Hoy había sido un día muy productivo… Manuel había aprendido una cosa muy importante: Estudiar boca abajo no era una buena idea.

Martín comenzó a acariciarle la espalda suavemente. Palpaba buscando su columna y recorría de arriba abajo su espalda, causándole escalofríos que no deberían sentirse tan relajantes como se sentían.

-Martín, estoy intentando estudiar, weón- Se quejó porque si, por el simple hecho casi irracional de darle pelea.

-Mmm…- Fue toda la respuesta que recibió.

Al argentino le gustaba tocarlo. Dibujar círculos y dibujos abstractos en su espalda que solo se verían con imaginación. Le gustaba la forma en la que el cuerpo del menor se contraía y se relajaba, alternando según donde tocaba la mano del rubio. Y por supuesto, este sabía dónde estaban sus puntos sensibles, esos que le hacían aflojar cada musculo agarrotado, distendiendo sus miembros estresados.

Las caricias de Martín eran suaves, casi un roce, casi cosquillas. El chileno sintió como el cansancio lo abrumaba de repente, inundándolo mientras subconscientemente pensaba cosas como que le gustaría mandar a la mierda toda su tarea o como la somnolencia lo abrazaba en un dulce y cálido sueño.