Ese mayordomo, sirviendo el té
El sonido del agua al bajar por la boquilla de la tetera y al deslizarse por la pared de porcelana de la taza era, y por mucho, uno de los pocos ritos humanos que disfrutaba ya que fue el que le costó más trabajo dominar.
La ceremonia se trataba de un arte inglesa con no más de medio siglo de existencia, el laborioso procedimiento que era lo único milenario, se había reinventado y requería algo más que precisión en tiempos y cantidades, las mezclas eran en sí lo más problemático porque dependían mucho del gusto de cada persona, el ambiente o motivo de la taza y sobre todo, lo que se pretendía lograr, ya que la taza de té incluso era la más elegante forma de interrumpir conversaciones incómodas o los silencios aún más molestos.
En aspectos técnicos, veinte minutos leyendo toda la bibliografía relacionada bastaron para saber todo sobre las hojas y el resultado de las preparaciones: blancos, verdes, oolongs* y negros. Los otros, de sabores o infusiones que no se derivaban de la Camellia Sinensis, tenían otro procedimiento que igualmente le tomó solo un rato más en la biblioteca. Los principales productores del té vendrían siendo India, China, Sri Lanka y había tres mil variedades, nombrados generalmente como los vinos, por la región donde crecieron, por provincias, propiedades y promotores.
No mentía ni exageraba cuando aseguraba que las había probado todas: frescas, secas, con varios tiempos de infusión e incluso con diferentes "tipos" de agua, en teteras de porcelana, aluminio, cobre y plata.
Tras una semana aprovechando incluso su ausente necesidad de dormir, consiguió sacar la primera taza lo suficientemente buena como para recibir el elogio de una experta.
Los postres y aperitivos de acompañamiento fueron sencillos, pues ya tenía experiencia en la cocina francesa e italiana, por lo que era perfectamente capaz de hacer desde un muy sencillo pastel, hasta los más sofisticados bocadillos, dulces o salados, para toda ocasión con todo tipo de decoración.
Pero lo importante no solo fue conseguir una buena taza, sino montar toda la ceremonia en sí, la manera cómo él, representante del anfitrión, presentaba y servía todo, era la más importante imagen para que su señor luciera socialmente distinguido.
Jamás había derramado ni una sola gota fuera de la taza, pero durante las primeras ocasiones no faltó la visita que puso una expresión de total angustia por la "muerte de la reunión". Días después, llegó a la conclusión de que no se debía al absurdo romanticismo del caballero francés, pues también apareció la dama inglesa que criticó de frívola la actitud que estropeaba el resto del trabajo. Y si un inglés calificaba de "frívolo" algo, era ya demasiado para soportar.
El vapor del agua caliente se deslizó desde la tetera que estaba al fuego hasta la que usaría para el servicio de Elizabeth, acomodó los pasteles de arándano, dobló las servilletas, acomodó el ramillete de flores en el pequeño jarrón y salió de la cocina.
De alguna forma había encontrado la manera perfecta para impresionar a los invitados con su técnica sin tener que realmente apasionarse con la ceremonia. Aunque ahora debía arreglar todo para que no se notara la pequeña variación que había hecho, pues pese a la opinión inicial, la ingenuidad de la joven no era tanta y lo expresó al no querer terminar la taza excusándose educadamente con que no gustaba del té con leche. La noche siguiente con que había sido demasiada azúcar, y la siguiente definitivamente se fingió dormida para no probar el té de la merienda.
Se detuvo un momento cuando pasó corriendo frente a él la comitiva de sirvientes a la que se había unido Paula y que perseguían sin tregua a un pequeño ratón. Lo que inevitablemente le recordaba el segundo punto importante a tratar: los ataques nocturnos a Jacko.
Lo que fuera que sucedía, pasaba frente a sus narices y si bien el perro seguía sin tener significación particularmente especial para él, ya se le habían dado la orden de averiguar qué pasaba.
Hasta el momento, Sir Terry había salido perfectamente librado, si no estaba en brazos de Elizabeth corría por los jardines acosando aves o tomaba el sol sentado al lado del señor Tanaka que bebía el acostumbrado té japonés. Únicamente Jacko terminaba todas las mañanas prácticamente molido. Si dormía con Maylene, la muchacha simplemente no podía encontrarlo por las mañanas sin saber en qué momento dejaba la habitación.
Finnian había colocado la cama obstruyendo la puerta y aún así el animal salía, o era sacado, mientras que Bard se había encargado de poner trampas sin tener ningún tipo de éxito, incluso las serpientes eran sencillamente burladas y los que habían podido conseguir alguna presa nunca obtenían más que un ratón diminuto que por evidentes razones de tamaño no podía ser parte del elenco ofensivo del perro.
Subió hasta la sala de juegos donde su amo y su invitada tenían una partida instructiva de ajedrez.
Tenía que averiguar lo del perro a la brevedad porque el siguiente fin de semana tenían otra invitación que atender, y con un perro herido sería lastimera la participación. Aunque quedaba la opción de que Sir Terry lo reemplazara.
Llamó a la puerta dos veces antes de entrar, interrumpir a una pareja era descortés desde cualquier punto de vista, había recibido una vez la mirada fulminante de la marquesa Middleford cuando entraba sin anunciarse, y si había algo que le hacía tensar la espalda era aquella mujer, ya fuera llamándolo indecente mientras acomodaba su cabello hacia atrás, o inapropiado cuando hacía tal o cual cosa que no cumpliera con los parámetros de exigencia "correctos".
Acomodó el servicio en la mesa escuchando los elogios para los "adorables" pasteles pero se percató perfectamente de que sus ojos verdes de la joven dama no estaban en los decorados rosados, sino en la taza que sería para ella.
—Lady Elizabeth, espero que encuentre de su gusto esta infusión que he preparado, es té negro, azahar, canela, frutas y especias.
—Suena algo fuerte.
—Recuerdo que lo bebió animosamente en la última recepción del amo Ciel.
La joven guardó silencio desviando la mirada un momento.
—Sebastian ¿Ya terminaste los preparativos del desayuno de mañana?
La voz del Conde apagó cualquier seguimiento a la supuesta conversación siendo respondido con una inclinación de cabeza.
—Lizzy, mañana tendré algunos invitados, inversionistas alemanes. Quisiera que Sir Terry no se lance encima de ellos.
Y ella le devolvió el gesto afirmativo esperando alguna indicación para vestirse formal, pero el silencio subsecuente evidenciaba que no estaba incluida en los planes. Si bien era razonable, pues aún no era su esposa, y aunque lo fuera, las mujeres no deben interrumpir los negocios de sus esposos.
Esperó un momento hasta que Ciel tomara su pastelillo, mirando con detalle la forma en la que parecía hacerle un breve chequeo de control de calidad, mismo que si no pasaba, sin dudarlo lo haría saber a su mayordomo. A veces sentía que toda la perfección de Sebastian era a causa de Ciel y no una habilidad innata como se llegaba a asumir.
Lentamente tomó la taza que aún despedía el vaho caliente, miró el líquido unos momentos y enseguida se lo acercó a los labios buscando mitigar la sensación de desesperanza que la había llenado los últimos días.
Su primo y prometido se había mostrado cordial y respetuoso como siempre, aunque ahí radicaba el principal problema, había convencido a su padre de que la dejara quedarse el resto del mes con él para tratar de persuadirlo, poniéndolo a su favor para que no fuera al colegio.
Y sí, realmente había considerado la posibilidad de casarse a la brevedad.
Dos o tres de sus amigas ya estaban legítimamente casadas y viviendo con sus esposos, si bien algunos pensadores modernos decían que eran demasiado jóvenes, muchas de sus madres y abuelas incluso ya habían tenido hijos a su edad. Además, casarse con Ciel era el sueño más nítido que tenía desde que se acordaba: el primoroso vestido blanco, las flores, el vals…
Ser la novia perfecta para el día más importante de sus vidas, y tal vez, al pasar más tiempo juntos, entonces Ciel podría realmente amarla.
Pero la realidad la había golpeado ese fin de semana cuando cayó en cuenta de lo que pasaba tras la cena.
El sorbo de té que dio lo examinó en su paladar minuciosamente, no había ni un solo sabor fuera de lugar. Tomó su pastel y con un mordisco pequeño hizo lo mismo, no había azúcar añadida para disimular algún otro ingrediente.
— ¿Suspendemos la partida? ¿O jugamos mientas tomamos el té?
— ¡Por favor, sigamos! — replicó enderezando la postura que había encorvado un poco.
Su compañero le indicó que habían quedado en su turno, a lo que ella disimuladamente dejó la taza a un lado preparando la jugada.
—Lizzy, como sigas así, voy a pensar que no es grato lo que te ofrezco en mi casa.
Las palabras de aquél caballero que recargaba el mentón en una mano la ruborizaron violentamente.
¿Por qué Ciel?
—Lo… lo siento, yo…
— ¿Sabías que solo compramos los mejores ejemplares del mundo? No exagero, tengo mis contactos más allá de las fronteras y si hay algo que es único y exquisito, viene a dar a esta casa. El té que preparó Sebastian sin duda tiene una procedencia que envidiaría cualquier casa real.
—Yo…
Incapaz de completar su frase, volvió a tomar la taza mirando de reojo a aquél joven que la miraba. No había sido grosero ni demandante, sin embargo, había algo que la agobiaba, y no era aquél único ojo visible que había dejado de intimidarla hacia mucho tiempo, acostumbrándose al parche y al misterio que había debajo de él, aquella supuesta cicatriz que le ocultaba a todo el mundo, incluso a ella. No era tampoco la piel pálida que raras veces se exponía al sol y dentro de los gruesos muros de su mansión perdía algo de vivacidad cada día.
Tal vez era la sonrisa, esa que se parecía tanto a la de Sebastian.
Cerró los ojos con fuerza sacándose la comparación y dio un trago más largo y maleducado, como queriendo terminar pronto con todo, cortar abruptamente la decepción de su estancia y nuevamente preguntándose ¿Por qué?
Había manchones de recuerdos en su mente, fragmentos alguna fecha tiempo atrás que se había visto obligada a olvidar, no estaba segura pero la sensación de que tal vez sí conocía el secreto de Ciel era la única razón por la que no había regresado a la casa de sus padres, a la seguridad de su habitación, en un espacio sin temores escuchando los cascabeles de Paula que con su voz baja y aniñada hacía hablar a alguna muñeca solo para entretenerla.
Pronto cumpliría los dieciséis años, y tal vez sus objetivos en la vida no habían cambiado mucho desde que se acordaba, pero Ciel, ¿Realmente podría convencerlo de que no la apartaran de él mandándola a Gales?
¿Y si realmente él apoyaba a sus padres?
No había querido meter el tema de lleno, quería hacerse parte de su vida para que cuando llegara el momento, por su cuenta le pidiera quedarse, pero las esperanzas se desvanecían como su lucidez en esos momentos.
¿Por qué, Ciel?
Sebastian atrapó la taza al vuelo antes de que esta se rompiera sobre las baldosas de mármol.
—Lo siento amo, creí que esta vez no se daría cuenta al usar una infusión tan fuerte.
—Idiota. Se dio cuenta desde la primera vez.
Ciel se puso de pie moviendo un poco el cuello que tenía ligeramente tenso y se acercó hasta la joven rubia que había quedado dormida en su lugar.
—La llevaré a su habitación, señor.
—No.
La orden cortante pasmó el reflejo de las manos del demonio como el niño pequeño al que le prohíben a última hora tocar algo que puede romper.
—Ve abajo y prepara lo que necesitaremos esta noche, los incidentes han ido en aumento, es como si no hiciéramos nada con ellos.
—Como ordene.
El sirviente los dejó solos y él acercó su mano hasta acariciar con el dorso las sonrojadas mejillas de la joven. Era arisco, no idiota, y se daba cuenta de que Lizzy se había vuelto una joven de belleza notable, a él en cambio, solo le quedaban algunas facciones aniñadas y la juventud, pero a saber cuánto duraría aquello antes de volverse un viejo enfermizo y deteriorado por la vida en los tugurios persiguiendo todo tipo de calañas sociales después de que el sol se ocultaba.
Apretó un poco los puños ladeando el rostro al darse cuenta de algo un poco evidente y que había sido de hecho, el motivo de la casi discreta sonrisa burlona de Sebastian antes de salir; no importaba cómo lo planteara, Ciel por sus medios era incapaz de cargar a la joven a su habitación al otro lado de la mansión.
.
Snake se volvió su mejor opción, primero muerto antes de dejar que Finnian y su infinita torpeza llevaran en brazos a la frágil chica. Por orgullo no se lo pedía a Sebastian, aunque igualmente, mientras menos veces tocara ese demonio a Lizzy, más tranquilo estaría.
El mensajero era un sujeto dedicado, cuidadoso, altamente precavido y discreto, realmente era el único miembro de la servidumbre con la competencia necesaria como para no preocuparse por lo que hacía, recientemente Paula podía encajar en la lista, pues había tomado como suyas algunas de las tareas de Maylene, especialmente las que involucraban planchado de seda, más aparte lo usual que hacía respecto a las necesidades de Elizabeth.
Volvió a mover el cuello, la tensión que se juntaba en su hombro derecho lo estaba matando, había todo una multitud de personas en su casa y dos perros, mucho más de lo que estaba acostumbrado en realidad.
Mucho ruido.
Muchos ojos de los que ocultarse.
Paula abrió la puerta de la habitación corriendo a la cama para abrir las sábanas donde fue dejada la joven.
—Lady Lizzy ha estado muy cansada últimamente — observó la doncella sacándole los listones del peinado con sumo cuidado.
El mensajero se retiró, no así el dueño de la casa que seguía mirando la silueta inconsciente de su prima. Bajó la mirada en algún momento y giró sobre sus talones.
Prometí que iba a cuidarte.
El sonido de sus zapatos se fue perdiendo por el pasillo sin respuesta para un hecho que se estaba volviendo secreto a voces.
Y voy a hacerlo aunque deba cuidarte de mí.
Bajó las escaleras, al pie de estas, Sebastian ya estaba esperándole con el abrigo en brazos, listo para colocárselo antes de salir.
A cualquier costo.
Dejaron la casa sin responder claramente las preguntas de los sirvientes sobre los asuntos que tratarían un miércoles a las nueve y media de la noche.
Puedo vivir con tu odio si eso te mantiene alejada.
Se dieron las indicaciones para que cuidaran de Jacko, si bien sabían que serían todas en vano.
Aunque no creo que seas capaz de eso ¿O sí?
Los cascos de los caballos resonando en la calle húmeda por la lluvia que se había dejado caer a plomo sobre la ciudad marcaban el andar de una carroza negra y sombría que apenas conseguía unos matices ocre y dorado al pasar bajo los faroles. La figura del cochero hostigando a los equinos para que apresuraran su paso hacía girar la vista a cualquiera, dejando libre el camino de aquél vehículo que se había llenado de leyendas tan absurdas como auténticas, con una ligera desviación en la única verdad que habían encontrado: ahí viajaba un demonio.
Deberías hacerlo. Odiar te protege de las personas, aunque eso quebranta tu naturaleza, Lizzy. Es tan contradictorio, es tu inocencia lo que quiero cuidar, y el único método que conozco es la desconfianza y el rencor…
Los perros levantaban las orejas al escucharlos pasar, y los otros cocheros tiraban de las riendas de sus corceles para hacerse a un lado.
Por eso debes irte, y deseo que conozcas a alguien que me haga ver muy inferior, que atente contra mi vanidad de caballero con sus virtudes, que me deje insignificante a tus ojos, y que te lleve por un camino que yo no puedo recorrer, esa senda para almas puras…
Desde la ventana, tras la cortina negra que oscurecía todo el interior del coche, el Conde miraba ausente las silueta deprimente de la ciudad, siguiendo sus pensamientos, apenas desvió un momento su contemplación para cargar el arma.
Los caballos se detuvieron con un atronador rechinido por la brusquedad de la acción, Ciel perdió el equilibrio un momento y en cuanto lo recuperó, movió la cortina que lo conectaba con el conductor.
— ¡Si serás idiota! ¡¿Qué ha pasado?!
—Lo siento joven amo, pero creo que debería ver esto.
Ciel abrió la puerta para bajar casi al mismo tiempo que Sebastian.
—Yo no veo en la oscuridad.
—Me olvidaba, lo siento.
Enseguida encendió la lámpara de aceite alumbrándole el panorama de un rebaño de ovejas derribadas sobre el suelo.
—Revísalas, y busca al dueño, me supongo que debe estar cerca, vivo o muerto.
Sebastian asintió con una reverencia y desapareció al moverse rápidamente. Ciel, por su parte, metió la mano en su abrigo acariciando la culata del arma, acomodándose para sacarla y disparar en cuanto se presentara la oportunidad.
El silbido del viento paseándose entre las ramas que mecía haciéndolas crujir, también pasó por sus mejillas sintiendo la fría humedad como si le cortara. Se acomodó más dentro del cuello del abrigo para calentarse un poco.
Las muertes de animales no habían sido algo de su incumbencia, de hecho, hasta el momento seguían sin ser de su particular interés que corderos y reses amanecieran masacrados. Pese a lo condenadamente extraño, en realidad poco le venía importando, pero cuando los rumores empezaron a formar grupos, la Reina lo había convertido en su asunto. El fanatismo por lo esotérico llenaba las mentes jóvenes e inmaduras con fantasías de supuestos seductores y mágicos encuentros con seres no humanos.
Pobres idiotas, a años de haber sellado su contrato, en ningún momento había contemplado un panorama romántico y galante como el que las jóvenes leían en aquellas novelas tan de moda.
Íncubos, súcubos, vampiros…
—Lo siento amo, no hay nadie.
Ciel se sobresaltó pero consiguió reponerse al momento.
— ¿Te refieres a que no hay nadie? ¿O que no hay nadie vivo?
El destello carmín de los ojos de su sirviente delató que se trataba de una afirmativa a la segunda opción.
—Esto se ha vuelto grave.
.
La habitación estaba oscura, la respiración de Paula, dormida en el sillón al frente de la cama, era audible en el silencio de la noche. La joven castaña se había quedado velando como usualmente lo hacía, mientras avanzaba a una costura que realmente ya no recordaba desde cuando había empezado.
Lizzy, desde que era más chica, le había pedido que se quedara hasta que se durmiera, aunque tiempo después, pocas veces Paula se iba a su habitación ya acostumbrada a quedarse en los sillones.
La joven se incorporó de la cama llevándose una mano a los labios, recordando aquella partida de ajedrez antes de quedarse dormida. Sintió unas ganas enormes de llorar, Ciel lo había hecho otra vez.
Serían cerca de las cuatro de la mañana, la enorme luna había bajado de su punto cúspide en el cielo quedando frente a su ventana.
Tan solo había movido un poco la tela para no dejar pasar el esplendor blanco platino que podría interrumpir el sueño de su amiga, y a través de su abertura, se dedico a contemplar los jardines bañados por el claro que se reflejaba en las fuentes.
No pudo evitar escuchar el sonido de los caballos que se acercaban tirando de la carroza.
— ¿Ciel?
Acalló inmediatamente su voz al escuchar a Paula removerse un poco. Con la mano sobre los labios salió silenciosamente hasta el balcón, inclinándose un poco al frente para apreciar mejor el transporte que llegaba.
Efectivamente, se trataba del coche de la familia Phantomhive.
— ¡No sé si son cosas mías, pero cada día te vuelves más incompetente!
El estridente reclamo del Conde fue perfectamente audible para ella, que asustada se hizo hacia atrás escondiéndose entre los pliegues de la cortina pero sin entrar a la habitación. Ciel estaba furioso, si bien era cierto que gustaba de hostigar a su mayordomo, pocas veces explotaba de tal manera. Lizzy ya había pasado por unos cuantos momentos violentos; consecuencia de sus actitudes, pero lo que en esos momentos veía, no se comparaba ni siquiera con la casi bofetada que le iba a dar hacia algunos años.
— ¡Quémalo! ¡¿Me escuchaste?! ¡Quema todo! ¡Es una orden!
—Yes, my Lord.…
El muchacho entró por su cuenta a la casa cerrando con fuerza y dejando atrás a su sirviente.
Paula se despertó, aunque Lizzy volvió a reconciliarle el sueño con unas palabras.
Curiosa por saber qué era eso que tanto había enfadado a su primo se agachó asomando un poco la cabeza por entre la baranda. Tardó un poco en ajustar la visón, pero aquella inmensa luna blanca ayudaba bastante a darle nitidez a una visión de la que hubiera preferido no ser testigo.
Juraba que los ojos de Sebastian se habían tornado en destellos rojos como de brazas calientes, el impecable traje negro se encontraba hecho jirones y la camisa blanca estaba completamente teñida de rojo al igual que los guantes. El mayordomo dio un par de pasos pero se detuvo abruptamente, Lizzy creyó que había sido descubierta y presionó más la mano contra su boca para no gritar.
No alcanzaba a ver con claridad por la distancia, pero la mano, ahora sin el guante que se había quitado al jalarla con ayuda de la boca, había pasado a acariciar el hocico de uno de los corceles que empezaba a relinchar frenéticamente sacando algo blanco por la boca.
Tal fuerza empezó a infligir la joven al silenciarse, que las uñas se comenzaron a clavar en su mejilla, quería correr, quería gritar, pero en cambio, no había podido siquiera moverse de su lugar solo siendo invadida por un temblor que estaba fuera de su control.
El mayordomo solo mostraba a ella su perfil, no sabía si la había descubierto o no, pero esa mirada roja…
Su cuerpo tuvo un espasmo y de un salto entró nuevamente a su habitación corriendo hasta meterse en las cobijas a la par que afuera el caballo había intensificado sus bramidos.
Sebastian le había prendido fuego.
Comentarios y aclaraciones:
Dios, que dificilísimo fue esto, pero ya lo tengo, ya tengo a Lizzy donde quiero, solo me falta subir tonos.
Perdón por la tardanza, pero todo se me ha complicado un poco últimamente, espero que ya me llegue un descanso para enviciar al mundo con los crack en Kuroshitsuji porque…. ¡Hice un SnakexFrances!
Bueno, no exactamente, pero algo así, es un one shot que se llama "Ese mensajero indecente" ¿Le dan una oportunidad?
Ahora sí, muchas gracias por todos sus comentarios siempre son los que inspiran.
¡Gracias por leer!
Por cierto:
*Oolongs= es un té chino tradicional (Camellia sinensis) que queda entre el verde y el negro en oxidación
