Hoy pude hacer esto más rápido, aquí tienen otro capítulo. Gracias a los comentarios ya les respondí por PM. Los que dejan mensajes Guest gracias también de veras quisiera responderles proe ste medio, pero es que si lo hago es porque no quiero arruinar las cosas para los que lean en un futuro esta historia. Besos, nos vemos en los comentarios.
Disclaimer: Nada me pertenece. No lo hago con fines de lucro. Es una adaptación. Personajes: J. K. Rowling. Historia: P. Jordan.
Capítulo 4
—Y encima está ese dichoso virus andando por ahí.
Hermione tenía un molesto dolor de cabeza, y le costaba concentrarse en lo que le estaba diciendo Hannah.
—Según parece es bastante fastidioso —siguió hablando su vecina—. Desde que me lo contaron, estoy planteándome si no llevar a Frank al parvulario unos días.
Hermione sintió una punzada de envidia. Su amiga podía permitirse ese lujo, pero ella, aunque quisiera, no podía dejar de llevar a Albus al parvulario, porque tenía que ir a trabajar para poder mantenerlos a los dos, y no podía ocuparse de él.
Cuando Hannah se hubo marchado, Hermione miró algo preocupada a su pequeño. Aunque había estado jugando tan contento con su amiguito Frank, le parecía verlo un poco apagado.
— ¿Te ha vuelto a molestar la barriguita, cariño? —le preguntó.
Albus, en lugar de responder, le hizo a su vez otra pregunta, que la dejó de piedra:
— ¿Va a venir Harry otra vez a casa?
A Hermione se le había hecho un nudo en la garganta, y sintió un intenso dolor en el alma. Aquella tarde, en los brazos de Harry, no le había quedado lugar a dudas de que seguía enamorada de él pero él en cambio ya no sentía nada por ella. De hecho, hacía ya cinco años que había dejado de amarla, y dudaba que pudiese resucitar un sentimiento que llevaba tanto tiempo muerto.
—No. Albus, no va a volver —le dijo en un tono quedo, sintiendo una punzada en el pecho al ver la desilusión escrita en su rostro.
—Pero yo quiero que vuelva —insistió él.
Hermione le acarició el cabello, sintiéndose fatal ante la mirada acusadora de su hijo, y de pronto, para horror suyo, le hizo la pregunta que más había temido desde su nacimiento:
— ¿Por qué yo no tengo un papá, como Frank?
La angustia y la desesperación se apoderaron de ella. ¿Cómo podía decirle que sí lo tenía, pero que su padre no quería saber nada de él? Era demasiado pequeño para entender la verdad, pero no quería mentirle.
—No todas las mamás y los papás viven juntos, como la mamá y el papá de Frank —le explicó suavemente, observando su pequeño rostro mientras el chiquillo digería sus palabras.
—Entonces, ¿dónde vive mi papá?
El dolor de cabeza de Hermione se estaba intensificando por momentos, y el saber que un día Albus no se con formaría con esas medias verdades le pesaba en el corazón como si alguien hubiera colocado encima un enorme yunque.
—Vaya, fíjate qué tarde se ha hecho —le dijo señalando el reloj—. Ya es hora de irse a la cama. ¿Qué cuento quieres que te lea esta noche?
Por un instante, creyó que iba a protestar por que intentara cambiar de tema, y que iba a repetir la pregunta, pero para alivio suyo no lo hizo.
—El del patito feo.
Harry miraba sin ver la panorámica desde los ventanales del lujoso ático que había alquilado. Esa noche había salido a la terraza con la intención de tomar el aire y admirar la panorámica de la ciudad, pero, en vez de eso, una y otra vez empezaba a pensar en Hermione sin poder evitarlo.
Durante aquellos cinco años, en las pocas ocasiones en que se había permitido pensar en Hermione, siempre se la había imaginado feliz, viviendo en una casita de ensueño en el campo, con un marido complaciente y un montón de críos. Quizá por eso le hubiese chocado tanto ver su realidad. Cierto que había cumplido su sueño de ser madre, pero, ¿dónde estaba el hombre que debería estar ayudándola a criar a su hijo, cuidando de ella, mimándola?
Harry no había olvidado cómo había sido su vida antes de hacerse rico, y sabía muy bien lo difícil que debía de estar siendo para Hermione sacar adelante a su pequeño con el modesto sueldo que ganaba.
¿Por qué diablos no le habría exigido al menos a aquel bastardo que los había abandonado que le pasase una pensión? Enfadado, se pasó una mano por el cabello. Cuando se conocieron, él era un muchacho sin educación ni modales, resentido con la sociedad, y Hermione no sólo le había dado su amor, le había dado muchísimo más. Lo había ayudado, lo había apoyado, y había sido en buena parte gracias a la fe que había de mostrado tener en él por lo que se había convertido en el hombre de éxito que era. Si tan sólo supiera cómo pagarle esa deuda que tenía con ella...
Se apartó de la ventana, e inspiró profundamente, preguntándose si Hermione habría amado al padre de su hijo. De pronto tuvo una idea. Se quedó mirando las llaves del coche que descansaban sobre la mesita junto al sofá. No tardaría ni media hora en llegar al pueblecito donde vivía.
Sí, eso era lo que iba a hacer; insistiría hasta que le dijese el nombre del padre de Albus, y buscaría a ese canalla para ponerlo al corriente de sus obligaciones para con su hijo y la madre de su hijo y asegurarse de que cumpliera con ellas.
Albus estaba ya en la cama, durmiendo, y el dolor de cabeza de Hermione finalmente había remitido, así que aprovechó para ponerse a planchar en la cocina. Le gustaba hacer todas las tareas posibles cuando Albus ya estaba acostado, porque así tenía tiempo libre el fin de semana para poder estar con él.
De pronto oyó el ruido de un coche deteniéndose frente a la casa, y al asomarse a la ventana se le tensó todo el cuerpo al ver que se trataba de Harry. Desenchufó la plancha y fue corriendo a la entrada para evitar que llamase al timbre. No quería que despertase a Albus.
¿Para qué diablos habría ido allí?, se preguntó irritada, ¿para decirle que después de todo había cambia do de opinión y no quería que siguiese trabajando en la empresa? Extrañamente, aunque aquella posibilidad debería haberla alegrado, tan sólo la puso aún más tensa. Resultaba irónico que al poco de haber presentado su renuncia por voluntad propia le estuviese entrando miedo de que la despidiera.
— ¿Qué has venido a hacer aquí? —Le espetó cuando le hubo abierto la puerta y lo hubo dejado pasar al pequeño vestíbulo — ¿Qué es lo que quieres ahora?
—Quiero que me digas quién es el padre de Albus.
El corazón le dio un vuelco a Hermione, y tuvo que agarrarse al mueblecito que había junto al perchero, porque de pronto le temblaban las piernas. Sólo había una manera de contestarle, y era decirle la verdad. Antes de que la abandonase el valor y cambiase de opinión, inspiró profundamente y le respondió quedamente:
—Eres tú, Harry.
Un tenso silencio siguió a sus palabras. Harry se había puesto lívido, pero, de pronto, como si una ola de ira se estuviera alzando en su interior, enrojeció gradualmente hasta que su rostro adquirió un tono casi purpúreo.
—No —masculló.
En el silencio que reinaba en la casa, aquella negación rebotó en las paredes como una bala que finalmente fue a hundirse en el pecho de Hermione, matando sus esperanzas.
— ¡No!—volvió a repetir Harry, casi escupiendo la palabra y sacudiendo la cabeza—. ¡No!, me estás mintiendo. Sé que te hice daño cuando puse fin a nuestro matrimonio, y comprendo que te refugiaras en los brazos de otro hombre, pero de ninguna manera voy a aceptar una mentira como ésa.
¿Otro hombre? Hermione sintió el amargor de su propia ira mientras escuchaba a Harry rechazar a su hijo. Sin embargo, bajo esa furia fluía un sentimiento de desolación al ver cómo sus vanas esperanzas se hacían añicos. ¿De verdad había creído que Harry iba a reaccionar de otro modo?
—Sí, me hiciste daño, Harry —asintió, intentando mantener la calma—, pero, créeme, esa crueldad que mostraste hacia mí no es nada en comparación con lo que acabas de hacer. A mí puedes herirme todo lo que quieras, me da igual, pero no permitiré jamás que le hagas daño a Albus.
Se obligó a mirarlo a la cara, empujando a un lado su dolor con la fuerza del instinto maternal de proteger a su hijo.
—Puedes darle la espalda a Albus, igual que me la diste a mí —le dijo, sus ojos relampagueando de desprecio—, pero eso no cambiará el hecho de que es tu hijo.
El rostro de Harry había vuelto a perder el color.
—No puede ser mío —insistió ásperamente.
— ¿Ah, no? ¿Y por qué?, ¿porque estabas acostándote con la mujer por la que me dejaste cuando fue concebido? —le espetó ella—. ¿Qué fue de ella, Harry? ¿Acabaste cansándote de ella igual que te cansaste de mí? —demasiado exaltada como para esperar a su respuesta, le repitió furiosa— Puedes negarlo cuanto quieras, pero no conseguirás alterar la verdad; Albus es hijo tuyo —sacudió la cabeza—. ¿Acaso crees que no he deseado mil veces que no lo fuera? —Le espetó al ver que no decía nada—. ¿No crees que me hubiera gustado que su padre hubiese sido un hombre que lo quisiera, y que me quisiera a mí, un hombre dispuesto a compartir su vida con nosotros, a estar a nuestro lado? No te haces una idea de cuánto quería esas cosas, Harry, para Albus y para mí, pero, al contrario que tú, yo he afrontado la realidad.
Estaba temblando de los pies a la cabeza, y al borde de las lágrimas. Le resultaba humillante que la viese tan vulnerable, pero no podía evitarlo.
Harry se había quedado demasiado aturdido por el estallido de Hermione como para responder, pero en medio de ese aturdimiento se dio cuenta de hasta qué punto quería creerlo que le estaba diciendo. Desde luego era una buena actriz, se dijo con cinismo.
—Estás malgastando tu aliento y tu saliva —le dijo sin el menor miramiento—. Albus no es mi hijo, y nada de lo que digas va a convencerme de lo contrario.
Hermione se quedó mirándolo, con las mejillas encendidas de ira y los labios apretados, pero antes de que pudiera decir nada Harry le espetó con crudeza:
—Por amor de Dios, Hermione, no empeores las cosas más. Entendería que te hubieras lanzado a los brazos de otro cuando terminó nuestro matrimonio para vengarte de mí, y no voy a negar que me lo tendría merecido si lo hubieras hecho por eso, pero lo que no puedo aceptar es que te acostaras con otro cuando aún estábamos casados.
— ¿Quieres decir como hiciste tú? —lo acusó Hermione agriamente—. ¿Qué fue de ella, Harry? Todavía no me has contestado.
—Ya no forma parte de mi vida. No fue más que una aventura pasajera.
Parecía más irritado que avergonzado de su comportamiento, y aquello enfureció aún más a Hermione.
—Al menos ella fue lista —masculló—. Debió darse cuenta de que acabarías traicionándola, como me traicionaste a mí.
—No eres quien para acusarme, Hermione. Tú eres mucho peor que yo por estar intentando hacerme creer que el hijo de otro hombre es mío.
— ¿Cómo te atreves? Yo jamás caería tan bajo como para hacer algo así —le espetó ella apretando los puños—. Y tú... eres tú quien no puedes hablar. No después de lo que me hiciste, de lo que le estás haciendo a Albus. ¡Negarle el derecho a conocer a su padre y...!
— ¡Albus no es mi hijo! —rugió Harry fuera de sí, adelantándose y agarrándola por la muñeca.
Sus duras palabras resonaron en el pequeño vestíbulo, y Hermione intentó soltarse, pero no pudo.
—Te odio —le dijo temblando de ira y de dolor—. No sabes cuántas veces he deseado que jamás nos hubiéramos conocido, y cómo me he despreciado a mí misma por haberte permitido...
— ¿Por haberme permitido qué? —La interrumpió Harry, clavándole los dedos en los brazos y atrayéndola bruscamente hacia sí—. ¿Permitirme que te hiciera sentirte así?
Sus labios tomaron los de ella con tal violencia, que la presión hizo que Hermione echara la cabeza hacia atrás y que se le arquease la espalda. La ira y el deseo se entremezclaron dentro de ella.
Un leve gemido escapó de la garganta de Hermione, y las manos de Harry liberaron sus brazos para rodearle la espalda, no ya reteniéndola contra él, sino acariciándola, como si hubiera interpretado aquel sonido como un ruego y no como una protesta.
Hermione se estremeció cuando esas mismas manos le ciñeron la cintura y los pulgares trazaron círculos sobre la suave concavidad para descender luego hacia la redondez de sus nalgas y atraerla más hacia él. Hermione notó su excitación, y de un modo automático arqueó sus caderas hacia las de él jadeando su nombre.
Una de las manos de Harry subió hasta un seno, y Hermione se estremeció cuando empezó a masajearlo, haciendo que una sensación de calor se extendiera por todo su cuerpo.
Incapaz de contenerse, arqueó todo su cuerpo hacia él, gimiendo contra sus labios cuando la mano de Harry empezó a tirar suavemente del endurecido pezón con el pulgar y el índice.
Ese nuevo gemido pareció acrecentar la excitación de Harry, que, impaciente, empezó a subirle la camiseta de tirantes. Hermione lo vio estremecerse cuando quedaron al descubierto los pálidos senos, y ella se estremeció también cuando su mano se extendió hacia uno de ellos.
—Oh, Mione...
El oír aquel nombre la hizo tensarse. Ella ya no era Mione, era Hermione. Mione había sido una chica joven ingenua, una tonta ilusa, y Harry, el Harry que la estaba besando y acariciando, era el mismo que la había traicionado, el hombre que repetidamente se había negado a reconocer a su propio hijo, hacía tan sólo unos momentos. Sintió náuseas únicamente de pensarlo. ¿Cómo podía haberse dejado llevar de aquel modo?
Y entonces, de pronto, la puerta del salón, que comunicaba con el vestíbulo, se abrió, y por encima del hombro de Harry, Hermione vio a su hijo, mirándolos con ojos soñolientos.
