D. Red Woman

Capítulo 3:

Sombras al amanecer

[Parte I]

{Reminiscencia}

Berlín, Alemania. 26 de diciembre.

Lacie había cumplido trece años aproximadamente. Personalmente ella no le da importancia a este hecho y menos aun cuando tiene en sus manos el problema de conseguir dinero para pagar las deudas de su maestro, por eso se dedicó a pasar su cumpleaños en un casino junto a otros hombres mujeriegos y alcohólicos jugando al póker para obtener el necesitado dinero.

Mientras refunfuñaba maldiciones (las cuales harían sonrojar a cualquier marinero) contaba su ganancia en efectivo.

Eran las 5:45AM y ya debería estar iluminándose el cielo pero el invierno es un contrincante muy poderoso. Las noches decembrinas tomaban justa revancha al sol y duraban más tiempo, las estrellas por otra parte podían ser perezosas y no brillar después de cierta hora e inclusive, no se aparecían durante algunas ocasiones. Lacie gustaba de ellas, prefería quedarse contando estrellas en lugar de un par de billetes apestosos a sudor, alcohol y arrugados por la imprudencia.

El olor de los malos perdedores, pensó Lacie.

Estaba en el centro de la ciudad, solo tendría que caminar por las calles al este, adentrarse y bajar unas diez cuadras, siempre derecho y estaría ante ella un gran hotel lujoso. Un lugar simple de hallar especialmente si estas ebrio.

―Se nota que el maestro piensa en cada detalle ―bufó.

Escuchó una suave risa en el fondo de su mente y se permitió sonreír un poco.

―Bien, supongo que debería volver ―dijo y la gente pensaría que le habló a nadie en específico o a sí misma.

Has tardado ―comentó la voz dueña de la risa anterior.

La gente simplemente no mira lo debido. Aunque, siendo justos, Lacie era la única en aquellas circunstancias que podía verlo o mejor dicho, sentirlo.

―Lo sé, es extraño.

Bajó su mirada hasta sus pies, los sentía pesados y no por el cansancio. Sus reacciones eran más lentas, con un extraño sentido de alerta zumbando en sus oídos. Volvió sus ojos a su alrededor, no nevaba y la brisa era como una suave caricia. Las luces tenían el brillo del fuego pero los edificios guardaban un aire regio, estricto y a esas horas, atemorizante.

Eso no le preocupaba a Lacie, sino lo que había entre ellos.

El General Cross la entrenaba para mantener todos sus sentidos en alerta permanente. Un exorcista bien era un poco paranoico, le dijo en una ocasión su maestro. Quizás, ella también se estaba volviendo paranoica porque de un momento a otro sintió el vello de su nuca erizarse.

¿A dónde vas?

Ella no le contestó en favor de dirigirse hacia el noreste de la ciudad. Sus pies respondían a su subconsciente, al mero instinto de saber que algo andaba mal; las calles se le hicieron opresivas y un repentino vértigo le azotó. Tenía nauseas pero solo aceleró el paso.

Estaba cerca.

No hubo nada en especial que le llamase la atención, no había sangre, ni señales de lucha o ruido alguno que proviniese de aquel callejón.

Todo lucía normal.

Demasiado normal.

Lacie…

Ella inhaló y exhaló lentamente y varias veces, calmando sus nervios.

―Estoy bien ―se escuchó y se lo creyó.

Dio pasos ligeros. No necesitó más de una docena para encontrarlo.

Se trataba de una mujer, no mayor de cincuenta años. El cabello ya gris y el rostro con las arrugas justas (ni de menos ni de más), ojos azules, vidriosos. La boca abierta en horror, cuello corto, piel pálida y machada la quijada con sangre. Debió ser una mujer robusta, concluyó a partir de su cara ovalada y sus pómulos prominentes.

Lacie siguió observando el callejón. Había esporas negras y el piso despejado de la nieve que tapizaba al resto de la ciudad, todo producto del gas venenoso generado por un cuerpo envenenado por el ataque de Akuma.

Sin embargo, algo no concordaba.

Apartando momentáneamente la duda sacó de su abrigo un pequeño golem modificado por el General Cross (así la Orden no puede rastrear su ubicación) y llamó a Timcampy.

―Oi, mocosa, ¿qué hora crees que es?

Lacie gruñó.

―Maldito mujeriego, estuve toda la noche consiguiendo dinero para salvarte el culo y sé perfectamente la hora que se me hizo haciéndolo mientras tú te estabas comiendo el de, sabrá Dios, cuál puta. Así que mejor óyeme y deja de preguntar estupideces antes de que decida castrarte.

―…

―Bien. He conseguido a una mujer decapitada, hay rastros de un ataque de Akuma.

―¿Dónde has encontrado el cuerpo?

―En un callejón, como siempre pero…

―¿Eh? ¿Qué sucede? No es la primera vez que ves un cadáver.

―No es un cuerpo ―las náuseas finalmente volvieron mientras la realidad se escapaba de sus labios―. Solamente es una cabeza y no se ha descompuesto.

{…}

27 de diciembre. 08:46AM.

El General Cross había llamado a la policía después de que él mismo observase la escena, decretando que el ataque debió haber sido unos quince minutos antes de que Lacie llegase. Un extraño brillo iluminó su mirada por unos segundos cuando se volvió a verla, tan breve y desconcertante que Lacie no supo decir si en verdad sucedió, para luego instruirle que regresase al hotel. Allí se aseo y comió (no antes de pagarle a la recepcionista en efectivo).

«Ve a la ciudad ―le dijo su maestro cuando él hubo de haber desayunado― e investiga por tu lado. Te veré aquí a la hora de la cena.»

Eso hizo. Ayer a la misma hora todo lucía igual. De la misma manera deseó encontrarse con Alfred, aquel niño que había conocido en cuanto llegó a Berlín y cuya hermana, Ángela, les había recomendado un puñado de posadas; tal vez porque era muy joven para él y no tenía aún la mayoría de edad, el General para variar no sacó a relucir su flirteo habitual. Lacie estaba segura que se debía más a lo segundo.

Le parecieron graciosos los pocos cabales guardados en el sinvergüenza de su maestro.

Sacudió la cabeza, se estaba distrayendo. Sin embargo, sus pensamientos encontraron un camino.

―No los he visto en tres días ―de nuevo se hallaba en el centro de la ciudad―, iban a pasar la navidad en casa de un tío ¿No? Él venía por ellos… ¿Dónde era su casa?

Inconscientemente, se giró hacia el noreste de nuevo.

Escuchó el latido de su corazón acelerarse.

―¿No queda… no queda por ahí? ―pensó y no tuvo respuesta.

No se atrevió tampoco a encontrar una, no ese día.

{…}

28 de diciembre. 04:44PM.

Lacie decidió ir allí antes de que se convirtiera en una jodida estatua de hielo.

Ella no sabía que le molestaba más, si la risa despectiva o las palabras aireadas de su maestro.

«Aún conservas tu cabeza ―le dijo la noche anterior al regresar con las manos vacías―, úsala. Imagina. No sé, lee algo. No vayas a perderla por falta de mantenimiento.»

¡Como si no fuese más que una de esas imbéciles perras cabeza de chorlito que se le pegan en los burdeles! Y para colmo de males, ese día no había parado de nevar, hacía tanto frío que sentía el cerebro entumecido. No pensaba claramente cuando decidió ir a la casa de los hermanos. Pero, ya estaba allí.

Sus ojos escanearon el barrio, uno de clase media.

―Solo tendría que subir dos cuadras. Llegaría a la iglesia, entonces doblaría a la izquierda, unos cien metros más y…

Hallaría la cabeza, no en físico, aunque su sombra siempre perseguiría aquel callejón.

Lacie volvió su atención a la casa frente a ella. Simplona. Parecía desaparecer debajo de la nieve.

«¡Cuando quieras seguir jugando puedes venir a visitarme!» le dijo Alfred. Eso fue hace tres semanas, Alfred le había enseñado a jugar ajedrez. Sonreía de oreja a oreja, sonrojado. Ángela había reído sin motivo aparente.

Se preguntó si luciría mejor con la sonrisa de Alfred y la risa de su hermana en el fondo.

―Es curioso ¿Verdad?

Lacie se sobresaltó. Un anciano, de alrededor de setenta años, le vio comprensivo debajo de la sombra de su sombrero.

―Disculpe señorita, no pretendía asustarla.

―¿Ah? No se preocupe ―Lacie sintió sus mejillas arder―. Estaba de paso y… Yo solo buscaba…

Realmente ¿Qué estaba buscando allí? No terminó la frase. No podía. Pero el anciano creyó entender y le vio primero perplejo y luego, con tristeza.

―Si buscas a los Noir, temo que no encontraras a nadie.

―Lo sé, ¿no venía un tío suyo para que pasaran la navidad juntos?

―Tú… ¿Realmente no sabes nada, señorita?

―¿De qué habla?

El anciano sacudió la cabeza, de nuevo viéndola perplejo.

―Esto no es algo que deba hablarse en público y menos con este clima. ¿Por qué no vienes mañana a visitarme? Vivo allí ―señaló una casa pequeña color marfil―. Estaré esperándote.

Ella no se atrevió a preguntarle nada en ese momento. De nuevo sintió su piel de gallina.

{…}

29 de diciembre. 03:15PM.

El anciano, que efectivamente tenía setenta y dos años, le sirvió una taza de chocolate caliente humeante.

Su casa tenía el mismo aire limpio, orgulloso pero afable que rodeaba la figura desgarbada del viejo —y Lacie se repetía constantemente esto en su cabeza— llamado Otto Müller.

—Entonces señorita…

—Walker, Lacie Walker.

El señor Müller sonrío un tanto avergonzado.

—Espero me disculpe, la edad ha afectado mi memoria. No sé extrañe que pregunta por una tercera vez su nombre.

Ella sacudió la cabeza.

—Usted no es el único con problemas de memoria… yo, um, tiendo a perderme fácilmente por no recordar el camino.

De buena gana se rió el anciano Otto.

—Es bueno saberse comprendido —se dejó caer en su asiento con mayor comodidad—. Ahora, antes de entrar en el tema en cuestión que nos ha reunido, una cosa bastante espinosa le advierto, quisiera saber ¿Cómo conoce a los jóvenes Noir?

—Cuando llegué con mi maestro hace tres meses a la ciudad llegamos a la taberna donde trabaja Ángela y ella nos recomendó algunos lugares para hospedarnos. Alfred tiene mi misma edad creo y a veces nos encontrábamos en la plaza, me enseñó a jugar ajedrez. Los vi por última vez hace una semana, me contaron que su tío venía a llevárselos para pasar la Navidad con él. Un tipo… ¿Cómo era su nombre…? ¿Lucas…? ¿Luke…? ¿Liam…? ¿Louis…?

—Lucius —dijo el señor Müller—, Lucius Noir.

―¡Ah, sí, Lucius!

—Se habrá dado cuenta señorita que no son nombres típicamente alemanes.

—Sí ¿Franceses no? Quizás británicos. Y usted tampoco es un típico alemán señor, desde el primer momento me ha hablado en inglés.

—Muy observadora. No sé equivoca. Soy alemán de nacimiento pero fui criado en Gran Bretaña, Inglaterra para ser específico, junto a mis padres que trabajaban en la servidumbre para los Noir, quienes emigraron de Francia a Inglaterra pero pasaron aquí una temporada antes de llegar a su destino final.

—Los padres de Fred y Ángela supongo.

—Ajá —sonrío con cierta melancolía—. Pero no fueron los únicos, el hermano del señor Noir, Lucius, también les acompañaba. El señor Lucius era el mayor, por unos cinco años… ahora tendría unos cuarenta años de edad.

—¿Era…?

A veces son los pequeños detalles los que nos conducen a grandes cosas. El General Cross le enseñó a estar atenta a ellos y Lacie era muy observadora cuando se lo proponía.

—Si —el anciano Müller suspiró desganado—, y aquí es donde empieza nuestra historia: hace cinco días se encontró un dedo del señor Lucius Noir.

—¿QUÉ?

El antiguo mayordomo tomó un sorbo de té con una tranquilidad que no sentía.

—Los Noir eran una pequeña familia en Francia, se cree que estaban relacionados con otra de mayor alcurnia, sin embargo nunca se ha comprobado tal cosa. El abuelo de los jóvenes Alfred y Ángela, siempre ambicioso aunque honesto y rígido en sus principios, finalmente cedió a la avaricia y se le acusó de fraude y corrupción. Era un hombre con un puesto muy humilde en el gobierno pero de esos que te permite tener carta blanca, eres invisible y de cierta manera, omnisciente. Lo ves todo y sabes todo.

»Los grandes le pedían favores ¿Sabes? Y ellos los pagan bien. Ascendió progresivamente, incluso ayudó a su hijo, Lucius, quien era su asistente. Claro, esta clase de cosas tarde o temprano salen a la luz, lastimosamente para mis amos fue demasiado temprano. A penas había nacido la señorita Ángela y ellos eran comerciantes recién establecidos así que tuvieron que dejar su poca estabilidad y abandonar el país como prófugos políticos.

»Dicho esto, el padre de mis amos nunca lo conocí en persona, pues se quedó aquí, en Alemania, mas no es Berlín, sino en un pueblo fronterizo. Mis amos junto al señor Lucius siguieron a Inglaterra. Allí la fortuna les sonrío, procuraron una hogar humilde y aun así cómodo y digno. El señor Lucius no se quedó mucho tiempo, en realidad, era muy intermitente su presencia en nuestras vidas, aunque era muy carismático y atento para con su hermano, de esta forma, cuando el amo enfermó sugirió que volviese a Berlín, donde podría recibir mejor tratamiento médico y estar cerca de su padre.

»Pero, nunca llegaron a reencontrarse. En el viaje, en el cual el amo y su hermano iban solos pues querían preparar todo para el resto de nosotros, mi señor falleció; afortunadamente, prevenido como siempre, tenía un testamento preparado y gracias a ello, el ama pudo asentarse aquí como era el deseo de su esposo (deseaba que sus hijos conociesen a su abuelo), aunque tuvo que despedir a la servidumbre pues no había suficiente dinero para mantener nuestros servicios.

»Podrías llamarme un viejo necio, y con mucha razón, no fui capaz de separarme completamente de ellos. Eran mi familia. Así que compre esta casa cerca de ellos. El señor Lucius hizo sus visitas más frecuentes; cuando la señorita Ángela cumplió quince años, finalmente el ama se permitió morir, siempre fue una mujer de salud un tanto frágil y la muerte del amo destruyó sus nervios. El señorito Alfred tenía unos seis años.

»La señorita alegó que perfectamente se podía arreglárselas solas con su hermano, el señor Lucius dispuso de una ama de llaves para ellos a pesar de haberme ofrecido. Se trataba de una mujer más joven que yo, aunque con un peor temperamento, su nombre era Margot Krum.

Lacie sintió como su estómago hubiese sido tragado por un agujero negro.

—Recuerda muy bien su nombre —intentó bromear.

Otto Müller bufó.

—Esa mujer te deja tan horrible impresión que es imposible olvidarla.

Y él no sabía cuan certeras eran sus palabras.

—Esa mujer era sumamente antipática aunque siempre tenía alabanzas para el señor Lucius. Era como los ojos de ese hombre sobre ellos. Desconozco si de hecho Ángela y Alfred llegaron a visitar a su abuelo, luego de mudarse su madre aquí con ellos siempre hubo excusas al respecto. Al parecer, la noche definitiva iba a ser esta navidad, y, como cosa rara, el ama de llaves había sido despachada. El único que entró ese día en la casa de los chicos fue su tío, yo fui a la mañana siguiente.

»Se sorprendió al encontrar la puerta sin seguro. Entró, solamente para ver sangre, un dedo y…

El silencio descendió como el telón al final de un acto. Raso, cortante, necesario.

—¿Y bien? —el General Cross alzó una ceja, impaciente.

Ella se tragó la bilis que subió a su garganta.

—Y el cuerpo desnudo de Ángela.

{…}

30 de diciembre. 02:05AM.

Era hasta cliché, tanto que le daba rabia.

La mujer decapitada tenía un nombre, ella nunca podría borrar la imagen de Margot Krum de su memoria. Cuando trataba de dormir y cerraba los ojos, la sonriente Ángela era sumergida en sollozos, con la ropa desintegrándose, con el cuerpo ofendido por el dedo que yacía cuidadosamente colocado a plena vista. Como si no quisiesen que dudasen de su crédito, de su autoría en aquella obra de horror.

—Todo estaba manchado de sangre…

—Probablemente ya habían pasado al menos doce horas del ataque. Para que el gas venenoso se haya evaporado lo suficiente sin afectar al anciano y el cuerpo aún no presentara signos de descomposición además de una rigidez parcial.

Las palabras de su maestro le parecían ecos lejanos.

—Me imagino que Alfred lloró. Sangre y lágrimas…

Cross negó con la cabeza.

—Necesitas dormir.

—Tú también.

—Soy un hombre adulto, puedo hacer lo que quiero.

—No me trates como un bebé.

—Aún lo eres mocosa.

Ella iba a replicarle pero se acordó de algo.

—Alfred también lo era.

Las luces estaban apagadas pero Lacie no necesitaba de ellas para saber que Cross le estaba viendo con dureza.

—Deberás destruirlo ahora.

—¿Por qué?

—La única forma de lidiar con un Akuma e—

—¿Y quién dijo que Alfred es un Akuma? —le interrumpió con un gruñido.

—Lucius Noir engañó a su padre y a los políticos franceses —Cross comenzó a hablar con la condescendencia de un padre hacia el hijo terco—, es un hombre fraudulento. Asesinó a su hermano en busca de su dinero y como no pudo con él, fue tras la viuda quien tampoco le fue de ayuda. Obsesionado con el poder, el dinero y la belleza, quiso desposarse con su sobrina. Más que ambicioso como lo fue su padre, él era avaricioso y Margot Krum su alcahueta y cómplice.

Lacie quería gritar. Era demasiado cliché.

—Incluso tú pudiste atar los clavos sueltos.

—Otto-jiji, él…

—Si no lo sabe, pronto se dará cuenta. Y si lo sabe, seguramente consideraba impertinente decírtelo así como así. A veces, las personas te dejan mensajes más bien implícitos, debes leer entrelineas lo obvio y lo cotidiano o si no, no sobrevivirás. Los Akumas son lobos con piel de oveja después de todo.

—Alfred era un corderito demasiado bobo.

Cross sonrió con cinismo.

—El disfraz perfecto.

{…}

31 de diciembre. 11:44PM.

Otto Müller se sentía más viejo que nunca. Hablan de corazón siempre joven pero él sentía que nació con el alma de un viejo de todas maneras.

Solo que ese día le pesaba de sobremanera.

Normalmente debería estar atareado, preparando todo para la cena de sus amos, si eran los antiguos o nuevos ya no importaba a estas alturas, su mayor orgullo y ¿A quién mentir? Su razón de existencia era servirle a los Noir; quizás fue su ego el lacerado cuando Lucius Noir rechazó su oferta de ponerse a trabajar de nuevo para los jóvenes, probablemente un rencor mezquino le llevó a guardarle un desprecio a Margot Krum, así como la infancia lo llevó a cargar con la suerte de sus padres, gentes pobres destinados a ser más pobres por el hijo bastardo. La madurez le hizo finalmente comprender que no tenía culpa en tal cosa, sin embargo, una resignación arraigada en lo más hondo de su ser siempre lo hizo una persona sumisa; resignación que carga de la misma manera que un crucifijo.

Ahora se preguntaba a quién le debería de rendir cuentas primero. Aunque para Otto Müller tanto Dios como sus amos eran casi lo mismo, por eso, cuando escuchó el toque en la entrada lo hizo con cierto alivio.

—En seguida voy.

El frío le había calado hasta la medula, los huesos le pesaban como plomo y más que caminar, se arrastraba de la misma forma en que lo haría un fantasma perezoso.

Cuando abrió la puerta no pudo evitar reír.

—¿Puedo pasar tío Otto?

—Lo estaba esperando señorito Alfred.

Resulta que el diablo había llegado primero, pero eso estaba bien.

Igual moriría esa noche.

{…}

Los Akumas no eran asesinos silenciosos, al menos no los nivel 1. De sí era afortunado o inoportuno, eso es discutible.

—Debes de estar consciente de tu entorno —la voz del General Cross no se alteraba en lo más mínimo en su carrera hacia la casa de Müller—, puede ser tu enemigo como un aliado sí lo sabes usar.

Sería un lección interesante y muchísimo más placentera sí las explosiones lejanas no hicieran vibrar el aire con los gritos de las personas.

—¡¿No pudiste haberme dicho todo esto antes?!

—No hay mejor momento que ahora. Se aprende más en la práctica.

—¿Qué—

¡BUM!

Un edificio colapsó y entre la nube de escombros ya podía divisar al Akuma.

Incluso en la lejanía la monstruosidad dejó perpleja a Lacie.

—E-Eso…

¡FIU!

A alta velocidad, una bala pasó a su lado.

¡CRASH!

Impactó en algún edificio detrás de ellos.

—¡No te distraigas! —El General Cross la había tomado de brazo sacándola del camino de la bala.

A penas le dio tiempo de asentir la cabeza cuando retomaron la carrera.

Tal vez fue un segundo y una zancada, o tomó minutos incontables y docenas de pasos, de todas maneras para Lacie todo pasó muy rápido porque lo siguiente que sabía era que delante de ella estaba el cuerpo de Otto Müller infectado con el veneno del Akuma.

El anciano Müller pegado como una plasta al suelo, la reconoció con una sonrisa conocedora.

—¡Otto-jiji!

Cross le dejó acercarse, su aprendiz no había advertido la figura que acompañaba al Akuma.

—Jovencita… la señorita Walker…

—Eso es —sonrió trémula—. Ve, no tiene tan mala memoria.

—Tiene piedad de mí, incluso con un pecador como yo…

Las estrellas, pentaculos, ennegrecían sus facciones y el llanto.

—Por favor, haga algo señorita. N-No… no sea…

—¡E-Espere!

Le tomó la mano, que se deshizo en la suya.

Y como una maldición, con su propia cruz aplastándole, su boca quedó deshecha (sin decir nada). Al instante, volvió al polvo (sin poder hacer nada).

—¡NO!

—¡SÍ~!

No debía de haberse extrañado de escuchar aquella voz entre tanta devastación.

—Tenías razón niña triste —El Conde bailó ante la mirada irritada del General—, hay mucho pequeños por ahí deseando revivir a sus padres.

Lacie alzó la mirada. El Akuma le apuntaba con expresión impávida.

—Aunque el pequeño Alfred solo quería a su hermana pero para mis fines es lo mismo ¿No lo crees?

—¿D-De qué hablas?

—¿Oh~? ¿Tu maestro aún no te ha explicado cómo funcionan mis maravillosas creaciones?

—Tch.

Cross chasqueó la lengua.

—No necesito que me digas como hacer mi trabajo.

—¡¿Maestro?!

El General vio a su aprendiz con severidad.

—Los Akumas están hechos de corazones humanos, o más específicamente sus almas. Atraídas por la voz de sus seres amados, se ven atrapadas entonces bajo el control del Conde.

—Eso quiere decir que… ¡No…! ¡¿Me estás diciendo qué…?!

—Ajá, ajá. Aprendes rápido niña triste —El Conde canturreó junto a su fiel compañero Lero—, este hermoso Akuma es esa moza, Ángela. El pequeño Alfred no podía aceptar que ese asqueroso hombre le haya arrebato a su hermana ¿Y por qué? Puro egoísmo y lujuria, que horror. Y después me preguntan porque quiero destruir la humanidad~.

Definitivamente Lacie terminaría vomitando.

—E-Esto… esto…

—Esto no ha terminado —el General Cross se mantuvo imperturbable, el timbre de su voz estremeció a Lacie como un horrible augurio—. Es solo el comienzo. ¡De esto se trata la vida de un exorcista!

Es inevitable —escuchó al fondo de su mente—, no puedes huir.

¿Tú también?

Habiendo nacido con un arma anti-Akuma, tú tienes un destino fijado por Dios…

¡No…!

—Debes destruirlo —dijo Cross.

—¡¿Por qué?! ¡¿Acaso…?!

Y entonces, el Akuma disparó.

Justo en el centro de su cuerpo.

¡Lacie!

Escupió sangre, el Conde aplaudió como si hubiese recordado algo.

—Ah, con que eres de ese tipo ¿No? Ha debido ser horrible crecer con algo así. Tranquila, ya pronto no lo recordarás~ ¡Termina con su triste, muy triste existencia mi querido Akuma!

Y así cumplió el arma con la orden de su amo. El sonido de los cañones saturó el aire de las primeras horas del nuevo año.

{…}

Dolía como el infierno.

Debes destruirlo —le repitió.

¡No puedo!

¡Debes acabar con él!

¡No lo haré!

¡Hazlo!

¡No puedo! ¡No puedo! ¡No puedo! ¡No puedo! ¡No puedo!

¡Debes hacerlo!

¡No! ¡Yo… no puedo hacerle daño a… a mis amigos!

Aunque no quedase sangre en ella, o sí el veneno le esté comiendo vivo, las balas bien le pueden pulverizar sus órganos, incluso si—

¿Cómo puedes ser tan egoísta?

¿Ah?

Ella no podrá alcanzar la paz.

{…}

—¡Ho, ho~! Está viva todavía —aunque sonreía, el Conde estaba visiblemente irritado—. ¿No piensas aliviar su sufrimiento de una vez por todas, Cross Marian? Es tu aprendiz después de todo.

—Ya te dije que no me digas como hacer mi trabajo. ¿No deberías mejor estar tratando de matarme o algo más productivo que estar mordiendo ese pañuelo? Eso no la matará.

Jaloneó con más desesperación el pedazo de tela el Conde.

—Tienes demasiada confianza en ella General.

—No, tú solo nos subestimas.

—¿Eso piensas? Tal vez tienes razón ¡Es hora de acabar con este show!

Con ayuda de Lero, se elevó en el aire alejándose de Juicio, con el cual Cross estaba listo para atacarle.

—¡Akuma, da tu golpe final! Ho, ho, si lo deseas puede quedarte con otro trofeo ¡Un recuerdo para los demás exorcistas!

Con una delicadeza muy bruta, el Akuma se acercó al pequeño cuerpo de la muñeca, el cabello ya no de un profundo color castaño rojizo, sino blanco, y pronto la sangre maquilló su rostro y salpicó la blanquecina cabellera.

Un gritó perforó el aire.

El único ojo grisáceo se abrió y solo vio al diablo.

Míralo Lacie. Mira…

El chillido del Akuma rompió con el equilibrio.

De la cuenca vacía de la muñeca surgieron alas carmesí, cuyas plumas desprendiéndose de la impureza se tornaron de un blanco inmaculado y se pegaron como plaga a la extremidad del Akuma, quemándole.

Esa es el alma que pensabas dejar sufriendo Lacie.

Ángela se retorcía entre las cadenas fantasmales.

¡No! ¡Detente! ¡Ayuda! ¡Ayúdame! —sollozaba, sus huesos crujían entre las cadenas que la mantenía prisionera.

¿A… ayuda? ¿C-Cómo…?

—¡Escúchame Lacie! —El General Cross le llamó entonces firme como un capitán a su subordinado—. No existe libertad para el alma que está dentro del Akuma, quedan atrapadas eternamente como el juguete del Conde, por eso…

Para liberarla…

—No ExIsTe OtrA fOrMa SaLvo DESTRUYÉNDOLE

[Parte II]

(Plegaria)

―Eran mis amigos y pensé lo mismo que tú… dudé y pagué el precio por ello; desde entonces, he sido capaz de ver sus almas infelices y me he dado cuenta que no lloran para expresar su dolor sino para expresar su amor hacia aquellos que los convirtieron en Akumas, como si intentaran decirles por qué no fueron lo suficientemente fuertes para vivir… ellos son seres miserables que no deben vivir en este mundo, Jan.

El arma es una guadaña forjada de titanio y contaba con la dureza del diamante. Bajo la luz nocturna su hoja brilló como lo haría una media luna.

―Por eso yo los destruiré.

El Conde tarareó.

―Lacie Walker, debería haberte matado aquella noche buena~.

Como si Lero fuese una batuta y él, el director de la orquesta, dirigió la aparición de cientos de Akumas más en el cielo.

—Ahora que estamos con estas, hay un dicho en el Este…

Jan observó paralizado como la cantidad incontable de Akumas preparaban sus cañones.

—Incluso con una porquería de pistola, si disparas muchas veces alguna vez acertarás.

Sobre uno de sus Akumas se posó y sonrió macabro.

—¡Y yo tengo un infierno de Akumas! ¡Adelante pues! ¡CAÑÓN AKUMA!

—¡Lacie!

—¡No te acerques Jan! ¡Ve y cúbrete!

—¡Pero…!

Y Lacie solamente le sonrió.

—No te preocupes, acabaré con todos.

Cuando ella caminó hacia el ojo del huracán Jan se vio incapaz de detenerla de nuevo.

Destruir…

Jan se sabía de memoria los informes de su padre.

«Un Akuma es un arma demoniaca creada por el Conde, el enemigo del pueblo. Es algo que debe ser destruido.»

Yo… creía que…

«—Ey, esto no es bueno Leo. El Akuma toma posesión del cuerpo de loa que mata.

¡UG! ¡Que horrible! Incluso asusta que lo leas como si nada.

—… Esa teoría implica que nunca sabremos quién es el Akuma.»

Si lo sabías ¿Entonces por qué? Lo de tu mamá… fue muy repentino ¿Verdad? Debiste de tener mucho miedo y por eso te dejaste convencer por el Conde. Claro, por eso… por eso…

»Eres un idiota… eres un idiota Leo. Querías ver a tu madre sin importar que se convirtiera en un Akuma ¡Y yo… a diferencia de Lacie no puedo ver el alma del Akuma pero…! ¡Maldita sea! ¡Dios, maldita sea!

La guadaña brilló como la media luna y Jan se aferró a ello para no bajar la mirada.

—Lo siento Leo. Fue mi culpa. Por hablarte del Conde. Lo siento, porque sabía todo sobre ellos pero no sobre las personas.

«Por favor, haga algo señorita. N-No… no sea…»

—¡DESTRUYELOS LACIE!

Ella escuchó.

Blandió la guadaña, dibujando un círculo como si fuese un paso de baile. Una visión engañosa que escondía la fuerza detrás de ese movimiento… Y así, por un momento, Jan y el Conde observaron el mundo quebrarse y caer al igual que un castillo de naipes.

Donde antes gemían las almas de los Akumas solo quedó restos de escombros arremolinados por la fuerza del ataque. Aprovechando la fuerza del viento, el Conde se alejó y no importaba lo alto que estuviese en el cielo, su risa maquiavélica retumbó en la tierra.

—¡Realmente no puedo encargar de ti a este nivel~! ¡Sin embargo esto es solo el principio! Los Akumas están evolucionando por todo el mundo ¡Este es el auténtico comienzo del acto final! Después de todo ¡Soy el creador de Akumas~! ¡El Conde del Milenio! ¡Purificaré a este mundo de los dioses corruptos y llevaré este mundo a su fin! Ustedes, los exorcistas, sacerdotes de Dios, pueden luchar todo lo que quieran pero no serán capaces de salvar al mundo~ ¡NUNCA!

Y desapareció tal como había llegado.

—Vaya… es toda una reina del drama.

Sonrió cansada. La herida se había abierto y las piernas ya no le podían sostener.

—¡Lacie!

—L-Lo siento ¿P-Puedes llamar a un médico?

—Uh, c-claro… —odiaba llorar como un chiquillo pero ya no lo podía evitar—, so-solo desmáyate ¿Sí? Todo terminará pronto.

(…)

Tres días después, Lacie interrumpió en el taller de Jan (quien con la ayuda de un doctor y su ama de llaves llevó a su mansión a la albina donde se ha recuperado).

—¿Qué es eso?

Jan dio un respingo.

—¡No entres sin llamar!

—Llamé pero no me oíste —dijo y se acercó a la pieza que Jan tenía en manos—. ¿Una cruz…?

—Es el epitafio de Leo —explicó—. Por ahora piensan que se ha escapado, nadie sabe aún que está muerto y hasta que lo descubran y le hagan una tumba…

—Ya veo —ella sonrío con ternura—, eres muy bueno para estas cosas.

Es muy bonita. Una chica linda me dijo un cumplido —pensó de pronto. Se sonrojó entonces y sacudió la cabeza tratando de alejar el pensamiento (y la vergüenza).

—Eh, si… bueno, un poco… c-como sea ¿Irás al Cuartel General cierto?

—Sí, Timcampy se está volviendo loco. Creo que está impaciente, debo darme prisa.

—Yo también voy a irme, iré casa de mi padre. Estudiaré y ganaré poder ya que ahora no soy de gran ayuda…

—Sé que lo lograrás Jan —ella le aseguró.

Su mano derecha esta vez se alzó en un puño y él sonrió.

—¡Demos lo mejor, Lacie!

Ambos puños se conectaron en una promesa.

[…]

Próximo capítulo:

—¿De verdad les dan sus propias habitaciones?

—Sí, todos los exorcistas parten a sus misiones desde aquí. Algunos llaman a la base su "hogar".

Hogar… —una extraña calidez aleteó dentro de su pecho.

—Aunque hay otros que no vuelven a propósito —dijo entonces con diversión.

Ugh, maestro.

(…)

—¿Oh? ¿Por qué siento que mi querido Otouto me acaba de reprochar algo?

Porque eso es lo que ha hecho —sin embargo, Lacie era lo suficientemente prudente para no decirlo en voz alta.

(…)

—Además, hay que tener cuidado con los de tu tipo. No son solamente más raros, también son los mejores para la activación de la Inocencia —dijo Kumiko mientras manipulaba el ascensor.

—¿A qué se refiere…?

Tú posees la Inocencia de Dios, el poder de toda la omnipotencia intelectual.

Aquello no se trató del eco de una voz, sino del cántico de varias. Cuando Lacie alzó la mirada encontró cinco figuras encapuchadas sentadas en lo que daban la impresión de ser tronos suspendidos en el aire.

—Esa es la gente de nuestro jefe, el comandante en jefe —explicó con una voz aterciopelada Kumiko, un tono que descolocó a la peliblanca—. Ahora, muéstrales tu valía.

Y esa fue su única advertencia antes de que algo la tomase por detrás, arrastrándola al vacío.

«La Orden Negra»

[...]

Notas de la autora: ¡Buen día bellezas! Espero que hayan disfrutado del capítulo. La verdad es que este capítulo fue un dolor e cabeza porque, maldita sea, me quedé corta de creatividad. Así que en el futuro seguramente lo someta a edición. Si tienen alguna duda con respecto a la historia del incidente de año nuevo no duden en preguntarme.

Por si acaso, aclararé que dado el ataque del akuma 'Angela' el cuerpo de Lacie estuvo sometido a un gran estrés tanto físico como psicológico y su Inocencia lo forzó al limite por la continua regeneración de sus órganos como lo fue su ojo izquierdo. Se puede decir que sufrió del síndrome de Maria Antonieta y eventualmente en la historia su cabello volverá a su color original; los que han visto/leído Tokyo Ghoul saben a lo que me refiero ;D

En fin, la semana que viene vuelvo a la Universidad así que necesitaba publicar este capítulo.

Los amo queridos lectores, gracias por dar Favoritos y Seguir ¡Nos leeremos~!