Capítulo 4: La reina y su súbdito
1 de julio – 12 de julio
Parecía un rasguño de gato. Incluso, una explicación más aceptable era decir que había sido culpa de Kristeva. Lamentablemente, había sido Petra Ral.
El momento en que Mikasa vio la mano volar para estamparse contra la mejilla del hombre pensó que la mujer estaba sobrepasando muchos límites; pero cuando la salpicadura de minúsculas gotitas rojas coloreó la nívea piel de Levi Ackerman, supo que las cosas no andaban bien y que las faltas de respeto ―sobre todo la violencia― eran agravios inexcusables.
Todo había sucedido a velocidad vertiginosa: finalmente, luego del paseo en la motocicleta, Levi había accedido a complacer la petitoria de Mikasa sobre dar vuelta el viaje y retomar el camino a la cabaña. Mientras menos tiempo tuviese Petra para enojarse, mejor podría Levi llevar la situación de enfrentarse a ella. El único problema en todo eso había sido que Mikasa, para mal, no conocía a Petra y por lo tanto vagamente podía vaticinar cómo reaccionaría aquella mujer.
La sorprendió; debía admitirlo.
Plantó un manotón al pobre periodista que le hizo voltear la cabeza y, para colmo, la piedrecilla de uno de los anillos que traía pasó a rasgarle la piel. En cuánto fue consciente de lo que había hecho, la mujer se llevó las manos a la boca y tras haberse expuesto a tan funesto bochorno, prefirió desistir de su visita. Simplemente, volteó para irse con tanta prisa que hasta se hacía cómico, ridículo verla escapar como una niña pequeña luego de haber cometido una travesura.
Allí se había quedado Mikasa: estupefacta en medio de aquel frío día, sin poder comprender qué estaba sucediendo. Sus pestañas le hicieron cosquillas tras cada fugaz parpadeo que dio producto de su desconcierto, y le costó reaccionar antes de acercarse a Levi para escabullir su curiosa mirada por el rostro del hombre y así constatar que no se tratase de algo grave. Y si bien ciertamente no lo era, Mikasa insistió en que entrasen a la cabaña para limpiarle la pequeña herida y así evitar que algo peor se desencadenase de un detalle como aquel.
―No logro entenderlo ―el firme tono ecuánime de la joven acaparó la atención de Levi, mientras éste se dejaba hacer al sentir el algodoncito impregnado en alcohol presionar contra la piel de la parte inferior de su mejilla.
―¿Qué cosa? ―los ojos de Levi la observaron con detenimiento. Ella estaba totalmente concentrada en lo que hacía.
Habían tomado asiento en el sillón de la sala de estar, estaban frente a frente; Levi estaba reclinado sobre mullidos cojines, Mikasa en un ángulo inclinado hacia él; la chimenea estaba encendida, Mikasa había preparado tazones de té caliente y solo les había acompañado el sonido de sus respiraciones, hasta que de pronto ella ―la menos esperada― había roto el silencio.
―¿A qué vino? ―aunque Mikasa jamás entonase emociones en su voz, su interés era genuino.
―Tal vez a fastidiar. Solo eso ―Levi murmuró con voz ronca, y centró su mirada en los labios de Mikasa que estaban precisamente frente a él―. Hay muchas cosas sucediendo ahora mismo ―admitió, y luego giró el rostro para alejarse de la joven. Sin embargo, dicho gesto acaparó la atención de Mikasa, ya que al moverse, Levi retiró la zona que ella estaba limpiando.
Mikasa se dedicó a contemplar al hombre frente a ella durante unos segundos y lo hizo sin presiones. Se dedicó a analizarlo con total soltura, así como nunca antes lo había hecho. Permaneció respirando de forma quieta mientras esperaba que él volviese a mirarla para hablarle. Y lo hizo, entonces sus ojos se encontraron y se observaron atentamente.
Cuando Levi volvió el rostro a su lugar, Mikasa siguió posando el pompón de algodón sobre la herida, aun cuando ya parecía bastante limpia y seca. Lo hizo con suavidad y se relajó cuando sintió que Levi no dejaba de mirarla, y aunque debió suceder todo lo contrario, no consiguió incomodarse. No pudo. La respiración de Levi contra su barbilla se sentía bien. Estaban tan cerca… había tanto silencio…
Él la estudiaba con afán, y aunque Mikasa dudase de ello, no parecía tener sus irises clavados en ella por mera curiosidad. Podía percibir una densa tensión fluyendo como corriente a través de la atmósfera que los envolvía.
―Detente ―berreó la joven.
Con eso se refería a su forma de mirarla.
―¿Por qué? ―y el susurro de Levi se transformó en calor sobre su barbilla.
Mikasa suspiró. Daba igual, con él no tenía caso…
―¿Qué cosas? ―indagó la joven, mientras se las arreglaba para untar pomada cicatrizante en una de sus yemas.
Retomar la conversación previa parecía un asunto menos grave si tenía que compararlo con las instancias comprometedoras que los involucraban últimamente.
Sin embargo, Levi tenía otra cosa en mente: «¿Desde cuándo es tan curiosa?», se preguntó, sorprendido al saber que ella quería escudriñar aún más en su vida, como si nunca se hubiese tomado el tiempo de despellejarlo vivo en un informe de seiscientas cincuenta páginas.
Volvió a escrutarla con fascinación a la vez que Mikasa aplicaba la crema con suavidad y quitaba el excedente.
De pronto, la joven se dio cuenta de que tal vez su pregunta era demasiado directa, y si había algo que podía sacarla de quicio era sentirse fuera de lugar, sobre todo si era más de lo que usualmente solía sentirse.
―Lo siento ―más pareció una queja que una disculpa―. Yo no debería entrometerme en tus asuntos.
―Créeme que se hace reconfortante que alguien pregunte ―confesó Levi, suspirando al final de la oración.
―Entonces, déjame preguntarte algo ―soltó Mikasa, irguiendo la postura y, para pesar de Levi, alejándose de él―: ¿Por qué haces estas cosas? Fue muy infantil de tu parte dejarla esperando.
―Era una broma. No tenía que reaccionar así ―pero luego, pensó un poco más sobre ello―. A decir verdad, tiene sus razones.
―¿Cómo cuáles? ―indagó Mikasa, sin darle tregua.
Levi enarcó una ceja.
―Te reto a adivinarlas.
Mikasa sencillamente se reservó sus comentarios.
―Vamos, seiscientas cincuenta páginas debieron decirte muchas cosas de mí.
Levi vio a Mikasa fruncir los labios y se dio cuenta, a través de tan simple gesto, de que al parecer no le enorgullecía el trabajo que ella misma había realizado sobre él. El pánico de haberla mosqueado de nuevo lo atacó sin mesura, congelándole la médula y obligándolo a tragar con dificultad.
Sin embargo, ella, silente como siempre, asintió para luego removerse en el sillón y alejarse lo que más pudiese de él.
―Había correos en tu computadora; correos de ella describiendo lo asqueroso que eras ―comentó Mikasa, acercando la mano a su tazón de té para beber un poco y volver a dejarlo donde estaba.
―Le fui infiel. Ella me descubrió en el acto ―admitió Levi, quitándole la mirada―. Ahora tienes una idea de la ira que la consume cada vez que me ve, la impotencia y frustración que le provoca verme y cuán roto está su orgullo… ella me amaba.
Mikasa lo observó con su inmutable expresión recurrente, y aun así Levi percibió un deje de disgusto en ella. Terminó sintiéndose incómodo.
―Yo también la amaba ―se corrigió.
―Entonces, ¿a qué vino la infidelidad? ―la oscuridad con que la pregunta salió expelida por los labios curiosos de la joven Ackerman hizo que Levi se estremeciera una vez más.
¿Qué decirle?
¿Que había sido demasiado joven y egoísta? ¿Que haber querido vivir más cosas no era sinónimo de no querer a Petra? ¿Que era hombre y la carne es débil?… No, eso último no. O ella lo desollaría vivo de sólo oírle reconocer algo como eso.
Sin embargo, no quería mentirle. No quería que ella pensara mal de él tampoco. ¿Cómo congeniar ambas cosas? Levi temía alejar a Mikasa más aún de lo que ya había hecho, y de pronto se dio cuenta que todo lo que había detrás de su pasado se le hizo un peso enorme sobre los hombros. Ella no iba a juzgarlo, o al menos no le diría nada al respecto, pero el verdadero problema para Levi era lo que ella iba a retener en su memoria acerca de él, que con el tiempo construyese una imagen tan despreciable como para no darle ni siquiera un espacio en el umbral de entrada a su vida.
No quería perder. Y decidió que el silencio sería sinónimo de no perder.
―Lamento eso. Fue precipitado de mi parte ―Mikasa adhirió un trozo de bandita sobre la pequeña herida.
Y antes de que pudiese alejar su mano, Levi la había sostenido de la muñeca.
Los fríos ojos de la joven se anclaron con fiereza sobre el rostro del hombre que, inocente, quiso mantenerla cerca unos segundos más.
―Los seres humanos cometemos errores ― aquella fue una defensa más pobre que las que hubo usado frente a la magna demanda que cargaba contra él―. ¿Acaso nunca has cometido uno?
Con suavidad, Mikasa retiró la muñeca del agarre de Levi, como si con ese gesto le dijese que no tenía permiso para tocarla.
―No tienes idea, Levi Ackerman ―murmuró, y al darse cuenta de que Levi no había alcanzado a oírle, añadió algo más―: ¿Nunca pensaste que, algún día, tú podrías estar en su lugar? Quizás llegue el día en que sea tu turno sufrir.
Mikasa no esperó respuesta. Tomó el botiquín que había llevado para realizarle la curación y se retiró de la sala de estar.
El tiempo viviendo juntos había sido una vorágine de muchos sentimientos, sensaciones y pensamientos. Primeramente, Levi se había visto en la obligación de asumir ya sin dudas que Mikasa Ackerman, aún con su extrañeza y todo, comenzaba a hilar la forma de un algo que crecía desmedidamente en su interior y que, en ocasiones, cuando su mente lo atacaba por las noches con extrañas ideas, le aterraba. Por otro lado, Mikasa comenzaba a mostrarse menos cautelosa y abría las hojas de sus libros personales invitando a Levi a acercarse a leer; el asunto radicaba en que él aún no entendía su idioma.
Sí, era difícil, mas ahora enfrentaban la flexibilidad a la que se veían sometidos sus encuentros.
Y mientras Levi seguía preguntándose qué había sucedido con Mikasa Ackerman para que fuese de aquel modo, ella seguía cuestionándose si sería correcto confiar un poco más en él.
A pesar de todo lo que había sucedido, durante esos tres meses que llevaban trabajando juntos él jamás le había hecho daño. Si bien sus estúpidas rabietas habían conseguido incomodarla, no habían sido lo suficiente nocivas como para herirla, pero sí para irritarla tremendamente.
No obstante, aquella infortunada ocasión de hacía tiempo atrás había sido la primera y la última vez. Levi no había vuelto a molestarla. Y, por supuesto, aquella serenidad provisoria perduraría si se mantenían bajo el mismo margen.
A la semana siguiente, Orvud, un pueblo cubierto de una espesa capa blanca y un sepulcral silencio perenne, se repletó de lujosos vehículos, todos diferentes; de vida y color, de risas y voces melodiosas; de niños revoltosos, rubios y gordinflones corriendo de un lado a otro: los Lindberg habían llegado.
Lancel Lindberg los recibió a las afueras de su enorme casona, con una sonrisa a punto de romperle las mejillas, no obstante, los investigadores Ackerman concordaron en que el viejo era un excelente actor.
Espiaron todo desde la cabaña: el ingreso de la caravana de autos, el desempaque de maletas y maletas, bolsos y bolsos, cajas y cajas de regalos, y todo lo que traían.
Mikasa había removido unos centímetros la cortina del ventanal y Levi se había escabullido a su lado para unirse al fisgoneo. Les pareció que todo era tan cínico; desde los besos que se daban para saludarse, que no alcanzaban a rozarles las mejillas y que más bien se perdían en el aire, hasta los abrazos que no encerraban todo el cuerpo, ni expedían calor humano. Y por sobre todo, la manera en cómo expresaban su «supuesto cariño»: con efectos materiales.
―Me siento como una vieja de mierda, husmeando de este modo ―rezongó Levi.
―Yo también y no me importa ―rebatió Mikasa―. ¿Quién crees que sea el asesino? ―quiso especular, sin apartar la cara de la rendija que había abierto.
Levi suspiró.
―¿No es muy pronto como para asegurar algo como eso?
―Claro que no ―gruñó la joven―. A veces deberías dejar de cuestionarte si es tarde o temprano; a veces simplemente es el momento exacto…
Al cabo de un buen rato, el teléfono sonó un par de veces, piteando odiosamente con aquel sonido característico que a Mikasa Ackerman le provocaba comezón en el tímpano. Y nadie había contestado porque Levi estaba dándose un baño y porque Mikasa simplemente era enemiga de contestar las llamadas. Le incomodaba; una manía suya muy personal.
―¿Quieres contestar el cuernófono? ―gritó Levi desde su habitación, mientras se vestía.
A regañadientes Mikasa tomó el auricular.
―Diga.
―Señorita Ackerman ―la voz temblorosa y añeja de Lancel Lindberg removió algo en ella. Le había traído recuerdos de su viejo Arnold.
―A su disposición ―comentó, relajándose al saber que tan sólo se trataba de él, y él, a pesar de estar en la lista de sospechosos, le parecía sumamente inofensivo.
―El senado de los Lindberg ha arribado ―amenizó el anciano, condecorando la oración con una seca toz al final que en un comienzo había tenido vagas intenciones de ser una risa.
―Es bueno oírlo ―Mikasa fingió interés.
―¿Usted cree? ―rio roncamente―. En fin. Le llamo para comunicarles a usted y al señor Ackerman que organizaré una cena durante esta noche. Ambos están invitados. Sería todo un honor para mí que puedan asistir y conocer a mi familia.
―Ahí estaremos ―Mikasa no lo dudó un solo segundo.
―Ah, y señorita Ackerman: recuerde que ustedes están trabajando en mi biografía.
―Archivado.
Mientras oía el tono del teléfono luego de que Lancel cortase la llamada, Mikasa se quedó mirando un punto fijo a la que vez que mordía su labio inferior. Estaba haciendo funcionar los engranajes de su cerebro a toda velocidad, gestando una idea que quería llevar a cabo desde hacía mucho tiempo y que no había tenido oportunidad de materializar.
La casona de Lancel Lindberg había sido, durante gran parte de su vida, el refugio de Helen. Ella vivía allí con él y su habitación estaba en el segundo piso; habitación a la que toda persona que no fuese familiar tenía denegado el permiso. Y aunque el viejo Lancel hubiese querido ser lo más transparente posible en sus aportes informativos, no había podido suplir ese particular detalle. Primeramente, se había dicho que debía respetarse la intimidad de la familia y el cuarto de Helen suponía para ellos una suerte de santuario que usaban en días difíciles. Todas las pertenencias de su nieta estaban resguardadas allí, por lo tanto, cuando Lancel sentía que las fuerzas escapaban de su cuerpo, se arrimaba a ese cuartucho sombrío con olor a polvo y humedad. En segundo lugar, se abogó al hecho de que la policía había rebuscado una y otra vez en la habitación y no había encontrado nada de utilidad, por ende, no había motivos de abrir la vieja herida y escudriñar en las pertenencias de una chica desaparecida hacía años.
Sin embargo, Mikasa sabía que el cuarto de la chica significaba un diamante en bruto que sí valía la pena pulir. Si durante años no habían podido relacionar las notas de Helen con los versículos de la Biblia, de seguro había un montón de cosas que habían pasado por alto.
Esa era su apetitosa idea: escabullirse dentro de la casona para poder llegar a la habitación.
―Mikasa ―Levi llamó su nombre al verla totalmente ida.
La joven alzó el rostro, manteniendo el ceño fruncido, y Levi se quedó en su lugar a la espera de que ella dijese algo.
―Tenemos una cena con los Lindberg esta noche.
―Great.
―No tanto ―Mikasa lo haría, dedujo que no había otra manera de seguir avanzando y decidió verbalizar su idea para solicitar asistencia―: Levi, necesito que cooperes… con algo.
Levi reparó en lo dulce que sonó su nombre en su boca y quiso que sonase así siempre de ahora en adelante. Y cuando ese pensamiento fugaz cesó, volvió a la realidad.
―¿Cooperar con qué?
―Necesito entrar al cuarto de Helen ―de pronto los fríos ojos de Mikasa parecieron dos piedritas brillantes como los ojitos de una muñeca de porcelana.
Levi alargó una «m» mientras pensaba.
―Se supone que no está permitido entrar en él luego de que la policía lo diese vueltas de pies a cabeza.
―Precisamente ―musitó Mikasa―. Lo que haremos será: tú los distraes y yo me escabullo, fingiendo que me dirijo al tocador.
―Es arriesgado ―Levi dudó, mostrándose un poco inquieto.
―Lo sé, y es por eso que creo que a la vez es bastante productivo ―la joven frunció el ceño y luego volvió a mirar a Levi con expresión suplicante―: Yo creo que podemos encontrar algo. Déjamelo a mí.
Levi lo reflexionó y, aún meditabundo, le otorgó su anhelado sí.
Levi Ackerman, debido a su carrera como periodista, había frecuentado diversas cenas ceremoniales, eventos importantes, encuentros formales, fiestas distinguidas, entre tantas otras conmemoraciones que se realizaban cuando su revista Millennium superaba las ventas o un reportaje alcanzaba un gran éxito. Por tales motivos, se sentía cómodo en sus ropajes elegantes: una camiseta oscura, un suéter con botones a medio abrir, un abrigo largo, pantalones de tela bien proporcionados para su cuerpo y zapatos lustrosos.
En cambio, para Mikasa Ackerman, esto no sólo era algo nuevo, sino también algo terriblemente incómodo. Cuando Levi le indicó que debía vestir adecuadamente para el encuentro, la joven inhaló todo el aire que le fue posible, para luego soltarlo mientras contaba hasta diez.
No era una necia. Sabía perfectamente lo que su imagen provocaba en el tipo de gente que eran los Lindberg, y aunque si hubiese dependido de ella se hubiese vestido de la peor manera posible, decidió que por esta vez intentaría unirse a la corriente. Todo con tal de alcanzar su objetivo.
Tampoco iba a darles en el gusto por completo. Decidió quitarse algunos piercings y vestir lo más sobrio que pudo (o que se permitió): unos pantalones negros, botines altos, su abrigo y una gorrita de lana debían bastar. Afuera hacía frío. Y, de todos modos, dentro de las paredes también.
Luego, en medio del salón, la atención de ambos investigadores estaba centrada en cada uno de los presentes que incluso con la mirada, parecían estar juzgándolos. No había mujer allí que no estuviese estucada con kilos y kilos de maquillaje, tapizada en ropajes lujosos, hedientas por el exceso de caro perfume, y bulliciosas por la cantidad de alhajas que colgaban de ellas como si fuesen árboles navideños. Los hombres parecían tener trajes a punto de reventar a causa de sus barrigas prominentes y sus cuellos gruesos, no obstante, también había un grupo de ellos que gozaba de buena salud y excesiva cantidad de músculos; todos aquellos que habían realizado sus carreras militares.
Entre la masa se podían reconocer a todos los hermanos de Helen: Annike Lindberg, Gustav Lindberg, Henryk Lindberg, Edvin Lindberg, y por supuesto, su amarga madre, Ebba Björklund.
Y Ebba Björklund era una reliquia en estado de deterioro, eso pensó Mikasa; una momia envuelta en un abrigo negro y con una expresión de culo atravesado peor que la suya, y eso para la joven Ackerman ya era mucho decir. La mujer había sido durante gran parte de su vida una alcohólica que poco y nada sabía sobre la realidad que rodeaba a su hija, por lo tanto, el sentimiento que escoció en las vísceras de Mikasa no fue para nada ameno. Quizás poco tenía que ver aquella anciana en el meollo de todo, y, por ende, era la más culpable: porque su responsabilidad sobre el tema era superior a la de todos los presentes. Pero ahí estaba, sentada en un sillón admirándose de todo cuánto la rodeaba ―incluso de sus propios hijos―, y sin ánimo de sumarse al encuentro familiar.
El resto de los presentes se dividía entre los esposos y esposas de los hermanos de Helen, y los hijos.
Lancel Lindberg estaba ahí con un vaso de whisky en la mano y una sonrisa pacífica decorando su flácida piel. A su lado, Erwin Smith, su fiel acompañante y abogado, se mantenía quieto con expresión severa, atento a cada movimiento que realizase el anciano, como si un simple estornudo o un hipo fuesen a ponerlo en peligro.
Durante el inicio de la noche, se mantuvieron en la sala de estar, compartiendo un trago y presentándose entre todos ellos. Podía decirse que era una grata velada, salvo por un pequeño detalle.
―¿Una biografía? Bien, tío Lancel, ¿por qué una biografía? No es como que vayas a morirte mañana mismo ―bromeó Gustav, quien gozaba de tener un humor negro y retorcido, que, en ocasiones, resultaba ser incluso desagradable.
―Uno no compra la vida, Gustav ―Lancel meneó la cabeza, divertido. Sabía amortiguar el genio denso de su familia―. Además, estoy por retirarme del mundo de los negocios, ¿por qué no acabar con mi propia biografía personalizada? Me parece una buena inversión.
Todos los Lindberg trabajaban en la empresa familiar: una concesionaria llamada Lindborg. Habían cambiado el sufijo porque –borg significaba «castillo». Aquella empresa había significado el sustento de la familia durante muchos años, sobre todo por el hecho de que comercializaban marcas de vehículos de renombre a nivel mundial. Eso explicaba los lujosos autos que habían ingresado al pueblo como una caravana exhibicionista.
―Lancel ―rio Henryk, el que parecía ser el más normal de todos―. No es necesario el drama. Pero bueno, el dinero es tuyo y frente a eso solo podemos brindarte nuestro apoyo. Pero ¿para qué la visita?
―Para que puedan brindar datos que se escapan de la memoria de un viejo de setenta y cinco años ―encogió de hombros.
―¿Y esto no tiene nada que ver con Helen? ―Edvin era, sin lugar a dudas, el más serio de todos ellos.
La pregunta resultó ser un balde de agua fría que clavó sin piedad en los estómagos de todos los presentes. Nadie quería tocar ese punto, nadie había querido hablar de ello, aun cuando en el fondo, en lo más recóndito de sus mentes, estaban pensando en ello sin pausa.
―Helen siempre será parte importante de mi vida, Edvin ―el rostro del viejo Lancel, que siempre solía ser de tono rosa y de brillo enérgico, de pronto había adquirido un matiz fúnebre.
El silencio atravesó el salón con un tipo de violencia pasiva, dejando una estela de tensión que no sería disuelta fácilmente. Levi cruzó su mirada con la de Mikasa y ella le quitó la vista rápidamente, como diciéndole con ese gesto que no lo hiciera más evidente de lo que ya era.
Gracias a todos los cielos, Annike rompió el mutismo al añadir algunas palabras fraternas.
―Creo que a lo que Lancel se refiere, y estoy de acuerdo con ello, es que Helen merece una parte de su libro biográfico. Después de todo, Lancel fue el más cercano a ella ―admitió la mujer, desprendiendo ternura en el tono de su voz.
―¿Y para eso tiene que llamar a un mequetrefe de mala muerte? Para que despelleje más a nuestra familia. Que vaya a llenarse los bolsillos a costa de otros, en vez de rasgar heridas donde ya las hay ―gruñó Ebba, sin remordimientos al referirse a Levi, quién no sabía cómo tomarse el insulto, excepto con grandes ojos de desconcierto―. ¿Por qué no te vas a fastidiar a Nile Dawk, antes de que te declaren culpable, periodista de…
―¡Mamá! ―Annike se levantó de su asiento para tomarle el hombro a su madre y detenerla.
Las miradas viajaron de un rincón a otro por la estancia, entonces Clarence, la ama de llaves de Lancel, dio el aviso de que la cena estaba servida.
―Familia, a comer ―llegó y dijo, transmitiendo alegría a todo el mundo, aunque esta rebotase en vano.
No obstante, fue el momento exacto para dejar pasar el desliz.
La vieja Ebba sufría de una diabetes bastante complicada; enfermedad que le prohibía permitirse los lujos de los que gozaba su familia. Por tales motivos, pudo saltarse la cena para largarse a dormir el resto de la noche sin fastidiar a nadie más, hasta la mañana siguiente.
Annike se acercó a Levi para pedirle disculpas por el exabrupto, y más tarde, se le unió Lancel, quién le pasó la mano por la espalda de manera amistosa. Levi aceptó las disculpas, dejando pasar el percance y justificándolo con el dolor que Ebba, como madre, debía sentir. Sin embargo, Mikasa pudo ver más allá, y vio el infierno en sus ojos; Levi estaba aguantándose las ganas de matarlos a todos ahí mismo.
Pero algo mucho más importante sucedió esa noche: Mikasa se sentó al lado de Levi para cenar. Y eso, no sólo acaparó totalmente la atención del hombre, sino que también funcionó como un bálsamo sobre el ardor que sentía escocerle las entrañas. Aquel gesto fue una manera de decirle que ella estaba de su lado, que no le importaba en lo más mínimo lo que pensara toda esa sarta de estirados con olor a naftalina, que incluso con todo el aroma a perfume que expelían, aún podía percibirse la ranciedad emanar de ellos. Y ella jamás estaría a favor de gente así.
Levi levantó la mirada de su plato de carne de reno en salsa de vino con papas gratinadas, y la fijó en Mikasa Ackerman. Le pareció ver ahí, en su tímida boca, un atisbo de sonrisa. Y eso se robó su atención el resto de la noche, anulando todo malestar.
Avanzada la noche, cuando los niños estaban todos en sus habitaciones, y solo los hermanos de Helen y el mismo Lancel se hallaban en la sala de estar, la conversación se tornó un tanto más amena: temas de familia, aunque superficiales; se habló de la historia de la empresa, de las profesiones que habían seguido cada uno de los presentes, de los planes a futuro y también, de cómo la competencia había querido boicotearles desde hacía mucho. Incluso, para empatizar con Levi Ackerman, se habló de Nile Dawk y de cómo éste había sido declarado persona non-grata por toda la familia.
Y así, las horas pasaron.
Y siguieron pasando.
Mikasa Ackerman se encontraba inquieta, hasta el punto de recaer en la desesperación. No era que se considerase incapaz de llevar a cabo una tarea como esa, parecía ser bastante sencillo. El problema radicaba en que no había encontrado una instancia libre en la que poder escabullirse y comenzaba a hacerse tarde. Nada le parecía un peor escenario que el hecho de que Lancel pudiese decidirse por ir a dormir y que, cortésmente, los despidiera hasta nuevo aviso.
«Eso sería el máximo fracaso», pensó Mikasa, mientras, nerviosa, se pellizcaba el labio inferior con los dientes.
―Cariño, ¿te pasa algo? ―le preguntó Annike.
Por amable que ella pudiese mostrarse, a Mikasa no le causaba confianza. Parecía ser la típica santurrona que en el fondo de su ser no es más que una zorra traidora, una mujer sin nobleza alguna ni honor, pero su típica voz de princesa farsante era su arma defensiva.
Más allá de sus pensamientos pesimistas sobre aquella mujer, se encontró con la idea de que esa instancia sería la perfecta y fingiendo una actitud que no era característica de ella, se lanzó a cumplir con la misión que había estado esperando llevar a cabo. Y sería fácil, porque Mikasa Ackerman tenía cara y cuerpo de muñequita, y cuando no andaba disfrazada de drogadicta delictual y se quitaba los piercings de la cara, parecía una jovencita inofensiva.
―Quiero pasar al baño, me siento un poco inquieta ―solicitó con dulce voz, y Levi le dirigió una cómplice mirada. Esa no era la mocosa con la que llevaba viviendo meses. Él había pillado el trasfondo de la situación.
―Por supuesto, hacia el fondo de este pasillo ―le indicó Annike, señalando con su mano.
―Henryk ha ido ahí hace un momento ―indicó Edvin, dejando de beber su whisky para hablar.
―Bueno ―entristeció Annike―. Hay un baño escaleras arriba, si no te molesta.
―En lo absoluto ―asintió Mikasa.
«Touché».
Desapareció ante la vista de todos, y cuando por fin se perdió escaleras arriba, el resto retomó su amena conversación.
Entonces, Mikasa comenzó con su exploración.
Arriba no había muchas luces encendidas, y aunque las sombras extensas que provenían de los muebles que decoraban el pasillo le servían de escondite, no le proporcionaban suficiente confidencia. Además, debía ser cautelosa al máximo, porque allí arriba dormía la insufrible Ebba y los hijos de los Lindberg, y Dios bien sabe que los pequeñajos siempre se duermen tarde.
Mikasa se valió de su esbelto y ágil cuerpo. Sus pisadas no eran más que un rumor que se equiparaba al roce de un plumero, a las hojas que caen de un árbol, y asimismo se dejó caer paso tras paso para llegar al lugar que quería conocer, cavar, hurgar, ventilar. No debía ser difícil encontrarlo puesto que era visible desde las afueras de la casona, y a partir de esa referencia se podía construir el mapa mental. Actividad que para ella no era más que una tarea básica, tal como si tuviese inserto un programa de diseño arquitectónico en su cerebro.
La única complicación radicaba en que, hacia el fondo del pasillo que llevaba a la habitación de Helen, había dos puertas… y debía escoger. Si se equivocaba se habría metido en un gran lío. Pero, aun así, incluso eso había resuelto premeditadamente: «La casa es muy grande; me he perdido de camino al baño». Eso diría y esperaba que le creyesen.
«Izquierda o derecha», debatió consigo misma. Al cabo de una milésima de segundo, posó su mano en la manilla de la puerta más cercana al ventanal que era visible desde las afueras de la casona. Según su mapa mental, la izquierda; y se escabulló hacia el interior con la rapidez de un ratón escurridizo, cerrando la puerta a sus espaldas sin mayor apuro ni arrebato para no emitir ni el más ínfimo sonido.
Una vez dentro, luego de respirar profundamente, sondeó en todas direcciones como si esperase encontrarse con algo insólito, pero no había vislumbre de vida inteligente al interior de aquel viejo cuarto con olor a humedad y recuerdos. No había nada, excepto silencio y oscuridad.
Relajó sus encorvados hombros cuando se dio cuenta que había logrado su cometido, pero al instante siguiente se dispuso a trabajar, puesto que el reloj avanzaba en su contra. Tenía como máximo diez a quince minutos, y quince ya era mucho decir. O se levantarían sospechas; nadie se demora tanto en el baño a menos que se encuentre en aprietos.
Antes de empezar a escudriñar, se plantó en medio del cuarto y sin encender la luz, valiéndose sólo de la iluminación natural de la luna que entraba por una ventana, exploró todos los rincones con la vista. Era una habitación como cualquier otra, nada debía llamar la atención de ella, y sin embargo Mikasa sintió que estaba llena de secretos. Los colores eran claros, podían percibirse. Todo allí dejaba en evidencia la obra de una mujer joven, el toque de su mano en el diseño, en el orden, en los detalles. Mikasa reconoció las formas de los objetos dispuestos a lo largo de la estancia: una cama pequeña, una mesa auxiliar, un mesón tocador, un closet, una cómoda, un baúl.
Había bastante dónde buscar, y su primera idea fue revolver los cajones de la cómoda y la mesa auxiliar… sin resultados.
Revisar la cama: sin resultados.
Examinar el tocador exhaustivamente, incluso mirando por detrás y por debajo: sin resultados.
Abrió el baúl, pero estaba vacío. Y en el closet, tan sólo quedaban algunos abrigos.
«¿Qué demonios?», gruñó bajito para sí, mientras intentaba entender.
Tal vez la policía, el asesino, los cómplices, el mismo Lancel o quien quiera que fuese, ya se había desecho de todo, y lo que quedaba en la habitación de Helen no era más que el resultado de un salvaje intento de encubrimiento de pruebas.
Con las manos en la cintura, Mikasa empezó a darse vueltas por el cuarto, mordiéndose el labio, obligando a su cerebro a maquinar respuestas, mientras los minutos clavaban en su espalda a modo de alerta.
«No, no, no. No puede ser. Debe haber algo», repetía una y otra vez en su mente.
No quería irse como una perdedora y mucho menos desaprovechar la oportunidad que tanto le había costado conseguir. Estaba segura de que encontraría algo, mas al cabo de un rato, asumió que era mejor darlo por perdido y reconocer, dolorosamente, que había sido un malgaste de tiempo.
Llegó hasta la puerta para tomar la manilla y salir del lugar, entonces su mente se encendió a velocidad de la luz. Volteó con exalto y se dirigió al armario para comenzar a manosear todos los abrigos que estaban colgados allí, escabullendo la mano por todos los dobleces y bolsillos perceptibles al tacto. Hasta que sus dedos palparon una textura acartonada y reseca. Su corazón palpitó con fuerza, como si pudiese sentirlo en la garganta y retiró los dedos para mirarlos y encontrarse con una pequeña tarjeta.
La joven se acercó a la ventana de una sola zancada y contempló el objeto a plena luz. Tenía escrita una dirección… una que reconoció perfectamente bien.
Escondió la tarjeta en el bolsillo de su abrigo y se dispuso a abandonar la zona lo más pronto posible. Ya no tenía más tiempo a su favor.
Salió despedida por el pasillo, como si por poco una fuerza desde adentro del cuarto la hubiese empujado, y se encaminó de vuelta a la sala de estar, con la adrenalina pisándole los talones. Quería volver pronto al lado de Levi para mostrarle lo que había conseguido y así, irse a la cabaña de inmediato.
En eso pensaba, ensimismada. Por lo que no fue consciente de la presencia que merodeaba por el pasillo y que de pronto había tomado rumbo en dirección contraria hacia ella, interceptándola antes de que hubiese podido alcanzar la escalera siquiera.
―¿Qué está haciendo aquí? ―alzó el rostro, dando un respingo y pestañeando seguidas veces.
Henryk Lindberg estaba ahí.
―He venido al baño y me he perdido, disculpe ―dijo, mostrándose segura de su respuesta.
―Hay un baño abajo ―le contestó el hombre, dejando la simpatía que había mostrado instantes antes de la cena. Parecía utilizar un timbre rudo, casi militar y se veía bastante molesto.
―Me dijeron que usted estaba ocupándolo. Me enviaron escaleras arriba.
―Así es ―dijo―. Escaleras arriba hay una puerta, ese es el baño, y usted está bastante lejos de ahí ―masculló.
Mikasa mantuvo su postura en todo momento, mostrándose determinada para que no fuese a dejar en evidencia el pequeño temblor que recorría sus brazos.
―No me lo especificaron…
―¿Creen que pueden venir y registrar esta casa como se les dé la gana? ―gruñó―. No van a conseguir nada.
―¿De qué está hablando? ―Mikasa frunció su ceño como respuesta ofensiva. Estaba comenzando a irritarse―. Con su permiso.
Henryk la cogió por el brazo con desmedido exceso de fuerza, sin embargo, Mikasa era fuerte y resistió el apretón con orgullo.
―No van a conseguir nada ―le mostró los dientes blancos y derechos.
Mikasa logró zafarse y bajó las escaleras apresuradamente para volver al lado de Levi Ackerman.
Una vez abajo, vio que la gente se había dispersado y que Lancel comenzaba a cabecear de sueño.
Levi parecía cansado, pero reanimó todas sus energías cuando sintió el cuerpo de Mikasa estamparse contra el suyo. Abrió los ojos tanto como se lo permitieron sus cuencas y la observó con curiosa atención. Vio la urgencia en el rostro de Mikasa, como si la joven le estuviese pidiendo algo a gritos silenciosos; asemejaba a una niña pequeña que les implora a sus padres que la lleven ir al baño porque no puede aguantar más. Así lucían sus ojos que lo contemplaban alarmados, y sólo logró entenderlo cuando sintió que Mikasa rebuscaba su mano y dentro de esta depositaba un pequeño cartón. Levi se tensó bruscamente y fue testigo del hielo despiadado que le recorrió la médula espinal. Su mano tembló a causa de los nervios y para evitar sospechas, tras notar que los ojos de todos los presentes de pronto estaban sobre ellos, entrelazó sus dedos con los de Mikasa, afirmando su mano y acercándola más a él.
Todos los miraron con complicidad, y Mikasa odió a Levi, odió como debió verse eso: el profesional que tiene un ligue con su asistente. Pero sabía que había sido necesario para salvar sus pellejos, no obstante, le fastidiaba enormemente.
Y para colmo, Annike se había dado cuenta.
―No te pongas nerviosa, cariño ―le sonrió con empatía.
Claro, luego de que se pasase toda la cena mirando a Levi Ackerman como un pavo a la naranja, ahora se hacía la amiga. Porque sí, Mikasa se había dado cuenta de eso.
Pero no le importaba, el punto era que se sentía incómoda y de un tirón brusco quiso soltarse de la mano de Levi Ackerman, pero éste no se lo permitió. Y ella, molesta, halló su defensa en otra excusa.
―No se equivoque ―refutó―. Tan sólo tengo frío.
―Sí, la estoy abrigando ―asintió Levi, disfrutando de aquel pequeño juego, mientras le apretujaba más y más la mano, aunque con el fin de quitarle el cartón.
«Vas a morir, maldito Levi Ackerman. Que Nile Dawk te parta el culo», maldijo Mikasa, mientras se mordía la parte interna de una mejilla y se entregaba al agarre para no levantar sospechas.
―¿Te traigo un té? ―ofreció Annike, pero Mikasa terminó ahí mismo con la humillación.
―Estoy cansada, creo que es hora de volver a casa.
―Estoy cien por ciento segura que es la dirección de un pub de Trost ―Mikasa había traspasado la dirección a un post-it y lo había adherido a la pizarra de apuntes con un pin.
―¿Tan segura? ―murmuró Levi, entrecerrando sus ojos con incertidumbre, mientras bebía su café matinal.
―¿Cien por ciento no es suficiente para ti? ―Mikasa, irritada, giró para verlo directo a los ojos.
―Me parece curioso. Un pub… en la época de Helen no debió ser un pub ―hizo una muesca.
―Tengo un amigo que puede saberlo ―comentó la joven―. Trabaja ahí.
Levi alzó sus cejas con curiosidad y ensanchó la mirada.
―¿Sí?
―Es un tipo de pub-disco… movidas raras, todo eso ―Mikasa se encogió de hombros.
Levi lo entendió: Mikasa se refería a que era el tipo de lugar que ella frecuentaría, y al parecer, cada vez que hablaba de sí misma y de las cosas que la caracterizaban, se incomodaba o se avergonzaba, mostrando un cariz tímido y de reproche, antes de que uno le hubiese dicho algo siquiera. Levi odió que ella pensase así de sí misma, como si fuese un pecado o un delito ser de ese modo, y aquello estaba mal. Quiso ser empático con ella, tomándose el asunto con naturalidad. Simplemente añadió:
―Bien, iremos allí a investigar ―sorbió su café luego de hablar y oyó la risita sarcástica de la joven.
―¿Sabes qué tipo de lugar es, Levi Ackerman? ―se mofó―. A un muñeco como tú se lo comerían en cuestión de segundos.
Fue tarde cuando Mikasa se dio cuenta del calibre del comentario que había disparado. Levi frunció el ceño con extrañeza e intentó esconder la sonrisa pícara que quiso escaparse de sus labios. ¿En serio Mikasa creía eso de él? «Gracias por el cumplido», quiso decirle, pero se detuvo tras recordarse que haberla fastidiado la noche anterior ya había sido suficiente; y él no quería alejarla de su lado. Se lo repetía constantemente.
―Quiero decir: vas a encontrarte con el rollo post-punk, con góticas, estilos extravagantes, música de todo tipo, todo, alcoholes fuertes, drogas fuertes… tipas dispuestas a tirarse sobre ti con un preservativo en la mano o sin él ―hizo una pausa―. No lo sé, gente que para ti sería catalogada como fenómenos ―suspiró―. Gente como yo.
―¿Como tú? ―musitó Levi, sin dejar de admirarla mientras ella hablaba.
―O, en realidad, peores que yo ―le respondió con un semblante más apacible.
Y sostuvieron la mirada durante unos segundos más.
―Iremos de todos modos. Tenemos que investigar, es nuestro trabajo. Debemos descubrir por qué Helen guardaría esa dirección ―Levi asintió con total seguridad―: Iremos.
La noche anterior, luego de despedirse de todo el mundo, manteniendo el mismo margen de cinismo que habían recibido, Levi y Mikasa se habían retirado en dirección a la cabaña. Al llegar, Mikasa le había pedido de vuelta la tarjeta de cartón para confirmar a plena luz y sin errores que la transcripción pertenecía a una vieja dirección que ella conocía bastante bien: un antro favorito suyo, Kylans Port.
Levi repasó su mirada una y otra vez sobre el objeto y no pareció relacionar las palabras. A causa de la extensa jornada, le sugirió a Mikasa que se permitieran descansar y dormir hasta la mañana siguiente; entonces, resolverían el asunto de la tarjetilla.
Y allí se encontraban.
―Hay algo que no te he dicho ―comentó de pronto Mikasa.
Estaba rodeándose a sí misma con sus propios brazos y miraba a hacia la nada mientras recordaba.
―¿Y por qué no? ―a Levi le urgió la respuesta.
―Porque no le había tomado la debida importancia ―encogió los hombros―. Henryk Lindberg me encontró en el pasillo ayer y me increpó.
Un poco más y Levi Ackerman se hubiese ahogado con su café.
―¿Qué te dijo? ―exclamó exasperado.
―Que no íbamos a conseguir nada hurgando en la casa de Lancel ―Mikasa parecía no inmutarse.
―¿Te descubrió?
―Logré zafarme bien. Más bien pienso que él cree que queremos husmear en la vida de su familia y armar un escándalo mediático, obtener dinero de ellos... quizás qué estupideces ha pensado.
―¿Y me lo dices así de tranquila? ―Levi se relajó, sin embargo, quiso reprender a Mikasa por haber ocultado algo tan importante.
Ella volvió a encogerse de hombros y lo contempló con su expresión de mocosa insolente.
Levi meneó la cabeza en negación y volvió a beber la última gota de su café. Le tenía paciencia, mucha, una que antaño creía no tener, pero que al parecer había descubierto gracias a ella. Valdría la pena, cada segundo, cada cosa que hiciese con ella, todo valdría la pena con el fin de permanecer a su lado y conocerla más.
De pronto sintió como si el caso de Helen Lindberg fuese una bendición en medio del camino de su vida. No sólo le gratificaría enormemente poder resolverlo ―tanto por Lancel como por él mismo―, sino que a cada día que avanzara, cada paso más adelante era un paso más cerca de Mikasa Ackerman. Y a pesar de que nunca imaginó que algún día conocería a alguien así, a alguien que le robase el sueño de aquella manera, ahora estaba en medio de ese torbellino de sensaciones que le hacían sentirse joven de nuevo… como si todos los años anteriores, de periodismo le hubiesen terminado consumiendo la vida y la alegría.
No era que odiase su trabajo, pero tal vez el ambiente y la época no eran los correctos. Tal vez ni siquiera la temática de sus proyectos. Tal vez ni siquiera la gente que lo rodeaba. No obstante, tampoco entendía cómo era posible que una sola mocosa, quieta y silenciosa como espectro, pudiese llenarle tanto la vida.
Sonrió ante la idea y finalmente, habló:
―Bien, esta noche iremos a Kylans Port.
Mikasa, quien ahora se encontraba revisándole el pelaje a Kristeva para examinar si había pulgas, alzó su mirada hacia Levi.
―Entonces deberás mejorar esa pinta que traes.
Y Levi se sintió como si fuese él quien llevase tatuajes y aretes por todos lados.
―¿Perdón?
―Sospecharán si te ven con esa apariencia de estirado. Búscate algo más acorde a una noche en el Kylans Port ―Levi se miró a sí mismo, estudiándose. Mikasa añadió―: Tal vez te dé una mano con el maquillaje.
Cuando Levi contempló el frontis de Kylans Port, le sobrevino una tremenda sensación de mala espina. Debía admitir que con ayuda de Mikasa Ackerman había aprendido a no discriminar ni a juzgar a nadie por su apariencia, sin embargo, estrambótico era el concepto que la joven había olvidado mencionar antes de llevarlo allí. O tal vez sí lo había hecho, pero él con su tradicional soberbia había dejado pasar toda advertencia al respecto. Y allí estaba lamentándose, ansioso por terminar pronto y con una comezón tremenda en el ojo, porque Mikasa le había exigido delinearse de negro, aunque fuese un poco. Había escogido las prendas más juveniles de su armario y las más oscuras, y por cierto, se había engominado el cabello hacia atrás y borrado sus ojeras con un poco de base correctora.
Mikasa Ackerman lucía tan natural como siempre, tanto de pintas como de apariencia. Imperturbable. Porque, ciertamente, había sabido ocultar cada mirada que, sagaz, se escapaba para delinear cada rincón del rostro de Levi. Debía admitirlo: él era único. Y no distaba de la mayoría de los suecos promedio: cabello negro, piel blanca y ojos azules; empero él tenía algo, algo que le hacía parecer un modelo bosquejado en fijo papel. Su cabello negro y sedoso, sus pestañas tupidas, su nariz pequeña y su boca tan delineada.
«Jodido cabrón», ¿por qué simplemente no podía ser horrendo y hacerle la tarea más fácil?
No se la hizo, claramente. Y aquella noche fue fatídica, por todo lo que Mikasa Ackerman le había dicho de antemano, por todas las razones obvias, por todas las cosas que le hacían dudar sobre si acercarse a él o no, por todo lo que desencadenó un simple y vano accidente.
Cuando ingresaron al recinto, la música ya resonaba a un volumen exuberante, sin embargo, los ecualizadores estaban bien ajustados y las melodías resultaban amigables para el oído; una onda algo electrónica pero sutil. Nada que perturbase o picara en el oído. No había nada de malo en ello. Excepto en la multitud que sí clasificaba en todas las descripciones que Mikasa Ackerman había hecho. Lamentablemente: hordas y hordas de fenómenos que parecían extraídos de la imaginación de George Lucas.
En medio de todo el caos y la juerga, Levi no lograba entender cómo resolverían sus dudas respecto al caso de Helen, no obstante, Mikasa tuvo una idea; de esas ideas suyas que al fin y cabo no solían ser tan buenas, aunque resultasen ser efectivas. Y más tarde se descubriría a sí misma arrepintiéndose de ello.
―Tan sólo debo encontrar a mi amigo. Tú ve y tómate algo, o saca a alguien a bailar si quieres. Sólo no te metas en problemas. A esta gente usualmente le faltan un buen par de tornillos.
Y si bien aquello había sido una orden inocente y fugaz, debió ser entonces la despedida, al menos por esa noche.
Levi Ackerman soltó breves palabras al aire que se perdieron con la música cuando vio a Mikasa alejarse de él. No tuvo otra opción que obedecerle y esperar a que se desocupara, mientras él buscaba algo en qué gastar el tiempo de espera.
Miró hacia todos lados, descubriendo que nada allí podría satisfacerle y aunque intentó sumarse al festejo desaforado, no consiguió adaptarse con facilidad. Era incómodo: en primer lugar, se sentía observado en exceso; tal parecía que en cualquier momento un sujeto iba a aparecer de la nada para robarle hasta el alma, los riñones y las córneas. En segundo lugar, había mujeres consumiendo un tipo de pastilla blanquecina que las dejaba más receptivas que cualquier animal destinado a la cruza, y como había dicho Mikasa, se ofrecían al que veían pasar sin importar si le conocían o no. A él le tocó alejarse de varias de ellas y tuvo que soportar todos los comentarios que lanzaban con tal de flirtear con él. Y aunque Levi Ackerman nunca se había considerado a sí mismo como atractivo, por primera vez se sintió vulnerable.
No pudo resistir mucho tiempo entre la multitud, aguantando los roces, los intentos de besos que quisieron robarle y los intentos por sacarlo a bailar. Desistió al cabo de unos minutos y vio al final de un pasillo de sombras danzarinas y borrosas, un puesto de aperitivos promocionando la novedad en licores. Sacudió la cabeza y decidió que lo mejor que podía hacer era conseguirse algo de beber. Si se quedaba ahí y se alejaba de la masa, entonces se sentiría a salvo por el resto de la noche.
Mikasa se dedicó a darle vueltas al local, buscando la reconocida figura de Marco Bott. Durante unos minutos se le hizo imposible hallarlo, hasta que lo divisó en la zona de bebestibles. Se acercó corriendo a la barra, ansiosa por no perder más tiempo, y la sonrisa brillante le dio la bienvenida al verla acercarse, y no solo la sonrisa sino también las pecas bien bonitas, cada una en su lugar como el ícono de una bandera.
―Mikasa ―le saludó con tanta alegría, como si fuese a darle un abrazo de Año Nuevo.
―Hola Marco ―le sonrió. Y podía decirse que Marco, junto con el viejo Arnold, eran los únicos a quienes les sonreía―. ¿Cómo vas?
―Así como me ves ―rio con soltura, mientras secaba un vaso con un paño.
La barra se veía vacía. Todo el mundo estaba concentrado en la pista. Y eso le dio la confianza a Mikasa para hablar con Marco sin presiones. De un brinco se subió a la barra y se sentó con las piernas entrecruzadas. Marco no le recriminó la conducta, estaba acostumbrado a tenerla allí de adorno, como los gatos que se posan en las recepciones.
―¿Qué te traes? ―le dijo, mientras le acercaba su trago favorito: un Manhattan. Acababa de preparárselo para sí, puesto que también era su preferido, mas optó por regalárselo a ella.
Mikasa lo tomó con cuidado, puesto que la copa era pequeña y finita, y lo protegió contra su regazo.
―Tengo que hacerte algunas preguntas ―admitió de inmediato. No era buena dando rodeos.
El joven se mostró sorprendido ante la propuesta y, luego de mirar en todas direcciones con sigilo, se acercó a Mikasa para sopesar la gravedad del asunto.
―Bien, no me asustes ―adoptó una postura más seria.
―Necesito que me digas qué sabes de este lugar.
―¿Estoy metido en un problema? ―exigió primero―. Porque de ser así dímelo ya.
―¿Qué te hace pensar que estás en problemas? ―Mikasa encogió los ojos.
―Porque tú siempre te metes en problemas, y si hay algo que estás indagando sobre este lugar, eso quiere decir que no te traes nada bueno.
Mikasa se enderezó y sorbió un poco de su trago. Era fuerte, pero le gustaba.
Marco tenía razón respecto a su deducción. Sí, ella siempre andaba en aprietos por ser impulsiva y en ocasiones hasta violenta, pero esta ocasión era totalmente diferente. Ciertamente, no se traía nada bueno y por esa misma razón estaba investigando el local, pero no estaba segura de que eso fuese a influenciar en su amigo.
―No sé si estés en problemas, pero para averiguarlo necesito que me digas qué es lo que sabes.
Marco asintió, comprendiendo la lógica.
―¿Estás trabajando en una investigación? ―quiso saber el joven.
Si bien nadie sabía a ciencia cierta qué demonios hacía Mikasa Ackerman para ganarse la vida, algunos sospechaban o especulaban sobre ello. Lo de la empresa de seguridad de Allmond era un secreto; el trabajo para Lancel Lindberg era aún más secreto. Marco a veces creía que ella pertenecía a algún servicio de inteligencia o a alguna institución privada… algo cerca y algo lejos también.
―No puedo ahondar en ello, pero es algo serio.
―¿Y cómo es que el Kylans Port está involucrado? ―Marco parecía asustado.
―No lo sé ―Mikasa gruñó―. No lo sé, ¿entiendes? Es por eso que estoy aquí.
―No te enojes. ¿Crees que no me causa curiosidad que vengas a mi trabajo a decirme estas cosas? Te quedas callada, pero no te das cuenta que preocupas a los demás.
Marco parecía haber sido tocado por las manos de los mismísimos Dioses del Olimpo. Tanta bondad, tanta sinceridad no debían serle permitidas, pero él era de ese modo. Y podía decirse que era el único que mostraba genuino interés por Mikasa. No se veían casi nunca, pero cuando lo hacían, Mikasa se sentía enormemente feliz con él. Incluso cuando Marco se había confundido un poco con ella hacía tiempo; él había sido tan transparente y maduro, que decidió conservar la amistad y alejar tales pensamientos.
―Si te lo confieso… sí, estoy investigando ―masculló la joven―. Pero te juro que te coseré la boca si se te ocurre abrirla.
―Trabajas con compañía, ¿no es así? ―al interrumpirla, Mikasa se quedó estupefacta y pestañeó dos veces con rapidez antes de responder.
―Sí… ¿por qué?
―Te vi entrar cuando llegaste. Venías en compañía de un tipo ―Marco parecía vacilante.
―Mi compañero de trabajo ―asintió Mikasa, con seriedad.
―Qué bien. Porque me sentiría terrible de decirte que tu ligue de esta noche está pasándolo bien sin ti.
Mikasa volvió a pestañear seguidas veces y lentamente intentó procesar las palabras de Marco. No logró dar con el significado de éstas, hasta que resiguió la dirección de la mirada del joven y volteó su propia cabeza para encontrar el objetivo. Y halló una escena que no supo cómo definir.
No supo decir si le decepcionaba o no. No le hería, ella no tenía esos sentimientos, pero sí le había provocado un tremendo malestar estomacal, tanto, que no pudo acabarse su Manhattan. Dejó la copa a un lado y clavó sus ojos en la figura de Levi Ackerman que se dejaba hacer por una rubia de portentosa anatomía y un rostro similar al de Amanda Seyfried. Estaban bailando, mientras se besaban con apasionado afán. Y aunque debía admitirse que Levi sabía moverse bien, se veía estúpido al no querer despegarse de la tipa que, a leguas, podía percibirse que estaba drogada. Y si bien eso no importaba en lo más mínimo, el verdadero problema grave era si es que Levi lo estaba también.
Le había dejado un momento solo, con una sola orden, y él había fracasado como el peor perdedor.
―No es mi ligue ―bufó Mikasa, con hastío.
Marco se persignó a modo de broma, robándole una sonrisa a Mikasa.
―Bueno, lamento darte la segunda mala noticia de la noche ―Mikasa lo observó con sincera atención―. Como sabrás, soy solo un simple empleado aquí. Si hay algo raro que está sucediendo detrás de estas paredes es imposible que yo lo sepa. Entré aquí a trabajar por necesidad; respecto a la historia del local no poseo ni la más remota idea ―encogió de hombros con tristeza―. Perdóname.
―¿Por qué me pides perdón? ―murmuró Mikasa, con la vista fija en la barra, como si quisiera evitar mirar a los costados, donde sabía que se encontraría con algo para nada agradable.
Y Marco se dio cuenta de ello.
―¿Quisieras que alguien más lo hiciera? ―indagó Marco, incluso mostrando una actitud que podría definirse como tierna.
Mikasa soltó un largo suspiro que pasó más por quejido.
―No, Marco ―insistió―. No es nada mío. Le faltan tatuajes, un par de piercings y dos palmos más para ser de mi gusto.
―Eso sí te lo creo ―rio el joven.
Pero eso último era mentira. Una vil mentira. Levi Ackerman le gustaba tal y como era. Y ¡demonios!, haberlo admitido, aunque fuese en el silencio de sus pensamientos, le había dolido un poco. Un poco mucho. Un poco bastante.
Quiso concentrarse y seguir con la charla que mantenía con su amigo, para obtener información siquiera sobre quién podría ayudarle entonces, pero le fue imposible. Sobre todo, cuando fue testigo de cómo la rubia que compartía enzimas con Levi, le había aventado una pastilla a la boca para volver a besarlo. Y ese había sido el punto límite.
―Bien, me retiro ―espetó, para bajarse de la barra de un solo salto.
―Hey, Mikasa ―la llamó Marco―. No quiero desordenes.
―Intentaré hacerlo pasar desapercibido ―se arremangó la chaqueta.
Marco carcajeó sonoramente y se acomodó con los codos apoyados en la barra para poner total atención a lo que sucedería a continuación.
Mikasa Ackerman cogió a la mujer de los hombros para despegarla de Levi y, con toda la fuerza que le fue posible, le aventó un puñetazo que la desequilibró hasta hacerla caer de espaldas. Luego se inclinó sobre ella y la tomó, como pudo, del escote que tenía para ubicarla frente a sus ojos.
―¿Qué crees que haces? ―le gruñó.
―No sabía que era tuyo ―balbuceó la rubia, con sangre escurriendo de sus comisuras y una sonrisa sardónica.
Mikasa arrugó el rostro efecto de la rabia.
A su alrededor, el tumulto de seres parecía celebrar eufóricamente y disfrutar de la escena que había montado. Les gustaba, parecía como si quisieran sumarse para finalmente formar una orgía de violencia, drogas y música. Y ella no estaba para juegos.
Atisbó hacia el sector en que se encontraba Marco y se despidió de él con la mirada. No quería causarle problemas.
Sin embargo, fue innecesaria tanta inquietud. No tardó en aparecer un tipo más drogado que todos los demás, para llevarse a la rubia consigo y seguir la fiesta, pasando por alto el percance y obligando a los demás a seguir el juego. Volvieron a bailar y drogarse como habían estado haciendo con anterioridad, olvidándose por completo de su presencia en media de la pista.
Mikasa se volteó a ver a Levi con genuina preocupación. Allí estaba, de pie, tambaleándose y siendo apenas capaz de reaccionar. Parecía haber salido de un estado de anestesia y tenía la mirada perdida.
La joven soltó su tercer gran suspiro hastiado esa noche.
Sí. Como lo había supuesto: Levi Ackerman estaba drogado.
¿Qué otra opción tenía?
Tuvo que prestarse el Audi de Levi para manejar y llevárselo a su departamento. Él mismo los había traído a Kylans Port en su auto y se suponía que los llevaría de vuelta al terminar.
No podían volver a Orvud aunque lo quisieran. Ya no había trenes siquiera, debido a la hora, y para colmo, en el estado que se encontraba el hombre, no podía manejar. Y a pesar de que Mikasa sabía conducir un vehículo, no estaba en condiciones de hacerlo por mucho tiempo. Conducir era agotador, sobre todo de noche y ella no era tan irresponsable como para exponerlos a un accidente.
Sin pensarlo más, subió al vehículo y condujo por las frías calles vacías y silenciosas, mientras cada cierto tiempo, miraba de soslayo al cadáver viviente que iba a su lado, jadeando y hablando incoherencias. ¿Cómo había llegado a ese estado tan pronto? Le había dejado sólo por un rato y se le habían lanzado como pirañas. Mikasa había deducido de antemano que Levi sería presa fácil, pero no pensaba qué tanto. Claramente, había sido el rival más débil en toda la situación.
Al llegar a su edificio, gruñó al recordar que no tenían ascensor y se hizo el ánimo de llevar a Levi hasta el tercer piso casi a rastras. Apenas llegó hasta la puerta, la abrió y lo aventó al sillón sin contemplaciones, como si de un costal de papas se tratase.
Aseguró la puerta del departamento y se quitó la chaqueta de cuero que traía puesta. Le pesaba y sentía los hombros tensos. No era para menos.
En diversas ocasiones, había tenido que hacerse cargo de sus compañeros de juerga, sobre todo de Sasha que siempre bebía más de la cuenta y luego sufría de crisis nerviosas que la dejaban llorando a tal punto de no poder respirar. En otras oportunidades habían sido Connie o Jean, quienes, hasta el punto más grave, habían quedado inconscientes. Empero ellos eran jóvenes y estúpidos. Levi era un adulto y se suponía que era inteligente. Y ella no tenía experiencia cuidando a un drogado de treinta y cinco años, que al parecer era novato en todo aquello.
Levi se quedó recostado en el sillón, tapándose el rostro con un brazo y respirando pesadamente. Sentía que todo el mundo daba vueltas y que enanos de colores bailaban a su alrededor. Y tenía calor, un ardor tremendo atravesándole las venas, como si en vez de sangre, tuviese fuego recorriéndole el cuerpo. Escalofríos se intercalaban con la sensación ardorosa y sentía la piel tan sensible, que el más mínimo tacto o roce equiparaba a un cosquilleo orgásmico.
Mikasa se sentó a su lado en el sillón y con cuidado, le quitó el brazo para verle el rostro y tasar la magnitud de la gravedad del asunto.
―Oye, mírame ―le exigió con voz neutra. Era bueno que ella aún conservase su entereza―. ¿Qué mierda te has puesto?
―La ropa que me dijiste ―echó la cabeza hacia atrás, soltando un quejido.
―¿Te parece gracioso? ¿Que tenga que cuidar tu pellejo? ―gruñó Mikasa.
―Traigo el pellejo puesto ―susurró.
Mikasa enarcó una ceja, pero finalmente se dio por vencida. Él no estaba jugando con ella, no estaba siendo sarcástico. Por el contrario, no lograba procesar la información y estaba siendo lo más literal que podía.
―Tomé algo del puesto de bebestibles… no sé qué ―intentó enunciar Levi, agarrándose con dificultad de un ligero lapsus de cordura.
Entonces, la joven se mostró más humana. Después de todo, ella sabía cómo se sentía consumir drogas por primera vez y sobre todo si era contra tu voluntad. Frunció los labios luego de pensar en ello y abandonó el fugaz recuerdo de inmediato.
―Si te sientes mal puedo llevarte al hospital ―se notaba preocupada ante las respuestas sin sentido de Levi―. Esto no está bien, es peligroso. Sobre todo, si no estás acostumbrado. Oye, ¿me oyes?
No le respondió. Intentó sentarse y Mikasa creyó que necesitaba ayuda, así que lo apoyó tomándolo de los brazos y acercándose peligrosamente a él. Pero no anticipó que Levi no estaba en sus cinco sentidos. Terminó mal interpretando el acercamiento de la joven e invirtió toda la situación. Se abalanzó sobre ella, cargándose con todo su peso, aprisionándola contra el sillón.
Mikasa, como gusano cubierto en sal, se removió de inmediato, sacudiéndose con exageración.
―Suéltame ―vociferó con prepotencia―. Se terminó la fiesta ―dijo mientras lo empujaba sin éxito.
«¿Tanto pesa este cabrón?», pensaba mientras sus manos se apoyaban en los hombros de Levi, intentando levantarlo.
―Mikasa ―susurró Levi, contra su mejilla, luego de inclinarse hasta llegar a ella.
Había intentado besarla. El maldito Levi Ackerman de mierda había intentado besarla, y ella, ágil como siempre, había reaccionado a tiempo para esquivarlo y quitarle el rostro.
―¡Basta! ―le gritó.
Estaba forzándola demasiado, tanto que comenzaba asustarla, a incomodarla, a recordarle cosas que no quería recordar… Terminó tomándole las muñecas, para sostenérselas a ambos lados del rostro y mirarla; aunque Mikasa estaba segura de que la veía de otro color y con dos ojos demás.
Mikasa se dio cuenta de que la violencia no funcionaba, y tomó la segunda opción. Levi soltó su agarre lentamente, y ella se valió de dicha oportunidad para ponerle la mano en su cara y con cuidado, hacerle retroceder hasta recostarlo en el sillón y alejarlo completamente de ella. Y Levi, creyendo que era ella quien quería tomar la iniciativa, cedió obediente.
El hombre se quedó con la cabeza apoyada en el reposabrazos, sin dejar de observar a la joven que permanecía sentada a su lado. Mikasa, por su parte, se acercó a él para mirarle las pupilas y descubrir que estaban totalmente dilatadas. Meneó la cabeza en negación y bufó exasperada. No sabía qué más hacer por él, excepto esperar a que el efecto terminase.
Mientras tanto, la mente de Levi divagaba en lo cerca que Mikasa estaba, al igual que hacía unos días atrás. Tenía un vago recuerdo de ella curándole una herida. Había querido besarla… había querido y no pudo… los labios de ella estaban cerca de él, nuevamente… y quería, de nuevo…
Mikasa Ackerman sintió algo húmedo, suave y frío posarse contra su boca. La respiración temblorosa de Levi le dio un indicio de lo que estaba ocurriendo, y entonces, rápidamente como si él quemase, se alejó de él de un solo sopetón, abriendo los ojos al máximo y entreabriendo la boca a causa del enfado. El maldito se había salido con la suya. Y lo que más le escoció el estómago fue verlo sonreír con su perfecta dentadura luego de que ella se apartase.
Se sentía victorioso. No obstante, se equivocaba.
Ella debía admitir que nunca antes había sentido nada igual, y eso le molestaba enormemente. Nunca antes había sentido pena y asco al mismo tiempo, y eso la confundía tanto. Ella no era ninguna fácil, no era una cualquiera, aunque su historial y su aspecto dijesen lo contrario, aunque los rumores nunca estuviesen a su favor, aunque tuviese más enemigos que amigos, daba igual: ella no era una opción viable ni para él, ni para nadie. No importaba qué tan atractivo le resultase el estúpido periodista, se convencería a sí misma de que eso sólo era una reacción biológica y que sentimientos por él no tenía, ni tendría jamás.
Le caía bien. Quería que Levi Ackerman fuese su amigo, porque eso quería él también, y ella lo sabía. Y aquel sería el único deseo que le cumpliría, así él exigiese más, ella no cedería. Se lo prometió a sí misma esa noche.
Y esa noche, Levi no resistió los efectos de la droga y se durmió al cabo de un rato y gracias a los cuidados de Mikasa.
Esa noche, Levi Ackerman soñó con Mikasa. Soñó con el pub y las luces parpadeantes, soñó con el pub y con Mikasa entre sus brazos, con Mikasa y un escote, con Mikasa y una droga, con Mikasa y un sillón, con Mikasa y un beso, con Mikasa y sus jadeos, con Mikasa y un clímax que no era real, que no estaba ahí entre sus piernas, sino en su imaginación. Porque por supuesto, su bragadura sería el último lugar en el que ella estaría.
Se despertó a la mañana siguiente con una resaca terrible, con un hambre descomunal y un dolor de cabeza inigualable. Sentía la garganta reseca y le costaba tragar. Sus ojos reaccionaban sensibles a la luz y tenía frío. Se removió en su lugar y descubrió que estaba durmiendo en un sillón estrecho, semi cubierto por un edredón que se le había escapado, destapándole. Se tapó con él y luego miró en todas direcciones. Le tomó unos minutos darse cuenta que se encontraba en el departamento de Mikasa Ackerman.
Y eso lo trajo de vuelta a la realidad de un solo golpe. Se sentó en el sillón sin medir su fuerza y una clavada punzante le atravesó el cráneo sin piedad. Se llevó la mano a la frente para soportar el malestar producto de su arrebato e intentó recordar por qué estaba ahí y qué había sucedido el día anterior. Nociones claras no tenía, excepto imágenes borrosas que parecían entremezclarse con sueños. No sabía hasta qué punto era real.
De pronto, rápidamente, fugaces recuerdos de la noche anterior se vinieron a su mente, aislando las ideas que había recapitulado y entonces, la imagen de Mikasa y el sillón lo atacó. Besos, abrazos… ¿Él y Mikasa?... ¿En verdad? No lo creía, así que se puso de pie, pasando por alto su malestar para encontrarla y preguntarle con urgencia qué había pasado, si aquellas imágenes que tenía en su mente eran reales.
El pánico hizo que su corazón palpitase con fuerza violenta, martillándole hasta en los oídos, porque aquello solo podía desencadenar dos resultados: comenzaban a volverse más cercanos o ella lo odiaría por siempre. Y no estaba totalmente seguro de la primera opción.
Se escabulló por la puerta abierta de la que debía ser su habitación, pero no la encontró. Posterior a eso, se aventuró hacia el baño, pero la puerta estaba abierta. En la sala de estar no la había encontrado, por ende, se dirigió hacia la cocina con toda esperanza.
La encontró de pie allí, tomándose un café y en cuanto la vio, recargó su figura en el marco del medio punto que daba paso a la estancia, y se quedó así. Ella no parecía molesta y eso le tranquilizaba. Pero se llamó así mismo ingenuo, tonto estúpido. Porque en cuanto Mikasa alzó su vista al divisar la sombra en el umbral, el brillo de su rostro se apagó al apenas verlo ahí.
Levi tuvo un mal presentimiento.
―¿Cómo estás? ―preguntó con torpeza.
Ella no pareció mostrar interés en sus palabras. Prosiguió bebiendo de la taza, haciendo como si no le hubiese visto aparecer por el medio punto. Levi tenía razón: ella lo odiaba.
―Bien. Sólo quiero saber algo… ―asumió toda culpa, sin embargo, necesitaba imprescindiblemente la respuesta a sus inconsistencias―. Tengo recuerdos de ayer… ―Levi no pudo ocultar su obstrucción―: Tan sólo dime si tú y yo…
Mikasa cambió su expresión a una de repulsión, y su mirada, que tanto quiso rehuirle, de pronto se clavó en él como una daga envenenada.
―No ―le contestó con pesadez―. Anoche fuiste víctima del stand de bebidas que usualmente traen sorpresas, dígase drogas, entre otros. Probablemente consumiste algo que no debías y dejaste que una tipa te atrapara, te drogara y te besuqueara. Es todo. Yo simplemente tuve la suficiente humanidad para traerte hasta aquí.
A Levi por poco se le cae el rostro.
―Gracias, no tenías que…
―Sí ―le detuvo con brusquedad―. Sí tenía. Tal vez fue mi culpa; debí advertirte de lo que consumías en el local.
―Soy adulto, ¿sabes?
Mikasa hizo un gesto de burla que pretendió dejarlo en ridículo y lo logró. Luego siguió bebiendo su café y Levi no supo cómo interpretar esa respuesta.
Lo había estropeado, una vez más. De eso sí era consciente, de que no importase cuanto se esforzara, siempre sería de ese modo.
Además de todo eso, sintió una gran molestia a raíz de dos motivos que martillaban en su magín: ser una carga para la joven asistente y, además, haber tenido sueños comprometedores con ella. No sabía cómo explicar qué condenados infiernos pasaba por su cabeza, pero las cosas ya estaban así. Había pasado la noche besuqueándose con una tipa que no conocía ―y su obsesión por la limpieza de pronto picó en su nuca a modo de alerta―, pero tenía en su mente recuerdos con Mikasa.
¿Tanto le gustaba que su mente recreaba momentos con ella? Porque el beso que tenía en su recuerdo no había sucedido en el pub, sino en el sillón… pero era una tontería. Si Mikasa decía que no, era porque no y punto. De seguro había mezclado los recuerdos con aquella desconocida y con la joven que ahora parecía fulminarlo con la mirada.
Asumió su culpa y volteó para ir en busca de sus zapatos y retirarse, darle a Mikasa el espacio que merecía, y ¡cielo santo!, se merecía tanto más. Pero él ¿qué podía darle?, excepto dolores de cabeza. Era un idiota, así se sentía. Un idiota que no sabía manejar su vida; Hange tenía razón.
No obstante, antes de que pudiese irse sin más, la voz de Mikasa le detuvo.
―Toma un café antes de irte.
Y cuando Levi giró para responderle, decidido a pedirle disculpas sin perder la esperanza, el teléfono de la joven irrumpió el momento.
―¿Diga?
Y fue todo lo que dijo. Fue todo lo que se oyó durante largos segundos que parecían no acabar.
Levi se movió por el lugar, buscándose una taza y una cuchara, mientras a intervalos indagaba los cambios de expresión que operaban en el rostro de Mikasa, sin embargo, sólo pudo percibir cómo lo que estaba cubierto de sombras, de pronto, parecía ensombrecerse aún más.
Ella cortó la llamada, podría decirse, casi con desinterés. Y luego, simplemente, lo lanzó al aire como quien dice cualquier cosa sin importancia.
―Mi madre ha muerto.
Y eso fue todo.
Levi se congeló en su posición, luego de sentir como el alma le abandonaba el cuerpo. No supo cómo reaccionar, desde luego que no. ¿Cómo podía reaccionar luego de lo que había sucedido y ante una persona tan compleja como lo era ella? Se obligó a sí mismo a reaccionar para decir algo propicio e incluso, intentó recordar patrones predeterminados de conducta social frente a momentos de pérdida, pero no pudo. La maldita resaca tenía un carnaval en su cabeza.
Trató de acercarse a ella, pero Mikasa alzó su mano, emulando un gesto para detenerlo y salió rápidamente del departamento sin pensárselo dos veces.
Se quedó solo.
Levi miró la taza y la cuchara en sus manos y decidió dejarlas en el mismo lugar de dónde las había obtenido, ejecutando cada movimiento con una lentitud tal, digna de la culpa, como si hubiese cometido una falta de respeto al haberlas tomado prestadas.
Finalmente, salió de la cocina, camino a la sala de estar en busca de sus zapatos. Se los acomodó y se retiró lo más rápido que pudo del lugar. La noticia había opacado el día más de lo que él con sus errores había hecho, y no se sentía cómodo estando ahí.
De lo que llevaba conociendo de Mikasa, podía decir que ella no querría ver a nadie durante un tiempo. Ella no quería un abrazo, se lo había dejado claro en el momento en que él había intentado acercarse a ella; ella no quería palabras dulces. No era el tipo de persona que se apoya en los demás o que busca algún tipo de respaldo; ella era el tipo de persona que se decía a sí misma ser su mejor amiga, y por lo tanto, su sola presencia debía bastar cuando se enfrentaba a situaciones difíciles. Por eso, cuando sucedían, vale decir los eventos traumáticos, Mikasa se alejaba como un gato orgulloso y volvía cuando ella lo considerase pertinente.
Él no podría hacer nada, aunque quisiera. Pero había una sola cosa que sí podía hacer por ella.
―Hola, Lancel. Necesito pedirte un favor.
Levi Ackerman se dio cuenta de que había tenido la razón, porque Mikasa no apareció durante los tres días siguientes. Sin embargo, Lancel había logrado comunicarse con ella. Ella le pidió disculpas por haber dejado el trabajo tan improvistamente, pero le explicó los problemas que había tenido.
La madre de Mikasa llevaba años viviendo en un centro de cuidados, debido a un grave derrame que había sufrido en el pasado. La pobre mujer había agravado y el Centro no había podido contactar a Mikasa; para cuando lograron dar con ella, Akane Ackerman había fallecido. Mikasa debía realizar todos los trámites pertinentes y retirar las pertenencias que habían quedado resguardadas en la institución.
Y todo eso se lo había comentado Lancel a Levi, quien boquiabierto, había oído toda la historia acompañado de un té en la casa de Lancel.
Levi había vuelto a Orvud cuánto antes, ya que después de todo, tenía un trabajo con el que cumplir. El favor que le había pedido a Lancel eran días libres para que Mikasa pudiese llevar a cabo sus asuntos sin problema, y por supuesto, adaptarse a su nueva realidad, sin olvidar el hecho de sobrellevar la pena y poder descansar antes de seguir adelante con la investigación.
Lancel le había exigido que por favor no preguntase por obviedades como esa; le recordó que no estaban cautivos en el pueblo, ni mucho menos los había esclavizado; que podían tomarse un tiempo si era necesario, y que él como compañero de trabajo, tenía todo el deber moral de acercarse a la chica y ofrecerle consuelo.
Tema sensible. Porque, de seguro, lo último que querría Mikasa en ese momento era verle. Pero Levi se mostró amable con Lancel y le agradeció por su empatía y compresión. El anciano no tenía que enterarse de los roces que él sufría con su asistente que, por cierto, no eran laborales sino más bien personales.
Al cuarto día, y durante la noche, sin que nadie lo hubiese premeditado, Mikasa volvió a la cabaña.
Levi Ackerman se había acomodado en el sillón con Kristeva en su regazo. La gata ronroneaba con pujanza al percibir el calor que le proveía el humano rezongón, y éste último se dedicaba a ver un documental sobre la Segunda Guerra Mundial. Se veía totalmente concentrado, justo cuando comenzaban a transmitir un extracto de un discurso de Adolf Hitler; tanto, que no percibió la sombra que apareció tras cruzar el descansillo.
Alzó la vista segundos después, y dio un respingo con sorpresa al ver a Mikasa allí; y sin poder decir o hacer algo, ella dejó la invitación en el aire con un tono de voz bastante ofuscado:
―¿Vamos a dar una vuelta? ―parecía como si hubiese venido de la guerra del mismo documental que él estaba viendo: pálida, con unas ojeras tremendas y el cansancio dibujado en el rostro―. Necesito despejarme.
―Siempre que quieras ―le dijo sin dudar, y la siguió en el acto.
Se lo debía.
El tanque de su auto estaba lleno, y si no lo hubiese estado, hubiese ido a llenarlo sólo para ella.
Mikasa insistió en que ella podía pagar la bencina que gastasen durante esa noche, pero él se negó repetidas veces. Le pidió que se olvidase de todo, que intentase reprogramarse a sí misma para empezar desde cero, y a ella le referencia le causó gracias. No tenía que hablarle con jerga informática para que ella entendiese a qué se refería. Pero valoró el gesto, y él no supo cuánto.
Levi se abrió paso por la carretera en medio de la noche, y gracias a todos los cielos, había luna. Una tan brillante que rebotaba sobre el camino, guiándolos a donde quisieran llegar.
Levi sabía que el ánimo de Mikasa rozaba lo deplorable, y también sabía que hacerla dar vueltas por un pueblo lleno de abuelos decrépitos no era el mejor panorama. Entonces, le sugirió otra opción:
―¿Te parece si nos vamos a Trost? Podríamos ir a la playa ―le dijo, sin dejar de prestar atención al camino.
Mikasa, sentada en el asiento de copiloto, volteó a verlo lentamente.
―Es tarde, ¿sabes? ―comentó con voz fúnebre.
Pero Levi podía contra eso.
―¿Y?
Mikasa se quedó viéndolo unos segundos y finalmente, fijó su mirada en el paisaje nocturno. Parecía surreal, como todos los colores jugaban entre sí, provenientes de una paleta de pintura onírica: todas las tonalidades de un azul profundo y la cuota blanquecina y cremosa de la luna, las estrellas y las nubes escuálidas.
Afuera la noche resplandecía gloriosa, hermosa. Pero su pecho, el de Mikasa, se contraía inquieto, víctima de todas las sensaciones y sentimientos que revoloteaban en su interior; todos tan difusos, todos tan antagónicos entre sí… y ella no entendía. Le sobraba inteligencia práctica, pero su inteligencia emocional era casi nula.
―No te he dado las gracias por cuidarme la otra noche ―admitió Levi, luego de tener ese sentimiento ahogado en su pecho por mucho tiempo. Su voz interrumpió los pensamientos en los que Mikasa estaba inmersa―. Yo cometí una estupidez. Quiero pedirte perdón también. No debió suceder de ese modo y aunque sé que ya has oído esto de mí con anterioridad, te prometo que no se volverá a repetir.
―¿Por qué… lo dices tan formal? ―inquirió la joven con extrañeza―. Eres un hombre adulto, ¿no? Tú lo dijiste. A mí no me debes explicaciones. Acepto las gracias, no así las disculpas. No tienes que disculparte conmigo.
―Te hice pasar un mal rato.
―Tal vez algún día aprendas el verdadero significado de esa expresión ―soltó Mikasa, sin apartar la mirada de las copas de los árboles que pasaban fugaces a través de la ventana del auto.
Si había algo que Levi detestaba era oír sus palabras y, a pesar de quedarse pensando en ellas, no entenderlas en lo absoluto, porque tal vez eran misteriosas y él nunca daba con las referencias exactas. Se perdía en los comentarios sorteados a su suerte y no les hallaba lógica.
Durante un largo rato se cuestionó si en realidad lo detestaba o si eso era lo que realmente le atraía de ella. Pronto volvió su atención al camino, no sin tomarse la libertad de darle pequeños vistazos a la joven Ackerman que no despegaba los ojos del paisaje. Al menos hasta que se sintió los ojos del hombre en ella y volteó hacia él. Sin embargo, él ya no la miraba.
El viaje sería largo. Mikasa lo sabía. Y el silencio, como nunca antes, comenzó a inquietarla. Pecando de curiosa, le dio reproducir a la radio del vehículo y revisó qué era lo que Levi escuchaba cuando se iba de viaje. Le había pillado una canción hacía tiempo: Three Libras, y ahora se había encontrado con tantas otras más que le gustaban: Killer de Antimatter entre una de ellas y siendo la que repitió más veces. Entonces, se dio cuenta que Levi y ella no eran tan distintos. La música de Levi era mucho más suave de lo que ella frecuentemente escuchaba, pero aun así coincidían en muchas bandas, y eso la hizo sentirse increíblemente cómoda, a gusto con el paseo nocturno, sobre todo por el soundtrack que les acompañaba.
Viajaron por mucho tiempo, hasta que la playa de Trost apareció frente a sus ojos: olas vigorosas, oscuras y bordeadas de blanca espuma; las nubes escabulléndose delante de la luna y dejándola salir a ratos; el sonido sibilante del agua y la brisa; el aroma salado.
Levi encontró un lugar perfecto en el que estacionó su auto, posicionándolo de frente a la inmensidad del mar frente a ellos. Palmoteó el volante emulando la batería de la música y meneando su cabeza con suavidad de un lado a otro, mientras esperaba las órdenes de Mikasa para proseguir. Ella lo contempló con rostro estoico y se reservó todo comentario de lo natural que lucía sin su expresión añejada en amargura y mostrándose animoso, jovial.
Cuando la canción se detuvo, sólo les acompañó el violento ruido de las olas, golpeándose las unas a las otras, y nada más.
―Siento mucho lo que sucedió con tu madre ―confesó Levi, reservando toda la prudencia que le fue posible.
Mikasa asintió y siguió con la vista imantada al precioso paisaje frente a sus ojos. No le molestaba que Levi intentase darle su pésame, en realidad, hasta le enternecía y estaba agradecida por su tacto y compresión. Sin embargo, no traía muchas intenciones de profundizar en la historia que rodeaba el fatídico desenlace de hacía cuatro días atrás; más llamativo le parecía concentrarse en la inmensidad del mar. Pero espabiló cuando se dio cuenta que el color del océano, el color del cielo nocturno, eran del mismo azul oscuro de los ojos de Levi, y si esas tonterías pasaban por su mente, significaba que algo no andaba bien.
Sintetizó rápidamente información sobre lo que estaba sucediendo, sobre lo que estaba haciendo.
Había vuelto y eso la hacía sentir estúpida. Pero la razón de haber vuelto a pesar de todo, era porque Levi Ackerman era el único que podía hacerla sentir mejor. Y lo necesitaba, aunque no lo demostrase, aunque él no tuviese ni la más remota idea de todo lo que sucedía en su vida realmente; ella prefería que fuese así. Ser simplemente una mocosa con pintas de darketa que ostentaba de una gran capacidad mental y que le ayudaba con un trabajo. Así podría sumergirse en aquel mundo de investigaciones y trabajo en equipo; aquel mundo que la hacía abandonar su malsana realidad.
Mikasa era reina en todo ese juego. Levi, ahora, raras veces le decía que no. Se estaba volviendo su súbdito y ella era una tirana de lo peor. Sabía que abusaría hasta el final de esos beneficios que provenían de él, aún si era su cariño, aún si era su aura que le brindaba protección, aún si era él por ser el único que sabía tratarla como persona, aun si era para mirarlo más de lo debido; empero jamás, nunca, iba a enamorarse de él.
No sería jamás con esos fines, y aunque sucediese, estaba dispuesta a auto-prohibírselo. Porque se había dado cuenta hacía cuatro días atrás: ella no había nacido para amar.
―¿Cómo te sientes? ―se sintió estúpido luego de preguntárselo; estaba claro que debía sentirse pésimo, pero ella refutó contestándole todo lo contrario.
―Me siento mucho mejor ―afirmó, quieta, atenta al mar.
Levi no logró meditar lo que hizo a continuación; fue casi instintivo. Deslizó el dorso de su mano por el rostro del Mikasa, y ella, siempre alerta, dio un respingo y pareció asustada, como un perro que es acariciado por primera vez luego de años de maltrato. Levi por poco pensó que ella iba a parpadear y a protegerse a sí misma con los brazos como si él fuese a golpearla, y aunque no lo hizo, lo dejó con una sensación similar. Él no quería hacerle daño y retiró la mano si es que eso la perturbaba.
Sin embargo, Mikasa logró relajarse y abandonó su postura agresiva. Luego manipuló la manilla de su asiento y lo empujó hacia atrás. Le hizo un gesto a Levi, con la cabeza, indicando que la imitase y él, como buen súbdito, obedeció, reclinando el asiento hacia atrás y acercándose a Mikasa para hablarle bajito, como si alguien más fuese oírlos. Se le acercó lo que más pudo y acomodó su cabeza en el asiento de ella, rompiendo la distancia, compartiendo el oxígeno peligrosamente.
―No es necesario que seas orgullosa. Sé cómo se siente ―Mikasa le prestó genuina atención a sus palabras―. Mi madre murió hace un año y fue un momento muy difícil.
―Lamento oírlo ―quiso añadir: «eso no estaba en mi informe», pero se contuvo. Realmente, sí había cosas que no sabía de él―. Pero creo que mi madre se ha liberado de una gran carga. Lo cierto es que ella ya había perdido su vida hace muchos años atrás; lo que terminó de morir ahora fue su prisión mortal, su cuerpo. Era cosa de tiempo, lo tenía asumido.
Las frías palabras le chocaron un poco a Levi. No era que le molestase, pero definitivamente, algo había sucedido con Mikasa Ackerman para que fuese de ese modo.
―¿Qué pasó contigo? ―murmuró Levi, formando una corriente de aliento que llegó a los labios de Mikasa.
Ella lo observó con detenimiento sin ánimo de querer contestarle.
Se acercó a él en un movimiento fugaz, haciendo que a Levi se le cortase la respiración producto del ataque sorpresivo… y le asestó un cabezazo digno de un buen aturdimiento. Mikasa tuvo que reprimir la risa que cosquilleó en su garganta, y al momento de retraer su postura pudo ver la expresión de Levi: tan tonta y tan bonita a la vez.
Ella le construyó todas las ilusiones en un segundo, y se las destruyó al siguiente.
A modo de consuelo, Mikasa le sonrió un poco, sólo un poco. Una curvatura pequeña que se asemejaba a la que le había mostrado en la cena con los Lindberg. Pero mucho más fugaz, y para cortar la tensión le dijo:
―No estoy depresiva, tranquilo.
Levi aún no salía de su embeleso.
Ya le había robado un beso a Mikasa y él ni enterado estaba. Ella tampoco pretendía recordárselo; prefería dejarlo en el olvido, y ésta era su venganza. Jugaba con él porque sabía que de seguro él todavía creía que aquello jamás sucedería.
Era cruel de su parte, mas no le preocupaba en lo absoluto.
―Ahora llévame a tu departamento. Yo te presté el mío la otra vez ―pidió y luego volteó el rostro para mirarlo en el acto, y comprobar que no había cometido un error al decirle eso.
Ciertamente no lo hizo.
―¿Nos vamos ya? ―inquirió Levi, retomando una postura seria.
―Mañana podemos tomarnos el día libre. Quiero descansar.
―Entonces vamos.
Al llegar, Mikasa se dejó caer en la cama de Levi como un edificio desplomándose tras una explosión. Quedó rebotando unos segundos, y se contentó con el vaivén de la mullida cama bajo su cuerpo. Dios, llevaba días sin dormir bien, estaba exhausta.
El departamento de Levi parecía sacado de un catálogo de IKEA3. Todo combinaba demasiado bien y todo estaba estéticamente proporcionado. Pero nada podría superar la cama King: grande, cómoda, un paraíso hecho colchón. Y no sólo eso: rebosante del aroma de Levi; aroma que a esas alturas se hacía cada vez más familiar para Mikasa, tanto, hasta el punto de hacerse adictivo.
Mikasa rodó por la superficie de la cama y se quedó de espaldas, dormitando mientras sentía que Levi iba de un lado a otro ordenando sus cosas personales. El cansancio amenazaba con vencerla ahí mismo, pero luchaba por mantenerse despierta y así evitar otro exabrupto por parte de su anfitrión.
Cuando Levi hubo terminado y puesto todo en orden, se acercó a ella para ver cómo se encontraba. La encontró con los ojos cerrados y respirando suavemente. La creyó dormida, y por lo tanto, acercó su mano para acariciarle una mejilla, sin espantarla como había hecho en el auto. Se inclinó sobre su rostro para verle las pestañas: eran bellísimas, tantas, tan largas. Sin embargo, los párpados que estuvieron cerrados anteriormente, se abrieron revelando dos irises grises que lo escrutaron con interés.
¿Cómo explicarle por qué estaba a tan sólo centímetros de su rostro? No obstante, no fue necesario.
No lo fue, porque ella admitió sin culpas:
―Me gusta trabajar contigo ―y llevó su mano a peinar el flequillo de Levi que le causaba cosquillas sobre su propio rostro.
―A mí también me gusta trabajar contigo ―confesó Levi, y luego de quedarse viéndola un par de segundos más, se dejó caer para recostarse a su lado.
