80 Es un buen número
Capítulo 4: No una, sino dos piedras en el camino
Capítulo beteado por Nadia Elisabet / liz-stefani (Beta FFAD)
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Edward POV.
¿Qué estaba haciendo con mi vida? ¿Iba a poner en riesgo mi carrera por una simple chiquilla? Todos los años de estudio y esfuerzo que había atravesado para hacerme de un nombre entre los docentes, ¿pensaba arrojarlos a la borda si alguien se enteraba de mi aventura?
Mil y un preguntas daban vueltas en mi cabeza desde hacía una semana.
Primero: no podía negar que Bella me volvía loco, que me hacía querer tomarla y hacerle cosas que estaba seguro, ella no conocía. Verla tan fuerte y comprobar que, de hecho, así es su personalidad, me atraía de manera poderosa. La persona que me conocía sabía muy bien que para mí, el cuerpo de una persona solo era un envase a la hora de querer, jamás me fijé en eso y, al parecer, esta vez no fue la excepción.
El día que la vi por primera vez en la clase de Biología, su desinterés por mi persona me había provocado pedirle que se retirara, echándola del salón y humillándola a la vez, pero pronto me di cuenta de que no era a mí a quien buscaba ignorar, sino a sus compañeros y a esa maldita pendeja que se burlaba de ella en cada oportunidad que encontraba. Cuando me acerqué a su banco y la miré directamente, la simpleza de sus ojos me fascinó y me dejó por un breve momento en el mismísimo limbo. Deseé continuar con mis ojos sobre ella y, automáticamente, me reprendí por pensar de ese modo respecto a una alumna. En ese momento mi mente solo se preocupaba por no perder la oportunidad que el profesor Banner me había confiado.
Sin embargo, poco me había durado esa determinación, tan solo un par de horas he de admitir patéticamente, pues mis planes se esfumaron esa misma noche, cuando encontré a la niña que me mantuvo fantaseando el día entero, parada frente a mí y luciendo endemoniadamente hermosa con un vestido que se ceñía a su robusta y perfecta silueta. Ella, increíblemente, tiraba de mí tal como un imán atrae al metal.
Todo se descontroló cuando, literalmente, la eché de mi bar. Entre el asombro que me provocó verla tan sensual y el nerviosismo que esa revelación me provocaba, no había medido las palabras que salieron de mi boca, ayudadas por el alcohol que siempre conseguía tener ese efecto en mi sistema. Con ese combo explosivo de sensaciones dentro de mi cabeza, terminé recriminándole cosas de las que luego me arrepentí. Y hubo una persona que notó mi tremenda indiscreción.
Jasper.
Mi mejor amigo, siempre fue la persona que supo cómo y cuándo ponerme los pies sobre la tierra. Esa noche él advirtió fácilmente que algo sucedía entre Bella y yo. La primera pista, que estúpidamente le brindé, tuvo que ver con que jamás había tratado a una chica de forma tan grosera como lo hice con ella. Luego de que Alice se llevara a Bella hacia su casa, él me atacó con sus preguntas, no sabía qué responderle y terminé confesándole que algo me atraía de ella y que sí, efectivamente, era mi alumna. Traté, en vano, de quitarme un poco de la culpa que me embargaba, explicándole que había intentado todo el santo día meterme esa realidad en la cabeza pero aún no lo conseguía. Su consejo fue claro:
Flash Back
—Ten cuidado con lo que haces, la chica es menor de edad, Edward, si no te conociera pensaría que te estás aprovechando y te denunciaría, pero sé que algo debió haberte pasado para actuar de esa forma. Amigo, ¿qué te pasa?, tú no eres así… Creo que pasar las noches en estos lugares te está afectando. —Suspirando, asentí a sus dichos por el simple hecho de que llevaba gran parte de razón—. Te aconsejo que mañana mismo le pidas disculpas a esa ni… —lo miré, advirtiéndole que no mencionará la palabra "niña", ya que yo no veía a Bella de esa manera—, chica, ella es tu alumna y la verás siempre en el instituto, además recuerda que estás bajo el ala de tu mentor, ese hombre, por lo que me contaste, confía en ti. —Tomé un poco de whisky, escuchándolo—. Hay muchas personas que pueden salir afectadas si tú dejas fluir cualquier cosa que estés sintiendo en estos momentos.
—¿Qué me pides que haga? ¡Joder! ¡No sé qué me pasa! —Me levanté del asiento ubicado detrás de mi escritorio. Aún dentro de la oficina, se podía escuchar que la música sonaba en el bar—. Ella tiene algo que me gusta, lo vi en sus ojos, ella es diferente.
—¡Ella es menor, Edward!
—No por mucho tiempo… hoy… ¡Mierda! Hoy, cuando terminó nuestra clase, pedí su expediente por cuestiones profesionales, por supuesto, y… —Jasper no me permitió terminar.
—¿Qué hiciste qué mierda? Edward, no puedo creerlo, yo… no te reconozco, tú no eres así. ¿Dónde quedó ese chico tímido que se sonrojaba por todo cuando una chica se le insinuaba? Amigo… el cambio de vida te está afectando de verdad —me recriminó de manera dura cuando le confesé mi accionar.
¡Sí, bueno, cúlpenme por querer saber de ella!
—Lo sé, yo… No sé, simplemente solicité su expediente y corroboré su edad, efectivamente tiene diecisiete, pero no falta mucho para su cumpleaños. —De repente, me sentí enfadado con la vida por ser tan injusta, yo no merecía esto—. ¿Por qué, cuando por fin éste decide sentir, lo hace con una chica mucho menor y peor aún, con una de mis alumnas? —le cuestioné, mientras colocaba una mano en medio de mi pecho, exactamente sobre mi corazón.
—En el instituto no pueden enterarse de esto o rodarán cabezas, y la primera sin duda será la tuya. —Asentí a sus palabras.
—Me disculparé con ella y hablaré con Alice para que no comente nada de esto cuando estemos en el colegio. Tú deberías habérmela presentado antes, así yo podría haberle pedido que no trajera a nadie aquí, ahora Bella sabe del bar y… —No quería ni recordarlo, la había tratado muy mal. Pero, sumada a mi horrible actitud, debía ser consciente de que Forks es pequeño y todos se conocen entre sí, no pasaría mucho tiempo antes de que alguien la reconociera o me descubriera a mí como el nuevo profesor del único instituto en el pueblo. No, definitivamente no podía arriesgarme de esa forma.
—Bueno, este bar es muy concurrido, alguna vez alguien va a venir y podría verte, así como hoy fue ella, en otra ocasión podrá ser cualquier otro chico del colegio —expresó Jasper, coincidiendo con mi preocupación.
—Trataré que nuestra seguridad sea más eficiente y pida identificación a cada persona que ingrese en el bar, nadie excepto mayores entrará aquí, ni en cualquier otro bar que me pertenezca. —Jasper empezó a reírse y lo miré con ganas de matarlo.
—Lo siento… vale, lo siento pero, ¿a quién se le ocurre ser dueño de tres bares teniendo la profesión que tú tienes?
—Tú sabes por qué lo hice, no me hagas repetir la historia…
Fin Flash Back
Aceptar el manejo de tres tabernas no había estado jamás en mis planes. Yo no pertenecía al mundo de la noche, del alcohol, y mucho menos de las mujeres. Pero las vueltas de la vida pueden llegar a ser absurdas y locas.
Cuando me gradué en el máster de biología, mi mundo pasó a rodearse de personas maravillosas como el profesor Banner, ese viejo fue quien me enseñó cada cosa que sé. Gracias a sus referencias, conseguí llegar a enseñar en la universidad de Chicago por dos años, y esos fueron los mejores de mi vida, hasta que una tragedia azotó mi familia.
A veces, cuando menos se lo piensa, el destino de las personas se entrelaza, dejando vestigios tanto malos como buenos a su paso. Mi vida con la del profesor Banner quedaron unidas por un hecho desastroso.
FlashBack
Una noche, luego de un arduo día de trabajo en la universidad, recibí una llamada de mi hermano informándome que mi madre había sufrido un accidente automovilístico a manos de un hombre borracho. Mi primera reacción fue tomar inmediatamente un vuelo que me llevara hasta Washington, Seattle, y de ahí hacia Forks. Mi estado era caótico y con sentimientos que mezclaban la preocupación junto a una sed de venganza, un sentimiento que me dejaba un mal sabor en la boca, ya que nunca fui una persona violenta.
Cuando arribé al hospital, me sorprendió encontrarme con un afligido profesor Banner. Recuerdo saludarlo sin saber qué esperar y aun no entendiendo por qué él estaba en ese lugar. Tanto mi padre como mi hermano cargaban un estado de nerviosismo y angustia que yo hubiera compartido de no estar confundido por ver a mi mentor junto a mi familia, de hecho, lo más seguro es que me habría echado a llorar por la situación de mi madre.
Finalmente, luego de una hora hablando con mi familia, entendí el porqué de la presencia de mi antiguo maestro.
Su esposa, la señora Meredit Banner, había sufrido un paro cardíaco mientras se le realizaba una quimioterapia para combatir un cáncer pulmonar que la mantuvo luchando desde hacía dos años hasta que, finalmente, su corazón dijo "basta" la noche anterior. Su hijo mayor, Francis Banner, no resistió la pérdida de su madre, por lo que había decidido beber hasta perder la conciencia y manejar en ese estado, cruzando su destino con el de mi madre.
Francis Banner murió unas horas después del accidente, dejando a su ya destrozado padre solo, quien además se culpaba de no haber contenido de manera apropiada a su hijo.
No supe exactamente cómo debía asimilar tamaña revelación, pero en ese momento solo pude compadecerme del hombre que me había formado profesionalmente y quien me brindó su ayuda cuando más lo necesité en el desarrollo de mi carrera. No culpé ni siquiera a su hijo, supuse que en su estado y al saber que había perdido a la mujer que más amaba en mi vida, habría actuado quizás de la misma manera. Asimismo, el ser consciente de que mi madre esa misma noche podría haber pasado a mejor vida, simplemente me condujo a dejar que las culpas se esfumaran. De alguna forma, en medio de ese caos entendí que su existencia ya estaba siendo demasiado dura como para que yo le agregara más pesares.
Con el paso de los días, mamá fue saliendo de un coma farmacológico que la había ayudado a mejorar bastante. Ella admitió que de no ser por la ayuda de Francis para que saliera del auto destrozado, habría quedado atrapada entre los hierros. Su tristeza duró bastante al saber que él había fallecido, y no dejaba de recordar que luego de brindarle auxilio, Francis se dejó caer en el suelo, hundiéndose ambos en la inconsciencia. No supo decir más nada porque simplemente no lo recordaba.
Un mes después el profesor Banner se apareció por mi casa con un abogado para informarme que su hijo había dejado a su cargo un pequeño patrimonio. Tres bares que a su edad ya no podía administrar, y por ese motivo me los entregó, con la única condición de que no abandonara mi profesión de docente. Fui sabedor de que la culpa formaba parte en su decisión de dejarme a cargo de los bares, pero aun así, su firmeza me hizo ver que si los rechazaba habría herido mucho más que su orgullo, y para una persona con la tristeza que Banner cargaba, eso hubiera sido devastador. Entonces, tomando la ayuda de mi hermano y mi padre, acepté su generosa ofrenda, y con solo firmar tres credenciales delante del abogado, la documentación legal y de apoderado de los bares pasaron a mis manos, convirtiéndome en propietario único del legado de su hijo.
Todavía recuerdo sus últimas palabras antes de despedirse…
—Edward… solo… no abandones nunca la docencia, una persona nace para enseñar, y no cualquiera lo puede hacer de la manera correcta, el futuro de mucha gente pasará por tus manos. Tú tienes el don de enseñar, sabes captar la atención de los estudiantes y eso es algo para admirar. Pero te pido, por sobre todo, que no permitas que el mundo de la noche te nuble la mente y te aleje de lo que tú verdaderamente sabes hacer, ¿de acuerdo? —Asentí un poco emocionado ante sus palabras—. Bien, adiós hijo, y no dudes nunca en pedir mi ayuda, si aún estoy vivo, podrás contar siempre conmigo…
—P-Profesor Banner… yo…
—Shhh… no mariconees que pareces una niña… bueno, ya me voy. —Con la ayuda del abogado, subieron a un lujoso automóvil. Antes de partir, por la ventana gritó hasta donde le dio su aliento—. ¡Maneja bien los bares! —Le hice un asentimiento de cabeza y lo saludé con un movimiento de mano.
Fin Flash Back
Desde ese día, hacía casi un año, pasé a ser el dueño de tres lujosos bares. Las instalaciones de cada lugar requirieron algo de mantenimiento, si bien se encontraban en buen estado, les hacía falta modernizarse un poco. Los edificios eran magníficos y tenían estilo, pero estaban mal usados. Por esos motivos, gran parte de mis ahorros fueron destinados a financiar las remodelaciones que se requerían para convertirlos en locales actuales.
Las tres noches de re-inauguración fueron una inesperada sorpresa para mí. El Lobby de Forks sobrepasó los números habituales de concurrentes, prácticamente toda la población joven del pueblo parecía haberse dado cita en el bar, recaudando una estupenda cantidad de dinero. En los dos Lobby de Seattle las recolecciones también superaron mis expectativas, tanto así que en solo sus re-aperturas acumulé el capital suficiente para poder recuperar mis inversiones. Mantuve los nombres originales en memoria de Francis Banner, ya que no se me hacía justo cambiarlo, y me parecía que de esa forma los bares mantendrían su esencia.
Tiempo después, los tres locales facturaban tan bien que conseguí irme a vivir solo, comprándome una bonita casa ubicada en un barrio lujoso de Port Ángeles, la vivienda estaba hecha a mi medida, pero generalmente no la ocupaba. Para cuando llegó el ofrecimiento del profesor Banner, yo ya tenía mi vida hecha en Chicago, allí conservaba un pequeño departamento que me servía para dormir y trabajar cuando no estaba en la universidad, y desde aquel lugar manejaba mi nuevo negocio.
Sin embargo,todo cambió cuando mi antiguo docente me pidió el favor de su vida, según sus propias palabras. Él había sufrido un accidente doméstico que lo imposibilitó para ejercer en el instituto de Forks, por lo que me instó a suplantarlo. Aun sabiendo que nunca podría comparar el hecho de enseñar en una universidad como la de Chicago a una secundaria de pueblo, acepté su ofrecimiento. La verdad no me tomó mucho tiempo pensarlo, ya no precisaba trabajar tantas horas en la facultad, el sueldo que percibiría como profesor del colegio, sumado a las ganancias que obtenía de los bares, serían más que suficientes para mantenerme, y la cercanía con mi familia y amigos sería un beneficio agregado. Así fue que finalmente decidí volver a Forks.
Debí haber sospechado que la vida estaba siendo demasiado buena conmigo, pero no lo advertí, y la muy perra decidió pasarme factura. Creo que la cínica hizo un balance sobre mi persona, ya que si bien me estaba dando las mejores cosas que un hombre de mi edad podría pedir, también me llevaba a desear lo que representaba la fruta prohibida de todo docente.
Tener una relación con una alumna.
Isabella Swan no era una chica de su edad como cualquier otra, no. Ella era sumamente madura y fuerte. El reiterado ataque de sus compañeras y sus salidas aireadas de esas situaciones, la hacían sumamente agradable ante mis ojos.
Su cuerpo no me importaba, es más, me gustaba. Me atraía su forma, y aún más la manera en la que ella lo llevaba. Me fascinaban sus ojos, su piel, su boca y su juguetona lengua. ¡Dios, toda Isabella me encantaba!
Supe que estaba perdido cuando aceptó verse conmigo fuera del ámbito escolar. Aquella pregunta abandonó mi boca sin que la pudiera detener. Obviamente no me esperaba su rápida aceptación, pero cuando dijo que sí, mi cabeza involuntariamente comenzó a maquinar lo que haríamos fuera de esas paredes opresoras. En aquel momento no pensé, no razoné, simplemente permití que todo fluyera a mi alrededor.
Tres días transcurrieron desde esa propuesta, tres días de haber degustado sus labios, de maravillarme con su simpleza y con su fuego. Ella era una niña, una niña-mujer que anhelaba tener para mí en todos los sentidos de la palabra.
La espera se hacía insoportable, pero al fin el viernes llegó. Las ansias se acrecentaban en mi cuerpo a medida que las horas pasaban, era como si la época de la adolescencia regresara a mí, dándome miedo por la forma en la que actuaba, puesto que mis acciones se parecían más a las de un chico con la misma edad de Bella. Ella me ponía de esa forma.
Cuando se hizo la hora de nuestro encuentro y ella no llegó, me preocupé y comencé a cavilar que quizás debería haber ido a buscarla. Era un idiota, Jasper tenía razón. ¿Y si le había pasado algo? Intenté no pensar en cosas negativas y me distraje supervisando el bar. Al llegar a la habitación donde un equipo de seguridad se ocupaba de monitorear todo el bar por medio de un circuito cerrado de cámaras, fijé mi vista en una de las pantallas para ver claramente la hermosa figura de Bella en la puerta de ingreso, lo raro era que ella parecía estar discutiendo con Erik, uno de mis guardias. Solo un segundo me bastó para entender que no todo andaba bien allí abajo, y salí como alma que lleva el diablo en dirección a la entrada.
Alcancé a escuchar solo la última parte de su discusión ya que Bella parecía querer marcharse, lo cual arruinaba por completo mis planes, así que corrí detrás suyo, ella no escaparía de mí. Al guiarla nuevamente hacia el bar, Bella me sorprendió saliendo en defensa de Erik, lo cual era admirable ya que a mí no me temblaría la voz ni la mano para despedirlo si se había propasado o insultado de alguna forma. Cargado con un cúmulo tormentoso e inexplicable de sensaciones, manifesté delante de un gran grupo de personas que Bella era mi novia, las palabras simplemente salieron y no me arrepentí, de manera fugaz miré en su dirección y noté que no se había percatado de ese detalle o, si lo hizo, lo disimuló muy bien. Bella decidió dejar de lado la discusión, impresionándome una vez más al salir en defensa de alguien que, estaba seguro, la maltrató de algún modo.
Ya dentro de Lobby, pude resumirle lo bien que el local me había quedado, a ella le agradó tanto el ambiente como la decoración. Me encargué de que conociera cada lugar y a cada uno de mis trabajadores.
Estuvimos hablando hasta que llegamos a la habitación que utilizaba como mi oficina. La sensación que me embargaba cuando estaba junto a ella, claramente se apoderó de los dos cuando cerré las puertas de aquel cuarto, dejándome esta vez a mí, como la parte vulnerable. Ella me condujo a un estado de calentura total, haciéndome parecer un adolescente mientras me restregaba contra su culo apretándolo con mi pelvis, tocando cada parte de su anatomía. Acaricié sus pechos de manera deliciosa, sus pechos… Dios… me volvía loco, eran grandes y tan firmes. Como nunca, me imaginaba actuando de manera lujuriosa con una alumna, me veía saboreando sus pezones, mordiéndolos y suavizando su textura con mi lengua.
Todo fue sublime cuando ella me dejó colgando de sus manos al masturbarme como lo hizo, sin vergüenza y sin inhibiciones. Me dio placer como nunca nadie lo había hecho, ni siquiera las pocas mujeres con las que tuve relaciones me excitaron lo suficiente como para hacerme alcanzar el clímax en tan poco tiempo. Entendí que Bella buscaba en mí lo mismo que yo en ella, y pude comprobarlo en medio de nuestro arrebato:
—Eres perfecto para mí, Cullen, no quiero a otro… te quiero a ti con todo lo que eso conlleva, voy a arriesgarme por completo. —Una estúpida y radiante sonrisa llenó mi rostro. Ella me respondió de la misma forma y ejerció presión con su mano sobre mi falo, cerré los ojos ante tamaña sensación y mis manos buscaron un sostén en la puerta, apoyándose a ambos lados de su cabeza.
Sentir que me liberaba en su palma hizo la situación mucho más erótica e inolvidable. Isabella, sin dudas, había sobrepasado mis expectativas.
Estaba al tanto de que el cumpleaños de Jasper sería aquí, yo mismo había propuesto el lugar para que Bella pudiera asistir, ya que el Lobby de Forks no era seguro y en este teníamos menos posibilidades de que alguien nos viera. Luego de bailar con Bella y de olvidarme completamente de quién era yo, la llevé a la barra, sabía que en poco tiempo la loca novia de Jasper y amiga de Bella, aparecería por la puerta. No pasó mucho tiempo para que un reducido grupo de personas se nos acercara, Jasper lo hacía con Alice, y mi hermano con Rose. Isabella inmediatamente salió corriendo y chillando al encuentro de su amiga como si no se hubieran visto por años. Mi mejor amigo en cambio, tenía esa inquisidora mirada suya, frunciendo el ceño y partiéndome al medio de preguntas.
Cuando ellas comenzaron a hablar, Jasper me alejó unos metros y comenzó con su discurso.
—Edward, ¿qué estás haciendo? Esto no era lo que habíamos acordado, tú me dijiste que te disculparías y ahí quedaría todo…
—No, yo afirmé que le pediría perdón por la forma en que la había tratado, sí, pero nunca mencioné que con eso acabaría todo. —Lo tomé por los hombros e hice que me mirara—. Jasper, es ella, es Bella… esa chica de allí es mi pieza faltante. Soy consciente de que es menor, pero… pero la quiero para mí. Seré egoísta por primera vez en mi vida, voy a arriesgarme por lo que me está pasando con ella y… —Él se soltó bruscamente de mis manos para replicar mis palabras, elevando un poco la voz.
—¡¿Y tú cómo sabes que ella no está jugando contigo?! Porque tranquilamente podría estar haciéndolo. —Negué con la cabeza.
—Simplemente lo sé, la química entre nosotros es poderosa, amigo, ella se estremece cuando la toco y yo igual… —Esa frase lo hizo temblar y se tapó los oídos con una mueca de repulsión por mi confesión.
—¡Ya! No quiero que entres en detalles, solo… Edward, ¿estás realmente seguro de que esto es lo correcto? Tú tienes mucho más que perder en comparación a ella. —Asentí y luego la busqué con la mirada. No tenía dudas de que Bella era una chica única, y siendo sincero, me importaría una mierda tanto la edad, como los prejuicios que tuviéramos que afrontar.
—Ella solo tiene que cumplir su mayoría de edad. —Lo miré otra vez—. Me arriesgaré y ella lo hará también… Sé que tengo mucho en juego, pero quiero hacerlo. Siempre estuve sujeto a las normas que medio mundo me impuso, ahora quiero decidir por mí mismo y dejar que mi corazón disponga. —Jasper no dijo nada y emitió un largo suspiro sopesando mi juicio.
Tampoco esperaba que acotara algo, simplemente quería que me apoyara cuando lo requiriera en silencio.
El resto de la noche pasó sin contratiempos, Bella se llevaba de maravillas con mi entorno. Mi hermano estaba, como siempre, acaparando la atención haciendo sus bromas y chistes sobre que yo era un asaltador de cunas, a lo que mis gruñidos salían a flote.
Unas horas después, todos comenzaron a despedirse y fui consciente del valor que había ganado con los tragos, desinhibiéndome completamente. Comprendí que no quería alejarme de Bella y estaba al tanto de que Alice se iría con Jasper, por lo que decidí hacerle una propuesta.
—Bella, yo… uhm… no sé, estaba pensando si… ¿te gustaría ir a mi casa? ¡Solo a dormir! —Me apresuré a aclarar—. Si tú quieres, claro… —¡Dios! Ya podía sentir cómo mi cara se tornaba de un intenso color rosa. Siempre me pasaba lo mismo, esa parte tímida de mi personalidad no se iba, es más, creo que empeoraba a medida que el tiempo transcurría. Cuando volví a fijarme en mi chica, ella sonrió y me miró de forma coqueta.
—De acuerdo, me gustaría conocer dónde vives, además, necesito un descanso… estos jodidos tacones me están matando. —Bella siempre siendo sincera.
Le pedí a Emmett que se encargara de todo lo concerniente al bar y controlara que se le pagara los bonos a los trabajadores que se quedarían a limpiar después del cierre. Tomados de la mano caminamos hacia la salida, y antes de llegar a la puerta, ambos escuchamos como gritaban su nombre.
—¡Bells! —Me di la vuelta y lo vi, era uno de mis Dj, y este venía acercándose a paso acelerado en dirección a nosotros.
—¡Jacob! —respondió Bella, soltándose de mi agarre cuando el muchacho Black la tomó en un abrazo, que me pareció un poco íntimo. Apreté tanto mis puños como mi mandíbula. No quería que la tocara, ni siquiera cuando podía advertir que ella lo conocía. Jacob la liberó de sus brazos, pero antes de dar por finalizada su genuina muestra de cariño, la nalgueó dos veces.
Juro que debí contenerme al máximo para no quebrarle los dedos ante semejante atrevimiento. ¿Qué no se daba cuenta de que ella iba de mi mano? Eso tenía que ser una clara señal de que estaba conmigo. El gruñido que solté brotó desde lo más profundo de mi ser, de esa parte primitiva que llevaba guardada y que muy rara vez, casi nunca me atrevería a decir, se hizo presente para marcar un territorio que consideraba como propio. Aún bajo el efecto de los celos, la sostuve de la cintura bajo la atenta mirada de Jacob y envolví mi brazo a su alrededor mirándolo con odio.
—Veo que se conocen… —manifesté en un claro reproche. ¿De dónde había salido ese lado tan posesivo? Bella me observaba incómoda por mi actitud, y eso me parecía bien, porque esta situación era algo que sin dudas aclararía más adelante.
Esperaba que ella explicara algo, pero en cambio fue él quien habló, observándome detenidamente y con la clara confusión de no saber de qué forma dirigirse a mí. Sin embargo yo no estaba para displicencias, y esperaba que el chico no se equivocara, pues el macho alfa en mi interior gritaba que yo era su jodido jefe, y el chucho, por su propio bien, debía dirigirse a mí como tal.
—Sí, Sr. Cullen, cuando Seth me comentó que su novia se llamaba Isabella y que además era la misma persona que muestran mis fotos pero de veinte años, no me lo creí y tuve que bajar a comprobarlo. —Él la miró de forma dura y con algunos reproches—. ¿Puedo hablar contigo unos minutos? —le pidió. Ella se giró hacia mí y la observé dudoso de dejarla ir, ¿de dónde se conocían y qué relación los unía?
—¿Puedes esperarme en la puerta? —me preguntó nerviosa.
—No, te esperaré aquí —contesté, sin darle posibilidad a réplica. Bella bufó y ambos se alejaron unos metros. No podía escuchar nada, pero se la veía con el rostro angustiado. En un momento, él la cogió entre sus brazos dejando un beso tierno sobre su frente. Fue entonces cuando no aguanté más y caminé hacia ellos. Cuando llegué, me coloqué detrás de mi chica y pase las manos sobre sus caderas.
—Black, ¿no deberías estar en la cabina del DJ? —El aludido asintió con la cabeza—. Bueno, ¿qué estás esperando? —El chico miró a Bella mientras daba unos pasos hacia atrás.
—Nos estamos hablando, Bells. —Fue todo su saludo, y sin más preámbulo, se giró yéndose por donde vino.
—Larguémonos de una puta vez. —Tomé su mano y la jalé hasta la salida del bar.
Cuando llegamos afuera, caminé hacia mi auto estacionado justo frente a la puerta principal del bar.
—No, espera. —Bella hizo que me detuviera de golpe y mi cuerpo chocó contra el suyo—. Lo siento… yo, vine en mi auto, ahí tengo un bolso con mis cosas, y si voy a quedarme en tu casa por esta noche, prefiero no dejarlo aquí. —Tenía razón. La acompañé hasta su vehículo, aparcado solo a unos metros del mío y sin aguantarme, la apoyé en la puerta de éste y mi cuerpo cubrió el suyo. Era una presión que se mantenía leve pero que deleitaba a mis músculos cuando hacíamos algún movimiento que conseguía la fricción adecuada en esas zonas sensibles y deseosas de ser tocadas.
—Port Ángeles no queda muy lejos —susurré—, sígueme —indiqué, para luego permitirle a mi boca devorar sus labios con hambre.
Esperé a que ella subiera a su auto y entonces me dirigí al mío y manejé hasta mi hogar. De vez en cuando miraba por el espejo retrovisor en busca del auto de Bella, noté que ella no era tan arriesgada manejando, por lo que cuando yo mismo me descontrolaba un poco, trataba de bajar la velocidad permitiendo que ella me alcanzara y no me perdiera de vista.
Al llegar a mi casa, nos estacionamos y suspiré cuando vi la construcción. Estaba un poco nervioso, nunca antes había traído a una chica.
—Ven —pedí, tomando su bolso y sosteniendo su mano para dirigirnos por el sendero de piedra que llevaba hasta el pórtico.
—¿Vives solo? —indagó, su tímida vocecita apenas si se escuchaba.
—Sí —contesté, abriendo la cerradura y permitiendo que ella entrara primero.
—Es una bonita casa —señaló cuando ingresamos.
—¿Quieres que nos cambiemos y luego tomemos algo? —Necesitaba alejarme un momento de ella, porque las ganas que tenía de besarla y tocar su cuerpo eran insoportables.
—Está bien… supongo —respondió en un murmullo. Hice una seña para que me siguiera y la llevé hasta la habitación de huéspedes. Una vez ahí, abrí la puerta y le expliqué que contaba con un pequeño baño.
Di un vistazo por unos segundos a la gran cama que coronaba el centro de la habitación y tragué el nudo que se había formado en mi garganta. Estaba siendo muy estúpido. ¡Joder, tenía 30 años y estaba comportándome como un púber!
—Bien… cuando termines, baja y espérame en la cocina —anuncié. Ella me demostró que estaba de acuerdo con un movimiento de su cabeza, por lo que decidí darle intimidad.
—Cullen… —Mierda, no. Esa voz que ponía me hacía estremecer cuando la usaba para pedirme algo. Lo había comprobado esta misma noche en el bar. Apreté el picaporte y la quedé mirando desde allí, esperando que hablara.
—¿No me das un beso? —Tragué grueso y me enderecé. Si lo iba a hacer, entonces lo haría bien. Aunque… aún estaba algo molesto por la demostración de afecto que tuvo Black con ella.
—No —contesté, y salí dejándola parada en medio de la blanca habitación.
Cuando salí al pasillo, me invadió una sensación de malestar por haber recordado al pendejo de Jacob. Cómo la abrazó sin reparos y cómo tocó su… ¡Dios, no! Ella era mía y nadie tenía permitido tocarla de esa forma.
Fui a mi cuarto y me di un ligero baño, trataba de bajar la erección que cargaba por imaginarme las distintas formas en las que deseaba tenerla recostada en mi cama. Parecía un maldito pervertido, pero me era imposible no pensar en eso, mucho menos cuando la tenía a unos pocos metros de distancia, desnuda y dándose un baño.
Necesitaba beber algo fuerte.
Cuando terminé, me coloqué un jean desgastado y una playera negra, opté por no me calzarme nada en los pies ya que mi casa estaba completamente alfombrada, a excepción de la cocina, aunque ésta poseía pisos térmicos, así que no era un problema andar descalzo por toda la residencia. Bajé antes que Bella y saqué de un costado del refrigerador mi botella de Jack Daniel's para beber un trago y luego otro, hasta que se acomodó en mi sistema. Justo cuando sentí que mi cuerpo se calentaba gracias al bendito líquido que descendía por mi garganta, la oí acercarse. Las imágenes de Jacob tocándola regresaron como flashes a mi mente y un temblor de desagrado me azotó. Me giré, y sin darle tiempo a nada, la empujé para dejarla contra la encimera.
Ella solo me miraba con cierta calidez en sus ojos.
—¿Por qué estás enojado? Desde que salimos del bar te noto así, ¿qué sucede? —No me aguanté más y sostuve su rostro con mis manos en un gesto claramente posesivo, para inmediatamente besarla con fervor, permitiendo que mi lengua batallara libremente con la suya y provocando que ambos nos excitáramos.
Bella movió su cadera frotándose con la mía, y fue el momento justo para tomar aire. Incliné mi frente sobre la suya intentando contenerme, pero su boca me atraía como el agua a un sediento, un simple beso no me era suficiente. Entonces, volví a besarla con ímpetu mientras la envolvía entre mis brazos.
—¿Por qué estás así? —cuestionó nuevamente.
—Me vuelves loco, nena… tanto, que no me dejas pensar con claridad —reconocí, conteniéndome de no tomarla sobre la encimera. Mis manos viajaron a sus pechos, acariciándolos con delicadeza y lujuria. Mis dedos sintieron sus pezones erguirse, y con una suavidad extrema los apreté mientras mi cadera comenzaba a realizar movimientos circulares en su centro. Estábamos sumamente excitados, la sentía laxa en mis manos, tan blanda como la arcilla entre los dedos de un alfarero.
—Edward… —Mi nombre sonó tan putamente erótico, que no me resistí y levanté su playera, dejando expuesto su vientre y su sujetador. Sin detenerme un segundo, invadí los bordes de las copas y los bajé. Afiancé sus senos con mis manos y sentí su piel caliente y sedosa. Ella abrió los ojos de golpe y encontré en ellos vergüenza, mantuve mi mirada sobre la suya y quise que viera en los míos la pasión que ella, aún con su peso, despertaba en mí. No me importaba nada, Bella era mucho más que una talla grande.
Bella gimió y me acerqué mucho más, tomándola por sus redondos y firmes glúteos.
—No permitiré que ningún pendejo de mierda te vuelva a tocar, esto... —señalé, amasando su trasero con descaro y restregando mí miembro erecto contra su centro—, es mío... y solo a mí me pertenece. —Bella estaba tan ida que no advirtió cuando desabroché su pantalón para deslizarlo hasta por debajo de su culo, con bragas y todo. Gemí de puro gozo al percatarme que estaba completamente entregada—. Mío... todo tu hermoso cuerpo es mío. —Y sin más, mis dedos se colaron entre sus piernas, tocando ese lugar húmedo y tibio, logrando que de sus labios salieran jadeos entrecortados que se mezclaban con el silencio de la cocina.
Sus caderas comenzaron a moverse, y para mí fue un deleite cómo disfrutaba de mis caricias. Sabía dónde tocar para que ella lo disfrutara completamente, me lo habían enseñado, una sola noche con aquella descarada mujer fue suficiente para aprender cómo se debía dar placer a una mujer. Y en este momento mi mente solo podía concentrarse en poner todo lo que conocía a disposición de la muchacha que sostenía entre mis brazos, solamente ella disfrutaría, y únicamente yo la haría llegar a sus próximos orgasmos.
—Edward… mierda, no pares, no te detengas… —Necesitaba liberarse, lo advertía en mis dedos por cómo los apretaba con sus paredes.
Besé su cuello, dejando una línea de fuego con la punta de mi lengua. Chupé el lóbulo de su oreja y una convulsión azotó su cuerpo. Sus manos se sujetaban al borde de la mesada y las apretaba para mantener su estabilidad. Su respiración se volvía cada vez más agitada e irregular. Podía advertir que a ella ya no le quedaba mucho.—Dame todo de ti, nena… así… no quiero que nadie más vuelva a tocar lo que es mío, ¿entendido? —No respondió. Sus párpados se mantenían cerrados, inmersa en su placer—. ¿Entendido? —volví a cuestionar, y al no recibir una afirmación de su parte, saqué mis dedos de su interior. Abrió los ojos de repente y me observó desafiante.
—Sí, profesor Cullen, entendido —expresó con voz ronca. Le di una sonrisa, sabiendo el efecto que esa acción causaba en las mujeres a mí alrededor. Pasé la lengua por mis labios y asentí mientras introducía nuevamente mis dedos y tocaba aquel punto que la haría ver estrellas.
Bella gimió alto y ronroneó cuando retiré mi mano de su intimidad, dándole una última caricia, suave y delicada.
—Bien… creo que por ahora estaremos más que bien, me parece que deberíamos ir a dormir —susurré sobre su boca.
—¿No tomaremos nada? —inquirió, separándose un poco de mi cuerpo.
—¿Quieres tomar algo? —le ofrecí. A lo mejor y a ella le apetecía beber alguna cosa. Qué idiota era, con mi arrebato olvidé por completo invitarle algo.
—No, no me apetece nada. Necesito contarte algo, pero será mañana, ahora solo quiero dormir. —Asentí mientras le daba otro beso y le subía las bragas junto con sus pantalones, acomodándoselos en su lugar.
Después de acompañarla nuevamente hasta la que sería su habitación, me despedí con un beso y no pude resistirme a darle una nalgada. Con una risita de satisfacción, entré a mi cuarto y me tiré en la cama, pensando en cómo seguiría después de esto. Los sucesos de esta noche me habían demostrado que Bella era mi perdición y no existía parte dentro de mí que se quejara por ese hecho, por el contrario, lo aceptaba y anhelaba aún más, mucho más de ella.
Con ese pensamiento, caí en la inconciencia, soñando con un par de ojos verdes, unos similares a los de mi nena.
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A la mañana siguiente me desperté temprano y preparé un desayuno idóneo para renovar energías. Cociné avena como mi madre solía hacerla para mí. Estaba al tanto de que a simple vista podía verse desagradable, pero era realmente delicioso cuando se le agregaba miel. También preparé café, tostadas, frutas cortadas, jugo de naranja y pomelo exprimido. Cuando terminé, puse cada cosa y alimento sobre la mesada de la cocina. No conocía qué le gustaría comer a Bella, por lo que coloqué allí un poco de todo lo que tenía en mi heladera, acomodé las tres clases de mermeladas y dulces, más el queso crema para untar las tostadas. Al tener todo listo, me apuré al segundo piso para comprobar si ya se había despertado.
Entré sin hacer mucho ruido y no la vi en la cama. Por un segundo el pánico me recorrió la espalda, pero se esfumó tan rápido como llegó al escuchar la ducha del baño encendida. Cerré los ojos y sonreí como idiota por ser tan paranoico. Me senté en la cama para esperarla y alcé su almohada inhalando el perfume que ahora impregnaba la tela. Automáticamente me sentí como un pervertido o quizás un enfermo.
Definitivamente, esta niña me tenía a mal traer.
La vi salir del baño envuelta en una toalla y noté que ésta apenas le cubría el trasero. Me lamí los labios y solo eso bastó para ponerme duro como una roca. Algunas gotas escurrían por su cuello y su cabello mojado estaba recogido en lo alto de su cabeza, formando un desordenado moño. Al advertir mi presencia, dio un brinco y sostuvo su toalla con fuerza. Se sentía intimidada, por lo que le sonreí buscando tranquilizarla y me levanté para acercarme a ella muy despacio.
¡Estas siendo un depravado, Cullen!, chilló mi conciencia.
Sí, y no me importa en lo absoluto.
—Solo venía a avisarte que el desayuno está listo —aclaré, mientras tomaba una gota que descendía por su cuello llegando hasta el nacimiento de su pecho. Chupé mi dedo y ella separó sus labios en un claro signo de nerviosismo.
—Está bien… yo… solo-solo déjame que me cambié y… —Deposité un delicado beso en sus labios y ella suspiró cuando me separé. Me di la vuelta y pude escuchar cómo hablaba entre balbuceos llamándome bastardo, por lo que regresé sobre mis pasos con una petulante sonrisa adornando mi rostro.
Para cuando Bella bajó, yo estaba sirviendo el café. Ella se sentó y ambos comenzamos a comer. Después de un tiempo hablando de alguna que otra cosa y de que ella alabara mi desayuno, finalmente comentó lo que quería decirme anoche.
—Tanya sospecha que tú me gustas.
—¿Tanya?, ¿qué Tanya? —No sabía de quién estaba hablando.
—Tanya Denali… la chica rubia que me odia con toda su desagradable alma, estamos las dos en tu clase de biología. —Asentí, recordando de quién se trataba. Esa chica no me caía bien pero sus notas eran bastante buenas, por lo que debía ser agradable con ella—. También me informó que estaba interesada en ti, y además la muy zorra tuvo la osadía de explicarme sus planes, unos completamente desagradables en los que tú y su cama iban incluidos en la misma oración, y para que lo comprendas del todo, la cito textualmente: "Voy a hacer todo lo que esté en mis manos para que termine en mi cama, así que no te hagas ilusiones, o mejor aún, disfrútalo en tus sueños porque solo ahí lo podrás tener." —Me reí por la imitación que hizo de la voz chillona de la aludida y negué con la cabeza.
—Entonces supongo que tendré que cuidarme de esa niña —pronuncié, exagerando mi preocupación.
—Estoy hablando en serio, Edward, la maldita es una perra cuando se lo propone, yo lo sé por experiencia. —La miré serio.
—¿Acaso piensas que lo que hago contigo sucede con cualquier otra chica del instituto? —Ella me observó asombrada por mis palabras.
—¿Lo haces?
—¡Por supuesto que no! ¡Tú eres la única! —Y con eso, o quizás con mi chillido desmedido, la muy condenada se echó a reír descaradamente—. Bella, quiero que estés segura de lo que nos está ocurriendo y espero comprendas que yo ya no estoy para juegos, los dos tenemos obstáculos que sortear, y no será solo uno, sino dos: la diferencia de edad y el cuidarnos de que no nos descubran. —Ella estuvo de acuerdo con mis palabras como una niña buena. Le sonreí y tomé su mano para que se parara y rodeara la mesa, ella lo hizo y dudo cuando quise sentarla en mi regazo.
—Uhm… peso un poco-mucho y podría hacerte daño —explicó avergonzada.
—¡No seas ridícula! —rebatí, mientras la jalaba y hacía que se apoyara en mis piernas. Ella emitió un gritito pero rodeó mi cuello con sus brazos.
—Peso 80 kg. ¿Eso no te parece mucho?
—80 Es un buen número para mí. ¿Sabías que el cuerpo de la mujer tiene 80 puntos erógenos donde se les puede brindar placer? —pregunté en un susurro sobre su oído mientras lamía su lóbulo, deleitándome en uno de esos tantos puntos—. 80 son las posiciones que muestra el libro más vendido acerca del sexo… así que… para mí, 80 está más que bien. ¿Para ti? —consulté, mientras metía mi mano dentro de su playera tomando su pecho.
—Para mí también, de hecho, está más que bien. —Y literalmente se abandonó a mis besos y caricias, tal como yo solía hacerlo con ella.
Después de hoy, no permitiría que nadie se entrometiera en esto que ambos estábamos construyendo. Aún no podía definirlo de alguna manera o ponerle una etiqueta, pero decidí que simplemente permitiría que fluyera tanto como ambos quisiéramos.
Aunque algo dentro de mí me advertía que no cambiaría de opinión con respecto a mantenerla conmigo durante mucho tiempo, porque a pesar de no poder definirnos claramente, o de todos los problemas que, era consciente, deberíamos afrontar, estaba más que seguro de que no sería capaz de dejar ir a Bella jamás.
