Holas... nuevo capitulo..

no tengo mucho ke decir. solo gracias por los reviews

y ke disfruten este capitulo y ya saben ke ni la historia ni los personajes me pertenecen...
nos vemos abajooo

ATENCION ESTE CAPITULO CONTIENE LEMON


Afrontar el Fuego

Tres

—¿Qué has hecho?

Aoshi metió la cabeza en la nevera y buscó una cerveza. Conocía ese tono. Su mujer no lo emplea­ba mucho y por eso era tan efectivo.

Buscó la cerveza con calma y se cercioró de que tenía la cara relajada y serena antes de volver a mirarla.

Misao estaba ante los fogones cocinando algo maravilloso. Plantada en jarras con una cuchara de madera en la mano. Le pareció que estaba furiosa y muy seductora, pero no le resultó prudente de­círselo en ese momento.

—He invitado a Kenshin a cenar —sonrió al decir­lo y abrió la cerveza—. Ya sabes cuánto me gusta presumir de la increíble cocina de mi maravillosa mujer —Misao entrecerró los ojos y Aoshi bebió un sorbo de cerveza—. ¿Hay algún problema? Nunca te ha importado que venga gente.

—No me importa que venga gente, me impor­ta que venga un capullo.

—Misao, es posible que Kenshin fuera un poco des­considerado de joven, pero no es un capullo. Ade­más, es mi amigo más antiguo.

—Y le rompió el corazón a una de mis amigas; que también lo es tuya. La dejó plantada y se fuea Nueva York a hacer no se sabe qué durante más de diez años. Y ahora... ahora —continuó con rabia—, vuelve a aparecer en la isla y espera que todo el mundo lo reciba con los brazos abiertos —golpeó la encimera con la cuchara de madera—. Yo, desde luego, no voy a ponerle una alfombra roja.

—¿Y un felpudo?

—¿Crees que estoy de broma? —se dio la vuel­ta y fue hacia la puerta trasera.

Aoshi consiguió alcanzarla antes de que saliera.

—No. Perdona, Misao —le acarició la cabeza—. Mira, siento mucho lo que pasó entre Kenshin y Kaoru. Lo sentí en su momento y lo siento ahora. El he­cho es que crecí con Kenshin y éramos amigos. Bue­nos amigos.

—Tú lo has dicho: erais.

—Para mí, no —para Aoshi resultaba así de sencillo—. Kaoru me importa y él también. No quie­ro que se me ponga en la tesitura de tener que to­mar partido, y menos en mi casa. Sobre todo, so­bre cualquier otra cosa, no quiero que tú y yo discutamos por eso, pero no debería haberlo invi­tado sin consultarte. Iré a anular la invitación.

—Lo haces para que me sienta mezquina y ras­trera.

Aoshi esperó un segundo.

—¿Ha funcionado?

—Sí, maldita sea —le dio un pequeño empu­jón—. Quítate de en medio. Si va a venir a cenar, será mejor que no se queme el guiso.

Aoshi no se apartó. La agarró con fuerza de las manos.

—Gracias.

—No me des las gracias hasta que haya pasado la velada sin que le haya dado un par de cortes.

—Captado. ¿Pongo la mesa?

—Por ejemplo.

—¿Quieres poner velas?

—Sí, negras —sonrió veladamente mientras iba a comprobar el punto del arroz salvaje—. Para ahuyentar la energía negativa.

Kenshin resopló.

—Tenía que ser alguna vez.

Kenshin llevó un buen vino y unos preciosos narci­sos amarillos. Pero eso no la apaciguó. Estuvo educada, exageradamente educada, y sirvió el vino en el porche delantero con unos canapés que había hecho en el último momento.

Kenshin no sabía bien si ella pretendía ser simpática o dejar patente que lo recibiría en su casa por fases.

—Espero que no hayas hecho nada excepcio­nal —le dijo Kenshin—. No hay nada más molesto que un invitado inesperado.

—Es verdad, tienes razón —replicó ella con sua­vidad—, pero estoy segura de que no estás acostum­brado a tomar cualquier cosa, así que nos apañaremos.

Misao volvió a entrar en la casa y Kenshin dejó escapar un silbido. Ya estaba seguro. Iba a ser admitido, pero por fases muy costosas.

—Esto marcha.

—Kaoru significa mucho para ella por muchos motivos.

Kenshin se limitó a asentir con la cabeza y fue a la barandilla del porche. Lucy, la perra labrador de Aoshi, se tumbó boca arriba para que le acariciara la tripa. Kenshin se agachó y le dio ese placer.

Conocía los motivos de la fidelidad de Misao ha­cia Kaoru. Se había ocupado de enterarse de todo lo que había pasado durante su ausencia. Sabía que Misao había llegado a la isla escapando de un marido que la maltrataba. Había fingido su propia muerte (tenía que admirar sus agallas por hacerlo); cambió de nombre y aspecto y había ido de un sitio a otro por todo el país trabajando de camarera o cocinera.

Conoció las noticias sobre Soujiro Seta, quien estaba encerrado en el pabellón de enfermos mentales de una prisión.

También sabía que Kaoru le había dado trabajo como encargada del café y que le había dejado una casa. Además, sospechaba que le enseñó a perfec­cionar sus dones.

Intuyó que Misao era una de las tres en cuanto la vio.

—Misao lo ha pasado mal.

—Muy mal. Se jugó la vida para salvarse. Cuando llegó aquí, Kaoru le dio la oportunidad de echar raíces. Yo también tengo que agradecérselo. Además —esperó a que Kenshin se diera la vuelta—, habrás oído hablar de Seta.

—El mandamás de Hollywood, el maltratador de esposas, el psicópata —se irguió—. También sé que te arrancó una tajada cuando intentaba llegar hasta Misao.

—Aja —Aoshi se pasó distraídamente la mano por el hombro donde le había apuñalado—. La si­guió hasta aquí y la derribó antes de que yo pudie­ra llegar, cuando lo hice, me dejó fuera de juego du­rante un rato. Ella corrió hacia el bosque con la certeza de que él la seguiría y no tendría tiempo para rematarme —se le puso una expresión som­bría al recordarlo—. Cuando me levanté para se­guirlos, Kaoru y Megumi ya habían llegado. Sabían que Misao tenía problemas.

—Claro, Kaoru tenía que saberlo.

—El hijo de puta la tenía con un cuchillo en la garganta —incluso entonces la rabia le domina­ba—. La habría matado. Quizá yo hubiera podido disparar, pero él la habría matado de todas formas. Ella se lo quitó de encima. Reunió todo lo que lle­va dentro y con la ayuda de Kaoru y Megumi hicieron que él volviera a ser lo que era. Lo vi con mis pro­pios ojos —murmuró Aoshi—. Sucedió allí, en el pequeño bosque que hay junto a la casa donde es­tás ahora. Un círculo de luz surgió de la nada y Seta cayó al suelo entre aullidos.

—Es valiente y tiene fe.

—Efectivamente. Ella lo es todo para mí.

—Eres un hombre afortunado —se distrajo un segundo con la idea de que una mujer, una mujer cualquiera, pudiera serlo todo para un hombre—. Su amor por ti es algo evidente, incluso cuando está de uñas —Kenshin sonrió levemente—, como lo es­tá ahora porque has invitado a Judas a su mesa.

—¿Por qué lo hiciste¿Por qué te marchaste?

Kenshin sacudió la cabeza.

—Por muchos motivos, y sigo dándole vueltas a algunos de ellos. Cuando los sepa todos, se lo di­ré a Kaoru.

—Esperas demasiado de ella.

Kenshin miró al vaso de vino.

—Quizá, siempre lo hice.

Aoshi hizo un esfuerzo enorme para que duran­te la cena la conversación fuera ligera y fluida. Cal­culó que durante la hora que estuvieron sentados a la mesa había charlado más de lo que hablaba normalmente en una semana, pero cada vez que miraba a Misao suplicándole ayuda, ella no le hizo ningún caso.

—Ya entiendo por qué el café nos arrebató par­te de las comidas del restaurante —comentó Kenshin—. Es una artista en la cocina, señora Shinomori. Sólo siento que no entrara en el hotel cuando llegó a la isla en vez de hacerlo en el café de Kaoru.

—Entré donde tenía que entrar.

—¿Cree en el destino?

—Completamente.

—Yo también. Completamente.

Se levantó, cogió su plato y, cuando Misao se dio la vuelta, hizo una seña con la cabeza a Aoshi para que se esfumara. Este puso en la balanza la ira de su mujer y el agotamiento por hacer de paracho­ques y se levantó.

—Tengo que dar una vuelta a Lucy —masculló como excusa mientras salía a toda prisa.

Misao lanzó una mirada fulminante a la espalda que se alejaba.

—¿Por qué no acompañas a Aoshi? Mientras, haré una cafetera.

Kenshin, distraídamente, se agachó y acarició al gato gris que había salido de debajo de la mesa pa­ra estirarse. El felino le enseñó las uñas.

—Te echaré una mano —dijo después de haberse salvado por poco de un zarpazo. Vio que Misao hacía un gesto de aprobación al gato que había llamado Diego.

—No quiero ninguna mano.

—No quieres mi mano —le corrigió Kenshin—. Aoshi es el mejor amigo que he tenido.

Misao, sin molestarse en mirarlo, abrió el lava­platos y empezó a llenarlo.

—Tienes una forma extraña de definir la amistad.

—La defina como la defina, es la verdad. Él es importante para los dos, así que por su bien, espe­ro que podamos alcanzar una tregua.

—No estoy en guerra contigo.

Kenshin volvió a mirar al gato, que se había tum­bado junto a su dueña para asearse y mirarlo con ojos recelosos.

—Te gustaría estarlo.

—Perfecto —Misao cerró de golpe la puerta del lavaplatos y se dio la vuelta—. Me gustaría colgar­te de los pulgares por lo que le hiciste a Kaoru y lue­go encender una hoguera debajo para que te achi­charraras vivo. Además, mientras te achicharras, me gustaría...

—Vale, vale. Me hago una idea.

—Entonces, sabrás lo inútil que es que inten­tes conquistarme.

—¿Cuando tenías veinte años hiciste siempre lo que tenías que hacer¿Nunca te equivocaste en alguna decisión?

Misao abrió el agua caliente con un golpe y echó un chorro de jabón.

—Nunca hice daño a nadie intencionadamente.

—¿Si lo hubieras hecho, intencionadamente o no, durante cuánto tiempo crees que habrías teni­do que pagarlo¡Maldita sea!

Soltó la maldición al ver que ella no le respon­día y cerró el grifo.

Ella soltó otra maldición y volvió a abrir el grifo.

Kenshin, furioso, le tomó las manos entre las suyas. Una chispa azul, tenue y vacilante brotó entre los dedos.

Misao se quedó petrificada y la rabia se disipó por la impresión. No apartó las manos y fue dán­dose la vuelta lentamente hasta que quedó frente a Kenshin y pudo mirarlo a los ojos.

—¿Por qué no me lo ha dicho nadie?

—No lo sé hermana —Kenshin sonrió hasta que la luz se transformó en un ligero resplandor. Misao, ató­nita, sacudió la cabeza—. El círculo lo forman tres. Tres que proceden de tres, pero los elementos son cuatro. El tuyo es el aire y la que te precedió no tu­vo tu valor. El mío es el agua. Tú crees en el desti­no, en la Hermandad. Estamos conectados y no puedes cambiarlo.

—No —Tendría que meditarlo con calma. Fue retirando las manos lentamente—. Pero tampoco tiene por qué gustarme. Ni eso ni tú.

—Crees en el destino y en la Hermandad, pero no en el perdón.

—Creo en el perdón cuando se merece.

Kenshin se alejó con las manos en los bolsillos.

—Esta noche vine con la intención de con­quistarte. Con la intención de eliminar alguna ca­pa de tu resentimiento y animadversión. En parte fue por orgullo. Duele mucho que la mujer de tu mejor amigo te deteste —cogió la botella de vino y sirvió un poco en el vaso que ella no había frega­do todavía—. En parte, también fue una estrate­gia —dio un sorbo—. Sé perfectamente que Megumi y tú vais a proteger a Kaoru.

—No voy a consentir que vuelvan a hacerle daño.

—Y estás segura de que yo voy a hacérselo —de­jó el vaso en la encimera—. Entonces, vine a tu casa y noté lo que Aoshi y tú compartís. Lo que habéis construido entre los dos. Me senté a vuestra mesa y me diste de comer, aunque hubieras preferido col­garme de los pulgares. Así que en vez de conquis­tarte, tú me has conquistado a mí —Kenshin echó una ojeada a la cocina. Siempre había sido una habita­ción acogedora. Hubo un tiempo en que era bien recibido allí—. Te admiro por lo que has hecho de tu vida y te envidio por tu claridad de ideas y la feli­cidad de tu casa. Aoshi es importante para mí —ella lo miró sin decir nada—. Me imagino que te re­sultará difícil asimilarlo, pero es así. No pretendo hacer nada que le complique su relación contigo. Me iré por la puerta trasera mientras está entrete­nido con Lucy.

Misao se secó las manos.

—Todavía no he hecho el café.

Kenshin se dio la vuelta desde la puerta y la miró.

Misao comprendió por qué Kaoru se había enamo­rado de él. No había sido sólo por lo increíble­mente guapo que era. En sus ojos vio mucho po­der y mucho sufrimiento.

—No te perdono —dijo enérgicamente—, pe­ro si Aoshi te considera su amigo, será porque tie­nes alguna virtud que te redima. Aunque esté oculta. Siéntate. De postre tenemos bizcocho bo­rracho.

Misao le había bajado los humos, pensó Kenshin mientras volvía a su casa dando un paseo. La morena de ojos verdes le había dado un repaso; primero con su escrupulosa educación, luego con su fran­queza brutal y, para terminar, con su prudente comprensión, y todo en una velada.

Era raro que quisiera ganarse el respeto de al­guien, pero quería el de Misao Shinomori a toda costa.

Recorrió la playa como lo hacía de niño: con impaciencia. También giró para dirigirse a su casa como lo hacía de niño: sin ganas.

¿Cómo podía explicar que, si bien adoraba la casa del acantilado, nunca la había considerado su­ya? No lamentó que su padre la vendiera.

La ensenada y la cueva significaron mucho pa­ra él en otro momento de su vida, pero la casa en sí sólo había sido madera y cristal. No encontró cari­ño dentro; exigencias, sí, muchas: ser un Himura, triunfar, llegar a lo más alto.

Había conseguido las tres cosas, pero se pre­guntaba qué precio había pagado por ello.

Volvió a acordarse del espíritu de la casa de los Shinomori. Siempre había pensado que las casas tenían un espíritu y el de aquella era cálido y afectuoso. Se dijo que el matrimonio funcionaba para algu­nos. El compromiso, la unidad... no sólo por con­veniencia o posición social, sino de corazón.

Eso, para él, era un don muy, muy escaso.

En su casa había habido poco afecto, no aban­dono, malos tratos, ni mezquindad. Que recorda­ra, sus padres habían sido socios, pero nunca una pareja. Su matrimonio era tan efectivo y frío como una fusión de empresas.

Todavía podía recordar cuánto le fascinaban, y abochornaban ligeramente, las muestras de cariño entre los padres de Aoshi.

Se los imaginaba viajando por todos lados en su casa rodante y, al parecer, pasándoselo como nunca. A sus padres les habría espantado la idea.

Se preguntó cuánto de nosotros mismos debemos a nuestros padres. ¿La infancia asombrosa­mente feliz de Aoshi le habría predispuesto para crear una familia que se llevara bien?

¿Era una lotería o era, en definitiva, lo que no­sotros íbamos forjando? Quizá fuera una decisión que llevaba a otra decisión.

Se detuvo para observar el haz de luz blanca que barría el mar. El faro de Kaoru en el acantilado de Kaoru. ¿Cuántas veces se habría parado allí mis­mo para observar ese resplandor de esperanza y pensar en ella?

Y desearla.

Ya no podía recordar cuándo había empezado todo. Hubo veces en que llegó a pensar que nació deseándola yle aterró la sensación de verse arras­trado por una marea que se había formado antes de su existencia.

¿Cuántas noches la había anhelado? La anhe­laba incluso cuando la tenía, cuando estaba dentro de ella. Para él, el amor fue tomentoso yrepleto de un placer ilimitado yde un terror del que no podía escapar.

Para ella, tan sólo había sido, sin más.

De pie al borde de la playa, dejó volar sus pensa­mientos sobre el negro mar. Hacia el resplandor. Hacia los acantilados y la casa de piedra. Hacia ella.

El muro que Kaoru se había construido alrede­dor los repelió y se los devolvió.

—Tienes que dejarme entrar —murmuró Kenshin—. Antes o después lo harás.

De momento, no insistió y siguió el paseo ha­cia su casa. La tranquilidad que tanto había agra­decido el primer día empezó a pesarle y se convir­tió en soledad. Se quitó la idea de la cabeza y en lugar de ir a su casa, se dirigió al bosque.

Hasta que Kaoru le hablara, se enteraría por otros medios de lo que tenía que enterarse y vería por otros medios lo que tenía que ver.

La oscuridad era profunda. En el cielo brilla­ban algunas estrellas dispersas y un fino gajo de lu­na. Sin embargo, tenía otras formas para ver. Se adaptó a la noche. Se oía el leve murmullo de un riachuelo y sabía que las flores silvestres dormían en sus orillas. Oyó también a un animalillo que huía entre los arbustos y el lastimero ulular de un búho. Uno sería presa y alimento del otro.

Olía a tierra y humedad y supo que llovería an­tes del amanecer. Sintió el poder.

Avanzó en medio de la oscuridad y entre los árboles con la misma tranquilidad con que otro hombre caminaría por la calle principal una tarde soleada. Sentía las palpitaciones del poder en la piel, la emoción de la magia que despertaba.

Vio, en el suelo tapizado de hojas caídas, el lu­gar donde se había trazado el círculo.

Las tres eran fuertes cuando se unían, se dijo. Había sentido la misma energía en la playa y supo que allí se había trazado un círculo de poder. Sin embargo, el del bosque lo habían trazado antes, así que investigaría primero allí.

—Sería más fácil que me lo dijeran ellas —co­mentó en voz alta—, pero seguramente no sería tan gratificante. Así que...

Levantó las manos con las palmas hacia arriba como copas prestas a ser llenadas.

—Que se me muestre. Invoco a las tres que una vez y para siempre fuisteis parte de mí. Que la noche refleje lo que se me debe revelar. Que se me muestre cómo y por qué se trazó este círculo para que pueda empezar a realizar mi tarea. Que se me conceda esa visión. Que se haga mi voluntad.

La noche se rasgó como una cortina henchida por el viento. Vio el miedo, como un conejo en una trampa; el odio, afilado como unos colmillos insa­ciables; el amor, arropado por la calidez del valor.

Vio lo que le había contado su amigo; vio a Misao que corría por el bosque y vio con claridad lo que pensaba: tenía miedo y sufría por Aoshi, sentía desesperación no sólo por escapar de su persegui­dor sino por salvar al hombre que amaba.

Kenshin cerró los puños al ver como Seta la alcanzaba y le ponía un cuchillo en el cuello.

Le dominaron las emociones. Vio a Kaoru con un vestido negro salpicado de estrellas plateadas y a Megumi que sujetaba una pistola. Aoshi, ensan­grentado, apuntaba con su arma.

La noche vibraba de locura y terror.

La magia empezó a hervir.

Brotó en Misao, que resplandeció al vencer sus miedos. Brilló alrededor de Kaoru, cuyos ojos eran plateados como las estrellas de su vestido y lenta­mente, casi a regañadientes, surgió de Megumi co­mo una chispa cuando bajó la pistola y agarró la mano de Kaoru.

Entonces, el círculo ardió como un fuego azul.

El impacto lo cogió desprevenido y retrocedió dos pasos antes de recomponerse, pero había per­dido la visión que se desvaneció vacilante.

—El círculo no se ha roto —levantó la cara y vio unas nubes que tapaban las estrellas—. Tienes que dejarme entrar, Kaoru, o todo habrá sido en vano.

Avanzada la noche, sin planearlo ni proponér­selo, la buscó en sueños. Voló al pasado, a los tiem­pos cuando el amor estaba vivo y era dulce, cuando lo era todo.

Kaoru tenía quince años, unas piernas muy largas, una melena de fuego negro y unos ojos cálidos como el cielo en verano. Su belleza le impresio­nó, como siempre. Se reía mientras entraba en el agua en la ensenada. Llevaba unos pantalones cortos color caqui y una liviana camisa azul chi­llón que dejaba al aire los brazos y un trozo del vientre. Podía olerla por encima de la sal y el mar, podía oler esa fragancia embriagadora y provoca­tiva de Kaoru.

—¿No quieres bañarte? —se volvía a reír y chapoteaba en el agua—. Kenshin de ojos tristes¿qué problema te abruma hoy?

—No me abruma ningún problema.

Sí le había abrumado uno. Sus padres le hacían el vacío porque ese verano había preferido quedar­se a trabajar en el hotel en vez de ir a Nueva York. Se preguntaba si no habría cometido un error, un tremendo error, al insistir tanto en quedarse en la isla por Kaoru. La idea de estar lejos de ella unos me­ses seguidos le parecía seductora e inimaginable a la vez.

Había empezado a pensar en ello. Se lo plantea­ba cada vez más cuando dejaba la isla para volver a la Universidad. Había comenzado a pensar la posibilidad de ponerse a prueba y buscar una excu­sa para no volver a la isla, a ella, durante algún fin de semana.

Cada vez que se montaba en el transbordador para dejar Tres Hermanas, ellas, Kaoru y la isla, tira­ban de él. Y en ese momento, había renunciado a aprovechar la escapatoria que le habían ofrecido en bandeja. Tenía que volver a pensarlo. Tenía que replanteárselo.

Sin embargo, cuando Kaoru llegó a su playa, su anhelo era tal que no podía pensar en nada que no fuera estar con ella.

—Si no te abruma ningún problema, demués­tralo —Kaoru caminaba de espaldas al agua que le golpeaba en los esbeltos muslos—. Ven a jugar.

—Soy demasiado mayor para jugar.

—Yo no —se metió en el agua y se deslizó co­mo una sirena. Cuando volvió a salir, el pelo le chorreaba y la camisa se le ceñía irresistiblemente a los pechos. Kenshin creyó que iba a volverse loco—. Me había olvidado, tienes casi diecinueve años. Ya no puedes rebajarte a chapotear.

Kaoru volvió a zambullirse y buceó a través del agua azul oscuro de la ensenada. Cuando él le agarró el tobillo, ella pegó una patada y salió entre risas. Siempre le había hechizado su risa.

—Ya te enseñaré yo lo que es rebajarse —dijo Kenshin antes de hacerle una aguadilla.

Todo era inocente: el sol, el mar, el resplande­ciente principio del verano, el resbaladizo límite entre la juventud y el futuro.

La inocencia no podía perdurar.

Chapotearon, se pelearon y nadaron como delfines.

Se juntaron como lo hacían siempre, primero unían los labios debajo del agua y se abrazaban cuando salían a tomar aire. La necesidad los acu­ciaba y ella tembló entre sus brazos. Kaoru separó los labios, húmedos y cálidos, con una confianza y aceptación que hizo que Kenshin se estremeciera hasta las entrañas.

—Kaoru —sabía que la desearía hasta la muerte y apoyó la cara en sus mechones empapados—. Te­nemos que parar. Vamos a dar un paseo —no po­día dejar de acariciarla mientras hablaba.

—Anoche soñé contigo —dijo Kaoru con delica­deza—. Siempre sueño contigo. Cuando desperté, supe que pasaría hoy —echó la cabeza hacia atrás y él creyó precipitarse en esos ojos azules—. Quiero estar contigo y con nadie más. Quiero entregarme a ti y a nadie más.

A Kenshin le hirvió la sangre. Intentó pensar en lo que estaba bien y lo que estaba mal, en el mañana, pero sólo podía pensar en ese momento.

—Tienes que estar segura.

—Kenshin —le cubrió el rostro de besos—. Siem­pre he estado segura.

Se apartó de él, pero sólo para tomarlo de las manos. Fue ella quien lo sacó del agua y lo llevó a la cueva que se abría al pie del acantilado.

Era fresca y seca, y lo suficientemente alta en el centro como para que Kenshin cupiera de pie. Vio una manta extendida junto a la pared del fondo y velas diseminadas por el suelo. Miró a Kaoru.

—Te dije que lo sabía. Éste es nuestro sitio —mientras lo miraba, alzó los dedos temblorosos a los botones de la camisa.

—Tienes frío.

—Un poco.

Kenshin se acercó a Kaoru.

—Y miedo.

—Un poco —ella sonrió levemente—, pero no me durarán mucho.

—Tendré cuidado.

Kaoru dejó que las manos le cayeran a los costa­dos y que él terminara de desabotonarle la camisa.

—Lo sé. Te quiero, Kenshin.

Kenshin le rozó los labios con los suyos.

—Yo te quiero a ti.

A ella se le disipó cualquier rastro de temor.

—Lo sé.

Él ya la había acariciado y ella lo había acari­ciado. Habían sido caricias maravillosas, insatisfactorias y, normalmente, apresuradas. Entonces, mientras se desvestían el uno al otro, las velas co­braron vida. Se tumbaron sobre la manta y pareció como si un velo cubriera la entrada de la cueva pa­ra proteger su intimidad.

Juntaron las bocas dulces y ardientes. Kaoru no­taba cada vez más placer, pero también que Kenshin se contenía. La rozaba con dedos vacilantes como si temiera que fuese a desvanecerse.

—No te dejaré —murmuró Kaoru antes de que se le escapara un jadeo cuando la boca de Kenshin, con un anhelo repentino, se deleitó con uno de sus pechos.

Kaoru se arqueó debajo de él y lo acarició. Sentía el cuerpo ingrávido como si siguiera sumergida en la profundidad del mar. Kenshin la miró y sintió un es­calofrío de poder al verla con el pelo empapado contra la manta y los ojos nublados por las sensa­ciones que le proporcionaba.

La hizo volar. Kaoru gritó, fue un sonido largo y profundo que lo atravesó e hizo que se sintiera in­vencible. Cuando ella le entregó su inocencia, Kenshin tembló.

El joven intentó ser delicado pese al apremio de la sangre y lo acuciante del anhelo. A pesar de todo, notó el parpadeo de la vacilación.

—Aunque sea por un minuto —en pleno deli­rio le besó el rostro sin freno—. Lo prometo. Sólo un minuto —se dejó llevar y la tomó.

Kaoru se aferró a la manta y reprimió el primer grito, pero el dolor inicial dio paso al cariño.

—Ah... —se le escapó el aliento en un suspi­ro—. Claro —lo besó en el cuello—. Claro.

Empezó a moverse debajo de él. Se irguió y lo atrajo hacia sí hasta volver a caer de espaldas. La cali­dez se tornó en ardor y los cuerpos adquirieron des­treza. Se tomaron el uno al otro sin dejar resquicio.

Las velas proyectaban reflejos dorados cuando Kaoru, como si estuviera soñando, quedó rendida entre los brazos de Kenshin.

—Así lo encontró ella.

Kenshin le recorrió los hombros con los dedos. No podía dejar de tocarla. Notaba que tenía la mente cegada por el resplandor sexual y que había olvida­do todo lo que pensó en la playa.

—¿Mmm?

—La que fue Fuego. La que me pertenece. Así lo encontró ella y así se enamoró de su silkie1hecho hombre mientras él dormía.

—¿Cómo lo sabes?

Quiso decirle que lo había sabido siempre, pe­ro en vez de eso sacudió la cabeza.

—Le arrancó la piel y la escondió para retener­lo. Lo hizo por amor y si era por amor no podía haber mal en ello.

Kenshin le besó el cuello mientras se deleitaba al sol del atardecer. Quería estar con ella, quería que ese momento fuera eterno. No quería nada más ni a na­die más. Nunca querría otra cosa ni podría quererla. Darse cuenta de ello le serenó en lugar de alterarlo.

—No hay mal en nada si es por amor.

—Pero ella no pudo retenerlo —continuó Kaoru sin cambiar de tono—. Al cabo de los años, cuando tuvieron hijos, cuando ella hubo perdido a sus her­manas y el círculo se deshizo, él encontró la piel y no pudo contenerse. Su naturaleza era así. Una vez encontrada la piel, nada podía retenerlo, ni el amor. Él la abandonó, volvió al mar y se olvidó de que ella existía. Se olvidó de su hogar y de sus hijos.

—Te entristece pensar en eso —la abrazó con fuerza—. No te pongas triste ahora.

—No me abandones —escondió la cara en el hombro de Kenshin—. No me abandones jamás. Creo que me moriría, como murió ella: sola y con el co­razón destrozado.

—No lo haré —pero notó que algo se congela­ba en su interior—. Estoy aquí. Mírame.

Kenshin se giró hasta que los dos estuvieron de ca­ra a la pared de la cueva. Levantó un dedo y señaló a la piedra. Una luz surgió de la yema del dedo y grabó unas palabras en la roca.

—Mi corazón te pertenece y te pertenecerá por siempre jamás —leyó Kaoru en gaélico con los ojos velados por las lágrimas.

Ella también levantó un dedo y trazó un nudo celta debajo de las palabras. Era una promesa de unidad.

Lo miró con ojos soñadores.

—El mío también te pertenece.

Kaoru, sola en su casa del acantilado, se dio la vuelta, escondió la cara en la almohada y susurró el nombre de Kenshin en sueños.

1 Silkie es un personaje de la mitología celta, hijo de una mujer y una foca macho. (N. del T.)

Continuara...


Yaps... hasta aki no mas... Espero ke hayan disfrutado este capitulo...

Ya saben dejenme sus cometnarios, ya? son muy importantes pa mi...

beshitos

matta neeee