Cap.:3 - Tratos.

- Por fin ha llegado...

Miroku estaba exultante tras haber visto a la chica en el gran vestíbulo, pues ella acababa de encender una chispa de esperanza en él sobre la posibilidad de acabar con la maldición.

- ¿Tú crees que ella romperá el hechizo? – preguntó el pequeño Shippo con los ojos brillantes, pues tras décadas siendo un niño, él también estaba deseoso de que la maldición terminase.

-Tiene que hacerlo, después de todo es la primera muchacha que aparece en...

Pero no terminó la frase, pues vio a Kagome avanzar en el castillo en busca del abuelo.

- Shippo, ve a contárselo todo a los demás, yo la entretendré mientras tanto – dijo Miroku, a lo que Shippo respondió con un asentimiento antes de dirigirse a la cocina a avisar a los demás mientras que él se disponía a acercarse a la muchacha - ¿Puedo ayudarla en algo? – preguntó con una sonrisa a Kagome, quién, sorprendida por la repentina aparición, soltó un gritito ahogado – Disculpe, no era mi intención sobresaltarla. Me llamo Miroku y estoy a su disposición – dijo mientras su sonrisa se tornaba pícara y depositaba un beso en la mano de la muchacha.

Kagome retiró su mano algo incómoda, pues no estaba acostumbrada a que ningún joven, exceptuando a Kouga, la tratase así, aunque, con Kouga se sentía más incomoda aún, pues estaba claro que él iba en serio, mientras que este simpático y atrevido joven parecía más bien bromear y algo le decía que podrían llevarse bastante bien.

- Verá – empezó a explicar – me llamo Kagome y busco a mi abuelo. He encontrado su caballo fuera y sé que tiene que estar aquí, ¿le ha visto usted?

Miroku se sentía culpable. No podía decirle a esa tierna joven que su abuelo se encontraba en un horrible calabozo porque él no supo mantener su boca cerrada y lo alentó a permanecer en el castillo, cuando debió echarlo antes de que el amo Inuyasha le viera y, definitivamente, no podía engañarla para que permaneciera en el castillo y rompiera la maldición. No. Él debía llevarla con su abuelo y ayudarlos a los dos a escapar... La próxima vez que una chica llegase al castillo, si es que tenían suerte y volvía a pasar, se aseguraría de no verla o hablar con ella, pues sentía debilidad por las mujeres y no soportaba verlas en apuros, tal y como estaba ahora Kagome ante él, preocupada por su anciano abuelo después de haberse enfrentado sola a los peligros del bosque... Todo esto pasó por la cabeza de Miroku mientras Kagome le miraba esperando una respuesta.

- ¿Oiga? – Kagome intentó llamar la atención del joven, que se había quedado anonado.

- ¿Qué remedio?- se preguntó Miroku con un suspiro antes de tomar una determinación y llevar a la muchacha consigo casi a rastras camino del calabozo, para rescatar al abuelo lo más rápido posible y ayudarlos a salir de allí.

Lo que Miroku no sabía es que, una vez superadas la ira y el enfado, Inuyasha había recapacitado y se había dado cuenta de que había cometido un error al descargar su frustración de un modo tan exagerado sobre el anciano... jamás lo admitiría, pero tampoco dejaría al viejo morir en un calabozo, después de todo, todavía no era una completa bestia, aunque lo pareciera...

Ajeno tanto a las decisiones de Miroku como a las de Inuyasha, el pequeño Shippo había corrido a la cocina para contarles a todos la llegada de Kagome.

- ¡Abuela Kaede! ¡Sango! ¡Anciano Myoga! – gritó apenas llegar.

- ¿Qué te ocurre Shippo? ¿Por qué gritas así? – preguntó una anciana corpulenta, que sin duda sería aquella a quién Shippo había llamado Kaede, al ver al niño entrar tan agitado.

- ¡Una muchacha ha entrado en el castillo! – exclamó para el asombro de los presentes.

- Shippo no digas tonterías – refunfuñó el anciano Myoga – Con lo del pobre desgraciado de esta mañana ya ha habido suficiente, no hagas bromas sobe extraños en el castillo – le reprendió.

- ¡Pero es verdad! – insistió el pequeño – Miroku me ha dicho que venga a avisaros mientras que el la entretenía.

- ¡¿Has dejado a ese mujeriego solo "entreteniendo" a esa muchacha?! – preguntó Sango horrorizada. No es que a ella le importase mucho lo que Miroku hiciera... es que la pobre extraña no estaba a salvo sola con él.

- ¿Entonces tú me crees? – preguntó Shippo con los ojitos brillantes.

- Claro que sí – le respondió Sango con una sonrisa, antes de que su expresión se tornara seria – Ahora, vamos, antes de que ese sinvergüenza espante a la única esperanza de romper la maldición que ha aparecido en años... – y tomó a Shippo de la mano para que la guiase hasta dónde esperaban encontrar a Miroku y la misteriosa joven.

Mientras que esto ocurría, Miroku ya había llevado a Kagome junto al abuelo y había abierto la puerta del calabozo, tarea que no resultó muy difícil, pues, después de tantos años, cedió con facilidad. Inuyasha se encontraba en la entrada de las escaleras que descendían al calabozo cuando escuchó sus voces gracias a sus sentidos desarrollados.

- Iré a asegurarme de que no hay nadie en el vestíbulo para que podáis salir – escuchó decir a Miroku. ¿Cómo podía haberle traicionado?

- Siempre te lo agradeceré – escuchó la voz de Kagome, aunque para él era desconocida. Una mujer. Ahora entendía por qué lo había traicionado Miroku, nunca cambiaría...

Entonces Miroku empezó a subir las escaleras camino al vestíbulo y él se escondió para que no supiera que lo había descubierto...Total, ya había decidido liberar al anciano y de este modo se iría sin que su orgullo se viese afectado.

- No deberías haberte internado sola en el bosque – escuchó refunfuñar al anciano – es muy peligroso, podría haberte pasado algo.

- ¡Mira quién fue a hablar! – respondió la muchacha tras una carcajada - ¿Qué habría sido de ti si no llego a venir? – preguntó – Además, prefiero enfrentarme mil veces a los peligros del bosque que a los abusos del gobernador.

Inuyasha recordó entonces que el anciano le había rogado que lo dejase ir para no dejar sola a su nieta a merced de ese gobernador del que hablaban y entonces se le ocurrió una idea: tal vez la joven no debería volver a su aldea si corría peligro, tal vez debería quedarse en el castillo, tal vez sería ella quien le ayudase a romper la maldición...La decisión estaba tomada, encontraría el modo de hacerla permanecer en el castillo, era el momento de interrumpir el rencuentro entre abuelo y nieta.

- ¿Quién eres tú y qué haces aquí? – preguntó en tono siniestro - ¿Has venido a ver a la bestia?

- ¡Kagome, vete de aquí! – exclamó el anciano. Kagome, ese era el nombre de la muchacha.

- ¡No me iré sin ti! – le respondió ella antes de dirigirse a Inuyasha, oculto entre las sombras – Por favor – comenzó en tono de súplica – deje ir a mi abuelo, ¡él no pretendía causarle ningún daño! – intentó justificarle.

- Pero lo hizo – gruñó Inuyasha – Y ahora alguien debe asumir las consecuencias de sus actos – le dijo a la muchacha, esperando que reaccionara como él estaba esperando.

- ¿No puedo ocupar yo su lugar? – sí, había reaccionado tal y como él había querido, pero aun así le sorprendió la actitud de la muchacha, el hecho de que ella antepusiera el bien de su abuelo al suyo propio le descolocó por un instante.

- Tú... ¿Harías eso por él? – preguntó.

-¡No! – exclamó el abuelo.

- ¿Le dejarás ir si yo me quedo? – preguntó Kagome con la voz quebrada.

- Lo haré – afirmó Inuyasha – Pero te quedarás para siempre – enfatizó.

Kagome sabía que no dudaría, se quedaría a cambio de la libertad de su abuelo, pero la desconcertaba el hecho de no ver al ser con el que hablaba.

- Quiero verte a la luz – pensó en voz alta e Inuyasha la complació y se dejó ver. Esa fue la primera vez que Kagome posó los ojos en el personaje que siempre protagonizaba los cuentos del abuelo. Vio su pose altiva, su mirada penetrante y no sintió miedo, sino fascinación – Tienes mi palabra – acordó.

- ¡Hecho! – determinó Inuyasha antes de sacar al abuelo del calabozo y subir con él las escaleras ante la atónita mirada de Kagome, que trataba de asimilar todo lo ocurrido.

Cuando llegó al vestíbulo, vio a Sango y a Shippo discutiendo con Miroku, probablemente, él les había contado que pretendía ayudar a escapar a Kagome y su abuelo, y los tres se quedaron pasmados ante la escena que vieron. El abuelo se debatía contra Inuyasha...

- ¡Estás loco si crees que me iré y la dejaré aquí contigo! – gritaba.

- ¿Acaso no ves que te estoy haciendo un favor? – rugió Inuyasha - ¿No dijiste que no querías que el maldito gobernador de tu aldea la lastimase? Pues bien, no tendrás que volver a preocuparte de que lo haga. Aquí estará a salvo, vivirá como una reina y el único precio es que no le hables de esto a nadie y salgas de nuestras vidas para siempre, así que ¡largo! – dijo mientras lo sacaba del castillo. A pesar de sus duras palabras, trató de no lastimar al anciano mientras intentaba zafarse de él, pues sabía que tampoco debía de serle agradable dejar a su nieta en manos de una bestia, pero el abuelo recapacitó y dejó de luchar.

- ¿Me aseguras que ella estará bien? – preguntó serio.

- Lo juro – afirmó solemnemente Inuyasha, ante lo que el abuelo aceptó, estrechó su mano y decidió marcharse, pues por el momento nada podía hacer, más adelante, tenía a quien recurrir para que lo ayudase a rescatar a Kagome...

Antes de que nadie lo diga, sí, lo sé, he tardado mucho en subir el capítulo, pero es que los exámenes de Historia del Arte, Griego, Filosofía, Historia de España, etc... No son muy compatibles con crear un ambiente inspirador en el que escribir y mi vida últimamente se reduce a ellos, así que, por favor, sabed perdonarme y contadme qué os ha parecido :)

Besitos y achuchones, María.