Advertencias: Ninguna

IV

Pudo verlo desde lejos, su alta estampa, sus cabellos negros completamente revueltos y su playera estampada; se parecía mucho a la que llevaba cuando se conocieron, con un rostro agonizante estampado sobre el pecho.

Aceleró el paso para llegar a su lado y entonces –por fin –detenerse a respirar.

–Estaba a punto de irme.

Ángelo le habló con voz agria, sin girarse a mirarlo siquiera. Estaba molesto por su tardanza, pero también consigo mismo por haberlo esperado. Aioria se tomó el tiempo necesario para recuperar el aliento antes de responder:

–Discúlpame, la entrevista tardó más de lo que esperaba.

Al mayor se volteó a verlo y el comentario sarcástico que iba a salir de su boca se quedó atrapado ahí. Aioria llevaba el mismo traje de la vez pasada pero ahora seco y limpio, el cabello bien peinado, la cara recién afeitada, arrebatador. A su cabeza vinieron las imágenes de su cuerpo desnudo y sintió un espasmo de deseo. Eso lo hizo sentirse aún más molesto.

– ¿Y?, ¿lo conseguiste?

Preguntó de mala manera, esperando hacerlo enojar también; pero Aioria sólo se encogió de hombros, negándose a dar una respuesta más clara; en cambio llevó su vista hacia el cielo, que ya comenzaba a obscurecerse.

–Deberíamos entrar antes de que empiece a llover de nuevo.

Ángelo soltó un bufido, irritado por la evasión… y por el retraso… y por el clima… y por la excitación; sencillamente el chico le estaba colmando la paciencia, aún cuando apenas había hablado pero seguía con la firme idea de acostarse con él, tenía que controlarse.

– ¡Vamos!

Se acercó a la puerta del local y en un gesto inesperado –hasta para él mismo –le abrió la puerta para que pasara primero; pero Aioria sólo miró el lugar tenuemente iluminado con una mueca de inseguridad, sin atreverse a entrar. Su natural nerviosismo lo había hecho sentir incómodo desde el momento en que vio la forma casual como iba vestido el otro, se sentía fuera de lugar.

–Entra tú primero.

Ángelo se molestó aún más de que el crío rechazara su amabilidad, y por pura terquedad se negó a obedecer. No se dio cuenta de la fragilidad que había en el gesto.

–Las damas primero.

Y le hizo un gesto con la cabeza. Aioria estuvo a punto de responderle con una grosería cuando su nerviosismo llegó al límite y como toda reacción sólo soltó una carcajada, toda su inseguridad desapareció y ya no le importo ni el lugar ni la forma en que iba vestido. Hizo un gesto teatral de agradecimiento con la mano y entró al lugar con la cabeza exageradamente alta. Aún afuera, el mayor apretó los dientes, sorprendido y molesto a partes iguales de que le hubiera respondido así.

Cuando finalmente se decidió a entrar tras él, Aioria ya estaba echado en uno de los amplios sillones del lugar, en una postura tan relajada que parecía que se quedaría dormido de un momento a otro. El sitio era agradable, poco iluminado, con música suave y los asientos eran un montón de salitas confortables.

Ángelo caminó hacia él tratando de no mirarlo, la luz violeta que surgía de las ornamentadas lámparas le permitía distinguir vagamente el lugar, había un par de parejas –todas de hombres –y verlos acariciarse provocó que su tensión se incrementara aún más. Cuando finalmente se hundió en el sillón al lado de Aioria tuvo que cruzar la pierna sobre su rodilla para que no se notara la reacción de su cuerpo. Aún sin querer mirar a su compañero fingió interés en los cuadros de naturaleza muerta y los ornamentos de arcilla que descansaban en la mesa cuadrada frente a ellos.

Aioria se inclinó sobre esta para tomar dos cartas y al tenderle una a su compañero se le quedó mirando sarcásticamente.

–Veremos que se te antoja, además de eso.

En un gesto rápido, pero exento de disimulo le lanzó una mirada directo a la entrepierna, Ángelo cruzó aún más su postura sintiéndose expuesto y él soltó una carcajada. Luego lanzó una mirada pícara hacia una parea de muchachos muy jóvenes frente a ellos.

–Aunque entiendo porqué te emocionas tanto.

El italiano apretó los tanto los músculos de las piernas que sufrió un calambre que le causó un gran malestar, pero que –por suerte –provocó también que su erección desapareciera. No dijo nada, presentía que en cuanto comenzaran a discutir de verdad terminarían a golpes.

En cuanto se les acercó el mesero pidió un vaso de whisky. Aioria lo miró sorprendido y pidió una copa de vino, había planeado pedir un café, pero ya que su compañero parecía querer embriagarse decidió tomar también. Sin decir casi nada comenzaron a beber, escuchaban a medias la música del lugar, pero su atención estaba en los movimientos del otro. Sabían que terminarían teniendo sexo esa noche, pero ambos estaban a la espera de quién hacía el primer movimiento. Se lanzaban miradas provocadoras y movían el cuerpo de manera estudiada para resaltar los músculos de los brazos o la espalda. Era una apuesta para ver cuál de los dos tenía más control y cuál deseaba más al otro, quien se rendía primero.

Competían también con lo que iban consumiendo, el menor había pedido tres copas más antes de decidirse a pedir la botella entera. Trato a trago cada uno iba dejándose embriagar, el vino era muy ligero y Aioria se veía casi normal, pero Ángelo había estado bebiendo desde antes de encontrarse con él y el whisky era bastante más fuerte. Sentía los ojos adoloridos y la boca ligeramente seca, se pasó la mano por la cara tratando de aclarar sus pensamientos, en un mareo se inclinó hacia adelante y percibió un olor masculino y extrañamente familiar.

Debido a su estado tardó un rato en darse cuenta de que era el aroma de Aioria, y se detuvo a verlo detenidamente: el muchacho se había tendido de nuevo sobre el sillón, se había quitado el saco, la corbata y llevaba los primeros botones de la camisa desabrochados. Se pasó la lengua por los labios cuando siguió su inspección, esta vez hacia su cadera; tenía las piernas muy abiertas, y el pantalón de vestir delineaba apretadamente su miembro.

Ángelo volvió a sentir esa repentina marea de excitación que lo había contrariado al entrar al lugar y se lanzó sobre él, apretándose contra su recostado cuerpo, buscando sus labios con urgencia, sin darle tiempo de reaccionar.

Se había dado por vencido en aquel juego de provocación.