Para romper una maldición
Sumario: Harry y Draco se dedican a resolver asuntos mágicos y a las Artes Oscuras, en general, y a veces pasan por situaciones extrañas en su día a día. Llevan una vida medianamente tranquila, a pesar de lidiar con experimentos, maldiciones y criaturas mágicas de alto riesgo, pero por mucho que lo nieguen, hay eventos y personas que van a perseguirlos por el resto de sus vidas.
Género: Romance/aventura, básicamente.
Claves: Drarry soft, algunas microtramas. Este es una especie de AU que sigue el canon casi hasta el final, y se basa en la historia Tesoro, disponible en mi perfil.
Extensión: 20 partes + 7 miniextras.
Disclaimer: Todo lo que reconozcan, no me pertenece. Este es un escrito sin fines de lucro.
3
Harry quería matar a alguien. No era una emoción que le gustase experimentar, porque lo atribuía sólo a un motivo.
Draco.
Le gritó a Rolf que se mantuviese alejado, chocó los talones de los zapatos y se impulsó hacia adelante, de regreso a la cueva. Lo perdió de vista de inmediato, sería asunto suyo si se le ocurría seguirlo, en lugar de aprovechar que el Picoazul estaba ocupado, para huir. Y si debía ser sincero, en ese preciso momento, no podía haber estado más lejos de pensar en lo que el científico hiciese o dejase de hacer. Apenas hilaba un pensamiento coherente, se arremolinaba con el resto y se combinaba a otras ideas, y se sentía perdido, porque odiaba la sensación de comenzar a asfixiarse, de que la cueva se empequeñecía a su alrededor, el pecho que se le apretaba.
Los símbolos azules del caparazón de la criatura aún brillaban, irradiaban ese resplandor sobre las rocas de la cueva y las piedras para contener magia oscura, que él había dispersado en torno al lugar. Los tentáculos que sostenían a los humanos desaparecidos se replegaban contra el cuerpo del Picoazul, cuya característica que le daba nombre, estaba escondida en ese instante. El que sujetaba a Draco estaba alzado por encima de él, casi contra el techo de la cueva; la pequeña figura que sostenía era apenas distinguible y no dejaba de retorcerse, arrojando hechizos que rebotaban en el tentáculo, sin producir el menor efecto.
Harry lanzó un reducto directo a la criatura. No estaba para consideraciones de ningún tipo. La ola de magia, distorsionada por el agua, empujó el líquido con fuerza contra esta, que se sacudió y se giró en su dirección.
Draco intentó, en vano, arrojar otro hechizo, uno para cortar el tentáculo, pero la extremidad no cedió. El agarre debió hacerse más fuerte, porque soltó un grito atronador y se agitó con mayor insistencia.
Sin otra idea, lanzó una sarta de hechizos en diferentes direcciones, apenas deteniéndose a pensar en cuál, sólo con la intención de distraerlo y tenerlo en múltiples tareas, para utilizar el motor y nadar hacia el tentáculo en que sostenía a Draco, tan rápido como le era posible. No se preguntó si lo percibiría o no, sólo se estiró y se aferró a este en cuanto lo alcanzó, e intentó, sin éxito, jalarlo para que lo dejase libre. Las manos se le resbalaban en la superficie lisa de la parte exterior, sin dar señal alguna de que fuese a mejorar si insistía. Sentía que la desesperación lo consumía, apenas respiraba, aunque estaba seguro de que el efecto de la pastilla todavía le daba bastante tiempo por delante de vida acuática.
—Draco, Draco, ¿estás- éstas bien? Draco, ¿estás bien? —No paraba de balbucear, ganándose poco más que unos quejidos de su parte.
—Úsala…úsala…
Debido a que no dejaba de retorcerse, le llevó un momento detallar su rostro y comprender. El glamour estaba fallando. Peor aún, sombras de negro se le dibujaban en los ojos, sobre el iris gris, hasta casi cubrirlo, y el agua que se extendía a su alrededor se transformó en una línea negra que lo rodeaba.
Harry se hizo hacia atrás por reflejo. No quería hacerle daño. Si el Picoazul podía usar magia oscura, y estaba sacando la de Draco-
Oh, mierda.
—¡Úsala! —Rugió Draco, apretando los párpados cuando el aura de oscuridad se expandió y comenzaba a tomar una consistencia extraña y densa en el líquido que lo rodeaba.
No le gustaba hacerlo.
Él sabía que no le gustaba hacerlo. Y ambos eran conscientes de que el otro lo sabía.
Y lo iba a hacer. Sacudió la cabeza y rebuscó en el cinturón que llevaba, hasta dar con la vaina pequeña y con un cuchillo, que sacó de un tirón.
Perdón, perdón, perdón, perdón. Era una retahíla formulada dentro de su cabeza, porque no sería bien recibida una vez que la pronunciase.
Presionó el cuchillo contra su antebrazo, allí donde la camiseta no cubría, trazó un rápido corte horizontal, y dejó a la sangre inundar el agua en un hilo delgado que luego se dispersó, mientras se apartaba, para no quedar junto a la explosión que iba a alcanzarlos.
Y así lo hizo.
Draco gritó cuando el aura negra creció, de repente, convertida en una figura descomunal, una silueta humana de dimensión imposible y con la cabeza pegada a los hombros, que se zafó del tentáculo con un ruido extraño, similar a un chisporroteo, e hizo al Picoazul echarse hacia atrás y replegar la extremidad contra el resto del cuerpo. Harry no opuso resistencia cuando el cuchillo le fue arrancado de las manos por esa cosa de rara consistencia. La figura humanoide se agitó, el Picoazul continuaba alejado, quizás sorprendido por el repentino despliegue, tan fuerte que las piedras de contención empezaban a quemarse y agrietarse, hasta que se rompían a la mitad, y él no sentía ganas de dejar que llegase a tal punto.
Nadó rápido hacia Draco, utilizando otro expulso para tomar mayor velocidad y alcanzarlo. Prácticamente se abalanzó contra él, atravesando la barrera de oscuridad densa y gelatinosa, y rodeándolo con los brazos para llevarlo consigo al salir del otro lado. Tuvo que sostenerlo contra su pecho para que no se golpease al impactar contra la pared de la cueva. Por detrás de ambos, la figura negra perdía definición y se disolvía en el agua.
No tuvo tiempo de preguntarle si estaba bien. Utilizó una sarta de expulsos para sacarlos de ahí, de forma torpe y sin ver bien por dónde iban, y en algún punto, notó que otra varita lo ayudaba y Draco sólo lo sostenía con un brazo, así que supuso que no podía estar tan mal.
Alcanzaron la salida a trompicones, ni hablar de la superficie del río y la orilla. Rolf ya estaba ahí cuando llegaron, y se agachó junto a ellos, comenzando un conjunto de preguntas, que se vio interrumpido de inmediato, cuando observó a Draco, tendido junto a él.
Harry sólo se sorprendió de que no gritase.
Le costaba concentrarse en las fichas, incluso más de lo usual. Por algo era su novio quien solía rellenarlas; a él se le daban bien esas cosas de organización y métodos, lo disfrutaba, lo hacía con parsimonia, como si tuviese toda la eternidad para trazar cada una de sus pomposas y estilizadas letras de caligrafía del siglo XIX. A Harry, en cambio, siempre lo desesperaban. Cuando tenía su mente dividida entre la habitación de arriba del Inferno y percibir las suaves oleadas de magia de las barreras protectores del edificio, aún más.
Golpeó la pluma contra un lado del mostrador, junto a lo que se suponía que debía rellenar y todavía continuaba en blanco, y luego, sin darse cuenta, mordisqueó uno de sus lados. Aún continuaba presto a esa tarea cuando una mano delicada se posó en su muñeca y le apartó el artículo de los dientes, bajándole el brazo con cuidado.
Ze le dirigió una mirada de disculpa, bordeó el mostrador, y ocupó una de las sillas altas al otro lado, acomodándose los pliegues de las múltiples capas de la falda con un movimiento practicado.
—Si lo muerdes demasiado, la tinta se te va a resbalar por la boca —Emitió un sonido de disgusto, al sacudir la cabeza—; estoy segura de que no quieres sentir su sabor, es asquerosa.
Harry intentó contestarle, en serio lo hizo, pero todavía tenía un vertedero de pensamientos en la cabeza, e incluso con ella al frente, luciendo esa expresión que le decía con absoluta claridad que sabía que no estaba ahí por un sentido del deber, no encontró su voz para responder. Ze le arrebató la pluma y la dejó a un lado, y mientras la observaba, le sujetó una mano por el dorso, con la palma hacia arriba, y se puso a trazar una de las líneas; no sabía cuál, nunca se interesó en aprender la lectura de manos. Jamás le había preguntado lo que veía en él, tampoco.
—…deberías subir —Opinó, en ese tono suave con que les hablaba sólo cuando pensaba que algo andaba muy mal, así que Harry supuso que no tendría la mejor cara, para hacerla actuar así—. Estará bien, no te creas que no puedo con el Inferno sola un rato, cariño. Rellenaré eso por ti, las partes que me sepa al menos, atiendo los clientes de consultas y termino los pedidos para la próxima semana; no sería la primera vez que lo hago.
Harry carraspeó, antes de siquiera animarse a abrir la boca.
—Se supone que yo también debería ayudar, soy uno de los dueños, ¿sabes? Y- y tú siempre estás aquí, con nosotros.
—¿Me has oído quejarme? —Elevó la mirada hacia él, aunque su índice no dejaba de repasarle cada trazo de la palma; no tenía dudas de que pudiese obtener la lectura sin ver demasiado la mano. Él negó—. Entonces no entiendo el punto, amor. Si un día, no estoy de acuerdo con esto, claramente te lo voy a decir, ya vas a ver que te enteras de cuando las cosas no me gustan.
—Pero…
Ella lo silenció al menear la cabeza.
—No estás haciendo gran cosa por el negocio con esa cara de tragedia, Harry, que esto no es una funeraria —Esbozó una sonrisa, pese a sus palabras, y se bajó de la butaca de un salto, halándolo de la mano para que rodease el mostrador y saliese al pasillo alargado, que iba de un extremo a otro de la tienda—. Anda, anda, vete con él, o iré yo.
No pudo ni protestar. En un parpadeo, Ze estaba detrás de él y le daba empujones sin fuerza en la espalda, que lo apremiaban a caminar hacia el fondo de la tienda. Lo dejó moverse solo más allá del umbral que daba hacia las escaleras, pero siguiéndolo con la mirada, para estar segura de que sí subía, y despidiéndolo con un gesto cómico y un beso al aire, que le hicieron sonreír, pese a su estado de ánimo.
—Avísame si necesitan que les ordene algo para comer —La escuchó decir, mientras subía los escalones con pies de plomo. No pudo evitar pensar que se parecían en intentar arreglar los asuntos con comida.
Cerró la puerta del apartamento detrás de él en cuanto cruzó; estaba vacío, a simple vista, y silencioso. Una consecuencia de tener a Dobby rondando por ahí, era que siempre limpiaba los desastres que ellos olvidaban. Uno pensaría que se trataba de una ventaja, y muchas veces así lo sentía, pero cuando entraba solo y se tomaba un momento para fijarse en el corredor, las mesas, la cocina, pensaba que era imposible que un lugar donde vivían dos personas, o una incluso, fuese tan impecable. Y se sentía un poco más frío.
Se asomó por los espacios más allá del recibidor, aunque sabía que no lo encontraría por ahí. El laboratorio estaba cerrado, al igual que la puerta del cuarto, pero fue a esta a la que se dirigió. La abrió y se quedó un momento bajo el marco, concentrándose en respirar profundo y tranquilizarse, de ese susto permanente que le quedó desde que lo vio ser arrastrado de vuelta a la cueva por el Picoazul. Todavía sentía la adrenalina y los resquicios de temor, como si no lo hubiese sacado hace horas.
Draco estaba acostado boca arriba, con un brazo flexionado junto a la cabeza, como si lo hubiese utilizado de almohada hacia rato y luego cambiado de opinión. Llevaba ropa limpia y seca ahora, igual que él, y lo más probable es que no se hubiese dado cuenta de que el glamour se desvaneció antes de salir del río, o ya lo habría restituido, aunque estuviese agotado.
Tenía un aura oscura, de consistencia casi gaseosa y densa, pero delgada, apenas una línea alrededor de su silueta en general, y en los puntos donde el tentáculo con sus ventosas lo envolvió, le quedaban marcas rojizas, que se esfumaban de a poco, aun mientras las observaba. Nada tenían que ver con las heridas supurantes de una sustancia viscosa y oscura, y las líneas púrpuras, que le quedaron cuando estuvieron en la orilla del río. Sabía que en un rato, ni siquiera habría rastro de lesión.
Rolf haría un informe de lo más interesante sobre cómo el Picoazul buscaba consumir magia oscura, para después utilizar, de lugares, objetos y personas, y de la forma en que las ventosas absorbían energía que, de otro modo, era vital para el funcionamiento de un ser mágico.
Al menos, tenía el consuelo de que el científico contactó al Departamento de Control y Regulación de Criaturas Mágicas enseguida, y ya se ocuparían del asunto. Ellos no lo hubiesen hecho de forma directa, era correr un riesgo; ni sus clientes querían relacionarse con el Ministerio, ni ellos acercarse más de lo que fuese necesario.
Entonces no era sorpresa, después de haber usado los hechizos de sanación que acostumbraba y atiborrarlo de pociones, que se viese un poco adormilado. Harry caminó hacia la cama, levantando las sábanas para abrirse un espacio, y Draco se talló los ojos, soltó un débil quejido, y se hizo hacia el lado de la pared, para que pudiese acostarse también. Los arropó a ambos, se acomodó de costado, y le rodeó con un brazo.
—¿Cómo te sientes? —Debía ser la tercera o cuarta, o quinta vez, que se lo preguntaba, ya que estuvo unas horas rondando por el apartamento, igual que un animal enjaulado, antes de decidirse a bajar. En vano, como ahora notaba. Debió quedarse ahí.
—Estoy bien —Intentó sonar desdeñoso y restarle importancia, pero el tono adormilado de su voz y la respiración todavía un poco trabajosa, no cooperaron. Hizo una breve pausa, en la que sintió que deslizaba una mano hasta la suya y se ponía a trazar figuras imaginarias sobre su dorso—. No le gustó que intentaran sacarlo, es todo, en serio.
—Creí que la Maldición quería un cuerpo propio y libertad —Recordó, frunciendo el ceño. Draco emitió un débil "hm", por unos segundos, como si le costase pensar con la cabeza bajo el efecto de múltiples pociones que se contraponían, lo que debía ser cierto.
—Ya no estoy seguro de lo que él quiera. Tal vez se mezcló demasiado conmigo y ahora es como despegar a mi propia magia de mí.
—Obligado a aceptarte, básicamente —Casi lo encontró divertido. El otro hombre hizo ademán de encogerse de hombros, mas un bostezo lo interrumpió—, aunque reaccionó bastante bien, y rápido.
—Bueno, es que siempre reacciona a ti, no es novedad —Y percibió el momento exacto en que se tensó un poco, porque giró la cabeza para encararlo, y por debajo de las cobijas, le sujetó la muñeca—. Tu brazo…
—Me curé, tranquilo.
—Déjame ver —Intentó deslizar su brazo fuera de las cobijas y revisarlo, pero Harry se negó, y comenzaron a forcejear en un enredo de extremidades y tela, hasta que logró darle la vuelta y volver a abrazarlo.
Draco soltó un ligero bufido de indignación cuando quedó con su espalda pegada al pecho de Harry. Luego se dejó hacer y entrelazó sus dedos, con la mano que estaba contra su torso y lo mantenía cerca.
—Intenta dormir, deja que te termine de sanar.
—No necesito dormir —Le espetó, a cambio, con un gesto que pretendía ser altivo, y hubiese funcionado, en parte, si no lo hubiese atacado otro bostezo o se hubiese acurrucado, de forma inconsciente, contra él.
Poco después, estaría girándose para pasarle un abrazo alrededor también, y enterraría parcialmente el rostro en la tela de su camiseta, a la altura de la clavícula. Sucedía que a Harry también le gustaba jugar con su cabello cuando estaba adormilado, porque cuando menos lo esperaba, se restregaba contra su mano o buscaba más contacto, con un gesto demasiado similar al de un minino, y se relajaba al punto de quedarse dormido. Y bueno, él también se dormía, no iba a negarlo.
Ze estaba ocupada cuando él bajó, la mañana del día siguiente; las cortinas a una de las pequeñas salas de consulta estaban cerradas, pero todavía podía oír el débil murmullo de los clientes impresionados y la voz solemne y suave con que la bruja generaba mayor interés en sus predicciones. Aquella era otra Ze, una que en verdad podía dar miedo y suscitar respeto.
Draco se había escapado al laboratorio poco después del desayuno, dándole unos besos distraídos mientras alegaba que acababa de tener una idea que no podía dejar que se le olvidase, algo sobre runas, maldiciones, contención, ¿o era reparación? No estaba seguro; cuando se emocionaba, contrario a lo que cabría esperar, hablaba en voz más baja, como si intentase a toda costa retener el entusiasmo y disimularlo, en lugar de ponerse a saltar o gritar como una persona normal.
Entonces podía decir que por un rato, estaría solo. Se metió a la parte de atrás de los mostradores, sacó el libro de casos, y acomodó lo que fuese que tuviesen pendiente, de manera que les quedase uno o dos días libres más, a partir de ese. No rechazaba los pedidos de ayuda (en realidad, muy rara vez lo hacían, y solía ser en ocasiones en que alguien más podía ocuparse y se lo hacían saber al cliente), pero dado que no había nada de especial urgencia pronto, podía hacer esperar, por ejemplo, a los de la botica y muestras de ingredientes de pociones, que sabía que entenderían en caso de que tuviese que dar el aviso de "herida de misión". Esperaba no fuese necesario; Draco detestaba cuando lo oía decirlo, y más si se dirigía a él.
Aunque le era incomprensible, pensó, merecían un pequeño descanso. Con lo que ganaban, incluso podía no ser uno tan pequeño. Extender unas vacaciones, tal vez otro viaje, ¿ya estaban en esa época del año? ¿Les iría bien uno?
Continuaba sentado detrás del mostrador, ya con el libro cerrado y jugueteando con el lapicero muggle, cuando escuchó las campanillas de la puerta anunciar la llegada de alguien. Percibió el estremecimiento de las barreras protectoras, igual que una débil oleada de poder contra la piel, y luego se calmó.
Giró la cabeza, con las palabras de bienvenida en la punta de la lengua, sólo para sentir que su voz se perdía. Contuvo el aliento, y uno a uno, sus músculos se tensaron.
La mujer que acababa de entrar tenía el cabello desordenado y lleno de flores, entrelazadas a los mechones, y una ropa holgada, de tonos pastel y con aspecto de tener cierto tiempo de uso, bajo una colección de piezas de conchas, latas, corchos, piedritas y quién sabría qué más. Miraba alrededor con ojos curiosos y amables, y llevaba una bolsa de papel, amarrada por una cuerda delgada a un brazo.
Sus ojos se encontraron un momento después. Luna Lovegood sonrió, despacio. De forma vaga, pensó que apenas lucía diferente al día de su boda; ni los años, ni nada, fueron capaces de quitarle la impresión de que se la pasaba sobre una nube y fantaseaba despierta.
—Hola, Harry —Soltó, con esa vocecita que tampoco cambiaba. El aludido exhaló, tembloroso, y dio un vistazo rápido a la sala de consultas y al fondo de la tienda.
No le contestó. Si ella lo notó, no dio la menor muestra de que le molestase. De hecho, continuó la inspección de la tienda, haciendo comentarios para sí misma, cosas como "oh, qué bonito" y "eso es interesante", a medida que avanzaba con pausas por el único corredor disponible al público.
La vitrina sobre la que Harry estaba apoyado, tenía un cristal de anti-robos bien reforzado, y estaba equipado sólo por amuletos, en todos los tamaños, formas, colores, utilidades y culturas, sobre un gran pabellón rojo y bordado, que le confería un aire de mayor importancia y exclusividad. Luna también los examinó, mientras dejaba la bolsa de papel a un lado, inclinándose para quedar a la misma altura de la exhibición, y con una expresión de concentración tal, que estrechó los ojos y frunció los labios.
—¿Puedo tener dos juegos de este? —Cuestionó, señalando con el índice, a través del vidrio, a una pieza que simbolizaba suerte, en un kanji— ¿cuánto valen?
Luna levantó la cabeza hacia él. Cualquier posibilidad de que no lo hubiese reconocido, estaba descartada desde el principio, porque le llamó por su nombre; sin embargo, no lucía como si no se hubiesen visto en unos diez años. Si acaso, podía decir que lo miraba con la misma calma amable con lo que hacía de joven cuando una persona se le acercaba, y ella, probablemente, no entendía por qué alguien la quería cerca.
Le llevó unos segundos y una respiración profunda, caer en cuenta de que aún esperaba su respuesta, así que asintió, y se dispuso a abrir la exhibición y sacarlos, para darse tiempo de recuperar la voz. Sus movimientos eran rígidos, mecánicos, más similares a los de un robot, o un inferi, y la comparación le trajo un recuerdo desagradable que envió un escalofrío por su espalda.
Dejó los amuletos sobre el mostrador, le dictó el precio cuando pudo confiar en su voz y memoria, y Luna le pagó en efectivo, guardándose las piezas mientras tarareaba con una sonrisa y decía que a un Lysander y a un tal Lorcan les iba a gustar tener otros en su colección.
Ze acababa de desocuparse. Los clientes de turno, una pareja de muggles pegajosos el uno con el otro, de la manera que le hacía advertir que no llevaban el suficiente tiempo juntos, salió de la sala, estrechándole la mano y colmándola de alabanzas por lo que sea que les hubiese dicho. Con sonrisas idénticas, se despidieron de Harry y platicaron hasta salir de la tienda. La puerta se cerró tras ellos, y el silencio volvió.
La bruja tendría que haber percibido algo, tal vez en Luna, una completa extraña (lo que no era tan raro, siendo que tendían a recibir clientes de otros lugares también), que estaba viéndolo en silencio, con aire casi contemplativo, o en Harry, que le devolvía la mirada con el ceño un poco fruncido, porque se aproximó por detrás, con su andar suelto y repiqueteante por las joyas, y se inclinó por encima del mostrador, sonriéndole a la otra mujer.
—Hola, bienvenida, ¿la puedo ayudar en algo? —Recitó, con la voz perfectamente clara y dulce, que practicaba desde que Draco se molestó con ella, porque decía que no podía hablarle a los clientes como les hablaba a ellos. Mientras lo hacía, por supuesto, Harry sabía que también repasaba el aura de Luna con un vistazo, su campo de magia -porque nada más verla, habría descubierto que se trataba de otra bruja-, examinaba gestos y postura, y dictaminaba si era un peligro para cualquiera de ellos o el Inferno mismo.
Luna meneó la cabeza, aún no perdía la expresión serena y la leve sonrisa.
—Quería ver a Harry, hablar con él —Aclaró, en voz baja. Percibió, más de lo que vio, el cambio de postura de Ze, a esa despreocupada en apariencia, pero que dejaba las tres varitas de su cinturón a una fracción de segundo de sus manos, ¿sentiría amenaza de parte de Luna o era sólo la paranoia que le inculcaron ambos, por años de aislamiento y cero contacto con Gran Bretaña?
—Oh —Soltó después, con emoción falsa, que Luna no debió identificar—, ¿lo conoces? Eres una de las amigas de las que siempre hablaba, ¿no?
De pronto, ella parecía más cohibida. Harry le dedicó una reprimenda silenciosa a la bruja, y Ze le frunció el ceño y lo ignoró. Sí, en definitiva, aquello era consecuencia de la paranoia y sobreprotección.
—No creo que Harry hable todo el tiempo de mí —Luna se rio de sí misma, por lo bajo—, tenía otros amigos, muchos.
Ze estrechó los ojos. Era obvio que maquinaba, calculaba. Para cualquiera, las palabras de Luna sonarían como las de una vieja amiga, alguien que lo solía conocer bien, y sería la primera persona que lo hacía desde que llegaron a la ciudad y los encontró a ambos.
Pero, fuese lo que fuese que tenía en mente, cuando hizo ademán de responder, apretó los labios, se tensó, y volvió la cabeza de golpe hacia el umbral al fondo de la tienda, el que daba hacia la entrada al apartamento. Unos segundos, que transcurrieron en silencio, después, las cortinas de cuencas se abrían, porque Draco bajaba con un sujeta-viales, lleno de pequeñas muestras, que debía estar por colocar a la venta, y las palabras, al igual que a él, se le quedaron en la boca al alzar la mirada.
Luna hizo un sonido ahogado, leve.
—Hola, Malfoy —Añadió luego, con la misma sonrisa suave.
Draco lo miró a él y de vuelta a Luna, y empalideció a una velocidad que no debería ser posible en ningún ser humano. El sujeta-viales se le resbaló, completo, entre los dedos, y de no haber sido por el encantamiento levitatorio permanente que se ponía alrededor, para evitar accidentes en el laboratorio, y los corchos que le había puesto a cada muestra, hubiesen tenido que lidiar también con un desastre.
Ze entrechocó la cadera con la suya y le dirigió una cuestión silenciosa, a la que él no supo cómo responder.
Sentía la mente en blanco. Hace años que no escuchaba ese apellido de parte de una persona diferente a ellos dos.
Dracobebé se asustó. Pobre.
Tengo varias cosas que decir sobre Luna, pero las guardaré para la siguiente parte, por ciertas razones.
¡La Maldición hace acto de presencia! ¿La extrañaban? Alguien me comentaba en Tesoro que incluso llegó a querer a la Maldición y fue una de las reacciones más divertidas y geniales que ha tenido la historia porque...wow. Sólo yo apreciaba a la Maldición hasta ahora, creo ¿?
Además de que él vuelve, hay una escena fluffy, y llega Luna, me gusta este capítulo por el último pedazo. Creo que Draco se habría asustado así tanto si hubiese sido Hermione como si hubiese sido, no sé, Blaise ¿
Más que temor a la persona, pienso que a Draco le daría miedo lo que dejaron en Inglaterra. Y por supuesto, que todo aquello pueda apartar a Harry de él. Y me parece adorable, fin ¿?
¡Como siempre, gracias por leer! ¡Y celebren a Draco hoy, que cumple años!
