Cuando Teresa Lisbon despertó por la mañana, deseó no recordar el desliz de la noche anterior, pero, por desgracia, lo recordaba todo…cómo entró en el piso tirada de la mano de aquel hombre al que prácticamente acababa de conocer, del que no sabía nada, y que, afortunadamente, no estaba en aquella habitación mientras ella se tapaba hasta la frente, soltaba algunas maldiciones por su absurdo y estúpido comportamiento y comenzaba a buscar su ropa interior por toda la habitación.
Tras localizar sus braguitas negras a juego con su sujetador deportivo nada sexy, arregló un poco su pelo frente al espejo y salió de la habitación, tan vestida y tan desapasionada como había entrado.
El señor Jane, no estaba en ninguna parte y por lo que ella sabía no tenía trabajo al que acudir cada mañana. Pero no estaba allí. Por suerte.
Aquello había estado mal. No era para nada una conducta apropiada, y ella lo sabía, no porque una mujer no pudiera tener una aventura de una noche con un hombre atractivo a la par que atormentado al que acababa de conocer, sino por ella, por su trabajo, porque no era sólo Teresa Lisbon, porque era la agente Teresa Lisbon, y él, Patrick Jane, aún era sospechoso del asesinato en el que ella trabajaba. No era para nada profesional, y podía destrozar su carrera.
"Dios Santo, Teresa ¿qué has hecho?" se dijo a sí misma.
Un café camino al trabajo y el trayecto en coche con las ventanillas bajadas no disiparon sus oscuros pensamientos. Se sentía extrañamente liberada por aquel acto casual y no negaría que había sido en parte divertido y excitante, pero sabía las consecuencias que ello conllevaría si alguien, sus superiores en especial, se enteraban.
Por una vez se había dejado llevar. Había sido espontánea, impulsiva, dejándose llevar por la pasión, pero al final del día volvía a ser la Teresa de siempre y ya se arrepentía. Lanzó un gruñido, gimió, volvió a mirarse al espejo haciendo una mueca. Lo que había pasado no tenía nada de malo, excepto por el hecho de que había roto todas las normas, tanto las de su profesión como sus normas personales.
La solución era fácil. Aquello no se repetiría…"Nunca, jamás", de modo que nadie tenía que enterarse. No tenía importancia si nadie lo sabía. Y no sería ella quien lo contara…"Nunca, jamás", se repitió.
Cuando llegó todo parecía normal. Todo, menos ella, que daba un salto, asustada, incómoda y nerviosa cada vez que alguien se le acercaba. Reaccionó de forma extraña cuando Bosco la invitó al puesto de café de la esquina y se puso a la defensiva cuando Lucas le gastó una broma en la oficina. Pero nada relacionado con su última metedura de pata.
El día terminó sin incidencias y volvió a casa. Tras poner un poco de música, y recalentar unas sobras de pasta se dejó caer en el sillón, suspirando de alivio. Aspiró lo que parecía ser todo el aire del planeta. Había estado tan nerviosa y tan tensa todo el día que casi ni había respirado. Y pensó que después de aquello podría estar tranquila. No sabía cuánta equivocación había en aquel pensamiento.
OoOoO
En los siguientes días no volvió a saber de Jane y nada cambió. El viernes, al llegar al ascensor del edificio, sintió una punzada que la alertó. Al pasar por delante de una de las salas vio a Patrick Jane salir acompañado de uno de los detectives de homicidios, y fue entonces cuando supo que las cosas no irían bien. Pasó por delante sin detenerse pero no pudo evitar mirarlo un instante antes de alejarse. Él le devolvió la mirada y sus labios se curvaron dibujando algo parecido a una sonrisa, un gesto especial, ella lo captó. Rápidamente se alejó de allí, antes de que algún otro gesto delatara la intimidad que había habido entre ellos.
A media tarde, antes incluso de acabar su jornada laboral, su jefe abrió la puerta de su despacho, asomó medio cuerpo y la llamó.
"Teresa, ven un momento, por favor" fue lo único que dijo. Ella entró. Podía notar que algo iba mal, no sabía si era su nerviosismo o el hecho de que su jefe parecía saber todo lo que ella estaba pensando lo que la hacía temer lo peor.
Él cerró la puerta tras ella y se sentó en su lado del escritorio.
-¿Ocurre algo? – se atrevió a decir.
Se había anticipado, pero es que el silencio la estaba matando. Lentamente.
-Sí, Teresa, ocurre – le dijo, tan serio que podía desintegrarla con enfado - ¿Puedes explicarme que hacías en casa de uno de los principales sospechosos del asesinato de Claymor Banks, más conocido como John el Rojo?
Podía notar como su cara perdía totalmente el color, volviéndose del color de la cera, y sus ojos se abrían como platos ante aquella declaración. Carraspeó y abrió la boca, pero ningún sonido salió.
-Yo…- se aclaró la garganta, dando tiempo a su cerebro a encontrar las palabras adecuadas. No quería descubrirse diciendo más de lo que él sabía – le llevé a su casa después de que prestara declaración el lunes. Te lo dije ¿recuerdas?
-Sí, recuerdo cuando dijiste que le llevarías a su casa después de que le diera aquella especie de desmayo, tras declarar durante horas y, a pesar de que no tenías por qué hacerlo, te lo permití porque eres amable y pensé que era como una especie de gesto cordial, porque no puedes resistirte a ayudar a la gente.
Aquello era cierto. Aún ella misma no conseguía entender qué le había pasado para dar ese paso. De cualquier forma, al ver a Patrick Jane de aquella forma, cansado y desolado tras horas de interrogatorio, le había llevado a casa diciéndole a Bosco que le había dado una fatiga.
-Es mi trabajo… ¿no? – contestó temerosa.
-Pero hiciste más que eso…
-No sé…- Intentó hablar sin saber realmente lo que iba a decir. Ella no sabía qué información tenía Bosco y tampoco estaba muy segura de las respuestas que darle.
-Oh, pensé que eras más lista que eso. Oímos excusas así todos los días.
-No soy una criminal ¿te ocurre algo?
-Sí, definitivamente ocurre algo – abrió el cajón superior del escritorio y sacó una carpeta con el emblema del departamento, la puso frente a ella y señaló con la cabeza para que la abriera.
La joven agente contuvo la respiración mirando hacia la carpeta, luego miró a su jefe que la observaba atentamente en busca de una reacción, y otra vez a la carpeta. Con manos sudorosas la abrió. Dentro había algunas fotos. Todas eran de Patrick Jane, entrando y saliendo, de lo que parecía la puerta de su casa y las fotos parecían estar sacadas desde la acera de enfrente, a unos metros de distancia. Siguió pasando unas cinco o seis fotos, todas muy parecidas, hasta que llegó a una serie de fotos de ella. Estaba entrando el lunes por la tarde en casa de Jane, y saliendo al día siguiente, al amanecer. No dijo nada. No podía.
Su boca era incapaz de emitir sonido y su cerebro se había paralizado. La foto temblaba entre sus dedos, ella estaba congelada. No sabía si su pobre actuación serviría de algo. Estaba claro que Bosco iba por buen camino.
-Ahora ¿puedes decirme por qué estabas en casa de Patrick Jane durante la noche del lunes al martes? – Bosco esperaba una respuesta. Su cara seguía tan seria que le daba miedo decir cualquier cosa.
-Te lo dije – murmuró con voz temblorosa – Le llevé a casa.
-Teresa, ¿vas a seguir aguantando esa versión? – Tenía el ceño fruncido, la miraba como si no la conociera - Vuelve a mirar las fotos.
Bosco tomó las fotos furiosamente y las colocó delante de ella, una tras otra, con movimientos bruscos. Jane entrando en casa, ella yendo detrás de él, él saliendo temprano, y ella poco después tomando su coche. Estaba claro.
Mientras hablaba golpeaba cada una de las fotos con un dedo.
-Esta eres tú entrando en casa del sospechoso – señaló la foto – y esta eres tú saliendo de esa misma casa a la mañana siguiente. Explícamelo, porque no lo entiendo…
Soltó una fuerte respiración a la vez que se dejaba caer en el respaldo del asiento sin dejar de mirarla.
-Eres una novata todavía, pero de sobra conoces las reglas. Sabes que no puedes tener contacto más del estrictamente profesional con los sospechosos o testigos de un caso y mucho menos pasar la noche en casa de uno de ellos.
-No es lo que crees… - dijo avergonzada.
-¿Y qué es? –Preguntó. Y no era una pregunta retórica. Esperaba respuesta, o más bien, esperaba que de alguna manera pudiera desmentir lo que aquellas fotos decían a gritos.
-Yo…
-Teresa ¿has estado viendo a escondidas al sospechoso de una investigación en curso?
-No.
-¿Entonces?
-Yo…fui a devolverle el teléfono móvil y …
-Dios, te has acostado con él… - Teresa vio cómo Bosco cerraba los ojos con enfado y decepción, tomaba una profunda respiración y giraba la cabeza evitando mirarla. La hacía sentir como una puta. Ella no había hecho nada malo. Y sin embargo se sentía horriblemente culpable. Había decepcionado a Samuel Bosco.
-Samuel, yo…lo siento, yo no… - entonces él la fulminó con la mirada.
-Deberías callarte si sabes lo que te conviene, Teresa.
-No he hecho nada malo – Se defendió tajante. El orgullo se apoderaba de ella mientras veía cómo su jefe, al que consideraba una figura a seguir, la trataba con tal condescendencia.
-¡Joder! ¿Cómo que no? Estás involucrada sentimentalmente con un sospechoso ¡de asesinato, Teresa! Si eso no es malo, no se qué lo es – Samuel Bosco estaba tan decepcionado, tan dolido, tan traicionado… - Tal vez no sea malo para él pero definitivamente lo es para ti.
-No estoy involucrada de ninguna manera – espetó.
-Esto destrozará tu carrera – le gritó. Suerte que ya no había mucha gente en el edificio porque podía haber jurado que el grito se había oído hasta en la China – Eres una buena policía. ¿Qué demonios te ha empujado a hacer semejante estupidez? No, no me lo digas…Él es apuesto y caballeroso, y además tiene todo ese rollo de su mujer y su hija, el pobre. Lo entiendo. Pero ¿tú, Teresa? De todas las personas que hay en el mundo, en San Francisco, en este edificio, ¿tenías que hacerlo? Jugarte la carrera así… ¿Es que no has aprendido nada?
-Bosco…- empezaba a estar harta. Se sentía mal, lo sabía, la había fastidiado pero Bosco se estaba pasando de la raya. No quería que la hiciera sentir así.
-No, Lisbon, maldita sea. Eres una inconsciente y tienes suerte de que los agentes que hicieron las fotos no son más que unos novatos a los que he podido convencer de que estabas allí por una razón, por orden mía, a pesar de la cara de imbécil que se me quedó cuando las vi – sacudió la cabeza.
-¿Qué va a pasar ahora?
-Voy a deshacerme de ellas y nunca, nadie, sabrá lo que has hecho ¿entendido? Si lo dices no sólo te juegas tu cuello sino el mío también. Si los superiores se enteraran de esto nos crucificarían.
-Lo sé, y lo siento. Sabes que no tienes que hacer nada con lo que no te sientas cómodo, Bosco. No es necesario que ocultes esas fotos.
-Deberías irte, agente Lisbon. Creo que sobra decir que quedas apartada del caso desde este mismo momento. No te necesitaré de momento. Nos vemos el lunes – apartó la mirada de ella y no dijo nada más.
Odiaba ver aquella nota de decepción en su cara. Su jefe, su amigo y mentor, decepcionado hasta límites que no alcanzaba a ver, tanto que ni siquiera quería mirarla a los ojos, la apartaba de su lado.
Ella se marchó. Y mientras se alejaba no pudo evitar dar una última mirada atrás. Samuel Bosco seguía en la misma posición, el sillón giratorio casi había dado la vuelta, su barbilla descansando sobre su mano derecha y su cabeza nuevamente haciendo señales de negación con los ojos cerrados, como si lo que acababa de descubrir no sólo fuera increíble, sino imperdonable.
OoO
