4.

8.04 : Kurapika, espero que estés bien. Supongo que no querrás hablarme en mucho tiempo, pero necesito hablar contigo.

8.04 : ¿Vas a odiarme toda la vida, Kurapika?

8.04 : Buenas noches.

10.04 : ¿Estás bien? ¿Encontraste trabajo?

10.04 : Judy me tiene enfermo. Te juro que te echo de menos.

11.04 : Solo quiero saber si estás bien. Ni siquiera puedo enviarte e-mails. Al menos dime si no quieres que te hable nunca más.

13.04 : Creo que voy a morir de la culpa. Te detesto, niñito consentido.

12 de abril.

-imbécil-susurró Kurapika releyendo todos los mensajes que Leorio le había envidado durante aquellos días.

Días extremadamente vacíos y nulos, pero que de alguna forma habían convertido tanto amor en un escupo de ira y rencor. ¿Cómo se atrevía a escribirle como si nada?

Se acercó al balcón para observar la linda mañana que le ofrecía el mundo. El silencio de las diez era perfecto y sublime para observar cada punto. Las prostitutas despertaban en camas diferentes, los borrachos ocupaban siempre los mismos lugares, las personas nobles de trabajo diario salían muy temprano hacia el centro mientras sus hijos partían a la escuela. La vida simplona le parecía patética y vacía, tal como lo suya. Aquellas personas no perseguían nada, vivían el momento de estar vivo y se lamentaban por lo que no tenían, deseaban alcanzar sueños que jamás tendrían. Los hijos de padres trabajadores no llegarían a la universidad sin perderse en las calles o sin engendrar nuevos hijos para ellos convertirse en padres trabajadores que inculcarían sueños de grandeza en quienes no tenían medios o talento para lograrlos.

Dio un suspiro pensando en lo triste que se había hecho su vida en una semana y observó los patios del edificio en que vivía. Todo lo que rodeaba el edificio era pasto o tierra, un par de árboles daban la sensación de oasis en medio de toda la miseria que recorría el barrio, las casas antiguas y maltrechas, los autos viejos y las plazuelas muriendo poco a poco. No era que le agradara el lugar, pero se sentía cómodo y parte de él.

Soltó un largo suspiro y contuvo la respiración antes de pensar en lo que haría. Primero saldría a buscar trabajo, aunque fuese de medio tiempo, creía que sus días ya eran lo suficientemente vacíos como para permanecer encerrado eternamente. Necesitaba además comprar electrodomésticos antes que la montaña de ropa sucia y los platos medio lavar coparan el departamento. Y quizás, si terminaba de hacerse las ganas, tiraría a la basura todo lo que ya no necesitaba, todos los escritos sobre el Ryodan, todo lo referente a la misión que ocupó la mitad de su vida, todo el dolor y el rencor; y empezaría desde cero recolectando nuevos libros y nuevas inspiraciones para escribir.

Aunque todo perdía un poco de sentido estando a cientos de kilómetros de las personas que amaba.

Estiró el cuerpo soltando un bostezo y volvió a leer los mensajes de Leorio. No estaba seguro si quería volver a verlo, solo pensar en tener que explicarle el motivo de su conmoción le paralizaba los nervios.

Mientras pensaba, se vistió lo más rápido que su único brazo disponible le permitía para salir a comprar lo necesario al centro comercial. Se sintió un poco estúpido al darse cuenta que no tenía más ropa que un par de camisas, un deportivo y un traje negro; aunque luego se animó a gastar algo del montón de dinero que le sobraba. Definitivamente no le temía a vivir solo, pero le daba pereza convertirse en un adulto responsable con cuentas que pagar a fin de mes.

Calzándose las zapatillas antes de salir, Leorio volvió a su cabeza ocupando gran parte de su concentración. No sentía que estuviese perdidamente enamorado, jamás lo había estado de nadie, ni siquiera sus padres se amaban profundamente como para entender instintivamente qué era lo que sentía. Le agradaba estar con él, hablar con él, salir con él, dejarse mimar por él y discutir con él. Todo era más simple y entretenido cuando estaban juntos, desde el comienzo, incluso antes de empezar sus aventuras con Gon y Killua. Estaba seguro que Leorio sentía igual, pero, lo que lo apenaba, era la extraña necesidad que con los años se había formado en su interior, la necesidad de estar a su lado y compartir todas sus miserias con él.

Ni siquiera se atrevía a pensar en los nervios que el último tiempo habían florecido en su estómago, ni en lo tonto que se sentía cuando se descubría mirándolo con ojos de colegiala. De ello no estaba seguro de si era correcto o no, y lo ocultaba.

Hasta que a Leorio se le ocurrió cruzar la línea de lo normal a tan poco tiempo de casarse.

-demonios, cuánto lo odio-soltó quejándose en medio de la tienda con una camiseta en la mano

-¿a quién odias tanto?

Miró a su lado sorprendido y sonrió casual un poco avergonzado de haber sido escuchado.

-lo siento, pensé en voz alta-se disculpó dejando la camiseta en su lugar antes de seguir andando por los pasillos hipnóticos de la tienda

Miró de reojo hacia atrás observando a la chica que le había preguntado a quién odiaba tanto. Era distraída, iba y venía de un lado a otro sin decidirse a comprar nada, como si estuviese ahí solo para gastar el tiempo. Tenía el cabello castaño, la piel trigueña y los ojos pardos, y aunque no era hermosa, poseía un encanto casi infantil que llamó su atención desde el primer momento.

-hola, ¿le puedo ayudar?-le preguntó amablemente un empleado de la tienda-¿busca una prenda en especial?

-no, no…-intentó sonreír sintiéndose agobiado y sofocado

Volvió a mirar a la chica de ojos pardos y un fuerte dolor en sus sienes lo hizo retroceder tropezando con un chico que intentó sostenerlo en el aire para evitar que cayera de espalda sobre el suelo.

Apretó los párpados para recuperarse, pero el dolor no se iba y la presión en su pecho tampoco. Estaba seguro que si Leorio hubiese estado a su lado no se habría formado el alboroto que causaron los empleados de la tienda, mirándolo, preguntándole si estaba bien, pero sin hacer absolutamente nada.

-no encierren el aire, estúpidos-dijo con molestia la misma voz de mujer que lo había sorprendido. Era la chica trigueña de ojos pardos, y ahuyentaba a los mirones echándose de rodillas junto a él-estará bien, solo está fatigado

Kurapika entreabrió los ojos encontrándose de frente con el rostro de ella, de mejillas coloradas y pecas sobre la nariz, que lo miraba con ojos inquisitivos pero tranquilos.

De pronto, y como si la borrachera no hubiera nublado sus sentidos, supo por qué lo inquietaba. La conocía, la había visto y había discutido con ella. Era Key, la chica de la otra noche que intentó abofetearlo por sentirse ofendida. Le hubiese gustado no avergonzarse en ese momento en que apenas se podía las piernas, pero en verdad no recordaba mucho de lo que había sucedido y no sabía bien lo que había hecho.

-¿te sientes mejor?-le sonrió Key ayudándolo a ponerse de pie cuidando de no tocar el brazo del chico que estaba en cabestrillo-¿no has comida nada o qué? Estás transparente de lo pálido que te ves-rió con gracia quedándose junto a él mientras un empleado le ofrecía un vaso con agua a Kurapika

-me mudé ayer y no he comprado comida-respondió él con la misma sonrisa casual-no tenías que molestarte

-claro que sí. Te debo la vida

Kurapika se volvió a ella conteniendo sus ojos pardos en los suyos sin entender a qué se refería. No recordaba haberla visto más que aquella noche, y aún así sus palabras no le parecían del todo extrañas. No estaba seguro, pero quizás, en medio del centenar de recuerdos que corroía su memoria, había conocido esa nariz pecosa y esa piel trigueña. Pero, ¿por qué?

-está bien si no me recuerdas-le sonrió Key desviando un poco su mirada triste-fue hace mucho y apenas hablamos

-¿por eso querías hablar conmigo…?-preguntó aún perplejo antes de beber toda el agua de un sorbo que no quitó el rubor de su rostro

-sí. Fui apresurada y la verdad tenía un poco de miedo. Te reconocí de inmediato, pero...estás tan diferente, que me puse nerviosa-rió avergonzada-siento haber actuado así

-está bien, no pasa nada-le aseguró un poco incómodo dejando el vaso sobre una vitrina

-dijiste que te mudaste ayer, ¿vives por aquí?

-más o menos, estoy a cuarenta minutos en metro

Key asintió nuevamente con sus ojos pardos felices sobre sus mejillas sonrosadas y soltó un suspiro de inquietud.

-¿estarás bien?-le preguntó observando que el color había regresado al rostro de Kurapika

-sí, no te preocupes. Compraré un par de cosas y tomaré desayuno. Gracias por todo-le sonrió fingiendo registrar el montón de bermudas que estaban dispuestas sobre un mesón

-me alegro. Cuídate mucho, nos vemos

Y caminó rápido hacia la salida echándose a correr en el último instante hacia el interior del centro comercial, como si temiera que alguien la estuviese siguiendo.

Kurapika suspiró cansado y tomó casi al azar un par de pantalones cortos y unas playeras para salir luego de la tienda. Key no se iba de su mente y había clavado en él el molesto vacío de saber que algo era real pero no podía recordar qué, cómo ni cuándo había sido. Ni siquiera el nombre de la chica se le hacía conocido, pero necesitaba saber qué había hecho por ella que estaba tan agradecida y por qué. Odiaba la laguna mental que de pronto se había formado en medio de sus pensamientos.

Dejó las bolsas junto a la silla y se sentó en la terraza del café que había encontrado cerca de la tienda ignorando el par de chiquillas que murmuraban frente a él con ojos coquetos. Si había una cosa que definitivamente odiaba, era la actitud caprichosa de las mujeres que más de una vez le habían hecho pasar rabias y vergüenzas.

Observó la carta de menú con tedio ignorando lo difícil que le era manejar situaciones tan simples ocupando una sola mano y buscó el capuchino con vainilla que tanto le gustaba. Lo único que extrañaba de la Asociación eran sus riquísimos cafés y sus deliciosos pasteles, aunque lo intentara en casa, jamás podría prepararlos con el mismo intenso sabor.

Pidió su orden con esa sonrisa que había aprendido a hacer para parecer cortés y revisó su teléfono sorprendiéndose de no hallar más mensajes de Leorio. Quizás estaba ocupado o simplemente se había cansado de buscarlo.

-su tesis

Observó la fecha y la hora y se echó sobre la mesita culpándose por ser tan tonto y tan estúpido. Había prometido a Leorio que lo acompañaría a la Escuela de Medicina a presentar su tesis frente al decano de la facultad y los directivos, la cual debían aprobar para otorgarle su título oficial. A pesar de estar en malos términos, una promesa era una promesa, Leorio ni siquiera le había pedido a Judy que lo acompañase y solo a él le había entregado la invitación.

Solo eran las dos de la tarde, si corría y tomaba un taxi podría alcanzar a llegar, aunque no estaba seguro de si debía ir.

-su café-le sonrió la camarera dejando la taza frente a él-¿desea algo más?

-lo siento, pero no tengo tiempo. Aquí está la paga y la propina. Siento las molestias

Dejó junto al café unos cuantos billetes y tomó las bolsas de sus compras corriendo hacia la salida en busca de un taxi. Escribió a Leorio un par de mensajes y apresuró al chofer para que condujera por la carretera y así llegar más rápido. La escuela de Leorio nunca le pareció tan lejana.


Pasó de los guardias y corrió sin parar hasta el auditorio deteniéndose frente a la puerta para retomar el aire, no quería parecer un tonto ni un hipócrita, ¿qué pensaría Leorio al verlo llegar con el cabello desordenado, los ojos llorosos y la respiración agitada?

Se detuvo al pensar que estaba actuando apresuradamente y que debía volver a pensar las consecuencias de sus actos. Se suponía que estaba muy enojado con él, ¿cómo explicarle que ahora apenas podía contener sus ganas de verlo, abrazarlo y felicitarlo a pesar de la estupidez que había cometido días atrás?

-no tiene sentido-se dijo jadeante dando un paso atrás

-Kurapika, qué alegría verte ¿viniste a escuchar la tesis de Leorio?-preguntó tras él la única voz que podría arruinar, un poco más, su vida.

-...Judy

Se volteó a verla y soltó un suspiro de decepción que no pudo ocultar. Ella seguía siendo tan amable y alegre como de costumbre, se habían odiado tantas veces y Judy no dejaba de intentar ser su amiga aunque él no quisiera tener que verla. No podía negarse a su saludo, después de todo, era la mujer que acompañaría a Leorio el resto de su vida y no tenía malas intenciones, solo era un poco pretenciosa y a veces arrogante como todos los seres humanos.

Sin embargo, luego de aquel beso, Kurapika se sentía como un traidor y no era capaz de verla a la cara. Sentía que después de tanto, el obstáculo y el malo era él.

-creí que no vendrías-continuó ella sin quitar aquella sonrisa culposa-¿estás bien? Es raro verte tan callado

-estoy un poco enfermo-dijo con rapidez sabiendo que había cometido un error

-¿quieres que Leorio te revise?

-no, no, iré al hospital más tarde. No quiero molestarlos, no te preocupes

Judy lo miró con cierto desdén y desconfianza, no le creía una palabra y leía en esa mirada de niño tímido eso que quería ocultar a toda costa.

-Leorio ha actuado tan extraño como tú desde el otro día, ¿pasó algo?

-no, ¿qué pasaría?-Kurapika tragó grueso dando otro paso hacia atrás. Estaba listo para huir.

-bueno, supongo que no es fácil para él desprenderse de ti, han sido tan amigos por tanto tiempo…-Judy suspiró con tristeza-siento mucho si todo esto del matrimonio te ha traído problemas, sé que no te agrado y que tal vez nunca me…

-no quiero oír tus lamentaciones-la interrumpió sin mirarla, el nudo en su garganta y el deseo de huir eran insostenibles para su cuerpo hipoglicémico

-no quiero que te quedes con la idea que estoy "robando" a Leorio de tu vida, pudiste venir con nosotros y estaría todo bien, pero…

-¿todo bien?-preguntó Leorio dejando caer su abrazo sobre los hombros de Kurapika, como si aún fueran amigos viviendo aventuras junto a Gon y Killua, como si la vida no los hubiera detenido frente a frente a decidir qué harían de aquel punto en adelante

Kurapika elevó su mirada hacia él hallándose de pronto con los mismos ojos que alguna vez vio al despertar luego de casi perder la vida y que llevaba años añorando, esa mirada que le prometía una vida llena de felicidad y paz, pero que había decidido darle a Judy la oportunidad de acompañarle, no a él, jamás a él.

Judy contuvo la respiración el segundo en que el rostro de Leorio se desfiguró al ver a Kurapika directo a los ojos, como si se hablaran en silencio tantos detalles que ella no lograba descifrar. Estaba segura que en medio de ese encuentro había algo más intenso que una simple pena por la lejanía, pero no estaba dispuesta a ceder tan fácilmente. Enamorar a Leorio le había costado muchísimo esfuerzo y no permitiría que un mocoso de 21 años interrumpiera su felicidad solo por un capricho.

-¿dijiste que te ibas?-preguntó tomando a Kurapika del brazo en cabestrillo con la fuerza suficiente para hacerlo entender que era una orden lo que estaba diciendo

-claro, me voy-Kurapika se quitó del abrazo de Leorio y se encaminó hacia el patio principal de la universidad dando pasos lentos, iba cabizbajo y con la mente en blanco. No tardó mucho en detenerse junto a un pilar preguntándose qué era lo que estaba haciendo con su vida-¿por qué no me detengo? si la guerra está perdida…-se dijo dejándose caer contra el muro con la cabeza entre las rodillas cuidando de no hacer más daño a su brazo herido.

Su estómago gruñó recordándole que llevaba medio día sin comer y que debía regresar a casa, mas, no podía ponerse de pie, dar la espalda a Leorio y comenzar a vivir completamente solo de la noche a la mañana. Sabiendo que él estaba a solo metros de distancia no podía alejarse, simplemente no podía y no quería.

-¿estarás sentado allí toda la tarde?-preguntó la amable voz de Leorio mientras se acomodaba en cuclillas frente a él

-vine porque te lo prometí, pero Judy ya está aquí

-no significa que debas irte-le sonrió aún sin poder verlo a la cara, Kurapika no se dignaba a mirarlo y mantenía el rostro oculto bajo el flequillo-siento mucho lo del otro día, ni siquiera yo sé qué fue lo que nos pasó y sé que te incomodé, lo siento

El rubio se mordió los labios conteniendo la respuesta de su corazón: ¿podría él estar arrepentido como Leorio?

-¿tan enojado estás?-el médico insistió al no oír respuesta y lo tomó del mentón obligándolo a verlo a la cara. Sintió que el corazón se le rompía en pedazos al ver aquella nariz roja por el frío y esos ojos llenos de lágrimas bajo la línea de maquillaje con la que Kurapika acentuaba sus ojos felinos. Le gustaban tanto.

Comprendía demasiado tarde lo mucho que admiraba la belleza del kuruta y que aunque quisiera, ya no podía dar pie atrás sin dañar a Judy o al mismo Kurapika.

Acarició la mejilla del chico y peinó su melena con las manos ignorando lo nervioso y torpe que se sentía.

-tenía muchas ganas de verte-susurró como un secreto soltando una sonrisa cómplice-me alegra ver que estás bien, aunque tienes la nariz roja y te resfriarás

-tienes que presentar tu tesis, y tengo que ir a almorzar o voy a desmayarme…-habló bajito y en el mismo tono de complicidad sin quitarle los ojos de encima, como si mirarse el uno al otro fuese la única escapatoria

Cerca, en el pasillo contiguo, la voz de Judy en busca de Leorio le recordó su lugar y obligó a Kurapika a alejar su mirada de Leorio soportando el nudo en la garganta y las ganas infinitas de gritarle en la cara lo que su corazón desbordaba.

Se puso de pie dispuesto a partir, pero Leorio lo detuvo agazapándolo con un abrazo y un beso en la mejilla tan sorpresivamente que el tiempo, la vida y su existencia se detuvieron solo para oír las palabras que Leorio tenía para él. Sabía que no volvería a verlo, que la despedida era definitiva porque no podían continuar ignorando eso que los había mantenido unidos tanto tiempo y que había terminando en un beso nervioso e inolvidable.

-perdóname-sollozó Leorio a su oído acariciando la melena del rubio-me di cuenta tan tarde, lo siento tanto

-pero…

-prométeme que estarás bien-pidió tomando las mejillas del chico entre sus manos para mirarlo fijo a los ojos-estarás bien sin mí

-no, no voy a estarlo, sabes que…-Kurapika tuvo el impulso incontenible de hablar al fin, pero la figura de Judy caminando hacia ellos con el ceño fruncido y la furia escrita en el rostro, lo detuvo paralizando sus labios

-¡Leorio, el decano está esperando!-llamó la mujer sin quitar la vista de Kurapika

El médico suspiró cerrando los ojos y sonrió al rubio antes de darle la espalda y encaminarse por el pasillo hacia el auditorio a paso lento y decidido. Era definitivamente el momento de despedirse, no podía iniciar una nueva vida con el corazón envuelto en una tempestad de dudas.

-¿estarás feliz?-preguntó Judy encarando a Kurapika sin dejarse amedrentar por la mirada del cazador-siéntete culpable de haber arruinado el día más importante para Leorio, ¿crees que estando así de afectado podrá presentar correctamente su tesis que ha preparado todo un año? ¿Tan poco te importa? ¿Por qué simplemente no te largas? Desde que lo conozco has sido su piedra en el zapato y no permitiré que sigas arruinando su vida. Eres despreciable y miserable, Kurapika Kurta, debiste haberte extinto con toda tu gente… ¡y no me mires con esos ojos, no estoy diciendo mentiras! Sólo existes para hacer a las personas miserables, por eso estás solo y hasta tus amigos se alejan de ti, eres una desgracia caminante

-tenía razón, después de todo eres una sucia perr…

La bofetada de Judy resonó en el patio de la universidad espantando los pajarillos de la fuente que reposaban bebiendo agua.

El chiquillo dio un paso atrás tomándose la mejilla magullada y clavó en ella los ojos rojos más intensos que pudiera imaginar. Estaba furioso e indignado.

-¡no te atrevas a insultarme! He hecho por Leorio mucho más de lo que tú podrías, y no te atrevas a intervenir en la nueva vida que hemos construido, ¡o te mataré!

-¿ya me humillaste lo suficiente? ¿Te sientes mejor contigo misma?-respondió gritando y soportando el deseo de aplastarla de un golpe-¿cuánto demoraste en acumular tanto odio?

-te odié desde el primer día, maldito bastardo-escupió dándole un empujón antes de correr tras los pasos de Leorio dejando tras ella la estela de nen que no había ocupado por completo, sabía que en su estado no podía vivir la misma vida agitada de un cazador.

Kurapika se dejó caer al borde de la fuente y lloró profundamente maldiciendo su vida, su familia y el miserable futuro que se avecinaba. Había hecho tanto y logrado nada, tal vez Judy tenía razón.


Alrededor de las seis de la tarde, Key acababa de terminar su trabajo de medio tiempo en el restaurante del edificio y se dirigía a su apartamento en el noveno piso. Al llegar arriba recordó que había dejado su chaqueta en los casilleros y que debía regresar a buscarla, no tendría tiempo para ir por ella más tarde.

No demoró demasiado en bajar las escaleras, como de costumbre los ascensores estaban en mal estado y como en la última semana habían llegado nuevos inquilinos, el movimiento en el edificio no cesaba a pesar de estar ubicado en uno de los lugares más peligrosos de la ciudad.

Aún no podía quitar de su cabeza a Kurapika y su linda sonrisa de agradecimiento, era quizás lo único que la empujaba a seguir practicando para dar nuevamente el examen del cazador y obtener su licencia con la ilusión de trabajar a su lado alguna vez. Le parecía imposible haberlo encontrado de una forma tan extraña, medio inconsciente en un centro comercial, desordenado y con un brazo en cabestrillo, como tal vez nunca podría imaginarse a un cazador de doble estrella y zodiaco como él.

En su ingenuo corazón creía que era una señal divina y que debía seguir las marcas que el destino estaba colocando para ella, ¿y si acaso estaban destinados a encontrarse? Sabía que su amor y obsesión por Kurapika no tenían más argumento que aquella mañana, tres años atrás, en que él había corrido a salvarle la vida dejando en su memoria para siempre el aroma a almendro y roble que emanaba de su abrazo. Jamás había sacado de su mente la imagen del rubio de ojos celestes, traje negro, mirada seria, ojeras pronunciadas y sonrisa de príncipe que la había rescatado de morir absurdamente en medio de la carretera.

Sonrió embobada sin parar de pensar en él y se detuvo en seco al encontrar en las escaleras del cuarto piso una melena rubia que llamó su atención.

Caminaba muy lento y desorientado, como si estuviese borracho, y se apoyaba en la pared cada dos pasos para recuperar el aliento. Llevaba la misma chaqueta gris de la mañana y no traía las bolsas de sus compras, seguramente las había perdido en el camino o su día no había terminado bien.

Key apresuró su paso e intentó alcanzarlo, pero el rubio se detuvo y sin previo aviso se desvaneció cayendo lentamente hacia atrás.

La chica lo alcanzó al vuelo y cayó sentada en el zócalo abrazándolo en su regazo contra su pecho.

Kurapika estaba inconsciente, las mejillas le ardían y el cabello estaba pegado a su frente como si sudara, su rostro pálido y los labios azulados preocuparon a Key, pero pronto se tranquilizó cuando lo vio abrir los ojos con pereza.

-...tú…-le dijo sin poder articular otra palabra mientras la veía fijo a los ojos

-tranquilo, ya estoy aquí

*O* todas queremos ser Key para consolar su pobre alma,

¿será esta una nueva oportunidad? ¿Es definitivamente un adiós eterno con Leorio?

Lo sabremos muy pronto :3

Besos desde Chile!