Retiro con suavidad la funda que cubre el pequeño hueco de lo que parece ser la pequeñísima entrada a una cueva subterránea. Arrojo al interior los despojos de mi vestido. Con cuidado de no rozar ninguna de mis heridas me adentro del pequeño agujero que da hacia una amplia, por lo que puedo ver, casa... subterránea?
Hay una cama al fondo del todo, totalmente desecha, una pequeña cocina con lo justo a la izquierda y a mi derecha un dibujo de un mapa con distintas marcas y flechas en una especie de pergamino, por lo que puedo apreciar del material, enorme. A un lado de la cama hay un revoltijo de ropa, he destacar, maloliente, supongo que lleva ahí hay nadie.
Con la mirada busco algo que me pueda ayudar. Hay, por lo que parece, un botiquín. Me arrastro hacia el, cojo vendas y un par de medicamentos que recordé haber leído en un libro de medicina me servirían muy bien.
Primero me arrastre hacia la cama, no creo que le importe mucho al que viva aquí, me tome el calmante y me vende. Utilice un ungüento para los rasguños más profundos, me recosté en la cama e intente dormir. Juró que lo intenté, pero Dios tenia tanta hambre que no podia dormir. Fui hacia la modesta cocina, no tenia ganas de seguir haciendo la oruga ni ir a una sola pierna así que camine apoyándome en la pared y en mi pierna buena.
Cogí un trozo de pan y un poco de queso. Saboreé el primer mordisco, que de una forma gloriosa se deslizó por mi boca hasta llegar a mi estomago que lo recibió como se recibe a un rey.
Terminé de comer y muy lentamente acaricié mis labios con la punta de mi rosada lengua, que buscaba un poco más del delicioso sabor que acababa de probar. Satisfecha con la conquista de mi vacio estómago me fui a la cama donde por fin pude dormir plenamente complacida.
No sé exactamente cuanto tiempo estuve durmiendo, pero sé que fue el causante de matar mi dulce sueño, pues una sensación fría y húmeda me lleno completamente y el ruido, oh el ruido!, digamos que no ayudo mucho.
