¡Niños y niñas mías! ¿Como están? Hoy estoy algo depre. Un hombre murió de un infarto al frente de mi negocio. Linda manera de empezar la mañana. Que ese hombre descanse en paz.

Bueno, me han llegado muchos reviews… nada mejor para impulsar a teclear frenéticamente y con Radiohead saliendo de los parlantes.

Pame: muchas gracias… te perdono la "terrible ofensa" del otro día, jajaja

Maura: hasta Neo se siente un poco el padre de Crash. ¿Querías algo de yaoi? ¡Acá tenés algo!

Meganeitor: ya veo como puedo alimentar a tu mente pervertida ¡Hay que nutrirla!

Wolfy: la discriminación entre los seres humanos es tan natural e instintivo como respirar. Si se destruyen entre ellos mismos… ¿que mas podías esperar? Otra que quiere yaoi ya… ¡Acá tenés un poco! Gracias por tomarte la molestia de opinar en cada capítulo

Capitulo cuatro

La condición de Crash

Neo usó su cinturón teletransportador para llegar a N. Sanity. Mientras se acercaba a la casa de los Bandicoots, todavía no salía del todo de su asombro. Conocía lo suficientemente bien a esas alimañas como para saber que no eran de los que robaban o hacían algo fuera de la ley. Pero los pingüinos habían dicho que habían sido ellos, sin un asomo de duda y necesitaba corroborarlo con sus propios ojos. Tenía que recuperar el E-volvo, averiguar por qué lo habían hecho y si esa información le serviría de algo.

Se escondió detrás de un árbol, el mismo en donde se había escondido para paralizar a Coco años atrás, y distinguió a alguien caminando lentamente hacia el gallinero, arrastrando los pies de manera distraída. No le podía ver la cara con claridad, pero estaba seguro que era un humano y no un bandicoot. Para empezar, era más alto y caminaba erguido. Sus manos podían verse y eran apenas de un color tostado por el sol, sin rastros de pelo. La sudadera marrón y los pantalones verdes llenos de bolsillos le quedaban un par de tallas más grande de lo que debería. La capucha le cubría la cabeza y resultaba casi imposible verle el rostro a causa de la oscuridad y la distancia. Se acercó sigilosamente por la blanca arena, con el arma desenfundada, mientras la figura caminaba plácidamente por donde abundaban las palmeras, cargadas de deliciosos cocos. Neo se acercaba cada vez más, apretando la empuñadura de su arma. Esa persona tal vez tenía alguna relación con el robo de su máquina.

La figura encapuchada se agachó a recoger uno de los frutos de las palmeras, que estaba tirada a dos metros de una de ellas. De golpe, se levanto, torció un poco la cabeza hacia un costado y giro hacia donde estaba Neo. El científico se quedo paralizado, con el arma apuntando hacia el pecho del desconocido, listo para disparar a la menor amenaza.

—¿Dónde están los Bandicoots? —preguntó Neo, con la vena palpitándole en la sien y el dedo en el gatillo.

La figura no respondió, pero tomo una posición mas rígida y cautelosa, como preparándose para un pronto ataque.

—¿No vas a hablar? —se rio Neo. Comprobó que la lucecita al costado de su arma estuviese en color violeta—. Bueno, si no vas a soltar la lengua, nunca lo harás otra vez…

Todo fue muy rápido. El encapuchado le arrojó el coco directamente a la cara del científico. Por instinto, Neo le disparó al fruto, desintegrándolo en el trayecto y evitando que este impactara en su rostro. Cuando se recobró de la sorpresa, el desconocido ya corría hacia él a gran velocidad. Neo fue embestido y arrojado al suelo y el muchacho se le sentó en el bajo vientre. La capucha estaba echada hacia atrás y, bajo la luz de la luna llena, vio su rostro.

Era un chico muy apuesto y joven, algo mayor que Nina. Tenía el cabello un poco largo, de un color castaño oscuro, con reflejos rojizos. Debajo de unas cejas pobladas, se destacaban un par de enormes ojos verdes como luciérnagas. Tenía nariz pequeña, de punta redondeada y una boca grande. Su piel era un poco oscura por el ardiente sol que quemaba por las islas

—Solo… qui-quiero m-m-mi maquina —tartamudeó Neo. La mente la tenía hecha un embrollo, como una madeja de lana en las garras de un gato. Un extraño calor circulaba por su bajo vientre, despertando lentamente lo que hacía tiempo el científico había creído dormido. Se quedó quieto, con la boca abierta, teniendo pensamientos poco apropiados sobre la persona que tenía encima. De pronto, Neo notó algo. Del cuello del muchacho sobresalía un cordón negro a modo de cadena. Su dije era una mascarita ritual de madera, con cuatro minúsculas plumas de colores sujetas al objeto.

—Ese dije —murmuro Neo—… es Aku Aku. Esto es de Crash ¿Por qué lo tienes puesto tú? ¿Quién demonios eres tú?

El chico se levantó (para alivio de Neo) y tomo el arma rápidamente, que había salido despedida al ser el científico arrojado a la arena. Le apunto a Neo y le hizo un gesto para que se parara. Muy lentamente, el obedeció, sintiendo su conocido pánico al ser despojado de su arma. Aun así, hizo un esfuerzo sobrehumano para no dejarse llevar por el miedo.

El chico comenzó a escribir con su pie en la arena. Al terminar, Neo pudo ver claramente lo que había escrito:

YO CRASH

Neo levantó las cejas, asombrado y confundido. Luego, sacudió su cabeza en un gesto de incredulidad.

—No. Tú no puedes ser Crash. El es un Bandicoot, no un humano…

—¡Crash! —el sonido de la voz de Coco sacudió la calma de las islas. Crash tomo a Neo del brazo con brusquedad y se ocultaron detrás de una gruesa palmera. Desde allí pudo apreciar a una bonita adolecente de cabello rubio que miraba hacia todos lados—. ¿Dónde estás, hermano? ¡Regresa!

Un joven alto y musculoso la seguía a pasos largos. La sujetó del hombro cariñosamente

—Probablemente esta paseando, Coco, no te preocupes. Tiene que adaptarse a los cambios.

—Pero puede estar confundido y mareado…

—Ya volverá, Coco. Crash conoce la isla mejor que nosotros. No tiene secretos para él, puedes estar tranquila. Quédate en casa.

Ella pareció meditarlo unos segundos. Al final, suspiro resignada y se volvieron a la pequeña casita.

Neo se quedo sin habla por medio minuto, mirando primero hacia la nada y luego hacia el muchacho que decía ser Crash.

—¿Tu hermana te hizo esto? ¿Realmente eres Crash? —le preguntó, cuando al fin recuperó la voz.

Crash asintió lentamente. Una sonrisa cruzó su rostro.

—Vaya…. Como sea, quiero el E-volvo de vuelta.

Crash volvió a asentir, con una media sonrisa en su cara. Una que no le estaba gustando nada.

—¿De verdad? Bien, dámela —le dijo con impaciencia.

Crash levanto un dedo índice delante de la cara de Neo, sin parar de sonreír y mirándolo fijamente a los ojos.

—¿Quieres una condición? —le pregunto Neo, perplejo. Intento no perder la calma, como lo hacía siempre. Estaba muy tentado de mandarlo gratis de una patada a Siberia, pero la curiosidad sobre lo que él deseaba a cambio se sobrepuso—. ¿Qué demonios quieres? —Probablemente sería una wumpa gigante o algo así.

Crash levantó la cabeza y se acarició la garganta suavemente con los dedos. A Neo se le aceleró el corazón e intento ignorar que haciendo eso se lo veía endemoniadamente sensual y que pensaba eso de alguien de sexo masculino. Neo no era gay, claro que no. Se entretuvo en pensar que significaba ese gesto.

—¿Hablar? —pregunto Neo, intentando adivinar. Crash sonrió con más ganas. El científico lo tomo como un sí— ¿Y si me niego?

El muchacho hizo un gesto como si se quitara un casco de la cabeza. Luego hizo un ademan de arrojarlo a la arena y pisotearlo con fiereza, como si pisara una cucaracha.

—¡No! —exclamo Neo con angustia, como si realmente su querido E-volvo estuviese sido aplastado por el bandicoot—. Me rindo. Te enseñare a hablar. Es mejor que tengamos un lugar de encuentro. Nadie tiene que saberlo.

Crash tomo la ramita de un árbol y comenzó a hacer toscos dibujos en la húmeda arena. Entre esos dibujos y sus señas, le explico a Cortex que se había construido una choza cerca de la aldea indígena, pero alejada de la parte habitada. Allí podrían reunirse sin que nadie los interrumpiera. A Neo no le gusto nada la idea de estar cerca de los aborígenes que en una ocasión lo habían atado a un tótem alto y casi había muerto ahogado en el rio, pero no le quedaba otra opción que aceptarlo si quería su máquina de vuelta.

—Ok, trato hecho —suspiro, estrechando la mano de Crash. Giró sobre sus talones y se teletransportó a su casa con un gruñido de cólera.