Disclaimer: Ranma ½ pertenece a Rumiko Takahashi-sama.


SOUNDTRACK: Pump it (The Black Eyed Peas).


Realidades de Cristal.

Capítulo 4: El dragón escarlata

Revelarle a mis amigos mi más profundo secreto fue liberador, el hecho de que entendieran a la perfección por lo que yo pasaba lo hizo incluso reconfortante. Sentía que podía contarles lo que fuera y me seguirían queriendo igual.

Días más tarde, estábamos en el garaje de la casa de Ranma, haciéndole unos arreglos a su Harley. Era algo tarde y, debido al clima, teníamos el portón cerrado. Dando por terminada la tarea, me limpié la grasa de las manos con un trapo húmedo. No me molesta ensuciarme, menos si esto haciendo algo que me entretiene, tampoco era como si estuviera hecho un desastre, sólo tenía un par de manchas en las manos y en los antebrazos, mientras que Ranma tenía manchas en la ropa y el rostro también.

—Oye, Akane —me llamó, mientras daba unas terminaciones a la motocicleta.

—¿Hmm…? —musité sin realmente prestar atención, optando por concentrarme en quitar la grasa de mis extremidades.

—Akane, ¿me acompañarías a un lugar?

—¿A dónde? —quise saber, mirándole por sobre mi hombro.

Sus ojos azules me miraron con una intensidad que me estremeció.

—Sólo tú puedes acompañarme.

No contesté. No al principio, al menos. No sabía qué decir, ¿me estaba invitando a una cita? ¿Quería que saliéramos como amigos? ¿Cómo se lo pregunto? ¿Qué debía responder? Ranma me devolvió a la realidad con un pequeño carraspeo.

—A menos de que tengas planes —mencionó—. Digo, es sábado por la noche y todo eso…

Rodé los ojos, sí, era sábado, pero la verdad no tenía ningún compromiso. Los chicos habían decretado que ese día sería "noche de parejas", por lo que Ryoga y Ukyo habían salido a cenar y Mousse y Shampoo a ver una película. Iba a preguntarles a mis hermanas si tenían ganas de hacer algo, pero, una hora atrás, Nabiki había salido con su nuevo novio. Un chico desconocido para mí, sólo sabía que iba en la misma clase que ella –o sea, una más que yo- y venía de una familia bien acomodada, si es que el auto deportivo rojo en que vino a buscarla era alguna indicación.

Kasumi, por su parte, estaba estudiando para unos parciales que tendría pronto, pues estaba en el segundo año de la carrera de enfermería. De tanto en tanto, un doctor muy amable que vivía cerca de nuestra casa la ayudaba a estudiar cuando podía.

—Nah —dije finalmente—. Tengo la noche libre, ¿tienes algo en mente, Saotome?

—Tú, yo, mi motocicleta, la noche… ¿qué te parece, nena?

Arqueé una ceja, mirándolo por sobre mi hombro, estaba de espaldas a mí, acomodando las herramientas que usamos en una caja.

—¿Me estás pidiendo una cita?

—N-no… no tiene que ser una cita —alegó, ¿era yo o su voz tembló por un momento?—. A menos que así lo quieras.

Mis mejillas se calentaron, clavé la mirada en el piso.

—¿Y si quiero que lo sea? —pregunté dudosa.

—Entonces… —se aclaró la garganta—, entonces será una cita.

Jugué con las manos, esperando que se me bajara el sonrojo. Viéndolo ahora, no puedo evitar pensar que actuamos como un par de niños… pero, al fin y al cabo, eso éramos. Niños.

Nos mantuvimos en silencio, sin decir ni una palabra, mientras yo esperaba que se me bajara el sonrojo. Pude oír el ruido de las herramientas chocando unas contra otras a la par que Ranma las guardaba.

—¿Quieres quedarte a cenar? —preguntó.

—Claro… sólo déjame que vaya a casa a arreglarme un poco, ¿vale? —contesté segura, aunque no menos nerviosa.

Dicho y hecho, fue a casa a bañarme y cambiarme. Le avisé a Papá y a Kasumi que saldría con Ranma y que volvería lo más temprano posible. Me desearon suerte y que tuviéramos cuidado.

El clima estaba algo frío, lo cual no es sorpresa, estábamos a mediados del otoño. Ajusté mi sweater amarillo patito por sobre mi camiseta azul lisa y, cruzando los brazos sobre mi pecho, me encaminé a la casa de al lado. Me recibió la Tía, dándole un cumplido a mi modesto atuendo. No me extraño, Tía Nodoka es muy tradicional con todo así que no estaba sorprendida. Me pregunto qué diría si hubiera visto la ropa con la que se fue Nabiki…

La verdad no juzgo a la gente por la ropa que use o como se vea, sólo no entiendo cómo es posible usar algo tan corto en un día tan frío como éste. ¡Me da frío sólo recordar el vestido de mi hermana!

Ranma ya había puesto la mesa por lo que se hallaba sentado en la sala, mirando televisión. Además del cuarto de mi amigo, el living debía ser la otra parte de la casa con una vibra occidental, pues tenía un mullido sillón de cuero negro y una televisión de plasma sobre una chimenea.

—Ya volviste —me dijo sonriente, para luego palmear levemente el cojín a su lado, invitándome a sentarme. Asentí y tomé el lugar junto a él—. La cena está casi lista, según Mamá. Ahora, sólo hay que esperar a que vuelva mi viejo del trabajo.

Casi como si lo llamaran, se abrió la puerta de la entrada y el Tío Genma avisó que estaba en casa. Salimos a recibirlo. Aunque sea difícil de creer, el papá de Ranma es policía. Si la mitad de lo que me ha contado Papá de sus locuras con el tío de joven son ciertas… entonces no sé como hizo para entrar a la fuerza.

Tío Genma es bastante respetado dentro de la fuerza policial y, como favor especial, dio unas recomendaciones para que contrataran a mi papá. Obviamente no para cadete, lo que nos hizo sentir más aliviadas a mí y a mis hermanas, Papá era operador del 911. Es decir, recibía las llamadas y las enviaba a los patrulleros. Había tenido el turno matutino aquella vez, por lo que seguía en casa.

—Hola, Akane, ¿pero qué le ha pasado a tu cabello? —me preguntó despeinándome.

Mi usualmente larga cabellera estaba corta hasta mi cuello. Miré mal a Ranma, quién tuvo la decencia de verse incómodo bajo mi escrutinio.

—Sólo un cambio de look —alegué.

Él sólo se encogió de hombros y fue a la cocina murmurando algo sobre "los chicos de hoy en día", para luego preguntar qué había de cenar.

—Gracias por… uh, no decirle.

—Cállate, sigo molesta.

—¡Fue culpa del cerdo por estar jugando con las tijeras! ¡No mía!

Rodé los ojos y fui la cocina. Esa mañana, en la escuela, Ryoga había estado recortando algo, Ranma lo molestó y mi amigo de colmillos amenazó con cortarle la trenza. ¿Resultado? Queriendo esquivar a Ryoga, Ranma se apartó del camino y un tijeretazo atravesó parte de mi cabello, dejando parte del mismo colgando de la coleta holgada que traía. La mayoría de nuestros compañeros ya habían salido del salón, pues era hora de irse a casa. Ukyo les dio con su maletín diciéndoles a los gritos que a quién se le ocurría jugar con unas tijeras en la mano. Mousse, por su parte, les dijo que eran unos idiotas y que teníamos suerte de que no me hubiera lastimado.

Shampoo era la que más calmada estaba de todos nosotros, examinó el daño y, sutilmente, me preguntó que pensaba sobre el cabello corto. Le quitó las tijeras a Ryoga e hizo lo que pudo para arreglar el desastre. Razón por la cual yo tenía el cabello corto hasta el cuello y con mis dos mechones largos al frente. Qué suerte tengo de que mi amiga sea tan habilidosa con las manos.

—Eres un crío —repliqué.

—No sé de qué te quejas —se defendió, dándome la espalda.

—¿De qué me quejo? Saotome, ¿has visto mi cabeza?

—Te va sexy el cabello corto —razonó, encogiendo el hombro por sobre el que me miraba.

Mis mejillas se calentaron y me pareció ver un leve tono rosa en sus mejillas también.

—¿De verdad?

—Ya vamos a comer —espetó con las manos tras la nuca, dirigiéndose a la cocina.

Sonreí.


Miré alrededor, arqueando una ceja. Estábamos debajo de un puente. Literalmente. Un PUENTE. Crucé de brazos y lo miré mal. Él no me notó, ocupado como estaba en buscar algo en sus bolsillos, no pareció hallarlo.

—Maldición —me miró—. ¿No tienes-…? Oh, sí. Sí tienes —tomó la punta del pañuelo negro que estaba alrededor de mi cuello—. ¿Me lo prestas?

—No, hace frío —me negué.

—En serio, en serio te agradecería si me lo prestarás. Te lo devolveré luego.

Rodé los ojos y me lo quité, para luego entregárselo. Me concentré en el canal a un costado nuestro, entre la oscuridad el lugar era algo… siniestro, pero acogedor. Miré hipnotizada la negra corriente de agua, hasta que sentí algo que se apoyaba sobre mis hombros. Me sorprendí al encontrarme con que Ranma había colocado su chaqueta sobre mí. Me quedaba enorme, pero no dejé que me importara y la cerré sobre mi pecho, regalándole una brillante sonrisa de agradecimiento a mi trenzudo favorito.

Un auto paró a un costado del puente, pude ver que era blanco, pero no quiénes lo ocupaban. Bajaron dos personas que, al acercarse, reconocí como dos compañeros de clase nuestros; Hiroshi y Daisuke. Venían con camperas oscuras y, en el caso de Hiroshi, un gorro de lana en la cabeza. Saludaron amistosamente a Ranma y me sonrieron.

—¿Estás seguro de esto, Ranma? —preguntó Daisuke—. Hace mucho no corres.

Arqueé una ceja y me dediqué a mirarlos.

—Tú ocúpate de anunciar que El Dragón Escarlata volverá a correr, Dai.

Conversaron otro poco y luego le indicaron a Ranma que los siguiera hasta el lugar. Se volvieron a montar al auto y nosotros nos subimos a la moto. Abrazada a él, no me atrevía a romper el silencio que se había instalado entre nosotros, pero mi curiosidad pudo más.

—¿A dónde vamos? —pregunté cerca de su oído.

—¿Hmm? ¡Te gustará! —prometió sobre su hombro y el ruido del motor.

Luego de un trecho, llegamos hasta un lugar lleno de gente, con pocas casas en la distancia. ¿A dónde me había traído el idiota exactamente? Nos bajamos de la motocicleta y me dediqué a tratar de adivinar dónde rayos estaba. Oí una risita sofocada y miré a mi acompañante, que traía un dedo sobre el pañuelo, en el lugar que supuse estaban sus labios. Fruncí el ceño.

—¿Me puedes decir qué es tan gracioso, Saot-…?

Me tomó de la cintura y me presionó contra su cuerpo, nuestros rostros estaban apenas a centímetros el uno del otro. Se acercó a susurrar en mi oído, era bueno que me estuviera sosteniendo, porque cuando sentí su cálido aliento –aún a través del pañuelo- sobre mi oreja, un escalofrío me recorrió y me temblaron las rodillas.

—Agradecería que no me llames por mi nombre.

—¿Por qué? —desafié, intentando ignorar el creciente color en mis mejillas.

—Me meteré en problemas. De los graves.

—¿Vas a decirme ya dónde estamos?

Se quedó callado unos segundos, como si decidiera si contarme o no.

—Es un circuito de carreras clandestinas.

Me separé de él, sin poder creer aquellas palabras. Él acarició mi cabello mientras miraba con ojos de advertencia alrededor. Curiosa, seguí la trayectoria de su mirada, dándome cuenta que algunas personas nos observaban.

—Ignóralos. Tienden a sorprenderse cuando los corredores traen a sus novias.

—Ah, con razón… Espera, ¿qué? ¿Cómo qué novia?

—Acompáñame —me indicó, colocando la mano alrededor de mi cintura e ignorando mi pregunta—. Te mostraré la pista donde voy a correr hoy.

Dicho y hecho, llegamos a donde habían marcado la salida con un par de conos anaranjados, como los de tránsito, a los costados del camino de tierra. Ranma me explicó sobre cómo funcionaban algunas cosas que, sinceramente, no recuerdo bien. Estaba más preocupada por Ranma, pues tenía un mal presentimiento y me aterraba la idea de que algo pudiera pasarle. Sin embargo, cuando se lo hice saber, él solamente se rió despreocupado.

—No debes estar preocupada por mí, muñeca —dijo, pellizcando con suavidad mi mejilla—. He corrido antes, soy muy bueno, él mejor, de hecho —rodé mis ojos—. Será tan fácil como comer pastel —finalizó jactancioso.

—Pues no te atragantes —le previne.

—Oh, tranquila, tontuela —dijo soltando el agarre en mi mejilla, para luego dejarme un beso sobre la piel colorada por la presión.

Está de más decir, me parece, que, con ese simple gesto, casi se me olvidó como respirar.


Ranma era increíble en la pista.

No sabía mucho de carreras, pero aquello saltaba a la vista. Tras estar un rato con Ranma, Hiroshi y Daisuke aparecieron con Yuka y Sayuri, otras dos compañeras de clase nuestras, quiénes, además, son novias de los dos muchachos. Fuimos los cinco hasta un gran bloque de cemento, que servía de banca, mediría no más de un metro, pero no fue difícil subirme. De allí, podía ver perfectamente la pista, pues la parte más alejada del circuito era un puente sin terminar.

—¿Tienen que saltar entre las dos partes del puente? —pregunté temerosa a Hiroshi, que estaba sentado a mi derecha.

—Sí, pero no te preocupes, la distancia no ha de ser de más cinco metros, quizá menos.

Muy bien, eso me dejó más preocupada todavía.

—Ahora verás por qué le llaman "El Dragón Escarlata" —me dijo Yuka, sentada junto a Hiroshi, con una sonrisa.

Me concentré en mi ojizarco (1) favorito, que movió el brazo ágilmente hasta tomar algo que estaba pegado a la parte trasera de la Harley. Mis ojos se abrieron como platos cuando, a lo lejos –estaban en una de las partes más lejanas, pero faltaba para que llegasen al puente- me pareció ver una barra de metal en la mano de Ranma. ¿Qué pensaba hacer con eso?

El corredor que venía detrás, todo encapuchado y en una moto negra con lo que había podido apreciar antes como diseños de dragones dorados, disminuyó la velocidad y se atrasó unos cuantos metros, como previendo el siguiente movimiento de su rival.

Fue cuando la vi.

Debió ser allí cuando todo comenzó. Por ese tiempo, aún no me había acostumbrado a poder ver y escuchar nuevamente como lo hacía antes. Los chicos apenas si habían comenzado a enseñarme cómo ignorar lo que mi don me ayudaba a sentir. Ellos no me habían revelado los suyos, pero estaba bien. Les daría el tiempo y la paciencia que ellos me dieron a mí.

Lo que vi, sin embargo, no concordaba con ninguna cosa que hubiese visto antes. Se trataba de una silueta completamente negra, no tenía una forma definida, más bien difusa. Lo que me extrañó fue aquel ser se movía tan rápido como cualquiera de las motocicletas de la pista, que eran cinco. Me encontré con que no podía apartarle los ojos de encima, mientras rebasaba al resto de los competidores, casi como queriendo ganar, acercándose peligrosamente a Ranma.

Una parte de mi quiso gritar y advertirle del peligro, si es que lo había, pero no fui capaz de articular palabra, pues él volvió a sorprenderme como siempre lo hacía…

Inclinando la motocicleta, Ranma golpeó el suelo con la barreta sin parar su andar, logrando sacarle chispa entre amarillas y naranjas al asfalto.

—Wow —dije.

—Hay que tener mucha fuerza en los brazos para poder hacer eso, ¿verdad, Akane?

—Cierto —respondí volteando a mi interlocutora—. ¿¡Na-Nabiki!? —medio grité—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo siquiera llegaste?

—Del mismo modo que tú, mi novio me ha traído a las carreras —contestó en tono aburrido rodando los ojos—. Lo peor es que ni siquiera me ha dejado apostar, ¡como si yo necesitara de su permiso para algo! —farfulló molesta, sentándose junto a mí.

Yuka, Hiroshi, Sayuri y Daisuke, charlaban animadamente entre ellos sobre la carrera. Fue cuando volví a mirarla que mi cerebro finalmente registró lo que ella había dicho.

—¡Ranma no es mi novio! —le siseé, haciéndola reír por lo bajo.

—Como digas, hermanita. Oh, pero yo sólo hago caso a lo que veo y, siendo sincera, no recuerdo haberte visto esta noche —me sonrió.

—¿Verme? ¿A mí? —le seguí el juego—. Pero si estoy segura de que mi hermana se fue a un fino restaurante con su novio antes de que yo me fuera, no hay manera de que nos hayamos cruzado.

Nos sonreímos cómplices. Aquella complicidad entre ambas es una de las cosas que más atesoro. Siempre la atribuí a la minúscula diferencia de edad entre nosotras. Nunca podría tenerla con Kasumi, lamentablemente, ella es demasiado correcta como para encubrirme en cosas así. Estoy segura de que ella no saldría con un chico que viniera a las carreras clandestinas, ¡la regañina que nos daría si se enterase!

—Siento que desentono —me confió ella de pronto, quitándose el costoso abrigo de piel que le había pertenecido a Mamá y, antes de eso, a la abuela.

No me lo pareció tanto, pero tampoco es ningún secreto que mi hermana disfruta de las cosas lujosas y de buena calidad, se nota mucho en su forma de vestir. El vestido rojo que portaba era corto hasta las rodillas y ajustado, pero no vulgar, le iba bien a su figura, era de mangas largas y cuello vuelto. Traía una cadena de oro, tal vez un regalo de su novio, pantimedias color negro y unos zapatos de color vino de taco alto. Creo que ella los llamó "tacones Mary Jane", no sé si es que sus zapatos se llamen Mary y Jane o sólo sea el nombre de la marca o el diseñador, la verdad no me fijo mucho en eso, pero eran muy lindos, eso sí.

—¡Miren! —chilló Yuka emocionada—. ¡Ya van a saltar el puente!

Nuestra vista, o por lo menos la mía, estaba clavada en el último obstáculo: el puente. Tres motocicletas se quedaron atrás, sin atreverse a saltar, mientras que las otras dos saltaron, dejando ver una Harley Davidson clásica color rojo brillante que iba a la cabeza.

—¡Sí! —grité extasiada, cuando la motocicleta atravesó la meta. Acompañé el grito levantándome de mi lugar y alzando los puños en señal de victoria. No era la única, todos estábamos de la misma forma o más emocionados.

De la misteriosa sombra, ni noticias.

Hiroshi y Daisuke me dijeron que hablarían con Ranma un momento para "atender asuntos profesionales" y luego me lo mandarían, para luego irse. Yuka y Sayuri les acompañaron al principio, pero luego las vi apartarse de ellos y perderse entre la multitud. Me quedé sola con Nabiki.

—No hemos tenido oportunidad de hablar como se debe —le dije, rebuscando entre los bolsillos de la chaqueta de Ranma, que aún descansaba sobre mis hombros.

—¿Sobre qué? —me preguntó, arqueando una ceja.

—Estamos distanciadas desde que murió Mamá —pronuncié finalmente, y encontrando lo que buscaba: un encendedor y una cajetilla de cigarrillos. Saqué uno y guardé el atado.

—¿Desde cuándo fumas? —preguntó sorprendida.

—¿Lo ves? Antes sabíamos todo la una de la otra —encendí el cigarrillo y di una calada—. ¿Y ahora resulta que tienes novio? Ni siquiera sé su nombre…

—Ryuu Kumon —me contestó con rapidez, casi entre dientes. Se cruzó de brazos y empezó a golpetear el suelo con su zapato—. Y, para qué sepas, sospechaba de tu mal hábito. El olor no es difícil de confundir. ¿A qué viene esto, Akane? Mamá murió hace ya cuatro años, ¿lo olvidas? ¿Por qué quieres hablar sobre esto ahora? Te lo dejé claro, las cosas nunca volverán a ser como antes.

—Lo sé, muchas cosas cambiaron cuando Mami murió, pero hay algo que no ha cambiado, yo sigo siendo tu hermana, Nabiki. Sé que ya no somos pequeñas pero quiero cuidarte como me cuidabas a mí y saber que puedo confiar en ti como antes. Hay cosas en las que voy a necesitar una guía, sé que lo sabes, como también sabes que hay cosas que no puedo contarle a Kasumi, pero sí a ti.

No dijo nada, no necesitaba decirlo, pero vi ese brillo en sus ojos que indicaba que había llegado a algo.

—Entiendo —afirmó finalmente, asintiendo con la cabeza—. Ahora, eres tú la que debe guiarme a mí, no voy a negarte que extraño los momentos contigo, pero no sé cómo comenzar.

—¿Qué tal con tu novio? Dime la verdad, ¿estás con el por su dinero? —le pregunté.

—Por fin aprendes a ser directa —sonrió de lado, para luego ponerse seria—. Dime, ¿te parezco prostituta?

—Nah, como mucho una escort —bromeé.

Rodó los ojos, pero pude ver que se le escapaba una sonrisa.

—No estoy con él por su dinero, hermanita, puedes estar tranquila —suspiré con alivio—. Qué mala imagen tienes de mí —me reclamó frunciendo el ceño.

—Sólo quiero cuidarte —alegué, haciéndose que volviera a sonreír brevemente.

—Nena, de casualidad, ¿ese es uno de mis cigarrillos? —preguntó Ranma, poniéndome un brazo alrededor de los hombros de forma casual.

—Puede ser… —desafié, dando otra calada.

—Oye… pero, ¿no vas a presentarme a tu amiga, marimacho? —bromeó él al ver a mi hermana—. No sé de dónde, pero te veo cara conocida, muñeca.

—Ahora, no —dictaminó mi hermana con cierto fastidio—. Mejor llévatela a casa, Ranma —ordenó, su mirada se suavizó al posarse en mí—. Te veré después, Kany-neechan.

Sin más, se fue, dejándome muy sorprendida al oírla llamarme con el viejo apodo de Kany-neechan, que usaba cuando éramos pequeñas.

—Te veré luego, Biki-neechan —dije, aunque ella ya estuviera muy lejos como para escucharme.


¿Eres tonto? ¿O te entrenaron? —regañé a Ranma mientras nos sentábamos bajo el árbol de siempre, a la hora de almorzar junto a nuestros amigos.

—¿Y ahora qué hiciste, wey? —preguntó Ryoga.

—Nada que te incumba, Porky.

—¡Si serás…!

—Bueno, bueno, basta de pelear que les va a caer mal la comida —les regañó Ukyo dejando un bento abierto frente a su novio—. Ryoga, tienes que comer —le dijo con dulzura—. Te pones todo menso cuando no comes.

Ryoga hizo un puchero pero aceptó el almuerzo y comenzó a comer. Todos le imitamos, comenzando a hablar de cosas sin sentido. Shampoo, me echó una mirada que no fui capaz de pasar por alto, era casi… calculadora. Arqueé una ceja, cómo preguntándole que le pasaba, ella se levantó y se acercó a nosotros, tomando con brusquedad la bolsa que Ranma traía consigo, para luego dársela por la cabeza.

—¡¿Tú ser tonto?! —demandó saber.

—Shampoo, ¿pero qué te pasa? —soltó Ucchan, sorprendida por su arrebato.

—¡Mirar! —le indicó, entregándole la bolsa, sin apartar los ojos acusadores de Ranma.

El trenzudo tuvo la decencia de mirarse apenado bajo el escrutinio de Shampoo, seguido por los jadeos de sorpresa y las miradas acusatorias de nuestros amigos. Yo sólo me crucé de brazos, soltando un pequeño "te lo dije", por el cual me miró mal. Allí, sobre el césped y fuera de la bolsa, se encontraba un tablero de madera nueva, bien pulido con elegantes letras escritas. El puntero era igual o más bello. El problema… radicaba en que eso era una tabla de Ouija.

Lo mirábamos mal porque sabíamos que era peligroso usar una, aún con dones como los nuestros, le interrogamos al respecto, por supuesto, él nos juró y rejuró que la tabla era nueva –porque conocía el peligro de usar una que ya se usó antes-, y que no quería hacer nada drástico, es más, dijo que era para entrenarme.

Dijo que sería como entrenar artes marciales… -todos en el grupo las hemos practicado alguna vez, o sea, mi familia hasta tiene un dojo, duh-, yo hacía mucho tiempo que no utilizaba mis "poderes", por lo que estaba "fuera de forma" y la única manera de que recuperara lo que una vez tuve era entrenando, como si fuera el Arte. Tras mucho discutir, entre bocado y bocado porque nos sentíamos como si no hubiésemos comido en días –aunque, de hecho, todos desayunamos ese día-, decidimos que se podía intentar. Sonó la campana y volvimos al salón.

Ranma se veía muy satisfecho consigo mismo a la salida de la escuela, parecía contento de habernos convencido.

—Oigan…—llamó Mousse mientras íbamos camino a casa—. ¿Cómo lo haremos?

—Fácil, cegatón —rió el de la trenza—. Tengo un plan, hace rato que vengo pensando sobre esto. Ya tengo un lugar para hacer la sesión de espiritismo, es una mansión abandonada desde hace como dos décadas. Es cerca, casi en los bordes del distrito.

—¿A eso llamas cerca? —se quejó Ryoga.

—El lugar lo vale, ya he pasado por ahí con la motocicleta, hasta anduve preguntando y resulta que la casa tiene una historia detrás —le miramos expectantes—. Resulta que allí vivía una familia de tres, el padre con sus dos hijos. Un niño y una niña. La madre los abandonó, parece ser, según lo que dicen. Aunque otros dicen que se suicidó o se enfermó.

Habíamos llegado a la puerta del Neko-Hanten, por lo que Shampoo miró el local, a nosotros y, de nuevo, al local. Nos invitó a pasar y, luego de una rápida parada en la cocina, que ya olía a comida preparada, saludamos al padre de Shampoo y su bisabuela, que nos dio gallletas. Finalmente, subimos a su habitación.

Era una habitación grande, una cama de dos plazas, un escritorio con su silla, un buró y un armario de ropa completaban el mobiliario. Las paredes eran de un suave rosa pastel, como casi todo lo de la habitación. Ucchan y Shampoo se sentaron en la cama, mientras el resto nos sentamos en el piso. Era casi gracioso ver a Ranma completamente incomodado por la decoración del cuarto, exuberante de motivos gatunos.

Verán, Ranma tiene Airulofobia, miedo a los gatos, desde chico que no puede ni verlos. Shampoo por el otro lado, tiene Airulofilia, los adora, su habitación está llena de almohadones de Hello Kitty, peluches, tiene marcos con fotos de gatitos bebés y hasta tiene el reloj con la forma de ese animal, ese que mueve los ojos y la cola.

Iba a pedirle al miedoso, sí sé que no es correcto burlarse de los miedos de otros y admito que más de una vez hemos intentado maullar para asustarlo, pero en fin, que continuara con el relato, sin embargo, algo me interrumpió. Algo suavecito y peludo rozó mi mano, por lo que volteé a ver que era. Junto a mi mano izquierda había un dulce y tierno gatito, blanco como el más nuevo algodón. Acaricié su cabecita.

—Hola, pequeño amigo.

Como si me entendiese respondió con un suave "meow", estaba tan enternecida que lo tomé en brazos y lo apoyé en mi regazo. Miré a Ranma, estaba pálido como una hoja de papel y le temblaban levemente las manos, tragó con dificultad.

—¡Aww, pero qué ternura! —soltó Ukyo, bajando de la cama para acercarse a mí—. Hola, precioso, ¿quieres galletita? —dijo, ofreciéndole un pedacito de galleta.

El gatito comió lo que mi amiga le ofrecía, enterneciéndonos aún más. Ryoga se acercó curioso y acarició la cabeza del minino, mientras sonreía. No pude evitar agarrarlo, el animalito era demasiado lindo. Yo amo a los animales, me gusta pensar que yo les agrado a ellos, nada más que, por el momento, no puedo tener uno en casa.

—Él ser Copito, Shampoo poner ese nombre porque gatito ser lindo como copo de nieve.

Asentimos, era el nombre perfecto.

—Parece que elegí bien, ¿verdad? —preguntó Mousse sonriendo.

—¡Sí! Copito ser un encanto. Y tú ser mejor novio del mundo por dar mí regalo tan bonito —proclamó ella, apoyando la cabeza en su hombro.

Luego de seguir acariciando a Copito, él se quedó durmiendo en el regazo de Shampoo, mientras que nosotros, ahora sentados en ronda, procedimos a pedirle a Ranma que acabara la historia.

—Como decía —continuó tras aclararse la garganta y tratando de no mirar al gatito bebé que dormitaba entre suaves ronroneos—, al lugar se lo conoce como "La Mansión Kuno", por ser ese el nombre de sus antiguos propietarios. Nunca nadie la compró y los Kuno no tenían herederos, por eso se encuentra deshabitada. La historia sobre ellos y la casa va más o menos así: Los Kuno eran una familia que descendía de nobles de una antigua dinastía, por ende se consideraban a sí mismos como realeza. Como dije, era una familia de tres, el padre Koucho Kuno –que era director de escuela-, Tatewaki Kuno, el hijo mayor y Kodachi Kuno, la hija menor. Todas las personas a las que les pregunté, me dijeron lo mismo, que estaban locos. No se relacionaban con la gente del vecindario y muchos no estuvieron sorprendidos por lo que les sucedió.

»Dicen que una noche, Tatewaki, el hijo mayor, enloqueció por completo cuando la chica de la que estaba enamorado anunció que se iba a casar. En esa época, supongo que debía ser normal casarse al terminar la secundaria, pero no estoy seguro. Como sea, Koucho tenía un revólver en su despacho, Tatewaki lo tomó y quiso dispararse a la cabeza.

—¿Qué mierda? —soltó Ukyo—. ¿Alguien más piensa que es un poco drástico o sólo yo?

—Bueno, Uky, ya sabes lo que dicen —le dijo Ryoga, arqueando una ceja y con una sonrisa socarrona.

Ukyo ladeó la cabeza sin entender, hasta que la compresión cruzó fugazmente por su rostro, para convertirse en una sonrisa tan socarrona como la de su novio.

—¡No! —interrumpió Ranma—. ¡No lo digan! ¡Se los prohíbo!

—¿El qué? —inquirí yo.

—El amor mata —dijeron los dos a la vez con enormes sonrisas.

—…

—…

—…No entendí.

Me miraron con los ojos como platos.

—¿No conoces a Sid y Nancy? —murmuró Ryoga estupefacto.

—No, ¿quiénes son?

—Vale, vale, no lo conoces —aprobó Ukyo—. Pero, obviamente, sabes quiénes son los Sex Pistols.

—¿Sex Pistols? —repetí—. ¿Y ese nombre? ¿Son una banda o algo así? ¿De dónde? ¿De Estados Unidos?

Fruncí el ceño, Ryoga tenía cara de que lo estaban apuñalando y Ukyo se agarraba el cabello.

—¡No! ¡No son gringos! ¡Son ingleses! ¡Akane, tú lo que quieres es matarme! ¡Por supuesto que son una banda!

—Oh, basta —se quejó Shampoo—. Sólo ustedes conocer banda vieja.

—Y, por extensión, nosotros. No todo el mundo debe conocerlos, joder —combinó Mousse.

—Si el señor Vicious y la señora Spungen terminaron con sus ataques de histeria, ¿me permiten continuar?

Asentimos ante su voz cansina, por lo que Ranma continuó.

—Sin embargo, su padre trató de evitarlo, él siempre estuvo en contra de la relación de su hijo con esa muchacha, por lo que Tatewaki lo culpó de su desgracia…

—Alguien se está haciendo la víctima —opinó Mousse, con un brazo alrededor de los brazos de Shampoo.

—La verdad —opiné yo—-. ¿Y luego qué pasó?

—En el forcejeo, el arma se disparó y la bala le dio a Koucho en el pecho. Por lo que me dijeron, fue justo en el corazón. Suponen que por la culpa de haber matado a su padre, Tatewaki tuvo un motivo todavía más fuerte para quitarse la vida. Se metió el revólver en la boca y disparó.

Nos quedamos callados.

—Espera… —expresó de pronto Ryoga—. Dijiste que Tatewaki tenía una hermana, ¿qué pasó con ella?

Ranma hizo una pausa.

—Nadie sabe.

—¿Cómo nadie sabe? —inquirió Shampoo, frunciendo el ceño.

Se encogió de hombros, como si eso explicara todo. Nos envolvió otra pausa.

—¿…estás seguro, Ranma? —indagué yo.

—Nadie supo decirme qué le sucedió. Dicen algunos, tras la muerte de su familia, ella se fue de la ciudad y no la volvieron a ver, otros que se suicidó también, o que se volvió loca y estuvo encerrada en el Hospital Mental de Seiwa hasta que escapó. Luego están los que dicen que sigue viviendo ahí, en la mansión.

—¿Qué? —preguntó Ucchan poniéndose pálida—-. ¿Qué sigue viviendo en la casa dónde su familia murió? Qué horror, yo no podría.

—Nadie podría —apoyó Ryoga, a lo que yo asentí.

—Es que me dijeron que escuchan que ella les habla —explicó

Nos quedamos helados. ¿Cómo que les habla? ¿A sus familiares muertos? Temblé, pese a la calidez de la habitación. Imaginar que eso le pasara a mi familia me aterraba, aunque las posibilidades fueran nulas.

—Tal vez ella se hace escuchar… —sopesó Mousse.

—¿Cómo? —cuestioné sin entender—-. ¿A qué te refieres?

Ellos se miraron entre todos, para luego voltear a mí.

—No todos pueden ver lo que vemos, Akane —explicó Ranma—. O escuchar cómo escuchamos.

—Todos somos diferentes, incluso en ese aspecto —prosiguió Mousse—. Es la primera vez, de hecho, que conocemos a alguien con exactamente las mismas habilidades que otro.

—¿Te refieres a mí?

—Sí, tú ves y escuchas a los fantasmas, igual que Ranma —me explicó.

Miré al mencionado, yo simplemente había asumido que todos teníamos la misma habilidad porque cuando vimos a Ranko en el paso del tren, Ranma la vio y habló con ella, como hice yo. Claro que él me había aclarado que todos éramos sensibles a eso en algún punto u otro, pero pensé que se refería al hecho de que otros veían o escuchaban más o menos que otros.

—Creo… creo que entiendo. Entonces… ¿ustedes no-?

—No —continuó Ukyo—. Los que son como nosotros, tienden a tener un solo sentido asociado a nuestro don, luego tenemos una segunda percepción que viene con ello. Mira, yo, por ejemplo, no puedo escuchar a los fantasmas, pero puedo verlos. También puedo sentir sus intenciones, ¿es un espíritu que pretende hacer daño? ¿O sólo es un alma perdida?

—¿Cómo te das cuenta? —inquirí curiosa.

—Es como una sensación —explicó—. Si siento rechazo, son malas intenciones, si, en cambio, siento cierta… llamémosle "atracción" —dibujó comillas en el aire—, son buenas. Mi amour, aquí presente —agregó, poniendo una mano sobre la rodilla de Ryoga—, hace, esencialmente, lo contrario: él sólo puede escuchar a los fantasmas.

—También puedo sentir sus emociones de primera mano —continuó y frunció la nariz—. A veces puede resultar algo… problemático —ante mi mueca de pregunta no formulada, prosiguió—. Las emociones tienden a ser negativas, ira, soledad, tristeza, frustración, incluso arrepentimiento. Es un poco apabullante —contó, para luego sonreír y tomar la mano de Ukyo—. Aunque ahora, tengo mi propia medicina —dijo mirándola, para luego mirarme de nuevo—. Ukyo aplaca en cierto modo los sentimientos de los espíritus, porque ella hace que se sientan observados, gracias a su don.

—No todos nos ven, pero pueden sentirnos —aclaró ella—. En fin, no hay mucha explicación a nuestros dones, pero, ¿la hay para algo de lo que nos rodea?

—No, no lo creo —contesté.

Mousse tomó algo de su mochila y se levantó, explicando que ya era tarde y debía cambiarse el uniforme por otra ropa. Momentos tras su salida, entró a la habitación el padre de Shampoo, el señor Tzao, preguntándonos si queríamos quedarnos a cenar.

—Le agradezco, Señor Tzao, pero tenemos que despedir a alguien en el aeropuerto —explicó Ryoga, poniéndose de pie y tendiéndole la mano a su novia.

—Es cierto, cenaremos con mi padre allí, para despedirlo antes de que se vaya a otro de sus congresos, esta vez a Hokkaido —nos contó Ukyo, levantándose.

—Pues mi mamá iba a hacer teriyaki de pollo esta noche, creo que teníamos visitas.

—¿Se te olvida que hoy iré a tu casa? —le pregunté, arqueando una ceja.

—Ah, noma, sí cierto —sopesó con la mano tras la nuca.

Quedamos en arreglar los detalles de nuestra próxima salida al día siguiente tras acabar la escuela.


¿Listos, muchachos? —preguntó Ranma, emocionado como un niño en la mañana de navidad. Lo sé, una comparación muy cliché, pero realmente describe cómo lucía el ojizarco.

Nos hallábamos tras uno de los vetustos paredones que resguardaban la mansión Kuno. Era una lúgubre noche cerrada que se deslizaba suavemente entre nosotros, en forma de escalofriante y enigmática ventisca otoñal, aquella que se colaba por dentro de la ropa, forzándome a cerrar aún más mi chaqueta.

Recuerdo que no sabía qué hora era, Ranma había tocado a mi ventana pasada la medianoche, por lo que me había levantado y salí con él. Sabía que era una malísima idea molestar a los no-vivos de ese modo, pero si mis amigos acudían, ¿por qué demonios no? Las cosas en las que encuentra lógica uno…También recuerdo haber estado molesta con el de la trenza por haberme hecho caminar dos calles enteras en el frío hasta que decidió que era "seguro" montarnos a la motocicleta. El idiota. En el trayecto, se nos unieron dos motocicletas más, no tuve ni que darme vuelta para saber que eran las de mis amigos.

—¿Tienen frío, señoritas? —se mofó Ranma sin mirarnos, en tanto trataba de forzar el candado que mantenía la puerta trasera cerrada con Ryoga y Mousse a sus costados, observando su tarea—. Escucho que les castañean los dientes hasta aquí.

—Jódete, Saotome —le dijo Ukyo, mientras yo lo pateaba.

—Ryoga te está enseñando y no cosas bonitas —se quejó, aún riéndose—. Y, Marimacho, deja de patearme. Sé que eres tú, Shampoo me hubiera clavado el tacón de sus zapatos y Ukyo me hubiera pateado donde la espalda pierde su nombre. Basta ya, las tres.

Me senté sobre una roca, resoplando con fastidio. Shampoo me imitó, acomodando delicadamente la falda de su vestido. Nunca supe cómo ella y Ukyo podían estar así vestidas en semejante frío. Mi amiga de cabello azul –recientemente teñido a un violeta claro-, llevaba un vestido lleno de moñitos rosa pastel, su color favorito, que la hacía parecer una tierna muñequita, combinado con un suéter rosa bebé de lana, unas medias blancas transparentes con caras de gatitos en el borde y unos tacones, vaya sorpresa, rosas, que le daban unos cuantos centímetros más de estatura. La vi acomodarse el collar de puntillas ceñido al cuello que traía, dándome cuenta de que, pese a la hora que era, no se había olvidado de ninguna de sus pulseras de diversos diseños o de sus anillos de Hello Kitty.

Por otro lado, Ukyo era todo lo contrario, tenía una camiseta negra de Green Day, esa con la granada en forma de corazón, una chaqueta de cuero negro con púas en los hombros, unos pantaloncillos de jean negros que resaltaban sus piernas, cubiertas por medias de red que terminaban en unas botas estilo militar. Al parecer, ella tampoco le había hecho mucho caso a la hora al momento de arreglarse, pude ver –entre las sombras del lugar- que sus ojos estaban maquillados, al igual que sus labios, de algún color oscuro.

—¿Tienes fuego, Akacchan? —me preguntó suavemente.

—¡Ah, sÍ! —contesté con rapidez, sacando un encendedor.

Lo aceptó, para, luego de que su cigarrillo estuviese encendido, separarse de nosotras. La chispa de la llama relució contra las púas de su choker y me dejó apreciar que, sí, no me había equivocado en mi asunción. Sus carnosos labios lucían un rojo oscuro y sus ojos estaban delineados delicadamente con negro. Me devolvió el encendedor, con el cigarro a la distancia de un brazo, no me extrañó. Era por Shampoo, lo sabía. Ella y Mousse son los únicos que no fuman, la chica no lo hace porque tiene un grado algo leve de asma y él, supongo que no lo hace por su novia. El único que fuma de más es Ranma, yo lo hago de vez en cuando y Ryoga y Ukyo sólo los he visto a veces.

—Ya me estoy cansando de esperar… —se quejó Ukyo—. Eso y que me estoy congelando.

—Nadie te mandó a venir y mucho menos vestida como si fueras a trabajar en una esquina —le replicó Ranma, ganándose un golpe en la cabeza por parte de Ryoga—. ¡Ow! ¡Ya déjame, cerdo!

—¿Algún día decir nosotras porque decir a Ryoga cerdo? —inquirió Shampoo y, la verdad, yo también me lo preguntaba.

—No se puede, princesa —negó Ranma—. Es cosa de hombres. ¡Ahí está! —dijo, mientras oíamos como el candado y la cadena cedían.

—Al fin —gruñó Ukyo rodando los ojos y dando una última pitada al cigarrillo, antes de tendérselo a los chicos—. Osito, ¿quieres?

Ryoga asintió y se acabó el cigarrillo, para luego tirarlo al suelo y aplastarlo con el talón de su bota. Acto seguido, Ranma lo empujó a través de la puerta enrejada.

—Tú primero, Hibiki —le dijo.

—¡Ay! ¡Ow! ¡Auch! ¡La puta madre! ¡AY! ¡Me lleva la…! —se escuchó mientras Ryoga caía—. ¡AUCH! ¡Maldita sea! ¡Jódete, Saotome!

—¡Deja de hacer escándalo! —le siseó Ranma—. Y ya sabía que eras tú el que le enseñaba esas groserías a Ukyo, desgraciado.

—¡No es cierto! —replicó Ryoga, a mayor volumen debido a la distancia—. ¡Es al revés!

Ranma se agarró el pecho, haciendo una mueca de dolor, tan convincente que un poco más y me lo creo.

—¿Ucchan?¿Acaso tú…? —Ranma dejó la pregunta inconclusa, fingiendo estar herido, ella sonrió y asintió—. Oh, mi querida Ukyo, me hieres —dijo, haciéndola encogerse de hombros.

—Es que el chico está como para dar y no son consejos… pero, si le preguntas, te dirá que soy buena maestra —finalizó con una sonrisa ladina mientras Ryoga emitía un grito avergonzado.

—¡Ukyo!

—¡Mucha información! —me quejé yo.

—Demasiada —aprobó Mousse—. No queremos saber qué clase de cochinadas le enseñas a Ryoga, ¿vale?

—¿No ser Ryoga el cerdo? —acotó Shampoo divertida, sonriéndonos traviesa.

Ranma se acercó a la puerta y le apuntó con la linterna, nos acercamos a ver también. Dándonos cuenta de que era una breve cuesta empinada y algo embarrada. Ryoga apenas si se estaba levantando. Había que tener cuidado al bajar, pues no sólo la tierra era poco firme, sino que estaba infestado de piedras. Mousse, por su parte, se hincó frente a Shampoo, que se trepó a su espalda, enredando las piernas alrededor de su cintura y afirmando los brazos en torno a su cuello. Ante mi ceja arqueada, él respondió encogiéndose de hombros, mientras ella se acomodaba.

—Shampoo no puede bajar por ahí con los tacones puestos y hace demasiado frío como para que se los quite. Hablando de eso, tienes los muslos helados, gatita… —ella sólo soltó una risilla, para luego musitar algo en lo que supuse era chino, que hizo que Mousse se pusiese colorado—. A-airen, n-no digas esas cosas.

—¡Me lleva la chingada! —escuché gritar a Ukyo—. ¡Ryoga, atrápame!

Escuchamos un golpe que me hizo encogerme en mi misma.

—¡Déjense de hacer escándalo! —insistó Ranma, tomando mi mano, para, levemente, arrastrarme con él—. ¿Tienen linterna? —preguntó dirigiéndose a Shampoo y Mousse con la mochila sobre el hombro.

Sin embargo, ellos ya habían comenzado a bajar con ella sosteniendo la linterna. Ranma rodó los ojos y encendió la suya, comenzamos a bajar.

Una vez que pasamos la bajada y atravesamos el lodo, nos acercamos a una de las, aparentemente, múltiples entradas traseras. No tenía problema con entrar por ahí, en serio. Sólo pienso que hubiera estado mejor si Ranma no hubiese querido imitar a esos actores de los policiales americanos pateando la cerradura y acabando con la pierna atravesada allí tras hacer un agujero.

—Idiota —mascullé mientras que, entre todos, le ayudábamos a sacar la pierna, que tenía enterrada hasta la rodilla, del papel.

Iba a entrar yo primera, cuando me detuvieron las manos de Shampoo, aferrándose a mi brazo. Sus ojos carmesí escaneaban la repentinamente sobrecogedora oscuridad del pasillo que se extendía indefinidamente frente a nosotros.

—¿Shampoo? —inquirió Ryoga, que llevaba un rato callado, aún molesto por ser empujado y que no se le diese una linterna.

—Nosotros no estar solos… —dictaminó.


¡Pregunta para las chicas lectoras!: ¿Son Shampoo o son Ukyo a la hora de vestir?

AGRADECIMIENTO ESPECIAL: A Javier Paredes por contestar mis dudas sobre arrancones y carreras clandestinas :v.

Respuesta a reviews:

Paulayjoaqui: Pues para eso habrá que seguir leyendo xD. Muchas gracias por tu review, preciosa :3

Dee-Dee Zednem

26/06/17

11:04 P.M.