No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Christine Feehan (Saga de Los Carpatianos). Yo solo me divierto un poco.

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Isabella se despertó poco a poco, se sentía incapaz de abrir los ojos, el sueño se apoderaba de ella y la arrastraba. De alguna forma sabía que no debía despertar, aunque era esencial que lo hiciera. Abrió los ojos a la fuerza y volvió la cabeza hacia la ventana. El sol entraba a raudales. Se obligó a sentarse y al hacerlo, las sábanas se deslizaron dejando a la vista su cuerpo desnudo.

- Edward – susurró - te tomas demasiadas libertades - Intentó conectar con él automáticamente, sentía una necesidad imperiosa de hacerlo. Al notar que dormía, se retiró de su mente. El ligero contacto fue suficiente. Él estaba a salvo.

Isabella se sentía diferente, feliz incluso. Podía hablar con cualquiera, tocar a cualquiera sin importarle esa sensación de peligro. La libertad de relajarse en presencia de otro ser era una alegría enorme.

Edward tenía grandes responsabilidades. Ella no sabía quién era él, solo que era alguien importante. Era obvio que se sentía muy a gusto con sus poderes, no como ella, que aún se sentía como una especie de monstruo. Quería ser como él, tener confianza en sí misma y no importarle la opinión de los demás. No conocía apenas nada de la vida en Rumanía. Las poblaciones rurales eran pobres y supersticiosas. No obstante, eran personas amables y con una bonita artesanía. Edward era diferente. Había oído hablar de la gente de los Cárpatos; no de los gitanos, sino de unas personas bien educadas, con dinero y que vivían por decisión propia en el corazón del bosque, en plena montaña. ¿Edward era su líder? ¿Era esa la razón de su arrogancia y de su carácter reservado?

La ducha le sentó bien a su cuerpo, librándolo de aquella sensación de somnolencia. Se vistió con sumo cuidado, se puso unos vaqueros, un jersey de cuello de cisne y una sudadera. Aunque hiciera sol, hacía mucho frío en las montañas, y tenía pensado ir a explorar. Por un momento sintió un dolor agudo y una quemazón en el cuello. Se retiró el jersey para examinar la herida. Era una marca extraña, parecía el mordisco de un adolescente enamorado, pero aún más intenso.

Se ruborizó al recordar la imagen de Edward en el momento de dejarle la marca. ¿Por encima de todo tenía que ser tan extremadamente provocativo? Podía aprender mucho de él. Se había dado cuenta de que él era capaz de estar siempre protegido del constante bombardeo de emociones. Para ella, ser capaz simplemente de sentarse en medio de una habitación atestada de gente y no sentir nada más que sus propias emociones, sería un enorme milagro

Isabella se calzó sus botas de montaña. ¡Un asesinato en este lugar! Era un sacrilegio. Los habitantes del pueblo debían estar aterrorizados. Al salir de la habitación sintió un extraño movimiento del aire. Como si tuviera que empujar contra una fuerza invisible. ¿Edward otra vez? ¿Intentaba mantenerla encerrada? No. Si había sido capaz de tal cosa, aquellas barreras invisibles la habrían detenido. Aquello era una especie de protección para mantener a cualquiera lejos de su habitación. Aún destrozado por el dolor y la rabia de aquel asesinato sin sentido y tan horrendo, la había ayudado a dormir. La imagen de Edward preocupándose de protegerla y ayudarla la hizo sentirse querida.

Eran las tres de la tarde – demasiado tarde para almorzar y excesivamente temprano para cenar – y Isabella tenía hambre. La dueña de la pensión le preparó muy amablemente una cesta con comida para que cenara de camino. Ni una sola vez mencionó que se hubiera producido un asesinato. De hecho, parecía ignorar por completo esta noticia. Isabella no se sentía con ganas de sacar el tema. Era raro; la señora fue tan amable y simpática – incluso habló de Edward, para ella era un viejo amigo, muy querido – pero Isabella no pudo decir ni una sola palabra del asesinato ni de lo que había supuesto para él. Una vez fuera, se colocó la mochila en la espalda. No pudo percibir el horror del asesinato en ningún sitio. Ni en la pensión ni en la calle parecían excesivamente perturbados. Pero no podía estar equivocada; las imágenes habían sido claras y fuertes, y el dolor agudo y muy real. Había percibido tantos detalles que no podía ser obra de su imaginación.

- ¡Señorita Swan! Su apellido es Swan, ¿verdad? - dijo una voz femenina unos pasos detrás de ella. Renee Dewey se acercaba deprisa, su rostro reflejada ansiedad, nerviosismo. Era una señora próxima a los setenta años, de aspecto frágil, cabello gris y una forma de vestir acorde con su edad - Querida, está muy pálida esta mañana. Todos estábamos muy preocupados por usted. Ese joven, llevándosela de la manera que lo hizo, nos dejó muy asustados.

A Isabella le hizo gracia.

- Su presencia intimida un poco ¿no es así? Es un viejo amigo que se preocupa en exceso por mi salud. Créame, Sra. Dewey, me cuida muy bien. Es un importante hombre de negocios; puede preguntarle a cualquiera del pueblo.

- ¿Está enferma querida? - Preguntó Renee de forma solícita, acercándose tanto que Isabella se sintió amenazada.

- Me estoy recuperando - contestó sin dejar lugar a dudas, deseando que fuese cierto.

- ¡Yo la he visto antes! - exclamó Renee - Usted es la extraordinaria joven que ayudó a la policía a capturar a aquel demonio que asesinaba en San Diego hace más o menos un mes. ¿Qué puede estar haciendo usted aquí, en este lugar?

Isabella se frotó la frente.

- Este tipo de trabajo es muy extenuante, Sra. Dewey. A veces enfermo. Fue una persecución larga y necesitaba alejarme de todo aquello. Quería visitar algún hermoso lugar remoto, un lugar saturado de historia, donde nadie me reconociera y me señalara con el dedo como a un monstruo. Los Cárpatos son muy hermosos. Puedo caminar, sentarme tranquilamente y dejar que el viento se lleve los recuerdos de aquella mente depravada.

- ¡Oh, querida! - Renee alargó la mano con preocupación, intentando tocarla.

Rápidamente, Isabella se apartó hacia un lado.

- Lo siento mucho; me molesta mucho tocar a cualquier persona después de impregnarme de la mente de un loco. Por favor, entiéndalo.

Renee asintió con la cabeza.

- Aunque he notado que a su joven amigo no le importó tocarla.

Isabella sonrió.

- Es muy mandón, y le encanta especialmente representar escenas melodramáticas, pero es muy bueno conmigo. Hace tiempo que nos conocimos. Edward viaja muchísimo, ¿sabe? - Sus labios soltaron toda la sarta de mentiras sin ninguna dificultad. Se odió por ello - No quiero que nadie sepa nada de mí, Sra. Dewey. Odio la publicidad y en este momento necesito estar apartada de todo. Por favor, no le diga a nadie quién soy.

- Por supuesto que no, querida, pero ¿cree que es seguro que ande vagando por ahí, sola? Hay muchos animales salvajes merodeando por esta zona.

- Edward me acompaña en mis pequeñas excursiones, y obviamente no voy a curiosear por el bosque cuando anochece.

- ¡Oh! - Renee pareció calmarse - ¿Edward Cullen? Aquí todos hablan de él.

- Ya se lo dije, me cuida en exceso. Y en verdad, le encantan los platos de la dueña de la pensión - le confió con una sonrisa, alzando la cesta con comida - Mejor me marcho o llegaré tarde.

Renee la dejó pasar.

- Tenga mucho cuidado, querida.

Isabella se despidió agitando la mano y se alejó dando un paseo despacio y tranquilo por el camino que se internaba en el bosque y subía hacia la montaña. ¿Por qué se había visto obligada a mentir? Le gustaba estar sola y jamás se había tenido que justificar por lo que hacía. Por algún motivo que no acababa de entender, no quería hablar de la vida de Edward con nadie, menos aún con Renee Dewey. La mujer parecía excesivamente interesada en él. Se le notaba en la mirada y en la voz, aunque no hizo ningún tipo de comentario al respecto. Podía sentir a Renee Dewey estudiándola cuidadosamente, hasta que el camino giró bruscamente y los árboles la ocultaron.

Isabella movió la cabeza con tristeza. Se estaba convirtiendo en una especie de presa, al evitar que cualquiera se le acercara, incluso una dulce viejecita preocupada por su seguridad.

- ¡Isabella! ¡Espera!

Cerró los ojos, molesta por la intromisión. Se las arregló para componer una sonrisa en cuanto Jacob la alcanzó.

- Jacob, me alegra que te hayas recuperado, te atragantaste, ¿verdad? Fue una suerte que el camarero conociera la maniobra de Heimlich.

Jacob frunció el ceño.

- No me atraganté - dijo a la defensiva, no quería que ella lo acusara de no saber comportarse en la mesa - Todos lo creen, pero no me atraganté con un trozo de carne.

- ¿De verdad? La forma en la que te agarró el camarero… - no acabó la frase.

- Bueno, no te quedaste el tiempo suficiente para darte cuenta - la acusó de mala gana, totalmente ceñudo - Dejaste simplemente que ese… Neandertal te sacara en brazos de allí.

- Jacob - dijo amablemente - no me conoces, no sabes nada de mí ni de mi vida privada. Por lo poco que conoces, ese hombre podía ser mi marido. Me encontraba muy mal anoche. Siento mucho no haberme quedado, pero en cuanto vi que te recuperabas, no creí apropiado vomitar en el comedor.

- ¿Cómo es que conoces a ese hombre? - preguntó Jacob celoso - Los vecinos del pueblo dicen que es el hombre más poderoso de esta zona. Es rico, es el dueño de todos los negocios petrolíferos. El típico hombre de negocios con mucho poder. ¿Cómo pudiste conocer a un hombre así?

Se estaba acercando a Isabella cada vez más, y de repente, cayó en la cuenta de lo solos que se encontraban y de lo retirados del pueblo que estaban. Tenía una mirada de niño consentido que estropeaba su rostro infantil. También pudo percibir otra cosa, una especie de excitación, que lo hacía sentir culpable. Percibió que ella era una parte importante de sus fantasías más perversas. Jacob era un niño rico acostumbrado a conseguir cualquier nuevo juguete que se le antojara.

Isabella percibió un pequeño movimiento en su mente.

¿Isabella? Temes por tu seguridad -Edward estaba profundamente dormido, pero luchaba por despertarse.

Ahora empezó a preocuparse. Edward era una especie de interrogación en su cabeza. No sabía qué iba a hacer él, solo que la protegería. Por ella misma, por Edward y por Jacob, este último tenía que entender que no quería nada con él. Puedo manejar esto, le contestó para tranquilizarlo.

- Jacob - dijo pacientemente - creo que deberías marcharte; vuelve a la pensión. No soy una mujer fácil de intimidar. Me estás acosando y no tendré ningún problema en exponer una denuncia en la policía local, o como se llamen - Contuvo la respiración al notar que Edward esperaba.

- ¡Muy bien, Isabella! ¡Véndete al mejor postor! ¡A ver si consigues un marido rico! Él te usará y luego te dejará tirada; ¡Eso es lo que hacen los hombres como Cullen! - gritó Jacob. Escupió algunos insultos más y se marchó dando zancadas.

Isabella dejó escapar el aire de sus pulmones muy despacio, dando gracias.

¿Ves? - Dijo obligándose a reírse en sus pensamientos- Manejé yo misma la situación, y eso que soy una insignificante mujer. Sorprendente ¿no?

Desde el otro lado de la densa arboleda, imposible de ver desde donde ella estaba, se oyó el grito de terror de Jacob y después un débil gemido. Mezclado con su segundo chillido, pudo oírse el rugido de un oso enfurecido. Algo pesado cayó al suelo entre los arbustos, detrás de Isabella. Ella oyó la risa de Edward, muy masculina, se estaba divirtiendo de lo lindo.

Muy divertido, Edward. -Jacob emanaba miedo, pero no se había hecho daño- Tienes un sentido del humor bastante dudoso.

Necesito dormir. Deja de meterte en problemas, mujer.

Si no te quedaras despierto toda la noche, no pasarías todo el día durmiendo, le regañó. ¿Cuándo trabajas?

Los ordenadores trabajan solos.

La imagen de Edward con un ordenador la hizo reír. A él no le pegaban los coches ni los ordenadores.

Vuelve a dormir grandullón. Muchísimas gracias, puedo manejarme yo sola sin un enorme machote que me proteja.

Preferiría, en realidad, que volvieras a la pensión hasta que yo me levante. - No hubo ni el más ligero asomo de orden en su voz. Estaba intentando suavizar su forma de ser y sus esfuerzos la hicieron sonreír.

No lo haré, aprende a vivir con mi forma de ser.

Las americanas sois realmente difíciles.

Siguió subiendo la montaña, la risa de Edward todavía resonaba en su cabeza. Dejó que la quietud de la naturaleza inundara su mente. Los pájaros cantaban suavemente; el viento susurraba entre los árboles. El prado estaba cubierto de flores de intensos colores que se mecían con la brisa.

Isabella no se detuvo, se sentía en paz en aquella soledad. Se encaramó a una roca escarpada, en la parte alta de una pradera rodeada de espesos grupos de árboles. Comió y se tumbó de espaldas, recreándose en el paisaje.

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Edward se movió, permitiendo a sus sentidos explorar su entorno. Yacía en la tierra poco profunda, sin que nadie lo molestara. Ningún humano se había acercado a su guarida. Quedaba poco menos de una hora para el anochecer. Emergió de la tierra, saliendo al sótano húmedo y frío. Mientras se duchaba, imitando la manera humana de proceder a la limpieza – aunque realmente no era necesario -, tocó la mente de Isabella. Estaba amodorrada en la montaña, desprotegida y empezaba a oscurecer. Frunció el ceño. La mujer no tenía ni idea de cómo tomar medidas de protección. Le urgía darle una buena sacudida, no, más aún, quería levantarla de donde estaba tumbada y mantenerla segura en sus brazos para siempre.

Se puso en marcha bajo el pálido sol, subiendo por los caminos de la montaña con la rapidez de los suyos. El sol acariciaba su piel, calentándola, haciéndole sentir vivo. Las gafas oscuras, realizadas especialmente para él, le protegían los ojos ultrasensibles; no obstante, le molestaban unos pequeños pinchazos. Al acercarse a la roca donde Isabella dormía, captó el olor de otro de los suyos, de un hombre.

- Garrett.

Edward enseñó los dientes. El sol se hundió tras la montaña, alargando las sombras de las colinas y bañando el bosque con tenebrosos secretos. Edward salió al claro, con los brazos extendidos a ambos lados. Su cuerpo emanaba poder, se movía de forma fluida, como si volara. Era un demonio que acechaba, silencioso y letal.

Garrett estaba de espaldas a él, acercándose a Isabella. Al sentir la fuerza en el aire, se giró. Sus facciones estaban desfiguradas por el dolor y la ira.

- Edward… - le falló la voz, cerró los ojos - Sé que jamás me perdonarás. Sabías que no era un verdadero compañero para Carmen. Aun así, ella no hubiera permitido que yo me marchara. Me amenazó con quitarse la vida si la dejaba, si yo intentaba buscar a otra. Permanecí junto a ella como un cobarde.

- ¿Por qué te encuentro agazapado al lado de mi mujer? - gruño Edward, mientras la furia lo invadía. Las excusas de Garrett le asqueaban, aunque fueran ciertas. Si Carmen había amenazado con morir bajo el sol, él tendría que haberlo sabido. Edward tenía el suficiente poder para detener el comportamiento auto-destructivo de Carmen. Garrett sabía muy bien que él era su príncipe, su líder, y aunque nunca había compartido su sangre con el compañero de su hermana, podía leer en su mente el placer perverso que le proporcionaba esta relación, su dominio sobre ella y la obsesión que Carmen sentía.

A sus espaldas, Isabella se movió, se sentó y se echó el pelo hacia atrás, ese pequeño gesto tan suyo. Se veía soñolienta, provocativa, era una sirena esperando a su amante. Garrett giró la cabeza para mirarla y una expresión taimada y astuta cruzó por su rostro. Ella sintió la inmediata orden de Edward para que guardara silencio, y percibió el dolor no reprimido de Garrett, sus celos y el odio que sentía hacia Edward, la tensión palpable entre los dos hombres.

- Eleazar y Emmett me dijeron que ella estaba bajo tu protección. No podía dormir y sabía que estaba sola sin ningún hechizo que la protegiera. Tenía que hacer algo o habría elegido unirme a Carmen - Era un ruego, buscaba comprensión, no el perdón.

No obstante, Isabella no creyó nada de lo que Garrett dijo. No supo por qué ya que su dolor era real. Quizás estaba desesperado por conseguir el respeto de Edward y sabía en el fondo que no iba a lograrlo

- Entonces, estoy en deuda contigo - dijo Edward solemnemente, le costaba un enorme esfuerzo ocultar el asco que sentía por un hombre que dejaba a su mujer desprotegida, habiendo dado a luz hacía tan poco tiempo, para atormentarla con el olor que otra mujer dejaría sobre él.

Isabella bajó de la roca, era una menuda mujer de mirada compasiva en sus grandes ojos azules.

- Siento muchísimo la muerte de su esposa - dijo en un susurro, cuidando de mantener la distancia. Era el marido de la mujer asesinada. Su dolor y culpabilidad llegaban hasta el cuerpo de Isabella con dolorosa intensidad, pero ella estaba preocupada por Edward. Algo iba mal con Garrett. Su mente estaba desequilibrada, no era malvado, pero había algo extraño en él.

- Gracias - dijo Garrett escuetamente - Necesito a mi hijo, Edward.

- Necesitas que la tierra te cure - le contestó Edward como respuesta, era una decisión irrevocable y estaba firmemente decidido a que se cumpliera su voluntad. No entregaría un precioso bebé indefenso a este hombre en su actual estado mental.

El estómago de Isabella se contrajo de dolor, igual que su corazón, al oír la crueldad de las palabras de Edward. Apenas comprendía lo que encerraba la orden de Edward. Este hombre, rebosante de dolor por el asesinato de su esposa, iba a ser privado de la presencia de su hijo, y aceptaba la palabra de Edward como una ley absoluta. Sintió su profundo dolor como si fuera propio, y no estaba de acuerdo con la decisión de Edward.

- Por favor, Edward. Yo amaba a Carmen - De forma instintiva Isabella supo que no estaba rogando para quedarse con el bebé.

La furia oscureció el rostro de Edward, dejó un atisbo de crueldad en su boca y enrojeció sus ojos oscuros.

- No me hables de amor, Garrett. Entiérrate; cúrate. Encontraré al asesino y vengaré la muerte de mi hermana. Jamás volveré a dejarme arrastrar por el sentimentalismo. Si no hubiera escuchado sus súplicas, ahora estaría viva.

- Soy incapaz de dormir. Tengo el derecho de cazar a los asesinos - La voz de Garrett sonaba resentida, desafiante, buscando el respeto y la igualdad como lo hace un niño, aun sabiendo que no podía conseguirlos.

La impaciencia y la amenaza brillaron en los pensativos ojos de Edward.

- Entonces te obligaré a que lo hagas, te daré la orden para que descanses, puesto que tu mente y tu cuerpo lo necesitan - Dijo con el tono más neutral que Isabella le había escuchado. Si no hubiera sido por la furia que ardía en sus ojos negros, habría creído que se comportaba de forma amable y que cuidaba realmente de la salud del hombre. – No podemos permitirnos que desaparezcas, Garrett - Su voz se suavizó, usó un tono aterciopelado que seducía y ordenaba implacablemente. – Vas a dormir, Garrett. Irás con Eric y dejarás que te prepare y te cuide. Permanecerás dormido hasta que no representes un peligro ni para ti, ni para los demás.

Isabella estaba asombrada y alarmada por el absoluto poder de su voz, él ostentaba ese poder como si fuera su deber. La voz de Edward por sí sola podía inducir a un profundo trance hipnótico. Nadie discutía sus decisiones, ni siquiera en un asunto tan grave como era decidir quién cuida a un bebé. Se mordió el labio inferior, estaba muy confundida. Edward tenía razón en lo del bebé. Ella percibía algo malo en Garrett, pero que un hombre maduro obedeciera su orden – tuviera que obedecer su orden – la aterrorizó. Nadie debería poseer esa voz, ese don. Algo tan poderoso podía emplearse de la forma equivocada, podía corromper a aquel que lo poseía.

Se quedaron de pie, uno en frente del otro, mirándose, mientras Garrett se alejaba entre la creciente oscuridad. Isabella sentía el enfado de Edward, estaba disgustado con ella. Desafiante, alzó la barbilla. Él se acercó, deslizándose increíblemente rápido, sus dedos se cerraron alrededor de su garganta, como si quisiera estrangularla.

- No volverás nunca a cometer una tontería como esta.

Ella parpadeó, mientras mantenía su mirada.

- No intentes intimidarme, Edward; no funcionará. Nadie me dice lo que tengo que hacer, ni dónde puedo ir.

Bajó las manos hasta sus muñecas, apresándolas, amenazando con romper sus frágiles huesos.

- No toleraré ninguna tontería que pueda poner en riesgo tu vida. Ya hemos perdido a una de nuestras mujeres. No voy a perderte.

Había dicho que era su hermana. La compasión luchó con su instinto de protección. La base de esta discusión era el miedo que él sentía a que ella desapareciera.

- Edward, no puedes guardarme dentro de una caja y ponerme en un rincón seguro - Habló tan tiernamente como pudo.

- No voy a discutir sobre tu seguridad. Hace un rato estabas sola con un hombre que estaba planeando tomarte a la fuerza. Cualquier animal salvaje podía haberte atacado, y si no hubieras estado bajo mi protección, Garrett podría haberte hecho daño en su actual estado.

- Nada de eso ha ocurrido, Edward - Tocó dulcemente su mentón en una tierna caricia - Tienes suficientes preocupaciones, suficientes responsabilidades como para que me añadas a la lista. Puedo ayudarte.

Sabes que soy capaz de hacerlo.

Tiró de su muñeca para que cayera sobre él.

- Vas a volverme loco, Isabella - La estrechó contra su cuerpo. Su voz bajó de tono, hasta convertirse en una caricia hipnótica, en pura magia negra - Eres la única persona a la que ansío proteger, y aun así no me obedeces. Insistes en mantener tu independencia. Todos los demás se apoyan en mi fuerza, pero tú buscas ayudarme, compartir mis obligaciones - Bajó la boca hacia la suya.

De nuevo Isabella sintió que la tierra retumbaba bajo sus pies, sintió el estallido eléctrico en el aire, a su alrededor. Era algo curioso. La temperatura de su piel subió hasta hacerla arder. En su cabeza giraban miles de puntitos de colores. La boca de Edward reclamaba la suya, posesiva, agresiva, dominante, borrando cualquier intento de resistencia. Ella separó los labios, permitiendo su ardiente y dulce asalto.

Isabella posó sus manos sobre los anchos hombros, y después le rodeó el cuello. Sentía como su cuerpo se derretía. Edward quería tumbarla sobre la suave hierba, arrancarle esas ofensivas prendas del cuerpo y hacerla irremediablemente suya. Sabía a pura inocencia. Nadie, nunca, le había pedido compartir sus pesadas obligaciones. Nadie, hasta que llegó esta muchachita mortal, había pensado en el precio que él pagaba. Una humana. Tenía el coraje necesario para plantarse ante él, y él no podía más que respetarla por ello.

Edward tenía los ojos cerrados, deleitándose en la sensación del cuerpo de Isabella pegado al suyo, en el hecho de quererla con aquella intensidad. Estaba consumido por un deseo ardiente. De mala gana alzó la cabeza, le dolía todo el cuerpo, de forma atroz.

- Vámonos a casa, Isabella - Su voz era pura seducción.

La boca de Isabella se curvó en una sonrisa.

- No creo que tu casa sea un lugar seguro. Eres de la clase de hombre contra la que me previno mi madre.

Edward la abrazó de forma posesiva, atrapándola contra su cuerpo. No tenía ni la más ligera intención de apartarse de ella, de dejar que se marchara. Le indicó con su cuerpo el camino a seguir, por donde él quería. Caminaron juntos en un agradable silencio.

- Jacob no tenía intención de hacerme daño - negó de repente - Lo habría percibido.

- Tú no tenías intención de tocarlo, pequeña, y eso lo salvó.

- Realmente creo que es capaz de cometer actos violentos. Siempre es duro evitar la violencia - Le dirigió una traviesa sonrisa - Va pegada a ti como una segunda piel.

Le tiró de la gruesa trenza en venganza por la broma.

- Quiero que vengas a vivir a mi casa. Por lo menos hasta que encontremos a los asesinos y nos hagamos cargo de ellos.

Isabella caminó en silencio. Edward había dicho hagamos, como si fueran un equipo. Eso le gustó.

- ¿Sabes, Edward? Es de lo más extraño. Nadie en el pueblo, ni en la pensión, parecía saber nada del asesinato hoy.

Sus dedos rozaron levemente sus delicados pómulos.

- Y tú no dijiste nada.

Le dirigió una mirada calmada, por debajo de sus largas pestañas.

- Por supuesto. No me divierto cotilleando.

- Carmen murió cruelmente, su muerte no tiene ningún sentido. Ella era la compañera de Garrett…

- Ya dijiste eso antes, ¿qué significa "compañera"?

- Ese término es igual al de marido o esposa – explicó - Carmen había dado a luz a un niño hace sólo dos meses. Yo era el responsable de ellos. Carmen no será tema de cotilleo. Nosotros mismos encontraremos a sus asesinos.

- ¿No crees que si hubiera un asesino en serie suelto en pueblo tan pequeño, la gente tendría derecho a saberlo?

Edward escogió las palabras con sumo cuidado.

- Los rumanos no están en peligro. Y esto no es obra de una sola persona. Los asesinos desean acabar con nuestra gente. La verdadera raza de los Cárpatos está casi extinguida. Tenemos enemigos implacables que estarían felices de vernos muertos a todos.

- ¿Por qué?

Edward se encogió de hombros.

- Somos diferentes; tenemos ciertos dones, ciertos talentos. La gente teme aquello que es diferente. Deberías saberlo.

- Quizás por mis venas corra una versión diluida de vuestra sangre - dijo Isabella con una pizca de tristeza. Era agradable pensar que tenía antepasados con su mismo don.

El corazón de Edward voló hacia el de Isabella. Su vida debía haber sido terriblemente solitaria. Edward quería arroparla entre sus brazos, protegerla de las cosas desagradables de la vida. La suya era una soledad auto-impuesta; Isabella no había tenido elección.

- Nuestros negocios con el petróleo y los minerales, en un país donde la mayoría apenas tiene nada, provocan odio y celos. Yo soy la ley para mi gente. Me enfrento con aquello que amenaza nuestra posición y nuestras vidas. Fue mi desacertada decisión la que colocó a Carmen en peligro; debo atrapar a sus asesinos y hacer justicia.

- ¿Por qué no has llamado a las autoridades locales? - Se esforzaba por entender, pero tenía que ir despacio.

- Yo soy la autoridad para mi gente. Soy la ley.

- ¿Tú solo?

- Tengo otros que ejecutan mis órdenes, que persiguen y cazan; son muchos, de hecho. Pero todas las decisiones son responsabilidad mía.

- Eres juez, jurado y ¿también verdugo? - apuntó ella, conteniendo la respiración mientras esperaba la respuesta.

Sus percepciones no podían mentir. Ella habría sentido la mancha del mal en él, sin importar lo buena que fuera la protección que él hubiera intentando interponer. Nadie era tan poderoso como para que sus sentidos no detectaran una pequeña brecha. No se percató de que había dejado de andar hasta que Edward le acarició los brazos arriba y abajo, calentándola porque empezaba a tiritar.

- Ahora me temes - Dijo con cansancio, pero muy suavemente, como si se sintiera herido. Y en realidad la idea le hacía daño. Había intentado que ella le temiera; había provocado su miedo deliberadamente, y ahora que conseguía su objetivo, entendía que no era lo que pretendía de ella.

Isabella sintió la voz suave de Edward en el fondo del alma.

- No te tengo miedo, Edward - negó dulcemente, ladeando la cabeza para estudiar sus facciones a la luz de la luna - Tengo miedo por ti. Tanto poder acaba por corromper a quien lo posee. Tanta responsabilidad lleva a la destrucción. Tomas decisiones de vida o muerte que sólo están en manos de Dios.

Las manos de Edward acariciaron su sedosa piel, hasta posarse en sus labios. Sus ojos eran enormes en su pequeño rostro, sus sentimientos estaban desnudos ante los hipnóticos ojos de Edward. Había preocupación, compasión, un amor que empezaba a nacer y una dulce, muy dulce inocencia que agitaba sus entrañas. Ella se preocupaba por él. Estaba preocupada. Edward emitió un gemido. Isabella no tenía ni idea de lo que estaba ofreciendo a alguien como él. No se sentía con fuerzas suficientes para resistirse, y se odiaba a él mismo por su egoísmo.

- Edward - Isabella le acarició el brazo enviando oleadas de calor por su piel, haciendo hervir su sangre. No se había alimentado y la mezcla de amor, deseo y hambre era explosiva, embriagadora y muy, muy peligrosa. ¿Cómo no iba a amarla cuando conocía sus pensamientos y su mente? Era la luz que iluminaba su oscuridad, su otra mitad. Aunque debía estar prohibido y probablemente fuese un error de la naturaleza, no podía evitar amarla. – Deja que te ayude. Comparte esto conmigo. No te alejes de mí - El simple roce de su mano, la preocupación de sus ojos, la pureza y la sinceridad de su voz le llenaron de una dulzura desconocida hasta entonces para él.

La atrajo hacia él, demasiado consciente de las urgentes demandas de su cuerpo. Con un ronco gruñido animal la levantó, le susurró una orden muy suave y se movió con toda la rapidez de la que era capaz.

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Isabella parpadeó y se encontró en la cálida biblioteca de Edward, el fuego arrojaba sombras sobre la pared, y ella no estaba muy segura de cómo había llegado hasta allí. No recordaba haber ido caminando, pero, aun así, estaban en el interior de la casa. Edward tenía la camisa desabrochada, dejando a la vista los fuertes músculos de su pecho. Sus ojos negros estaban fijos en su rostro, observándola con la quietud y la atenta vigilancia de un depredador. No intentaba ocultar que la deseaba.

- Te daré una última oportunidad, pequeña - Las palabras le salieron bruscas y roncas, como si le rasgaran dolorosamente la garganta - Encontraré la fuerza necesaria para dejarte marchar si quieres hacerlo. Ahora. En este momento.

Estaba al otro lado de la habitación. El aire pareció detenerse. Si viviera hasta llegar a los cien años, jamás borraría este momento de su memoria. Edward estaba de pie, esperando su decisión de unirse a él o condenarlo a la soledad eterna. Tenía la cabeza orgullosamente levantada; su cuerpo, vibrante de masculina agresividad, estaba tenso; sus ojos ardían de deseo.

Su imagen borraba todo pensamiento cabal de la mente de Isabella. Si lo condenaba, ¿no se condenaría ella misma a sufrir el mismo destino? Alguien necesitaba amar a este hombre, cuidarlo, aunque fuera un poquito. ¿Cómo podía seguir tan solo? Él estaba esperando. Sin órdenes, sin seducciones, solo con sus ojos, su necesidad, su absoluta soledad. Los otros confiaban en su fuerza, le exigían que utilizara sus habilidades, no obstante, no le mostraban ningún afecto ni le agradecían su incesante vigilancia. Ella podía saciar su hambre como los otros no podían. Lo supo instintivamente. No habría otra mujer para él. La quería a ella. La necesitaba a ella. Era incapaz de alejarse de él.

- Quítate la sudadera - Dijo suavemente. Ya no había vuelta atrás. Edward había leído la decisión en sus ojos, en el suave temblor de sus labios.

Isabella dio un paso atrás, sus ojos azules se agrandaron. Muy despacio, casi de mala gana, se quitó la prenda, de alguna forma, en su interior, sabía que le estaba dando mucho más que su inocencia. Sabía que le estaba dando su vida.

- El jersey.

Isabella se pasó la lengua por los labios, humedeciéndolos. Una salvaje sacudida, casi primitiva traspasó el cuerpo de Edward en respuesta. Mientras ella se quitaba el jersey de cuello de cisne, sus manos bajaron a los botones del pantalón. Se sentía aprisionado, la tela se tensaba haciéndole daño. Tuvo cuidado de utilizar la forma humana de desvestirse para no asustarla más.

El cuerpo desnudo de Isabella brillaba a la luz del fuego. Las sombras rozaban los contornos de su figura. Su talle era estrecho y su cintura pequeña, acentuando la generosidad de sus pechos. El hombre que había en él inspiró bruscamente, el animal rugió exigiendo ser liberado.

Edward dejó caer su camisa sobre el suelo, incapaz de soportar por más tiempo el roce de la tela sobre su piel. De lo profundo de su garganta surgió un sonido animal, una salvaje llamada. En el exterior de la casa el viento empezó a soplar y unas nubes oscuras ocultaron la luna. Apartó todos los adornos humanos que quedaban sobre su cuerpo, dejándolo a la vista, sus músculos estaban bien formados y estaban tensos por la necesidad.

Isabella tragó saliva con dificultad mientras se bajaba los tirantes de encaje del sujetador, dejando que cayera al suelo. Sus pechos quedaron a la vista, incitantes, los rosados pezones endurecidos por el deseo.

Cruzó la distancia que los separaba de un solo salto, sin importarle las explicaciones que tendría que dar más tarde. El instinto de un milenio de edad tomó el control de su cuerpo. Rasgó los ofensivos vaqueros y se los arrancó de un solo tirón, arrojándolos a un lado. Isabella gritó, el miedo ante su fuerza añadió una tonalidad gris a sus ojos azules. Edward la calmó con una caricia, pasando sus manos por su cuerpo, guardando cada línea del mismo en su memoria.

- No temas mi deseo, pequeña - susurró dulcemente - Jamás te haría daño. Sería incapaz.

Isabella tenía una estructura pequeña y delicada, y su piel era seda ardiente. Las manos de Edward la tocaban por todos lados, le dejó suelto el pelo y se lo cepilló con los dedos, su tacto enviaba dardos ardientes a su ingle. Su cuerpo se tensó, dolorido. Dios, la necesitaba tanto. Tanto.

Edward atrapó la nuca de Isabella de forma que ella no pudiera escapar; con el pulgar, le echó la cabeza hacia atrás, hasta dejar expuesta su garganta y los pechos a su alcance. Movió la mano muy lentamente, siguiendo la curva de su hombro hasta dejarla, por un momento, sobre la marca que le dejó en el cuello que, con el contacto, se tornó ardiente y palpitante. De allí tomó un camino descendente, para acariciar la suavidad de su pecho. Siguió con los dedos cada marca de sus costillas, alimentando su deseo, y acallando el miedo de Isabella. Se recreó en su vientre, y en la curva de sus caderas hasta reposar la mano sobre el triángulo de suaves rizos sobre sus piernas.

Isabella ya había sentido sus caricias con anterioridad, pero esto era mil veces más fuerte. Sus manos despertaban en ella una desesperada necesidad y tenía la sensación de estar hundiéndose en un mundo de puro placer. Edward gruñó algo por lo bajo, en su propia lengua y la tomó en sus brazos para dejarla en el suelo frente al fuego. Su cuerpo se movía con agresividad, atrapando a Isabella bajo él, en el suelo. Por un momento a ella le recordó un animal salvaje que intentaba someter a su compañera. Edward ni siquiera se había dado cuenta, hasta ese momento, de lo cerca que había estado de transformarse en un vampiro. Las emociones, la pasión y la lujuria formaban en su interior un torbellino que le hacía temer por Isabella y por él mismo.

La luz del fuego arrojó una sombra diabólica sobre él. Parecía un enorme e invencible animal agazapado junto a ella de forma peligrosa.

- Edward - Pronunció su nombre tiernamente, en un intento de que suavizara la expresión salvaje de su rostro. Necesitaba que fuera más despacio. Le agarró las muñecas con las dos manos, uniéndolas por encima de la cabeza de Isabella y manteniéndola así inmovilizada.

- Necesito que confíes en mí, pequeña - En su voz se mezclaban la orden imperante y esa magia negra que sólo él conjuraba - Dame tu confianza. Por favor, dámela.

Ella estaba aterrada, era tan vulnerable, allí, atrapada en el suelo como en un sacrificio pagano, en una especie de ofrenda a un dios desaparecido hace siglos. Los ojos de Edward devoraban su cuerpo haciéndola arder allí donde posaba su brillante mirada. Isabella yacía inmóvil bajo su despiadada fuerza, sintiendo que había tomado una decisión implacable, consciente de la terrible lucha interior que se desarrollaba en su mente. Su mirada azul vagó sin rumbo por las líneas de su rostro; su boca, tan sensual, también era capaz de demostrar crueldad; sus ojos, que brillaban con ardiente fiereza. Isabella se movió para comprobar la fuerza del cuerpo masculino, sabiendo que sería imposible detenerlo. Temía su unión porque no se sentía segura, no sabía qué esperar, pero confiaba en él, creía en él.

La sensación de su suave cuerpo desnudo retorciéndose bajo él lo inflamó aún más. Edward pronunció su nombre en un gemido mientras su mano se deslizaba por el muslo de Isabella, hasta encontrar el cálido lugar entre sus piernas.

- Confía en mí, Isabella. Necesito tu confianza - Sus dedos recorrieron la suavidad de Isabella, reclamándola, provocando un flujo de cálida humedad. Inclinó la cabeza sobre ella para probar su sabor, su textura, su aroma.

Isabella gritó cuando sintió la boca de Edward sobre un pezón, cuando sus dedos se introdujeron aún más en ella. Oleadas de placer recorrían su cuerpo. Él se movió más despacio, recorriendo con la lengua el camino abierto por sus dedos. Con cada caricia, su cuerpo se tensaba aún más, su corazón se abría a Isabella y el animal que él mantenía enjaulado se hacía más y más fuerte. Una compañera. Su compañera. Suya. Inhaló su aroma hasta guardarlo en lo más profundo de su alma; su lengua la recorría lentamente, en una prolongada caricia.

Isabella volvió a moverse bajo él, aún insegura, pero se calmó cuando vio que él levantaba la cabeza y que en sus ojos ardía el firme propósito de ser su dueño. De forma deliberada, le separó las rodillas, dejándola totalmente vulnerable. Le sostuvo la mirada, advirtiéndola, inclinó la cabeza entre sus piernas y bebió.

Edward sabía, en el fondo de su mente, que Isabella era demasiado inocente para hacer el amor de forma tan salvaje, pero estaba decidido a que ella conociera lo que era el placer, el placer que él podía proporcionarle, muy distinto del placer que obtuvo con su sugestión hipnótica. Había esperado demasiado que apareciera su compañera, habían sido interminables siglos de hambre, oscuridad e infinita soledad. No podía ser tierno y considerado cuando su cuerpo entero le exigía que la hiciera totalmente suya para siempre. Sabía que su confianza en él significaba todo. Su fe en él sería lo único que la protegería.

El cuerpo de Isabella se convulsionó en una serie de espasmos mientras gritaba. Edward pasó la lengua muy despacio sobre ella, saboreando su piel, su suavidad y lo exquisito de su cuerpo. Cada detalle, hasta el más mínimo, quedó grabado en su mente, formando parte del salvaje placer al que estaba abandonándose.

Le soltó los brazos y se inclinó para besarla sobre los ojos, en la boca.

- Eres tan hermosa, Isabella. Sé mía. Sólo mía - Apretaba su cuerpo contra el de ella, los músculos totalmente tensos, increíblemente fuerte, temblando de necesidad.

- No podría haber nadie más, Edward - contestó dulcemente mientras pasaba los dedos por la piel ardiente de su espalda. Acarició su rostro, contraído por la desesperación, se deleitó en el tacto de su pelo - Confío en ti, sólo en ti.

Edward la agarró por las caderas.

- Seré tan delicado como pueda, pequeña. No cierres los ojos, quédate conmigo.

Estaba preparada para él, húmeda, caliente, pero al entrar en ella sintió la barrera. Ella jadeó tensando el cuerpo.

- Edward - Había pánico en su voz.

- Será sólo un instante, pequeña, y después te llevaré al cielo - Esperó su aprobación con mortal agonía.

Lo miró con ojos trémulos, confiando plenamente en él. Nadie de los suyos ni ningún humano lo había mirado de esta forma a lo largo de los siglos. Edward se movió hacia delante penetrando en su estrecha funda, enterrándose allí. Isabella emitió un pequeño quejido, y él la besó para borrar el dolor con su lengua. Se obligó a permanecer quieto, a sentir como sus corazones latían al unísono, y a escuchar el murmullo de la sangre por sus venas. Isabella acomodó su cuerpo al suyo.

La besó dulcemente, con ternura, abriendo su mente para compartirlo todo con ella. Su amor era salvaje, obsesivo, protector y ciertamente no lo daba fácilmente, pero su entrega a Isabella era total y absoluta. Se movió despacio y con mucho cuidado en un principio, esperando la reacción en sus expresivos ojos.

Las demandas del cuerpo de Edward empezaron a imponerse sobre ellos mismos. Su piel ardía en llamaradas y sus entrañas rugían. Pequeñas gotas de sudor perlaron sus músculos, tensos. Empezó a moverse sobre ella muy lentamente, reclamándola como suya, enterrando su cuerpo en el de ella una y otra vez, con un hambre insaciable.

Isabella le empujó ligeramente en el pecho con las manos, en una especie de protesta. Edward gruñó una advertencia mientras bajaba la cabeza hacia el pecho izquierdo. Ella era pura seda, estrecha y ardiente. Su ritmo se hizo más rápido, buscando el único alivio que conocía para saciar su desesperación. Eran un solo ser; ella era su otra mitad. Isabella se movió de nuevo, alejándose ligeramente de él, y su boca dibujó un grito silencioso que evidenciaba su temor a las oleadas de increíble placer que la consumían.

Edward gruñó otra vez, era la protesta del animal que habitaba en él. Hundió los dientes en la curva de su hombro, aplastándola contra el suelo.

La leña que ardía en la chimenea estalló. Retumbó el trueno y la casa tembló mientras los relámpagos caían uno tras otro en el bosque. Edward rugió, gritó al cielo mientras se elevaban por encima de la tierra. El placer continuó mezclado con el dolor. Necesitaba más y más. Al introducirse con fiereza en ella desencadenó un deseo tal que la bestia despertó por completo en su interior.

La boca de Edward se deslizó desde el hombro hasta encontrar el loco latido del corazón de Isabella bajo sus apetitosos pechos. Su lengua acarició un pezón endurecido y trazó sendas de placer a su alrededor. Clavó profundamente los dientes y bebió, se alimentó de ella, la hizo suya de nuevo en un frenesí sexual que era totalmente incapaz de saciar.

Su sabor era dulce, limpio y muy adictivo. Anhelaba todavía más y más, su cuerpo empujaba una y otra vez, cada vez más profundo, poderoso y fuerte, llevándola de nuevo a sentir aquella explosión de placer.

Isabella luchó consigo misma porque era incapaz de reconocer a Edward en aquel animal sensual y voraz. Su cuerpo respondía a sus demandas, incapaz de sentirse saciado. Edward torturaba la piel de su pecho, la hacía arder y le enviaba espirales de placer que parecían no tener fin. Sentía como se iba debilitando mientras una euforia totalmente desconocida la dejaba lánguida bajo él. Tomó la cabeza de Edward entre sus manos y la acunó, entregándose por completo para que saciara su hambre mientras su cuerpo se convulsionaba una y otra vez.

Fue su entrega lo que le devolvió la cordura. Esta mujer no estaba hipnotizada; se ofrecía libremente porque era capaz de sentir la necesidad que habitaba en él, porque confiaba en que él no sería capaz de hacerle daño, porque sabía que él se detendría antes de matarla.

Cerró la herida del pecho lamiéndola con la lengua. Elevó la cabeza, en sus ojos oscuros aún se podía ver el ansia, en su boca llevaba el sabor de su sangre. Soltó una maldición en voz baja, odiándose a sí mismo por lo que había hecho. Ella estaba bajo su protección. Jamás había experimentado por nadie el asco que sintió en ese momento hacia él. Isabella se había entregado voluntariamente, y él la había tomado de modo egoísta, había dejado que imperara la bestia de su interior para sentir el éxtasis de unirse a su compañera.

Cogió su cuerpo inerte entre sus brazos.

- No morirás, Isabella - Estaba furioso consigo mismo. ¿Lo había hecho a propósito? ¿Lo había buscado en algún lugar remoto de su mente? Buscaría la respuesta más tarde. En este momento ella necesitaba sangre urgentemente. –Quédate conmigo, pequeña. Me quedé en este mundo por ti. Tienes que ser fuerte por los dos. ¿Me oyes Isabella? No me dejes. Puedo hacerte feliz. Sé que puedo.

Se abrió una herida en el pecho y apretó la boca de Isabella contra el torrente carmesí que salió de la brecha. – Vas a beber; obedéceme.

Sabía que era mejor darle su sangre en un vaso, pero quería sentir su boca sobre su piel, necesitaba abrazarla mientras ella tomaba su sangre, mientras le devolvía la vida a su famélico cuerpo.

Obedeció a la fuerza, casi rechazando su sangre. Intentó apartar la cabeza.

Pero él la agarró, impidiendo que se alejara.

Vivirás, pequeña. Bebe más.

Isabella tenía una voluntad de acero. Ni siquiera su gente necesitaba una orden tan fuerte para conseguir que le obedecieran. Por supuesto, ellos confiaban en él, y querían obedecer. Aunque Isabella no era siquiera consciente de que él la estaba obligando, algún remoto sentido de supervivencia luchaba contra su orden. No importaba. Impondría su voluntad. Siempre la imponía.

Edward la llevó en brazos hasta sus aposentos. Estrujó las hierbas curativas y un aroma dulzón impregnó la habitación. Las extendió alrededor de la cama y sobre su pequeño e inmóvil cuerpo. La sumió en un profundo sueño. La obligaría a beber dentro de una hora. Por un momento, se quedó de pie, observándola, mientras un profundo grito le subía por la garganta. Era tan hermosa, un extraño y valioso tesoro que él había tratado de forma tan cruel en lugar de cuidarla y mimarla, apartándola de su otro yo salvaje. Los hombres de los Cárpatos no eran humanos. Su forma de hacer el amor era extremadamente salvaje. Isabella era joven, era humana y virgen. Y él no había sido capaz de enterrar sus recién adquiridas emociones en el torbellino de pasión.

La tocó con temblorosos dedos, dejando una ligera caricia sobre su rostro mientras se inclinaba para besar su boca. Con un juramento, se dio la vuelta, y salió de la habitación. Los hechizos de protección eran los más fuertes que conocía, ella no podría salir y nadie podría entrar.

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En el exterior rugía la tormenta, con la misma furia e intensidad que había en su alma. Dio tres pasos y saltó hacia el cielo, cruzándolo como un rayo hacia el pueblo. El viento gemía y formaba remolinos a su alrededor. La casa que buscaba no era más que una pequeña cabaña. Se quedó de pie en la puerta, su rostro reflejaba el tormento que sufría.

Edgar Barner abrió en silencio la puerta, apartándose hacia un lado para dejarle pasar.

- Edward.

Su voz era amable. Edgar Barner era un anciano de ochenta y tres años. La mayoría de ellos los había pasado al servicio del Señor. Consideraba un enorme privilegio ser uno de los escasos amigos de Edward Cullen.

Edward invadió la habitación con su sola presencia, con el poder que emanaba de su cuerpo. Estaba nervioso, profundamente molesto. Caminaba de un lado a otro sin descanso mientras la tormenta aumentaba en el exterior.

Edgar se sentó en su sillón, encendió la pipa y esperó. Para él, Edward era un hombre tranquilo, que no demostraba ningún tipo de emoción. Este era, sin embargo, un hombre peligroso, un hombre que Edgar jamás había vislumbrado en Edward.

Edward golpeó con el puño la chimenea y resquebrajó algunas piedras.

- Esta noche estuve a punto de matar a una mujer - Confesó de forma súbita y dolorida - Me dijiste que Dios nos creó con un propósito, que fuimos creados por Él. Soy más animal que hombre, Edgar, no puedo continuar engañándome. Buscaría el descanso eterno, pero incluso eso se me niega. Los asesinos acechan a mi gente. No tengo derecho a abandonarles hasta que sepa que están protegidos. Ahora, mi mujer está en peligro, no solo por mi parte, sino también por parte de mis enemigos.

Edgar dio una calada a su pipa tranquilamente.

- Has dicho 'mi mujer'. ¿Amas a esta mujer?

Edward agitó la mano obviando el tema.

- Ella es mía - Era una afirmación, un decreto. ¿Cómo podía él usar la palabra amor? Era tan insípida para los sentimientos que él albergaba por Isabella. Ella era la encarnación de la pureza, la bondad, la compasión. Todo lo que él no era.

Edgar asintió con la cabeza.

- Estás enamorado de ella.

Edward frunció el entrecejo de forma amenazadora.

- Yo necesito. Yo ansío. Yo quiero. Esa es mi vida - Lo dijo atormentado, intentando que fuera verdad.

- Entonces, ¿Por qué sientes ese dolor, Edward? Tú la querías, quizás la necesitaras y me imagino que la tomaste. Tú estabas hambriento, supongo que te alimentaste de su sangre. ¿Por qué deberías sentir dolor?

- Sabes que no es correcto que tomemos la sangre de las mujeres por las que sentimos otros apetitos.

- Has dicho muchas veces que no has sentido apetitos sexuales desde hace siglos. Que eres incapaz de sentir - le recordó con voz calmada.

- Ella me hace sentir - confesó Edward, con un vivo dolor en los ojos - La quiero a mi lado cada momento del día. La necesito. Dios, debo tenerla. No sólo su cuerpo, también su sangre. Soy adicto a su sabor. Lo ansío todo de ella, pero está prohibido.

- Pero ¿lo hiciste de todas formas?

- Estuve a punto de matarla.

- Pero no lo hiciste. Todavía vive. Ella no puede ser la primera de la que te alimentas hasta este extremo. ¿Te causaron las otras este dolor?

Edward se dio la vuelta.

- No lo entiendes. Fue la manera en la que sucedió, lo que hice con posterioridad. Me lo temía desde la primera vez que escuché su voz.

- Si nunca había sucedido antes, ¿Por qué lo temías?

Edward dejó caer la cabeza apretando los puños a ambos lados del cuerpo.

- Porque la quería, no podía soportar la idea de dejarla. Quería que ella supiera cómo soy, que conociera lo peor de mí. Que viera todo lo que soy. Quería unirla a mí, atarla a mí para que nunca se marche de mi lado.

- Ella es humana.

- Sí. Tiene habilidades, tiene un vínculo mental conmigo. Tiene compasión, es hermosa. Me dije a mí mismo que no podía hacer esto, que estaba mal. Pero en el fondo, sabía que lo haría.

- Y aun sabiendo que ibas a hacer algo incorrecto, lo hiciste. Debías tener una buena razón.

- Egoísmo. ¿No me has escuchado? Yo, yo, yo. Todo para mí. Encontré una razón para continuar con mi existencia y tomé lo que no era para mí, y aún ahora, mientras hablo contigo, sé que no la dejaré marchar.

- Acepta tu forma de ser, Edward. Acepta tu verdadera naturaleza.

Edward soltó una amarga carcajada.

- Todo está tan claro para ti. Dices que soy uno de los hijos de Dios. Que tengo una razón de ser. Que debo aceptar mi naturaleza. Mi naturaleza es tomar lo que creo que es mío, guardarlo y protegerlo. Encadenarlo a mí si es necesario. No puedo dejar que se marche. No puedo. Ella es libre como el viento. Si encerrara al viento en una jaula, ¿moriría?

- Entonces no lo encierres, Edward. Confía en que permanecerá a tu lado.

- ¿Cómo puedo proteger al viento, Edgar?

- Edward, has dicho que no puedes. No puedes dejarla marchar. No lo harías, no lo harás. Dijiste que no puedes, en presente, hay una diferencia.

- Para mí. ¿Y ella qué? ¿Qué opción le estoy dando a ella?

- Siempre he creído en ti, en tu bondad y en tu fuerza. Es bastante posible que la chica te necesite también. Has estado escuchando las leyendas y mentiras asociadas a los de tu especie durante tantos años que estás empezando a creer esas tonterías. Para un vegetariano, alguien que come carne puede resultar repulsivo. El tigre necesita al ciervo para sobrevivir. Una planta necesita agua. Todos necesitamos algo. Tú sólo tomas lo que necesitas. Arrodíllate, recibe la bendición de Dios y vuelve con tu mujer. Encontrarás la manera de proteger al viento.

Edward se arrodilló obedientemente, inclinó la cabeza dejando que la paz que emanaba del anciano penetrara en él y le reconfortara. En el exterior, la furiosa tormenta cesó de repente, como si hubiese desgastado toda su furia.

- Gracias, Padre - susurró Edward.

- Haz lo que debas para proteger a los tuyos. A los ojos de Dios, sois sus hijos.

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¡Wow! Solo me fui a dormir y cuando desperté hoy en la mañana ya habíamos casi llegado a los 15 comentarios! :O

Me alegro mucho que la historia les esté gustando tanto.

Gracias a aquellas que me corrigen y me dan a saber mis errores jejeje prestaré más atención en los capítulos futuros.

¿Les parece si llegamos a 26 comentarios?

¡Estaré pendiente!

¡Nos leemos pronto!