PERDIDOS PARTE 2

La cara de Thorin se había congelado perpetuamente en un ceño de preocupación. Durante el primer día de marcha se había agotado, fueron horas forzadas hasta que se quedaron en la oscuridad y tuvieron que armar un campamento casi a tientas. Itariel se sentía cansada, lo cual era casi algo inusitado. Aunque ya lo había sentido antes, cuando Idris era pequeña y se enfermaba, los médicos de su padre le aseguraban que no era nada, que con cuidados simples saldría del problema; pero ella sentía una opresión en su corazón cuando la veía con fiebre y no podía más que llorar para expresarle su malestar. Eran momentos en lo que un cansancio extraño se adentraba en ella y no podía superarlo hasta que la veía sana. Por eso entendía la cara de Thorin, entendía que tuviera miedo, de que alguno de sus sobrinos se hubiera caído o se hubieran lastimado o algo o alguien los encontrara y los hiriera. Eran tantas las posibilidades que le dolía cada parte de su cuerpo y el cansancio volvía a caerle en las piernas y en los brazos.

Itariel se dejó caer un poco lejos de la fogata que los enanos hicieron y cerró los ojos. Thorin la vio mover los labios, como si dijera una plegaria. La elfa parecía al borde de la histeria. Sus ojos, durante todo el día, miraban cada detalle del camino, buscando algo que indicara que los niños habían pasado por el lugar. Pero no había nada, estaban siguiendo la corazonada de Dís porque no tenían otra opción.

Cuando finalmente los guerreros enanos se durmieron, Thorin no estaban seguro de que la elfa estuviera despierta, parecía dormida, a pesar de los ojos abiertos, llevaba horas sin moverse. Él no podría dormir aunque quisiera así que estaba haciendo guardia. Todo estaba tranquilo y los sonidos de la noche eran constantes y normales. Fue cuando se dio tiempo para pensar. Pensar en sus dos sobrinos tan fuera de la sensatez, unos niñitos apenas que no sabían de los horrores del mundo. Unos niñitos que a pesar de eso, eran la luz de su casa y la razón de su existencia. Sin ellos, hace mucho que se habría quedado sin razones para vivir un día más. Pero la verdad era que a pesar de ellos, a veces le faltaban ganas para vivir un día más. Y la verdad más importante era que, desde el día en que conoció a Idris en la forja, no le costaba vivir un día más, aunque solamente fuera para verla de lejos, jugando con sus sobrinos. Le costaba admitir semejante verdad, porque ella era una niña pequeña, y no se podía permitir semejantes sentimientos hacia una niña de esa edad.

El siguiente día fue todavía más exigente, prácticamente no se dieron descanso y no comieron hasta que la noche los atrapó una vez más. Los enanos no se quejaron, sabían la importancia de encontrar a los niños y la desesperación de Thorin. Lo que era como una sorpresa era ver a la elfa cerrar los ojos, pasarse la mano por la parte de atrás del cuello y masajearse las piernas. En el fondo de su mente para Thorin, ese tipo de manifestaciones de debilidad, no eran propias de ellos. Se quedó meditando un rato sobre la palabra que uso para definirlo, debilidad. Era muy poco probable definir a la elfa como débil, pero lo que veía en ella no era algo a lo que estuviera acostumbrado.

-Tu preocupación es evidente elfa. –dijo finalmente él después de considerar si tendría ventajas el iniciar una conversación con ella. Itariel lo miró intrigada, no pensaba que el poderoso principito enano (como ella pensaba de él) quisiera siquiera cruzar dos palabras con ella.

-Sí, es evidente. –respondió ella, no sabiendo si ella deseaba iniciar una conversación o mejor terminarla con su respuesta obvia. Pero al ver a Thorin a los ojos, notó le enorme tensión acumulada en el rostro y como la marcha forzada hacia estragos en el no tan joven enano.- Idris ha estado la vida entera conmigo, es más mi hija que hija de su madre y no me puedo imaginar el hecho de que este lejos y sin que yo sepa en qué condiciones se encuentra.

-La dejaste sola también para regresar a tu hogar.-dijo Thorin pensando en las semanas que había pasado Idris viviendo con su hermana. Esas semanas donde parecía que ya era de la familia, esas semanas dónde el parecía que no le importaba que ella estuviera, pero en la único que podía pensar era en sus ojos y en la imagen que fue tan clara ante él, donde la veía como una mujer, siendo impensablemente hermosa.

-A dónde regresé no es mi hogar, ahí vive mi padre y mi hermano pero mi hogar esta dónde quiera que este Idris. Eso es algo que entendí hace mucho. –Itariel respondió sin siquiera pensar en la tremendamente cargadas de emoción que estaban sus palabras y en lo poco común que era que un elfo dijera algo tan directo y sincero. Se le escapó una sonrisa al pensar en su padre y en lo escandalizado que siempre estaba cuando la veía en compañía de la bebé. La manera en que la abrazaba y jugaba con el pedacito de niña era algo que consideraba antinatural.

-Dices que la quieres más que su propia madre, ¿cómo es eso posible? –preguntó Thorin visiblemente impactado por la manera en que se expresaba la elfa.

-Sus padres la esperaban con mil promesas pero cuando se dieron cuenta de que había nacido una niña, olvidaron que debían amarla. –dijo la elfa y Thorin sintió una punzada de dolor. Para un enano una niña era algo extremadamente valioso, puesto que cada vez se veía nacer a menos niñas entre su raza.- Yo estaba ahí, la madre la tomó en sus brazos y tras un instante, y después de la enojada salida de las habitaciones del padre, se la pasó a una de las comadronas y no quiso saber más de ella. Fue cuando yo, después de unos días en los que ninguno de los padres hizo nada por verla, me la lleve. Debo decirte que a ellos no se les ocurrió buscarla hasta que tuvieron la impresionante idea de mandarla a criarse a Gondor, para que creciera al lado del hijo del Senescal.

-Esperando a que creciera y se casara con el Senescal. –dijo Thorin para quien no era raro este tipo de maquinaciones. Seguramente para la elfa tampoco lo era, aunque creía recordar que muchos elfos se casaban por amor, aún entre la realeza. Porque había algo en ella que le recordaba un rey elfo pero no se lo iba a preguntar porque no quería saber la respuesta.

-Eso fue algo que no pensaba permitir. –dijo ella y de nuevo, dejo escapar una sonrisa, pensando en los días que pasó con Idris en Mirkwood, durmiendo a su lado, dándole de comer, vistiéndola, enseñándole a caminar. Días y días de risas y amor, algo que no tenía al lado de su familia. No podía decir que su hermano fuera malo, pero era bastante más grande que él y era el príncipe, el más grande tesoro de su padre. Cuando podía, estaba a su lado y le demostraba un amor tierno hacia su hermanita, pero esos días eran muy pocos. Ella era una princesa, sí, pero no era considerada de utilidad. Como decía Thorin, algún día se casaría y tendría suerte de hacerlo por amor. En los días que vivía, no había con que reino forjar alguna alianza, no había algún príncipe con el cual prometerla. Tal vez con Rivendell, pero eso no tenía mucho sentido, lo más probable era que fuera enviada a las tierras imperecederas y en vez de languidecer en el bosque.

-¿Por qué? –preguntó simplemente Thorin. Cada palabra y cada sentimiento aflorado en el rostro de la elfa lo sorprendía, quería saber más sobre todo eso, quería saber más sobre Idris.

-Tal vez no lo sepas, no sé cuánto te haya dicho ella sobre si misma; pero Idris es parte de una línea muy antigua de reyes de los hombres que se extiende hasta Númenor. –dijo ella y Thorin reprimió un sonido de asombro. Itariel se permitió sonreír abiertamente, parecía que el enano no sabía a quién había recibido bajo su techo.- Cuando nació ella, esperaban al heredero de Isildur pero al nacer niña, no la consideraron así. Lo cual, es finalmente lo mismo que me sucedió a mí, hasta el momento que nació mi hermano, mi padre se consideró sin heredero.

Thorin no pudo evitar esta vez emitir una especia de suspiro asombrado. Era entonces cierto que ella era hija del rey elfo, ese al que mejor no le ponía nombre para no sentir rabia. Una hija que no existía porque no era un hijo.

-Así que sus padres solo la querían como pieza para perpetuar un linaje pero tú la quería de verdad. –dijo Thorin y esta vez Itariel a pesar de permanecer con la sonrisa en los labios, derramo lágrimas de tristeza.

-Lo has expresado a la perfección. –dijo ella.- Así como presiento que la quieren tus sobrinos y tu hermana y tal vez, tú.

Las palabras de la elfa fueron directo a la herida que un amor tan inapropiado le estaba causando en el corazón. Quiso bajar la mirada y esconder la turbación que ello le provocaba pero fue algo tarde, la elfa había visto la confirmación de lo que suponía. Tuvo miedo, por un segundo pensó que al encontrar a los niños, lo siguiente que haría la elfa sería irse, poner distancia con él y evitar a toda costa que se le acercara. Pero no era necesario, jamás dejaría que algo tan horrible sucediera, tal vez tendría que explicarle que podía haberla amado desde el segundo exacto que la vio pero que no haría nada más.

-No pongas esa cara. –dijo la elfa en un tono de broma que Thorin no pensó escuchar.- Por lo que veo prácticamente no sabes nada de Idris.

Thorin levantó la mirada y la elfa prácticamente suprimió una carcajada, ¿qué expresión miserable tenía él ahora?

-Si supieras más de ella o le preguntaras sobre sus sueños, sabrías que aunque tiene casi 7 años, ella vivió y murió en Númenor. –dijo y se deleitó en el rostro asombrado de Thorin, el principito enano era una fuente interminable de incredulidad.- Su espíritu quedo truncado y atrapado en la violencia de ese día pero algo le ha permitido estar de nuevo entre nosotros, viviendo, algo la ha liberado de su no existencia. Y, ella cree que ese algo, eres tú.

Thorin estaba sin palabras. Claro que sabía de la desgracia de Númenor, una destrucción tan horrible que podía compararse con su propia tragedia. Los pocos sobrevivientes se convirtieron en reyes en estas tierras pero eran ahora tan pocos que muchos los consideraban desaparecidos. Pero pensar en alguien que no sobrevivió a aquello y que ahora estuviera viviendo nuevamente era imposible.

-Desde que puede hablar me ha contado los sueños, descripciones tremendas de destrucción. También de la vida antes de la destrucción y de la vida después, donde muchos espíritus quedaron atrapados y paralizados, imposibilitados para ir más allá. De repente, me contó otro sueño, de una Montaña llena de fuego y del horror de la muerte que trajo un dragón. Lo que me contó me lo contó mi padre y fue cuando supe que esa horrenda tragedia la liberó. Tal vez no sólo a ella pero su espíritu fue atraído de nuevo por la sangre de su raza, de los hombres de Númenor. Por eso, años después (aunque para los espíritus qué trascendencia puede tener unos años), nació en seno de la sangre más pura que queda de los Númenorianos, los herederos de Isildur.

-Quienes la rechazaron. –dijo Thorin sin poder creer que el día en que inició su pesadilla fuera también el día que comenzó la nueva vida de Idris, aunque tardara bastante más en nacer por segunda vez. ¿Era realmente eso posible?

-Por eso estamos ahora aquí, tengo que decir que no me sorprende pero si me asusta. –dijo ella y el enano no pudo más que esperar a que siguiera hablando.- Ella soñó con conocerte cientos de veces pero hay otros sueños, que hacen que se despierte en el terror supremo pero que no puede recordar. Todo lo que ha pasado, que ya no se puede modificar, lo recuerda a la perfección. Pero esos sueños que la aterrorizan no los puede recordar. Así que eso me asusta, que el futuro nos tenga algo horrible y que todo dependa de su vida, al lado de tu familia y por supuesto, de ti.

No pudo decir nada, la conversación entera con la elfa fue más de lo que jamás podría haber imaginado. Todas y cada una de sus palabras las podría recordar por años, grabadas en su mente. Pero ahora sólo podía pensar que fuera lo que fuera a pasar, él deseaba con toda su alma protegerla.

Al cuarto día llegaron a los ruinas de Nogrod pero justo al caer la tarde y no pudieron aventurarse más allá, era peligroso intentarlo sin luz. Al amanecer comenzaron a explorar pero se dieron cuenta de que el antiguo reino enano no era más que un montón de piedras, ahora no había manera de entrar en la montaña o siquiera abrirse paso por alguno de los túneles. Así que tuvieron que caminar entre los escombros que ahora eran parte de la montaña y de la vegetación para avanzar penosamente. Y, de repente, del otro lado del bosque, vieron una estela de humo. Thorin e Itariel sonrieron abiertamente.

Cuando finalmente los pudieron encontrar, los tres niños los esperaban sonriendo, en los escalones de las ruinas enanas, parte de una de tantas entradas. Idris corrió a abrazar a Itariel con todo el amor que sabía que sentía por ella. Itariel comprendió que no había marcha atrás cuando vio cómo se reunían los enanos, un abrazo seguido de varios golpes en la cabeza. Idris corrió a abrazar a los que ahora consideraba sus hermanos, ambos niños la acogieron enseguida. Era obvio que los enanos le tenían más que cariño, que la consideraban parte de su familia y que ella necesitaba desesperadamente de eso. No era sólo un lugar estable para vivir, sino el amor de alguien que pudiera demostrarlo abiertamente. Itariel no era alguien que demostrara su amor pero esperaba que fuera lo suficientemente fuerte para que no hubiera duda de que amaba a esa niña como si fuera su hija.

Así que cedió y en cuestión de semanas, se había mudado a la ciudad enana subterránea de las montañas azules. Impensable, una elfa del Bosque Oscuro viviendo entre los exiliados de Erebor. A su padre podría no causarle mucha gracia.