Sintió las mariposas revolotear en su estómago, la suavidad de la manta que acariciaba su espalda. Estaba desorientado, todo había sido calculado a la perfección, notó como su vista se volvía nublosa durante algunos segundos, percibía en su boca el sabor de un whisky caro, como si le hubiesen suministrado un montón de pastillas para dormir, en un vaso de cristal lleno hasta arriba. Notaba su piel seca, sus ojeras más profundas, su respiración agitada, las muñecas doloridas, el cuerpo algo magullado.
Ojeó a su alrededor, estaba todo oscuro, sólo una tenue luz iluminaba la estancia, estaba solo, o eso creía, en una cama poco familiar. Bajó la vista hasta su pecho, llevaba una camiseta raída, que se ponía para dormir, no había sudado nada, era demasiado extraño. No oía las pequeñas patitas de sus perros correteando, ni sus ladridos, un silencio espectral inundaba ese sitio. Sentía en su interior, algo horrible, algo que nunca había esperado sentir, el crecer de una nueva bestia.
Lo sabía todo, como había comido toda aquella carne, pues si no devoraba de manera ávida el festín, era asesinato, había que honrar a sus víctimas, sazonarlas, pasarlas por la plancha, impregnarlas de un característico sabor, jugar con su textura, darles una nueva apariencia, llenarlas de semillas o de plantas aromáticas, saber como tratar a la comida, como hacer callar a los corderos que acababan en sus estómagos.
Aún oía en su cabeza el sonido de la salsa burbujeando, el olor de las mil especias, el crujido de las patatas que servía junto a la salsa, la bandeja humeante recién sacada del horno, el aspecto de todas y cada una de las comidas y cenas, el vino que inundaba sus bocas, los tenedores y cuchillos que danzaban por los finos platos de porcelana, esas tazas que caían y que nunca más podrían volver a la normalidad. Recordaba la minuciosidad de todos los platos, colocaba la carne, la asaba, la ponía en el fuego de la sartén, la freía suavemente o juntaba varias partes, para darle más sabor, le gustaba que todos los jugos pudieran dar consistencia a la salsa que combinaría con las especias.
Había visto todo, como cortaba del animal, como lo trataba con tranquilidad y sosiego, con cierto cariño, como espolvoreaba el tomillo, como colocaba el perejil, el sonido del cuchillo cortando los ajos, el canturreo silencioso del doctor, que andaba elegantemente de un lado al otro de la cocina, supervisando todo, calculando el tiempo del horno o de la sartén. Él siempre estuvo ahí, siempre formó parte de todo, era su silencioso cómplice, enmudecido miraba atónito todo lo que sucedía y con muchos tés y narcóticos, mucha terapia de luces y mucha manipulación, creía hacerle olvidar todo. Nunca olvidaría como cocinaban juntos, a él le había dolido borrar esos recuerdos, al doctor le gustaba cocinar con su compañía, le gustaba toquetear sus manos, guiarle entre tantos cuchillos brillantes, mandarle coger algún pellizco de albahaca, espolvorear junto a él, dejar que él formase parte de todo, de absolutamente todo. Recordaba la sensación cálida de sus manos, el suave tono de su voz, guiándole una y otra vez, riendo con dulzura, pues el muchacho era nulo en la cocina, aunque se esforzase y lo intentase.
Sentía el calor que emanaban sus dedos, el frescor de la verdura húmeda y recién cortada, el sonido del horno, constante, el frío mármol que adornaba toda la lujosa cocina, la caligrafía intrincada de las recetas del doctor. Todo ahora está en su palacio mental, en el de ambos, donde siempre permanecen los recuerdos y donde siempre pueden volver para cocinar lo que ellos deseen, reviviendo una y otra vez aquellos momentos.
La bestia ha crecido tanto en su interior, la transformación ya estaba por acabar, pronto, serían uno, pensarían igual, serían el mismo tipo de monstruo, poco a poco, sentía como sus sentimientos se evaporaban, como sólo quedaba el dolor, ahí, clavándose en su carne, profundizando con sus negras y pútridas garras, entrando en su interior, arrancando la felicidad, las tardes con Alana, dejando todos aquellos buenos recuerdos, que se volvían amargos, sustrayendo cada sonrisa dulce, tan sólo quedaron las pesadillas, los llantos a medianoche, los aullidos en medio de la nada, ese insomnio tan horrible, ese dolor de cabeza penetrante.
Escuchó lentas pisadas acercándose y alzó la cabeza en la dirección de donde venían. Se sentía un prisionero, recluido del mundo exterior, en un lugar desconocido, en una cama distinta, con otra ropa, otro olor, otro sabor en los labios. El semblante serio del doctor, fue iluminado por la tenue luz de la sala y este, se aproximó más a la cama, portaba una taza de té, con unas pastas, un delicado gesto para tal situación. Dejó todo eso en el suelo y se sentó en la cama, mirando fijamente al chico, que le miraba con mala cara. Quería preguntarle todo, pero prefirió callar, sabía perfectamente que le contestaría. Se dio cuenta de que siempre hubo un monstruo, pero que ahora él le había convertido en eso, en algo similar. Eso formaba parte de su plan, siempre estuvo en su mente, no tuvo tiempo para escapar y como un cervatillo que es disparado por un cazador, se deja llevar.
-Al fin logras despertar, llevabas mucho tiempo dormitando aquí. Te desmayaste en medio de la nieve y te he tenido que traer a la clínica, podrías haber tenido una hipotermia debido al excesivo frío...Te traigo té y algunas pastas, si comes, estarás mejor.- anunció, con voz muy pausada, elegante hombre que le miraba fijamente, fingiendo excesiva preocupación.
-¿De verdad me desmayé allí o fue un truco tuyo para llevarme hasta tu red? Seguro que lo fue, habría sido fácil, aprovechar un descuido y colocar algo en mi café, muy típico en ti, la de veces que caí en esa breva.- contestó el malhumorado muchacho, mientras se frotaba los ojos y se peinaba con mal genio los rizos que se arremolinaban en su cabeza.
-Oh, venga, vamos, no empieces a delirar. Te desmayaste tu solo, no tienes nada en vena ni te he metido nada en la comida. ¿De verdad piensas tan mal sobre mi?.
-Claro que pienso mal sobre ti. ¿Y quién no?. Estás siempre detrás de todo, aunque luego te vayas de rositas y no resultes sospechoso de nada porque has limpiado la escena minuciosamente y borrases toda huella de tu paso. Pues claro, como no, no eres sospechoso, para nada, no.- soltaba, con malicia, el muchacho, que poco a poco estaba más despierto y audaz.
-Con que me voy de rositas, ¿eh?... ¿Al igual que tu te fuiste de rositas tras tu estancia en la cárcel?- protestó, clavando su mirada marrón en él, intimidando, yendo al punto débil del joven, que se quedó sin palabras durante muy poco tiempo.
-Perdona, pero por tu culpa me metieron en ese horrible sitio, ¡me metiste la oreja con una jodida sonda! Y nadie me creía, me llamaron loco, hasta que les demostré que tenía razón, ahora vendrán a por ti, no conocen toda la verdad, pero yo les ayudaré, yo seré el héroe en todo esto, haré lo que nadie hizo, meterte en la cárcel, porque eres un maníaco, un manipulador experto y un psicópata. Y tu eres la causa de todas mis desgracias. Por tu culpa estoy tan fastidiado, por tu culpa estoy convirtiéndome en algo que es como tu. No sabes lo horrible que es, no intentes ni pensarlo, sé que no puedes.- arremetió, algo tenso, violento de más, gesticulando, con la voz algo rota, pero notando como aumentaba la oscuridad en aquellos ojos.
Permanecieron ambos hombres en silencio durante tendido rato, hasta que el repeinado doctor se dignó a contestar al joven que bebía el té, mientras devoraba con ganas las pastas.
-Sabes demasiado, es algo benévolo y malévolo, contraproducente, pero es lo mejor. Nunca he tenido a nadie con quien compartir mis festines, nunca nadie había entendido todo esto. Y me alegro de que seas tu. Aunque supongo que ahora, es demasiado tarde, pues vas a susurrarle al oído a tu querido Jack todo lo que he hecho y todo lo metido que estoy en todos los casos. Menos mal que has sido tu, a Alana le llevaría más tiempo, ella es brillante, pero no tanto como tú.
-Seguro que en el lecho ella brillaba más que nunca.-farfulló entre dientes, mientras comía con mucho ímpetu todas las pastas y bebía el té de manera apresurada.
-Por lo menos tenía más modales que tú...-le dijo al joven, que dejó la taza en el suelo y se volteó, no quería mirar esos profundos ojos que antaño parecían dulce chocolate con miel y que ahora se asemejaban a dos pozos oscuros sin fondo.
-Ahora ya dan igual los modales, doctor Lecter. Tráeme algo más para comer, venga, estoy hambriento. Lo que me has metido en el cuerpo me está dando demasiada hambre. Espero que estés contento, ya tienes otra excusa para cocinar.- replicó este, mirando a la nada.
-Ella lo habría pedido de otra manera. Venga, no seas maleducado, Will.-otra vez volvía a sacar el tema, otra vez metía el dedo en la yaga.
-¿Me tengo que tirar al suelo de rodillas? ¿Me tengo que quitar algo? Da igual lo que haga, drogado o no, lo haré de todas formas gracias a tus técnicas de manipulación, enhorabuena, has creado un monstruo.-añadió, con ironía amarga, con la voz rota, notando como la verdad le atravesaba como una espada invisible.
-No seas tan melodramático, un por favor me había bastado, ya sabes que no me gusta la gente maleducada.
Tras decir eso, salió el doctor de la habitación, dejando al chico solo, con sus pensamientos, algo más atormentado, notando como unos cuernos de ciervo se le clavaban en la piel, como salían de esta, en su mente, él gimoteaba, estaba alucinando, no podía ser real, otra vez así. Las garras de la bestia se clavaban en él, intentaba no gritar, las gotas de sudor comenzaban a formarse, comenzaba a notar más y más molestias, quería levantarse y huir, pero no podía calcular como huir, ni donde había un vehículo, ni donde estaba. Sólo estaba él, allí, solo con eso que le atemorizaba. Pero él volvió con dos platos y cubiertos, que dejó en suelo, para examinar al atemorizado hombre. Miró sus ojos, los examinó, como se movían, rápidos, acarició su mejilla para calmarlo.
-¿Qué te sucede? ¿Otra vez vuelves a las alucinaciones? Dime pues, ¿qué ves?- preguntó, con voz muy suave y extrañamente tranquilizadora.
-Está ahí, la Bestia, esa cosa negra con cuernos, esa jodida abominación, está otra vez ahí, mirándome, me ataque, mira, está ahí, en esa esquina, me mira con los ojos vacíos, es horrible... Ayúdame, Hannibal, estoy harto de todo esto, no quiero más terapia, estoy harto de despertar así, de sudar, de tener sueños y pesadillas horribles, harto de tanta medicación, de ser tu títere, vamos admítelo, si quieres algo conmigo, hazlo cuando sea consciente de lo que hago, deja esta tontería y este lavado de cerebro. Haz que esta cosa desaparezca, haz que todo sea normal, te lo ruego, haré lo que quieras, por favor...- suplicaba, sintiéndose más lúcido y menos cuerdo a la vez.
Él sólo le miraba con ternura, no quería responder, le acariciaba la cadera con una mano y con la otra toqueteaba su rostro.
-En esa esquina no hay nada, te quitaré toda la medicación. Pero no puedes hacer que una taza de té rota vuelva a no estarlo. La taza ha caído. Y está rota, ya está. Sólo quiero que vengas conmigo, que me sigas, que me acompañes. Sólo quiero eso, estar contigo.- susurró, con excesivo cariño. Resultaba muy extraño, no recordaba que los monstruos pudiesen mostrar el amor de esa forma, el afecto, esas caricias, eran tranquilizadoras pero seguía sin creerse todo eso. No debía confiar en alguien tan peligroso.
-Deja la taza, déjate ya de ejemplos pomposos y llévame a casa, quiero pasear con mis perros.- ordenó, casi suplicando, pero con ese tono de autoridad que deseaba emplear algunas veces.
-Estás muy débil, descansa un día o dos, disfruta de un poco de buena comida y vino...-intentaba disuadirle, sin éxito.
-Seguro que la carne está muy buena, sabiendo de donde proviene, ¿verdad?- dijo mientras alzaba una ceja, algo desafiante, pero agotado, toda esta cascada de sentimientos le derrumbaban mentalmente.
Hannibal se limitó a sonreír y a seguir acariciando con extrema suavidad. Él sabía que una palabra o un movimiento en falso y que esas caricias podían transformarse en cuchilladas en el estómago, en arañazos terribles o en cardenales púrpuras.
"Recuerdo cuando me golpeó y sentí esos golpes como si hubieran sido besos. Que descorazonador, es saber la de memorias que he perdido por culpa de todas las medicinas y drogas que me hizo tomar, por todos esos trucos para olvidar, todo ese vino, toda esa carne malgastada en mi. Él es peligroso, debo alejarme, pero hay algo que me atrae, y ¿qué es?... Ni yo, lo sé..." pensó el muchacho de los tirabuzones oscuros, mientras era observado por el doctor, cuya mirada era demasiado tranquila, a veces lo más calmado podía resultar en algo muy violento.
-Vamos, tienes que comer un poco, así te sentirás mejor.- dijo, retirando sus manos y lentamente, cogiendo los platos, con movimientos muy ligeros, los dejó en la cama, ayudó a que el chico se incorporase y le acercó los cubiertos.
Era una comida sencilla, una sopa de pollo y un poco de merluza con patatas asadas, nada que pudiera sorprenderle, algo normal que había calentado rápidamente y que le llenaría el estómago momentáneamente. Saboreó con lentitud la cálida sopa, notando el sabor del pollo que se había derretido, la sal que había sido esparcida, las verduras que flotaban y le añadían algo de sabor al caldo, tras dejar el plato vacío, mordisqueó la merluza, que estaba algo crujiente y grasienta, pero con un toque de aceite y especias muy extraño, que le aportaba algo de frescura, combinaba con las patatas, crujientes pero blandas por dentro, algo calientes, con un poco de perejil por encima, doradas como el sol.
Cuando vació los platos por completo, intentó incorporarse, sin éxito.
-Aún estás algo débil, quédate aquí, cierra los ojos e intenta dormir, será lo mejor que puedes hacer.- dijo el doctor, llevando los platos en la mano, con un gesto amable intentó taparle con las sábanas que había en la cama.
Will se giró, cerró los ojos e intentó seguir su consejo, dejó su mente en blanco, le costó dejar de pensar en todo lo que sucedía, pero era mejor eso, no pensar por un momento y evadirse, dejar que Morfeo le abrazase con sus dulces arenas y dormitar un poco, nunca estaba de mal dejarle un descanso a su mente, agitada, desordenada, desorientada por tantos sucesos traumáticos.
Despertó tras su largo letargo, algo menos cansado y más lúcido. Había pasado demasiado tiempo, sentía que había dormido durante días. Estaba completamente solo, hasta que oyó, como la puerta se abría y una mueca de horror se formaba en su cara.
Todo este tiempo, había sido parte de todo ese intrincado diseño y lo peor, estaba aún por llegar.
