Capítulo 3: Remordimientos
Había comenzado a lloviznar tenuemente sombre Paris cuando el inspector Javert había salido tambaleante de la residencia de Jean Valjean y, aunque no era una lluvia propiamente dicha, era una de esas lloviznas que lograban calar hasta los huesos.
¿Hacia dónde quería ir? No tenía ni la más remota idea, solamente quería alejarse lo más posible de la presencia del único hombre que lo hacía oscilar sobre su ya precaria convicción. Pero las palabras de la hija de Valjean, de alguna manera, lo habían afectado sobremanera, sobre todo aquella detestable mirada de lástima… ¿Por qué una muchachita ignorante debía de sentir lástima por un hombre como él?
Aquel invierno era particularmente frío, pero aunque el inspector no se encontraba abrigado con un acogedor tapado, vestido con tan solo la ropa que había llevado puesta cuando intentó suicidarse en el río Sena, no sentía la inclemencia del tiempo debido a su mente trastornada. Caminando tambaleante entre las oscuras callejuelas de la ciudad —muchas de ellas aún mostraban las huellas de la rebelión de la desconforme muchedumbre en contra de la monarquía de Francia— no llevaba ningún rumbo fijo, moviéndose como si fuera un ser sin voluntad.
¿Por qué no había muerto? ¿Por qué seguía viviendo? ¿Por qué Valjean le había salvado la vida si siempre habían sido enemigos encarnizados? No lo sabía con exactitud, pero no deseaba seguir viviendo, no podía soportar la idea de tener que vivir en el mismo mundo que el despreciable convicto Jean Valjean. ¿Cómo era posible que aquel sujeto vil y corrupto le haya perdonado la vida aquella vez que lo había tenido acorralado en el callejón? ¡Se suponía que Valjean, como delincuente que era, tenía que haber tomado una justa revancha después de todo lo que él le había hecho pasar a lo largo de tantos años…! Pero en cambio, Valjean lo había dejado marchar ir dándole la dirección del lugar en donde vivía…:
"Vivo con el nombre de Fauchelevent, en la calle del Hombre Armado, número 7".
¡Maldito Jean Valjean y su estúpida muestra de compasión! ¡Lo detestaba! La compasión era algo que él, Javert, no lograba entender, era un sentimiento del que siempre había prescindido considerándolo una emoción digna de alguien débil… Y ahora él mismo sentía algo parecido a la compasión, o sea, se había apoderado de él la debilidad de los que se hacían llamar "piadosos".
¿Tener piedad por un convicto reincidente cuando él mismo se vanagloriaba de ser respetuoso con la ley y duro con los que la transgredían? ¡Idiota! ¡Sí! ¡Más que idiota! ¡Él, el incorruptible Javert había perdido la razón al decidir suicidarse antes que entregar a Jean Valjean a la justicia! ¿Pero por qué había llegado a una decisión tan exagerada? ¡Matarse! ¡Cuando bien podía haber apresado a Valjean!
Cuando estaban en el callejón, él desarmado y en manos de Valjean quien portaba un arma, él le había ordenado que lo matara o si no, no lo dejaría en paz hasta atraparlo. Jean pareció dudar por un momento, quizás pensando en todo lo que iba a perder si Javert lo detenía, pero en cambio disparó al aire y le dijo:
"Ya está muerto, Javert"
Y se fue, dejándolo solo con sus pensamientos y el impacto del momento.
¡Qué palabras tan extrañas y tan ciertas al mismo tiempo…! De alguna manera, él, Javert, había muerto aquella noche. Y a la mañana siguiente, cuando volvió a encontrarlo otra vez, al final de las cloacas de París, Valjean transportaba sobre sus fuertes espaldas a un joven gravemente herido que respondía al nombre de Marius Pontmercy, uno de los rebeldes. ¡Qué grande fue su sorpresa cuando aquel supuesto convicto perverso le pidió dejar ir al muchacho a cambio de su captura! Y Javert accedió, sí, accedió casi sin problemas a la petición del condenado cuando bien podría habérselo negado y conducido a la cárcel junto a Pontmercy. ¿Por qué lo había permitido? ¿Por qué? Ésa era la pregunta que atormentaba su alma y su corazón. ¡Maldito Jean Valjean! ¡Maldito él y su muestra de bondad! ¿Es que acaso una mala persona podía llevar buenos sentimientos en su interior? ¿Acaso eso era posible? Y si lo era… ¡él había estado completamente equivocado en sus creencias! ¡Su única ley en la vida había sido en creer ciegamente en las leyes de la justicia de los hombres! Pero ahora…, dudaba, dudaba y eso lo hacía estremecerse de pavor. ¡Verse obligado a pensar sobre sus actos y sus creencias y pesarlos sobre la balanza de la realidad era doloroso para él! ¡Oh! ¡Cuán equivocado había estado en juzgar ciegamente a quien no se lo merecía!
Javert recordaba las palabras que Jean Valjean le había dicho sobre sí mismo en el callejón:
"¡No soy nada, no soy nadie!"
No, en eso Jean Valjean estaba equivocado, él había sido el bondadoso alcalde de Vigo, el alcalde Madeleine. ¡Y también el salvador de aquella prostituta y su hija! Sí…, aquella mujer se llamaba Fantine… ¿cómo olvidarlo ahora? La pobre mujer había caído en desgracia y vendido su orgullo y su cuerpo para lograr mantener a su pequeña hija gracias a los prejuicios impiadosos de la gente y de él… ¡Sí! ¡Él había provocado su muerte prematura cuando fue a apresar a su salvador en frente de sus moribundos ojos! Crueldad. Casi maldad. Insensibilidad… Eso era Javert, el mismo demonio vestido de policía. ¡Oh, cruel realidad! ¡Darse de topes contra la dura pared que era la realidad al darse cuenta lo injusto que había sido en contra de muchos!
La ley, que había sido su estilo de vida, temblaba bajo sus pies y lo dejaba con una sensación de abandono indecible. Javert sentía su mente completamente embotada, confundida, perdida. Tanto las palabras de Cosette como la de Valjean carcomían su mente sin piedad, Javert quería que aquellos ecos se acabaran y lo dejaran en paz de una buena vez. Él ya no quería seguir pensando, ya no quería seguir batallando contra sus viejas convicciones y sus recientes sentimientos despertados.
Cuando Javert por fin pudo salir de su afiebrado ensueño, se dio cuenta de que estaba parado sobre uno de los tantos puentes de piedra que cruzaban el río Sena y, acercándose al borde para observar sus oscuras aguas revueltas, llegó a la conclusión que aquel martirio moral podía terminar allí mismo, bajo aquellas impiadosas aguas.
Sin pensarlo siquiera, Javert se subió a la baranda del puente y permaneció parado sobre él por algunos segundos, inclinándose hacia el abismo, hacia una muerte segura. Ningún pensamiento pasaba por su mente absolutamente confundida, ningún sentimiento se definía claramente en su corazón, Javert solamente sabía que ya no podía seguir viviendo como había vivido hasta ese momento y no podía cambiar su forma de pensar, no, eso significaría un profundo fracaso para sus férreas convicciones, por lo tanto, él tenía que morir junto con ellas.
Separando los brazos del cuerpo, el inspector Javert se dejó caer finalmente hacia aquel oscuro abismo, deseando ser recibido por aquellas turbulentas aguas del río Sena y enviado a una muerte eterna. Pero, para su sorpresa, escuchó a alguien gritar detrás de él, tomándolo fuertemente de la muñeca y dejándolo colgado del puente. Al alzar la vista para saber quién había evitado nuevamente su suicidio, grande fue su sorpresa al ver que, nuevamente, había sido el ex convicto Jean Valjean el que había evitado su tan buscada muerte.
—¿Tú otra vez? —se quejó Javert—. ¿Es que jamás vas a dejarme tranquilo?
—¡Si te refieres a dejar que te suicides, jamás lo permitiré mientras esté en mis manos, Javert! ¿Por qué insistes con esto? ¿Es que no puedes contemplar otra salida?
—¡No! ¡No puedo hacerlo! ¡No puedo vivir de otra forma de la que he vivido!
—¡Es mentira! ¡Usted puede rehacer su vida! ¡Inténtelo!
—¡No! ¡No puedo! ¡Nadie puede cambiar su nacimiento!
—¡Míreme a mí, Javert! ¡Yo logré cambiar!
—¡No! ¡Usted sigue siendo el mismo criminal de antes!
—¡Míreme, Javert! —sus ojos brillaron y su mano se aferró con más fuerza sobre la muñeca—. ¿Está seguro de que no he cambiado? ¿Está seguro?
El inspector no dijo nada esta vez, simplemente miró a los ojos a aquel hombre a quien aún consideraba su enemigo. Su mente, aun confundida, logró reordenarse el tiempo suficiente como para que lograra meditar aquellas palabras.
—No… —respondió con menos vehemencia que antes—. Ya no estoy seguro de nada… Ni siquiera puedo estar seguro de mí mismo…
El noble corazón de Valjean sintió compasión por aquel hombre que había sido su más acérrimo enemigo. Podía comprender su confusión, él también había pasado por la misma situación hacía mucho tiempo atrás.
—Vamos, Javert, no se rinda. ¿No cree que sería mejor buscarle otro sentido a su vida?
—¿Otro sentido a mi vida…? —repitió sorprendido.
—Sí. Usted es fuerte, Javert, ¿por qué no lo intenta?
El aludido se le quedó mirando en silencio por unos momentos, suspendido en el aire mientras Jean Valjean seguía sosteniéndolo por la muñeca.
—¿Por qué lo hace, Valjean? ¿Por qué insiste en ayudarme? Yo siempre quise destruirlo… No lo entiendo…
Jean sonrió amistosamente.
—No lo sé, Javert, tal vez porque creo que usted y yo podemos llegar a ser muy buenos amigos… ¡Hemos estado tan pendientes del uno y del otro durante tanto tiempo que no concibo la idea de que estemos separados por la infranqueable barrera de la muerte… No aún.
—¿Ser amigos? ¿Usted y yo…? —pareció pensarlo—. Yo nunca tuve amigos, ¿sabe?
—Yo tampoco los he tenido... ¿No cree que éste sería un buen momento para tener uno?
Javert guardó silencio, meditando aquellas palabras, aquella posibilidad. Nunca había tenido un solo amigo en su vida pues todos lo habían despreciado por su origen u odiado por su frialdad. Siempre había pensado que nunca iba a necesitar tener un amigo, pero ahora, aquella idea de tenerlo le parecía nueva y tentadora. Pero tenerlo sería de por sí un cambio en su personalidad, en su forma de pensar, pero tener a Jean Valjean como amigo era ya un cambio enorme que aún no se sentía preparado para concederse a sí mismo porque aún anidaba en él el odio, la dureza y, sobre todo, el remordimiento, sí, un enorme remordimiento que había anidado en su corazón durante años desde la muerte de Fantine, un remordimiento del que no se había percatado de su existencia hasta el momento en que Valjean le había perdonado la vida… ¿Cómo podía ser amigo del hombre cuya mujer él había condenado a la muerte?
Y así, volviendo su fría mirada hacia nuestro protagonista, le dijo:
—Llévame hasta la tumba de aquella mujer, Valjean.
—¿Cuál mujer? —preguntó sorprendido.
—De Fantine. De la madre de tu hija Cosette.
Valjean se quedó atónito; jamás se hubiera esperado semejante pedido por parte de aquel sujeto que había sido el culpable indirecto de la muerte de su querida Fantine.
—¿P-por qué quieres visitar la tumba de Fantine?
Javert guardó silencio por algunos segundos, segundos que le parecieron eternos al ansioso ex convicto.
—Porque quiero pedirle perdón —fue la sorprendente y determinada respuesta.
Si Javert no lo estuviera viendo a los ojos con una férrea determinación, Valjean jamás le hubiera creído y, sujetando con más fuerza la muñeca de su enemigo para izarlo, declaró:
—Vamos entonces.
