Resumen: Hermione creía que sus problemas habían acabo al terminar la Guerra. Se equivocaba. Sus problemas acababan de empezar: un viaje al pasado, un Lord Voldemort de 17 años, y unos sentimientos fuera de lugar... HGxTR
Advertencias: Spoilers de toda la saga, ya que tiene lugar después del séptimo libro.
Modificaciones del escrito original: Ignoro completamente el capítulo de 19 años después. A parte de esto, todo es prácticamente igual. Parto del último capítulo del último libro.
Disclaimer: Obviamente no soy J., por lo que estos personajes que manipulo no me pertenecen.
Agradezco mucho los comentarios recibidos, espero que sigáis disfrutando del fic. Creo que el anterior capítulo gustó bastante, y tengo la sensación de que éste os gustará todavía más… Corregidme si estoy equivocada. Leed, disfrutad y comentad!
En el nido de la serpiente.
Capítulo cuatro. El estúpido baile.
Hermione se miró al espejo de nuevo, insatisfecha. No conseguía controlar su pelo, a pesar de las grandes cantidades de poción alisadora que había utilizado. Parecía que las pociones de 1945 no eran tan eficaces como las de 1995… Frustrada, salió del baño y entró en la habitación.
–¿Todavía no está listo ese pelo, Hermione? –se exasperó Samantha, sosteniendo el vestido. Hermione le dirigió una mirada que podría acallar a un trol.
Estúpido, estúpido baile.
–¿Tiene pinta de estar listo? –respondió, colérica.
Samantha negó con la cabeza y la arrastró de nuevo hacia el baño.
–No dejaré de peinarte hasta que ni un solo maldito pelo se salga del sitio en el que YO quiera que esté –aseguró, sentándola en un taburete y cogiendo fijador con ambas manos.
–¡No quiero que mi cabeza parezca un casco, Sam! No te pases con la laca –pidió.
–¿Qué es "laca"? –preguntó, confundida, embadurnándola con el menjunje.
–Nada, nada, una cosa francesa… –respondió ella, mirando su propio pelo con preocupación –. ¿No va a quedar viscoso?
–¿Viscoso? No, no –respondió ella, risueña –. En unos segundos dejará tu pelo suave, sedoso y manipulable –aseguró.
–¿En serio? ¿Y por qué no has empezado por aquí? –preguntó, cogiendo el bote que Samantha había usado.
–Oh, bueno… Es que hice esto yo misma, ¿sabes? Y… todavía no lo he probado con nadie –confesó, masajeando su cuero cabelludo.
–Dime que es una broma –pidió, levantándose de golpe –. Dímelo, Sam –ordenó, apuntándola con el dedo.
–Oh, vamos, Mione… ¡Vas a quedar perfecta! Confía en mí –aseguró –, nunca me ha fallado ninguna de mis pociones –afirmó, obligándola a sentarse de nuevo. Hermione no tenía por qué saber que aquella era la primera que probaba…
–¡Hola chicas! –saludó Nathalie, desde lejos –. ¿Sabéis a quién ha invitado al baile Davies? –ante las interrogativas miradas de sus compañeras, añadió –, a Abercrombie.
Hermione asintió, sin tener idea alguna de quién era esa tal Abercrombie. Pero, por lo visto, Samantha lo encontró un cotilleo digno de tanta atención como el de Hermione – Riddle. Nathalie se sentó junto a ellas y ambas repasaron todo lo que sabían acerca de la chica. Hermione entornó los ojos, pero, al fin y al cabo, también ella echaba de menos las banales charlas de Parvati y Lavender.
Cuando Samantha hubo terminado satisfactoriamente con su pelo, se alejó de ella y observó su obra de arte. Dándole el visto bueno, fue corriendo a buscar el vestido. Hermione se lo puso y comprobó que le quedaba grande de los hombros y era demasiado escotado. Nada que una bruja como ella no pudiera arreglar con unos toques de varita delante de espejo.
Cuando terminó se sintió satisfecha, y los gritos de sus nuevas amigas corroboraron lo que ya se imaginaba: estaba perfecta. El vestido se ajustaba a su piel como si hubiera sido diseñado para que ella lo llevara (cosa que tenía su punto de cierta, puesto que lo había retocado). Se aferraba detrás de su cuello con dos gruesas tiras de tela, dejando un espacio en forma de corazón entre ellas. El escote era sensual, pero para nada exagerado. Su espalda estaba al descubierto y, desde las caderas, se iniciaba una falda en forma de campana, formada por diversos pliegues irregulares. "No está mal, no" aprobó, sonriendo. Aquella noche iba a estar guapa, aunque fuera para Riddle.
Bajó las escaleras de delante del Gran Salón, sintiéndose como aquella vez en que había asistido a un baile de la mano de Viktor Krum: guapa. Al fin y al cabo, era agradable olvidarse de los estudios, las notas y las preocupaciones y ser simplemente Hermione Granger, una chica más.
En el pasillo, distraídamente apoyado en la pared, la esperaba Tom Riddle. El corazón de Hermione dio un vuelco al verle, y notó como el color le subía a las mejillas. Estaba guapísimo. Había abandonado su apariencia impecable de fría y calculada eficiencia para darse un aire ligeramente despreocupado. Su pelo escapaba en todas direcciones, pero de un modo completamente favorecedor. Vestía una túnica negra con bordados de un color ligeramente más claro. Parecía un príncipe de cuento. "Un príncipe negro" pensó ella, observándole embelesada. Riddle sabía como encandilar a las mujeres. De repente fue consciente de que todo Hogwarts la estaba envidiando en aquél momento.
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Mientras, Tom Riddle, apenas consciente de la admiración que despertaba a su alrededor en aquél preciso instante, maldecía por lo bajo su suerte. ¡Maldito Slughorn y su maldita fiesta! Siempre igual… Intentó relajarse, no dejándose dominar por la rabia. Tenía que quedar bien con aquél gordo seboso, era imprescindible… Ningún otro profesor era tan parcial como él, y Tom necesitaba sacar ventaja de aquella parcialidad… sobre todo si quería llegar tan lejos como planeaba llegar. Inspiró profundamente y comprobó la hora de nuevo. ¿Es que las mujeres no podían ser puntuales? Al menos aquella Granger parecía mínimamente decente… Tom experimentó un silencioso escalofrío al recordar el momento en el que le había pedido ir al baile. ¡Él, el mismísimo Lord Voldemort, pidiéndole a una mujer que fuera con él a un estúpido baile! Pero era necesario, desde luego… Al fin y al cabo, mejor Granger que alguna de sus estúpidas y ruidosas admiradoras. Al menos ella parecía capaz de controlarse.
Tom escondió una mueca de disgusto. ¿Por qué tenía la sensación de que Granger era la única persona, con excepción de Dumbledore, claro está, que no se dejaba engañar por sus impecables modales y sus agradables expresiones? ¿Estaba haciendo algo mal? Era comprensible que Dumbledore le tuviera calado, puesto que le había cogido totalmente desprevenido a los once años; le había mostrado demasiado de él mismo.
Sin embargo, ¿Granger? ¿Por qué ella? No tenía sentido alguno. Y, a pesar de sus razonamientos, notaba como Granger se mantenía a una cierta distancia, le hablaba con mucho cuidado, como si tuviera miedo de decir algo equivocado, y alguna vez la había descubierto echándole miradas asustadizas.
En aquél castillo sólo había seis personas que supieran que Tom Riddle no era quién aparentaba ser: Avery, Lestrange, Rosier, Mulciber, Nott y Dumbledore. Todos ellos le habían conocido durante mucho tiempo. A los cinco primeros él mismo les había dejado ver una parte de cómo realmente era y, aparte de lo que él permitía que supieran, no sospechaban nada más. Dumbledore era el único que, quizás, le conocía realmente… Pero, ¿qué pintaba Granger en aquella compleja ecuación? En un maldito mes y medio no podía haber descubierto nada importante…
Perdió el hilo de sus pensamientos cuando aumentó el murmullo de la gente a su alrededor. Levantó la cabeza y vio a Granger dirigiéndose hacia él, sonriendo como una tonta. "Eso está mejor " pensó Tom, plenamente consciente del calculado efecto que causaba en las mujeres "mucho mejor, Granger" decidió ayudarla a acabar de perder la cabeza por él. Se acercó a ella con su mejor sonrisa, hizo una pequeña reverencia y le besó suavemente la mano, casi sin tocarla. A su alrededor se escucharon diversos gritos de "Ooooh", y alguna chica reprochó a su acompañante que no fuera tan galante.
Muy a su pesar tuvo que reconocer que ella estaba mucho más guapa de lo que había esperado. Parecía haber podido dominar su increíble mata de pelo, llevaba un vestido que parecía hecho a medida, y que abrazaba de manera muy agradable su delgada figura. Tom la repasó, con calma, de arriba abajo. Hermione se puso roja en cuestión de segundos. Él sonrió para sus adentros. "Y que fáciles sois de embaucar" pensó, satisfecho.
Le ofreció el brazo, que ella aceptó sin pensar, y se dirigieron a la fiesta de Slughorn. Como era de esperar, la sala estaba repleta de personajes más o menos famosos, los cuales habían sido alumnos de Slughorn. Tom repasó el ambiente, lamentando su suerte. Pero tenía que aguantar, ya faltaba poco…
A su lado, Hermione parecía estar nerviosa. Le miraba cada dos por tres, ruborizada. En cinco minutos, Tom se había cansado de ella. ¿Qué le había hecho pensar que sería diferente? Sólo era una chica un poco rara y sorprendentemente estudiosa. Nada más. Satisfecho con sus conclusiones, se pasó una mano por el pelo y le ofreció un baile a su acompañante. Ella aceptó sin pensárselo.
Se dirigieron a la pista de baile y, una vez en el centro, empezaron a moverse. La canción era tranquila, y la situación les llevó a acercarse mucho, más de los que a ambos les parecía lo ideal. Después de un buen rato de silencio, Hermione habló.
–Oye, Riddle –empezó, con voz neutra –, tengo curiosidad… ¿Por qué me invitaste?
Él no respondió de inmediato, buscando qué palabras usar para contestar algo que no podía responder sinceramente.
–¿Por qué aceptaste mi invitación? –preguntó él, decidiéndose por obviar la pregunta.
Hermione también pareció pensárselo. ¿Acaso sus conversaciones estaban destinadas a ser lentas y enigmáticas?
–Una debe aceptar la mejor oferta –dijo, finalmente, sonriendo con provocación.
–¿Eso crees? –le siguió el juego –, ¿Y cuál era la otra oferta? –preguntó, fingiendo interés.
–¿Te interesa de verdad? –dijo, a su turno, pícara.
–¿Lo preguntaría si no fuera así? –mintió sin preocupaciones.
Ella rió.
–Sí, sí que lo harías –ante la respuesta, Riddle arqueó una ceja –. No voy a aburrirte con algo que no te interesa, Riddle –aseguró, altiva.
No era que ella le comprendiera, pensó, sino más bien que crecía que lo hacía.
–No me aburras entonces –concedió, sonriendo.
–Pero, dime, Riddle –insistió –. ¿Por qué yo?
Tom agachó la cabeza, atrayéndola un poco más hacia su cuerpo. Hermione sentía su respiración en la curva del cuello, y él le susurró sensualmente cerca de la oreja.
–Porque eres preciosa –dijo, finalmente.
Levantó la cabeza, satisfecho. No había una sola mujer en la faz de la Tierra que pudiera resistirse a eso… Sin embargo, se encontró con unos ojos entrecerrados, que lo miraban con sospecha. Ante semejante mirada acusadora, Riddle optó simplemente por el comodín: una inocente sonrisa.
–No sé a qué estás jugando, Tom –comentó, tranquilamente –, pero no me gusta en absoluto.
Riddle sintió como un chispazo le recorría todo el cuerpo. ¿Por qué no funcionaba con ella? ¿Qué había hecho mal? La había escuchado, la había advertido con respecto a Avery, le había prestado un libro, la había invitado a un baile y, aún así, no caía.
–No sé de qué me hablas, Granger –contestó, sin dejar de girar al ritmo de la música, guiándola.
–Riddle, si quieres ir por el mundo engañando a la gente, hazlo –sugirió –, pero no me metas en ello.
–¿Engañando a la gente? Por favor, Granger…–hizo, un poco molesto.
Hermione sólo sonrió y esperó a que terminara la canción para separarse de él y dirigirse a las bebidas.
Riddle bufó, molesto. ¿Cuándo había perdido la práctica? Siguió a Hermione, tratando de esquivar a Slughorn, quién quería presentarle a un tal Rufus Scrimgeour, un payaso cuatro años mayor que él que, según el viejo profesor de pociones, llegaría muy lejos. Cuando por fin alcanzó a su acompañante, se dio cuenta de que estaba hablando con Davies.
–¿Cuántas veces voy a tener que decirte que lo siento? –preguntó ella, con desespero. Riddle decidió observar la escena sin revelar su presencia –. Había olvidado por completo que le había prometido a Riddle que iría con él –intentó explicar.
–¿Cuándo? –inquirió él –. ¿De verdad te lo pidió antes que yo?
–Claro que sí –se defendió ante la acusación –. ¿Por qué, si no, iba a decirle que sí?
Tom arqueó una ceja y sonrió satisfecho. Era imposible que Davies se lo hubiera preguntado más tarde que él mismo. Y luego Granger le preguntaba que a qué jugaba…¿A qué estaba jugando ella?
–No lo sé… Déjame pensar… ¿Quizás porque es el tipo con el que todas las mujeres desearían salir? –preguntó finalmente, exasperado.
Tom se observó en un espejo que había cerca. Debía reconocer que aquella era la frase más acertada que le había oído pronunciar a Davies desde que le conocía.
–Oh, ¡por favor! –pidió ella, poniendo los ojos en blanco –. Te estás comportando como un crío…
–¿Entonces no es cierto? –preguntó él, huraño, pero con palpable angustia en la voz –¿No te mueres por sus huesos tú también?
–¡Claro que no! –exclamó, escandalizada –. Nunca me podría gustar Riddle.
Ante la última afirmación, Tom frunció el ceño, un poco molesto.
–Es… no sé… –siguió ella, incómoda –, tiene algo… oscuro… –afirmó, abrazándose y temblando ligeramente, como si recordara algo particularmente desagradable –. Me da muy mala espina, Robert. Ese chico no es quién aparenta ser…
–¿En serio? –preguntó de nuevo, esta vez sonando patéticamente esperanzado.
Hermione asintió con la cabeza y él, más animado, le vertió jugo de calabaza en la copa, y se enfrascaron en una absurda conversación sobre Quidditch. ¡Por favor! Estúpido Davies… Hablando con la chica que le gusta, y sólo se le ocurre sacar el tema del Quidditch. ¡Granger odiaba aquél absurdo deporte! Se lo había dicho en persona… Y, sin embargo, ahí estaba, escuchando como Davies relataba sus increíbles paradas de la Quaffle y riendo como una tonta.
Fue entonces cuando decidió que Granger, a pesar de lo lista que era, porque no tenía reparos en admitir que era muy lista, seguía siendo una chica. Una vulgar y simple chica. Pensó la última palabra con asco. Aquél era el motivo por el que nunca hablaba con mujeres. Cuatro palabras bonitas, y ya creían que te casarías con ellas…
Se alejó de la parejita de inmediato, y, para su hastío, Slughorn le encontró. Tuvo que pasarse más de media hora escuchando al viejo choco echándole florecillas y al joven melenudo relatando sus aventurillas de auror novato. Aurores… Dales a una pandilla de Gryffindors licencia para matar, y eso es lo que consigues…
–Riddle –le llamó una voz a sus espaldas. Era Granger –, perdone, ¿profesor? –llamó su atención –. ¿Puede llevarme a Tom un segundo? –le pidió, con su mejor voz de niña tonta.
–¡Oh, oh! Señorita Granger –exclamó –. Por supuesto, por supuesto. No hay que privar a los jóvenes de divertirse –afirmó, y le guiñó un ojo a Tom. Éste tuvo un escalofrío.
Cuando se hubieron alejado un poco, Hermione le soltó el brazo y le ofreció un zumo de calabaza. ¿A dónde había ido aquella hostilidad? ¿Qué había con lo de "este chico me da mala espina"?
–¿Qué estás haciendo, Granger? –espetó, molesto y enfurruñado.
–Intentando envenenarte –respondió, con sorna, señalando su bebida –. Oh, vamos, se veía desde lejos que deseabas que alguien te sacara de ahí… –añadió, señalando a Slughorn y a Scrimgeour.
–¿Qué? No se me veía de lejos nada –respondió, asustado, temiendo que sus dotes interpretativas le estuvieran fallando de verdad.
–Sí, sí, sé que Slughorn no se daría cuenta ni que le dijeras que le apesta el aliento –concedió –, pero a mí no me engañas –añadió, simplemente –. Por favor, Riddle –soltó, ante su incrédula mirada –, Rufus Scrimgeour es un pesado. Sólo Slughorn puede aguantarle más de media minuto, y lo hace porque sabe que llegará lejos… Es un pelota –acabó, meneando la cabeza.
–¿Conoces a Scrimgeour? –preguntó, esta vez interesado.
–Bueno… Más o menos… ¡Es un imbécil! –no pudo evitar añadir, recordando lo que le había hecho a Harry durante su penúltimo año en Hogwarts.
Riddle parecía sorprendido ante los brotes de histérica sinceridad de la muchacha.
–¿No estarás bebiendo demasiado, Granger? –preguntó divertido.
–Todavía he de conocer a alguien que se haya emborrachado con zumo de la calabaza –le fulminó con la mirada –, que, por cierto, está asqueroso.
Sí, definitivamente, estaba de un humor de perros. Riddle tuvo que admitir, muy a pesar suyo, que le divertía la compañía de Granger. Le divertía por qué no la comprendía. A veces era sincera, a veces escondía cosas, a veces era exageradamente noble y amable; pero a veces insultaba a los demás sin miedo… Y, por supuesto, estaba el hecho de que podía ver a través suyo.
–Oye, Riddle, en serio… –empezó, dejando su copa en una mesa –. No voy a envenenarte, puedes beber…
–¿Después de ver lo que esto te está haciendo? –rió, dejando él también su bebida –. Ni en broma.
Granger se rió. ¿Por qué tenía una risa tan sincera y agradable? ¿Por qué delante de alguien a quién no soportaba? Pero, al fin y al cabo, tampoco Tom la soportaba a ella…
–No soporto a Slughorn –se sinceró ella, de repente, mirando al hombre con desaprobación.
–¿De veras? Yo lo adoro –apuntó él, con sarcasmo evidente –. Por cierto, me he enterado de que Davies te pidió que fueras al baile con él… antes de que yo te lo pidiera.
No estaba del todo seguro de la última afirmación, pero probaría suerte. Y, al parecer, había dado en el clavo. Hermione se puso roja y, durante unos segundos, no supo donde mirar.
–Bueno… yo… Verás… él…
Totalmente en el clavo.
–¿Es un pesado, un fanfarrón y un fanático del Quidditch? –probó Tom, arqueando una ceja.
Hermione le miró con desaprobación.
–No es cierto –le defendió, pero ante la profunda e interrogante mirada de Riddle, añadió –, no del todo…
Desvió la mirada incómoda, y jugueteó con uno de los rizos que había escapado de su recogido. Tom la observó, y decidió que no perdía nada por intentar embaucar a Granger de nuevo. Lentamente se acercó a su pálido cuello, hasta que ella notó su cálido aliento sobre la sensible piel. Dio un pronunciado respingo, pero fue aferrada por los hombros y Tom depositó un suave beso en él. Bajó los labios, hasta quedar en el hueco entre su cuello y su clavícula y la besó de nuevo, en una caricia sensual, pero nada húmeda. Hermione se estremeció y recorrió la habitación con los ojos, temiendo que alguien los viera.
Tom levantó la cabeza de repente y la observó, claramente divertido, intentando esconder una sonrisa. Hermione se puso roja de golpe, de rabia, de vergüenza y de frustración. Menos mal que el chico se fue en cuestión de segundos, porque estaba a punto de recibir el hechizo mocomurciélago más potente que se hubiera visto jamás.
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Mientras él se iba, sólo pudo articular un silencioso pensamiento "Está jugando conmigo" descubrió, escandalizada "el muy cretino se divierte provocándome estas absurdas sensaciones… ¡Mariposas en el estómago!¡Nudos en la garganta! No soy una maldita quinceañera enamorada" estaba tan sulfurada que ni siquiera vio a Davies haciéndola señas, y salió de un golpe de la habitación "Grandísimo hijo de perra" siguió, sin reprimir sus pensamientos "¿Cómo se atreve a hacerme esto? Oh, cuanto le odio" se dirigió una mano al cuello, inconscientemente. "Tom Morvosc Riddle, ahora sí que estás muerto" afirmó, con determinación, mientras se encaminaba furiosa hacia su dormitorio, solamente oyendo el sonido de sus propios tacones retumbar por los silenciosos pasillos del castillo.
Al llegar tiró los zapatos dentro del baúl con furia, sin pararse a pensar que no eran suyos, se quitó el vestido y lo lanzó sobre la cama de Samantha. Se metió bajo las sábanas, desnuda y echando humo. Le costó mucho dormirse.
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Al amanecer, fue sometida a un largo y arduo interrogatorio por sus dos amigas. Hermione escondió casi todo lo que había pasado y se inventó una no interesante y banal conversación entra ella y Riddle para satisfacer la curiosidad de las chicas.
–¿Y no hubo beso? –preguntó Sam, decepcionada –¿Nada de nada?
Ante la mención del beso, Hermione se sonrojó y no pudo evitar recordar los labios de Riddle recorriendo suavemente su cuello.
–Claro que no –aseguró, de repente muy interesada en las manchitas marrones de la moqueta del suelo.
Samantha resopló con frustración. Sin embargo se levantó y murmuró algo parecido a "bueno, era Tom Riddle…" y se vistió para bajar a desayunar.
Después de dicho desayuno fueron, desganadas, hacia la clase de pociones. Hermione pensó, entre escalofríos, que no tenía ni idea de cómo mirar a Riddle a los ojos y evitar sonrojarse. Sin embargo, al entrar Slughorn ya estaba preparado para empezar la clase, y de muy buen humor, por lo que pudo evitar a Riddle sin demasiados problemas.
–Bien, bien, bien, chicos –empezó, frotándose las manos –, hoy vamos a empezar una poción un poco difícil –anunció, provocando ciertos murmullos de desaprobación, el más audible de ellos el de Samantha, que no soportaba la asignatura –. ¿Quién puede decirme qué es esta poción? –preguntó, y la mano de Hermione se disparó en el aire antes de que sus compañeros se dieron cuenta de que, efectivamente, había poción en un pequeño caldero, delante del aula –Señorita Granger, adelante –permitió él, complacido.
–Es poción multijugos –anunció, satisfecha. Después de la de veces que la había tomado y hecho, era imposible no reconocerla –. Es fácilmente reconocible por su aspecto denso y su textura fangosa, y por las grandes burbujas que se forman lentamente –explicó, satisfecha.
–En efecto, es poción multijugos. Cinco puntos para Gryffindor por tan brillante descripción. Supongo que todos ustedes están familiarizados con los efectos de dicha poción –hubo un murmullo de asentimiento general –. Bien, pues hoy empezaremos a elaborarla.
La mayora de los presentes parecían bastante entusiasmados. Hermione estaba tranquila, puesto que sabía que le saldría a la perfección.
–Puesto que se necesita un mes entero para su correcta elaboración, la intercalaremos con algunas clases teóricas sobre detección de venenos –continuó, matando la anterior euforia –. Instrucciones en la página 45, pueden empezar.
Hermione no se molestó en abrir el libro y fue a buscar los ingredientes que necesitaba. Riddle la siguió. Sorprendida, Hermione recordó que el chico no debía tener dinero suficiente como para comprar sus propios ingredientes. De hecho, también ella estaba pelada como un rata, puesto que aquella no era su época…
Parecía como si hubiera acordado ignorarse mutuamente, porque no se dirigieron la palabra por nada más que un "Granger, ¿me pasas el Antimonio?" y un gesto de asentimiento.
Después de la clase todos estaban bastante mareados por los vapores de las pociones, algunas de ellas más parecidas a veneno viscoso a que a poción multijugos en primera fase. Riddle chocó ligeramente con ella cuando se detuvo para esquivar unos vapores violáceos que daban un poco de miedo. Con el repentino contacto, a ella le llegó el olor de Riddle, y el corazón le se le aceleró. ¿Qué le estaba pasando? Se apartó de él de inmediato y se arriesgó a atravesar la niebla violeta, huyendo. Riddle no la siguió, y dio la vuelta cuidadosamente. Por el olor que desprendió el pelo de Hermione durante todo el día, podemos deducir que Riddle hizo lo correcto.
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Aquella noche llegó el esperado comienzo de los enfrentamientos del Club de Duelo. El horario de los duelos ya estaba colgado en el Gran Comedor, así como un inmenso cartel que relacionaba las diferentes personas apuntadas y el orden en el que pelearían. Hermione observó que su primer adversario era Abraxas Malfoy. Hermione sabía a ciencia cierta que aquél era el nombre del abuelo de Draco Mafloy, puesto que se lo había oído mencionar a él mismo. Genial, se moría de ganas de eliminarle. Se fijó en que, si ganaba, tendría que enfrentarse o a Davies o a Charlus Potter. ¡Potter! Su corazón se aceleró. ¿Acaso era posible? Aquél chico de sexto sería… Hermione, emocionada, volvió a sentarse. Se recordó mentalmente que era mejor no tener relación alguna con Potter, para no influir en ningún aspecto de su relación con la abuela de Harry.
Con tantas ansias esperaba que llegara la noche que el resto del día le pasó volando. Notaba como su mano se aferraba a la varita de vez en cuando, en medio de las clases, de pura anticipación. Samantha le recriminó que estuviera más emocionada por el duelo de lo que lo había estado por el baile.
A pocos minutos de empezar el primero de los duelos del día, Abraxas Malfoy se encargó de recordarle por qué odiaba tanto a los Malfoy. Era tan creído, engreído, petulante y desagradable como su nieto en sus peores momentos. Ella hizo caso omiso de todo lo que le dijo, concentrándose firmemente en lo que iba a pasar a continuación.
Potter y Davies subieron a la mesa. Por supuesto, Davies hizo un pequeño espectáculo de reverencias y poses de victoria, que provocó que Hermione quisiera apartar la mirada. El duelo, sin embargo, fue tan penoso como el preámbulo.
Se notaba que los alumnos de Hogwarts no estaban acostumbrados a batirse en duelo, y entendió porque su propia actuación había causado tanto impacto. ¡Pero qué malos eran! Si no apuntaban bien, no sabían realizar un simple Protego, y las maldiciones que se echaban podrían haber sido repelidas por un niño de cinco años. Hermione se vio forzada a pensar que Avery era un duelista impresionante, en comparación con aquellos dos.
Una vez hubo terminado, fue el turno de Hermione y Malfoy. Ella se ató el pelo en un confortable moño, y se dirigió con paso decidido hacia el medio de la mesa. Él le comunicó que estaba deseando vengar a Avery. Con una sonrisa de su suficiencia, le retó a intentarlo. Espalda contra espalda, esperaron a la señal para empezar a andar en direcciones opuestas y, a los tres pasos, se giraron con decisión.
–¡Tarantallegra! –gritó ella, mientras, instantes después, realizaba un Protego no verbal para rechazar lo que fuera que Malfoy pensaba echarle.
–¡Stupefy! –dijo él, inútilmente, puesto que el segundo hechizo de Hermione lo inutilizó.
Los pies de Malfoy empezaron a moverse solos, marcando el ritmo de la Tarantella, rápido baile italiano. Sonoras risas llenaron el ambiente. Humillado, Malfoy intentó echarle otro hechizo, pero el ritmo de sus pies le desconcentraba y provocaba que perdiera el equilibrio.
–¡Waddiwasi! –dijo Hermione, intentando controlar las risas. Apuntó al libro que una estudiante de tercero llevaba entre los brazos. Dicho objeto salió disparado e impactó contra la cabeza de Malfoy, tumbándole en el suelo. Aún así, fue incapaz de parar de bailar, y, por supuesto, no pudo levantarse.
Dumbledore le liberó del hechizo amablemente y le enseñó a realizar el contrahechizo. Felicitó a Hermione por su brillante, rápida y cómica actuación y le concedió diez puntos a Gryffindor. Todos felicitaron a Hermione, y ella le devolvió el libro a la chica de tercero quién, asustada y admirada, no dejó de mirarla con ojos muy abiertos.
El resto de la noche transcurrió sin emociones, y Hermione se quedó con las ganas de ver a Riddle batirse en duelo con Abercrombie. Al no poder terminar todos los encuentros programados, se dejaron para la semana siguiente.
Sin embargo, Hermione todavía podía esperar con ansias la primera visita a Hogsmeade del año, a primeros de noviembre, es decir, aquél mismo domingo. Se preguntaba si estaría muy cambiado.
La clase de transfiguraciones del viernes le mató el poco humor que le quedaba. Dumbledore, a pesar de ser un excelente profesor, era increíblemente exigente y, cuando les informó de que empezarían con la transfiguración humana, nadie pudo reprimir un gemido ahogado. Ante el gesto, el profesor solo ensanchó su sonrisa y les comunicó que cada año esperaba aquél momento con impaciencia sólo por poder oír un gemido colectivo tan coordinado. Aquello hizo reír a todo el mundo menos a Riddle.
–La transfiguración humana –empezó Dumbledore, y todos cogieron apuntes frenéticamente –, es compleja y peligrosa. Es por eso que he pedido a los aurores Rufus Scrimgeour y Kingsley Shacklebolt que me ayudaran a supervisar la clase y evitar accidentes –todos se giraron para observar a los aludidos.
Hermione estuvo tentada de saludar amigablemente a Kingsley, pero se reprimió. Dumbledore seguía explicando, ignorando que había perdido la atención momentánea de sus alumnos.
–La transfiguración humana de primera clase, que consiste en transfigurar personas en animales, es útil y, aunque compleja, es interesante conocerla. La de segunda clase consiste en la transfiguración de un humano en otro humano, y no es demasiado recomendable. ¿Alguno de ustedes sabe por qué?
Antes de que hubiera acabado de realizar la pregunta, la mano de Hermione ya rascaba el cielo. Dumbledore le pidió que hablara con una sola mirada.
–Porque es extremadamente compleja y peligrosa para el transfigurado, existe la posibilidad de que no sea reversible, ya que se necesita una imagen muy clara de aquello que se quiere transformar –hizo una pausa para respirar, puesto que lo había dicho todo de carrerilla –. No hay un hechizo directo de reversión, así que es necesario realizar la transfiguración dos veces. La de ida, y la de vuelta. Además, es mucho más sencillo realizar correctamente la poción multijugos, que tiene el mismo efecto y no es permanente.
–Excelente como siempre –concedió Dumbledore –, por los motivos que nos ha dado la señorita Granger, no realizaremos esa clase de transfiguración. La de primera clase, sin embargo, es perfectamente reversible. Dicho esto, empezaremos a practicar por parejas. Antes, nuestros amigos aurores harán una pequeña demostración.
Hermione y sus compañeros observaron impresionados como Kingsley convertía a Scimgeour en un furioso león y, posteriormente, lo desconvertía. Animada se giró para empezar a practicar, y recordó que su pareja en aquella clase era nada más y nada menos que Tom Riddle. Éste la recibió con una mirada de desconfianza.
–¿Te importa si empiezo? –preguntó, aunque la respuesta era obvia.
Bajo la atenta mirada de Albus Dumbledore, Riddle sólo pudo asentir. Hermione se concentró y pensó en qué animal podría transfigurar a su compañero. ¿Una serpiente? No, porque, aunque parecía lo ideal, Hermione no las soportaba desde que Nagini casi se la había comido en Godric's Hollow… ¿Un escorpión? ¿Una araña peluda? Delante suyo, Riddle empezaba a impacientarse.
–¿Qué tal si prueba con un pájaro, señorita Granger? –sugirió Dumbledore. Hermione no tenía ni idea de porque lo había dicho, pero aceptó encantada la sugerencia.
Imaginó un gran pájaro de colores vistosos, un poco parecido a un ave Fénix, pero no tan rojo. Movió decididamente la varita y observó como Riddle tenía una cresta de plumas verdes y blancas encima de la cabeza. Éste las observaba, claramente horrorizado. Las risas no tardaron en resonar en toda la clase. Hermioen murmuró un débil "lo siento" ante la mirada furibunda que le echó su compañero.
–Basta –pidió el profesor, y se hizo silencio –. La señorita Granger ha conseguido mucho más que el resto de ustedes –señaló, dando en el clavo. Scrimgeour des transfiguró a Tom en un momento.
Este se preparó para realizar el hechizo, y esta vez Dumbledore le sugirió que probara con un gato. Tom murmuró un simple "No, gracias", y con un movimiento simple, Hermione tenía unos comillos largos y curvados hacia dentro, y toda la piel escamada. Albus se encogió de hombros y siguió aceptando el trabajo de Riddle.
Pronto los intentos de transfiguración dejaron de provocar risas a toda la clase, porque cada intento resultaba en un fallo estrepitoso. Al final de la clase, Hermioen había conseguido que a Tom le salieran alas, y éste, a su turno, había convertido la parte inferior del cuerpo de Hermione en una especie de cola de sirena, pero si aletas de pez. Dumbledore les felicitó a ambos por sus avances, diciéndoles que eran los mejores alumnos que había tenido en mucho tiempo, aparte de Minerva McGonagall, que era un año mayor que ellos y acababa de abandonar Hogwarts.
Finalmente, llegó el día de la esperada visita a Hogsmeade. La mayoría de los alumnos estaban alterados, puesto que se rumoreaba que hacía apenas una semana que se había abierto una tienda nueva: Zonko's. Según dichos rumores, era una tienda de objetos de broma. Hermione escuchaba divertida las especulaciones de los alumnos con respecto a dicha tienda. Pero, a pesar de todo, realmente se contagió de la infantil y despreocupada alegría, y se dejó invadir por las ganas de que llegara el domingo.
Pronto Hermione y Riddle estarán en Hogsmeade por primera vez, ¿quizás les espere una romántica cita en Madame Tudipié? Jajajaja, seguro que no.
En el próximo capítulo:
Hermione observó a Riddle, más sorprendida incluso que el día en que había recibido la carta de Hogwarts, enterándose por primera vez de que era una bruja. ¿Éstaba riéndose a carcajada limpia? Sí, desde luego que sí, eso mismo estaba haciendo.
–¿Te encuentras bien, Riddle? –preguntó, un poco preocupada.
Él asintió despreocupadamente, con los ojos llorosos. Hacía años que no se reía tanto.
