Bella Porta La Voz
Todos estaban preparados para partir: mi perfecta hija ya se había encaramado en mi espalda; mi perfecto esposo estaba a mi lado; y mi perfecto mejor amigo –y futuro yerno, me obligué a pensar- estaba saliendo afuera para transformarse.
Se metió corriendo en la espesura de los árboles y reapareció unos segundos después en su forma lobuna. Apenas lo vimos, empezamos a correr.
Llegamos al bosque donde solíamos cazar, y mi pequeña se bajó ágilmente de mi espalda, y empezó a corretear por la nieve. Anteriormente no había tenido tiempo de disfrutarla, ya que el día anterior –por Dios, ¡los Vulturis habían llegado y se habían ido apenas ayer!-, cuando la nieve llegó a formar una capa sobre el suelo, había estado más ocupada intentando saber si seguiría viviendo.
Una bola de nieve impacto contra su espalda. Me volví rápidamente para ver quien había osado hacerle eso a mi pequeña, pero solo había sido Jake quien, a modo juguetón, había tomado un poco con la boca y se lo había lanzado.
Renesmee iluminó su rostro con otra de sus resplandecientes sonrisas. Junto un poco de nieve con sus manitas, formó una perfecta bola, y se la lanzó a Jacob. Él intentó esquivarla –y lo intentó de veras- pero las patas se le habían hundido demasiado en la nieve y no pudo esquivarla a tiempo.
La bola impacto directo en su hocico.
Y así empezó la lucha.
La nieve volaba en todas direcciones, lanzada desde los dos extremos. Renesmee era bastante rápida, y para tirar las bolas se impulsaba hacia arriba desde donde tenía una mejor vista panorámica del lugar.
Edward y yo mirábamos divertidos la escena. Hasta que, en un momento, Renesmee me miró a mí y Jacob a mi esposo –los dos en una perfecta sincronía- y nos lanzaron, respectivamente, la bola que tenían en las manos.
- Te vas a arrepentir –le dije en broma a la pequeña.
Y empecé a perseguirla por el páramo.
Con mi vista periférica pude percibir como Edward y Jacob se enzarzaban en una gran guerra de bolas de nieve, a tanta velocidad que aparecía un borrón blanco a la altura de sus cabezas.
Sólo tarde cinco segundos en atrapar a mi pequeña –y eso porque le había dejado un poco de tiempo- y, cuando lo hice, la abracé desde atrás y me tiré con ella a la nieve de manera tal que ella no sufriera daño alguno.
Renesmee se empezó a reír entre mis brazos, y yo me reí con ella.
Luego, la ayudé a levantarse y empecé a sacudirle la nieve de encima. No me apetecía lo más mínimo que se enfermara.
Edward y Jacob se acercaron a nosotras riendo. Antes de llegar, pude ver como este último le daba un golpecito amistoso a mi esposo.
Nunca me terminaría de acostumbrar a la camadería que se había establecido entre ellos.
- A ver, Nessie, ¿hueles algo interesante? –le preguntó Edward con la voz rara: estaba haciendo de mediador con Jacob.
Renesmee estaba acostumbrada por lo que miró a Jacob en vez de a Edward, como si la voz hubiera salido de su enorme cuerpo lobuno. Olfateó el aire helado y, después de arrugar la nariz –tanto por el frío como por el olor, estaba segura- dijo:
- Hay una manada de ciervos por el noroeste.
- Te apuesto a que cazo al más grande –le dijo Jake por medio de Edward, con su rostro lobuno mostrando un ademán competitivo, y Renesmee sonrió al instante.
- Yo cazaré al más grande –le aseguró ella.
Y los dos salieron corriendo hacia los árboles.
Iba a seguirlos cuando mi instinto me hizo pararme en seco y mirar alrededor. Con mi vista periférica me percate de que Edward hacía lo mismo. Su rostro ya no tenía ese deje infantil de antes, sino que se mostraba cauto.
Y, cuando ya íbamos a ir tras Renesmee y Jacob, aparecieron tres figuras entre las sombras...
