Capitulo beteado por María (FFR)
Capítulo 4
Celos. El monstruo de ojos verdes
— ¿Viste el periódico?, ¿Lo hiciste? —preguntó Alice sin aliento, en el segundo en que entró Bella a la ala ejecutiva. Bella sonrió y saludó a sus demás colegas mientras se dirigía a su oficina.
Sin importar el hecho de que Isabella había ignorado a Alice, ella prosiguió.
—Su nombre es Victoria y es brasileña, o eso dicen —murmuró. Bella siguió ignorándola al prender su PC—. ¿Crees que sus senos sean….?
— ¡Alice! —siseó Bella con frustración. Evitó mirar la foto que su parlanchina amiga había bajado del internet.
— ¿Qué?
—Por favor... El señor Cullen va a llegar en cualquier momento, ¿Puedes olvidarte de esto?
A Bella le sorprendía que él no hubiera llegado ya a la oficina. Tal vez, aún estaba disfrutando de un desayuno exótico, en la cama, en compañía de esa brasileña. No cabía duda.
—Está bien —se enfurruñó Alice, guardando su jugosa evidencia. La guardo dentro de unos de los bolsillos de su ajustado pantalón de vestir—. ¿Por qué te da terror Edward?, es como sí lo consideraras un ogro. No importa, sí él es un ogro, es el ogro más sexy del jodido planeta...
— ¡Alice!, creo que deberías regresar a tú oficina.
—Hoy estás de un humor de perros, Bella. Necesitas un poco de...
Bella se levantó amenazadoramente de su lugar, antes de que Alice pudiera terminar su frase.
— ¡Ok! —se carcajeó ella, llevando sus manos a su pecho—. Me voy, ¿Podemos ir a comer pizza en la hora de la comida? —incitó antes de salir.
—Seguro —sonrió Bella aliviada—. Te veo en la planta baja a la una.
Bella escribió, archivó y respondió varias llamadas telefónicas. Cada cinco minutos veía en dirección al elevador privado, que no se abría. ¿Dónde diablos estás?, ¿Aún en la cama? Dónde más y seguro muy bien acompañado. Eran las nueve de la mañana. Edward normalmente llegaba antes de las ocho. No era consuelo que, para ella, que su agenda estuviera vacía hasta las once. Calladamente, deseaba que hubiera algo para que así tuviera que hablarle y recordarle que ya era tarde. Se rindió con los memorándums que estaba escribiendo, echó para atrás su cabeza, estaba muy irritada, ¿Qué le sucedía? Se levantó y se sirvió una taza con café. A esta hora del día, Edward ya se hubiera tomado dos tazas.
— ¡Edward, me estás escuchando!
—Disculpa —Edward miró confundido a su pequeña hermana.
— ¿Dónde está tú mente, querido hermano? Es inusual verte preocupado por algo —bromeó con una gran sonrisa en el rostro.
Edward rodó los ojos, suspirando por lo bajo. Su mente estaba donde recientemente pensaba, en su sexy secretaria. Lo impensable le había sucedido la anterior noche. Estaba cenando con una de las modelos más sexys del medio, Victoria, y en lo único que pensaba era en que acabara pronto para irse a la cama, ¡Solo! ¿Su secretaria lo había hechizado? Demonios, tenía que llevársela a la cama lo antes posible. Antes de que perdiera la cordura. Isabella era un virus, e irónicamente, también era el antivirus. Tenía que saciarse de ella para curarse, o al menos eso pensaba. Ahora mismo, no podía tener una conversación con su hermanita; sin que ella apareciera como un fantasma, una sexy diablilla que se comería su corazón de sólo bocado.
— ¿Qué acabas de decir? —sin querer, Edward posó sus ojos en los de Lizzy, iguales a los de él, dos profundas esmeraldas.
Lizzy puso los ojos en blanco. Edward nunca le había dado el avión, hasta ahora.
—Dije que quiero a Isabella en mí fiesta de cumpleaños.
No había duda que estaba así de confuso porque Lizzy la había nombrado. Edward se levantó, una sonrisa de media luna se curvó en sus labios
—No puedo ordenar a mi secretaria que atienda tú fiesta. No rijo su vida —juguetonamente, jaló la coleta de Lizzy—. Pero sí quieres que Isabella asista como invitada, entonces pregúntale a ella personalmente... ¡Sí tiene tiempo!
— ¿Qué hay entre ustedes dos? —Lizzy observó severamente a su hermano—. La invité y ella dijo que tenía que preguntarte. Te pregunto y tú quieres que le pregunte ¿Qué no son capaces de comunicarse?
—Nos comunicamos perfectamente —enfatizó la última palabra mientras se servía su tercera taza con café— Tú fiesta no tiene que ver con el trabajo —le recordó—. Creo que ya has tomado demasiado de mí tiempo. Tengo que ir a la oficina —para ver a mi sensual secretaria.
—Así que, ¿Qué voy a obtener? —inquirió Lizzy.
— ¡Perdón!
Lizzy puso ojos de cachorrito tierno.
— ¿No me vas a comprar un regalo?
—Estoy financiando tú extravagante fiesta con DJ rumano incluido, ¿Qué más quieres? —dijo con aterciopelada voz. Pretendiendo sonar lo más serio posible.
—Sólo es un DJ y no es muy caro —apartó Lizzy su mirada, decepcionada—. Siempre tengo un regalo de tú parte cuando despierto el día de mí cumpleaños.
—Entonces te regalaré una caja de esos chocolates suizos que tanto te gustan —se burló.
—Eddy... —gruñó— Deja de bromear.
Él se carcajeó roncamente.
—Espera y verás —parpadeó secretamente.
—Gracias Eddy —Lizzy brincó desde su lugar para abrazar a su hermano mayor— Eres el mejor —sonrió—. Cuando llegues a tú oficina, quiero que invites a Bella a mi cumpleaños —demandó.
— ¿Me estás dando instrucciones, mujer coqueta? —le sonrió adorablemente a Sa Petite Soeur¹.
—Sí.
—Hmm. Por esta vez acataré tus órdenes —soltó a Sa Petite¹.
—Te acompaño a la puerta —Edward agarró su portafolios.
¿Por qué no ha llamado Isabella?
—Buenos días, Isabella —saludó con una sonrisa que iluminó toda la oficina.
Alguien estaba muy ocupada por la mañana. Tan ocupada en la fotocopiadora que ni siquiera escuchó el elevador privado.
—Buen día, señor Cullen —saludó sobre su hombro. Lucía inmaculado como siempre. Olía divinamente delicioso. Tan masculino, tan él.
— ¿Elizabeth habló con usted de su fiesta de cumpleaños? —preguntó, recargándose sobre el escritorio de Bella.
Alguien no tiene muchas ganas de trabajar.
—Sí —sonrió Bella—. Ella estuvo aquí. Le ofrecí mí ayuda con el catering y la logística —continuó haciendo lo que estaba haciendo frente a la fotocopiadora.
Edward admiró el ordenado escritorio de Bella. Algunos documentos recién impresos estaban a lado de la impresora. Los pendientes estaban en una canastilla cerca de sus brazos. Se preguntaba como rayos iba a extender la invitación al cumpleaños de Lizzy. La quería ahí por su propia salud mental, no por petición de Sa Petite¹.
Isabella demoró regresar a su escritorio. ¿Qué hacia Edward ahí? Necesito sentarme. Ella estaba consciente de su presencia, sus ojos estaban sobre ella y sus dedos golpeaban levemente la madera fina de su lugar de trabajo.
—A Lizzy le gustaría que estuviera en su fiesta.
¿Y a usted no?
—Oh. Le dije a ella que no era necesario. Lo que quiero decir es que sólo estaba siendo cortés, nada más.
Él cruzó sus brazos algo molesto.
—No. Ella la quiere ahí.
—Miré, está bien... —separó las hojas en sus manos.
— ¡Isabella, valla a la fiesta! —instruyó, impidiendo que continuará.
—Sí, señor —alivio y decepción se mezclaron en igual cantidad dentro de ella... indicado lo confusa que estaba su mente. Alivio porque estaría con él y decepción porque ni estaría realmente con él.
— ¿Ya encontró el regalo para mi hermana? —preguntó.
Por primera vez, Bella no sabía que comprar a una jovencita de dieciocho años con gustos exigentes. Edward nunca revisaba el precio de lo que ella escogía.
Había ido a las boutiques favoritas de él pero no encontró nada adecuado para Lizzy Cullen.
—Aún no he encontrado el regalo perfecto para la señorita Elizabeth —suspiró.
Edward sonrió. Su secretaría siempre ponía su mayor empeño cuando se trataba de los regalos a su familia. Su madre siempre quedaba encantada con su excelente gusto. Bella no sólo hablaba a las boutiques y pedía algo conforme a la edad de quién recibía el regalo. No, ella iba a los mall, buscaba en las boutiques, seleccionaba el regalo, la envoltura, todo por ella misma.
—Déjame esto a mí —masculló Edward—. Tengo el regalo perfecto. Mi hermana me va a amar —se carcajeó audiblemente.
— ¿Quiere su café aquí? —ofreció Bella, al ver que él hacia ningún movimiento por retirarse a su oficina. Le maravillaba verlo sobre su escritorio, como su propio trofeo.
—Sí, por favor —él tomo su tableta y escribió algo en ella. Bella moría de curiosidad de saber lo que había escrito.
—Aquí está —le entregó su café.
—Podría hacerme el favor de enviar un ramo de rosas, ¿Lo haría?
Los ojos de Bella se nublaron e inmediatamente enmascaró lo que sentía. Los celos la carcomían en su estado más puro, ese monstruo de ojos verdes.
—Tengo que ir a finanzas —salió corriendo de la oficina, sin siquiera ver la nota que Edward le ofrecía. ¿Qué iba a hacer en finanzas cuándo ella arribara? Tenía que inventar una buena excusa.
—Él está engañando a Tanya, ¿Verdad? —Alice entró al elevador antes de que las puertas se cerraran—. ¿Le ha llamado?, ¿Lo habrá aceptado?
—Alice, enserio, deberías de ocuparte de tus propios asuntos.
—Sólo soy naturalmente curiosa. No puedo evitarlo —Alice le lanzó una mirada inocente.
Bella se sintió molesta porque estaba siendo muy cortante con su mejor amiga, y todo por culpa de su jefe. Era con Edward con el que estaba furiosa.
—Sabes que el señor Cullen está obsesionado con su privacidad —concedió.
— ¿Cómo puede hacer eso?, dos al mismo tiempo...
— ¡Por amor a Dios, Alice!, ¿Podemos cambiar de tema?
—Ok, ok —sus mejillas se tiñeron de un rosa brillante—Rosalie me pidió que te dijera que tenemos que ir a cenar a ese nuevo restaurante griego.
— ¿Desde cuándo a alguna de nosotras le gusta la comida griega? —cuestionó Bella.
—Bueno nosotras deberíamos probar cosas nuevas, tal vez, desarrollemos una afinidad a esa comida —se mofó Alice.
¡Sí comí no, cosas nuevas!
—He visto sus menús. Sus precios cuestan un brazo y una pierna.
— ¡Oh vamos! El viernes es día de pago y nos los merecemos —suplicó Alice.
—Creo que —sonrió Bella. Feliz de que el elevador se detuvo en el área de finanzas—. Es una oportunidad para vestir elegante y lucir hermosas.
— ¡Yay! —Alice levanto un puño sobre el viento—Rosalie y yo pasaremos por ti a las siete en punto.
Para: Victoria Sutherland.
Espero volver a disfrutar otra velada como la pasada...
Edward Cullen
Leyó la nota y la volvió a leer más de diez veces. ¿Por qué releía la nota sí no era de su incumbencia? Tal vez, era una perdedora masoquista. Contestó el teléfono, en el segundo que sonó, sin pensarlo.
— ¿Sabes que me va a regalar Edward? —preguntó Lizzy por segunda vez.
— ¡Disculpa! —Bella seguía inmersa en sus pensamientos.
— ¿Qué es lo que Edward me compró? —susurró excitada.
— ¡Oh! —exclamó— No tengo idea —respondió sinceramente.
—Por favor... dime. Ustedes no se tienen secretos.
¡Quieres aportar!
—Todo lo que puedo decirte es que el dijo que se lo dejara en sus manos y que... lo ibas a amar.
—Oh —musitó Lizzy—. No puedo esperar Isabella. ¿Podrías sacarle la verdad, por favor?
Bella se carcajeó —Deberías saber mejor que yo, que tú hermano es un Marín duro. Sí la tortura no es suficiente, que te hace pensar que alguien tan pequeño como yo pueda sacarle la verdad.
—Creo que —suspiró suavemente—. Sí escuchas algo —susurró aún más suave—. Debes llamarme.
—No voy a hacer semejante cosa.
—A veces desearía que no tuvieras esa integridad que te caracteriza.
Bella rió por el teléfono.
—No es algo que me caracterice "mucho".
—Debo irme. Mi novio me está haciendo un tatoo donde nadie podrá verlo.
Ella podía decir que Lizzy se estaba riendo maquiavélicamente
—Sólo asegúrate de que el bikini también lo cubra —advirtió.
—Oh, está cubierto —se carcajeó—. Puedes apostarlo.
—Me da miedo preguntar dónde te estás haciendo ese tatoo. Nos vemos Elizabeth.
—Adiós, por ahora —Lizzy colgó el teléfono.
—Rosalie, sigo sin creer que me hallas convencido de esto —se quejó Bella—. Mira los precios.
—Oh, deja de quejarte —sonrió Rosalie—. Hoy fue día de pago y aún así tenemos dinero en el banco.
—No tenía presupuesto para esto —Bella le lanzó una mirada inquisitiva a la rubia.
—No sé de qué tanto te quejas —gimoteó Alice—. Ganas el doble de nuestros sueldos juntos.
Bella solía sentirse culpable de su enorme cheque de pago, hasta que se dio cuenta de que sus amigas dejaban de trabajar a las cinco de la tarde y no llegaban sino hasta las nueve de la mañana. Ninguna de las dos era molestaría con llamadas a media noche, además también trabajaba los fines de semana, sí así lo requería su jefe. Edward no permitía excusas. Rosalie, Alice y los demás ejecutivos salían a las tres, los viernes y nunca trabajaban hasta las nueve, los lunes.
—Ok, no me voy a seguir quejando —sonrió Bella—Creo que probaré la ternera en salsa de champiñones —trató de no ver el precio del platillo.
Las chicas se carcajearon
—Salsa de... champiñones —dijeron al mismo tiempo.
—Sí, eso —sonrió Bella.
— ¿Qué tal sí pedimos champagne espumosa? —suplicó Rosalie.
—Yo tomaré agua mineral —se apresuró a decir Bella.
—De ninguna manera —rechazó Rosalie—. Sí la tengo que pagar, lo haré.
—Es un restaurante muy elegante —comentó Alice, mirando a los alrededores—. Me gusta el aroma del jitomate, ajo, especies y aceite de oliva en...
— ¿En qué? —preguntaron al mismo tiempo Rosalie y Bella, pero cuando vieron que a Alice se le había caído la quijada hasta la mesa, ambas siguieron su mirada.
¡Oh no! ¿Cómo había sucedido esto? ¿Quién diablos hizo su reservación en este restaurante?
— ¿Por qué no nos dijiste? —chilló Rosalie.
—No... No sabía —respiró Bella suavemente.
—Es ella —murmuró Alice histéricamente—, la modelo llamada Victoria no sé qué. ¿No está su cabello para morirse? Y ese vestido, ¡Dios!, no me atrevería a ponérmelo. ¡To Sexy For Me!
Bella la vio por unos segundos antes de fingió estar viendo el menú. Ella poseía una belleza exótica. Se veía como una diosa en ese vestido azul celeste, ¿Era Afrodita? Era mucho más hermosa en persona, las fotos no le hacían justicia. Y eso que había que había visto varias en google.
— ¿Bella? —la pellizcó Alice bajo la mesa.
— ¿Qué? —siseó.
—No vas a decir nada.
—Podemos olvidar el hecho de que nuestro jefe esté en el mismo restaurante que nosotras y ordenar, por favor.
—Necesito tomar algo —con la boca seca, Alice llamó al mesero para ordenar esa botella de champagne y una canastilla de hielos extra.
—Esto está delicioso —Bella saboreó la burbujeante champagne en sus labios—. Podría acabarme yo sola la botella —para olvidar lo mucho que le dolía ver a Edward con esa pelirroja.
— ¿Puedo probar un poco de tú ternera, por favor? —Rosalie metió su tenedor en el plato de Bella.
—Quisiera un amante con él. Que me diera toda su atención —suspiró Alice soñando.
— ¡Lo sé! —agregó Rosalie—. De seguro es muy bueno entre las sábanas.
— ¡Paren chicas! Se están comportando como unas adolescentes con hormonas alborotadas.
— ¿Cómo puedes ser inmune a su carisma y a ese sexy cuerpo? —se quejó Rosalie—. Edward está para morirse, Bella. No puedo creer que no lo veas atractivo.
—Está de buen ver —concedió entre dientes—, Pero... ¡Es el jefe!
—Sabes que el chocolate es mi postre favorito, ¿Verdad? —masculló Alice—, pero ahora me gustaría Edward como postre —sonrió seductoramente. Rosalie la acompañó. Bella sólo quería salir de ahí. Le importaba un rábano el postre.
—Buenas noches, señoritas.
Esa voz aterciopelada la paralizó. Bella estrechó su copa en su mano. Se recordó mentalmente respirar, fuera, dentro.
—Hola señor Cullen —Alice y Rosalie dijeron con mucha efusividad.
Sus ojos estaban en Isabella, esperando a que ella levantara su rostro. Bella sintió esa mirada demandante y lentamente elevó su rostro, respondiendo cálidamente.
—Hola —sonrió sorprendida de lo fácil que había sido sonreír y más por su tono de voz.
—Hermoso ambiente —agregó Edward conversacionalmente, mirando a su alrededor.
—Imponente.
—Asombroso.
Alice y Rosalie comentaron al mismo tiempo.
—Disfruten su noche, señoritas —les ofreció su típica sonrisa torcida, una sonrisa moja bragas, antes de regresar a su mesa.
— ¡Oh my good! —exclamó Alice, más bien casi gritó sin pena.
— ¡Por todo lo sagrado! Él vino a decir "Hola" —chilló Rosalie.
Bella estaba cansada... cansada de sus amigas, cansada de Edward y su diosa exótica del sexo.
—Estoy muy celosa de ti Bella —Alice hizo un puchero.
— ¿De mí?, ¿Por qué?
—Porque ambos viajan seguido y cenan juntos, así que está noche deber ser una más para ustedes.
—Viajamos pero tenemos que trabajar —exhaló Bella algo irritada—, Y tenemos que comer... así que cenamos juntos. No es gran cosa —mintió.
—Buenas noches general Cullen, señora Cullen —saludó Bella educadamente.
—Bienvenida Isabella —sonrió la mamá de Edward, Esmerald Cullen—. Luces encantadora, querida.
—Gracias —Bella se ruborizó profundamente. Sus ojos se encontraron con los de Edward.
Él sonrió aprobatoriamente. Sabía que ese vestido le sentaba espectacular. Se lo había comprado y regalado del Fashion Fest al que había asistido. Cuándo se lo vio a la modelo, no pudo evitar pensar que se le vería imponente a Isabella. Se lo había dado la tarde anterior. Obvio, ella lo rechazó pero la convenció para que lo usara en la fiesta de Lizzy. Bella se había quedado en shock, pues Edward eligió la talla correcta. El vestido era hermoso, por eso, había cedido a su petición.
—Nos alegra que pudiera asistir —sonrió el general Carlisle Cullen.
Excepto por las apariencias físicas, Edward y su padre eran polos opuestos. Ambos hombres tenían los ojos color verde y fuerte brazos. Edward era un poco más alto, le llevaba una cabeza más. Tenía el mismo camino recorrido. El general era más amigable, siempre sonriente y tenía un buen sentido del humor. En cambio, Edward era tenía una personalidad más reservada. Carlisle fue general en el ejército mientras su hijo cumplía su servicio en la marina. Bella sospechaba que Edward lucía sexy en su uniforme naval. Tal vez, sí algún día tenía suerte, le iba a pedir que lo vistiera para ella... Sí, cuando los cerdos vuelen ¡Ja!
— ¿Isabella?
—Sí, señora Cullen —se ruborizó profundamente al darse cuenta de su estado de zombi.
— ¿Qué te gustaría de beber? —sonrió.
—Una soda estaría bien, gracias.
—Edward —lo llamó su madre para pedirle que le llevara a tomar una soda.
Él asintió a su madre —Ven conmigo, Isabella —instruyó.
—La chica no está en horas de trabajo, Edward —le recordó el general.
—Lo sé padre —sonrió Edward perezosamente—. Isabella no va a irse a la alberca, ¿O sí?
—Luces hermosa —murmuró Edward al entregarle su bebida.
—Gracias —agradeció silenciosa—. Esto no es soda —le gustó el sabor de la champagne burbujeante.
—Hoy no es bueno tomar sólo soda. Es una fiesta —sus ojos devoraban su cuerpo.
—Es asombrosa —no pudo controlar su voz ronca, ¿Había sido ella?
Edward se rió
— ¿La fiesta o la champagne?
—Ambas —realmente tenía que decir que la champagne francesa era la mejor del mundo, tan burbujeante y deliciosa.
Permanecieron al lado de la alberca, sus miradas se fundieron, marrón contra verde. Bella sintió que la copa se estaba calentando con el calor de su mano y su garganta se le había resecado.
— ¡Isabella!, ¡Isabella! Tienes que ver esto —Lizzy apareció de la nada, jalando a Bella del brazo.
— ¡Oh, feliz cumpleaños!, ¿A dónde vamos?
— ¿Puedo robarme a Bella? —le suplicó a Edward.
—Sí, seguro —fue la respuesta de Edward. Lizzy no se podía contener, estaba eufórica y lo que le sigue.
—Por favor, dime a dónde vamos —sonrió Bella, decepcionada de que la separaran de Edward.
—Tengo que enseñarte lo que Edward me compró —ella sonaba extasiada.
—Debe ser algo muy bueno. No puedo imaginarme cuando estas excitada —bromeó secamente.
Lizzy se carcajeó — ¡Mira! —abrió la puerta que conducía al garage.
— ¡Oh por Dios! Nunca me lo hubiera imaginado —Bella admiró el automóvil deportivo color rojo que tenía un moño azul marino, estaba muy elegante.
—No es increíble. Ahora sí, tengo mi propio auto.
—Es hermoso —suspiró Bella—. ¡Felicidades! —abrazó a Lizzy—. Ahora creo que mi regalo no será tan bueno comparado con esto.
— ¡No digas eso! —apretó el brazo de Bella—Mi hermano es extremadamente generoso y lo amo demasiado, pero eso no significa que tú tengas que competir con él, Isabella. No soy la única que piensa eso, también el resto de la familia —sonrió—. Pones tanto empeño en nuestros regalos.
—Ok —exhaló Bella—. Tú regalo está en mi auto.
—Te acompaño —Lizzy apretó aún más su brazo.
—Aquí está —le entrego el regalo perfectamente envuelto—. Espero que te guste —sonrió incómoda.
—Me va a gustar, lo sé —Lizzy arrancó el papel que envolvía su regalo—. Discúlpame —se carcajeó—, Pero me gusta recibir regalos.
—Te aseguro que a todos nos sucede lo mismo —celebró Bella al ver la expresión de Lizzy cuando terminó de arrancar la envoltura.
— ¡Wow!, es grandioso. Lo amo Isabella. Lo vi en el catalogo privado, cuesta una fortuna —acusó Lizzy.
El regalo costo una fortuna, pero ¿Qué le puedes regalar a alguien que lo tiene todo? El catálogo privado había sido enviado a Edward, sólo la clientela especial lo recibía. Bella siempre revisaba los catálogos para tener ideas de los regalos para la familia Cullen y amigos cercanos. Cuando vio la cartera de diseñador en el catálogo vio que tenía el nombre de Elizabeth Cullen escrito en ella. Simplemente la tenía que tener para su cumpleaños. Sí, había costado una fortuna, pero Edward siempre le regalaba cosas extravagantes y muy costosas.
—Tenía que comprarla para ti.
—Gracias, muchas gracias —Lizzy abrazó efusivamente a Bella.
—Creo que deberíamos regresar a tú fiesta —rió Bella.
—Tienes razón. Uno de estos días voy a invitarte a dar un paseo en mi nuevo bebé.
— ¡Contaré los días! —ella estaba feliz de que a Lizzy le encantará su obsequio.
Bella se movió entre los demás invitados, entablando una que otra conversación, comentando lo linda que estaba la fiesta. Se bebió una segunda copa de burbujeante champagne. La música electro pop le pareció demasiado para sus oídos, así que se alejó y caminó hasta llegar al final de la alberca. ¿Dónde estaba Edward? Lo había visto de un lado a otro, siendo el anfitrión perfecto. Gracias al cielo, él no había traído a la pelirroja. No creyó poder fingir en presencia de esa sexy diosa al lado de Edward.
—El clima aquí es muy frío. No dan muchas ganas de brincar en la alberca.
Ella no conocía al dueño de esa voz ronca y masculina. Se estaba haciendo el gracioso, o eso pensó
— ¿Se supone que debe ser gracioso? —sonrió sarcásticamente.
—Al menos te hice reír —una risa tímida apareció en el rostro de aquel chico de piel cobriza, cabello negro y ojos brillantes.
—Ese fue el comentario más tonto y ridículo que he escuchado en mi vida —Bella le dirigió una mirada de suficiencia.
—Ok —concedió—, ¿Qué hay de está?
Bella gruñó, pero eso no le impidió continuar.
—Mis amigos de allá, me dijeron que no me atrevería a hablarle a la mujer más hermosa de la fiesta.
—Entonces ve con ella, ¿Qué haces aquí conmigo? —alzó una ceja.
Él parecía decepcionado — ¿Es modestia o un rechazo?
Esos ojos negros azabache buscaron los suyos. Él era confiado, encantador y poseía esa sonrisa tímida e infantil. Realmente no lo quería alejar.
—Tengo otro aún más ridículo —sonrió, interrumpiendo sus pensamientos.
Bella rodó los ojos.
—Aquí va —le regaló otra sonrisa tímida—Me has hechizado con tú belleza, así que traspase los muros para venir a tú lado y pedir tú número telefónico para futuras referencias.
Bella se carcajeó —Debo confesar que esa no la había oído.
Él la miro por unos segundos, que parecieron eternos e incómodos. Ella lo sintió.
— ¿Qué?
—Me debes una bebida.
— ¿Por qué?
—Porque cuando te vi por primera vez, deje caer la mía.
Bella echó la cabeza hacia atrás, riéndose histéricamente —Eres muy arrogante —suspiró—. Tus frases sí que son asombrosas, nada más.
—No has venido a tomar aire fresco por qué la fiesta es cerca de la alberca.
— ¿Qué? —ahora ella estaba confundida.
— ¿Te escondes de alguien? —preguntó con una gran sonrisa en su rostro.
—No. Vine a responder una llamada —señaló su móvil con el dedo.
— ¿Tú novio? —aún sonreía a pesar de que estaba decepcionado.
—No —no quería mentir por lo que agregó—. No tengo novio.
¿Por qué le estaba dando demasiada información a un completo extraño?
—Qué bien yo tampoco tengo novia.
— ¿Qué debería deducir por eso?
—Estoy disponible y tú me gustas.
La sonrisa desapareció de sus labios —Chico, te mueves rápido —murmuró, tomándose el tiempo para pensar.
Él era alto, pero no tanto como Edward. Tenía músculos por doquier, seguro se pasaba horas en el gimnasio y no cabía duda que estaba dando resultado. Su cabello negro como la noche, adornaba su cabeza, brilloso como el pelaje de un caballo pura sangre; a diferencia del cabello cobrizo en corte militar de Edward.
—No me conoces —apuntó ella.
El joven de ojos negros sonrió de oreja a oreja —De acuerdo a Lizzy, tú nombre es Isabella Swan. Eres la indispensable asistente personal y secretaria de su hermano, además me advirtió de una manera no muy sutil que sí jugaba contigo, su hermano iba a desaparecerme de la faz de la tierra.
Bella se mofó — ¿Vas a la misma universidad que Lizzy?
—Sip —tomó un sorbo a su cerveza.
— ¿Y tú nombre es?
—Jacob Black, a tú servicio Poupée¹—se inclinó teatralmente.
—Hola Jacob Black —se carcajeó de nuevo. Disfrutaba de su simple forma de ser.
—Me gustaría volver a verte mañana —insistió.
Bella buscó en su mirada. Bebió un sorbo de champagne, que ya estaba a temperatura ambiente gracias a su calor corporal. No estaba de mal ver... era agradable, pero las apariencias engañan.
— ¿No soy un poco mayor para ti? —cuestionó ella.
Jacob echó la cabeza hacia atrás, soltando una sonora carcajada —Tienes veintiocho, ¿Verdad? Yo tengo veintiséis. Ya sé que estoy un poco viejo para estar en la universidad, pero en mi defensa, no sabía qué carrera elegir. Quería ser fotógrafo, baterista y periodista, así que me tomé tres años para probar de todo.
— ¿Y cuál fue tú elección final? —inquirió ella. Jacob parecía un baterista de alguna banda de rock.
—En tres meses tendré mi examen en la barra.
— ¡Eres abogado! —sonrió—. ¿Qué pasó con la fotografía y el periodismo? Para ser honesta, creí que eras un baterista, tienes la pinta.
Edward miraba desde la ventana del estudio de su padre, ¿De qué demonios estaban hablando por tanto tiempo? Sentía una punzada en el pecho cada vez que Jacob sonreía y se comía con la mirada a su secretaria. Ella no debería ser tan amigable con cualquier tipo con sonrisa deslumbrante.
Él sabía exactamente quién era Jacob Black. Ignoró la pequeña voz de su conciencia. Venía de una familia muy influyente en el ámbito político. El padre de Jacob era muy respetado en los más altos círculos. El mismo Jacob era una estrella que comenzaba a brillar en su fraternidad, un diamante en bruto. Carlisle había comentado que Jacob trabajaba muy duro.
Jacob llevó a Bella cerca de donde estaban las bebidas, le quitó su copa para ofrecerle una nueva.
—Gracias.
—Me gustaría decir que fui yo pero debo ser modesto.
Sonrió de nuevo —Muy modesto, ¿Verdad?
—Cómo sea —arrastró dos sillas, una para él y otra para ella... le ayudó a sentarse—. He viajado un poco por el mundo, Europa, Australia y algunos lugares en Asia. Hice un reportaje a un jugador de cricket en Londres, tomé muy buenas fotografías durante todos mis viajes y descubrí que la batería era muy ruidosa —sonrió—. Así que, después de tres años de vagar decidí escoger una profesión respetable —suspiró—. Realmente me apasionan las leyes.
— ¡Wow! —exclamó Bella, estaba fascinada.
—El mundo es un lugar muy bello —musitó Jacob—. Aprendí más de mis viajes que en los salones de clase.
Bella estaba de acuerdo con él — ¿No tienes una ciudad favorita? —preguntó.
—Escocia me ha quitado el aliento —recordó—. También Turquía, Myanmar y Río de Janeiro; es inolvidable.
Bella sintió que sus orejas se calentaban.
—Me gustan las mujeres hermosas —acotó—. Y está noche no hay ninguna más hermosa que tú.
—No estoy de acuerdo... pero gracias —murmuró apenada.
—La belleza está en los ojos de quién la aprecia.
— ¿Qué tal sí la vista del observador está distorsionada? —bebió un poco de la fría y costosa champagne.
—Permite que el observador sea subjetivo.
Bella se quedó en silencio, pensando, analizando. La compañía de Jacob era terapéutica. Se había olvidado de Edward en los últimos treinta minutos.
— ¿Qué tal sí caminamos? —sugirió Jacob. Se levanto y le extendió su mano.
La propiedad de Carlisle Cullen debía ser segura. Bella sabía que Edward estaba cerca, aunque jugaba el papel de anfitrión. Él era el chaperón oficial de Lizzy y de ella.
—Me encantaría —sonrió, ofreciéndole su mano.
— ¡Isabella!
— ¿Sí señor? —su sonrisa desapareció y dejó caer su mano a su costado.
—Me gustaría hablar con usted —la voz de Edward se distorsionó.
—No estás en horas de trabajo, ¿Verdad? —preguntó Jacob, sin importarle demasiado la presencia y los malos modos de Edward.
—Discúlpame Jacob —murmuró silenciosa. Él no lo entendería. Tenía que estar disponible para Edward los siete días de la semana, a las veinticuatro horas. Esperó a que le señalara el camino. Edward la llevó hasta el estudio de su padre. Bella se sentía como una estudiante problema en la oficina del director.
—Jacob es el hijo de senador Billy Black —le informó.
Ella no lo sabía. Vagamente, recordó al senador. Sabía que él y el general Carlisle eran más que íntimos amigos. No tenía idea. Permaneció en silencio, pues Edward parecía un toro bravo.
— ¿Está enterada de que el senador Black está por abrir una nueva oficina?
—No —estaba confundida. No sabía que tenía eso que ver con ella.
—Sí comienzas una relación con Jacob, la prensa se va a inmiscuir en tú vida. No les va a tomar mucho tiempo saber para quién trabajas. Deducirán que estas durmiendo con Black para obtener favores políticos para quién trabajas.
— ¡Eso es absurdo! —jadeó ella.
Probablemente lo era, pero Edward no iba a admitirlo. Tenía que inventar algo para alejarla de Black. Ambos estaban muy cómodos juntos y no se necesitaba estar cerca de ellos para no darse cuenta. Sí ella era asociada a Black, su vida privada sería de dominio público para los medios de comunicación. Ese era un hecho.
—Sólo estábamos conversando —se defendió al ver que Edward permanecía en silencio.
Él se preguntaba por su novio. No podía sí quiera pensar, que su secretaría era el tipo de mujer promiscua. Debía advertirle de las consecuencias de salir con alguien de la vida política.
—Sólo quiero que sea cautelosa —advirtió él.
—No soy irresponsable —sus ojos resplandecieron—. Y es ridículo pensar que yo cambiaría... favores sexuales para beneficiarlo a usted. ¡Es absurdo!, ¡Nunca lo haría!
—Lo sé Isabella, pero usted piensa que a la prensa le importa la vida de las personas a las que arruinan.
A ella no le importaba en ese momento. Todo lo que sabía era que tenía que alejarse de Edward lo antes posible, a cualquier costo. El hecho de pensar en cambiar favores sexuales para favorecer a alguien, le causaba repulsión. Ella no era ese tipo de mujer. Lo que realmente le importaba a Edward era que ella no divulgará sus secretos ¡Cómo se atrevía!
—Discúlpeme, necesito un poco de aire fresco —dio un tirón a la puerta y salió despavorida.
Una vez más gracias por leer está historia que por lo visto se ha convertido en una de sus favoritas... GRACIAS.
Agradecimientos:
A mi BETA María que siempre me ayuda y apoya y que ahora se tomo el tiempo para subir el capitulo por mí.
A las lectoras fantasma, espero q se animen a dejar su comentario como algunas ya lo han hecho.
A las personas que tienen la historia dentro de sus favoritas y la siguen.
A las chicas que dejan REVIEW A todas GRACIAS.
Recuerden unirse al grupo en Facebook "Alex's Fics" serán bienvenidas todas. Merezco REVIEW?
Alex :3
