Capítulo 4.

En busca de los tres objetos

-No sé dónde están.

-Pero ese ciervo dorado ha dicho que tú lo sabías – argumentó Miroku.

-Ella me encargó que escondiera el velo y la tiara pero no lo hice, yo no fui – dijo Sesshomaru con los ojos cerrados.

-Sino fuiste tú, ¿quién fue? – Preguntó Kagome.

-Mi padre – respondió abriendo los ojos y mirando fijamente a la humana que estaba enfrente. – Fue el quien los escondió.

-Eso es un gran problema – puntualizó Miroku.

-Es cierto. Nunca podremos encontrar esos tres objetos si fue el amo Inu no Taishô quien los escondió – comentó Myoga.

-Sesshomaru es mejor que la lleves dentro. Parece ser que esa joven necesita descansar – habló Kaede con las manos en la espalda y tras acercarse al lord. – Estoy segura que, entre todos, encontraréis una solución y una manera para encontrar esos tres objetos.

Eda se despertó tumbada sobre un suelo de madera y tapaba por un gran haori. Se sentó despacio y se percató que estaba en una especie de cabaña. "¿Cómo he llegado a este sitio?" Pensó mientras se pasaba una mano por el pelo. Salió de la cabaña y vio que estaba atardeciendo. De pronto, se acordó de lo que pasó y buscó al ciervo dorado con la mirada pero no lo encontró. "He perdido la oportunidad de volver a casa…" pensó Eda cerrando los ojos. ¿Ya no volvería a ver a su padre ni a sus hermanas? Al abrir los ojos, caminó por la aldea buscando a Kagome o alguien con los que había viajado pero lo único que encontró fue su ropa colgada en una cuerda que estaba atada a dos árboles. La tocó pero todavía estaba mojada. Un aldeano con el cabello largo, recogido en una coleta baja, castaño y con los ojos castaños, se acercó a la joven de piel blanca. Ella, al mirarlo, vio que vestía de una manera extraña y le daba la sensación de que no era de fiar. Comenzó a retroceder sin dejar de mirar a ese hombre. Sin más, ese hombre sacó un cuchillo de su espalda y se aproximó a la joven del futuro.

-¿Q-quién eres? – Le preguntó Eda asustada. - ¿Qué es lo que quieres?

-Necesito tu sangre – respondió el hombre acercándose.

-¿Mi sangre? – Repitió. – ¡No pienso dártela!

-Te voy a dar dos opciones rubita: una es venirte conmigo y darme tu sangre voluntariamente o matarte ahora. Tú elijes – dijo aquel aldeano o lo que fuese.

-¿Para qué quieres mi sangre?

-A parte de tu sangre tiene un poder majestuoso de curación, es para que no interfieras como lo hiciste hace trescientos años – dijo el hombre apretando la vista.

-Yo no… - dijo asustada

-Digas lo que digas, mi gente y yo no podemos correr ningún riesgo.

Eda comenzó a correr asustada. El hombre castaño apareció delante de ella haciendo que se detuviera de golpe. Intentó no tropezarse con los pies cuando se detuvo pero acabó cayéndose al suelo de culo. Le miró suplicándole pero el hombre le miraba con una sonrisa y mirada malvada. Sin verlo, bajó el arma hacia ella. Eda cerró los ojos, esperando a que la matara pero, al no notar nada, los abrió y se sorprendió al ver que Sesshomaru se había puesto en medio y el cuchillo se estaba clavando en el hombro izquierdo. La joven de los ojos azules le miró preocupada al ver la sangre del youkai pero él había atravesado con la espada pero ese hombre se convirtió en una horrible oruga con dientes afilados y de color amarillo. Sin perder ni un minuto, Sesshomaru acabó con aquella oruga pero hincó una rodilla debido a la herida. La joven se levantó, se puso a su lado mientras le miraba preocupada.

-Lo siento Sesshomaru… - se mordió el labio inferior. – Por mi culpa te han herido.

-Estoy bien – dijo él.

Eda acercó las manos a la herida pero se detuvo a escasos centímetros. No sabía qué hacer. Quería curársela pero en aquel prado no había las plantas que necesitaba. Algo le decía que esa herida no era como las demás, sino que aquella arma estaba envenenada. Le apartó un poco haori, empezó a extraer el veneno escupiéndolo hacia el suelo. Sesshomaru no paraba de mirarla sorprendido y un leve sonrojo apareció en sus mejillas. Intentó serenarse y volver a ser el frío youkai cuando la vio separarse de él. Ella se limpió los labios cuando acabó mientras le mostraba una pequeña sonrisa. Luego lo abrazó aliviada. Cuando se percató de lo que estaba haciendo, se apartó de él mirando hacia otro lado. De nuevo le miró y se percató que la herida todavía seguía abierta, lo que hizo que Eda pusiera la mano en el filo de la espada pero cuando iba a moverla para cortarse la palma, Sesshomaru le agarró de la muñeca para que no lo hiciera.

-¿Vosotros creéis que terminarán juntos? – Preguntó Kagome viendo la escena junto a Sango, Miroku, Inuyasha y Shippo.

-Sesshomaru se comporta con ella muy diferente a como se comportaba con Rin. Así que yo creo que sí – opinó el monje pervertido.

-Ellos se conocen desde hace tiempo, pero me da a mí que ellos sentían algo más que una simple amistad – comentó la sacerdotisa con la barbilla cogida.

-¿Sesshomaru? ¿Sentir algo por una simple humana? No caería tan bajo – argumentó Inuyasha. – Él odia a todo ser que sea inferior a él.

-Pero Inuyasha ¿acaso no ves como la protege? Incluso está en una aldea de humanos por Eda – expuso Kagome. – El ciervo dorado dijo que Eda nació de una rama de un árbol…

-En el templo Shidzen – terminó de decir Sango. – Pero, estoy segura de que si ella hubiera nacido de un árbol, se acordaría ¿no? Y no hubiera venido de tu mundo.

-Puede que haya nacido de nuevo en mi época. Yo soy la reencarnación de Kikyo ¿por qué no puede Eda ser de ese ser del que habló ese ciervo? – Se excusó.

-Todo esto es muy extraño… - dijo el monje Miroku serio y con los brazos cruzados.

-¡Yo también voto que sí acaban juntos! – Exclamaron de pronto Sango y Shippo.

-¿Quiénes van acabar juntos? – Preguntó una voz cerca de ellos.

-Eda y… - se calló al verlos enfrente de ellos. La ojiazul les miró con cara de no entender nada y con la cabeza echada hacia un lado. – Nada, nada. No nos haga caso – dijo apurada Kagome mientras movía las manos hacia los lados.

Esa noche, todos dormían plácidamente menos la joven que había venido del futuro. Ella no podía dormir debido a que estaba preocupada por la herida de Sesshomaru y por lo que vendría a raíz de la mañana siguiente. En la hora de cenar, le habían dicho que saldrían de viaje en busca de tres objetos pero no entendía por qué ella debía ir. Aun así, cuando había mencionado esos tres objetos, sentía la extraña sensación de que los conocía. Consiguió cerrar los ojos dándole vueltas a ese repentino viaje.

-Sueño-

Se encontraba enfrente de un edificio con la fachada de adoquines y un enorme jardín trasero. Abrió los ojos sorprendida ya que reconocía aquel lugar. Corrió hacia una puerta que había la cual podía hacer que entrase dentro de la casa. Entró dentro y empezó a buscar a alguien de la casa. Cuando miró hacia las escaleras que llevaba a la planta de arriba, sintió que el corazón se le oprimía. Empezó a subir los escalones y con cada paso que daba, sentía que el corazón se oprimía más. ¿Por qué se sentía así? Luego caminó hasta la habitación de su padre y abrir la puerta, lo vio tumbado en la cama, con los brazos a cada lado del cuerpo y con una bolsa de hielo sobre la frente. Al lado de su padre estaban sentadas, en sillas, sus hermanas pero, que al ver a Eda en aquella habitación, una de ellas dijo:

-Es tu culpa.

-¿Para qué has venido? ¿Para ver como muere papá? – Le acusó la otra hermana.

-¿Morir? – Repitió esa palabra con miedo.

-Podrías haberte quedado en ese lugar. Papá se está muriendo por tu culpa – dijo la primera hermana.

-No… no, eso no es cierto… – negaba con la cabeza asustada.

-¡Tú lo has matado, Eda! – Dijeron las dos hermanas a la vez.

-Fin del sueño-

Eda se sobresaltó haciendo que se quedase sentada sobre el suelo de la cabaña y con la respiración agitada. ¿Su padre estaba enfermo? ¿Realmente era por su causa? Giró la cabeza para ver que la anciana Kaede y la pequeña Rin seguían durmiendo. Aprovechó para salir de la cabaña y así que le diera el aire. Al salir, se abrazó a sí misma dejando que las lágrimas recorrieran por sus mejillas pero, para que nadie le viese llorar, se las limpiaba de vez en cuando. Una pequeña brisa sopló haciendo que sus cabellos, que le llegaban hasta la cintura, se mecieran hacia el lado izquierdo. Sin quererlo, esa brisa hizo que esbozara una pequeña sonrisa mientras miraba hacia el cielo. Cerró los ojos, disfrutando de aquella brisa, mientras se ponía el cabello rubio detrás de una oreja. ¿Por qué siempre sonreía cuando soplaba la brisa? Tenía que volver a casa para asegurarse de que su padre estaba bien y que no le había pasado nada malo pero ¿cómo podía volver a casa? Se sentó en las raíces del árbol sin dejar de mirar al cielo con las piernas entre los brazos.

-Como quisiera poder volver a casa – se dijo para sí.

Nada más salir el Sol, se pusieron en marcha. Antes de irse, Eda cogió a Kumo que estaba en los brazos de la niña que viajó con el lord. Sabían que iban a buscar a ciegas, ya que no sabían por dónde empezar a buscar. Decidieron empezar por el templo Shidzen, donde había comenzado todo. Tardaron un mes en llegar, ya que el templo estaba bien escondido. Todos se quedaron atónitos al ver que aquel templo estaba destrozado y sin techo. Sesshomaru abrió los ojos, "Perdóname, Brisa. Perdóname por no haber podido proteger tu hogar" pensó Sesshomaru mirando a la joven del cabello rubio. Eda miraba aquel lugar con un sentimiento de añoranza y de tristeza que le provenía de algún rincón del corazón. Dejó al Nekomata en el suelo y caminó por aquel lugar mirándolo todo con detenimiento. ¿Por qué sentía que conocía aquel lugar? Se acercó a un gran árbol que había a unos pasos de un Torii rojo y tocó su tronco poniendo la palma de la mano.

-Visión-

-¿Cómo te llamas? – Preguntó de golpe él.

-¿Eh? No tengo nombre – respondió ella sin mirarle.

Esa respuesta hizo que le mirase de golpe. ¿Cómo que no iba tener ningún nombre? ¿Le estaba tomando el pelo? Vio que en sus ojos decía la verdad y volvió a girar la cabeza hacia el frente y la apoyó contra la shoji.

-Crecí en este lugar, sola. Los animales son mis únicos amigos – contestó ella dejando de mover los brazos.

-¿Y tus padres?

-¿Padres? ¿Qué es eso? – Cuestionó ella sin entender.

Sesshomaru le miró sorprendido. Una joven le estaba mirando con la cabeza ladeada y esperando su respuesta. ¿Realmente no sabía lo que era o le estaba tomando el pelo? Pero al mirarla, pudo comprobar que no se lo estaba tomando.

-Según me dijeron los animales, nací de una rama de ese árbol – señaló un gran árbol que había a unos pasos más atrás del Torii. – Quizás pensarás que estoy loca pero los animales nunca mienten.

-¿Entonces nunca has salido de aquí?

-Lo más lejos que he ido ha sido a una cascada con un lado que hay cerca de aquí – sonrió un poco. – Me encantaría poder salir de aquí y ver todas las cosas que nunca he visto… pero nunca podré hacer eso – se puso las manos sobre los muslos. - ¿Qué eres? ¿Y cómo te llamas?

-¿Por qué quieres saber quién soy?

-Porque nunca he visto un ser tan parecido a mí – respondió ella sonriendo.

-Fin de la visión-

Se separó del tronco de aquel árbol a la vez que apartaba la mano. ¿Qué había sido eso? ¿Por qué sentía que lo que había visto había ocurrido de verdad? ¿Qué hacía ahí Sesshomaru? Giró la cabeza hacia él que le observaba en silencio. Después de unos segundos, continuó su recorrido por aquel lugar pero, al pisar el pasillo de aquel templo, todo el edificio se regeneró dándole el aspecto que el lord recordaba. Todos pudieron escuchar el cantar un pájaro que provenía de una de las estancias. Corrió la shoji y en medio de la habitación, en una jaula, había un canario. Eda se acercó, le abrió la puerta de la jaula y metió la mano para que el canario se posara en sus dedos. Una vez que el pájaro se había posado, sacó la mano despacio. Era de un color extraño ya que nunca había visto uno con esos colores. Era un canario de color rojo con las puntas de las de color naranja. Se acercó la mano a su hombro y el animal saltó a ese lugar. Tras eso, salió de la estancia. El canario miró al lord antes de ponerse a piar. Esa noche, Eda también soñó con su padre tumbado sobre aquella cama.

A la mañana siguiente, se levantó temprano ya que no podía dormir. Los pájaros piaban en las ramas de los árboles y en sus copas. Todavía le costaba comprender por qué sentía tanto apego por aquel lugar pero aun así, sentía una gran paz. De pronto, comenzó a cantar cuando vio a un ruiseñor:

Aaa
Dulce ruiseñor, canta por favor
Aaaaa
Dulce ruiseñor, cantaaa por favor
Ohhh dulce ruiseñor, canta…ohh canta ruiseñor
Síííí….
Ohh canta ruiseñor, por favor
Ohhh Síííí….

No se había percatado que estaba siendo observada y escuchada por un youkai de larga cabellera plateada, ojos dorados y con una Luna creciente en la frente. Ese youkai cerró los ojos para disfrutar de la voz dulce y melodiosa que desprendía Eda al cantar. "Por favor Brisa. Recuérdame pronto" pensaba Sesshomaru. Kagome se despertaba por el sonido de una voz que parecía tan hermosa y sonaba como el cantar de un ruiseñor. Abrió la shoji de su habitación y se sorprendió al ver que los pájaros tenían mechos de cabello rubio entre sus patas y que estaban alrededor de Eda mientras que ella cantaba:

Aaa
Dulce ruiseñor, canta por favor
Aaaaa
Dulce ruiseñor, cantaaa por favor
Ohhh dulce ruiseñor, canta…ohh canta ruiseñor
Síííí….
Ohh canta ruiseñor, por favor
Ohhh Síííí….

Los pájaros se movían hacia arriba y hacia abajo mientras repetía una y otra la misma estrofa. Sesshomaru se acercó a la humana morena, la miró unos segundos y luego giró la cabeza hacia la ojiazul. Ya había acabado pero ahora los ruiseñores eran quienes piaban como si estuvieran cantando la misma canción. Kagome miró a Sesshomaru de reojo.

-Cada mañana, ella les cantaba a los ruiseñores y a los pájaros para que le peinaran – contó él. – Era la única vez al día que la veía sin el velo.

-¿Estás seguro que es ella? Q-quiero decir que si… realmente es ese ser que tú conociste – le preguntó ella.

-No estoy seguro, sé que es ella. Si no fuera ella yo no…

-No la protegerías ¿no es así? – Terminó la frase Kagome.

-Brisa creció en este lugar, siendo protegida por un campo de energía que no dejaba pasar a nadie que ella no quisiera – se dio cuenta que los demás se habían despertado y lo escuchaban.

-¿Quién es Brisa? – Preguntó Sango detrás de su amiga.

Sesshomaru respondió mirando a Eda. Ésta seguía jugando con los pájaros mostrando una sonrisa pero de pronto, una flecha atravesó uno de los pájaros y esa flecha pasó por delante de los ojos de la joven y se clavó en una de las alumnas del templo. Eda abrió los ojos girando la cabeza hacia la dirección de la flecha. Sesshomaru cogió a Bakusaiga y se puso delante de ella. Inuyasha y sus amigos hicieron lo mismo que el lord. Sabían que no podían dejar que algo malo le pasara. Ella tenía los ojos llorosos y no entendía por qué. Se acercó a la flecha, la arrancó y se puso el pájaro entre sus manos. El brillo de los ojos azules de Eda fue desapareciendo, dejó el pájaro encima del pasillo y poco a poco se fue dando la vuelta. Algo en ella había cambiado. La expresión dulce que le caracterizaba se había marchado para dar una expresión oscura.

En los calabozos de un castillo, en el este del país, se encontraba un hombre de rasgos finos y con el cabello sumamente largo, liso y azul, sujetado por la punta por una especie de brazalete, con una corana de complicado diseño que, en el lado izquierdo justo encima de la oreja la cual tenía varias perforaciones, tenía una jema enorme de color turquesa, muy guapo y vestía ropas extrañas. Ese hombre estaba amarrado a la pared por grilletes en sus muñecas. También, ese hombre estaba sentado en el suelo con una de las piernas dobladas y los ojos estaban cerrados. De pronto, sintió un pálpito haciendo que todo su cuerpo se estremeciera y abriese los ojos dejando ver un bonito color azul agua. "Ya has vuelto…. Princesa…" Pensó poniéndose de pie pero las cadenas no le dejaron alejarse mucho pero lo justo para poder mirar por la pequeña ventana que tenía el calabozo. "Tengo que protegerla… aunque esté en este lugar…" Empezó a mover los dedos mientras murmuraba unas palabras hasta que, con los dedos, hizo un rombo a la altura del abdomen y sus ojos brillaron unos segundos.

Sesshomaru cogió a Eda cuando empezó a caer hacia atrás con los ojos cerrados. Todos, incluidos él, estaban estupefactos por lo que había pasado. ¿Realmente ella tenía ese poder? Delante del Torii rojo, había cuerpos sin sus cabezas de humanos y había sido Eda quien había acabado con ellos. Pero ¿cómo había sido capaz de hacer aparecer látigos verdes y afilados del suelo? Poco a poco, la joven de cabellos rubios como los rayos de Sol comenzó a abrir los ojos. Nada más abrirlos, se encontró con la mirada dorada del taiyoukai.

-¿Qué ha pasado? – Preguntó con voz cansada.

Escondido entre la maleza de los árboles, se encontraba un ciervo dorado. El animal esbozó una sonrisa y comenzó a brillar de pronto y a tomar forma humana. Cuando el brillo se marchó, apareció un hombre de rasgos finos y con el cabello sumamente largo, liso y rojo, sujetado por la punta por una especie de brazalete, con una corana de complicado diseño que, en el lado izquierdo justo encima de la oreja la cual tenía una vara metálica traspasándole el cartílago, tenía una jema enorme de color rojo anaranjado, muy guapo y vestía ropas extrañas. Sonrió de medio lado levantando la mano derecha y chasqueó los dedos haciendo que un remolino de fuego alrededor del cuerpo de la joven de los ojos azules.

Eda miraba al lord preocupada e intentó tocarle pero el fuego se lo impidió. Tenía miedo, eso se podía ver a simple vista. El remolino continuó subiendo hasta que no les permitió ver a quien había al alrededor de ella. Cerró los ojos asustada, mientras que, sin querer, deseaba volver a casa. Una vez que el remolino se esfumó, Eda ya no estaba en ese lugar. Sesshomaru abrió los ojos como platos. ¿Dónde se había marchado? "¡Brisa!" Pensó mirando el lugar donde segundo había estado la joven.

-Futuro-

Eda abría los ojos lentamente. Estaba tumbada en el suelo y al sentarse, vio que había un pozo, el mismo pozo que la llevó a la época Sengoku. Se levantó todo lo rápido que podía y corrió hacia su casa. Vio que, la puerta del jardín estaba abierta y sonrió. Sentía que su corazón latía rápido, de felicidad de poder haber vuelto a casa y buscó a alguien que, como ella, viviera en esa casa.

-¡Wang! ¡Suzume! ¡Miyako! – Se dirigió hacia la cocina pero no había nadie. - ¡Papá! – Gritó saliendo de aquella habitación. – No…

Corrió hacia las escaleras y las subió intentando no tropezarse con el haori que llevaba puesto ni con el obi de Sesshomaru. Giró hacia la derecha, una vez que estuvo en la planta de arriba, y continuó corriendo hacia la última puerta. Abrió la puerta con algo de miedo y vio a su padre tumbado en la cama, con los brazos a cada lado del cuerpo y con una bolsa de hielo sobre la frente. Junto a él y de pie, estaba el señor Wang que, al ver a Eda en la puerta con los ojos tristes, abrió los ojos sorprendido.

-Señorita… ¿Eda? ¡Habéis vuelto! – Dijo el hombre. Ella asintió con los ojos llorosos.

-¡Papá! – Gritó acercándose a la cama, se puso de rodillas al lado de su padre y le cogió de la mano. – Papá, soy yo, Eda. He vuelto.

-Señor, es cierto. Su hija Eda ha vuelto, abra los ojos – decía el hombre de edad mayor.

-Papá… por favor. Abre los ojos y dime algo – le pidió Eda acariciando la mano de su padre que tenía entre las suyas.

El señor Kusanagi comenzó a abrir los ojos lentamente y, al mirar hacia derecha, vio la cabellera rubia de su hija. Levantó la otra mano despacio y la puso encima de la cabeza de ella para luego acariciársela con dulzura. Eso hizo que la joven la levantase y mirase a su padre con lágrimas en los ojos pero acabó sonriéndole.

-Perdóname papá. No quería irme – se excusó ella todavía con las lágrimas cayéndole por las mejillas.

-Lo importante es que estés bien, cariño – le sonrió tocándole la mejilla.

-De verdad papá, lo siento. Ya no me iré nunca más – le prometió ella.

-¿Dónde has estado? Te he estado buscando por todo el país – le preguntó su padre. – Bueno, por todo el país no pero por todo el pueblo y por todo el bosque.

-Es difícil de explicar pero cuando te recuperes, te prometo que te lo contaré todo – le prometió ella limpiándose las lágrimas.

-Está bien – sonrió con ternura.

Eda le dio un beso en la mejilla a su padre y luego la cabeza en el pecho de su padre mientras que éste le tocaba el cabello. Le encantaba que su padre hiciera eso cuando estaba triste. Wang miraba el reencuentro con una amplia sonrisa y no había podido resistir dejar escapar una lágrima. Eda se marchó a su habitación para cambiarse de ropa y ponerse cómoda y luego bajó al salón para dejar que su padre descansara. Wang le trajo un vaso de agua y una pieza de fruta para que comiera algo. Poco a poco, tras comerse esa pieza de fruta, se quedando dormida. ¿Cómo iba explicarles a su padre y a sus hermanas donde habían estado? "Quizás papá si me crea pero Suzume y Miyako no" pensó antes de quedarse dormida del todo.

-Sueño-

Veía que había muchos cuerpos en el suelo, llenos de sangre y heridos. Algo en su corazón le decía que algo había pasado en aquel lugar pero no sabía el qué. Buscó entre los cuerpos el que ella esperaba no ver. En aquel lugar, había esqueletos, cuerpos humanos, cuerpos de youkais y de hanyous pero ninguno parecía estar con vida. Continuó caminando sintiendo un malestar en el corazón. El olor a sangre hizo que se pusiera una mano en la boca pero eso no hizo que detuviera. Tenía que encontrarlo y saber que él estaba bien. Se puso la mano en el vientre y se lo acarició con cuidado y con cariño. Debía encontrarlo y decirle lo que pronto no podría ocultar. Siguió su camino pero no lo encontró, sólo encontró los cuerpos de sus amigos. Finas lágrimas recorrieron sus mejillas y deseó que él no estuviera entre esos cuerpos. Cuatro hombres se interpusieron en su paso y uno de ellos le dijo:

-No debéis seguir princesa.

-¿Por qué no? ¿Por qué me llamáis princesa? – Preguntó sorprendida.

-Sois una princesa pero nadie, ni si quiera usted, debería saberlo – dijo uno de los hombres. No podía ver sus rostros pero sabía que ese hombre vestía de verde.

-Yo no soy ninguna princesa. Soy una chica normal – dijo ella con la mano a la altura del pecho.

-Sí lo sois. Decidme ¿por qué tenéis esos poderes y podéis sentir a ese ser que lleváis en el vientre? – Dijo otro que iba vestido de blanco.

-¿C-cómo lo sabes? - Preguntó ella con algo de miedo.

-Nosotros sabemos todo de usted, princesa – dijo un hombre de azul. - Le pedimos que no siga en adelante.

-Debo seguir adelante, tengo que buscarlo – dio un paso pero aquellos hombres no se movieron. – Apartaos.

-Lo sentimos pero no vamos a hacer eso – hablaron los cuatros hombres a la vez.

Se sentía molesta con aquellos hombres pero algo le decía que continuara. Se hizo paso como pudo entre aquellos hombres y abrió los ojos como platos. Delante de ella tenía el cuerpo muerto de aquel youkai. Él estaba tumbado boca abajo y con los ojos abiertos pero no tenía brillo en los ojos. Ella se había quedado sin habla y se dejó caer al suelo de rodillas sin poder apartar del cuerpo sin vida de aquel youkai.

-No… él no… por favor no… - decía ella sin poder dejar de mirarlo. – Por favor, abre los ojos…. No puedes morir. Nuestro pequeño te necesita… por favor, vuelve conmigo… te lo suplico… - le pedía ella sin dejar de llorar.

-Se lo hemos dicho, princesa. No debió haber pasado – dijo uno de los cuatro hombres.

-¿Vosotros no podéis ayudarle? – Preguntó desesperada. Sin duda quería que él viviera.

-No, no podemos dar la vida a alguien que ha muerto – respondió el que iba de rojo.

-¿Y yo? ¿Yo podría… yo podría devolverle la vida?

-No debéis hacer eso. Su vida estaría en peligro – le dijo algo molesto el de rojo.

-¡Me da igual! – Gritó sin mirarle. – Yo quiero que vuelva a mi lado… Lo necesito a mi lado… ¡por favor, vuelve!

-Fin del sueño-

Se despertó de golpe y sin darse cuenta se cayó del sofá. Wang fue al salón para ver que había sido ese y, al ver a la hija de su señor en el suelo con el brazo debajo del cuerpo, se acercó para ayudarla. La sentó en el sofá nuevamente mostrando una sonrisa paternal. Él había estado desde que Miyako, la hermana mayor de las tres, había nacido y para él, las hermanas Kusanagi, eran como unas hijas. Él no estaba casado ni tampoco tenía hijos. Se había dedicado a cuidar a las hijas del señor Kusanagi antes y después de la muerte de la señora Kusanagi.

-Gracias, Wang. Siempre tan amable – le agradeció.

-Mi deber es cuidar de ustedes, señorita. Es normal que os ayude – le dijo el hombre con voz paternal.

-¿Por qué no se ha casado, señor Wang? Es que siempre me lo he preguntado – le dijo ella mientras intentaba mover el brazo con la ayuda del mayordomo.

-Porque…

-Eda, cariño – dijo una voz varonil desde la puerta del salón.

-¡Papá! ¿Qué haces levantado? Deberías estar en cama – exclamó Eda al ver a su padre.

-Ya me encuentro mejor – se acercó a ellos. – Puede retirarse, Wang – le dijo al hombre.

-Sí, señor – dijo el hombre haciendo una leve reverencia y se marchó para dejar padre e hija solos.

-Tenemos que hablar, Eda – le dijo el señor Kusanagi sentándose con su hija.

-Si es porque desaparecí… de verdad no quise hacerlo, de verdad. Llevo intentando volver a casa todo este tiempo pero no encontraba la manera de hacerlo – se excusó ella antes de que su padre hablase.

-Déjame que hable. Te aseguro que tendremos esa conversación pero ahora no – le sonrió pero luego tosió. – Estoy bien, no te preocupes.

-Sigo diciendo que deberías estar en la cama – le aconsejó ella.

-Después de hablar contigo – le cogió de las manos. – Cariño ¿te gustaría asistir a la preparatoria de este pueblo? Sé que siempre has querido asistir y conocer a otros jóvenes de tu edad y creo que, estando aquí, no tendría que haber ningún problema.

-¿Lo dices de verdad, papá?

-Claro pero primero veremos cómo te siente estar en el campo ¿de acuerdo?

-¡Sí! – Exclamó feliz. – Ya lo verás, papá. No tendré que ser ingresada en el hospital – aseguró Eda con una sonrisa.

-Eso espero – sonrió también feliz.

A la mañana siguiente, cuando despertó, se acercó a una silla victoriana y cogió el obi de Sesshomaru. Lo estuvo mirando durante un rato, sentada en aquella silla. Sólo llevaba ahí poco tiempo y, por alguna insólita razón, extrañaba al dueño de aquella prenda. "¿Algún día podría volver a ese lugar?" Pensó ella dejando el obi en la silla y se levantó para cambiarse de aquel mueble. Se puso algo cómodo para estar por casa y bajó a la planta de abajo. Se asomó al jardín y vio a un hombre que no había visto antes que estaba amontonando hojas secas. "Será el nuevo jardinero" pensó dirigiéndose hacia la cocina pero de pronto, sintió como su respiración se detenía. No podía respirar bien. Se puso una mano en el pecho intentando respirar pero su respiración no volvía. Comenzó a cerrar los ojos hasta que se desmayó en la puerta de la cocina. El señor Kusanagi bajó a la planta de abajo con una carpeta entre las manos. Ver a su hija pequeña le había hecho que se recuperase pero todavía tenía que recuperarse. Cuando vio a su hija tumbada boca abajo en el suelo, cerca de la cocina, hizo que soltase esa carpeta y que se acercase a ella corriendo. Le dio la vuelta, cogiéndola entre sus brazos y empezó a llamarla pero ella seguía sin despertar. Wang y el jardinero, alarmados por los gritos, se acercaron y fue entonces cuando el señor Kusanagi le dijo a su mayordomo:

-¡Llama a una ambulancia! ¡Eda no respira!