IV
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Como todas sus competiciones, ésta había empezado de una forma absurda. Tenía un motivo absurdo. Y ambos estaban absurdamente empecinados en ganar, pese a que en ningún momento se habían detenido a hablar sobre qué ganaría el vencedor. El mero orgullo era un buen premio.
Todo había comenzado unas tres horas antes, gracias a Makoto, que en ese momento debía de estar arrepintiéndose de haber abierto la boca. Habían ido a la playa y habían almorzado en la orilla aunque hiciese demasiado frío para bañarse.
Haruka había traído comida. Rin también. Makoto había hecho un comentario completamente objetivo.
—Gracias, Rin, es agradable comer algo más que pescado de vez en cuando.
La expresión de Haruka habría sido menos ofendida si su mejor amigo lo hubiese apuñalado por la espalda.
—Sabes que es verdad —Rin se había apresurado a añadir leña al fuego, dando un codazo juguetón a Haruka—. Se te da bien hacer pescado, pero en lo demás te gano.
Y así se había desatado el infierno.
Una carrera por la playa. Un concurso para ver quién podía comer más. Origamis. Dibujos. Haikus. Se hubiesen lanzado al mar para nadar sin preocuparse por coger una pulmonía, pero afortunadamente Makoto aún conservaba el juicio y lo había impedido. Un pulso. Un pulso de pulgares. Algo parecido a lucha libre que había acabado con Rin sobre Haruka y un enredo de piernas y brazos.
—Quítate… —la voz de Haruka fue más un gemido ahogado por el peso de Rin aplastando su caja torácica.
Rin se puso en pie y le tendió la mano para ayudarlo a levantarse.
—He ganado, ¿no? —Haruka respondió con un resoplido—. ¡Te he dado una paliza con el pulso!
—Sí, pero no sabes hacer grullas de papel.
—Ni tú elefantes.
—Y ni siquiera sabes dibujar un pez dragón.
—¡Eres el único que sabe lo que es eso!
Haruka bufó de nuevo. Se giró hacia el mar, teñido de rojo en el atardecer, y lo observó durante unos minutos, pensativo. Luego dio un par de pasos hacia el agua; por suerte, para entonces Rin había recuperado algo de sentido común y agarró su brazo para impedírselo.
—Te ganaría —anunció el joven, demasiado seguro de sí mismo para que Rin lo dejase pasar.
—En tus sueños —Haruka hizo ademán de tirar de él, pero los pies de Rin estaban firmemente clavados en la arena—. Ni se te ocurra. Alguien tiene que preocuparse por nuestra salud.
Haruka volvió a mirarlo, con el ceño fruncido y expresión de disgusto; pero algo más captó su atención.
—¿Dónde están los demás?
Ahora que se fijaba, Rin no recordaba haberlos oído despedirse. Se pasó la mano por el pelo; no era la primera vez que ocurría algo así, pero generalmente sus amigos no eran tan sutiles a la hora de dejarlos solos.
—Ni idea —admitió, pero Haruka ya se estaba encogiendo de hombros y echando a andar hacia la carretera—. ¿Adónde vas?
—A mi casa.
Rin había aprendido a oír la invitación implícita en esas palabras. Alcanzó a Haruka en dos zancadas y se acomodó a su ritmo.
—Entonces, ¿quién ha ganado?
—Yo —Haruka lo miró como si le hubiese preguntado algo irritantemente obvio.
—Mentiroso. Te he ganado en la carrera, en el pulso, en los haikus… —Rin casi tropezó cuando llegaron a las escaleras que llevaban a la casa de Haruka, sumido en su recuento.
—Eso ha sido un empate. Igual que los origamis —le informó Haruka, abriendo la puerta de su casa—. Y te he ganado en dibujo y pulso de pulgares.
—¿Así que hemos empatado? —murmuró Rin, siguiendo al joven al interior y esperando a que Haruka encendiese la luz.
En su lugar, recibió un empujón que lo hizo retroceder hasta la puerta que acababa de cerrar, los labios de Haruka presionando los suyos. Rin ni siquiera pudo reaccionar antes de que Haruka se apartase de él y, por fin, pulsara el interruptor que iluminó el pasillo de su casa.
—Yo he ganado —anunció, quitándose las zapatillas y echando a andar hacia el salón.
Rin necesitó varios segundos para reaccionar. Cuando por fin lo hizo, se descalzó apresuradamente y corrió tras Haruka, sin la menor intención de dejarse vencer tan fácilmente.
