Disclaimer: Ni Glee, ni sus personajes, ni esta historia me pertenecen.

N/A: Me han preguntado mucho sobre esto, así que lo aclaro aquí para todas: Faberry is endgame ;)


En la pista de baile, el menor de los Puckerman la agarró de nuevo. Rachel se dio la vuelta, giró, meneando las caderas, mientras se alejaba un poco. Se había olvidado del nombre de ese hermano. Oh, era guapo. Condenadamente guapo de hecho. Ojos color chocolate, pelo oscuro, piel canela, cuerpo arrebatador. Quizá en otra época se hubiera sentido atraída por él, pero ahora su objetivo era aprender a complacer a Brody y vivir feliz con él. Tenía que averiguar si podía soportar ser compartida.
Pero una mujer, de pelo corto y desaliñado, ojos hambrientos y unas zancadas furiosas, había atraído su atención de una manera oscura y fascinante, igual que lo había hecho cinco años atrás.

«Oh, oh». Quinn definitivamente se dirigía hacia ellos. ¿Qué demonios querría ahora? El día anterior en su casa, se había esforzado mucho en humillarla. ¿Es que acaso quería volver a hacerlo?
De repente, Noah Puckerman la rodeó con un brazo y la atrajo contra su cuerpo, inclinando la cabeza hacia ella. El primer impulso de Rachel fue dejarse llevar por el pánico. ¿Tendría intención de besarla en medio de la pista? No lo conocía. Y como había descubierto en los treinta segundos que llevaban bailando, no quería conocerlo. En especial con todo el mundo —incluida Quinn— mirándolos.

—¿Conoces a Quinn? —le gritó el hombre al oído para hacerse oír por encima de la música.

—N-no.

No podía olvidar la noche anterior en la cocina de Quinn, cuando Santana y ella la habían besado… tenía que olvidarla. O intentarlo. Sólo Dios sabía que había fracasado hasta el momento.

De alguna manera, era culpa suya. Mirándolo en retrospectiva, se daba cuenta de que la gente del ejército no era conocida por su elocuencia, sino por la fuerza bruta. Quinn había intentado negarse a su petición. Como Rachel había seguido presionándola, ella había dejado a un lado las palabras y había pasado a la acción, ahuyentándola intencionadamente con sus crudas palabras.
Y vaya si había resultado.
Luego ella había agravado el error al presentarse allí y suponer que si estar con Quinn y con Santana la había excitado de una manera educativa, entonces estar con Noah y Jake Puckerman sería igual de agradable.
Pero no había sido así. Casi desde el comienzo del baile había querido marcharse. Pero huir como una cobarde con Quinn observándola no era una opción. Con aquellos pensamientos dándole vueltas en la cabeza como una bailarina de salsa, Rachel intentó decidir su siguiente movimiento.

En ese momento, Quinn se había levantado de la silla y se dirigía hacia ellos con la clara intención de tomar la decisión por ella.

Se arriesgó a mirar en su dirección. Dios, estaba todavía más cerca. Lo suficiente para que Rachel pudiera percibir el tic de su mandíbula mientras clavaba la mirada en la mano de Noah, ahora en la parte baja de su espalda, casi sobre las nalgas.

—¿Seguro que no estás liada con Quinn? Parece que ella no lo ve de esa manera. —Noah levantó la cabeza, aunque no movió la mano, y se giró para saludar a su amiga común— Hola, Fabray. ¿Qué te trae por el The Hang Out, vieja amiga?

—Un asunto pendiente con Rachel —Centró en ella esa penetrante mirada color avellana que tanto la desconcertaba— ¿Podemos hablar fuera?

Aunque parecía una petición, su mirada sugería todo lo contrario.
Rachel tragó saliva. Quinn llevaba unos vaqueros ceñidos, unas botas negras, una camiseta beige y una mirada exigente. Parecía una mujer con una misión personal y todo en su actitud lo proclamaba. No saludó a su amigo, ni contestó a su pregunta. Tampoco la había saludado a ella. Nada de buenos modales, iba directa al grano.

¿Le había quedado algo por añadir ayer en la cocina? En pocas palabras, Quinn la había molestado y ella había salido corriendo como alma que lleva el diablo, como ella había afirmado que haría. Pero nada en su expresión hablaba de una disculpa, y Rachel no podía imaginar qué otra cosa podía querer como no fuera humillarla más. «No, gracias».

—Creo que ayer dejaste las cosas bien claras. No tenemos nada más que decirnos.

—Ya lo creo que sí.

—Estoy ocupada bailando. —Sin más, se dio la vuelta hacia el hermano de Noah

Le dirigió al moreno propietario del club una sonrisa y meneó las caderas, muy consciente de la mirada penetrante de Quinn clavaba en su espalda.
En cuanto el hermano menor se volvió hacia ella, la canción finalizó. El disc-jockey anunció que iba hacer un alto para tomarse un respiro.
Quinn la agarró de la muñeca y la giró hacia ella, arqueando una ceja.

—Ahora ya no estás bailando.

«¡Maldita sea!». Rachel puso los brazos en jarras.

—Entonces di lo que sea que tengas que decir.

—Fuera.

El tono autoritario le puso los pelos de punta.

—¿Va a llevarte mucho tiempo?

—No.

—Entonces dilo y vete.

Quinn vaciló.

—No creo que quieras tener público.

O no lo quería tener ella. Por razones que Rachel no podía comprender, Quinn no quería que los hermanos Puckerman, que ahora las miraban fijamente, oyeran lo que estaba a punto de decir. Si iba a salirle con más de lo que le había dicho hacía sólo veinticuatro horas, podía ahorrarse el discurso. Pero quizá no fuera eso. Quinn carecía de maneras sociales. Tener la oportunidad de dejarla actuar y ver cómo se ahorcaba a sí misma la hizo sonreír.

—No me importa. Dispara.

—De acuerdo —se encogió de hombros— Ayer cuando Santana y yo te desnudamos sobre la encimera de la cocina y comenzamos a pasar la lengua por tu cuerpo, tú…

—¡Para! —Ella soltó un grito ahogado, sintiéndose furiosa cuando el rubor le inundó las mejillas.

El hermano del que no podía recordar el nombre, se rió entre dientes junto a su oído.
Quinn sonrió con aire satisfecho. «¡Bastarda!». Había ido a jugar sucio y se había lanzado directa a la yugular. ¿Cómo no la había visto venir?

—¿Está enrollada con Santana y contigo? —le preguntó Noah a Quinn.

—Sí.

—¡Demonios, no! —exclamó ella a la vez.

Eso provocó que el músculo de la mandíbula de Quinn comenzara a palpitar de nuevo.

—Mejor lo discutimos fuera.

¿Es que esa mujer no sabía cuándo abandonar?

—No estoy enrollada ni contigo, ni con tu prima. No pienso acercarme de nuevo a tu cocina, y, te aseguro, que no voy a salir contigo.

—He venido a decirte algo que creo que te gustará oír.

—No estoy interesada en ser otro rollo más para ti, y estoy tan cabreada que me importa un bledo lo que tengas que decirme.

En un segundo, Quinn estuvo a su lado, sin tocarla. Un segundo más y le rodeó la cintura con un brazo, con el otro le agarró el pelo que le caía por la espalda y la puso de puntillas.

—No voy a pedírtelo otra vez. O hablamos fuera o voy a dirigirme a la silla más cercana, a levantarte esa minifalda y a calentarte el trasero mientras toda esta gente nos mira.

Rachel apenas tomó aliento para decir:

—No te atreverás. —Pero sabía que lo haría.

La irritación le envenenó los pensamientos. Quinn era una arrogante hija de perra, pero incluso mientras pensaba eso sintió un cosquilleo en el estómago… No, no podía ser deseo.

—No tienes ningún derecho.

Quinn se encogió de hombros.

—Pero estoy segura de que disfrutaría.

Noah se acercó a ellas.

—Aunque me encantaría ver el espectáculo, no permito peleas ni desnudos en el club. Tendréis que salir fuera.

Rachel se giró hacia ella con la boca abierta. ¿Acaso aquel imbécil estaba dejándola a merced de esa loba hambrienta? ¡Cómo no! Los amigos siempre se apoyaban…

—¿Sabéis qué? Que os den… a todos. Me voy a casa.

Los hermanos Puckerman se rieron. Con la sangre hirviendo de furia, se dirigió a la salida.

«¡Eran unos completos gilipollas!» Pero a pesar de eso, no era tan estúpida como para creer que Quinn dejaría estar las cosas. La seguía; la sintió dos pasos por detrás. Condenada mujer.
Cuando alcanzó la puerta del club, la música comenzó a sonar de nuevo. Rachel se dirigió al gorila más grande de los tres que estaban en la puerta y le brindó una sonrisa.

—¿Podrías acompañarme al coche? Me están siguiendo. —Lanzó una mirada punzante por encima del hombro en dirección a Quinn.

—Venga cariño —le murmuró Quinn suavemente mientras la rodeaba con un brazo— no te enfades.

Antes de que pudiera decirle dónde podía meterse las palabras y decirle al gorila que se librara de aquella acosadora chiflada, Quinn la atrajo hacia sí, bajó la cabeza, y ahogó sus furiosas palabras con un beso arrebatador.
Ella forcejeó, pero sólo un momento, luego dejó de pensar.

Aquella mujer ardiente, persuasiva y adictiva como el pecado, invadió sus sentidos. La doblegó con la boca. Rachel se resistió. O por lo menos lo intentó. A pesar de la furia que la embargaba, Quinn le provocó la familiar aceleración de su pulso, la oleada de deseo, y ahogó sus protestas. Con un roce de sus labios, una lenta caricia de su lengua mientras le deslizaba la palma de su mano por la espalda, la sumergió en el deseo, y no sólo a ella. El deseo de Quinn era tan tangible que Rachel pudo saborearlo con la lengua.

El beso la derritió por la contenida urgencia de su necesidad, suavizada por un enredo de labios, alientos y lenguas, del que nunca hubiera imaginado capaz a Quinn Fabray. Rachel, ingrávida e irreflexiva, se dejó llevar, con el corazón a mil por hora, perdiéndose en la calidez de aquel beso.
Hasta que Quinn le mordisqueó el labio inferior y se lo lamió, para luego volver a posar su boca sobre la de ella una vez más. Sin pensar, Rachel se inclinó hacia ella, buscando más besos, más contacto, más de ella.

Quinn la agarró por los hombros.

—Siento lo que pasó ayer. Ven a casa conmigo, gatita.

—Que disfrutéis de la noche —dijo el gorila con una sonrisa picarona.

Mientras ella intentaba buscar una respuesta, Quinn la tomó de la mano y la condujo afuera, a la húmeda noche de verano.
Un coche entró en el aparcamiento, con los faros iluminando la carretera de tierra, y se dirigió al extremo más alejado. En alguna parte allí cerca, croaba una pareja de ranas. Los grillos cantaban y los mosquitos zumbaban en las farolas que junto con la luna plateada iluminaban la superficie que se extendía ante ellas.

Ahora que la boca persuasiva de Quinn no le nublaba el pensamiento, Rachel cerró los ojos ante su estupidez. Maldita sea, no había tenido intención de responder a Quinn cuando la besó y acarició. Había hecho una buena imitación de una perra en celo.
Bueno, de todas maneras ella había querido irse. Y ya estaba fuera.
Buscó en el bolsillo de la falda la llave del coche.

—Vale, no voy a quedarme con los hermanos Puckerman. Ya te has salido con la tuya. ¿Contenta?

Una sonrisa ladina curvó la boca de Quinn. Antes de que pudiera preguntarse qué estaría tramando, Quinn alargó la mano y le quitó las llaves que desaparecieron en el bolsillo de sus vaqueros. La única manera de recuperarlas era deslizando la mano dentro de los pantalones. «Genial». Considerando la erección que le abultaba la bragueta, no creía que ella se opusiera a que le metiera la mano en el bolsillo… o en cualquier otra parte por allí abajo.

—No, todavía no —le dijo, palmeando las llaves a través del vaquero— No irás a ningún lado hasta que terminemos de hablar.

Rachel soltó un suspiro de frustración.

—Mira, arrogante hija de…

—Espera. Antes de que inicies una retahíla de insultos, he venido a ofrecerte mi ayuda. Si todavía la quieres.

Rachel se interrumpió. ¿Estaba oyendo lo que ella creía que estaba oyendo?

—¿Has venido a decirme que me enseñarás lo que quiero saber sobre sexo? ¿Santana y tú?

Quinn hizo una pausa, no parecía demasiado contenta.

—Sí.

Alivio e irritación lucharon por dominar su reacción. Al final, ganó el alivio, ya que no iba a conseguir a Brody sin instrucción. Y tras haber visto a los hermanos Puckermand que, a pesar de lo dispuestos que habían parecido, no eran lo que ella buscaba.
Pero no iba a permitir que Quinn lo supiera.

—Quizá sea demasiado tarde.

—No parecías cómoda con Noah y Jake.

—¿Y a quién le importa? A mí no desde que intentaste ahuyentarme ayer.

Quinn se rió entre dientes.

—¿Y tengo que creérmelo?

—Tendrías que ser imbécil para no hacerlo. Y jamás me lo pareciste cuando trabajabas para mi padre.

—No.

Rachel soltó un bufido.

—Jamás habrías pensado en mí en un contexto sexual si no hubiera llamado a tu puerta.

Ella dejó de reírse.

—Si piensas eso es que eres una ingenua.

¿Estaba tomándole el pelo? Rachel frunció el ceño. La gran agente de las fuerzas especiales no podía haber pensado sexualmente en ella antes de encontrarla con Santana en la cocina.

—Oh, vamos —se mofó Rachel— Hasta ayer ni siquiera habrías imaginado hacer nada conmigo. ¿Cuántos años tenía yo? ¿Dieciocho? ¿Diecinueve?

—Diecisiete —Quinn torció la boca en una sombría sonrisa— Diecisiete y medio. Y todo lo que me pasaba por la cabeza en ese momento era ilegal, Rachel. Mis pensamientos no han cambiado. Pero ahora no iré a la cárcel si los hago realidad.

Quinn parecía hablar en serio mientras la taladraba con esos penetrantes ojos dorados.

—Durante ese tiempo deseabas…

—¿Follarte? Oh sí, eso y cualquier otra cosa que me hubieras dejado hacer. Te deseaba. Punto.

Rachel tomó aliento, estupefacta. «Oh, Dios mío»…
Clavó una larga mirada en la patente erección que parecía a punto de reventar la cremallera.

—¿Y todavía me deseas?

—¿Acaso no te lo acabo de decir?

Ella se humedeció el labio inferior. Cuando la ardiente mirada de Quinn se clavó en ese gesto, a Rachel se le tensó el vientre y se le contrajeron los pezones. En su mente apareció una imagen: Quinn recostada sobre ella, penetrándola con dura insistencia. Rachel se había corrido la noche anterior con sus propios dedos con esa misma imagen mental. Sintió que se le calentaban las mejillas. No tenía sentido, se excitaba con una mujer que no sería más que una mentora para ella. Quizá fuera debido a una locura temporal, al estrés tras un frenético curso escolar o a una persistente curiosidad juvenil. Ya se le pasaría.
Pero, de repente, algunas cosas tuvieron sentido.

—Entonces era por eso por lo que apenas me hablabas cuando trabajabas con mi padre.

—Sí.

—Y la razón de que hayas cambiado de idea sobre mi… favor.

—En parte. Santana también tuvo algo que ver. Casi me arranca la piel a tiras con su lengua viperina.

—¿No quería que me hablaras de esa manera?

Quinn asintió con la cabeza.

—Porque te desea tanto como yo.

—Y tú intentaste ahuyentarme porque piensas que no estoy en mis cabales.

Quinn asintió con la cabeza.

—Aún lo pienso. Pero Santana me recordó que ya eres adulta.

—Llevo algún tiempo pensando en ello. He tomado una decisión. Ya no estoy en el instituto. No soy menor de edad, y no soy idiota.

—No creo que entiendas en realidad en qué te estás metiendo, pero es tu vida.

Rachel se mordisqueó el labio inferior, sospechando que ella tenía razón. Comprendía —de una manera abstracta— qué significaba participar en un ménage á trois. Esa misma mañana había leído un libro erótico y se había sentido excitada por la historia de una mujer amada por dos hombres totalmente dedicados a darle placer. ¿Qué mujer con sangre en las venas no se hubiera excitado?
Pero, a pesar de que Quinn había dicho que no había sentimientos implicados en un ménage, Rachel no la creía. Aunque no tenía sentido, ella ya se sentía atraída por Quinn. Probablemente porque siempre había sentido curiosidad por ella.

Tiempo atrás, Quinn la había repelido tanto como la había atraído. Pero quien de verdad le atraía ahora era Brody. Lo había echado de menos tras una larga ausencia de casi cuatro años. Aunque Quinn y Brody obviamente no se parecían, lo más probable era que estuviera utilizando a Quinn como sustituta de manera inconsciente. Eso, y que Quinn había hecho más por ella sexualmente en quince minutos que Brody en todos esos años. Rachel suspiró.

—No creo que Brody Weston sea el hombre adecuado para ti.

Era normal que Quinn pensara eso. Para Doña Práctica, allí presente, ella era una groupie persiguiendo a una estrella, una quinceañera que fantaseaba tontamente con el «vivieron felices y comieron perdices». A Quinn le resultaba difícil comprender su relación con Brody, que se había desarrollado y evolucionado en los últimos años mediante e-mails y llamadas telefónicas.
Rachel se encogió de hombros, intentando no parecer molesta.

—Tienes derecho a pensar lo que quieras. Pero como bien has dicho, es mi vida.

—Así es, y si quieres aprender todo lo que hay que saber sobre ser compartida por dos personas, este es el trato —continuó ella— Entiendo que no esperabas encontrar a dos mujeres intersexuales deseosas de follarte cuando llamaste a mi puerta, pero te puedo asegurar que lo haremos mejor que cualquier otro hombre. Por eso, regresarás a casa conmigo. Te quedarás con nosotras dos semanas. Y te enseñaremos todo lo que necesites saber.

Se sintió aliviada. Había ganado. Aunque estaba tentada de decirle que no a Quinn, el orgullo no resolvería su problema con Brody. Éste había insistido en que ella no podía ser lo que él necesitaba, que era demasiado inocente para su estilo de vida. Iba a demostrarle que estaba equivocado aprendiendo todo lo necesario. Era la única manera de tener un futuro con el hombre que adoraba.
A pesar de la manera abominable en que Quinn había actuado el día anterior, Rachel sabía que era una mujer de palabra. Le enseñaría todo lo necesario.
Aun así, tenía que hacerle algunas preguntas más.

—¿Viviré con vosotras dos semanas?

Quinn asintió con la cabeza.

—Una de las cosas más difíciles de llevar a cabo en un ménage es satisfacer a dos hombres excitados. El sexo con dos hombres a la vez no es fácil. Algunos hombres también tienen exigencias individuales que querrán que tú satisfagas. A algunos les va el sexo matutino. Otros preferirán la medianoche o cualquier otra hora del día. Tendrás que aprender a tratar con distintos gustos. Creo que Santana y yo podremos ayudar bastante en ese aspecto.

Su explicación tenía sentido. Dos personas darían, definitivamente, más trabajo que una. La única complicación que veía era mantener relaciones sexuales varias veces al día cuando nunca las había tenido, pero así era como vivía Brody.

—Déjame adivinar, Santana es el "hombre de medianoche". Y tu momento favorito para tener sexo es por la mañana.

Quinn negó con la cabeza.

—A San le gusta más hacerlo por la mañana. A mí me vale cada vez que Santana esté de humor si tú estás dispuesta. No te tomaré a solas. Nunca.

Igual que antes, Quinn hablaba completamente en serio. No haría el amor con ella si Santana no participaba. ¿Por qué razón?
Su cara no decía nada; su expresión estaba demasiado vacía, casi dolorosamente en blanco.
¿Estaba ocultando algo? Tratándose de Quinn, ¿quién podía saberlo?

—Así que si digo que sí, ¿tú querrás…?

La lujuria centelleó en sus ojos color avellana.

—Si Santana está dispuesta y tú también, allí estaré.

La insinuación en sus palabras creó una cálida corriente que se extendió deliciosamente por el cuerpo de Rachel hasta que se asentó dolorosa y peligrosamente entre sus piernas.

—¿Así que no soy sólo otro rollo más?

Ella hizo una mueca.

—No.

—Mmm, está bien… Acabo de terminar el curso de enfermería, así que estoy libre. Tengo que estudiar para los exámenes, pero eso puedo hacerlo en cualquier parte. Tendré que ir a buscar algunas cosas y dejar una nota a mi padre de que voy a visitar a una amiga. De todas maneras, ahora está de viaje. Podría regresar mañana y…

—Un momento. Hay una regla.

¿Una regla? ¿Había reglas en los ménages?

—¿Cuál?

—No lo hago con vírgenes, así que no te follaré de manera convencional.

Rachel se puso tensa. No le gustaba ese lenguaje cortante, pero estaba acostumbrada. Lo que más le molestaba era su tono, como si ser virgen la convirtiera en una forma de vida inferior.

—Creo que eso ya lo hemos aclarado. Te he dicho que quiero reservar mi virginidad para Brody. Así que eso no será un problema.

—Quiero que recuerdes eso cuando las cosas se pongan calientes. —Le sujetó la cara entre las manos y la acercó más a su cuerpo. El intenso resplandor de sus ojos le dijo a Rachel lo mucho que deseaba besarla— Y se calentarán, Rachel.

Un escalofrío ardiente la atravesó.

—Ni lo olvidaré, ni cambiaré de opinión.

—No cederé cuando me implores.

Rachel se soltó de su agarre.

—¿Cuando te implore?

«Oh, Dios, alguien tiene mucha fe en sus proezas».

La sombría sonrisa de Quinn la puso de los nervios.

—Es uno de los placeres de ser compartida por dos personas. Podemos conseguir que supliques por algo. Pero como ya hemos acordado aquí y ahora que no será sexo convencional, no habrá ningún riesgo.

Entonces, ¿qué tipo de sexo sería? ¿Oral? ¿Anal? Tampoco tenía experiencia en esas facetas. En dos semanas, se habría convertido en toda una experta en ambos casos. Ese pensamiento la hizo tomar aliento al sentir un peligroso arrebato de deseo.

—¿Riesgo de qué? ¿De embarazo?

Quinn apretó los labios.

—De eso y de enrollarnos. Que seas virgen es una responsabilidad. Una persona no debería follar a una virgen a no ser que tenga intención de reclamarla y conservarla para sí. Y yo no estoy dispuesta a reclamar a ninguna mujer… en ese sentido.

Asombrosa. Anticuada y liberal a la vez.

—De alguna manera, no puedo decir que me sorprenda —comentó Rachel, notando el sarcasmo en su voz.

Quinn sólo se cruzó de brazos y la miró fijamente, con una expresión insondable y la mandíbula tensa, un lenguaje corporal inequívoco. Sus labios apretados en una línea sombría y esos ojos verdosos con tonos miel parecían inexpresivos y despreocupados… a primera vista.

Rachel la miró de nuevo.

Desolada. Eso es lo que parecía. Lo que denotaba la rigidez de su postura combinada con algún tipo de anhelo que ella percibía mientras la miraba.
Quinn parpadeó, cambiando el peso de pierna, y retrocedió un paso. Fuera lo que fuese lo que Rachel había visto en sus ojos, había desaparecido.

Rachel frunció el ceño.

Señor, debía de estar loca. No era posible haber visto eso en su mirada. Quinn era la última persona a quien atribuir una emoción humana. Pero aquella mirada… lo más probable era que hubiera confundido su desolación con la molestia de tener que esperar al día siguiente para aliviar su excitación de cualquier manera que no fuera sexo convencional.


"Mi filosofía es: si no puedes divertirte, no hay sentido en hacerlo" - R.I.P Paul Walker