Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está escrita con el único fin de entretener y sin ánimo de lucro.
Nota: fanfic inspirado en la canción "Gods and Monsters" de Lana del Rey, en la película "Inocencia Interrumpida" y en el libro de John Katzenbach, "La Historia del Loco".
Advertencias: este fanfic contiene incesto, muerte de personajes, lime, lemmon, necrofilia, canibalismo, lenguaje vulgar, violencia física y psicológica, toca el tema del suicidio y trastornos mentales.
"Negro Grande me dijo que no hiciera amigos, que tuviera cuidado, que fuera reservado y que obedeciera las normas, y yo hice lo posible por seguir todos sus consejos excepto el primero. Ahora me pregunto si no tenía razón también en eso. Pero la locura consiste también en la peor clase de soledad, y yo estaba a la vez loco y solo, así que cuando Peter el Bombero me llevó con él, agradecí su amistad en mi descenso al mundo del Hospital Estatal Western y no le pregunté qué querían decir esas palabras, aunque suponía que pronto lo averiguaría porque el hospital era un sitio donde el mundo tenía secretos, pero pocos de ellos se guardaban"
La Historia del Loco —John Katzenbach.
Monstruos Bajo la Cama
Cuando Bankotsu se retiró, y luego de encerrarse en la habitación (se dio cuenta de que no podía echarle llave), Kagura sólo atinó a echarse sobre la cama y observar, entre aburrida y fastidiada, cómo la luz del opaco medio día entraba por la ventana tras ella, justo por encima de la cabecera de su cama.
Tal y como había imaginado, el lugar no le agradaba en lo más mínimo, pero no era tan malo como llegó a imaginar; se había imaginado un montón de pasillos malolientes y salas sucias, con un montón de locos dopados caminando sobre su propia mierda. Creyó entonces que se había quedado con la idea de cómo eran los manicomios de siglos pasados, o aún peor, los públicos. Después de todo tenía entendido que sus padres estaban soltando una buena cantidad de dinero para darle todas las comodidades mientras estuviera internada en ese lugar y, finalmente, la institución tenía que responder a la altura de los pagos.
Y una mierda. Sabía que sus padres sólo pagaban para que ella luego no pudiese reclamarles: supuestamente sus padres sí le habían dado todo.
Kagura refunfuñó por lo bajo y por segundos se cubrió los ojos tras el antebrazo, pero no tardó en sentirse aburrida y crecer en ella una punzante curiosidad por su nueva habitación.
Se dio el tiempo de ver desde la cama la que ahora era su pieza y darle aunque fuera una oportunidad. Estaría ahí metida durmiendo y cambiándose de ropa sabrá el cielo cuántos meses. Mejor irse resignando y acostumbrarse.
Tenía que aceptar que la habitación no era tan grande como la de su casa, que fácilmente era más del doble de lo que medía esta, pero tenía el suficiente espacio como para sentirse cómoda; tendría que ser demasiado caprichosa como para argumentar que era muy pequeña. El armario tampoco era muy grande (quiso pensar que eran de esa forma porque, se supone, los pacientes no deberían estar recluidos por mucho tiempo), pero entre los cajones de madera se podía distribuir bien sus pertenencias si procuraba tener algo de orden y no arrojar su ropa a la brava, como al menos ella solía hacerlo.
La cama no era más que un colchón individual sobre un mueble de madera de adornos, patas y cabeceras metálicas. Algo bastante sencillo y austero. No eran más que barras sosteniendo la estructura. Las sábanas, que por el suave aroma que desprendían seguramente estaban recién lavadas, las había encontrado blancas, inmaculadas y tendidas sobre la cama donde ahora estaba recostada. Se preguntó cuántas personas antes que ella se habrían acostado a dormir ahí mismo acechados por pesadillas o crisis de pánico.
Había un par de repisas de madera en la pared a su izquierda, y debajo de ellas se encontraba un escritorio sencillo que no constaba más que de dos pequeños cajones y una silla. Había otro par de repisas a su derecha, en la pared, y como el resto de las ventanas del hospital, la suya estaba sellada con una malla metálica, más las rejas blancas que había visto desde el principio, la diferencia era que su ventana tenía persianas blancas para impedir la entrada de la luz del sol al amanecer.
Todo el lugar era demasiado blanco y gris. Era como si lo hubieran "decorado" esperando que fueran sus habitantes quienes terminaran el trabajo con sus propias mentes.
Kagura, al verse ahí encerrada entre cuatro paredes y con la tenue luz chocando contra su rostro, tuvo que volver a taparse el rostro con ambas manos. No era la luz lo que la molestaba; esta de pronto se había vuelto descolorida y opaca, muy diferente al cielo con el intenso sol de verano que había caído sobre ella el día en que intentó suicidarse. El cielo comenzaba a nublarse con densas nubes blancas que daban la impresión de ser lisas, sin pompones ni figuras en ellas, como si el eterno azul del cielo de pronto se hubiese muerto dejando un campo infinito de nada. Una nada blanca e inmaculada similar a la apariencia de la chiquilla que había visto jugando ajedrez. Ella sí que parecía sacada de una película de fantasmas.
Recordó que se llamaba Kanna, y no supo por qué, pero el lugar parecía estar hecho para personas como ellas, con caras de póker y un físico que se asemejaba más a un lienzo en blanco, moldeable, casi frágil a las turbias manos de sus compañeros locos y los terapeutas.
Justo en ese instante, mientras su rostro se deformaba por la confusión y la ira debajo de sus manos que ya comenzaban a sudar ligeramente, un par de golpes en la puerta la sacaron de sus pensamientos. Se sobresaltó de golpe y se irguió sobre sus codos en la cama, mirando hacia la puerta como si en cualquier momento un monstruo fuera a atravesarla.
—Oye, Kagura. Somos nosotros —dijo la voz tras la puerta. Era la misma voz del muchacho maquillado que había visto en la sala y le gritó que era carne fresca.
Sólo hasta ese entonces se dio cuenta de que su respiración se agitó súbitamente luego de los golpes, pero soltó un suspiro de fastidio al escuchar que se trataba del tal Byakuya, si mal no recordaba.
Al no responder, volvió a escuchar otro golpe, uno un poco más suave.
—Sal de ahí. ¿Estás dormida? —Esa era la voz de una chica. No la supo reconocer, pero supuso se trataba de la muchacha que había visto con el maniquí, aunque enseguida recordó el rostro de la otra joven que había tenido intenciones de salir de su habitación mientras ella recorría el pasillo y que la miró como si fuera escoria.
—¿Qué quieren? —espetó Kagura desde su cama, ahora sentándose. Hubo unos segundos de silencio que le parecieron eternos, aunque fue sólo su imaginación—. Déjenme en paz.
—Es hora de comer. Kikyō nos pidió que te lleváramos a la cafetería —contestó Byakuya. A Kagura le pareció escuchar un ligerísimo golpe contra la puerta. Posiblemente el muchacho había pegado el oído.
Bien los pudo haber mandado a la mierda y no molestarse ni en levantarse ni mucho menos acudir a la cafetería, total, que la diagnosticaran de anoréxica si le daba la gana a esos doctores, pero también se dio cuenta de que era la nueva en ese lugar, una forastera en un mundo delirante de gente desequilibrada.
No, no era como la escuela. La escuela era un sitio lleno de bestias de todas clases, algunas mejores que otras, pero duraba sólo la mitad del día y la mayor parte de ese tiempo sólo estaban obligados a estar sentados escuchando o distrayéndose con sus propios pensamientos, pero tarde o temprano salían de ahí, y así era de lunes a viernes, pero en cambio, en este lugar, las cosas no eran así ni de cerca. Era como un internado. Estaría ahí día, tras día, tras día, veinticuatro horas consecutivas sin parar donde sólo estaría sola mientras tomara terapia, sesiones o lo que sea que hacían para curar a los locos.
Era una intrusa y aquellos chicos, los del pasillo y los de la sala, se lo habían dejado claro. No sabían por qué estaba ahí, qué motivo la llevó a ser considerada un peligro como para ser intentada en un hospital para tratar de arreglar algo invisible al ojo inexperto. No podía, pensó, simplemente ir por ahí haciéndola de mandamás y fanfarroneando.
Tomó aire. Tampoco podía ni quería ponerse en un plan pasivo, pero se obligó a pensar que no era necesario recurrir tanto a su mala actitud. Después de todo ni Naraku ni sus padres, aquella familia que le hacía la vida imposible, estaban ahí para entorpecerla.
Aunque estar internada en ese lugar lo fuera en sí.
Para cuando acordó había puesto la mano sobre el picaporte y la puerta ya estaba abierta. Frente a ella estaban el chico llamado Byakuya y la otra muchacha, Yura. Al menos pensó que así se llamaban por cómo Kikyō se dirigió a ellos.
—Puedo llegar sola a la cafetería —contestó Kagura fijando la vista en ambos chicos, pero estos se limitaron a mirarse mutuamente y esbozar una sonrisilla de medio lado que de inmediato activó la desconfianza de la joven, demasiado acostumbrada a las sonrisas sardónicas de su hermano mayor que siempre anunciaba algo malo.
—Vamos, no te pongas en ese plan. Este lugar es muy aburrido, te vas a volver loca si te la pasas sola —aclaró Yura sonriendo con una malicia que no resultaba muy distinta a la de Naraku. Kagura parpadeó unos instantes al escucharla decir "te vas a volver loca", y pensó que la muchacha no sabía lo que decía, pero enseguida pensó que, de hecho, sí entendía la broma cínica detrás de sus palabras. Por lo menos su sonrisa la delataba.
Y ella que pensó que eso resultaba ofensivo.
—Volverme loca, ¿eh? —contestó alzando una ceja, sin dejar atrás la barrera autoimpuesta que llevaba cargando sobre ella desde que salió de su casa.
—Sólo acompáñanos a la cafetería y come algo —pidió Byakuya con una sonrisa divertida, no tan maliciosa como la de su acompañante—. Si te saltas la comida, esos tipos pensarán que estas aquí por anorexia, y además nos dan muchos medicamentos. Sin comer y tomando pastillas a lo idiota te dará una buena ulcera.
—No estoy aquí por… cómo sea —masculló de mala gana. Pensó en aclarar que no era anoréxica (suficiente tenía con que todo el mundo pensara eso al saber que se dedicaba al ballet) pero el chico tenía sus buenos argumentos. Sin contar que, efectivamente, estaba hambrienta. Todo el estrés de los últimos días le tenía los nervios destrozados y su estomago no tardó en hacerse presente en medio de indiscretos gruñidos.
—Está bien —Kagura rodó los ojos al contestar y salió de la habitación, dejándose conducir por los dos chicos hasta la misma sala que un rato antes le había mostrado Kikyō, pero cuando llegó se dio cuenta de que ya había gente ahí. No se podía decir que estuviera llena, en realidad no todas las sillas estaban ocupadas, pero sí las mesas, y de ellas salía el escándalo que cada persona formaba a coro elevándose por el aire hasta acumularse sobre cada una de sus cabezas.
Le recordó muchísimo a la escuela, era como si cada grupito tuviera ya asignado su lugar, y en ese instante no pudo evitar soltar una pequeña sonrisa involuntaria, una sincera que tenía días sin esbozar cuando se preguntó si los grupos ahí se formaban dependiendo del tipo de enfermedad mental que padecían. Por otro lado, no pudo ver con claridad a todos porque, intentando ignorar las miradas que de pronto se posaron sobre ella, se hizo la tonta y simplemente se dirigió con sus dos acompañantes al final del salón, a la barra donde se servía la comida.
Un par de enfermeros estaban ahí encargándose de ello. Al principio Kagura pensó que se trataba de dos chicas, pero cuando fijó bien la vista se dio cuenta que uno de ellos era hombre.
El enfermero usaba las mismas ropas que le había visto a Bankotsu, pero su rostro, aunque de rasgos ligeramente femeninos (aunque no tanto como los de Byakuya) estaba acentuado por una suave tonalidad rosada y brillante en los labios; claramente se trataba de un gloss. También parecía usar una gruesa capa de rímel en las pestañas al igual que una sombra ligeramente rosada, una igual a la de sus labios. También llevaba el castaño cabello atado tras la cabeza, y toda su melena se sostenía gracias a un prendedor celeste adornado con patrones de mariposas.
En cuanto el enfermero la vio al acercarse a la barra, este alzó una ceja como si intentara reconocerla de algún sitio, pero cuando la mirada de Kagura se chocó contra la de él, cambió su semblante a uno de completo fastidio.
—Oye, no puedes usar horquillas aquí.
—¿Qué? —Kagura frunció el ceño ante la súbita reprimenda que no supo de donde vino. Jakotsu, como se llamaba el enfermero, cosa que supo gracias al gafete que colgaba de su pecho, se apuntó la cabeza y supo que se trataba del adorno de su cabello.
—¿Por qué no puedo? —masculló la muchacha de mala gana. Jakotsu rodó los ojos como si le preguntaran algo de lo más obvio.
—Una horquilla se puede usar como arma punzocortante en un lugar como este. ¿Qué no leíste las reglas? Te lo debieron quitar al entrar.
Kagura soltó un suspiro de resignación y, sin opción, se quitó la horquilla a la mala No conforme con eso el tal Jakotsu le pidió que se la diera para ser confiscada, pero que se le devolvería una vez que saliera de ahí. Luego pasó a sentir la más pura indignación cuando le echó un segundo vistazo al propio prendedor que el enfermero usaba y se percató de que también era una horquilla. Pensó en decirle que si iban a confiscar sus cosas, también debían hacerlo con los enfermos, pero al final se obligó a tragarse sus propias palabras. No le convenía empezar el primer día en el hospital creándose un enemigo entre los mismos enfermeros.
Se sintió algo avergonzada, en parte el tipo tenía razón, pero aún así tenía una mezcolanza extraña de ofensa, como si fuese una niña a la que de pronto regañaron por jugar en el lodo. Cuando desvió la vista, tratando de desembarazarse de la situación para pedir su comida, a esas alturas otra enfermera la miraba con curiosidad, probablemente por tratarse de la nueva paciente.
Kagura la observó y le dio la impresión de que no debía estar ahí. La enfermera lucía como una chiquilla de dieciséis años, pero supuso se trataba de una enfermera en prácticas. Tenía un semblante por mucho más amable que la del resto de personas que se había encontrado en ese lugar. Era bajita y muy delgada, con un cuerpo menudo que la hacía ver aún más aniñada, y su cabello se encontraba atado en una cola de caballo alta, arruinando todo el corte en capas que tenía. Kagura no tuvo tiempo de ver su nombre en el gafete cuando ella de pronto le habló.
—¡Hola! ¿Eres la nueva paciente? —preguntó con voz dulce, un tipo de tono al cual no estaba acostumbrada. Kagura alzó ambas cejas, pensando que hasta su tono sonaba como el de una adolescente, pero al menos había sido más gentil que el resto.
—Sí… por desgracia —murmuró al último, aunque la enfermera pareció no poder escucharla. Ante el silencio volvió a hablar.
—Bueno, espero que tu estadía sea cómoda —dijo la muchacha dedicándole esta vez una cálida sonrisa—. ¿Qué te gustaría comer? Hoy tenemos gelatina de limón, emparedaros de jamón y ensalada de pollo.
—"Joder, aquí sí que me van a poner a dieta. Qué ballet ni qué nada" —Pensó Kagura observando el refrigerador de cristal tras la barra. Le echó un largo vistazo al grandioso menú del día y pidió su ración sin mucho ánimo—. Dame de las tres.
La enfermera enseguida se puso a trabajar y sobre el plato dejó lo pedido, incluso cuidando que las tres comidas no se mezclaran. Kagura se sorprendió un poco de su dedicación, muy al contrario del tal Jakotsu, quien servía la comida de mala gana en los platos con una clara expresión que gritaba a los cuatro vientos que se moría por salir corriendo de ahí. Por lo menos lo hizo en el plato de Yura, quien le riñó un poco, aunque con Byakuya tuvo el mismo cuidado que la chica estaba teniendo con Kagura.
—Por cierto, me llamo Rin. Soy enfermera en prácticas aquí —añadió la muchacha aún sonriéndole—. Espero lo disfrutes.
Kagura tomó el plato entre sus manos, no sin sentirse ligeramente incómoda y sin saber qué contestar. Se dio cuenta de que en realidad no sabía cómo hacerlo. Estaba tan acostumbrada a tratar a los demás con hostilidad y que los demás la trataran de la misma forma, que no sabía qué palabras usar ante comentarios tan amables, tan aparentemente desinteresados. Al final se limitó a murmurar un escueto gracias y pegó media vuelta junto a Yura y Byakuya, quienes enseguida se fueron a sentar a una mesa vacía cerca de una de las esquinas de la barra.
Kagura se sentó de frente al par de chicos. Aún no sentía la suficiente confianza como para sentarse a lado de ellos o en medio, y como pensó, en cuanto Yura y Byakuya dieron un bocado a su comida, como si intentaran inútilmente hacer tiempo, ella no había tenido oportunidad ni de probar la ensalada cuando le hablaron.
—Y dinos, ¿por qué terminaste aquí? —inquirió Yura al tiempo que mordía su emparedado con cierto fastidio y soltaba una mueca de desagrado.
Kagura no pudo evitar pensar que esa clase de preguntas siempre salía en los diálogos de películas con tramas de prisión: "¿Por qué terminaste aquí? ¿Qué hiciste, a quién mataste?"
"Pues me intenté matar, carajo. No sabía que era delito", pensó al instante, pero se guardó el comentario.
—Por una tontería —masculló mientras daba un mordisco a su propio sándwich. No pudo evitar hacer la misma mueca de asco que Yura, y en cuanto Byakuya se dio cuenta, soltó una discreta risa.
—Lo sabemos. La comida es pésima —Contrario a lo que afirmaba, el parecía disfrutar de su ensalada como si el escueto sabor le pasara sin pena ni gloria por la garganta—. Ahora, no te hagas la tonta. ¿Qué fue?
Ante la insistencia, Kagura desvió la vista unos instantes y pensó seriamente en tomar su plato e irse a comer al baño. Instintivamente se cubrió la muñeca izquierda con la otra mano, pero el gesto no pasó desapercibido para sus acompañantes.
—¡Joder! —exclamó Byakuya abriendo los ojos como platos, al tiempo que estiraba el brazo por sobre la mesa y la tomaba de la mano, haciendo que la manga de encaje que cubría de forma precaria los vendajes de Kagura se estiraran en su antebrazo. La chica de inmediato se soltó del agarre y escondió el brazo tras la mesa, no sin antes soltar una pequeñísima mueca de dolor ante la forma tan brusca en que la tomó.
—¡¿Qué mierda te pasa?! —exclamó ofendida y fulminándolo con la mirada, aunque la respuesta no alteró en lo más mínimo a Byakuya, quien hasta ahora parecía inmune a cualquier tipo de hostilidad que ella pudiese mandarle—. ¿Así tratan a todos aquí o que carajos?
—¿Fue por suicidio? —intervino Yura, sin dejar de lado su sonrisa insidiosa—. No digas que no, las vendas te delatan.
—A ustedes qué les importa.
—Todos aquí tenemos que decir tarde o temprano el motivo por el cual nos internaron. Es como… una regla —aclaró Byakuya con una tranquilidad que resultaba cínica. Luego se volvió a Yura y habló con ella como si Kagura no se encontraba ahí—. Una suicida, Yura. Hace tiempo que no tenemos una. ¡Es que no duran mucho tiempo!
Kagura se preguntó qué diablos pasaba. Le dio la impresión de que había entrado a una especie de colección caótica donde cada figura representaba un trastorno mental. Al parecer ella no era otra cosa más que una pieza nueva y agregada a la colección. Se imaginaba hecha un delicado figurín de porcelana ataviado con su mejor vestuario de ballet, el clásico, con el leotardo imitando un corsé, bordado con hermoso detalles y llamativo tutú a la italiana [2], dando como punto final a toda su histriónica imagen sus propias muñecas desgarradas mientras daba vueltas sobre su propio eje al ritmo de El Lago de los Cisnes.
Sintió que de una buena vez ya se estaba volviendo loca. Naraku, de haber adivinado su línea de pensamiento, seguramente habría dicho que para agregarle más dramatismo era mejor opción hacer que los pies que sostenían su figurín de porcelana estuviesen pintados de intenso rojo, como si sangraran.
—Oye, ¿piensas usar esa servilleta?
—¿Qué?
Antes de que pudiera saber a qué se refería o entender la pregunta, o aún más, el súbito cambio de tema de conversación, Byakuya alargó la mano y tomó la servilleta que descansaba al lado del plato de Kagura. No entendió a qué venía el repentino interés por ella cuando el chico tenía la suya, pero para su sorpresa, el muchacho tomó la servilleta entre sus manos y comenzó a hacerle agiles dobleces. Yura lo observó unos instantes y rodó los ojos.
—Es obsesivo compulsivo —aclaró la muchacha de cabello corto—. Cada vez que ve un papel lo agarra y comienza a hacer figuras de origami.
—Garzas —aclaró rápidamente Byakuya, sin despegar la vista de su tarea—. Ha mejorado. Antes tenía que hacer doscientas cincuenta y siete garzas de origami al día, ahora sólo las hago cuando veo papeles o servilletas, o papel de baño.
—"¡Maldita bola de locos!" —Pensó Kagura, impactada, casi deseando salir corriendo. Según ella, creía que el trastorno obsesivo compulsivo [3] se refería únicamente a la compulsión de acumular cosas innecesarias o, por el contrario, a la limpieza exagerada. No tenía idea de que pudiese aplicar a hacer cosas específicas, como aquello de crear cierta cantidad de figuras de origami al día.
Estuvo a punto de decir "vaya, qué loco", pero se detuvo antes de siquiera atreverse a tomar aire. Se preguntó si sería posible que un loco pudiese sentir ofendido por ser llamado loco.
—Oh, vaya… —murmuró incómoda mientras observaba desconcertada cómo el chico terminaba con la figura. Lo hizo tan rápido y con tanta precisión que parecía que sus manos se habían formado para crear figuras de papel, aunque al final la garza no le quedó del todo bien gracias a la textura suave y mullida de la servilleta.
Para rematar, Byakuya la rompió en un dos por tres, argumentando que le había quedado fatal.
Sólo hasta ese entonces, cuando se dio cuenta que había gente todavía más dañada, extraña y demente que ella, la muchacha finalmente se tranquilizó un poco y se obligó a pensar que no podía esperar actitudes demasiado ortodoxas por parte de los pacientes de un psiquiátrico, sin contar que ella también estaba metida en ese barco. En sí, nadie podía juzgarla por lo que había hecho.
—Sí, fue por intento de suicidio —aclaró de pronto luego de que Byakuya hiciera a un lado los trozos desgarrados de la servilleta. Estos volvieron su interés hacia la muchacha, quien aún ocultaba el brazo bajo la mesa—. O al menos eso es lo que todos suponen.
—¿A qué te refieres con que todos suponen? —inquirió Yura alzando una ceja, procurando estirar el cuerpo hacia la chica nueva, sabiendo que se aproximaba una historia, o por el menos el indicio de esta, y lo mejor es que sonaba a una muy buena historia. Muchos pacientes preferían no hablar de sus locuras hasta sentirse entrados en confianza. Por otro lado, Kagura suspiró. Pensó que había contado esa historia un millón de veces, pero la realidad es que sólo la dijo unas cuantas veces a sus padres y a Naraku. Y por supuesto, ninguno le creyó. Tal vez por eso encontraba ya hasta aburrida la sola idea de dar los detalles de tan vago relato, aunque finalmente ese mismo relato, contado y afirmado por otros, era el que la había llevado al Instituto Shikon.
—Es difícil de explicar —comenzó Kagura—. Sucede que hace unas semanas regresé a mi casa un poco ebria, discutí con mis padres y, cuando acorde, estaba en un hospital con esta herida en la muñeca —Levantó el brazo y dejó ver libremente el vendaje que lo cubría, como si mostrara una desgastada atracción de feria—. Todos afirmaron que intenté suicidarme en la bañera, pero no recuerdo haberlo hecho. No estoy segura de si lo hice o no; estaba ebria. Pero mis padres creyeron que necesitaba ayuda y me mandaron acá.
—¿Qué no lo recuerdas? ¿En serio? —exclamó Byakuya sin creérselo, mientras terminaba con su emparedado y entrecerraba los ojos.
—Ya les dije que estaba ebria. Recuerdo cuando entré en la bañera, pero creo que me quedé dormida. Sin embargo no recuerdo haber tomado ninguna navaja y cortarme.
Los dos chicos se quedaron en silencio unos instantes y se miraron de una forma que a Kagura le resultó extraña, de una forma que jamás había visto en sus padres, Naraku o cualquier otra persona presente en su vida. Se miraban como si los dos supieran algo que ella no, igual que si guardaran un divertido secreto que pensaban revelarle cuando fuera apropiado. No supo por qué se imaginó todo aquello, pero no pudo pensar más en eso en el momento en que Yura habló.
—Interesante. No habíamos conocido ningún suicida que no recordara haberse intentado suicidar.
—Que yo no… ah, olvídenlo —Kagura se dejó caer en el respaldo de la silla y dejó su comida sin tocar. No sabía si describir su situación de aburrida o extremadamente extraña—. Como sea, ¿en serio soy la única suicida aquí?
—Los demás pacientes no están aquí por conductas suicidas —aclaró Byakuya, echando un vistazo a la sala aún ocupada por los demás internos del pabellón—. Yo estoy aquí por trastorno obsesivo compulsivo, principalmente… —Hizo una pausa unos segundos, mientras torcía la boca—. La realidad es que mis padres también me mantienen internado aquí porque soy gay. Dicen que es una enfermedad, por mucho que Sango, mi terapeuta, les ha dicho que no lo es.
—Yo estoy aquí por tricotilomanía [4]. También es como un trastorno obsesivo compulsivo —dijo Yura sin preocupación alguna, incluso parecía orgullosa de revelarlo. Aunque le pareció que la frescura para decir eso no era acorde con su situación, Kagura se quedó en blanco, sin tener idea de lo que acababa de decir.
—¿Trico… qué? —preguntó, a lo cual Sakasagami soltó una risilla.
—Compulsión por arrancarse el cabello o el vello corporal.
La expresión atónita de su rostro fue imposible de ocultar. No fue capaz de ocultar su sorpresa ante la nueva variante de locura que escuchaba y observaba encarnada en la jovencita sentada frente a ella. Inmediatamente se imaginó a Yura completamente calva, pero cuando la miró bien se dio cuenta de que no tenía ni un vello en el brazo. Ni uno solo. La chica no pasó el gesto desapercibido, demasiado acostumbrada a que la gente buscara en ella algún signo de obvio desequilibrio al enterarse de su trastorno, sin embargo no se ofendió en lo más mínimo. Nunca había sido una chica que se ofendiera con facilidad.
—Por eso llevo el cabello corto. Si lo uso largo, comienzo a arrancármelo. Me vuelve loca. No sé si tenerlo en un aparador o sobre la cabeza. Ahora sólo me arranco los vellos del brazo. Eso sin contar mi tricomanía.
—¿Y eso qué diablos es? —espetó Kagura cada vez más anonadada, usando un tono mucho más brusco del que realmente quiso, aunque por el nombre imaginó que también era algo relacionado a la peculiar obsesión de Yura.
—Fascinación por el cabello. ¡Me encanta el cabello! —exclamó súbitamente emocionada y cualquiera podría jurar que sus orbes violetas habían brillado—. Me gusta cepillarlo, cortarlo, acariciarlo, lo que se te ocurra.
Ante la respuesta Kagura supo por qué se la había encontrado cepillando el cabello del maniquí; y ella que pensó que era algún delirio similar al de las mujer con la mente ida, volando en quién sabe dónde y que pasaban su día cargando muñecos con forma de bebé, tratándolo como a uno, igual que en las películas.
Joder, sí que había gente mucho más loca que ella, pensó al instante, sin poder evitar sentirse un poco más afortunada. Incluso se dijo que ese lugar ni siquiera era para ella. ¿No pudieron haberla mandado simplemente con un psicólogo un par de veces a la semana en lugar de arrojarla a ese agujero de locura?
Arrancarse el cabello y fascinación por él. ¡¿Qué clase de cosas tenía esa chica en la cabeza?! Y el otro con sus doscientas y tantas garzas de papel al día. Estaba como para pegarse un tiro, pero no pudo evitar pensar en lo desesperante que podría resultar padecer de un trastorno así, a pesar de la actitud despreocupada y cínica de Yura y Byakuya. Después de todo, por lo poco que sabía, las personas terminaba en lugares así si sus delirios interferían con su vida diaria o si resultaban un posible peligro para terceros o si mismos.
¿Esos dos chicos habrían sufrido, tendrían una familia como la de ella? ¿Los habrían obligado a entrar al psiquiátrico? ¿Cuánto tiempo tendrían ya internado ahí?
No es como si realmente comenzara a simpatizar con ellos, pero podía ser una muy buena perspectiva para saber lo que a ella misma le podía esperar.
—Entonces los dos son obsesivos compulsivos —agregó Kagura. Ellos medio asintieron—. Yo pensé que eso era sólo en acumular cosas inútiles y limpiar como loc…
Se calló al instante, pero sus dos acompañantes soltaron risillas.
—No te preocupes por eso. Cuesta acostumbrarse —dijo Byakuya. Esta vez esbozó una sonrisa insidiosa, como si le divirtiera verla tan confundida y perdida—. De igual forma todos aquí sabemos que estamos locos de remate.
—¿Y los demás? ¿Ellos por qué están aquí? —inquirió Kagura en voz baja, señalando con la cabeza al resto de los pacientes que comían en el salón, todos inmersos en sus propios platos y asuntos, apenas les prestaban atención a ellos, algo que la joven agradeció, sobre todo luego del lindo recibimiento en los pasillos.
Yura y Byakuya voltearon sus cuerpos sobre las sillas y miraron al resto de sus compañeros de pabellón. No tardaron en irle señalando a Kagura quién era quién, qué tenían y por qué estaban ahí.
—Ese par que ves allá, la muchacha y el muchacho albinos. Ellos son Kanna y Hakudōshi. Son mellizos —dijo Byakuya apuntándolos sin discreción alguna. Los aludidos estaban sentados solos en su mesa, uno frente al otro. Ella comía con una parsimonia desesperante, cortando su gelatina en trozos tan pequeños que parecía un frágil pajarito comiendo alpiste, mientras que su hermano rato atrás había terminado con su comida y parecía esperar a que ella terminara, observándola fijamente por medio de las dos gemas lilas que tenía por ojos—. Ella es autista y su hermano tiene un trastorno disocial [5].
Kagura tenía una idea más o menos concreta de lo que era el autismo por las noticias que se daban constantemente en la televisión, pero al enterarse de que había muchas variantes para el trastorno obsesivo compulsivo, no quiso ni imaginar cuántas podían existir para el autismo, mucho menos para el otro trastorno que mencionaba y que no tenía ni la menor idea de qué significaba. Aunque al menos se pudo dar una idea de por qué Kanna, cuando la vio en su partida de ajedrez, parecía apenas reaccionar a los estímulos.
—Bueno, me imagino que sabes lo que es el autismo, ¿verdad? —inquirió Byakuya. Kagura asintió al instante, sin muchas ganas de meterse en los rebuscados terrenos de aquel trastorno—. Kanna tiene eso, pero encima de todo afirma que en los espejos viven demonios de cristal que ella puede controlar y que succionan el alma de las personas, pero que sólo lo hace si alguien más poderoso le pide hacerlo. Dice que al mirarse al espejo los ve, que no es capaz de ver su propio reflejo. Ella lo llama "alma".
—Todo eso se lo sacaron después de muchas, muchas sesiones, cabe destacar —intervino Yura, ignorando el rostro desconcertado de Kagura—. Obviamente no le sacas mucha plática a la niña.
—¿Y su hermano?
—Un trastorno disocial consiste en ser… ¿cómo te lo digo? —comenzó Byakuya, torciendo ligeramente la boca intentando buscar las palabras adecuadas—. Digamos que eso consiste en tener conductas destructivas. Ya sabes, transgredir las reglas, las normas sociales, desbarajuste social; son manipuladores y les gusta acosar a otros, y obviamente son muy agresivos o crueles. Prácticamente es la antesala del trastorno antisocial [6].
Kagura no pudo evitar pensar en su hermano mayor.
—¿Y por qué terminó aquí?
—Él terminó aquí porque trató de degollar a uno de sus compañeros de clase con una navaja de afeitar. Bueno, según él. También dice que casi lo logró. Parece muy orgulloso de ello.
Genial, no sólo estaba con locos, también estaba con gente realmente peligrosa, incluso si se trataba de un niño de dieciséis años, aunque bien podrían ser puras fanfarronerías del tal Hakudōshi, pensó Kagura. Después de todo, desde que tenía uso de razón había convivido con un verdadero delincuente: su hermano. Quiso pensar que después de eso no tenía a nadie más a quien temer.
—Las dos chicas de la otra mesa —Yura apuntó a dos muchachas que no se parecían en nada pero que a la vez lucían tan similares que, a pesar de su apariencia física, podían llegar a parecer hermanas. Ambas tenían el cabello largo y negro, tez blanca y, debía aceptarlo, eran realmente guapas, pero ninguna se dignaban siquiera a mirar al resto de las personas que las rodeaban, como si ellas fueran demasiado para molestarse en mirar a su alrededor. Kagura se dio cuenta que una de ellas era la chica que cerró la puerta en cuanto la vio, y la actitud arrogante que percibió en ella desde el momento en que cruzaron miradas no había cambiado en nada—. La del cabello más largo es Tsubaki, y la otra se llama Abi. Un par de perras, si me lo preguntas.
—A mí me caen bien —comentó Byakuya con una sonrisa, buscando provocar a su compañera.
—Sólo te tratan más o menos bien porque le consigues maquillaje a Tsubaki. A mí ni de puta broma me dejan tocarles el cabello, y tan bonito que lo tienen. Arpías —espetó Yura profundamente ofendida, al tiempo que Byakuya se volteaba hacia Kagura, quien ya miraba a la joven de corto cabello como si fuera un fenómeno.
—No le caen bien las personas que no la dejan tocarles el cabello, los considera sus eternos enemigos —aclaró el joven, apuntando a Yura, quien lo fulminó discretamente con la mirada y se cruzó de brazos—. Por lo mismo de su tricomanía.
Kagura alzó ambas cejas. Bueno, al menos a ella no le molestaba que le tocaran el cabello, a menos que fuese Naraku quien lo viera como su próximo objetivo.
—¿Y cuál es el problema de ellas? —inquirió luego de unos segundos. No conocía a la tal Abi, pero por ahora podía estar segura de que no causaba simpatía alguna en Tsubaki.
—Tsubaki tiene un trastorno dismórfico corporal [7] —dijo Yura—. ¡¿Y qué diablos es eso?! ¿Verdad?
—Eso significa que ella se ve defectos físicos donde no los tiene —Se apresuró a decir Byakuya—. Bueno, no exactamente. Su caso es especial. La chica es guapa y ella lo sabe, pero está obsesionada con ser la más bella de todas. Onda la Reina Malvada de Blanca Nieves. Siempre te dirá que eres horrenda.
Kagura no pudo evitar soltar una risa al escuchar la comparación. También recordó que hace días no se reía por una broma tonta.
—También piensa que en cualquier momento se hará anciana. Está obsesionada con la idea de la eterna juventud. Y también dice que dentro de su ojo derecho reside un ejército de demonios a su servicio.
—¿Y qué edad tiene?
—Solamente dieciocho años. A qué está bien loca —bromeó Byakuya entre risillas. Kagura no pudo alzar una ceja antes de sonreír de manera sardónica. Tenían la misma edad. ¡Tan jóvenes y tan locas! Ojalá fuera por vivir la vida loca y no por estar encerrados en un puto manicomio, pensó—. En cuanto a la otra, Abi, su caso es distinto. Es pirómana [8].
—Eso sí sé qué es —exclamó Kagura, sintiéndose aliviada de al menos entender una de las tantas problemáticas de quienes la rodeaban. Hasta ahora ya casi se sentía como una idiota, pero bueno, después de todo lo suyo era el ballet y los idiomas, no los delirios que la compleja mente humana podían crear cuando esta se descomponía.
—Terminó aquí porque le prendió fuego a unas aves que eran mascotas en la escuela donde estudiaba. Ella dijo que lo hizo porque quería que se convirtieran en pterodáctilos vampiros, que por medio del fuego podía lograrse. Su madre intentó de todo para que no la internaran, pero le pusieron encima una orden judicial por considerarla un peligro para la sociedad, pero como se comprobó que no estaba bien de la cabecita para controlar su compulsión por el fuego, al final terminó aquí.
—¿Un peligro para la sociedad? Suena más a prisión —comentó Kagura con un tono de desconfianza que no fue capaz de ocultar.
—Bueno, tú sabes —dijo el muchacho, pero se dio cuenta que ella en realidad no sabía—. En fin. Te internan en un psiquiátrico si padeces un trastorno, síndrome o enfermedad mental, pero sólo lo hacen si te consideran un peligro para ti mismo u otras personas. De lo contrario, es mucho más fácil mandarte un par de sesiones a la semana con algún psicólogo, y con medicación ya la hiciste.
Kagura de pronto comprendió por qué nadie quiso hacer con ella lo último de lo que Byakuya habló y, sobre todo, por qué la mandaron a ese lugar. Se había hecho daño a sí misma, según Naraku, según sus padres y los doctores que la atendieron cuando llegó al hospital desangrada. De esa forma cabía la posibilidad de que lo volviera a hacer, o de que todo lo que traía en la cabeza y la había llevado a su intento de suicidio culminara en una crisis donde era capaz de llegar a hacerle daño a otros. Por eso en ella no aplicaba lo de simplemente ir a un psicólogo.
Pensó que, quizá, hubiera podido tomar esa opción si fuera independiente y mayor de edad, pero no lo era. Estaba a merced de las decisiones que tomaran sus padres sobre su vida y aún le faltaban dos años para cumplir la mayoría de edad. Por otro lado sabía que a sus padres no les interesaba mucho si era capaz de hacerle daño a otros o a sí misma, la habían mandado al Instituto Shikon para deshacerse de ella un rato, y que allá, muy lejos, se encargaran de arreglarle sus rayones mentales. No querían lidiar con la evolución de una enfermedad sobre la mente de una chiquilla que apenas escapaba de la adolescencia ni nada de eso (que seguramente habían tenido bastante con Naraku).
Sí, la querían de vuelta, tal vez, pero curada, si es que había cura para ella o para las personas que la rodeaban en ese pabellón. Comenzó a pensar eso porque la cosa no terminó ahí.
Byakuya y Yura siguieron diciéndole quiénes serían sus nuevos amiguitos de pabellón. Luego de pasar con los mellizos Hakudōshi y Kanna y con el dúo de Tsubaki y Abi, se pasaron a Juurōmaru y Kagerōmaru, el mismo par de gemelos que Kagura había visto al pasar por el corredor junto a Kikyō. Había sido Kagerōmaru, el hermano delgado y bajito jugando a matar con sus guadañas imaginarias, el que en cuanto la vio le insinuó que perdería la cabeza.
Resultaba que por otro lado, Juurōmaru, el gemelo alto y callado, tenía una fuerte tendencia a mostrar conductas muy violentas, y que Kagerōmaru era esquizofrénico [9].
Yura le dijo que este ultimo afirmaba poder meterse dentro de la boca de su hermano y bajar hasta su estomago, incluso ser capaz de vivir ahí dentro cuanto tiempo quisiera, y que si lo deseaba sus manos se podían transformar en letales guadañas capaces de cortar de un solo tajo carne e incluso huesos. Contrario al parlanchín de Kagerōmaru, a quien le encantaba hablar de su apetito voraz y sus violentas hazañas, Juurōmaru era mudo, aunque dijo no estar segura de si era mutismo selectivo [10]. El raro asunto ahí es que Kagerōmaru afirmaba que por eso su hermano no podía hablar, por el hecho de que él se introducía por su garganta y que eso había llevado a que con los años se le dañaran las cuerdas vocales hasta dejarlo sin voz.
La cosa es que aunque a simple vista parecía tener autismo como Kanna, la realidad es que tenía problemas con el control de la ira. El chico de pronto podía simplemente explotar y romper todo a su paso, pero no era común que lo hiciera. Además, según lo que le contaron, únicamente obedecía las ordenes de su gemelo, quien era apenas tres minutos mayor. Eso sin contar que Kagerōmaru parecía tener un trastorno alimenticio. Comía y comía como una bestia, sin embargo nunca engordaba. Al principio habían creído que tenía bulimia, trastorno poco común en los hombres, pero al final se determinó que tenía lombrices.
Al final ambos hermanos habían terminado ahí porque entre los dos golpearon a un chico; los brutales golpes vinieron por parte de Juurōmaru y luego Kagerōmaru trató de cortarle la cabeza. Cuando la policía los interrogó, el gemelo mayor argumentó con toda la tranquilidad del mundo que únicamente se quería comer las regordetas mejillas del chico en el desayuno.
Kagura en total había contado nueve pacientes, incluyéndola. Realmente eran muy pocos. Ella siempre había tenido la idea de que los psiquiátricos estaban a reventar de gente que se paseaba por los pasillos babeando y desnudos, y pensó que sí, bien podría ser cierto, pero llegó a la conclusión de que estaba infinitamente mejor gracias a que únicamente era un hospital privado. Lo suficiente como para darle la comodidad de tener su propia habitación, su propia cama y una comida consistente tres veces al día, aunque supiera a rayos.
Ahora, que las autoridades, los "buenos" del lugar, eran otra cosa.
A distancia, desde su mesa en la cafetería, le presentaron a las principales trabajadores del Instituto Shikon, sólo para que supiera lo que le esperaba.
En una mesa completamente sola, únicamente acompañada por un libro, se encontraba Kikyō. Yura y Byakuya le dijeron a Kagura que seguramente sería su terapeuta, ya que había sido ella quien la recibió. Era psicóloga y según se decía, era muy buena. Se había graduado con honores de la Facultad y unos pocos años antes había terminado su maestría. Casi se le consideraba una especie de genio en su materia, algunos decían que demasiado buena para ser verdad, otros confiaban ciegamente en la eficacia de sus habilidades, opiniones que a Kikyō parecían pasarla de largo, prefiriendo centrarse únicamente en su trabajo.
Había sido terapeuta de Tsubaki, pero según se decía, no había podido con ella y la terminaron canalizando con Sango, otra de las psicólogas del lugar.
En cuanto a ella, era más joven que Kikyō, pero prefería tratar con pacientes que presentaran conductas violentas. Según los chicos del pabellón y los chismes que se traían consigo luego de cada consulta, era relativamente fácil jugar con su mente, así que los pacientes que eran especialmente manipuladores y seductores se los dejaban a Kikyō, a quien era mucho más difícil de engañar. Ahí Kagura supo que estaba jodida.
Por su lado, Sango se la había pasado todo el rato sentada y comiendo junto a uno de los psiquiatras del lugar, Miroku. Charlaban de una forma tan amena y relajada, haciéndose bromas y sonrojándose de vez en cuando, que a esas alturas todos afirmaban que tenían un romance que aún no se atrevían a sacar a la luz. Kagura no lo dudó ni un instante, se les notaba a leguas. Lo más chistoso de todo es que no parecía ser la única relación presente en esa cafetería que casi servía como campo de observación tanto para los pacientes como para los trabajadores.
Cerca de la mesa que compartían Miroku y Sango se encontraba Kagome, la enfermera que había mandado llamar a Kikyō cuando Kagura recién llegó. Estaba sentada con un hombre de expresión malhumorada, poseedor de una cabellera alborotada e inmaculadamente blanca que lanzaba miradas caprichosas a la chica con sus ojos ambarinos cada vez que esta parecía regañarlo por no querer comer lo que tenía en el plato. Kagura alcanzó a argumentar que exigía una sopa instantánea y estuvo a punto de levantarse, al parecer para ir a reclamar a los enfermeros que ese día se encargaban de la barra de comida, pero fue brutalmente detenido cuando la chica lo devolvió a su lugar a las fuerzas junto al tremendo grito de ¡Siéntate! cosa que pareció dejar al joven bastante aturdido.
El grito fue fuerte, pero no perturbó a nadie en toda la cafetería, ya muy acostumbrados a las escenitas de esos dos. Yura y Byakuya le dijeron que el chico se llama InuYasha, que era guardia de seguridad, a veces haciendo turnos nocturnos, y todos afirmaban que desde hace meses tenía un romance con la enfermera Kagome, algo que causaba los terribles celos de Kōga, otro guardia de seguridad, justo el que le había abierto la puerta a Kikyō y a ella y que en esos instantes miraba con hostilidad a su compañero y a la enfermera, sentado junto a otro par de guardias llamados Hakkaku y Ginta, quienes se murmuraban cosas entre sí, sin apartar la vista del moreno.
En cuanto a los enfermeros, Yura habló con desmedido entusiasmo de Bankotsu, el enfermero de la trenza que guió a Kagura hasta su habitación. Supuso que lo adoraba tanto por su cabello largo y trenzado. Incluso a Kagura le gustaba.
El joven de la trenza se encontraba sentado junto a otro enfermero que, por el contrario a su compañero, tenía la cabeza rapada. Se llamaba Renkotsu, pero según Byakuya, era pirómano como Abi (aunque esto no era suficiente para que la chica se dignara siquiera a verlo o simpatizar con él), y además de todo, era sumamente inteligente, algunos decían que demasiado como para limitarse a ser un simple enfermero. Con ellos se encontraba charlando el neurólogo del pabellón, un doctor llamado Suikotsu. En realidad no se sabía mucho de él. Era un tipo amable con todo el mundo y su gentileza podía resultar incluso exasperante, al menos a ojos de Yura. También se decía que había decidido irse por la neurología porque no soportaba la visión de la sangre, dejando de lado su sueño de ser cirujano. Otros afirmaban que lo habían visto llegar a perder el control, como si de pronto adoptara una personalidad completamente opuesta a la que mostraba día a día, y aquellas crisis únicamente podían ser aplacadas por Kikyō.
Kagura no comprendió por qué Suikotsu se sentaba con los enfermeros Renkotsu y Bankotsu (más allá de esas supuestas crisis que le daban); el par de enfermeros le dieron mala espina. Con sus expresiones de confianza extrema y los comentarios sarcásticos que retumbaban en toda la sala, más parecían un par de delincuentes disfrazados de enfermeros.
Encima de todo, el enfermero que la había regañado por la horquilla era muy amigo de ellos, el tal Jakotsu. Y sí, era homosexual, afirmó Byakuya. De hecho el tipo siempre se quejaba de que no era justo que no se le permitiera usar el uniforme femenino; se le consideraba todo un extravagante, casi al mismo nivel que Yura, y no era un secreto para nadie el hecho de que odiaba a las mujeres (o que las envidiaba, en todo caso).
En cuanto a la otra enfermera, Rin, la que parecía una niña y había atendido a Kagura en la cafetería, Byakuya le había dicho que efectivamente era una enfermera en prácticas que tenía pocos meses de haber llegado ahí, que a la pobre al principio casi se la comen viva. A pesar de todo superó los obstáculos y seguía siendo tan amable y gentil como desde el primer día que llegó, sin interés alguno en buscar represalias. Siempre tenía una sonrisa que regalar a todo el mundo y aquello resultaba un lindo bálsamo para los más perturbados. Luego del principio de sus prácticas, cuando intentaron hacerla huir gracias a su apariencia frágil y vulnerable, por alguna razón nadie se volvió a meter con ella, ni siquiera los pacientes más problemáticos. Usualmente era Bankotsu, Renkotsu, Jakotsu y Kagome quienes se encargaban de ellos, no chicas como Rin, quien prefería evitar las peleas y discusiones, aunque detrás de ella también estaba la protección de la misma Kagome y de un amigo del cual todos hablaban, un policía que Byakuya apenas y mencionó por encima.
Para cuando le terminaron de contar la historia de los pacientes que ahí se encontraban, Kagura ya había terminado su comida y tenía un muy buen mapa del lugar, de quiénes estaban ahí y lo que podía esperar de ellos: en resumen, nada bueno, se dijo la muchacha. Y por la forma en que la miraban cuando sus ojos chocaban con los de alguien más, no le costó ni cinco segundos darse cuenta de que no era bien recibida en ese sitio. Sinceramente no entendía por qué, hasta ahora no se había metido con nadie, aunque estaba consciente de que tenía una gran facilidad para caer mal a la gente en general.
Había llegado confundida, fastidiada y algo nerviosa, para qué negarlo. No había hecho nada a nadie, o al menos no aún, como para que ya la tomasen por enemiga. ¿O así serían siempre con los nuevos? ¿O lo eran hasta que todos los demás también supieran las causas del por qué estaba ahí?
No sabía qué pensar. Simplemente, por primera vez en mucho tiempo, no quería ni buscaba problemas. Sólo quería rehabilitarse de lo que sea que le estuviese pasando, si es que le sucedía algo, que la dieran de alta y volver a casa.
Casa, por decirlo de alguna forma. Sólo quería volver para poder entrar a la Facultad de Artes Escénicas y, algún día, largarse de ahí. Estando encerrada en un hospital psiquiátrico se encontraba más varada que nunca en su vida y eso le ponía los pelos de punta. Sentía que ya habían obstaculizado lo suficiente su vida como para aguantar más un último empujón hacia el hoyo. Uno más y sus pies no podrían detenerla por muy entrenados que estuvieran.
Cuando cayó la noche Kagura no se sintió con ánimos de cenar, de hecho se negó en rotundo a ir al comedor. Aún tenía el estomago lleno de nudos y se sentía incapaz de digerir la comida del medio día, como si estuviera en medio de una náusea eterna y constante que la mareaba, muy parecida a cuando tenía la regla y pasaba los dos primeros días completamente pálida, desganada y sin hambre, con un dolor atroz desgarrándole el vientre. El imbécil de Naraku siempre se burlaba de eso y fanfarroneaba frente a ella acerca de las maravillas de ser hombre. Kagura sólo esperaba que en ese lugar tuvieran Butilhioscina con Metalizol Sódico [11], de lo contrario en dos semanas se arrancaría ella misma ese útero que ni siquiera pensaba usar.
También le avisaron que al día siguiente por la mañana tendría su primera sesión con Kikyō, y lo único que le dieron fue una pastilla para dormir. Aunque se negó a tomarla argumentando que no la necesitaba, Rin, la enfermera que la había atendido al medio día y que se encontraba haciendo guardia nocturna, le dijo que muchos pacientes al llegar tenían problemas para dormir. Que la necesitaría, que la primera noche podía despertar los nervios de cualquiera y que sólo la haría dormir tranquilamente.
Al final, Kagura la tomó, pero no tardó en correr al baño y provocarse el vomito para devolverla, aún negándose a tomar cualquier clase de medicación. No es que hiciera eso seguido, de hecho no lo hacía nunca, pero luego de años entre bailarinas de ballet y la presión de ser delgada y ligera como una pluma, Kagura había conocido a más de una chica con anorexia o bulimia, y le habían enseñado los sutiles trucos de cómo devolver la comida. El lema de muchas era "come lo que quieras y de postre come un dedo". Por su parte, Kagura prefería utilizar un cepillo de dientes, era más rápido y cómodo que meterse los malditos dedos por la garganta. Requería de mucho control, sobre todo para alguien como ella que no estaba acostumbrada a hacerlo. Era como si su cuerpo se negara a ir contra su naturaleza de una forma tan dañina.
Se preguntó cómo es que había sido capaz de cortarse las venas, de dañar así su cuerpo, si muy apenas podía usar sus dedos para vomitar.
Cerca de la media noche, a pesar de que Kagura se había deshecho horas antes de la pastilla que le dio Rin, durmió con relativa tranquilidad sobre su nueva cama. De hecho, le sorprendió darse cuenta de que estaba conciliando del sueño de una forma increíblemente rápida. Supuso qué su cuerpo finalmente había sucumbido al estrés de las últimas semanas, y además la relajaba el hecho de no estar lidiando con la incertidumbre de saber que su hermano estaba durmiendo en la habitación de al lado, listo para jugarle una broma de mal gusto que le espantara el sueño el resto de la noche.
Pero sólo se dio cuenta de eso cuando una figura extraña irrumpió en su habitación.
—Deja de hacer bromas. Es muy tarde para que andes con estas tonterías —El reclamo sonó con un adormilado tono de fastidio, igual al de siempre pero mucho más débil, al tiempo que se paraba en la puerta de la habitación, lista para sacar a patadas a quien se había acomodado ya en su cama y se cubría con las sábanas como si fueran las propias.
—¿Qué mierda te pasa? —La persona que se encontraba en su cama desenterró el rostro de entre las almohadas y se irguió sobre sus codos, mirándola fijamente. A pesar de la oscuridad de la habitación una tenue luz proveniente de los faros de la calle se filtraba por las persianas. Pudo ver que no comprendía de qué le hablaba y Kagura se lo tomó a broma.
—Deja de meterte en mi habitación —murmuró la muchacha, esperando que sus padres no la escucharan.
—Kagura, esta es mi habitación.
En ese momento la chica miró a su alrededor y trató de percibir el color de las paredes. Pudo captar la ubicación de los muebles y también el póster enmarcado de La Naranja Mecánica que colgaba en uno de los muros. Aquellos detalles le indicaron que, efectivamente, esa no era su habitación.
Era el dormitorio de Naraku.
—¿Estás de sonámbula o qué mierda?
Kagura, ya un poco más despierta, pensó en un pretexto rápido para desembrazarse de la situación. Otra vez se había metido a la habitación de su hermano en medio de la noche, asediada por sus terrores, con sus piernas moviéndose entre los pasillo y de cuarto en cuarto buscando el mismo donde ahora estaba sin siquiera ser capaz de pensar en detener sus pies y pasos, justo como cuando salía a bailar al escenario en una función: llegaba el momento donde sus pies se movían solos.
—Esta debió ser mi habitación desde un principio. Es más grande —respondió como si fuera cualquier cosa, pero tardó demasiado en hacerlo y ambos lo sabían.
A través de la poca luz que le iluminaba el rostro a Naraku, ella lo vio sonreír tan sardónico como siempre.
—No jodas con lo mismo. Son del mismo tamaño —murmuró sin mucho interés. Parecía querer hacer tiempo mientras no despegaba la sonrisa de su rostro—. ¿Otra vez estás muerta de miedo?
—No —se apresuró a contestar. Su mano buscó a tientas el picaporte de la puerta cerrada. Naraku lo notó, pero sólo levantó una ceja y luego la miró directamente a los ojos. Aún en la oscuridad Kagura pudo sentir las penetrantes orbes rojizas de su hermano sobre ella, escudriñándola de pies a cabeza.
—¿Entonces a qué has venido?
Kagura guardó silencio. Sí, no era la primera vez que se metía al cuarto de Naraku, casi consciente de lo que hacía, pero cuando hablaba o cerraba la puerta tras de ella, era como si olvidara el momento en que despertó y se puso de pie, buscando desesperada un mínimo de protección entre el caos de su mente, terrores infantiles que nunca pudo superar y que ahora sólo se presentaban de vez en cuando, en sus noches más frías y perturbadoras asediadas por su propia imaginación.
—En fin —dijo el muchacho encogiéndose de hombros—. No te hagas la tonta, estas actitudes tuyas me fastidian. Puedes dormir aquí si quieres, pero déjame descansar, carajo.
Y para cuando acordaba, ya se encontraba caminando hacia la cama de Naraku. Este siempre levantaba las sábanas y se hacía a un lado a pesar de ser una estrecha cama individual. Ella simplemente se metía debajo de las sábanas y le daba la espalda, haciendo como si fuera sonámbula, pero Naraku siempre se acercaba a ella y pasaba el brazo sobre su cintura, apretando su cuerpo contra él, aprisionándola casi con ánimo protector.
En cada ocasión, sin falta, sentía su potente respiración chocar contra su cuello y su oído, pero aquello de alguna forma la tranquilizaba y la ayudaba a conciliar el sueño enseguida. Para cuando estaba al punto de caer dormida, sin pensarlo mucho, demasiado atolondrada en su cansancio, se daba la vuelta hacia él y pasaba los últimos momentos de vaga lucidez enredando entre sus dedos algunos mechones del cabello de Naraku.
Tenía años con la misma rutina cada vez que sus terrores nocturnos la acorralaban. De niña le temía a todos los monstruos y fantasmas que Naraku utilizaba en las crueles historias y cuentos de hadas bizarros que a ella le contaba. Luego, por las noches, escuchaba ruidos espectrales en el armario, jurando que en cualquier momento cualquier clase de amenaza atravesaría la puerta para arrastrarla al infierno, y en esos momentos era cuando prefería ir a dormir con su hermano buscando la única protección, aunque fuera mínima, que podía conseguir en esa casa, antes que quedarse sola lidiando con sus miedos.
—¿Quién está ahí? —masculló Kagura medio adormilada, irguiéndose apenas en la cama mientras se frotaba un ojo con pereza—. ¿Naraku?
La figura que había irrumpido en su habitación se quedó de pie en la puerta y pareció anotar algo, pero en cuando ella habló aquella persona pareció levantar la cabeza, aunque Kagura no fue capaz de verle el rostro con las luces del pasillo y el cuarto apagadas.
—Lo siento. ¿Te desperté? —Era una chica. Le pareció familiar, pero en su somnolencia no supo de dónde. La joven dio un paso al frente y la luz que provenía de la estación de enfermería le iluminó la mitad del aniñado rostro—. Soy Rin, ¿me recuerdas?
—¿Por qué me despiertas? —espetó de mala gana, impulsada por el sueño interrumpido. La chica pareció encogerse, profundamente avergonzada.
—Discúlpame, por favor. No fue mi intención —murmuró con voz tímida—. Sólo es rutina. Tenemos que pasar a revisar las habitaciones por las noches para comprobar que todo esté en orden.
—No me jodas… ¿en la noche, en serio? —exclamó algo más despierta al tiempo que se pasaba un par de desordenados mechones de cabello tras la oreja—. Por eso todos aquí están locos. Porque no pueden dormir.
—En serio lamento mucho haberte despertado —Se volvió a disculpar la joven, esta vez haciendo una reverencia—. Pero no te preocupes, en un par de días te acostumbrarás. La próxima vez intentaré ser más cuidadosa.
—Sí, sí… está bien —Kagura despidió a la chica con un ademán desganado, más impulsado por el sueño y el cansancio que por la molestia de que la despertaran. ¡Y ella que pensó que dormiría en paz teniendo a Naraku bien lejos!
Pero en fin, supuso que después de todo era lógico que revisaran por las noches a los pacientes. No tenía nada de raro.
Para cuando Kagura enterró la cabeza en la almohada, escuchó cómo Rin cerraba la puerta lentamente, intentando no hacer ruido, cosa que fue imposible gracias a las tiesas bisagras de la puerta.
Por unos instantes, cuando se despertó, creyó que todo eso del intento de suicidio, el bizarro sueño con Naraku sobre el sofá y su llegada al Instituto Shikon, no eran más que una pesadilla de la cual finalmente había despertado, creyendo que era Naraku, esta vez, quien se encontraba en la puerta de su cuarto.
—¿A qué le tienes tanto miedo, Kagura? —Le preguntó la última vez en que ella se fue a dormir con él, una vez que Kagura se dio la vuelta y comenzó a jugar con su cabello, respirando pesadamente contra su pecho—. Ya estás grandecita para estas cosas.
Por unos instantes no supo qué contestar. Le pareció tonto decir que le temía al Coco. Sabía que esa clase de cosas no existían, y que tampoco existían los monstruos y demonios de los cuales Naraku le contaba cuando niña. A pesar de estar con el que le metió tanto miedo en su infancia, sentía el agarre de Naraku acercando su cuerpo al suyo con suave firmeza, sin despegar la mano que se amoldaba a la pronunciada curvatura de su cintura y la acercaba cada vez más a él, como si estuviera tentado a algo que en su somnolencia no supo descifrar, o que quizá no quiso hacerlo.
Luego supo a qué le temía y respondió la pregunta ya al punto de caer rendida.
—A ti.
Disculpen que haya puesto tantas cosillas entre corcheas, pero creo que era necesario porque utilizo varios términos técnicos relacionados con la psicología que es posible que sean desconocidos para muchos (varios sólo los aprendí una vez entrando a la carrera), así que con el fin de no dejar preguntas de "¿eso qué diablos es?" he decidido poner este apartado con el significado en breve. No se preocupen, tampoco es como que siempre saldrán un montón. Esta vez salieron muchos por lo mismo de que se da una breve introducción de los problemas que tiene cada personaje. Sé que puede parecer asquerosamente largo, pero sólo será en este capítulo donde salgan tantos. Por favor, léanlo para que tengan una idea más clara de las cosas que padecen los personajes o detalles que son "raros" o poco conocidos.
[2] Tutú a la italiana: para nada que soy experta en ballet, pero estuve buscando los nombres específicos para los tipos de tutús que se utilizan y encontré que el tipo de tutú que queda a la altura de la cadera de la bailarina y deja las piernas al descubierto se llama así, precisamente. No lo pensaba mencionar, pero sonaba como muy extraño dejándolo nomas así, sonaba a comida italiana (?)
[3] Trastorno obsesivo compulsivo: es un tipo de trastorno que causa ansiedad, donde se tienen pensamientos repetitivos, persistentes y angustiantes a los cuales se les denomina obsesiones. La persona que padece de TOC posiblemente también haga la misma acción (por ejemplo, lavarse las manos, algo muy común) una y otra vez para intentar que los pensamientos o la ansiedad desaparezcan. A las acciones repetitivas se le llaman compulsiones.
[4] Tricotilomanía: es un tipo de trastorno de control de los impulsos, y tiene como consecuencias la pérdida del cabello por las ganas de jalarlo, arrancarlo y retorcerlo hasta que se desprende. Quienes lo padecen son incapaces de detener el comportamiento y pueden no sólo arrancarse cabello, sino también el vello corporal, las cejas o las pestañas. La tricomanía vendría siendo algo que va más o menos de la mano, pero se refiere más a la fascinación u obsesión que puede causar el cabello en una persona.
[5] Trastorno disocial: es un trastorno que muestra de forma persistente y reiterada un tipo de comportamiento en el que se violan los derechos básicos de los otros o las normas sociales. Se muestra un comportamiento típico donde se incluyen peleas frecuentes, intimidaciones, crueldad hacia personas o animales, destrucción de propiedad ajena, incendio, robo, mentiras reiteradas, faltas a la escuela, fugas del hogar, provocaciones, desafíos y desobediencia graves. Había pensado en ponerle el trastorno negativista desafiante a Hakudoshi, que se parece mucho al disocial, pero este es como más "agresivo" y persistente. Usualmente se diagnostica en muchachos menos de 18 años.
[6] Trastorno antisocial de la personalidad: es una condición psiquiátrica que muestra un comportamiento manipulador y de constante transgresión a las normas sociales y a los derechos individuales de los demás; quienes lo padecen no pueden adaptarse a esas reglas o respetarlas y las rompen en un afán de conseguir lo que quieren a como dé lugar. Las personas antisociales o sociópatas suelen ser indiferentes a los sentimientos de los demás, una marcada falta de remordimiento ante sus actos, toma de decisiones irresponsables y comportamiento errático o poco estable. Muchas veces cometen actos delictivos, y se suele diagnosticar después de los 18 años, aunque desde la adolescencia suelen presentarse los síntomas (lo que se diagnosticaría como trastorno disocial).
[7] Trastorno dismórfico corporal: consiste en que la persona que lo padece se preocupa de una manera fuera de lo normal o exagerada de algún defecto físico percibido por ella, así sea un "defecto" real o imaginario, cosa que le produce ansiedad severa y preocupación excesiva.
[8] Piromanía: es un trastorno del control de los impulsos, que causa que la persona afectada sienta un gran interés y el impulso de iniciar incendios de forma deliberada y observarlos, cosa que le produce un enorme placer
[9] Esquizofrenia: es una distorsión del pensamiento y hay diferentes tipos de esquizofrenia, pero lo mencionaré a grandes rasgos: quienes la padecen suelen sentir que son controlados por "fuerzas extrañas" y poseen ideas delirantes que pueden ser extravagantes o bizarras. Sufren de alteración de la percepción y la realidad (por ejemplo, alucinaciones auditivas, visuales, olfativas, etc), aislamiento, disfunción social y disfunción en las habilidades cognitivas.
[10] Mutismo selectivo: es un trastorno verbal y del lenguaje de origen emocional que se caracteriza en la persona que lo padece al decidir no pronunciar palabra en determinados contextos o situaciones. En ocasiones puede ser síntoma de un desorden psicótico.
[11] Butilhioscina con Metalizol Sódico: es un fármaco compuesto indicado para dolores espásticos del tubo digestivo, dolor de muelas, dolor de cabeza, etc, y lo menciono porque también es muy efectivo para los dolores menstruales (de hecho yo lo uso xD) es por esa razón que Kagura lo menciona cuando se refiere a su periodo.
Joder, realmente debo disculparme por poner un apartado de aclaraciones tan largo D: no pensé que fuera a quedar tan extenso, pero como menciono varios trastornos y detalles relacionados con la psicología que no necesariamente todo el mundo tiene que conocer (de hechos muchos yo no los conocía hasta que entré a la carrera) la verdad es que sí, tuve que ponerlo para evitar confusiones o dudas.
Como mencioné, en este capítulo salen muchos porque se da una breve presentación de los personajes y lo que padecen, pero no volverán a ser tantos. En los próximos capítulos probablemente ponga algunas otras aclaraciones, por ejemplo la diferencia entre un psicólogo y un psiquiatra, que muchas veces se confunde, o lo que es el autismo o un delirio.
Ahora, sí, estudio psicología, pero la verdad es que no nos enseñan gran cosa de psicopatologías xD entonces muchas cosas las he aprendida sola, y me da miedillo estar metiendo la pata en algunas cuestiones. Por ejemplo, no sé si realmente en el autismo (que me lo han enseñado muchas veces y nomas no me termino de aprender todos los tipos que existen) pueda presentarse también con ideas delirantes como las que presenta Kanna con respecto a los espejos, y lo puse como guiño a la serie, pero como mencioné, aún me queda investigar algunas cosas. Cualquier error que vean o duda que tengan, ya saben, pueden preguntar o corregir con completa libertad n.n
También debo aclarar que durante el fanfic se estarán presentando flashbacks por parte de Kagura y algunos otros personajes. Estaba pensando en ponerlos en cursiva cuando esté en narrador omnisciente y con letra "normal" cuando estén narrados en primera persona, como sucedió en el primer capítulo, donde Kagura cuenta cómo empezó todo, para más o menos diferenciarlo (espero no estar violando ninguna regla o.o)
En fin, hasta ahora es lo único que tengo que decir. La verdad que editar este capítulo me costó un huevo, encima me quedó bien largo y no me gustó mucho cómo quedó o.ó quizá me pone nerviosa lo de presentar los trastornos y así y aún tengo mis dudas, pero bueno, espero que les haya gustado y disfrutaran el capítulo n.n muchas gracias a quienes se toman el tiempo de leer y a quienes me han dejado review.
[A favor de la Campaña"Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]
Me despido
Agatha Romaniev
