Momento 3: Encuentro Gabriela Normal Gabriela 2 2 2008-03-14T10:53:00Z 2008-03-23T15:40:00Z 1 1460 8030 66 18 9472 10.6839 Clean Clean 21 MicrosoftInternetExplorer4 / Style Definitions / table.MsoNormalTable mso-style-name:"Tabla normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman";

Momento 3: Encuentro

Natural

A veces, las cosas surgen de manera natural.

Espontánea.

Brotan como margaritas del suelo, diría su tía abuela.

Cuando uno menos lo espera, cuando no hace más que pensar en otra cosa.

Se pueden pasar meses, años, incluso una vida buscando el amor, y el amor nada de lo que menos, del roce de una mano, de una mirad casual, de dos almas que, sin saberlo, se consuelan por el simple hecho de sufrir al unísono.

¿Sufriendo?

¡Pero si se casaba Harry!

Por supuesto que ese era un buen motivo para estar feliz, pero también lo era para no estarlo. Harry no se casaba con Cho Chang (pese a todo… ¡menos mal que no lo estaba haciendo!), ni con la buena de Luna, ¡mucho menos con Hermione!

No.

Como era predecible y, bueno, natural, Harry se casaba con Ginny.

Estaban hechos el uno para el otro, de eso no cabía duda, pero eso no impedía que doliera.

Y como dolía.

Neville había amado a esa pequeña pelirroja e irascible desde los doce años, desde que ella no era más que una pigmea asustadiza. Por supuesto, todos habían creído que estaba enamorado de Hermione. ¡Y lo estaba, lo estaba! Pero no del mismo modo, nunca del mismo modo. Hermione era un amor platónico, toda la perfección que se podía desear en una mujer. Y Ginny…

Hermione era de aire y humo; Ginny, de tierra y fuego.

Ginny era la amiga compinche, alguien con quien compartir sus miedos y sus sueños. Alguien con quien compartir su vida.

Si Hermione no era más que un sueño, se debía a que Ginny era toda su realidad.

Por supuesto que se había dado cuenta de que la quería mucho antes de que Luna llegara demostrarle lo que era la verdadera amistad entre un hombre y una mujer, al mejor estilo Harry y Hermione.

Pero ese había sido el problema durante largos años: Harry.

Los que la conocían, creían ver a veces en los ojos de Ginny la sombra de Voldemort. Pero Neville, que la conocía bien, sabía que el fantasma del amor no correspondido la acechaba mucho más a menudo.

Y cuando ella por fin había decidido sacudirse ese recuerdo como quien se libera de un lastre, había aparecido Michael Corner. Y Dean Thomas. ¡Malditos fueran los dos! No habían hecho gran mella en la vida de Ginny pero, en su momento, Neville los había odiado tanto que el sentimiento le corroía las entrañas como ácido.

Y luego, como era inevitable que sucediera en algún momento (¿quién sensible a la belleza humana en cualquiera de sus expresiones podía resistirse a ella mucho tiempo?), con renovado vigor, había vuelto a pisar fuerte Harry.

Ese fue el momento en el que Neville se rindió. No porque no podía competir con él (ni en el afecto de ella, ni en ninguna otra cosa), u odiarlo; ni porque él estaba genuinamente enamorado de ella, sino porque Ginny era feliz con él. Y eso era más de lo que Neville podía pedir para su propia felicidad.

La relación había tenido altos y bajos, pero el amor y el vínculo habían sido irrompibles.

Y ahora el altar.

Las lágrimas se le agolparon en las comisuras de los ojos.

Que hubiese renunciado a ella ocho años atrás no significaba que había dejado de amarla.

Escuchó que alguien se sonaba la nariz a sus espaldas y se volteó para ver quién compartía su sentimiento… o simplemente tenía un resfriado.

Decididamente, compartía sus sentimientos. No había otra explicación posible para las lágrimas que caían a raudales desde los ojos hasta el mentón.

Pero… ¡que ojos! Eran los más azules que Neville hubiera visto en su vida, enmarcados magistralmente por largas pestañas color castaño claro. ¡Y el mentón! Redondeado y suave, con un hoyuelo delicioso. Antes siquiera de prestar atención al resto de sus facciones, ya sabía Neville que ella era tan hermosa que quitaba el aliento, tan hermosa que hasta parecía paródica.

Un momento… ¡el conocía esos ojos! Es difícil olvidar un par de ojos del color del mar cuando amanece, ¿dónde los había visto antes?

En un rapto de extraña lucidez, se le vinieron a la mente Madame Maxime, un plato de boullebaise y un sombrero azul celeste. El Torneo de los Tres Magos.

Fleur Delacour. Eran los ojos de Fleur Delacour.

Fleur Weasley, se corrigió mentalmente mientras la miraba corretear alegremente tras el pequeño Ted Lupin y su hermosa primogénita, Victoire. Con 30 años, ya era una matrona formidable, pero nadie se atrevía decírselo.

Ni siquiera Bill.

Pero… si Fleur estaba con los niños, ¿a quién pertenecían esas preciosas joyas de agua líquida? Y el nombre llegó a su mente como un flechazo, como un rayo, casi como una revelación.

Gabrielle.

Gabrielle Delacour.

El recuerdo de ella a los ocho años se le apareció tan nítido que parecía tener vida propia. Había sido muy hermosa, y lo era ahora mucho más. Los diez años no habían pasado en balde: era toda una mujer. Este descubrimiento lo hizo sentir como si el mundo se hubiera recostado sobre su espalda: se sintió viejo.

Pese a los recuerdos y las emociones encontradas, Neville Longbottom no dejaba de ser un perfecto caballero. Se acercó a ella y le tendió su pañuelo, sin una sola palabra. El llanto de una mujer es sagrado, y no debe ser profanado. ¿Dónde había quedado su timidez característica? La había enterrado nueve años atrás en el Departamento de Misterios del Ministerio de la Magia. Era todo un hombre a sus 24 años, y la guerra lo había marcado en mil y un aspectos. No podía (ni quería) permitirse esas banalidades.

Ella aceptó el pañuelo casi sin ver la mano que se lo ofrecía. Estaba ciega para todo lo que no fuera (Neville pondría las manos en el fuego por ello.) Harry. La rubia se sentó en una silla y lloró a lágrima viva su despecho y su frustración en el pañuelo de él. Él se quedó de pie a su lado, sin nada que hacer, y sin atreverse a mirarla de frente para no violar su intimidad.

No se lo confesaría nunca ni a si mismo, pero la verdad es que no se movía porque las manos le temblaban de deseo de secarle las lágrimas él mismo.

Pero la tormenta cesó y ella alzó la cabeza con las pupilas dilatadas y la nariz enrojecida. Tenía el encanto veela cien por ciento apagado. Y él nunca la había encontrado tan adorablemente hermosa. Observó el pañuelo, como si no pudiera comprender como había llegado a sus manos hasta que se dio cuenta de lo que había sucedido, y se sonrojó tanto que su cabello plateado pareció resplandecer con reflejos cobrizos. Levantó la mirada hasta encontrase con la de él por primera vez. Estaba avergonzada y anonadad: no sabía que decir. Intentó balbucear una disculpa, pero su mente la traicionó y solo pudo balbucear unas cuantas frases inconexas en francés: "Je suis desolée… Ce n'est pas posible que je suis aussi idiote depuis dix ans! Excuse moi, ton nom?" Él se aferró como náufrago a esta última oración. No hablaba una sola palabra de francés, pero solo hacía falta un poco de sentido común y de imaginación para comprender lo que ella le había preguntado.

- Neville Longbottom.

Ella le extendió una mano pálida y temblorosa. Se estremeció cuando, en lugar de estrechársela, él se inclinó y la besó.

- Gabrielle…

- Delacour.

Ella alzó una ceja, interrogante. Él señaló a Fleur con un gesto de la cabeza.

- El parecido es innegable. Además… - Se detuvo. Podía haber cambiado un poco, pero la torpeza nunca nos abandona del todo. No podía hablarle de HARRY. Prefería mentirle.-… te vi en la boda de George.

Se miraron confundidos. Ninguno había sido íntimo de los gemelos (ella los conocía apenas), pero era imposible mencionar a George sin que la tristeza se hiciera espesa, casi tan tangible como un ente físico. No se podía hablar de George sin pensar en Fred.

- Ah, claro.

Quizás se hubieran separado en ese preciso instante sin decirse una sola palabra más, él pensando que ella era etérea y deliciosa, y ella que él tenía ojos sabios y manos cálidas y hermosas. Pero a veces las cosas se dan de manera simple y natural, y en ese preciso instante comenzaron a sonar los primeros acordes del vals. Ginny y Harry, como correspondía, lo estaban abriendo. Molly Weasley, que sabía cuanto detestaba bailar su siempre hijo adoptivo y reciente yerno, instaba a las parejas a que colmaran la pista. De todos modos, por la cara que tenía Harry, no le hubiera molestado bailar toda la noche. Nada hubiera podido empañar su felicidad. Ginny se veía como un hada entre sus brazos. Neville, que había bailado con ella, sabía que se vería como un hada en los brazos de cualquiera. Pero, despiadadamente honesto como era, se veía obligado a admitir que nunca la había visto tan feliz.

Miró a Gabrielle y se dio cuenta de que ella también tenía los ojos clavados dolorosamente en la pareja. Sin siquiera preguntárselo, la tomó de la cintura y de la mano y la sacó a bailar. Se odiaría si no le ahorraba ese sufrimiento.

Ella no hizo comentarios mientras bailaban. Neville no pudo evitar pensar que no solo se veía como un ángel, sino que se movía como uno, y sonreía divinamente.

La música cambió y a Neville ni se le pasó por la cabeza soltarla. Había algo de naturalidad en el encuentro de sus manos. Había algo de destino en el encuentro perfecto de la forma de su antebrazo con la curva de la cintura de Gabrielle.

Momento Gabrielle/Neville por excelencia, si les interesa mi opinión. El momento en el que todo comenzó. Dios, dios, como amo a estos dos. Gracias a todos los que están leyendo… y más aún a los pocos que me hacen saber su opinión. Los quiero, de verdad J

Lean, escriban, sueñen, amen, sonrían

Estrella