La mañana siguiente fue incómoda.
Yuuri se encontraba recargado sobre sus codos en el lado de la barra que daba hacia la cocina, su taza de café en mano. Yurio estaba del otro lado de la barra, sosteniendo su propio café. El silencio reinaba entre ambos. Los dos fingiendo que ponían atención al sonido del noticiero encendido en la televisión de la sala.
Yuuri se preguntó si Yurio realmente estaba escuchando las noticias.
Yurio se preguntó si Yuuri realmente estaba escuchando las noticias.
Ambos le dieron un sorbo a su taza, y por alguna razón el sonido hizo las cosas aún más incómodas.
"¿En qué estabas pensando anoche, Yuuri Katsuki?" pensó el japonés, "Debes de ser un masoquista o un idiota para haber invitado a quedarse en tu casa a la persona con la que tu esposo tuvo una aventura, y además haberte ofrecido a entrenarlo y patrocinarlo para el Grand Prix" el mayor soltó un suspiro que pareció tensar a Yurio.
"Lo sabía, no lo ha olvidado" pensó el ruso, "Obviamente no lo ha olvidado. ¡Victor y yo éramos amantes! ¡No olvidas eso tan rápido, no lo superas tan rápido! Tal vez ahora me eche de la casa o no lo haga y me termine matando aquí mismo" le dio otro sorbo a su café con nerviosismo.
¿Sería muy presuntuoso pedir que su muerte fuera rápida e indolora?
La puerta principal se abrió repentinamente y ambos saltaron en su lugar.
-¡Bueno días, Yuuri!- saludó Phichit, con demasiados ánimos para ser una mañana entre semana como cualquier otra. El tailandés fijó sus ojos en el ruso. –Y… el otro Yuri…
-Phichit, no te di una llave para que pudieras invadir mi casa cuando te plazca, tienes que al menos informarme que vas a venir- le regañó Yuuri, aunque no sonaba molesto, simplemente cansado.
-Corrección- su amigo dejó caer su mochila sobre la silla junto al asiento de Yurio. –Tú no me diste una llave. Yo la tomé.
-Da lo mismo, es cortesía- Yuuri se acomodó los lentes y le dio un sorbo a su café, las micas se empañaron por el vapor.
-¿Pasaste la noche aquí?- preguntó Phichit directamente a Yurio, el joven afirmó con la cabeza –¿No deberías de estar en la escuela? ¿Cuántos años tienes? Ah, Yuuri, ¿podrías hacerme un café? Bien cargado, por favor, apenas y pegué el ojo anoche.
-Háztelo tú mismo, ya que parece que ya vives aquí- murmulló Yuuri, saliendo de la cocina y caminando hacia su sala.
Phichit rió, sin sentirse ofendido, y entró a la cocina. Prendió la cafetera, olvidando su anterior pregunta hacia el más joven.
-¿Quieres saber por qué no dormí anoche?- le preguntó el tailandés a su amigo en la sala que había quitado las noticias y comenzaba a buscar alguna otra cosa interesante en su televisor.
-¿Quiero saberlo?- preguntó el japonés con una ceja levantada.
-Celestino llegó en la madrugada- explicó y Yuuri dejó de presionar botones.
Yurio recordaba el nombre, recordaba que Phichit lo había mencionado, diciendo que era el antiguo entrenador de ellos dos. Observó el rostro de Yuuri, pero no pudo leer nada en éste, aunque su silencio se sentía pesado en la habitación.
-Él y yo comenzaremos nuestro entrenamiento esta tarde- continuó Phichit, sin dejar de preparar el café en la máquina, parecía querer darle su privacidad a Yuuri para reaccionar como él quisiera –Queríamos que nos acompañaras…
-Phichit- Yuuri lo llamó y el chico dejó su tarea –Ya te lo dije, no creo volver al patinaje en un futuro cercano.
Yurio había olvidado por completo su café, estando en medio de la conversación incómoda. Le dio un sorbo sólo para aparentar que no estaba interesado en la plática.
-Y estamos de acuerdo en que es sano que te alejes de todo por un tiempo, pero, Yuuri, es tu carrera- insistió, y Yuuri apagó la televisión. Se puso de pie y comenzó a caminar hacia donde estaban ellos –No puedes huir de esto toda tu vida, tienes que superar todo y seguir adelante…
-Voy a entrenarlo- sentenció el japonés, posando una mano sobre el hombro de Yurio.
Phichit se inmutó. Pasó del rostro de uno hacia el otro y de regreso, perplejo.
-¿Vas a entrenarlo? ¿Entrenarlo? ¿Al Yuri ruso?- preguntó, como si hubiera escuchado mal. Es decir, después de todo, era algo imposible, ¿no?
-Sí. He decidido alejarme yo del patinaje por un tiempo. Pero él…- Yuuri hizo una pausa para relamer sus labios, buscando la palabra adecuada –Él tiene talento.
Phichit seguía mirando a ambos, incapaz de procesar lo que estaba sucediendo.
Yuuri le sonrió.
-Supongo que será tu competencia este año.
-¿Van a competir este año?- Phichit levantó la ceja -¿Ya tienen un programa?
La pregunta pareció sorprender al japonés, que no había pensado en eso. Miró a Yurio.
-Tengo un programa- contestó el menor y soltó un suspiro antes de continuar –Victor me hizo un programa.
El agarre de Yuuri en su hombro se tensó, apretándolo.
-Victor te hizo un programa- Yuuri repitió las palabras y el menor ignoró el dolor de su hombro, afirmó. Entonces Yuuri pareció notar que estaba lastimando al menor, así que alejó su mano de él –Lo siento, es sólo que… bueno, Victor también hizo el programa que yo pensaba presentar este año, y ayudó a Phichit con el suyo. No esperaba que hiciera programas para alguien más, digo, nunca te mencionó.
-Nunca te mencionó a ti tampoco.
El espacio entre ellos se tensó. El menor parecía disfrutar de abusar de su suerte con el japonés.
-Sí, ehm- Phichit tuvo que hablar para romper el ambiente -Antes de comenzar a trabajar en un programa, creo que deberían de trabajar en su relación. Buena suerte con eso.
Ninguno de los dos lo volteó a ver ni dejaron de mirarse fijamente, esperando a ver quién rompía el contacto primero. Era evidente que quien perdiera el duelo de miradas perdería algo.
-Ok, Yuuri japonés, entonces te llamaré otro día, Yuri ruso, pórtate bien- dijo Phichit, encaminándose a la puerta, la cafetera olvidada en la cocina –Phichit out.
Y Phichit se había ido, dejándolos solos.
Después de varios segundos más de incomodidad, Yurio fue quien cedió, alejando la vista. Al diablo, era la casa de Yuuri, para empezar. El chico le dio otra probada a su café. Se había enfriado.
-No quiero que vuelvas a mencionar el nombre de Victor- declaró Yuuri.
-Guau, eso es algo extremo.
-¿Entendiste?- Yuuri insistió, ignorando el comentario.
-Va a resultar un poco difícil, ¿no crees? Considerando que su cara está por toda la casa.
-Esta era su casa.
-Ahora que lo mencionas, fue conveniente, ¿no?- comentó Yurio, dejando su taza de lado –Digo, te enteraste que te era infiel la noche en que murió, no se divorciaron y por lo tanto te quedaste con sus propiedades, ¿cierto?
-¿Divorciarnos? Victor no me habría dejado por ti.
Yurio lo miró primero con sorpresa, después con intriga, juntando las cejas. Analizó el rostro de Yuuri.
-¿No lo habrías dejado?- preguntó –Si te hubieras enterado antes, ¿no lo habrías dejado? ¿Lo habrías perdonado?
Yuuri se mantuvo en silencio. Esa era una pregunta que no podía contestar. Yurio interpretó su silencio.
-Increíble- declaró, girando en la silla para quedar de frente -¿Tan poco te valoras? No sé tú, pero si hubiera sobrevivido lo habría regresado yo mismo al hospital en cuanto lo dieran de alta por haberme ocultado que era casado.
-Un matrimonio es diferente a una aventura.
-Sí, estoy seguro de que su matrimonio era excepcional. Digo, te engañó con un menor de edad. Yo no puedo evitar sentir odio hacia él- gruñó el menor.
Yuuri entornó la mirada.
-¿Si? ¿Entonces por qué tu intento de suicidio?
Yurio rio.
-¿Crees que lo hice por él?- dijo entre dientes –Lo que pasó no tiene nada que ver con Victor- el chico se puso de pie y caminó hacia su habitación –Tampoco te incumbe a ti.
Yuuri lo observó mientras el joven cerraba la puerta del cuarto de huéspedes.
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Yurio salió de la habitación en la tarde, encontrándose a Yuuri en el sofá de la sala, viendo televisión.
Los dos se voltearon a ver y Yuuri le hizo una señal, indicándole que se sentara con él. El ruso tomó asiento en el sillón lateral, cruzado de brazos. Yuuri apagó la televisión.
-¿Cuántos años tienes?- le preguntó directamente.
Yurio parpadeó varias veces, sorprendido por la pregunta.
-¿Huh?
-Tu edad- insistió Yuuri –Pensé que te veías muy joven, pero imaginé que sólo serían ideas mías. En la mañana confirmaste que eres menor de edad.
-Diecisiete- contestó el otro con honestidad.
-Oh. Te ves más… joven.
-Tal vez eso a tu edad sea un elogio, pero a mi edad es un poco ofensivo- bromeó el rubio. Yuuri hizo media sonrisa y después se inclinó hacia adelante, apoyado en sus brazos.
-¿Vas a la escuela?
Yurio chasqueó la lengua, finalmente entendiendo hacia donde iba el tema.
-No. No voy a la escuela. La dejé al mismo tiempo que me fui de casa.
-¿Él sabía que eras un menor?- esta vez, el japonés lo encaró, analizando sus reacciones. Yurio se percató de la mirada del otro y tragó saliva, esforzándose a mantener un poker face.
-Por supuesto que lo sabía.
-¿Te forzó?- esta pregunta vino inmediatamente después de su respuesta. El joven se congeló.
-No- respondió, algo confundido –Nunca me forzó.
Yuuri volvió a ver hacia la televisión, mirando su reflejo. Parecía estar pensando en algo.
-¿Te enamoraste de él?- el japonés cerró los ojos, como si la respuesta fuera a quebrarle el corazón.
Yurio entendió.
No era como si Yuuri ignorara el hecho de que millones de personas idolatraban a Victor, el mismo Yuuri había sido su fan por muchos años. Pero era diferente. Una cosa era amarlo como fan, como persona que jamás lo conocería. Otra muy diferente era haber sido su amante.
-No- Yurio mintió –Era algo físico, solamente.
El ruso notó el momento en que Yuuri volvió a respirar. Yuuri escondió su rostro entre los brazos, las manos en la nuca. Inhalaba y exhalaba lentamente.
-Te entrenaré- concluyó el pelinegro y volvió a encarar a Yurio –Pero será con una condición.
Yurio se mantuvo en silencio, dándole luz verde para que continuara.
-Vas a terminar la escuela.
-¿¡Hah!?
-Y quiero que hagas todas tus tareas y tengas buenas notas.
-¡No eres mi madre!
-¿Acaso no puedes hacerlo? ¿Tienes problemas de aprendizaje? Si es así, voy a tomármela tranquilamente en tu entrenamiento.
-¡Voy a ser el maldito mejor estudiante para que cierres la boca!
-Excelente- Yuuri se puso de pie. Solo entonces Yurio se dio cuenta de que el japonés acababa de convencerlo de volver a la escuela. –Toma tus patines. Vamos a la pista.
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Fueron a la pista de la Academia, donde Yurio se sentía más cómodo y ya estaba familiarizado. Esta vez había una entrenadora en la pista, con un grupo más joven aislado en una esquina de la pista. El mayor de los chicos tendría unos doce años y ya estaba clavando excelentes loops.
La mujer saludó a Yurio algo preocupada por no haberlo visto esa mañana y Yuuri entendió que el chico solía pasar todo el día entrenando.
Después la entrenadora vio a Yuuri y lo reconoció inmediatamente. Yurio hizo una mueca mientras la mujer le pedía al campeón del mundo si se tomaba una selfie con ella. La sonrisa de Yuuri fue forzada. Después de la fotografía, vinieron los pésames por el fallecimiento de su esposo. Agradeció con otra sonrisa, más forzada que la anterior.
Yuuri siguió al ruso mientras entraba a la pista y comenzaba con simples movimientos, a modo de calentamiento.
-A todos nos pesó mucho la muerte de Victor- dijo la mujer, cuyo nombre Yuuri no podía recordar. Yuuri suspiró con pesar. No se sentía con ganas de recibir más pésames. Ya se sentía abrumado por la enorme cantidad que recibía en sus redes sociales. Afortunadamente, éstas y la televisión poco a poco iba superándolo, por lo que ya no era tan común toparse con algo relacionado al tema.
-Era una buena persona- dijo Yuuri con un suspiro. Porque, a pesar de todo, lo fue. Victor había sido un buen hombre.
-Lo era- afirmó ella –Era un excelente maestro, también. Sus alumnos lo extrañan mucho- apuntó con su cabeza hacia Yurio –Sobretodo Yuri- señaló, –El chico no tiene amigos y siempre estaba distanciado del resto de los grupos. Siempre estaba solo. Cambió con Victor.
Yuuri se mantuvo en silencio, escuchando, por más que el pecho se le oprimiera.
-Cuando estaba con Victor se veía incluso feliz.
Yuuri conservó su silencio, fijándose en la figura de su ahora alumno mientras clavaba un lutz.
Una sonrisa dolorosa se dibujó en su rostro.
"Eres un mentiroso, Yurio".
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Yuri no sabe en qué momento se enamoró de Victor.
Al principio se encontró intrigado por el profundo azul de sus ojos, siempre queriendo verlos más de cerca, casualmente perdido en ellos durante prácticas o cuando estaban a solas. Y de repente, simplemente se dio cuenta de que simplemente no podía soportar no verlos por un día.
Sabía que Victor era mucho mayor que él, sí. Sabía que Victor tal vez solo estaba con él por lástima. Sabía que era una leyenda en el patinaje. ¿Qué más sabía de él? No mucho. No tenía internet en su hogar, así que realmente no podía investigar sobre él. Igual, cuando tenía la oportunidad de hacerlo, ya fuera en el colegio o cuando su celular agarraba alguna señal de wi-fi, siempre se detenía antes de presionar el botón de búsqueda. Fuera cual fuera la historia de Victor, era mucho más especial que éste mismo la contara. Tampoco quería indagar en su vida privada como un acosador, sabiendo que los paparazzi era capaces de inventarse historias con tal de vender.
Y Victor si hablaba de su vida. Hablaba de San Petersburgo, la ciudad donde nació. Yuri recordó haberla visitado cuando era niño. Hablaba de su familia, lejana a él. Hablaba de su infancia y de cómo comenzó a patinar. Hablaba de sus años en que se volvió tan conocido que le era imposible salir a la calle sin alguien que le estuviera pidiendo un autógrafo. Y Yuri reía ante la cantidad de anécdotas que el hombre tenía.
Victor nunca habló de Yuuri.
Yuri nunca supo de Yuuri, más lo que cualquier patinador sabía sobre él. Que había despotricado a Victor, que estaba en su camino a volverse leyenda él mismo. Que había roto todos los récords de su predecesor.
Yuri nunca mencionó a Yuuri, pensando que quizás se trataría de un tema delicado para Victor, quien veía toda la historia que él había marcado, siendo repentinamente olvidada por un chico japonés.
Yuri solía darle señales a Victor. No tenía mucha experiencia en el amor, así que no era realmente bueno. Hacía que sus piernas chocaran cuando se sentaba a su lado, le gustaba dormirse en su hombro, su pie buscaba el de Victor cuando comían juntos en la cafetería. Cierto día, Yuri intentó ir más allá. En una noche de invierno que la nieve había comenzado a caer, mientras Victor lo escoltaba de regreso a su departamento, que él mismo pagaba, Yuri tomó inocentemente la mano de Victor. Dejó de sentir frío cuando el hombre correspondió al acto y su cuerpo entero se calentaba, provocándole un rubor en las mejillas imposible de ocultar.
Victor había estado actuando raro ese día. Estaba serio, pensativo, no había iniciado ninguna de las conversaciones de ese día. Y Yuri simplemente lo veía de lejos, temeroso de involucrarse en su vida privada y que Victor lo rechazara.
Pero pensaba en lo que estaba sucediendo esa noche, pensaba en sus manos tocándose a través de los guantes, en el mágico silencio entre los dos, en la nieve que caía del cielo. Veía a las personas pasar, deteniéndose a apreciar la vista mientras las calles se llenaban de blanco y sonrió. Probablemente él y Victor nunca lo apreciarían tanto, siendo originarios de Rusia.
Llegaron a los departamentos, normalmente Victor dejaría a Yuri en la entrada y se iría él mismo a casa, pero Yuri lo detuvo esa noche. Lo invitó a tomar una taza de café y Victor aceptó.
Se sentaron en la barra de la cocina. Era un departamento pequeño, apenas un estudio, pero era perfecto para una sola persona. Era cálido.
Los dos permanecieron en silencio en la barra, cuyo final daba hacia una ventana con vista a más edificios que se erguían en la distancia.
Hablaron, Yuri no recuerda sobre qué. Victor no contribuía mucho, sólo afirmaba aquí y allá, oía, pero no parecía estar escuchando.
Entonces Yuri lo hizo, quizás aprovechándose de que el otro parecía distraído, lo besó.
Victor permaneció inmóvil, sintiendo los cálidos labios del rubio sobre los suyos. Yuri interpretó su falta de reacción como una señal para seguir adelante. Volvió a besarlo, esta vez con más firmeza, su lengua saboreó los labios del otro.
Entonces Victor lo detuvo, lo alejó de él.
-Lo siento- dijo, se veía confundido.
Yuri mordió su labio inferior, quizás era mejor así. Ser rechazado directamente.
Victor se levantó, tomó su abrigo que había dejado colgado en el respaldo de la silla y se fue sin decir nada más.
Era mejor así, Yuri pensó, mientras unas lágrimas caían por sus mejillas.
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Yuri piensa en aquella vez que Victor lo rechazó.
Piensa en el dolor que sintió, como si unas manos aplastaran su corazón.
Ve a Yuuri, recargado en las paredes alrededor de la pista, observándolo. Lo analiza. Cabello negro, siempre lo trae algo despeinado. Ojos marrones, ocultos tras unos lentes. En realidad no era alguien de aspecto muy extraordinario, era atractivo, cierto, pero atractivamente común. No era como Victor, quien tenía rasgos casi exóticos, quien no podía caminar por la calle sin que todo el mundo volteara a verlo.
¿Qué tenía de especial Yuuri?
Era común.
¿Por qué Victor lo había preferido?
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Llegaron a casa, Yuuri deja las llaves sobre la barra de la cocina, y Yurio deja su mochila sobre uno de los bancos acomodados frente a ésta.
El japonés toma un vaso y se sirve agua mientras envía un mensaje de texto y Yurio se atreve a apostar que es a su amigo tailandés.
Yurio lo observó todo el día, lo analizó de pies a cabeza, en silencio, pensando en lo mismo.
¿Por qué Victor lo había escogido? ¿Por qué se habían casado? Ni siquiera era nada más que un fracaso en el patinaje cuando se conocieron.
-Tengo que salir- dice Yuuri, sin dar más explicaciones y se va, dejando a Yurio solo en esa casa. Se sienta en el sofá y saca su celular. Accidentalmente encuentra la cuenta de Instagram de Yuuri. Sabe que tiene que salirse, que no debe de entrometerse, que no le va a gustar lo que va a encontrar. Pero aun así comienza a pasar por su galería.
La última es de antes de la muerte de Victor. Antes del acontecimiento, sin embargo, parecía ser de los que subía algo todos los días. Al parecer deseaba mantenerse lejos de las luces hasta que pasara la fiebre de la trágica muerte de la leyenda del patinaje artístico.
Ve fotos de comidas, común. Hay una foto de uno de sus patines, común. Hay una selfie con Phichit, común. Hay una foto con Victor. Está tomada desde un ángulo aéreo, es de apenas dos semanas antes del accidente, Victor dormido en las piernas del japonés en ese mismo sofá donde Yurio estaba ahora sentado. Bloquea su celular. Y lo deja sobre la mesa de cristal en medio de la sala. Entonces se da el tiempo de ver las revistas que estaban sobre la mesa, la mayoría son deportivas, pero hay una que otra sobre celebridades. Todas, sin embargo, tienen algo en común, están ellos en la portada.
No, no está Victor en una y Yuuri en otra. No. Todas tienen una fotografía diferente del día de su boda.
Piensa en el hecho de que tantos medios estuvieron ahí. Piensa en que probablemente se convirtió en una enorme noticia que adornó el internet por semanas, quizás meses. Piensa en el hecho de que él jamás se enteró y se siente un idiota.
Entonces mira a su alrededor y ve todas esas fotografías que adornan las paredes. Las mismas que le había recriminado a Yuuri esa mañana. No estaba solo Victor. Yuuri está a su lado. Siempre, siempre a su lado.
Siempre Yuuri.
Recuerda cuando lo besó y Victor lo apartó.
Muerde su labio inferior.
Y todo tiene sentido entonces. La verdad lo rodea por todos lados. Porque Victor realmente nunca le correspondió.
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Yuuri le había marcado a Phichit al celular. Decidió salir de la casa porque tenía pensado contarle sobre Yurio, porque le había dicho que iba a entrenarlo, pero nunca le dijo que estarían viviendo juntos, y eso quizás era demasiado. Ni siquiera entendía porqué lo había propuesto en primer lugar.
Sin embargo, cuando su amigo contesta al otro lado de la línea, la charla se vuelve amena y Yuuri termina no contándole. Phichit le cuenta sobre Celestino, que se está quedando con él, que va a dormir en su sofá hasta que encuentre un lugar, y que le pasaría el teléfono si no se estuviera bañando en esos momentos.
Phichit lo invita a beber el fin de semana, salir con Celestino y que platiquen de los viejos tiempos, cuando ambos seguían siendo unos universitarios con sueños demasiado grandes. Antes de su primer Grand Prix, antes de su primer fracaso, antes de que Yuuri se casara. Antes de que Victor lo engañara.
¿Por qué había decidido acoger a Yurio, otra vez?
Pasan unos minutos y terminan la llamada. Yuuri entra nuevamente a casa. Encuentra a Yurio abrazándose a sus rodillas, con el rostro hundido entre éstas.
-¿Quieres salir a comer algo?- pregunta Yuuri. No recibe respuesta.
El menor lo mira de reojo. Su mirada se detiene en la mano del japonés, notando algo.
Suelta una risilla sarcástica.
-¿Qué?- pregunta Yuuri, frunciendo el ceño ante la acción del menor.
-Nada- responde éste, y se sienta debidamente. –Sólo pensaba en que sigues usando el anillo.
Yuuri toca el anillo de oro en su dedo anular. Se cruza de brazos, a la defensiva.
-¿Qué tiene de gracioso?- entorna los ojos. Sabe que el menor está intentando provocarlo nuevamente.
Lo que Yurio no sabe es que Yuuri ya no tiene paciencia para él.
-Es irónico- explica el menor –Siendo que Victor nunca lo usó cuando estaba conmigo.
Yuuri aprieta los dientes.
-¿Cuál es tu maldito problema?
-Tú eres mi maldito problema- Yurio se levanta del sofá. Están alejados varios metros el uno del otro y sin embargo son capaces de escuchar la respiración pesada del otro -¡Tienes por toda tu casa las fotografías del hombre que te engañó! ¡Revistas sobre la mesa con las fotografías de su maldita boda en la portada! ¿¡Cómo puedes vivir con eso!? ¡Eso no es amor, es masoquismo!- grita y Yuuri está confundido por su explicación.
Yuuri nota como las manos del menor tiemblan. E intenta encontrar una explicación para eso. Quizás no pueda soportar las ganas de golpearlo. Ve como el menor muerde su labio inferior y se da cuenta de que es rabia. Pero no una rabia agresiva, si no una que paraliza.
-Yuri…
-¿¡Cómo puedes seguir amándolo!? ¿¡Por qué no puedes odiarlo!?
Yuuri entiende.
Las palabras no van dirigidas a él. Si no a sí mismo.
Yurio seguía amando a Victor.
-Es por eso que me trajiste aquí, ¿cierto?- suelta de repente.
-¿Eh?
-Para poder restregármelo en la cara- explica el menor y entonces las lágrimas comienzan a caer de sus ojos. Se habían acumulado tanto que es incapaz de seguir reteniéndolas y comienza a llorar -El hecho de que Victor jamás me amaría tanto como te amó a ti.
Yuuri no busca una razón, no intenta explicar lo que ocurre después, cuando se ve a sí mismo caminando hacia el menor, abrazándolo contra su pecho, sintiendo las cálidas lágrimas mojando su hombro. Y Yurio no se resiste. No lo empuja o golpea como Yuuri creía que lo haría. Simplemente se deja abrazar.
Había sido un acto casi instintivo. Cuando sale del shock piensa en lo que está haciendo, en porqué lo está haciendo.
Porque se ve a sí mismo.
Se ve reflejado en Yurio, perdido, solo, con miedo a lo que le espera más adelante ahora que su guía se ha ido. Sabiendo que fue traicionado, pero incapaz de odiarlo.
Se dio cuenta de la razón por la cuál lo había aceptado en su casa. Una realidad que su subconsciente entendió, pero no quiso creerlo. Era demasiado doloroso para creerlo.
Los dos habían sido víctimas del mismo hombre.
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Victor y Yuuri habían peleado hace unos días. Victor ni siquiera puede recordar porqué. Probablemente por algo sin mucho sentido, pero que en un matrimonio se convierte en una crisis marital para ver quién tiene más control en la relación, ninguno disculpándose primero, los dos pensando que están bien. Algo estúpido, sin sentido.
Y de repente, se convierte en algo gigantesco. Yuuri deja de hablarle, Victor deja de buscarlo. Empiezan durmiendo lo más alejado posible el uno del otro. Y termina Yuuri levantándose de la cama y durmiendo en el sofá.
Victor frunce el ceño, molesto, indignado de esa batalla silenciosa entre ambos.
Y los días pasan y dejan de verse en las mañanas y dejan de verse en las noches, y dejan de comunicarse.
Los días se vuelven semanas y eventualmente meses.
Y Victor piensa en el divorcio. Una idea fugaz que se cruza por su mente. Pero ya estaba ahí, ya había dejado su huella, ya no podía quitársela de la mente.
Y una noche Yuri lo había besado en su departamento, y Victor había pensado en Yuuri y lo había alejado, marcando una línea en su relación.
Y en realidad no se vuelve incómodo, ninguno de los dos menciona lo ocurrido esa noche, continúan con su relación de alumno-maestro como si nada hubiese sucedido, siguen comiendo juntos como antes, siguen hablando juntos como antes.
"¿Por qué las cosas con Yuuri no podían ser así de sencillas?", piensa Victor una mañana que a Yuuri se le hace tarde y se encuentran en el comedor. Sus miradas se cruzan y Victor decide que será él quien ceda, que será él quien se disculpe, por lo que sea que haya sucedido entre los dos que comenzó esa pelea hace ya meses atrás.
Pero calla cuando Yuuri se da la vuelta, sin intercambiar palabra y sale de la casa.
Victor hunde su rostro en sus manos y las lágrimas simplemente comienzan a fluir.
¿Cuándo se había vuelto todo tan complicado?
Llega ese día al rink con los ojos rojos y si Yuri lo nota, no dice nada al respecto. Practican normal, aunque la mente de Victor se encuentra divagando en algún otro lugar.
Piensa en la mirada gélida de Yuuri esa mañana, piensa en todas las palabras que se quedan colgando en el aire, sin ser habladas y después piensa en Yuri. Por alguna razón que no entiende, piensa en Yuri.
Lo acompaña a su departamento, como todas las noches.
Caminan sobre la nieve que ya está acumulándose. Pronto ya no podrían salir de sus casas. Y Yuri cuenta una anécdota sobre una vez que va a casa de un amigo en Moscú y como su tarde se convierte en una estancia de nueve días, encerrados en una tormenta de nieve. Victor se encuentra riendo ante la historia y la sonrisa del menor parece alegrarle ese día tan difícil.
-¿Quieres café?- pregunta Yuri una vez que llegaron al departamento. Victor levanta una ceja. –Sólo un café, lo prometo- dice el otro y Victor acepta.
Yuri le entrega su taza con café y se encuentran hablando de nuevo, historias de hace años, la mayoría sobre la nieve, sobre Rusia.
Y esta vez es Victor quien lo besa.
Yuri se sorprende, pero se deja llevar. Claro que se deja llevar, Victor sabía que Yuri se iba a dejar llevar.
Lo carga y el menor enreda sus piernas alrededor de su cintura.
Por un segundo piensa en Yuuri, en casa, y al segundo siguiente tiene la lengua del menor dentro de su boca, entrelazándose con la suya, buscando control.
Victor lo lleva al sofá, es lo más cercano que tienen, y comienza a besar su cuello, escucha a Yuri soltar un gemido al aire.
Y Victor piensa en que es un menor, en que es su alumno, en que el chico había sido abusado por su padrastro y había huido de casa. Entonces Yuri comienza a frotar su cuerpo contra el de él.
Es Yuri quien comienza a desnudarlo, desabotonándole la camisa, explorando con sus suaves manos la piel del mayor, delineando las marcas de sus músculos con la yema de los dedos.
Victor vuelve a besar mientras él mismo se desabrocha el cinturón y cae al suelo, la hebilla haciendo un ruido metálico al caer que saca a Victor del trance en el que se encuentra.
Se separa, se siente en el sofá y Yuri lo ve confundido, con los labios hinchados y las mejillas encendidas.
-No deberíamos de hacer esto…- dice Victor, y se rasca la cabeza, sabiendo que está mal. Sabiendo que Yuri no conoce la verdad. Consciente de que su anillo de bodas estaba en su abrigo, oculto de su vista, de sus conocimientos.
Y Yuri se acerca a él, comienza a besar su cuello, susurra su nombre al oído y Victor es débil, se deja llevar nuevamente. Yuri se sienta sobre él, con ambas piernas a sus lados y comienza a desvestirse, curvea la espalda cuando Victor comienza a lamer su pecho, cuando succiona sus pezones. Yuri lo alienta a seguir con suaves caricias en nuca.
Entonces se encuentran desnudos en la misma posición, besándose. Victor ha olvidado por completo su promesa de vida, la promesa que viene con aquél anillo de oro olvidado en un bolsillo.
Lo penetra y Yuri suelta un grito ahogado. Muerde sus labios.
Victor quiere preguntarle si está bien, pero no es capaz de formular palabra alguno, demasiado sumido en el calor del momento. Temeroso de que sus palabras sean como aquella hebilla y lo despierten del trance.
Vuelve a embestir contra él y el menor se retuerce deliciosamente sobre él. Lo escucha respirar agitadamente, lo escucha gemir.
-Más- suplica y Victor entierra su rostro en su pecho cuando comienza un movimiento rítmico contra él.
Yuri tiene que sostenerse de sus hombros para no perder el equilibrio, sus piernas son ya peso muerto, se deja caer sobre la hombría del mayor, sintiéndolo hasta adentro.
-Victor, dios, Victor- y la manera en la que gime su nombre sólo logra excitarlo más y empujar más y moverse más.
-Yuri- se encuentra él mismo susurrando el nombre del otro, abrazándose a su delgado y frágil cuerpo. –Yuri, Yuri…
El miembro de Yuri roza contra sus cuerpos con cada embestida. Victor siente las contracciones en el cuerpo del otro, su temblor.
Lo abraza cuando se viene dentro de él.
-¡Ah! ¡Victor!- Yuri siente cuando el miembro de su entrenador se engrosa y comienza a soltar su semen dentro de él. Él mismo eyacula entre los dos.
-Yuri…- Victor susurra su nombre cuando el menor lo aprieta.
Cuando los espasmos terminan, se miran, los dos están jadeando, con la frente perlada por el sudor, sus alientos encontrándose. Yuri tiene un brillo en sus ojos, una suave sonrisa en sus labios. Se abraza al cuerpo de Victor con delicadeza y hunde su rostro en su cuello. Victor corresponde al abrazo y su mirada vaga hacia la ventana.
Piensa en Yuuri, en casa.
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Victor no llega a casa esa noche, decide quedarse con Yuri. Y al llegar al día siguiente, se encuentra a Yuuri en la sala, sentado en una esquina del sofá.
Sus miradas se encuentran. Yuuri no dice nada, pero no tiene que hacerlo para que Victor se de cuenta por su mirada, estaba preocupado, probablemente ni siquiera haya dormido, unas ojeras bajo sus ojos. Sostenía el celular firmemente entre sus manos.
Se quedan en silencio, simplemente mirándose. Yuuri intenta buscar algo en sus ojos, pero no es capaz de leerlo. No es capaz de leer la culpa que Victor desborda.
Victor espera. Espera que Yuuri diga algo. Espera que Yuuri le grite, le pregunte dónde estuvo la noche anterior, espera que Yuuri se moleste, apretando los dientes como siempre hacía, entonces Victor le diría. Le diría que ya no podía seguir con eso, le diría que estuvo con alguien más anoche. Le pediría el divorcio.
-Lo siento- escucha que Yuuri susurra y se congela.
-… ¿Qué?
-No puedo hacerlo, Victor, perdóname- las lágrimas comienzan a correr por su rostro, y Yuuri aprieta los labios, intentando contenerse, pero no puede evitar los gemidos que salen de su garganta debido a las lágrimas –No estoy listo. No estoy listo para que tengamos hijos, Victor, lo siento.
Y Victor recuerda.
Recuerda la razón por la que pelearon.
Victor quiere que adopten, Victor quiere que tengan un hijo. Pero Yuuri le dice que no.
Empieza como una simple discusión y termina ahí. Debería de terminar ahí. Pero Victor no cede, insiste. Insiste, e insiste, e insiste. Hasta que Yuuri decide dejar de hablarle y Victor hace lo mismo. Esperando a que el otro ceda.
-Tengo una carrera, estoy en un buen momento, aún quiero que disfrutemos estos años en pareja, solos tú y yo- explica Yuuri, la voz se le quiebra y Victor tiene que apretar los labios para no comenzar a llorar él mismo, sintiendo como la culpa lo invade como un calor que se extiende por todo su cuerpo, acumulándose hasta que comienza a quemar como si se tratase de fuego. Y Victor desearía que el fuego fuera real. –No decía que no quería, sólo decía "no ahora". Pero está bien, Victor- dice de repente –Si tanto quieres que adoptemos. Hagámoslo. Lo haré, Victor. Dejaré mi carrera si es lo que quieres, dejaré todo, haré lo que sea para que tú seas feliz.
Entonces Victor no puede contener sus lágrimas.
El ruso camina hasta donde Yuuri se encuentra sentado en el sofá, hecho un mar de lágrimas y se hinca, escondiendo su rostro en las piernas del otro.
Se da cuenta de lo que hizo.
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Yurio había terminado recargado en el hombro de Yuuri en la sala. Los dos se sentían incómodos por estar tan cerca, dado su historial, pero ninguno decía nada al respecto, sintiendo que necesitaban el calor de otra persona en esos momentos.
Habían estado en silencio por horas. La temperatura comenzó a descender y Yurio veía por la ventana como el sol se había ocultado y ahora una hermosa luna llena iluminaba el cielo.
-Nunca conocí a mi padre- suelta de pronto el rubio y Yuuri lo observa desde su lugar, la mirada del menor perdida en la luna. Continúa -Mi madre trabajaba, hacía los quehaceres de la casa y además me criaba. Ella nunca necesitó a un hombre a su lado. Hasta que un día, comenzó a creer que sí, sí lo necesitaba. Conoció a este hombre, Alexander, era un estadounidense. Se casaron precipitadamente y nos mudamos con él aquí. Yo era un niño en ese entonces y no entendía la manera en la que Alexander se comportaba conmigo, nunca había tenido un padre. A veces tocaba mi pierna, a veces lo encontraba oliendo mi cuello. Pero el hombre tenía algo de decencia y jamás lo llevó muy lejos- se detuvo, repiró profundo, recordando malos tiempos -Eso hasta que mi madre falleció hace un año. Cáncer. Llevaba ya mucho tiempo sintiéndose mal, pero lo atribuía al cansancio y estrés, jamás pensamos que sería algo tan serio. Ella murió y yo me quedé solo con Alexander. Por mucho tiempo no pasó nada, hasta un día que llegó ebrio a casa, fue a mi habitación y comenzó a tocarme… no se conformó con solo eso- Yuuri se preguntó si debía decir algo, si debía abrazarlo, o reaccionar de alguna manera. No lo hizo, se mantuvo en silencio, escuchando. Quizás eso era todo lo que Yurio necesitaba. Ser escuchado -A partir de ese día, no paró. Yo no sabía qué hacer. Estaba en otro país, con personas que apenas conocía, no tenía a nadie cercano en quién confiar, me preocupaba de qué sería de mí si lo denunciaba a las autoridades. Todo se acumuló un día y yo… decidí optar por el camino fácil. Intenté quitarme la vida en las mismas regaderas en las que tú y tu amigo me encontraron el otro día. Victor me encontró. No me dejó volver a casa.
La historia termina y Yurio no lo voltea a ver. Avergonzado de su pasado. Avergonzado de contarlo. Yuuri continúa con su silencio y su falta de reacción.
Sabe que el chico se enojaría si lo tratara con lástima.
-Hey, ¿funciona?- Yurio rompió el silencio, señalando con su cabeza una chimenea al fondo de la sala.
-Ah, Victor insistía en una casa con chimenea, pero sólo la usamos una vez- recordó Yuuri –Si tienes frío puedo prender la calefacción.
-Quiero fuego- dice el menor.
Yuuri se levanta, rompiendo el contacto y va a la cocina, busca algo al fondo de la alacena y regresa con unas bolsas con madera cortada.
-¿Madera del supermercado? ¿Enserio?
-¿Dónde se supone que encuentre un árbol para talar en Nueva York?- Yuuri le dice con sarcasmo y Yurio sonríe.
Ve cuando Yuuri enciende el último trozo de madera en sus manos y lo arroja a la chimenea. Aparece una muy pequeña llama que poco a poco va extendiéndose por el resto de la madera hasta que se crea un fugo decente.
Yuuri se sienta en la alfombra, frente a la chimenea, viendo brasas danzar. Se pregunta porqué no lo había hecho tan seguido. Le daba un toque más hogareño al lugar, además de la calidez.
Yurio se levanta de su lugar en el sofá y va al cuarto de huéspedes, Yuuri sigue sus pasos de lejos y junta las cejas cuando lo ve salir con una bufanda en sus manos. Yurio se acerca a la chimenea, se sienta junto con Yuuri, con las piernas cruzadas y observa otra vez la bufanda. Siente la tela en sus dedos, su propio olor sobre ella, los hilos descocidos. Yuuri la reconoce, es la bufanda de Victor. Nunca le había prestado suficiente atención como para darse cuenta que había desaparecido.
Entonces Yurio la arroja al fuego y Yuuri brinca de la sorpresa.
-¿Qué estás haciendo?- le pregunta.
-Deshacerme de los malos recuerdos- responde el otro, colocando sus brazos atrás de su espalda y recargando todo su peso en ellos.
Yuuri ve como respira hondo, dándose fuerzas, entendiendo que eso era lo mejor. Entendiendo lo doloroso que era llevar contigo a todos lados un recuerdo que sólo te causaba malestar.
Sí. Era lo mejor.
Yuuri arrojó su anillo al fuego y Yurio lo volteó a ver con asombro. El japonés le responde con una mueca de resignación y Yurio sonríe.
-Ah, seguramente me arrepentiré de esto mañana- murmura el pelinegro.
-Probablemente.
Los dos regresan a ver los objetos siendo envueltos entre las llamas.
-Nunca me gustó esa bufanda- confiesa Yuuri.
-No le quedaba a Victor, definitivamente- concuerda el menor.
-Se te veía mejor a ti.
-Es una lástima.
Entonces a Yuuri se le ocurre una idea.
-¿Sabes?- el japonés busca la mirada del ruso y la encuentra –No me gusta la mitad de su guardarropas.
Yurio sonríe.
-¿Todavía tienes su ropa?
-Todavía tengo su ropa- confirma Yuuri.
Al segundo siguiente los dos están de pie y van al cuarto principal, abren el clóset de Victor y comienzan a descolgar la ropa de los ganchos.
-Esto definitivamente no va a caber en la chimenea- ríe Yurio y se detiene en una camisa rosada con delgadas líneas de varios colores -¡Bleh! Para ser un hombre con dinero, tenía pésimos gusto. Digo, te escogió a ti- bromea y Yuuri no lo siente ofensivo.
-También te escogió a ti- responde y Yurio suelta una carcajada. No lo niega.
Regresan a la sala con montones de ropa (y no era toda), y sólo logran arrojar unas pocas prendas antes de que el humo se vuelve lo suficientemente preocupante como para alertar a los bomberos. Deciden hacer el resto a un lado, Yuuri dice que va a meterla en bolsas y va a donarla a la caridad y Yurio está de acuerdo con esa opción.
-Hey, si sirve de algo…- dice Yurio después de unos minutos de silencio -Victor gemía tu nombre en la cama.
Yuuri calló y procesó las palabras del menor. Lo miró y vio como el otro tenía una mueca divertida en el rostro. Entonces Yuuri entendió, el hecho de que los dos compartían nombre.
-Es el peor chiste que he escuchado en mi vida.
Aún así, sonrió. Sólo un poco.
Y después comenzó a reír.
Yuuri no se arrepintió a la mañana siguiente.
