La casa por el tejado – Fito & Fitipaldis

Rose salió del abarrotado vagón de metro y miró su reloj. Todavía le quedaban más de veinte minutos para la entrevista, pero no quería llegar tarde y darles una mala impresión a las señoras Greengrass. Sabía que oportunidades como aquella no se presentaban todos los días y no quería cagarla y quedarse sin aquel puesto. Suspiró y se dirigió rápidamente hacia la salida. Theo le había dicho que no tenía más que acercarse al mostrador de la entrada y decirle a quien estuviera encargado aquella mañana que había venido a una entrevista con Daphne Greengrass y que alguien la acompañaría, pero que intentaría pasarse él también para ver cómo iba todo. Era un chico muy majo y no tenía nada que ver con el amargado de su primo, al que, por suerte, apenas había visto en todo el fin de semana.

Rápidamente comenzó a recorrer el Paseo de la Castellana hasta llegar al número que su vecino le había indicado y, tras comprobar el nombre de la empresa y esbozar una enorme sonrisa –aunque no lo admitiera, le había dado un poco de miedo que le hubieran intentado tomar el pelo–, pasó al interior y se dirigió al mostrador, tal y como le habían dicho.

–Hola, buenos días –saludó–. Soy Rose Weasley, vengo a una entrevista con Daphne Greengrass.

–Sí, ya me lo han comentado –respondió el chico, mirándola de arriba abajo unos instantes y enarcando una ceja de forma descarada–. Coja el ascensor y suba hasta la última planta. Allí se encuentran los despachos y la recibirán.

–Vale, muchas gracias.

Se alisó la chaqueta de su traje de dos piezas e hizo lo que el chico le había indicado. Cuando salió del ascensor, recorrió unos metros, indecisa, sin saber muy bien qué hacer hasta que vio una puerta con un rótulo con el nombre de la mujer y se acercó. Tomó un par de bocanadas de aire y levantó el puño para llamar pero, antes de que pudiera hacerlo, una voz la sobresaltó.

–¡Menos mal que te pillo, vecinita!

–¡Joder, Theo! –Se giró y negó con la cabeza. El chico llevaba un traje de chaqueta y corbata, aunque su pelo estaba ligeramente despeinado–. Creía que ya no te vería.

–Acabo de terminar con mis quehaceres y te he visto –contestó, encogiéndose de hombros–. ¿Estás nerviosa?

–Un poco, pero espero que todo vaya bien.

–Seguro que sí. Además…

La puerta del despacho se abrió, dejando al chico con la palabra en la boca, y una mujer alta, elegante, con el pelo castaño liso y unos tacones de más de 15 centímetros se asomó. Alternó su mirada entre ambos y enarcó una ceja.

–¿Rose Weasley? –Le preguntó.

–Sí –respondió rápidamente–. Es… es un placer conocerla, señora Greengrass.

–Pasa al despacho, en seguida comenzará tu entrevista. –Fijó la mirada en su hijo y esbozó una sonrisa burlona–. ¿Ya has terminado de fotocopiar esos informes?

–Sí, mamá.

–Genial, pues entonces, ¿por qué no riegas todas las plantas de la entrada?

–No soy el conserje.

–¿Vas a replicarle a tu jefa? –Chasqueó la lengua y puso los ojos en blanco–. Ay, hijo, te queda tanto por aprender.

–Pero…

–No quiero protestas. Vamos, hazlo.

Theo se alejó, maldiciendo por lo bajo y diciendo que aquello «era explotación laboral» y que, si no fuera su madre, la denunciaría al sindicato. La mujer lanzó una pequeña carcajada y pasó al interior de la habitación.

–Por favor, Rose, siéntate. ¿Puedo llamarte Rose, verdad?

–Sí, claro, por supuesto –asintió con cierto nerviosismo.

–Voy a avisar un momento a mi hermana. –Pulsó un pequeño interfono y sonrió–. As, ya está aquí la chica. Ven a mi despacho, no tardes.

Soltó el botón y ocupó su sitio detrás del escritorio. Cogió una carpeta y sacó el currículum de Rose y su carta de motivación, que comenzó a ojear.

La puerta pronto se abrió y otra mujer –algo más bajita, con el pelo recogido y unos tacones más discretos– entró seguida ni más ni menos que de Scorpius.

–Mamá, por favor –le suplicó el rubio–. No puedes contratarla, está loca. A Theo le cae bien y le hace gracia porque es guapa, pero es una psicópata.

–Scorpius, no es de tu incumbencia a quien decidamos contratar tu tía y yo, ¿de acuerdo? –Lo cortó, poniendo los ojos en blanco–. Y ahora no seas pesado y tráeme mi white mocha con leche de almendras.

–¡Mamá!

–Aquí no soy tu madre, soy tu jefa y quiero que mi asistente me traiga un café de forma inmediata. Y deja de quejarte de una vez. Esta es mi empresa y yo sé a quién debo contratar, ¿de acuerdo?

–Si vas a por cafés, yo quiero un caramel con leche de soja.

–¿Y tú quieres algo, Rose? –Astoria le dedicó una sonrisa amable y señaló al chico con la cabeza–. Scorpius te invita.

–¡Sí, claro, ahora tengo que invitar a café a la loca que me dejó sin luz!

–Por supuesto porque, si finalmente la contratamos, estará por encima de ti en la empresa.

–Este castigo es desproporcionado y pienso llamar al abuelo y quejarme de lo que estás haciendo.

–Como si él no lo supiera ya. Nos dejó la empresa a tu tía y a mí y sabe que solo hacemos lo mejor para ella. –Negó con la cabeza y volvió a mirar a Rose–. Y, ahora, querida, ¿qué quieres tomar?

–El mocha con leche de almendras suena bien.

–Perfecto, pues dos white mochas con leche de almendras y un caramel con leche de soja, que no se te olvide.

–Esto es increíble.

Scorpius se marchó dando un portazo y Rose carraspeó algo incómoda. A lo mejor aquello no era buena idea. ¿De verdad quería tener que soportar a ese imbécil no solo en el edificio sino también en el trabajo?

–Bueno, pues como ya estamos las tres podemos empezar. –La voz de Daphne la trajo de nuevo al presente y asintió–. Veo por tu currículum que terminaste el grado en Derecho hace dos años. Derecho hispano-francés en la Complutense, ¿cierto?

–Sí, hice la mitad de la carrera en París, en la Sorbona –contestó, sonriendo.

–Así que asumo que tienes un buen nivel de francés.

–Bastante bueno, sí.

–Eso es genial –intervino Astoria–. Siempre es bueno que nuestros empleados sepan defenderse en varios idiomas. Somos una empresa internacional como supongo que sabrás y es muy útil. ¿Solo hablas francés?

–Algo de inglés e intento aprender alemán, aunque es bastante complicado y me cuesta.

–Bueno, pero se ve que tienes iniciativa.

–Gracias, señora Greengrass.

–Llámame Astoria, por favor. –Sonrió y se encogió de hombros.

–Sí, bueno, también veo que hiciste un máster en Asesoría Jurídica de Empresas en la Carlos III y tienes varios cursos en distintos ámbitos del Derecho.

–Sí, la verdad es que siempre me ha interesado el departamento jurídico de las empresas así que quise especializarme en eso, aunque el derecho penal también me llama mucho la atención –explicó–. El civil siempre fue mi punto débil.

–Es bueno saberlo –Daphne asintió–. Y veo que has estado de becaria en varios bufetes.

–Sí, pero cuando se acababa el período de prácticas no me contrataban y se buscaban a otro becario. –Se mordió el labio, algo nerviosa–. Yo soy muy trabajadora, se lo aseguro.

–No lo ponemos en duda, tranquila –intervino Astoria–. Sabemos que es difícil encontrar trabajo, sobre todo al principio.

–Sí…

–Mira, Rose, mi hijo me ha pedido que te contrate –la cortó Daphne–. Dice que eres una chica increíble, encantadora y con mucho potencial. Te seré sincera, insistió tanto que pensaba que estabais liados, pero ahora que te he visto y he charlado un poco contigo creo que eres demasiado inteligente para eso.

–¿Gracias?

–La cuestión es que dice que eres una chica muy decidida y tu currículum está muy bien. Te falta experiencia, pero ya la irás adquiriendo.

–Tenemos una plaza vacante, no es el mejor de los puestos, pero podrías ir escalando posiciones poco a poco dentro de la empresa –continuó Astoria–. ¿Estarías interesada?

–Pero, ¿esto no es para unas prácticas?

–No, es para un puesto fijo. Contrato de 8 horas diarias, fines de semana libres, un mes de vacaciones, días de asuntos propios y 1.200 euros netos al mes.

–¿Perdón, cuánto?

–Sí, como te hemos dicho es un puesto algo bajo aún, pero conforme vayas subiendo, el salario se irá incrementando –le explicó la mujer, sonriendo con indulgencia.

–Ya, pero ¿1.200 al mes? ¿No al año? ¿No cada tres o cuatro meses?

–No, claro que no.

–¿Y dónde firmo?

Las dos mujeres estallaron en carcajadas mientras la pelirroja intentaba no desmayarse de la emoción. No se había esperado eso en ningún momento.

–¿No quieres mirar siquiera el contrato? Eso habla bastante mal de ti como abogada… –Comentó Daphne.

–¡No! O sea, sí, ahora lo miro, en cuanto lo tenga, pero… Es que no me lo esperaba para nada. En el último sitio en el que estuve trabajando me daban 200 euros al mes y, en el anterior, apenas 150.

–Bueno, pero nosotros somos una empresa seria y…

La puerta se abrió, interrumpiendo a la mayor de las Greengrass que sonrió a su sobrino que venía con tres vasos de papel llenos de café.

–Aquí tenéis. –Los dejó sobre la mesa de mala manera y fulminó con la mirada a su vecina de enfrente–. ¿Algo más o puedo marcharme ya?

–Sí, deberías darle la bienvenida a tu nueva compañera. –Astoria señaló a Rose y sonrió–. Theo tenía razón, es una chica muy agradable.

–Me parece increíble que acabes de contratar a la tía que se ha cargada con un martillo el contador de la luz de mi piso.

–Theo dice que la provocaste, cariño.

–¡Deberías estar de mi parte! –El rubio bufó y se dirigió hacia la puerta–. ¡Me voy a ordenar informes!

Cerró de un portazo y la pelirroja suspiró, algo nerviosa.

–No te preocupes, Rose. Últimamente está muy irascible, pero ya se le pasará –le explicó su madre–. Solo tienes que tener un poco de paciencia con él.

–Sí, claro. –Asintió–. ¿Cuándo quieren que empiece?

–Mañana mismo –respondió Daphne–. Theo te llevará el contrato esta tarde y, si todo te parece bien, puedes traerlo firmado y comenzar de inmediato. Trabajamos de nueve a una y de tres a siete, aunque a veces debemos modificar los horarios por reuniones y conferencias, pero nunca se superan las ocho horas diarias, tranquila.

–De acuerdo.

–Pues, bueno, suponemos que tienes cosas que hacer así que mañana nos veremos, ¿de acuerdo?

–Claro y, de verdad, muchísimas gracias por esta oportunidad. Es… es simplemente increíble. Gracias.

Rose se puso de pie, cogió su café y salió del despacho, emocionada. Una vez hubo salido, Daphne se giró y miró a su hermana, que sonreía.

–¿Qué te parece la chica? Hemos hecho bien, ¿verdad? A ver, no tiene apenas experiencia, pero creo que sabrá adaptarse pronto a su nuevo puesto de trabajo.

–De momento solo tiene que ayudar al jefe del departamento, no es nada que no pueda hacer, estoy segura –contestó Astoria–. Además, ya has visto cómo hablaban los chicos de ella y parece realmente competente.

–Sí, es verdad. –Se tomó un sorbo de café y sonrió.

–La quiero de nuera.

–Eso ya lo sabía yo, se te ha notado durante la entrevista.

–A Scorpius le vendría bien una influencia positiva. Aunque todavía no puedo creerme que una chica tan agradable haya dejado a nuestros hijos sin luz todo el fin de semana.

–Es de armas tomar y eso me gusta. Puede irle bien en la empresa.

–Estoy segura de que le irá bien y… no sé. A lo mejor intento algo.

–As, no se mezclan el trabajo y el amor.

–Pues bien que te enamoraste de Theo cuando le llevaba los cafés a papá.

–Ya, bueno… –Daphne se puso roja y apartó la mirada. Aunque su marido ya no trabaja en Greengrass S.A., había sido el asistente de su padre varios años–. Solo te pido que tengas cuidado.

–Tranquila. Viven el uno enfrente del otro. La naturaleza seguirá su curso y yo apenas tendré que asignarles alguna que otra tarea común.

Le guiñó el ojo y cogió su vaso. Tenía un buen presentimiento con aquella pelirroja.


Lizzy comenzó a pulsar el timbre de James con nerviosismo. Necesitaba hablar con él cuanto antes, estaba demasiado emocionada como para callarse aquello un minuto más. Y quería que su vecino fuera el primero en saberlo. Siguió insistiendo hasta que el chico por fin abrió. Iba sin camiseta y con el pelo despeinado y ella no pudo evitar sonreír de medio lado al verlo.

–A ver, Jamie, ya sé que quieres seducirme, pero no hace falta que me abras así.

–Estaba tocando la guitarra.

–¿Semidesnudo?

–Tenía calor. –Puso los ojos en blanco y negó con la cabeza–. ¿Qué pasa, Lizzy?

–Me ha pasado una cosa increíble. –Dio un pequeño saltito y sonrió–. Te invito a café, sube al piso.

–¿Te importa si me subo la guitarra? Estoy practicando.

–No, claro, sube. Pero no te pongas la camiseta, que tengo muy buenas vistas.

–Así que buenas vistas, ¿eh? –Apoyó las manos en sus caderas y tiró un poco de ella, acercándola.

–¿Quieres que te cuente lo que me ha pasado o no? –Lizzy comenzó a dibujar pequeños círculos con el dedo sobre su pecho y sonrió de medio lado.

Justo entonces, la puerta de enfrente se abrió y ambos se separaron bruscamente. La morena se giró y le dedicó una sonrisa amable –acompañada de un sonrojo– a su vecina, que los miraba con una ceja enarcada.

–Buenas tardes, chicos –los saludó finalmente–. ¿Cómo estáis?

–Bien, Leonor, ¿y usted? –Le preguntó James, sonriendo.

–Ahí vamos, niño. Ahora me voy a ver a mi hermana que la pobre se cayó el otro día y anda fatal con la cadera y, como no puede venir a misa, pues la vamos a ver las dos juntas por la tele así no tengo que ir yo sola.

–Vaya, pues espero que se mejore.

–Muchas gracias, se lo diré. –Recorrió el rellano y se detuvo a su lado. Alternó la mirada entre ambos y suspiró–. Con la buena pareja que hacéis, niños…

–Pero Leonor, si ya le hemos dicho un montón de veces que somos solo amigos –protestó Lizzy.

–Hija, pues yo con mis amigos no hacía lo que vosotros estabais haciendo aquella noche. Lo hacía con mi marido, que en paz descanse. –Negó con la cabeza–. Estos jóvenes de hoy en día. Si es que no sabéis lo que queréis.

–Bueno…

–Sí, sí, hijo, que yo sé que sois muy jóvenes, pero ya vais para los 30 y yo a vuestra edad ya estaba casada y tenía dos niños.

–Eran otros tiempos.

–Lo sé, niña, pero yo sé lo que me digo y vosotros dos os andáis con muchas tonterías. –Chasqueó la lengua y suspiró–. Pero, bueno, vosotros sabréis. Me voy, que como pierda el autobús, tendré que esperar un buen rato hasta que pase el siguiente. Pasad buena tarde.

–Igualmente Leonor –se despidió James.

–Hasta luego.

La mujer se alejó y ellos se miraron, muertos de vergüenza y conteniendo la risa a duras penas. Al parecer el dormitorio de James y el de su vecina estaban pared con pared y una noche se habían emocionado demasiado y la habían despertado. La escucharon gritar que «no eran horas» y, a la mañana siguiente, cuando Lizzy salió del piso y se la encontró de frente, les dedicó una mirada de desaprobación y una pequeña sonrisa. Desde ese día, la morena se ponía completamente roja cada vez que la veía y la mujer siempre les dedicaba comentarios sobre las tonterías que, según ella, estaban haciendo.

–Bueno, ¿te espero o…?

–Sí, voy, claro. Dame un segundo.

James entró al piso para coger la guitarra y una camiseta. Se guardó el móvil en el bolsillo del pantalón, echó la llave y ambos subieron hasta el apartamento de la chica en la planta de arriba. Entraron y, tras dejar las cosas en el salón, pasaron a la cocina y se prepararon un par de cafés.

–Bueno, ¿vas a contármelo de una vez o todo era una estratagema para traerme a tu piso?

–¿Crees que necesito inventarme cosas para traerte aquí? –ella negó con la cabeza y sonrió–. Pero sí, te lo digo, impaciente. ¿A que no sabes que me ha pasado hoy en el seminario?

–¿Qué te ha pasado?

–Pues resulta que Alba no ha podido ir así que estaba sola y a mi lado se ha sentado un chico súper guapo de tercer año de doctorado. Hemos estado charlando y me ha estado diciendo que estudia no sé qué cosa de física y yo le he estado explicando lo que investigo yo. La verdad es que es muy simpático y me he reído mucho.

–¿Y…?

–Y, antes de irnos, me ha dicho de quedar y vamos a salir a cenar esta noche.

–¿Qué?

–¡Que he ligado, James! –Exclamó antes de lanzar una carcajada–. ¡Por fin! ¿Es que no te alegras?

–Sí –se apresuró a decir él, que se había quedado callado, sorprendido–. Sí, claro que sí. Por supuesto. Me alegro muchísimo, Lizz. Espero que sea un buen tío.

–Sí, yo también. –Asintió y tomó un sorbo de su café, ajena a la tensión que se había instalado en la sala–. Estoy muy emocionada. Ya sabes que siempre he ido bastante de culo en los temas del corazón.

–¿Vas a acostarte con él? –Le preguntó él, algo incómodo. No sabía por qué Lizzy le estaba contando aquello. Hacía casi un año que habían dejado de acostarse y él mismo había salido con un par de chicas (aunque, siendo sincero, hacía ya mucho tiempo desde la última y fueron solo dos rollos sin importancia que lo dejaron más vacío de lo que se sentía antes) pero, aun así, era muy extraño e incómodo. Él no iba contándole cuando se liaba con otra para no incomodarla, ¿por qué ella se lo contaba? ¿A ella le daba igual de verdad? ¿No sentía nada extraño al imaginarlo con otra? Porque él se moría al pensar en ella y otro chico.

–No lo sé. No lo he pensado aún. –Lizzy lo miró y, por fin, se dio cuenta de lo enrarecido que estaba el ambiente. Miró a James de arriba abajo y se obligó a esbozar una pequeña sonrisa–. ¿Con alguien tendré que practicar todo lo que me enseñaste, no?

James sonrió también sin poder evitarlo. Nadie lo sabía, pero él había sido la primera vez de Lizzy. La verdad era que nunca se imaginó que la chica fuera tan tan virgen. Ni siquiera había besado a nadie antes de aquel día. Pero había sido muy divertido «enseñarle», como ella decía.

–Fuiste una alumna excelente.

–¿Crees que no lo sé? –Tomó un poco más de café y se encogió de hombros–. De todas formas esperaré. A la segunda o tercera cita.

–Así compruebas si le interesa algo más que acostarse contigo.

–Exacto. Ya te iré contando.

–Sí, claro. Mantenme informado y ten mucho cuidado, por favor. No quiero que te hagan daño, Lizz. –James suspiró–. ¿Te importa si me pongo a ensayar? Desafiné un poco en el último concierto y necesito practicar.

–No desafinaste.

–Claro que lo hice.

–¿Cuándo?

–En La casa por el tejado –replicó, haciendo que ella pusiera los ojos en blanco–. No hagas eso.

–Es que eres un exagerado y un melodramático. Te salió bien, como siempre.

–No, mira, se me va una parte. Vamos al salón y te lo enseño.

–Como quieras…

Salieron al salón y se sentaron en el sofá. Él cogió la guitarra y comenzó a tocar, concentrándose al máximo. Siempre se le iba la misma nota y no quería volver a equivocarse.

A coger el cielo con las manos. A reír y a llorar lo que te canto. A coser mi alma rota. A perder el miedo a quedar como un idiota y a empezar la casa por el tejado. A poder dormir cuando tú no estás a mi lado. Menos mal que fui un poco granuja, todo lo que sé me lo enseñó una bruja.

Siguió hasta que terminó y miró a la chica con preocupación y expectación.

–Ha estado muy bien y lo sabes. –Lizzy sonrió–. Seguro que serían los nervios, pero yo no noté nada. Te lo habría dicho si no, ya lo sabes.

–Bueno…

–No seas idiota, ¿vale? –Pasó un brazo por sus hombros y le dio un beso en la mejilla–. Eres genial, tranquilo. El mejor cantante del mundo, mi Jamie.

James, simplemente, sonrió y le dio un beso en la frente antes de acercarla a su pecho y abrazarla.


¡Hola a todos! :)

Ay, miedito me dan a mí Daphne y Astoria, pero bueno, parece que Rose ha conseguido el trabajo de su vida, aunque tenga que soportar a su "querido vecino" ;)

Y Lizzy y James xDD No voy a decir nada, solo que su vecina es lo más genial del mundo :3

Nos leemos el próximo miércoles y, como siempre, gracias por vuestro apoyo. ¡Me alegra que os esté gustando el fic!

Un beso enorme,

María :)