Disclaimer: El universo de Sherlock no me pertenece, es propiedad de su creador, Sir Arthur Conan Doyle y de la BBC. Este fic es una adaptación de "Un cuento de Navidad" de Charles Dickens
Advertencias: Necesidad de pañuelos.
Capítulo 4: Navidad futura
Todo estaba sumido en una lúgubre oscuridad, el ambiente se encontraba imposiblemente frío y Sherlock agradeció el haber tomado el abrigo del fantasma de la Navidad presente.
—Bien, llévame donde tengas que llevarme—suspiró Sherlock vencido ante todo aquel circo.
El fantasma guardó silencio y alzó un tembloroso brazo, señalando hacia el frente con un dedo escuálido y consumido al punto de no ser algo más que piel y huesos.
Sherlock caminó hacia el frente con desconfianza, seguido de cerca por el fantasma, cuya respiración era trabajosa y fría, prácticamente le echaba todo el aliento en el cuello al detective.
— ¿Podrías no andar tan cerca de mi? —bufó Sherlock molesto.
El fantasma pareció encogerse de hombros y volvió a alzar el dedo, las tinieblas parecieron abrirse, mostrando un trazo de luz al que Sherlock se acercó corriendo, presa de su curiosidad natural.
Pronto deseó no haberlo echo, frente a si se extendía un sombrío cementerio, la luz venía del frío sol invernal que luchaba por calentar el césped con sus débiles rayos. Sherlock alzó la mirada, confundido, el fantasma rió y le señaló una tumba solitaria ubicada bajo un árbol.
— ¿John? —jadeó Sherlock, sin siquiera pensar, sintiendo el pecho comprimido y dolorido, como si estuviera lleno de vidrio molido.
El fantasma negó, aun manteniendo el silencio.
— ¿Hamish? —susurró Sherlock corriendo hasta la tumba para satisfacer de una maldita vez sus dudas. Sus dueños no podían ser las únicas personas realmente valiosas para él.
El fantasma volvió a negar.
— ¡Oh! Sólo soy yo—suspiró Sherlock al llegar a la tumba, dividido entre el hastío y el alivio— ¿Contento? —chasqueó hacia el fantasma—. Sólo soy yo, gran cosa, no me asusta morir.
Una risa sacudió la negra túnica del fantasma mientras alzaba el brazo para señalar a dos figuras, solitarias y abatidas, que cruzaban el cementerio tomadas de la mano, una era un niño, la otra un adulto con una postura demasiado rígida para ser tomada como natural.
— ¿Hamish? ¿John? —volvió a jadear Sherlock al verlos llegar a su altura, se veían destrozados, el detective podía leer perfectamente en sus rasgos y ropas todo lo que habían sufrido y pasado en los últimos meses.
— ¿Por qué, papi? —preguntó Hamish dejando un ramo de lirios frente a la fría lápida.
—Tenía que atrapar a los malos, hijo, para hacer de este—la voz de John se entrecortó por unos instantes, finalmente pudo recuperar la compostura y sonrió al niño mientras lo alzaba en brazos—. Debía de hacer de este un mundo mejor, un mundo donde tú y yo estuviéramos seguros—afirmó con seguridad.
—Entonces, es nuestra culpa—señaló el niño con su lógica única dada por la niñez.
—No, en absoluto, Hamish, jamás pienses eso, no le gustaría—señaló John limpiando las lágrimas de su hijo con el pulgar—. Él diría que esa es una conclusión errada, algo estúpido que no tienes porque pensar.
—Entonces, ¿Por qué?
—Ya he contestado esa pregunta hijo, no hay porque darle más vueltas.
—Lo extraño.
—Y yo, cada día—admitió John, ante esas palabras Hamish sonrió de improviso, limpiando sus propias lágrimas con la mano.
— ¿Papi, y si es como aquella vez, aquella vez que me contaste que el fingió para salvar a la abuelita Hudson, a tío Lestrade y a ti?
—No, Hamish, no es como aquella vez—respondió John luchando por no llorar—. Pero si así fuera—agregó al ver la desolación en la mirada de Hamish—. Créeme que le recibiría de la misma manera en que lo recibí aquella vez—sentenció lanzando una mirada severa a la lápida.
—Y dormiría en el sofá de la sala castigado—rió el pequeño.
—Si, dormiría en el sofá un largo tiempo—admitió John entre risas por la ocurrencia del niño.
Sherlock observaba la escena con una inusual rigidez creciendo en sus hombros y espalda, aquello curiosamente le estaba comprimiendo el pecho aún más que la idea de creer muertos a Hamish o a John. La perspectiva de no verles más, la de no ver crecer a Hamish, de no volver a sentir a John empezaba a llenarlo de un terror irracional a la muerte.
—Ahora si le temes, ¿No? —habló por fin el fantasma—. Eres tan ordinario, tan aburrido.
De nuevo Sherlock se congeló, aquella voz no era otra que la de su más acérrimo, y curiosamente echado de menos, enemigo.
—Moriarty—espetó entre dientes.
—Así que eso es lo que hace una familia, ser aburrida y rutinaria—continuó el fantasma bajándose la capucha, revelando el rostro de Jim Moriarty ante Sherlock.
—Creí que estabas en los huesos—bufó el detective alzando una ceja.
—Simple utilería viejo amigo, ya sabes que se me da bien ser el malo de los cuentos—rió arrojando las manos huesudas lejos para sacar sus propias manos, lozanas y llenas, por las mangas de la túnica— ¿Qué piensas de mi nuevo trabajo? —cuestionó abriendo los brazos.
—Repulsivo.
—Yo lo llamaría interesante, tan dual, hago el bien pero sigo siendo un demonio odiado por la gente, oh, los parecidos empiezan a hacerse más notorios.
—No me compares—gruñó Sherlock, sintiéndose muy sobreprotector, después de todo su familia aún continuaba frente a la lápida, cerca de Moriarty.
—Tranquilo tigre—Moriarty rió al parecer por un chiste privado—. Seb se enojará por eso—murmuró para si—. No les haré daño, sería tan… obvio—desestimó agitando la mano. Empezó a pasear por frente a Sherlock, meditando.
—Aléjate de ellos—ordenó el detective sin poder contenerse más, dando un paso más cerca de John y de Hamish.
—Tonto—Sherlock alzó una ceja ante el insulto—. Tu los lastimaste, yo no hice nada—señaló rodando los ojos.
—No hice nada como eso, yo no…
—Sólo míralos, que caritas tan tristes, tan deprimidas, tan decepcionadas con la vida—indicó Jim aun paseando por el lugar.
—Basta.
—Siempre supe que esta sería tu mundana debilidad.
—Déjalos fuera de esto—rugió Sherlock, lejos quedaban los juegos mentales, Hamish estaba en peligro, John podía soportarlo, pero no el niño.
—Que enternecedor, bien, una advertencia, el sindicato de fantasmas navideños se enojará conmigo—Moriarty formó un puchero como si aquello fuera de lo más injusto con él—. Este será tu futuro si no detienes tus fisgoneos, o si no los reduces al límite seguro y permitido, ya sabes, el mundo criminal es vengativo.
—Yo los protegeré—aseguró Sherlock.
—Oh, de los malos, pero no de ti "angelito" No, de ti nadie puede protegerlos.
Sherlock alzó una ceja, pero antes de poder responder, Moriarty desapareció en una nube gris y apestosa a humo de tabaco. Observó a su alrededor unos minutos, Hamish y John habían desaparecido y sólo quedaba su tumba, fría y solitaria, decorada con flores. Pasó unos dedos temblorosos por su superficie, no quería pensar que Moriarty tenía razón, pero así era. Oh cuan estúpido había sido, cuan egoísta, pero no podía evitarlo, era su naturaleza, no podía ir del todo contra ella, si bien ahora tenía una familia que le quería no podía habituarse a la idea de su preocupación y los sentimientos inherentes a ella.
— ¡Sherlock! Ey Sherlock, despierta—gritaba una voz, Sherlock sacudió la cabeza con los ojos cerrados, aún presente en el cementerio, sin embargo al sonido de esa voz este fue derrumbándose de a poco, dejando pasar la claridad de un nuevo día.
— ¡John! —gritó abriendo los ojos, ignorando como la claridad le lastimaba la retina.
—Brillante deducción—exclamó el doctor con sarcasmo— ¿Por qué demonios te tomaste ese ponche caducado?
—Buen día a ti también—espetó Sherlock.
—Tu nunca saludas—acotó John dándole espacio para que se sentara en la cama.
—Es Navidad—señaló Sherlock con un encogimiento de hombros.
—Ahora si, me acompañaras a la clínica, y sin chistar, vístete—ordenó John visiblemente alterado.
—Estoy bien, creo que los efectos han pasado por completo, ¿Dónde está Hamish? —preguntó Sherlock buscando su ropa.
—En su habitación, se niega a bajar a abrir los regalos—contestó John con el ceño fruncido, Sherlock asintió luchando con los botones de su camisa púrpura, John rodó los ojos y apartó las manos de su esposo para abrochársela— ¿Qué planeas hacer?
—Devolverle el espíritu navideño—contestó el menor como si fuera la respuesta más obvia del mundo.
—Si, tu, sobre todo tu—rió John dándole un beso en los labios.
—Soy su padre, es mi trabajo—y sin más palabras Sherlock abandonó la habitación.
—Esto tengo que verlo—murmuró John para si siguiendo a Sherlock.
Ambos subieron las escaleras con el más absoluto de los sigilos, sin tocar Sherlock entró a la habitación de su retoño, encontrándole abrazado a su calavera de peluche, una postura asociada a sus propias rabietas.
—Hamish—llamó Sherlock.
—Papá—contestó el niño esquivo.
— ¿No deseas deducir que hay en los regalos? —tanteó Sherlock con su mejor tono manipulador.
—No.
— ¿No? Lástima, porque deduje uno y parecía ser muy interesante.
El niño alzó la cabeza curioso, hecho que Sherlock aprovechó para cargarlo en brazos y sentarlo en su regazo.
—Escucha—tragó con dificultad, aquello de disculparse era demasiado nuevo para él—. Lamento lo de anoche, pero—dio una mirada de desahuciado a John, el cual sólo suspiró y rodó los ojos.
—Tu papá quiere decir, que a pesar de que San Nicolás ni sus renos existen, la magia aún permanece, despierta todos los diciembres y es la que hace que todos demos y recibamos amor—carraspeó ante la mirada del niño—. Y obsequios—agregó. Sherlock asintió fuertemente a las palabras de John, dando confianza a su hijo.
— ¿Quiere decir que así es como San Nicolás logra entregar todos los regalos en una noche?
—Si, hijo, es una respuesta acertada y lógica—afirmó Sherlock subiéndolo a sus hombros—. Ahora bajemos y veamos que trajo para ti este año.
—Sherlock cuidado con el…dintel—suspiró John al ver como Hamish se frotaba la frente tras el golpe dado con el mismo—. No entiendo como es que mide distancias con la mirada y no nota que él y Hamish… ¿Para qué me quejo?
Finalmente John bajó, encontrando a sus dos amores sentados bajo el árbol, sacudiendo cajas y bolsas, tomando el peso con las manos y poniéndolas a contra luz, como si de radiografías se tratasen, y no dudaba el que Sherlock lo hubiese echo alguna vez con algún obsequio.
—El peso es un gran indicador—explicaba Holmes al niño—. Puedes descartar muchas cosas con él.
—No es un peluche, ni una cometa, ni una manta nueva—descartó el niño con una caja grande entre sus manos.
—Bien, continúa, sacúdelo con cuidado.
—Es una caja, mmm... suena como metálico y… ¿El microscopio que pedí?
Sherlock asintió, orgulloso, ayudando al niño a romper el papel de regalo. John sólo pudo reír ante tal escena tan "cotidiana", vaya navidades estaba viviendo, y es que después de todo, vivía con dos Holmes. Sus dos valiosos y únicos detectives.
—Oh, este es de John para mi—señaló Sherlock tomando una bolsa—. Ajá, es suave, y liviano y… oh, bueno, no es algo que deba abrir ahora—agregó sonrojado.
— ¿Qué es papá?
—Nada, Hamish, algo que tu papi y yo compartiremos más tarde.
— ¡Sherlock!
—John, tampoco abras el mío frente a Hamish—aconsejó Sherlock dando otro regalo al niño para entretenerlo.
—Dios bendito, espero que no hallamos tenido la misma…—suspiró John tomando asiento junto a Sherlock.
— ¿Rojo y negro? —cuestionó Sherlock en su oído.
—Mas bien, negro y morado—suspiró John al sentir los labios de su esposo besar el lóbulo de su oreja.
—Oh, siempre hay un detalle—gruñó el menor pateando el suelo.
—Tranquilo, creo que lo disfrutaremos—le consoló John con un tono muy insinuante.
—El mío si es rojo y negro—ronroneó Sherlock.
—Sólo si te comportas en la cena—advirtió John dándole una palmada a la excesivamente juguetona mano de su esposo—. Hamish esta ahí—murmuró.
Sherlock asintió, casi al borde de un berrinche, sin embargo, la mirada de advertencia de John bastó para ponerlo en su lugar. Hamish giró hacia ellos y sonrió ampliamente, feliz con sus obsequios.
—Papá, el de papi es un sombrero como el tuyo—anunció sacudiendo una bolsa.
John rompió a reír a carcajadas, encerrando a su familia en un abrazo cálido y amoroso, protector y lleno de promesas de futuras navidades que pasarían en familia, llenos de espíritu navideño, a un muy buen estilo Holmes, secundado, como siempre tenía que ser, por el estilo Watson, que jamás de los jamases debía de faltar.
Encerrado en aquel abrazo repentino, Sherlock comprendió que entre toda la locura de sus alucinaciones navideñas, si había aprendido algo y que quizás, después de todo las navidades serían muy distintas de ahora en adelante, no prometía el no enfrascarse en casos pero si el estar con su familia todo el tiempo que le fuera permitido vivir, y prometía, muy en lo recóndito de su mente –pero con toda la fuerza de su recién descubierto corazón- eso si, luchar porque aquel tiempo fuera largo y prospero siempre, junto a sus seres queridos.
"Incluso Mycroft", pensó con un mohín.
N/A: Y colorín colorado este cuento se ha acabado ^^ espero que lo hayan disfrutado :) ¿Qué dicen? ¿Se merece un epílogo con la cena de Navidad?
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