Hola, gente. Aquí... muy feliz. Hoy he leído muchos nuevos capítulos de mis historias favoritas. ¡Qué alegría cuando llega un mail que avisa de la actualización! Espero que se sientan igual de felices al recibir el aviso de este nuevo capítulo.
En la entrega anterior, a Vegeta no le quedó otra que aceptar cumplir su promesa de ayudar a Bulma en la inauguración del CC. Después de los festejos del aniversario de «Las sayas sexis», Bulma llega a Vegeta a que conozca el restaurante. A la salida del local, Vegeta escucha el grito de Bulma...
Desgraciadamente, los personajes no me pertenecen. A Akira Toriyama se le ocurrieron primero. ¡Maldita seas, Akira! (es chiste: ¡Bendito seas, Akira!; Dragon Ball For Ever).
POV Vegeta
A Vegeta se le detuvo el corazón y saltó del coche, corriendo como un loco por el asfalto. Ella chocó directamente contra su pecho. La sostuvo contra su cuerpo, agarrándola por los hombros desnudos.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó con rapidez.
Bulma respiró temblorosamente.
—¡Cabrones!
Antes de que Vegeta pudiera preguntarle a quién se refería o qué quería decir, ella se volvió hacia el interior de su coche en busca de algo. Un momento después, le mostró un largo cuchillo de sierra con un papel clavado en la punta. La luz de los faroles hacía que la palabra «puta», escrita con lápiz de labios rojo intenso, brillara ante los ojos de Vegeta.
La sorpresa fue enorme, pero se transformó en furia rápidamente. Era irónico, él mismo lo había pensado hacía solo un momento. Pero jamás se le ocurriría decirlo en voz alta, y mucho menos escribirlo en una nota y dejársela clavada en el asiento del descapotable.
—¿Quién puede haberlo hecho? —dijo con una profunda rabia vibrando en su voz.
Ella tiró el cuchillo sobre el asiento del acompañante y le lanzó una mirada de cautela por encima del hombro.
—Quien sabe.
Vegeta la hizo girarse hacia él y apretó los dientes.
—¿Quién / puede / haberlo / hecho?
Bulma lo miró con cara de asombro.
—Mira, esto no es nada nuevo. Este tipo de cosas me ocurren a menudo.
«¿A menudo?». Aquello le enfureció aún más. Vegeta se acercó más a ella con el ceño fruncido amenazadoramente. Puede que a Bulma no le preocupara, pero a él sí.
—¿Qué ha dicho la policía al respecto?
—¿La policía? —Ella negó con la cabeza—. Esto solo es… una gamberrada. Quizá lo haya puesto un cliente del club que se haya enfadado porque no le presté la suficiente atención. Sí, es lo más probable.
«Y también lo podían haber hecho en serio. Aquello no era para tomárselo a broma».
—¿Y si esto proviene de una mente lo suficientemente enferma para hacerte daño? ¿Desde cuándo recibes cosas de éstas?
—Como ya te he dicho, pasa de vez en cuando. Pero hace ya tiempo que…
—Entra en mi coche. —Terminó por decir Vegeta, sabiendo que no era lo más prudente quedarse en un aparcamiento oscuro ofreciendo un blanco perfecto. Puede que no fuera guardaespaldas profesional como Broly, el gigante musculoso que se acostaba con ella, pero había pasado suficiente tiempo con su primo Goku y su socio, Gohan, para saber que quedarse allí, a la intemperie, era algo que no debían de hacer.
—¿Qué? —le dijo ella llena de incredulidad—. No pienso dejar aquí el coche.
—Te voy a llevar a casa. Vas a llamar a la policía y a denunciar los hechos para que puedan investigarlos.
Bulma vaciló, pero le sostuvo la mirada.
—Vegeta, me parece encantador que te preocupes de esta manera, pero…
—Entra en el coche de una puta vez.
Ella palideció y él maldijo por lo bajo. Tenía que controlar su carácter. Pero aquel estado de frustración sexual al que estaba sometido, unido a la angustia que sentía por esa amenaza, hacía que le resultara muy difícil. ¿Acaso alguien tenía derecho a asustarla e insultarla? Vegeta cerró los puños y deseó poder incrustárselos a quien fuera que la estuviera amenazando.
Bulma suspiró y Vegeta se preparó para una discusión, pero ella se dirigió al 4x4.
—De acuerdo.
Le abrió la puerta y la observó deslizarse en el interior con su cadera balanceándose a un ritmo hipnótico. Parecía tranquila y reservada a pesar de que acababa de ser amenazada. ¿Sería solo una fachada?
Meneando la cabeza, se dirigió al asiento del conductor. Cuando se sentó, ella estaba hablando por teléfono.
—Lamento llamarte tan tarde, Piccolo. Quería hacer una denuncia. Alguien ha forzado mi coche…
Bulma le relató los hechos al policía con rapidez y frialdad. Vegeta solo oyó un murmullo en respuesta, más en tono condescendiente que preocupado, y frunció el ceño. ¿Es que nadie se iba a tomar en serio lo sucedido?
Le arrebató el móvil y escupió un saludo.
—Tome huellas dactilares. Es verdad que Bulma ha tocado el cuchillo, pero podría encontrar más huellas en él. Quienquiera que lo haya hecho forzó la cerradura del coche.
—Parece una gamberrada. Algunos jóvenes no saben dónde están los límites…
—¿Que hayan clavado una nota con la palabra «puta» en el asiento le parece una gamberrada? ¿Lo encuentra gracioso?
Piccolo se aclaró la voz.
—No, no lo es. Pero no creo que nadie haya querido hacerle daño.
Vegeta hizo rechinar los dientes.
—¿Suele solucionar todos sus casos antes de visitar la escena del crimen?
Por fin, el sheriff se puso serio.
—Lo investigaré.
—Hágalo.
Bulma se puso al teléfono.
—Gracias, cariño, te lo agradezco mucho.
Cuando finalizó la llamada, Vegeta abandonó el aparcamiento con rapidez. Apenas podía hablar.
—¿Cariño? Ese hombre ni siquiera quería investigar lo que ha sucedido y ¿le llamas «cariño»?
Ella encogió los hombros.
—Es una costumbre de esta ciudad. Se cazan más moscas con miel que con vinagre.
—¿De veras? —la desafió—. ¿No será más bien una cuestión de «éste es mi cliente»? ¿Es uno de los tipos que te vio actuar esta noche?
Bulma tragó saliva.
—Invité a las fuerzas del orden locales, incluyendo al sheriff Piccolo. De esa manera, la posibilidad de que los gamberros se descontrolen y me destrocen el club se reduce considerablemente.
Vegeta se aferró con fuerza al volante.
—Eso es que sí.
Combatió el deseo de golpear algo como le pedía el cuerpo e inspiró hondo. Durante la noche que pasaron juntos había sido fácil no pensar en que Bulma tenía más amantes. Habían estado solos envueltos en la quietud de la casa. Nada de teléfonos, ni de clientes, ni de psicópatas dejando amenazadores «regalitos» en el coche. Solo ellos dos e interminables horas de placer. Santo Dios, había sido un maldito ingenuo.
Ella asintió con la cabeza.
—¿Qué importancia tiene que Piccolo y los chicos estuvieran allí?
La breve respuesta fue «ninguna».
—Si quieres preocuparte por algo —continuó ella—, hazlo por tu habitación en el hotel. Son casi las cuatro de la madrugada, es probable que hayan cancelado tu reserva y se la haya ofrecido a alguno de los turistas que han llegado para el festival que comienza mañana.
Él frunció el ceño. Después de todo lo que había sucedido esa noche, ¿Bulma estaba preocupada por él?
—Di el número de la tarjeta de crédito para garantizar que me registraría esta noche.
Una misteriosa sonrisa de Mona Lisa jugueteó en las comisuras de la boca de Bulma. Algo que le volvió a poner duro. Maldita sea, ¿cómo lo conseguía?
—Eso no sirve de nada por aquí. Estoy segura de que, al no aparecer después de que cerrara el club, creyó que la habitación estaba disponible. Pero si no me crees, llámale.
Presionó algunas teclas del móvil y se lo pasó.
—¿Tienes en la agenda el número del dueño del hotel? —Solo se le ocurría una razón y era algo que le horrorizaba solo de pensarlo. ¿Sería también cliente de ella?
«Dios, necesitaba golpear a alguien, mucho».
—Algunos de los clientes de fuera de la ciudad necesitan a menudo un lugar donde dormir la mona. El Palacio de Karim es el mejor hotel de la zona, y me suele echar una mano.
A Vegeta le gustó la explicación. Pero aún así, seguía haciéndose preguntas. ¿Acaso no había muchas strippers que se sacaban un dinero extra haciendo otro tipo de cosas?
Con el teléfono pegado a la oreja, Vegeta miró a Bulma. Su rostro parecía dulcemente pálido bajo la luz de las farolas que entraba a través de las ventanillas mientras recorrían la calle a toda velocidad, una vía llena de casitas de ladrillo rojo que llevaba hacia una vecindad de casas más grandes y elegantes. A pesar de haber estado allí solo una vez, recordaba exactamente cómo llegar a casa de Bulma. La imagen de la casa, decorada siguiendo la filosofía zen, estaba grabada a fuego en su cerebro.
—Vegeta Ouji al teléfono. Quería avisar de que llegaré dentro de unos minutos para registrarme. ¿Dispongo todavía de la habitación?
El hombre del otro lado de la línea se aclaró la voz.
—Bueno, cómo no ha aparecido por aquí, he pensado que…
Vegeta esperó, pero notó que perdía la paciencia otra vez al ver que el propietario del hotel parecía haberse quedado mudo.
—¿Qué pensó? ¿Le ha dado mi habitación a otra persona?
—Esperé hasta las dos y media y usted me aseguró que estaría aquí antes de medianoche. Llegó gente con críos, estaban muy cansados, y…
—¿Tiene otra habitación? —Cerró los ojos y apretó el teléfono contra la oreja.
—Estoy completo. Es la primera vez en este año, pero es que el festival atrae a mucha gente. Al parecer este año viene a tocar gente buena de verdad.
Vegeta se contuvo y contó hasta diez.
—¿Y mañana?
—No me quedará libre ninguna habitación hasta el martes. Hay un par de hoteluchos siguiendo la carretera… —dijo Yayirobe con evidente antipatía—. Pero también estarán completos. Y le aseguro que no permitiría que durmiera allí ni mi perro. La limpieza deja mucho que desear.
A Vegeta le iba a estallar la cabeza. Estaba acostumbrado a viajar a ciudades cosmopolitas. Se alojaba en el hotel Crillón cuando viajaba a París, en el Dorchester cuando iba a Londres, en el Península en Tokio y en el Beverly Wilshire en Los Ángeles. El que se hubiera quedado sin habitación en el Palacio de Karim, a las cuatro de la madrugada, fue la gota que colmó el vaso.
Oprimió el botón y finalizó la conversación. En lugar de ceder al deseo de tirar el móvil por la ventanilla, se lo devolvió a Bulma con rigidez.
—Tienes razón.
—Pensé que sería mejor ahorrarte el viaje hasta allí. Conozco a estas personas muy bien.
Y ellos la debían de conocer también muy bien, ya que sin duda eran más hombres a añadir a la lista de los que la habían visto desnuda.
Vegeta suspiró. Tenía que dejar de importarle quién la había visto desnuda. Si no se controlaba, acabaría por querer arrancarle la cabeza a la mitad de la población masculina de la ciudad a lo largo de la semana siguiente. Se la había tirado una noche. Lo que ella hubiera hecho antes —o después— no era asunto suyo.
¿Dónde demonios iba a dormir esa noche?
—Tengo una habitación libre en casa —le propuso Bulma con voz queda—. Está limpia y es tranquila…
—No quiero ser una molestia. —Porque si se alojaba en su casa, acabaría dentro de ella otra vez.
La última vez, cuando había pasado la noche con ella, había sido insaciable. Durante seis horas. No había habido nada demasiado caliente, demasiado lascivo, ni demasiado íntimo. Ella le había correspondido con el tipo de deseo que le hacía arder, avergonzar y disfrutar a partes iguales. Vegeta había tomado todo lo que ella le ofreció… y todavía más. Luego había vuelto a empezar. La había poseído de todas las maneras posibles una y otra vez. Sin condón. Algo que no había hecho desde hacía más de una década.
Y los recuerdos de aquella noche increíble con Bulma le arrebataban cualquier brizna de control.
—No será una molestia. Yo tengo una habitación y tú necesitas una cama.
Bulma alargó la mano suavemente sobre la de él cuando movió el cambio de marchas. Aquella caricia le tensó los testículos y le hizo hervir la sangre.
—Además —murmuró ella—. Quizá… tengas razón. Si lo que ha sucedido esta noche no es una broma, entonces será mejor que no esté sola. ¿No crees?
«Créeme, estarías más segura sola».
Pero sería un auténtico bastardo si se lo dijera. Le dirigió una sonrisa forzada.
—Será un placer quedarme en tu casa.
POV Bulma
Vegeta mentía como un cosaco. Pero ella no se quedaba corta. Le había ofrecido a Yayirobe una gratificación para que no estuviera disponible la habitación que Vegeta había reservado y dudaba mucho que, a pesar de todo, alguien intentara hacerle daño esa noche.
Mientras recorrían las oscuras calles de la ciudad en el 4x4 de Vegeta, se sintió muy cansada, aunque llena de anticipación. Por fin iba a estar a solas con el hombre que deseaba, en su casa; en el mismo lugar donde ya habían hecho el amor apasionadamente. Aunque parecía que a Vegeta ese hecho no le alegraba demasiado.
Ese hombre era una incógnita. La lujuria que brillaba en sus ojos era inconfundible. De hecho, parecía que fuera a estallar en llamas cada vez que la miraba. Pero también era evidente su desprecio. Y le intrigaba la cólera que demostró al ver la nota en la que alguien la llamaba «puta».
—Si no es una gamberrada, ¿quién se molestaría en clavar esa nota con un cuchillo en el asiento de tu coche?
Lamentablemente, la lista era larga.
—Vegeta, déjalo. Será mejor esperar a saber qué averigua Piccolo.
—No. —Él le lanzó una mirada de impaciencia—. Si la persona que lo hizo nos visita mientras dormimos, me gustaría tener una idea de a quién me enfrento.
—No te preocupes. Si realmente creyera que estoy en peligro, llamaría a Broly. O a Gohan. Tu primo y él son los mejores y, además, Gohan es un viejo amigo. Fue quien me obligó a instalar el sistema de seguridad que tengo en mi casa. Es de lo mejorcito.
Vegeta apretó los dientes y el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Te he dicho que yo te mantendría a salvo esta noche y así será. Contesta a mi pregunta.
Era como un perro que no quería soltar a su presa, algo que la llenó de esperanza. Quizá ella le importara un poco. Incluso aunque fuera algo que iba contra el sentido común y los deseos de Vegeta.
—En primer lugar podría ser cualquier novia o esposa celosa a la que no le guste la cantidad de tiempo que su hombre pasa en mi club. Es más frecuente de lo que crees.
—Las mujeres no suelen usar cuchillos.
No. Le habían desinflado las ruedas, le habían cubierto la casa de huevos y le habían enviado más notas insultantes de las que podía contar. Las mujeres despreciadas solían dar la cara y rara vez le provocaban molestias.
—¿Qué me dices de tus antiguos amantes? —le dijo, inmovilizándola con una mirada ardiente—. ¿Y de los actuales?
Bulma cerró los ojos. Por supuesto; él asumía que había muchos. Ya se había enfrentado a algo parecido, no debería doler tanto. Pero, maldita fuera, dolía.
—La noche que pasamos juntos te dije que llevaba dos años sin acostarme con nadie. Y no me he acostado con otro hombre desde entonces.
Vegeta negó con la cabeza; parecía como si estuviera intentando contener los pensamientos que le atravesaban la mente.
—Bulma, puedes estar en peligro. Necesito que me digas la verdad.
Girándose en el asiento, la joven le miró intentando controlar su temperamento.
—Te he dicho la verdad. Que no me creas no significa que yo haya mentido.
—Vamos —gruñó él—. ¿No hay ningún cliente que quiera hacer algo más que ver esos hermosos pechos desnudos? ¿Ningún contratista que te haya hecho un favor y quiera algo a cambio?
Bulma contuvo la cólera cerrando los puños.
—No actúo así.
Él vaciló.
—¿No fuiste tú la que estuvo de acuerdo en follar conmigo hace tres meses para que fuera tu chef invitado esta semana?
«No es eso, estaba dispuesta a hacer lo que fuera porque te deseaba… y esperaba que luego quisieras mantener una relación conmigo». Pero de ninguna manera pensaba abrirle ahora el corazón. Él la había abandonado al amanecer y después le había mandado un impersonal ramo de flores. Y ahora la trataba como si fuera una prostituta.
Pero si Bulma sabía de algo, era de hombres. Sabía que Vegeta sentía algo por ella. Y pensaba conseguir que lo admitiera.
—Tú eres diferente.
—Por supuesto —bufó él, deteniéndose en un semáforo en rojo.
Pero Bulma ya había tenido suficiente. Alzó la barbilla y se volvió pura mirarlo fijamente.
—Mis únicos errores han sido ser tan estúpida como para creer que realmente eres un encantador caballero sureño y querer saber cómo era hacer el amor con alguien que no me considerara una prostituta. Ha sido una tontería. Ya me he dado cuenta de que eres como cualquier otro y no el hombre educado y caballeroso que pareces. ¿Tratas así a todas las mujeres?
Él apartó la mirada y apretó el volante con más fuerza. Respiró hondo, intentando controlarse. Bulma se dio cuenta de que a Vegeta no le gustaba hablar de cómo se había comportado aquella noche. Tal vez él no había querido desearla y le avergonzara haberlo hecho. Quizá todavía era así.
—Te he preguntado sobre tus amantes. Aceptaré tu palabra de que hace dos años que no te acuestas con nadie.
—Pero no me crees.
—¿Y qué me dices de tus actuales amantes? ¿Broly?
Aquello no era asunto de Vegeta. A Bulma aquella conversación le parecía una mierda. La lógica le decía que sería mejor que olvidara cualquier estúpida fantasía de llegar a mantener una relación feliz con él. Él no había hecho el amor con ella con aquel fervor porque sintiera la química que ardía entre ellos. Lo había hecho porque ella había sido su primera experiencia de sexo salvaje y desenfrenado. Quizá debería limitarse a mantener relaciones sexuales con él y no perder el tiempo en emociones sin sentido.
Pero su corazón no quería darse por vencido.
—Broly jamás intentaría matarme. Quienquiera que haya hecho esto, no es alguien que haya pasado por mi cama. Es alguien que está cabreado conmigo.
Vegeta observó que la joven encogía los hombros, luego miró al frente cuando el semáforo se puso en verde.
—¿En quién piensas?
—Esta noche, te habrás fijado en un joven de cabello largo negro y ojos azules que se abrió camino para darme un beso. Se llama Lapis, no sé su apellido. Comenzó a frecuentar el club hace seis meses. Se ha convertido en un cliente habitual. Es un niño rico y gasta mucho dinero. Parece pensar que eso le da algunos derechos especiales.
—¿Le has aclarado las cosas? —La voz de Vegeta sonaba peligrosamente tensa.
—Le he dejado todo bien claro. Broly también lo ha hecho. Le hemos llegado a sacar a patadas y le he dicho que sus insinuaciones amorosas no son bien recibidas. Pero no se rinde.
Vegeta apretó el volante con más fuerza.
—¿Te ha insultado alguna vez?
Bulma negó con la cabeza.
—Suele ser muy gráfico con respecto a lo que desearía hacerme; unas auténticas guarradas, todo hay que decirlo, pero jamás ha recurrido a los insultos. Eso es más el estilo del concejal Freezer.
—¿Un concejal municipal? ¿Un representante electo del pueblo te ha llamado «puta»?
¿No estaba siendo Vegeta un poco inocente?
—Por supuesto. Su programa electoral se basa en la rectitud y la moralidad, así que, si fuera capaz de conseguir clausurar «Las sayas sexys» sería considerado un héroe. Muchos ciudadanos se sentirían felices si eso ocurriera. Y ésa es la cruzada de Freezer desde que resultó elegido hace dieciocho meses. Al principio no era tan vehemente, pero como las elecciones están a la vuelta de la esquina, está presionando más.
—¿Cómo?
—Organiza protestas delante del club, publica algunos artículos en el periódico local sobre la guarida del pecado que hay en la ciudad y la basura que se puede encontrar allí dentro. Recientemente colaboró con un periodista para ponerme una trampa e intentar demostrar que era una prostituta que se vende por dinero. —Bulma soltó un bufido—. Le dije lo que pensaba con un vocabulario muy gráfico.
Por fin, Vegeta detuvo el coche delante de su casa. Bulma salió de un salto y le hizo una seña para que esperara en el interior del vehículo. Se acercó a la puerta jugando con las llaves y lanzándolas al aire, abrió la puerta principal, desconectó la alarma y se acercó a la puerta del garaje para abrirla oprimiendo un botón. Vegeta introdujo el vehículo en el garaje y salió del coche con una maleta de mano. Parecía tenso y nervioso.
—He pensado que será mejor que aparques dentro. No quiero que te destrocen el 4x4 ni que haya habladurías. Vamos.
Él asintió con la cabeza clavando la mirada en ella. Bulma cerró la puerta del garaje. Daría cualquier cosa por saber qué pensaba Vegeta. La tensa conducta del hombre y su incansable y visible erección le decían que, aunque era evidente lo mucho que lo deseaba, haría cualquier cosa para evitar acostarse con ella. Y después del interrogatorio al que la había sometido esa noche, ella estaba más que dispuesta a hacerle sufrir.
Ya rompe las pelotas la actitud de Vegeta, ¿no? Solo consuela saber que está sufriendo mental y físicamente (si saben a qué me refiero...).
En la próxima entrega, Bulma comienza sus avances seductores hacia un Vegeta que está cada vez más al límite. Se viene lemon... super lemon
