Prompt: Anna sabe que Elsa siempre llega cansada de trabajar, por eso hoy le iba a hacer un regalo especial a su esposa, pero no acaba siendo como ella esperaba... G!P Elsa.
Elsa Arendelle no es que tuviera una vida normal, trabajaba de camarera en el club nocturno de lujo "La taberna de Oaken". Ahí iban los famosos y gente de la alta esfera, a Anna no le importaba en absoluto eso de que la gente famosilla mirara a su esposa con lujuria. Y es que Elsa era una Diosa en toda su palabra.
Se conocieron en ese preciso bar, hace cinco años.
La pelirroja iba enfundada con un vestido verde, de falda corta puesto que era verano, y unos zapatos azul oscuro de tacón no muy alto, ella ya lo era por si misma. Se acercó a la barra y pidió un mojito, la rubia se la quedó mirando hasta que ella sacudió su mano, sacándola de su ensimismamiento.
A la pelirroja no le sorprendía esta actitud, no le gustaba presumir pero muchos de sus amigos le decían que era guapa y atractiva. La camarera comenzó a servirle el pedido y cuando se lo entregó, le sonrió coquetamente, haciendo que la rubia tragara saliva.
Durante toda la noche, Anna no encontró a nadie que le gustara, se le habían ofrecido varios chicos y chicas, tenía para elegir pero no quería a nadie esa noche. No se movió de la barra y a ratos, miraba a aquella chica rubia de cabello platinado, recogido con una trenza francesa que reposaba en su hombro izquierdo, y el uniforme que constaba de una camiseta blanca, junto a unos pantalones oscuros ajustados y zapatos brillantes, también negros.
Pudo fijarse numerosas veces durante la noche, que la rubia iba levemente maquillada, sombra de ojos morada, la cual le quedaba de perlas y unas gafas que la hacían parecer hipster. La pelirroja miró su reloj y vio que eran las cinco y media de la mañana, así que decidió tomar cartas en el asunto. Le dijo a la rubia que se acercara y le susurró al oído:
- Te espero en la puerta de la discoteca.
- Ah, yo, es que... - Ella era tímida, justo cómo a la pelirroja le gustaban.
- No te preocupes, no voy a morderte.
Anna escuchó la puerta de su enorme casa abrirse y sonrió. Se desvistió rápidamente y entró en la bañera. Elsa, al ver el camino lleno de flores y velas, tragó saliva porque eso significaba que no dormiría esta noche, y estaba realmente cansada hoy. Gruñó al notar que su miembro comenzaba a responder a lo que ese panorama significaba.
Siguió el camino marcado y cada cinco escalones, había un sobre con una postal dentro, había un total de tres.
El primero decía:
Soy todas esas veces que decidiste amarme
la otra:
Nada se compara con el placer de tenerte.
Y finalmente:
Tus ojos azules son como el cielo
cuando eres feliz, brillan
cuando estás triste, parecen puro océano
y cuando estás conmigo, chispean de amor
Al leer la última postal, no pudo evitar sonreír. Sabía que esas palabras las había escrito la misma Anna. Las guardó cuidadosamente en el bolsillo y se dirigió a su cuarto, donde comenzó a despojarse de la ropa. Entró en el cuarto de baño y el olor a lavanda y limón inundó sus fosas nasales.
- ¿Qué tal el día? - La suave voz de Anna penetró en los oídos de la platinada.
- Normal.
- Anda ven y siéntate conmigo.
La rubia se despojó de la ropa, no tenía prisa, su mujer no iba a irse y dejarse plantada, sabía que la pelirroja estaría mirando cada movimiento que la platinada hacía. La chica de ojos azules observó pro el rabillo del ojo la sonrisa genuina de la chica pecosa, haciendo que la imitara. Cuando se hubo quitado de todas las prendas, se dirigió a la bañera pero se detuvo, su chica no se movía.
- Hoy te toca delante.
No era quién para quejarse, de hecho, no tenía voluntad para negarle nada. Sus músculos se relajaron al entrar en contacto con el agua caliente y soltó un gemido, ganando una risita de su acompañante, la platinada cerró los ojos, completamente relajada.
Se dejó caer en los pechos de Anna y ésta la rodeó con sus brazos.
- Te echaba de menos.
- El club no es lo mismo sin ti.
- Oh, ¿quieres que vaya y tener cientos de miradas encima mío?
El solo de pensar en los celos que eso le haría sentir a la rubia, frunció el ceño.
- No cariño. Ni se te ocurra. - No había abierto los ojos todavía.
No se había dado cuenta de que el tiempo había pasado y poco le importaba, llegar de trabajar una noche larga y encontrarte la escalera de casa regada de flores, tarjetas de amor y un baño relajante valía su tiempo y más.
La mayor abrió los ojos lentamente al notar que una mano estaba agarrando su miembro, pero esa mano estaba quieta. Quería replicar pero una movida se lo impidió. Iba lenta, no tenía prisa y quería consentir a su esposa esta noche.
- ¿A... Anna, qué haces?
- Estás demasiado tensa, Elsa. Es hora de que te relajes.
La mano libre de Anna delineó su mandíbula, el cuello y los hombros con sus finos dedos, su mano recorría todo su cuerpo, desde los brazos hasta el pecho donde no se quedaba más de dos segundos.
- Tu piel es tan fina y tersa... - con su lengua, dio un lametazo al cuello de su esposa, la cual arqueó la espalda. - Y hueles tan bien...
Las palabras que la pelirroja le decía al oído la pusieron roja como un tomate, sus pezones estaban duros y la menor aprovechó una ligera distracción para darles un pellizco, Elsa, al no esperárselo, gritó.
- No sabes cuánto te he echado de menos hoy, cariño. - Dijo en un susurro cargado de tristeza mientras lágrimas involuntarias salían de sus ojos.
- An... Anna...
- Te necesito conmigo, sé que te gusta tu trabajo pero... a mí no. Estoy comenzando a odiarlo. Sé que estoy siendo egoísta pero te quiero, y deseo irme a dormir contigo, levantarnos juntas y darnos los buenos días. ¿Cuándo fue la última vez que hicimos eso juntas?
Elsa sabía la respuesta.
- Hace un año, cuando nos casamos...
- Mientras tú duermes, yo despierto. Cuando voy a dormir tú estás trabajando, la cama está fría sin ti y cuando vuelves, estás tan cansada que no hacemos nada y a duras penas nos vemos.
La platinada notaba sus propias lágrimas rodar por su cara, la pelirroja la abrazaba fuertemente mientras lloraba en su cuello.
- Siento haberlo estropeado todo, disfruta de tu baño.
Acto seguido, Anna salió de la bañera y se tapó con una toalla, dejando a Elsa en su propio llanto. Se abrazó a si misma y se hizo un ovillo mientras no podía parar de sentirse miserable y una estúpida por no verlo venir. Lloraba de impotencia, no podía hacer nada con todo esto y dejó que sus emociones fluyeran libremente.
No se dio cuenta de la hora que era, Anna seguramente ya estaría dormida. ¿Cuánto rato había pasado en el agua, llorando? Se levantó de la tina y se secó sin ánimo, su mirada estaba perdida y sus ojos no brillaban. Le había hecho daño al amor de su vida y se sentía la peor persona del mundo, miró el reloj de muñeca que sacó de su pantalón, marcaba las nueve y media de la mañana.
Regresó a su cuarto y no vio signos de su mujer por ningún lado. La llamó y la buscó por toda la casa y supuso que se había ido al trabajo. Algo dentro de ella se rompió cuando vio el almuerzo casero hecho por ella con una tarjeta que decía "Que tengas un buen día".
Las manos le temblaban y su vista se emborronaba debido a las lágrimas que asaltaban de nuevo sus ojos.
- Soy una idiota.
Se curvó de tristeza y apoyó su frente en la mesa mientras sujetaba fuertemente la carta contra su pecho, amargas gotas caían sobre sus piernas y su cuerpo temblaba. No podía comerse algo que no se merecía. ¿Por qué Anna era tan buena con ella después de todo lo que estaba pasando?
- Porque es Anna. - Le dijo su consciencia.
Una leve sonrisa se plasmó en sus labios a pesar de que seguía llorando. Se secó sus ojos húmedos y se fue a vestir, no quería pillar un resfriado. después de todo, estaba en un frío comedor medio desnuda. Cuando estuvo lista, se miró al espejo y su rostro estaba serio, se puso maquillaje para que las ojeras no se notaran y salió a la calle, se subió a su coche y se dirigió a su lugar de trabajo, el cual estaba bastante solitario a estas horas de la tarde. Preguntó a uno de los camareros si el jefe estaba disponible y le dijo que sí. Asintió y caminó con paso apresurado hacia dicha oficina. Tocó a la puerta y el hombre le dijo que pasara.
- Vaya, la camarera más hermosa de la noche viene a visitarme. ¿A qué debo el placer, señorita Arendelle?
- Vengo a entregar mi renuncia, señor.
Eso pareció descolocar a su jefe, el cual abrió los ojos como platos por la súbita sorpresa.
- Este trabajo está arruinando mi matrimonio, y amo demasiado a mi mujer para perderla por este trabajo.
- Mis clientes estarán muy disgustados con eso.
- Ese no es mi problema, señor. Me da igual si me hace un despido improcedente, pero no voy a trabajar más aquí.
El hombre mayor sonrió, al menos tenía el descaro de decirle a la cara sus motivos para renunciar a pesar de que no se lo hubiera pedido.
- Oh, pequeña. Siento que tengas que pasar por todo esto. Pero no aceptaré tu renuncia.
- ¿Señor..? - Iba a preguntar la rubia pero el hombre levantó su mano, silenciándola.
- Acepto que quieras dejar de trabajar en el club de noche, pero no para mí. Puedo conseguirte otro trabajo, no está tan bien pagado pero hace horarios normales.
- No entiendo.
- Elsa, tu trabajo a este sitio me ha hecho hacerme un nombre, tú y todos los trabajadores que tengo a mi cargo sois importantes para mí. - La rubia le miró, incrédula. -Te estoy ofreciendo trabajar en una cafetería o algo por el estilo durante el día, para que puedas volver a casa por las noches y estar con tu mujer. ¿Por qué, te preguntarás? - La rubia asintió. - Porque llevas casi diez años siendo mi empleada y te considero parte de mi familia. Acéptalo, por favor.
Elsa no daba crédito a lo que sus oídos escuchaban. Ese hombre le estaba dando la oportunidad que tanto quería y lo que necesitaba, era demasiado bueno para que fuera real. Los ojos del hombre le dieron confianza para tomar una decisión.
- De acuerdo. ¿Dón...? -
Pero un abrazo que le sacó todo el aire de los pulmones la tomó por sorpresa. Al cabo de unos minutos, el gran hombre se separó de ella, permitiendo que volviera a respirar con normalidad.
- Ve a casa, date una ducha y mañana hablamos de tu nuevo contrato. ¿Puedes traer mañana tu uniforme?
- Sobre eso, señor, le tengo que pedir un favor...
A medida que el hombre escuchaba, una sonrisa se le plasmó en la boca, y asintió. Ella le dio las gracias y se despidió de sus compañeros, los cuales estaban tristes porque les dejaba, pero una promesa de que se pasaría pro aquí algunos días para saludar pareció calmarlos un poco.
Cogió su coche y de camino a casa, sonrió, era posible que todavía quedara una chispa de felicidad esperándola en ese lugar, tarareaba una canción que sonaba en la radio y legó al lugar donde compartía vida con Anna. Su coche no estaba debido a que todavía estaría en clases y aparcó en su sitio.
Entró en la residencia y decidió ducharse, tal y como había sugerido su jefe hacía unos minutos atrás. Se imaginaba la cara de sorpresa de la pelirroja al verla en casa a las ocho de la noche, con la cena preparada y con un ramo de flores adornando el centro de la mesa. No era buena con las palabras, así que iba a pedirle perdón con gestos.
No perdió el tiempo en la ducha y se vistió, bajó a la ciudad andando ya que no le quedaba lejos y se paró en la floristería más cercana, le dijo a la dependienta que preparar un ramo de peonías blancas, sin tarjeta y que se lo llevaría al instante. Pagó y las llevó a casa con cuidado, miró el reloj y marcaba las siete de la tarde, su esposa tardaría por lo menos una hora más en llegar. Hoy era día de visitas a los padres y seguramente la pelirroja llegaría cansada, así que decidió por preparar una ensalada de primero y una tortilla con rovellones.
Terminó justo al tiempo que escuchaba un coche estacionarse. Anna, al ver el coche de la platinada se asustó y entró casi corriendo a casa, estaba oscuro a excepción del comedor, del cual procedía un olor a tortilla que inundó sus fosas nasales, se acercó poco a poco y se dio cuenta de que Elsa no traía su uniforme de trabajo.
- ¿Elsa, qué haces aquí? ¿No deberías de estar trabajando? - Casi le gritó, la rubia no se sorprendió por el comentario.
- He renunciado.
- Ajá. - Se paró un momento y procesó lo que acababa de escuchar. - ¿Espera, qué?
- Ya no trabajo en el club, Anna.
Ella no se esperaba esto, de nuevo las lágrimas volvieron a saltar de sus ojos, pero no de tristeza.
- ¿Has renunciado a tu trabajo por mí? ¿Por qué?
- Porque te quiero, y tú eres mil veces más importante que mi trabajo.
La platinada estiró sus brazos y la acercó más a ella, colocó sus manos en la cabeza de la chica que sollozaba y le dio un beso en la mejilla. La pelirroja no podía creérselo pero ahí estaba, abrazando a su mujer por la noche, después de casi un año, como las parejas normales. De repente dejó de llorar y comenzó a reír.
- Oh, Elsa. No me esperaba esto. ¿Pero de qué vas a trabajar ahora? - Preguntó un poco preocupada.
- Te lo cuento mientras cenamos, ¿te parece?
- ¡Vale!
Le relató la charla que había tenido con su jefe y los nervios que tenía antes de ello pero que al final todo había salido bien y que le habían ofrecido trabajar en una cafetería o restaurante durante el día, con noches libres. Mientras cenaban, Anna le comentaba lo bien que se portaban los niños con ella, que eran un amor y que quería llevarse unos cuantos a casa de lo adorables que eran, los niños de entre tres y cinco años derretían el corazón de la pelirroja.
-¿Quieres uno, Anna?
La pregunta hizo que la pelirroja se atragantara con la bebida. Miró a su amada con rostro confundido pero en el suyo no había duda. Había escuchado perfectamente, Elsa quería un retoño y lo dijo tan seriamente que se lo creyó.
- Yo... este... ¿ahora? - Su esposa rió.
- Cuando estés lista, pero podemos comenzar a practicar ahora mismo.
- Oh. Pero no hemos tomado el postre.
Ante eso, Elsa se levantó, fue a una estantería y cogió el bote de Nutella, lo abrió y mojó su dedo con la suave crema de chocolate, se lo llevó a la boca y se lo chupó, soltando un gemido en el proceso. Ella sonrió y la pelirroja no le quitaba la mirada de encima a ese dedo.
-¿Quieres chocolate? - Anna asintió. - Pues ven a por él. - Corrió hacia las escaleras con el pote en mano y cerró la puerta de la habitación, minutos después, ésta se abrió estruendosamente.
La platinada ya se había quitado casi toda la ropa y estaba untándose chocolate por su cuello, bajando por sus pechos y terminando en el ombligo, a pesar de que todavía llevaba los pantalones, el bulto podía verse en ellos, tan sólo ver la mirada hambrienta de su esposa la ponía dura como una piedra.
La pelirroja se abalanzó contra ella, capturando sus labios en un hambriento beso, se quitaba la ropa a la velocidad de la luz y cuando sus pechos se frotaron, tuvieron que separarse para soltar un placentero gemido. Elsa se incorporó en la cama y Anna se sentó a horcajadas de ella, tan sólo al fricción por encima de la ropa las llevaba a la locura. La platinada necesitaba sentir más piel y la pelirroja deseaba lamer el chocolate que estaba regado pro casi todo el cuerpo de su amada.
- Dios, Anna, te he extrañado tanto...
- yo también, ya lo sabes.
La muchacha depositó besos en la mejilla de la mayor, comenzó a lamer su cuello saboreando el dulce chocolate, siguió el camino que éste dejaba mientras que la rubia suspiraba, era muy sensible y al mínimo roce ya gritaba. Llegó a su ombligo y con la lengua hacía círculos alrededor de él, provocando que la chica levantara su pelvis buscando más fricción, más contacto.
Las manos de la chica le desabrocharon el cinturón con maestría, la rubia se levantó ligeramente y la chica de trenzas se llevó la ropa interior con ellos. No perdió el tiempo, lo cogió entre sus manos, acarició y apretó con suavidad y fervor.
- Estás tan dura, sólo para mí...
Dejó su pene y volvió a besar sus labios con ansia. La besó y lamió por todos los sitios que pudo, la otra chica llevaba falda hoy, dándole un mejor acceso a su intimidad, movió sus caderas de placer al notar cuan mojada estaba ella.
- Y tu estás muy húmeda, tan lista para mí, justo como me gusta.
-!Ahm, si... ah! - Gemía mientras Elsa paseaba sus dedos por su hinchado clítoris.
- ¿La quieres, Anna? Sólo tienes que pedírmela.
- Por favor, por favor Elsa, la quiero ahora.
La pelirroja se posicionó y se dejó caer, engullendo toda la longitud del pene erecto de su amada, ambas gimieron por el contacto. Las manos de Elsa se aferraron a las caderas de Anna, ayudándola a subir y bajar mientras era penetrada para que no tuviera que hacer el esfuerzo sola, sus caderas se movían al compás de las de la otra chica.
Anna estaba dejando ser penetrada por Elsa después de una fuerte discusión, y Elsa estaba follándose a su mujer después de dejar su trabajo y arreglar las cosas con ella. Si tuvieran vecinos, se hubieran quejado debido a los gritos fuertes que ambas hacían después de dos semanas casi sin tocarse.
La chica de doble trenza lloraba de placer mientras mordía el cuello de la platinada, lo que la llevó casi al borde. Ella imitó el gesto y las paredes vaginales de la chica se apretaron contra su miembro, Anna gimió de placer al correrse la primera, pero Elsa era capaz de aguantar un poco más de modo que siguió embistiéndola con delicadeza y besando cada parte accesible por su boca. La pelirroja se aferró a la espalda de la platinada, arañándola y dejando marcas por toda la superficie de la piel, ella gemía de dolor pero era aguantable.
- Ah Dios Elsa... ¡Elsa!
La otra chica se corrió una segunda vez, enterrando más las uñas en la piel nívea de su mujer y haciendo que ésta soltara su esperma dentro de ella, mientras que ambas gemían sus nombres, creando una melodía increíble para sus oídos.
Anna se dejó caer y fue abrazada por la platinada, sus rostros estaban sonrojados por el calor del ejercicio físico que acababan de experimentar.
- ¿Estás cansada?- Preguntó Elsa mientras su respiración se normalizaba.
- Mmñh.
Anna no tenía voluntad para moverse, estaba atontada por la descarga de energía que había sacado de su cuerpo y la tensión acumulada la había abandonado por completo. Escuchó la risita de su mujer, la cual estaba en casa con ella, iba a dormir y levantarse así todos los días. No podía estar más feliz.
- Descansa, amor. Mañana vamos a recuperar el tiempo perdido.
Entre el aroma a lavanda de la platinada y su cuerpo cansado, tuvo el mejor descanso en mucho tiempo.
*La peonía blanca significa "Soy afortunado/a por tenerte" en el lenguaje de las flores.
