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Este fic narra sucesos reales cuyos datos han sido obtenidos de internet, libros de historia y discos de acetato. Los personajes de Candy son propiedad de su creadora, yo solo los uso para fines recreativos y sin afán de lucro.

La Búsqueda

Capitulo IV

El Cuento de un Ángel

Por Maryluz

Un grito se levantó por los aires irrumpiendo el silencio creado por el respeto que se le guardaba a aquel lugar santo. Cuantos pájaros volaron al escuchar aquel grito de dolor confundirse con los truenos de aquella tormenta que estaba por caer. Las nubes negras habían cubierto todo el cielo, parecía que notaban la pena de aquel hombre y querían ocultar los rayos de oro del sol, para respetar su dolor...

Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer sobre la tierra de aquella sepultura, confundidas con las gotas de llanto que aquel hombre rubio dejaba caer sobre la misma.

La letanía de un nombre murmurado se podía escuchar pronunciado entre los labios de aquel hombre que seguía hincado, viendo incrédulo las iniciales en aquella cruz de madera, aquellas iniciales pintadas de blanco.

Había tomado entre sus manos aquel crucifijo mientras la lluvia comenzaba a mojar su cabello y su cuerpo poco a poco. No había escuchado los gritos de aquel niño que le había acompañado, no había escuchado las indicaciones de que se protegiera de la lluvia. No la sentía, su mente solo recordaba la risa de aquella a quien había ido a buscar, sus ojos verdes, su mirada llena de luz al preguntarle si volvería pronto de África, si se verían pronto...

- ¿Cómo Candy?... ¿cómo iba yo a imaginar que le harías compañía a Antonhy y a Stear tan pronto?, ¿cómo Candy?! - se preguntó Albert una y otra vez apretando fuertemente el crucifijo entre sus manos.

A lo lejos, entre las cruces de la entrada, alguien observaba a ese hombre alto hincado frente a una tumba. La lluvia cada vez más fuerte había empapado ya sus ropas, pero seguía hincado en aquel lugar. No le conocía, no parecía haberle visto antes, sin embargo y con las flores aun en la mano, se fue aproximando poco a poco hasta ese lugar.

Porque parecía tan afligido, su traje café cubierto por la lluvia se veía ahora más oscuro, no parecía un soldado, no vestía como tal. Sus botas cubiertas por el lodo tampoco lucían espuelas para guiar un caballo. No usaba sombrero de paja, pero su vestimenta era de un hombre de campo, de un ranchero Mexicano.

Albert entonces se levantó poco a poco de aquella tumba, llevando aun el crucifijo entre sus manos. La lluvia ya le había empapado y con su mano apartó sus cabellos, pesados por el agua, hacía atrás. Tenía que hacer lo posible por llevarse su cuerpo a territorio americano, para enterrarla cerca de su hogar: el Hogar de Pony.

La figura que se acercaba a Albert, pudo entonces apreciarlo bien. Las flores que traía entre sus manos quedaron en el suelo salpicadas por el lodo al caer. Se veía más fuerte y traía el cabello más largo y una ligera barba de días cubría su rostro, pero era imposible no reconocerlo. Traía un traje de la gente de rancho, pantalón café, camisa de manta y chaleco. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas tratando de articular palabra para hablarle, para decirle que estaba allí. Pero un gran nudo en la garganta le impidió decir nada.

Albert levantó la mirada al cielo para sentir la lluvia fresca sobre su cara, para que esta se confundiera con sus lágrimas. Tenía que reunir la fuerza necesaria para regresar a Chicago y avisar a la familia de lo que había pasado, para decirle a la señorita Pony... pero entonces sintió que alguien le observaba y por impulso volteó su rostro.

Parecía ver un ángel entre la lluvia que caía con fuerza, levantando pequeñas chispas de lodo por todo el lugar. Un ángel vestido de rosa y blanco, cubierta por un chal de colores y con el cabello recogido en un par de trenzas... parecía una muñeca vestida con los trajes mexicanos.

Los ojos azules se toparon con otros verdes que le veían con impaciencia. Sin dar crédito a lo que veían cada uno se quedaron en silencio bajo la lluvia contemplándose, tratando de asimilar que no era un sueño, que realmente estaban despiertos y se estaban contemplando mutuamente.

- ¡Albert! - gritó al tiempo en que corría hasta sus brazos.

Albert no supo que hacer en el momento, solo abrió sus brazos y la recibió entre ellos tomándola por los hombros, al tiempo en que el crucifijo caía a la tierra lodosa. ¿Acaso era un sueño y un ángel del cielo venía a reconfortar su dolor?, ¿por qué su imaginación jugaba de esta forma con él?

Tenía miedo de abrazarla fuerte y hacer que la imagen desapareciera entre sus brazos como un fantasma; pero podía sentir su calor a través de las ropas mojadas de ambos, podía escuchar su llanto desesperado y sentía, lo mas importante, sentía como ella se aferraba a su cuerpo en un abrazo apretado.

- ¿Candy?, ¿Candy?, ¿de verdad, de verdad eres tu? - preguntó Albert incrédulo tomando con sus manos la cara de la chica que estaba sobre su pecho.

Candy no podía dejar de llorar, hacía cuanto tiempo de no ver a nadie conocido, de no hablar ingles, de encontrase perdida entre los campos áridos de la sierra de Chihuahua, de vivir tantas y tantas cosas; frío, hambre, miedo, angustia y desesperación; que no podía creer que estaba en brazos de su ángel de la guarda, de su protector de toda la vida, ¡de su príncipe de la colina!

- ¡Albert!, ¡Albert!, ¡soy yo!, ¡soy Candy!, ¡Candy!, que bueno es oír mi nombre de tus labios Albert - repetía Candy llorando, mientras Albert la abrazaba con fuerza sumándose en un llanto silencioso con ella.

- Candy, ¡mi Candy! - pensaba en silencio besando su frente y sus cabellos, mojados, baja la lluvia que los seguía empapando.

No les importaba estar allí en el cementerio, en medio de la nada, abrazados; dándose tiempo para asimilar todo por lo que habían pasado, pero que había valido la pena. Por que ambos estaban vivos, vivos y juntos.

En algún momento se percataron del lugar en el que estaban y caminaron abrazados para refugiarse de la lluvia que no cesaba. Así, sin decir palabra alguna, no eran necesarias las palabras, los dos no querían separarse y sentir que se perdían de nuevo.

- ¡Dulce! - dijo Panchito sonriendo al ver que tanto Albert como Candy se acercaban al refugio creado por viejas ramas, a un costado del cementerio.

- ¿Dulce? - preguntó Albert viendo a Candy y ella solo sonrió.

- Dulce es Candy en español, aquí nadie me dice Candy.

Albert sonrió al escuchar esa explicación, ahora entendía que aquellas iniciales que viera sobre la cruz de madera, no eran por Candy Andrew, pero entonces ¿quién era la persona que descansaba en aquella sepultura?

- Entonces, Candy, ¿quién es la persona en la tumba? - preguntó Albert al tiempo en que le extendía el crucifijo que había tomado del lodo donde había caído.

- Candelario Arango, un teniente de la división del norte de Pancho Villa, Los Dorados - dijo Candy bajando la vista - él me protegió desde que me sacaron de Columbus, hasta el último minuto que vivió – dijo observando el crucifijo sobre su mano.

- ¿Murió por protegerte? - preguntó Albert viendo aquella sepultura que comenzaba a verse cubierta por los pétalos silvestres de las flores desechas por la lluvia.

- Si Albert - siguió Candy con la mirada perdida.

- Cuéntame - solicitó pausadamente.

Candy comenzó a narrarle a Albert todo lo que había vivido desde su traslado del hospital Santa Juana de Chicago, al Hospital Nuevo México de Columbus. Omitió de forma deliberada quien había sido la causante de su traslado y solo dijo que necesitaban gente y ella se ofreció. Sabiendo el carácter altruista de Candy, Albert no dudó de ello.

Comenzó a contar ese día trágico, 9 de Marzo. Le había tocado la guardia de noche ese día, y todo parecía tranquilo hasta las 4:00 de la mañana. Cuando treinta minutos más tarde, cerca de 30 hombres irrumpieron en el pequeño hospital del pueblo matando a varios médicos y arrojando antorchas encendidas dentro del lugar.

El Hospital estaba en pleno centro del pueblo y junto con él ardían dos manzanas más del lugar. Candy había salido ante los gritos de "Villa", "Villa" y había visto como hordas de hombres a caballo disparando y con antorchas en mano comenzaban a incendiar el centro.

- Sentí como si algo me mordiera el hombro, me quede parada viendo como los hombres montaban a mujeres en los lomos de sus caballos. Como disparaban a quema ropa a hombres inocentes y se dedicaban a destruir el lugar - seguía Candy con su relato, mientras Albert recordaba su propia experiencia con los Revolucionarios - Vi como un enorme caballo se aproximaba a mi a toda velocidad, estaba segura de que me arrollaría, no se detendría. Aquello que me había herido en el hombro comenzó a dolerme más. Entonces sentí como alguien me tomaba de la cintura y me alejaba del lugar.

Cuando pude despertar estaba en un rancho, rodeada de hombres a caballo. Varias mujeres cuidaban de mí, hablaban un idioma que no domino, por lo que me costó mucho comunicarme con ellas. Pero pude hacerlo poco a poco. Candelario Arango me había alejado de los hombres de Villa, en Columbus, y me había llevado con él. Me había herido en el hombro y estuve algunos días con fiebre. El teniente había pagado por mi vida a otro de los Generales de Villa con el broche del príncipe.

- Tu broche Albert - afirmó Candy

- Te secuestro - dijo Albert seriamente.

- No Albert, jamás lo vería como secuestro, él solo quiso ayudarme. Pero cuando trató de regresarme a la frontera, la expedición ya había atravesado territorio Mexicano y tenía que permanecer a lado de Villa.

- Pero pudo regresarte a los americanos, aun así le agradezco el que te cuidara de ese horrible ataque a Columbus. Hay que regresar a los Estados Unidos - dijo por fin, después de estar meditando un rato.

Albert observó el rostro salpicado de pecas de Candy, el sol parecía haberle regalado algunas más. Se veía radiante, más grande, más madura, todo el horror de la guerra en la que se había visto mezclada le había hecho madurar más.

Candy contaba a Albert porque estaba el crucifijo en la cruz. Ella había entregado su crucifijo a Candelario Arango en la batalla del Carrizal, habían sido enviados de la sierra a conseguir alimentos cuando les sorprendió la batalla. Por temor, por angustia, por pensar que el crucifijo podría protegerle, lo entregó con la promesa de que regresara con bien. Sin embargo la fe y el crucifijo no fuero suficientes para protegerlo de una bala al atravesarse ante los disparos de uno de los soldados americanos para protegerla a ella al atravesarse en el campo de batalla en que se había convertido el pueblo.

Candy le fue contando durante el camino de vuelta al pueblo del Carrizal, en compañía de Panchito, los horrores a los que se veían obligadas a vivir las soldaderas, por seguir a sus maridos. Viviendo en la sierra de Chihuahua, a expensas al frío de la noche y al calor del día. Sin comida, sin agua limpia, sin medicinas capaces de curar una simple fiebre o dolor de estomago, sin lo mas mínimo indispensable que la voluntad de seguir en pie de guerra al lado de sus maridos. Cargando a sus hijos a la espalda, llevando consigo las carrucheras atravesando su pecho y espalda y caminando con una escopeta o carabina como si de un bastón se tratase. Viéndose obligadas a usar las armas cuando sus maridos morían y tomaban ellas su lugar.

Entre todo eso Candy había vivido y ayudado con su experiencia como enfermera. Entre todo eso vivían y morían cientos de mujeres, niños y ancianos durante la Revolución y la persecución a Villa. Habían movilizado a las soldaderas hasta la sierra donde Villa se había escondido (La sierra de Santa Ana) de la expedición Punitiva a cargo de capturarlo y mandarlo a la cárcel en los Estados Unidos.

La Rielera

Tengo mi par de caballos
para la Revolución
uno se llama el canario
otro se llama el gorrión.

Yo soy rielera, tengo mi Juan
el es mi encanto, yo soy su querer
cuando me dicen que ya se va el tren
¡adiós, mi rielera! ya se va tu Juan.

Tengo mi par de pistolas
con sus cachas de metal
una es para mi querida
otra es para mi rival.

Yo soy rielera, tengo mi Juan
el es mi encanto, yo soy su querer
cuando me dicen que ya se va el tren
¡adiós, mi rielera! ya se va tu Juan.

Autor: Samuel Lozano
Época: Revolución

- Canción Popular Mexicana -

Continuara...

Notas de la Autora.

Para leer sobre la incursión de Villa a Columbus:

Agregar los "/" y quitar espacios.

La Incursión de Villa a Columbus, Nuevo México.

Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México.

http: www. Revolución .bicentenario. gob. Mx / index. php?option = com_content&view = article&id=13 :francisco-villa-y-la-incursion-a-columbus-por-car los-betancourt-cid&catid = 2 :articulos&Itemid= 4

Wikipedia:

http: es. wikipedia wiki / Batalla_de_Columbus