

Shaka la observaba desde lejos. Había pasado toda la mañana en las cuevas de la montaña, buscando hongos, y hacía rato que se había encaminado a paso lento hacia la cabaña por los grandes lodazales del camino de tierra que conducía hacia la parte más verde de la accidentada geografía de altura.

Dejó el saco rebosante cerca de la puerta de la entrada, donde el suelo estaba más resbaladizo a causa de la lluvia nocturna, y no perdió tiempo en buscarla. Hallóla así, de pronto, tan suave como un cordero manso tomando el sol, el cuello estirado y los labios entreabiertos, toda coronada con el sol a contraluz sobre su rostro iluminado.

Alta la figura, joven y lozana la piel, el garbo de los moceríos insuflaba una belleza perecedera en su caminar. Shaka frunció el ceño, incómodo por haber interrumpido ―sin que ella lo supiese― un momento tan íntimo, y tras echar un breve vistazo a la nube de aes que sobrevolaban el área, volvió despacio hacia el porche de la cabaña, donde ella ya no podría verle, sin carraspear ni anunciar su presencia tal y como había pensando en un principio, no fuese que ella lo avistara y se diera cuenta de que había observado su rostro desnudo. A pesar del castigo impuesto a Nessa, por el cual ya no podía abandonar el uso de la máscara cuando él hiciese acto de ceguera, poco crédito daba Virgo a las estrecheces del Santuario. Si había de guiarse por alguna ley, sería la suya; pero calló por prudencia, no fuera que las convicciones de su alumna fuesen más fuertes que las suyas.

Una suave brisa llevó hasta Nessa la presencia del maestro. Se dio la vuelta sobre sus pies descalzos como movida por hilos invisibles, y avanzó casi ingrávida y atenta a la esquina de la cabaña, donde una sombra se proyectaba sobre la hierba y la tierra húmeda. Echó mano rápidamente de la máscara que reposaba sobre su cadera y la vistió mucho antes de doblar la esquina y encontrarse con la figura inclinada de Shaka, que se atareaba sobre el banco de trabajo, un mueble oscuro que él había hecho con sus propias manos. No era una obra de artesanía exquisita, pero cumplía con el fin previsto con perfecta funcionalidad, y eso lo satisfacía, pensaba Nessa.

―Buenos días ―dijo él.

―Buenos días, maestro ―tomó entre los dedos uno de los hongos que él había desbrozado y lo inspeccionó con ojo crítico―. ¿Son setas?

―Así es ―dijo, quitándole de la mano el pequeño bejín.

―¿Para comer? ―interrogó―, ¿quiere que lo enjuague?

―No, éste es para venderlo en la droguería ―le quitó el polvo y lo inspeccionó minuciosamente. Sus ojos azules, que tan pocas veces había podido ver, se estrecharon meditabundos sobre los montones restantes―. Creo que tenemos suficientes para uso personal.

Nessa miró atentamente las pequeñas y ordenadas pilas. Cada pequeña materia parva tenía seguramente su uso, pero no todos eran de su conocimiento. Reconocía aquí y allá hongos pequeños y grandes que había usado ella misma para curar heridas, llagas y apostemas, y otros, como el mismo bejín de color blanco que antes había cogido, con los que había restañado la sangre de más de un paciente. Había unas de tallo alargado, sin embargo, que no había visto nunca, y cuando preguntó, Shaka frunció ligeramente el ceño.

―Ésas tampoco se comen ―respondió, y acto seguido comenzó a arrojarlas en un pedazo de tela rígido que cerró con un fuerte nudo―. Cuélgalas a la cuerda de tender, pero que no se caigan ni se las lleve el viento.

Nessa tomó entre sus dedos el saquito improvisado. Intentó no traslucir la curiosidad que sentía al mirarlo con disimulada atención. Si no se comían, Shaka los secaba por sus propiedades curativas. Probablemente fueran hongos venenosos. Nessa sabía, de acuerdo a los años de práctica, que muchas setas venenosas perdían sus propiedades traumatogénicas si se les aplicaba un tratamiento de secano, y que luego su polvo triturado podía usarse como condimento de varias recetas médicas.

―¿Has terminado tus tareas? ―oyó que preguntaba.

La joven terminaba de anudar la bolsa a la cuerda de tender cuando respondió que así era. Sacudió el polvo que había manchado sus manos mientras él trasteaba en el porche de la cabaña y luego se encaminó hacia allí para ofrecerle de nuevo su asistencia.

―¿Necesita ayuda, maestro?

―No―replicó él.

Nessa entrelazó los dedos de ambas manos en el regazo.

―Ya no queda tintura ―aventuró tímidamente―, y el cuchillo grande está mellado y no encuentro la piedra de afilar.

Shaka no cesó de trabajar sobre la mercancía, pero frunció el ceño sobre sus ojos cerrados y apretó los labios levemente. Pareció pensar durante unos interminables instantes. Nessa casi podía oír el engranaje de la maquinaria de su raciocinio.

―Hay que bajar al pueblo, entonces.

Un rayo de esperanza la animó, devolviendo un cierto calor a su cara.

―Creo que sí ―hizo una pausa cautelosa antes de añadir―. Podría bajar yo, así tendría tiempo de meditar en soledad y yo podría comprar mis… artículos femeninos.

No era completamente cierto, podía usar miles de recursos proveídos por el bosque para no manchar la ropa en sus ciclos lunares, pero la mentira a medias era como un arma secreta contra los hombres.

Shaka apretó los dientes como si le molestase el hecho de su pupila era, en efecto, una mujer, y que como tal tenía unas necesidades distintas a las de sus semejantes. La sangre que manaba durante el período de la femineidad era para él un inasible símbolo de debilidad. Sus manos, que próvidamente habían limpiado las setas hasta tan sólo unos instantes, se apoyaron sobre las esquinas de la mesa de trabajo. Todo su cuerpo se encorvó por el peso de la decisión, que lo atravesaba con todo su compromiso. Inclinó la cabeza hacia ella, como si la mirara a través de sus párpados cerrados y Nessa se estremeció al imaginarse la intensidad desconocida de la pupila oculta.

―¿Quieres ir?

El pulso de la joven se aceleró. No sabía cómo responder a esa pregunta ni comprendía por qué él la había hecho. ¿Cuál era la respuesta correcta? Deglutió antes de responder:

―Sí, me gustaría ―admitió.

―¿Por tus misteriosos artículos de, supongo, higiene femenina? ―articuló sin inflexión alguna.

―Sí.

―Ya veo ―dijo con calma, y aunque su voz no revelaba emoción alguna, ella supo que no la creía―. ¿Piensas huir de nuevo?

El latido acelerado pronto se convirtió en un torrente ensordecedor que reverberaba en sus oídos. El cuerpo de la muchacha se inclinó hacia delante, poseído por la urgencia de hacerse entender, y agarrando con fuerza un trozo de tela de su túnica aseguró con voz quebrada:

―¡No, maestro! ―exclamó―. ¡No es ésa mi intención! Debe creerme.

―Si huyes de nuevo, estas manos que ahora ves ―levantó los brazos con calma― te darán muerte, ¿lo entiendes? Te prometo que te arrancaré la piel a tiras, y que te daré caza como a un animal. Irás, pero si traicionas de nuevo a esta sagrada orden no habrá paz para ti.

Los ojos se le llenaron de lágrimas que él no vería jamás. Algo dentro de su corazón se oprimió, se hizo pequeño e insignificante. El dolor que aguijoneó su costado fue físico, también espiritual, y quiso decirle que ya era tarde. No había paz para ella desde hacía ya largo tiempo.