Hola, muchas gracias a: Candy Criss, Adriana 11, Raainnbow, Gabriela C, Feer Hummel.
Despertar
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Sebastian se levanta un par de horas antes de que amanezca, todos los días. Se viste rápidamente, él y su hermano acostumbran dormir desnudos, piel con piel, tocándose. Ya arreglado, se detiene a observar al menor, la respiración que sale lentamente de entre sus carnosos labios, y el movimiento lento de sus pestañas. Besa sus labios, muerde su lóbulo izquierdo suavemente, "Mío" susurra en su oído antes de chupar su cuello, bajar lamiendo la piel que cubre las clavículas y hacerle una marca en el pecho, cerca del corazón.
Sebastian trabaja en la granja que tienen, fue heredada por su tía Hannah, que falleció hace un par de años, misteriosamente. Un día salió a comprar pesticidas al condado cercano, nunca regresó.
El mayor recorre el gallinero, haciéndose de los huevos. Una gallina –pequeña, marrón- le mira y cacarea, él le regresa la mirada, aunque suene pueril: hay una batalla de miradas ave-humano. Sebastian se aproxima a ella toma los huevos que está empollando, tibios cascarones en sus manos, frágiles y delicados. Toma cada uno en una mano, con las palmas abiertas hace que se acerquen lentamente, los estrella, hay una mezcla amarillenta que escurre entre sus dedos. Acaricia al ave aun con las manos pegajosas y deja los pocos restos que queda en sus manos en el nido, debajo de la gallina. Recolecta los demás huevos con una resplandeciente sonrisa.
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Las mañanas de Sheep, son tranquilas. Toma su tiempo para desesperanzarse y acostumbrarse a la luz proveniente de las cortinas siempre corridas. Se prepara para marcharse a la cafetería en la que trabaja. La mayoría de los alimentos provienen de la granja, pero hay cosas que necesitan comprar, para ello el salario del menor. Se marcha a Lima Bean a las 8:30, su turno como mesero comienza media hora después. Hace unos meses, trabajaba con un rostro sereno, amable. Hasta que al comienzo de la tarde, un castaño arribaba, de ojos azules y contagiosa sonrisa; con amigas o solo. Pero con una puntualidad digna de un reloj suizo. Por lo general Sheep se acercaba a mirarle, nunca le atendió. Pero siempre estuvo pendiente de su voz gestos. Siempre. Ahora que lo tiene, allí, con él, cómo debe de estar. Puede reconocer los pequeños detalles que su visión le escondían. Las muy –pero- muy pequeñas pecas que tiene en la nariz y debajo de los ojos, que antes ocultaba con maquillaje; la delgadez de sus labios, siempre rosados.
Ese día, canta mientras hace los tres diferentes desayunos. Tostadas francesas para él, ensalada de frutas para Kurt y arenques* con huevo para Sebastian. Todo acompañado de zumo de naranja.
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Kurt despierta todas las mañanas a la misma hora: a las 5:30, secuela de los años de escuela. Mira fijamente el techo, hasta que una hora y media después la puerta es tocada tres veces, Kurt sabe que debe de ponerse la venda, para la entrada de él. A su marcha, Hummel retira el lienzo de sus ojos y continua viendo el techo, la mancha de humedad que se encuentra arriba de su cama.
o.O.o
Kurt está sentado a lo indio, sus piernas duelen pero por primera vez en bastante tiempo es por gusto. Su espalda se encuentra entre las piernas abiertas de un joven. Hummel sentado a los pies de la cama viendo un repetido musical, su cabello bajo las atentas caricias de una paciente y temblorosa mano.
Han pasado dos meses.
Ahora ve musicales todos los días, la colección de su habitación comienza a extenderse de forma casi alarmante. Quizá incluso tan alarmante como es su nuevo comportamiento. Cada tarde, casi de una forma ceremoniosa se abre la puerta de una forma rápida e impaciente, él entra y Kurt de manera momentánea y voluntaria se cubre con la venda los ojos. Es colocada una cinta en el reproductor y es inducido a una posición, él siempre se encontrará detrás. Estás posiciones varían, pero siempre hay dos reglas: no puede verle ni quitarse la venda hasta que el otro lo diga o se haya marchado.
Las caricias son gratificantes, deseadas. En ocasiones se entrelazan con pequeños besos de mariposa; por su nuca, cuello y hombros, Sheep cierra los ojos por placer, los ojos de Kurt nunca se mantienen abiertos.
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Kurt cree que las visitas del otro sujeto se han terminado, no es que le extrañe, pero de alguna forma sin los golpes se siente seguro, y hasta cierto tiempo espera, ahora las otras visitas, las de él.
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Sheep se encuentra acostado boca abajo con tan solo una sábana cubriendo su espalda baja, Sebastian le mira dormir mientras fuma apoyado en el alfeizar de madera, su hermano suspira y Sebastian apoya el cigarro aun encendido en la piel del interior de su propio antebrazo, sonríe ante el dolor y el sonido del su piel al ser quemada.
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Acostados mirando fijamente la pantalla del televisor, en el Cristine canta al ángel de la música mirándose en el espejo del camarín. Kurt hace las voces femeninas y Sheep las masculinas, ambos con bastante armonía.
—En ocasiones me siento como Cristine. —la voz de Kurt es un susurro desde su encierro.
El hermano de Sebastian espera que continúe, sus manos detienen la caricia en su espalda.
—Solo yo puedo verte, encerrado. Nadie sabe de ti y soy tu prisionero. — Los ojos de su acompañante arden de furia ante la última palabra.
De forma brusca salta de la cama y azota la puerta. Kurt escucha la llave al ser girada y lágrimas tibias recorren sus mejillas. Está solo otra vez.
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Una semana.
Kurt no puede decir que le hayan quitado sus "privilegios", ahora se mantiene ante un retroceso, él no habla. No hay abrazos y delicados besos, estos últimos a los que se ha hecho dependiente.
—Lo siento. —En una frase tan corta su voz se quiebra. Su garganta se cierra y el aire se queda atrapado, comprimido.
Él se acerca con pasos, lentos, casi suaves. Toma su rostro vendado y sobre está besa tiernamente sus ojos antes de hacerlo en su frente.
—Te amo igual que Erik** y sólo deseo protegerte, cuidarte. — Besa su mentón— Eres mío.
Ante esto Kurt se estremece y no por temor. Ahora nada es por miedo.
* Un tipo de pez.
** Nombre del fantasma de la ópera.
