IV. Un amanecer a tu lado
-Esto es…
-¿Te gusta? –Preguntó el moreno lleno de incertidumbre.
-¡Me encanta!
La morena se alejó de Luffy, corriendo, saltando, riendo. Aquello era realmente maravilloso. Era una simple terraza, pero la luz de la luna iluminaba aquel suelo mojado de una manera hermosa, resaltando todo lo que pudiese contener una pizca de brillo. Robin apoyó las manos sobre la pared que delimitaba la terraza, dirigiendo la vista hacia el horizonte. Los coches hacían un ruido estruendoso, la gente que corría por la calle no paraba de gritar, algunos pájaros revoloteaban a apenas unos metros de su cabeza. Pero ella ignoraba todo aquello.
El moreno la observaba en la distancia, todavía seguía en la puesta de la terraza, apoyado en el pequeño marco de la puerta. Era algo absurdo, ¿qué tenía aquella mujer? Decidió acercarse a ella, quería decir que se quedase unos días, además, sabía que aquella mujer no tenía ningún sitio a donde ir.
-Robin, yo quería…
-¿Te gusta bailar?
-¿Qué…?
Robin se puso de cara al chico, con cautela le cogió la mano izquierda, y con un gesto grácil, la levantó. Después fijó la mirada en la mano libre del muchacho, y con una sonrisa en el rostro, la colocó en su cintura. Los colores del muchacho asomaban por sus mejillas.
Una leve musiquilla empezó a salir a través de las cuerdas vocales de la morena, simplemente era la melodía, de una canción clásica conocida.
-¿Claro de Luna? –Preguntó el muchacho, incapaz de mirarla a la cara.
Pero no recibió ninguna respuesta de la morena, sólo el alegre cantar de sus cuerdas vocales. Los movimientos empezaron lentos, torpes, se notaba que Luffy no solía bailar a menudo, pero Robin sí, y su cabezonería haría que el muchacho bailase con soltura.
-Espera un momento, -el moreno paró en seco- yo no sé bailar…
-¿Y besar?
El moreno se quedó perplejo. Los ojos se le abrieron de golpe, y una pequeña brisa hibernal hizo caer su alegre sombrero de paja. Pero, ¿y qué? Poco a poco, soltó la mano de la morena, y dirigió la suya propia hacia la nuca de ella. El suave tacto de su cabello era demasiado agradable. Acercó su rostro a los labios de Robin, notando cada vez más fuerte su respiración. Fuero segundos, minutos, horas… Da igual, pero para los dos, fueron eternos.
Finalmente sus labios se encontraron, fue un beso largo, con experiencia, mucho más que el baile anterior, y ninguno de los dos quería detenerse. Sus cuerpos cada vez estaban más juntos, sus manos se enredaban en el cabello del otro, su deseo era cada vez mayor.
Finalmente el beso terminó, quizá por miedo, quizá por no aumentar el deseo. Los dos chicos se quedaron mirando. Las ganas de volver a estar juntos, de volver a besarse pudo con ellos. El suave tacto de los labios de la morena, el cabello azabache del chico, el helor de la mañana, el ruido casi imperceptible de los coches, todo les acompañaba en aquel momento. Eran dos desconocidos, que por casualidad habían coincidido en un taxi. Uno de ellos volvía a su rutinaria, pero apreciada vida; la otra huía de un pozo sin fondo.
Los dos sabían que era algo absurdo. Una mujer famosa, ahora fugitiva, no podía estar con un chico como aquel, no quería arruinarle la vida de aquella manera. Y él, un chico sencillo, joven, no podía atar a una mujer tan hermosa a su lado. Pero todo eso les daba igual. Ese momento era suyo, y no pensaban estropearlo con planes de un futuro demasiado próximo, sólo querían disfrutar, besarse, tocarse, desnudarse… Entregarse.
El sonido de unas tijeras oxidadas despertó a Luffy. Estaba en su cama, tumbado, enrollado de mala manera en sus mejores sábanas. El sol del mediodía le tocaba directamente a los ojos, y el sonido horrible de las tijeras no cesaba. Le costó reaccionar, pero finalmente recordó el amanecer. El primer beso, y después otro, y las caricias, y las curvas de aquella mujer hermosa, y sus pechos… Se levantó de golpe, Robin no estaba. Su peor pesadilla se había hecho realidad, había huido. Aquella mujer tan hermosa no estaba. El moreno se sentó en el borde de la cama, abatido. ¿Cómo había podido ser tan ingenuo? Pensar que aquella mujer podría haber sentido algo por él. Se tapó el rostro con las manos, abatido.
-Vaya, veo que te has despertado, -una voz cantarina sacó a Luffy de sus pensamientos- espero no haber sido yo la responsable.
Luffy levantó el rostro. Aquella voz era la que había tenido toda la mañana a su vera, diciendo su nombre, susurrándole palabras hermosa. No se había ido. No había sido un sueño. Pero…
-¿Y tu melena? –Exclamó Luffy. Robin llevaba ahora una media melena, el mechón más largo de su cabello le llegaba a la altura de los hombros.
-¿Te gusta? –La morena sonrió- Ya me había cansado de la melena larga, y quería cambiar, espero que no te importe que usase las tijeras que tenías en el lavabo.
-Sí –dijo Luffy con seriedad,- me importa mucho –el rostro de la morena se tensó, no sabía cómo reaccionar, ¿tan mal había actuado?- Pero te lo perdonaré si vienes a mi lado, y me das un beso, pero ha de ser como los de anoche, si no, no me vale como disculpa.
La sonrisa pícara e infantil del muchacho hizo que Robin se serenase. ¿Cómo era posible que en tan solo unas horas pudiese haber llegado a esa situación? Poco a poco se acercó al chico, y los besos volvieron a ser algo inevitable.
Un rato después, los dos chicos se encontraban tumbados en la cama, Robin tenía apoyada su cabeza en el pecho de Luffy, mientras éste jugueteaba con uno de sus cortos mechones de cabello. Los dos quería hablar, pero ninguno sabía por dónde empezar. Lo sucedido hasta entonces había sido un tanto extraño. Por una parte, Luffy había conocido a una mujer hermosa, surgida de la nada; y por otra parte, Robin había conocido al único hombre de la tierra que no la conocía, que no sabía quién era en realidad.
-Luffy, yo tengo que… -el dedo índice de Luffy se colocó justo delante de sus labios, impidiendo que la morena pudiese continuar con sus explicaciones.
-No tienes nada que decirme. En este momento me da igual quien seas, me da igual que hayas hecho, e incluso me da igual si estás huyendo de algo. –El moreno la miraba a los ojos,- todo eso me da igual, porque te quiero, quiero a la persona que entró ayer en el taxi conmigo, amo a la persona que bailó conmigo ayer en el terrado y que me ha hecho pasar el mejor amanecer de toda mi vida.
Robin callaba, escuchando todas aquellas palabras. Cada sonido que salía de la boca de aquel chico era como un pequeño escalofrío en su interior.
-Ahora –continuó el muchacho,- sólo me queda saber una cosa; ¿me amas?
Silencio. No hubo respuestas. Robin quería articular un gran sí, sonoroso, para que el muchacho pudiese saber que, con tan solo unas horas, había conseguido robarle el corazón. Pero no podía. No. Una mujer como ella, una mujer que huía de su vida, no podía enamorarse. Eso nunca, y menos de aquel chico, de la persona que más había querido en su vida. No quería hacerle daño, no quería estropearle la vida, como había hecho ella con la suya.
-Lo siento, -la morena era incapaz de mirarle a los ojos- no puedo…
Bueno, aquí está la cuarta parte. No sé si realmente os está gustando el transcurso de la historia, por eso os pido vuestras reviews! Que me encanta saber que opináis todos; y repito, aunque sea una opinión mala, la voy a aceptar igualmente.
Y nada más, que esto se está acabando, ya queda menos para el desenlace! Ah! Una cosilla más, no he dejado muy claro el tema lemmon, pero tampoco quería pararme a describirlo todo, no sé, en este fic veo mucho más importante las palabras que se puedan decir y los sentimientos de los personajes; espero que lo entendáis!
Un beso y feliz navidad!
