Capitulo 3

Comienzo

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Caroline decidió que el pueblo se parecía algo al Brigadoon de Nathaniel Hawthorne. Decidió explorarlo un poco antes de ir al mercado. Durante meses se había dicho que estaba a salvo; que era libre. Sin embargo, al caminar por las preciosas calles con sus casas pintorescas, al respirar la brisa marina, al escuchar el acento de Nueva Inglaterra, se sentía a salvo por primera vez, y libre.

Nadie la conocía aún, pero la conocerían. Conocerían a Caroline Forbes, la habilidosa cocinera que vivía en la casita del bosque. Haría amigos y organizaría su vida. Construiría un futuro. Allí no la alcanzaría nada del pasado. Algún día formaría parte de la isla, como la estrecha oficina de correos con fachada de madera gris o el largo y sólido muelle donde los pescadores llevaban las capturas del día.

Para celebrarlo se compró unas campanillas con forma de estrellas que sonaban con el viento y que había visto en un escaparate. Era la primera cosa que se compraba por capricho desde hacía casi un año. La primera noche en la isla la pasó en su preciosa cama, disfrutando de la felicidad y escuchando las campanillas y el aliento del mar.

Se levantó antes de amanecer. Estaba deseando ponerse a trabajar. Empezó a hacer la masa mientras la sopa hervía. Se había gastado hasta el último céntimo en utensilios de cocina, incluido gran parte del dinero que le habían adelantado y del sueldo del mes siguiente. No le importaba. Tendría lo mejor y haría lo mejor. Katherine Salvatore, su benefactora, no se arrepentiría de haberla contratado.

La cocina era exactamente como ella quería, no como le habían dicho que debía ser. Cuando tuviera tiempo se acercaría al vivero y compraría hierbas aromáticas. Algunas las plantaría en el alféizar de la ventana. Sin ningún orden, como le gustaba. En su casa, nada, absolutamente nada, sería uniforme y exacto ni impecable o elegante. No habría mármoles por todos lados, ni viviría entre cristales o rodeada de grandes jarrones con exóticas flores frías y sin aroma. No habría...

Se detuvo en seco. Ya era hora de dejar de repetirse lo que no habría y de empezar a pensar en lo que sí habría. Su pasado la acosaría hasta que pasara esa página de su vida definitivamente. Metió la primera tanda de tartas en el horno mientras salía el sol y la ventana de levante parecía arder en llamas. Se acordó de la mujer de mejillas sonrosadas que la había ayudado en el mercado. Dorcas Burmingham: un nombre yanqui hasta la médula. Además, se había mostrado muy cálida y no había podido disimular cierta curiosidad; lo que podría haber hecho que Caroline se cerrara en sí misma, sin embargo había sido capaz de charlar, de responder animadamente a algunas preguntas y de evitar otras.

Sacó las tartas para que se enfriaran y metió los bollos en el horno. Caroline dio la bienvenida al día con una canción mientras la habitación se llenaba de luz.

K&C

Lulú cruzó los brazos sobre el esquelético pecho. Katherine sabía que era la forma que tenía de intentar parecer intimidante. Apenas llegaba al metro y medio, pesaba unos cuarenta kilos completamente vestida y tenía cara de duendecillo apenado, de modo que le resultaba difícil intimidar a alguien.

—No sabes nada de ella.

—Sé que está sola, que busca trabajo y que estaba en el lugar adecuado y en el momento preciso.

—Es una desconocida. No es normal contratar a una desconocida, prestarle dinero y dejarle una casa sin saber algo de ella. No tiene referencias, Kat. Ni una. Puede ser una psicópata que escapa de la justicia.

—Has vuelto a leer libros de crímenes basados en casos reales, ¿verdad?

Lulú frunció el ceño, un gesto que en su cara se parecía a una sonrisa triste.

—Las malas personas existen.

—Desde luego —Katherine imprimió los pedidos que le habían llegado al correo electrónico—. Sin ellas no habría equilibrio ni estímulos. Huye de algo, Lulú, pero no de la ley. El destino la ha traído hasta aquí, hasta mí.

—A veces el destino puede darte una puñalada trapera.

—Lo sé perfectamente.

Salió del despacho con las páginas impresas en la mano. Lulú le pisaba los talones. Katherine no le dijo que se metiera en sus asuntos porque Lulú Cabot había sido quien la había criado.

—Además —siguió Katherine—, deberías saber que puedo cuidar de mí misma.

—Acoges a descarriados, has bajado la guardia.

—No es una descarriada, está buscando algo, que es muy distinto. Siento algo por ella —añadió Katherine mientras bajaba las escaleras—. Cuando se sienta más cómoda, la observaré de cerca.

—Por lo menos pídele una referencia.

Katherine arqueó una ceja al oír la puerta trasera.

—Ya tengo una. Es puntual. No la chinches, Lulú —le advirtió Katherine mientras le daba los pedidos—. También es frágil todavía. Buenos días, Caroline.

—Buenos días —Caroline entró despreocupadamente con los brazos llenos de bandejas tapadas—. He dejado el coche detrás, no pasa nada, ¿verdad?

—No, está muy bien. ¿Te echo una mano?

—No, gracias. Tengo todo amontonado en el coche.

—Lulú, ésta es Caroline. Ya se conocerán mejor más tarde.

—Encantada de conocerte, Lulú. Acabo de empezar a organizarme.

—Sigue con lo tuyo —Katherine esperó a que Caroline hubiera subido las escaleras—. Parece peligrosa, ¿No?

Lulú levantó la barbilla.

—A veces las apariencias engañan.

Al cabo de un momento, Caroline volvió a bajar las escaleras. Llevaba una camiseta blanca por dentro de los vaqueros. El pequeño medallón de oro parecía un amuleto.

—He preparado un poco de café. Les bajaré dos tazas en el próximo viaje, pero no sé cómo les gusta.

—Para mí, solo; para Lulú poco cargado y con azúcar. Gracias.

—Mmm... ¿Les importa si no les traigo el café hasta que termine? Me gustaría que vieran cómo queda todo —fue hacia la puerta ligeramente ruborizada—. Un momento, ¿de acuerdo?

—Deseosa de agradar —comentó Katherine mientras se ocupaban de los pedidos—. Ansiosa por trabajar. Efectivamente, no hay duda, es una psicópata, llama a la policía.

—Cállate.

Caroline, sin aliento y agitada por los nervios y la satisfacción, volvió a bajar a los veinte minutos.

— ¿Pueden subir ahora? Todavía tengo tiempo de cambiar las cosas si no les gusta. ¿Te importaría venir también tú, Lulú? Katherine me ha dicho que estás al tanto de todo en la tienda y podrás decirme si hay algo que no está como debería.

—Ejem... —Lulú dejó lo que estaba haciendo con un gruñido—. Yo no me ocupo del café —protestó. Sin embargo, siguió a Katherine y Caroline.

El mostrador rebosaba de pasteles glaseados, bollos y tortas con pasas. Había una tarta muy alta de chocolate y nata y galletas grandes como la palma de una mano. De la cocina salía el delicioso olor de la sopa hirviendo. En la pizarra, escritas con una letra clara y delicada, se leían las especialidades del día. El cristal resplandecía, el café tenía un aroma irresistible y en la barra había una jarra de latón azul claro llena de palitos de canela.

Katherine fue de un lado a otro de la barra como un general pasando revista a las tropas. Mientras, Caroline hacía un esfuerzo por no retorcerse las manos.

—Todavía no he puesto las ensaladas y la sopa porque he pensado que si esperaba hasta las once o así la gente se tiraría más por la pastelería. Hay más tartaletas y brownies. No los he sacado porque me ha parecido que tampoco debe resultar abrumador y los brownies son más apropiados para la tarde o para después de comer. He sacado la tarta con la esperanza de que los clientes se fijen en ella y vuelvan más tarde para tomar un poco. Pero puedo volver a ponerlo como quieras...

Se calló al ver que Katherine levantaba un dedo.

—Probemos una de esas tartaletas.

—Claro. Traeré una de las que no he sacado —fue a la cocina y volvió a salir con una tartaleta sobre una servilleta de papel.

Katherine la partió en dos sin decir nada y dio la mitad a Lulú. La mordió y sonrió.

— ¿Te parece una buena referencia? —murmuró. Luego se volvió hacia Caroline—. Si no te tranquilizas, los clientes van a pensar que le pasa algo a la comida; no la pedirán y se perderán algo muy especial. Tienes un don, Caroline.

— ¿Te gusta? —Caroline dejó escapar un suspiro de alivio—. Esta mañana he probado un poco de todo lo que he hecho. Estoy empachada —dijo llevándose una mano al estómago—. Quería que todo saliera bien.

—Y así es. Ahora tranquilízate, porque vas a estar muy ocupada cuando se corra la voz de que tenemos un genio en la cocina.

Se hubiese corrido o no la voz, Caroline pronto estuvo muy ocupada. A las diez y media ya estaba preparando otro puchero de café y rellenando las bandejas. Cada vez que oía la caja registradora, sentía un escalofrío de emoción. Cuando envolvió media docena de bollos para un cliente que aseguraba no haber probado unos mejores en su vida, tuvo que contenerse para no ponerse a bailar.

—Gracias. Vuelva pronto.

Se volvió hacia el siguiente cliente con el rostro resplandeciente.

Ésa fue la primera impresión que Klaus tuvo de ella. Una rubia encantadora con un delantal blanco y una sonrisa de oreja a oreja que le hacía unos hoyuelos en las mejillas. Le produjo una sacudida muy agradable y le correspondió con otra sonrisa.