«Inglaterra, 3 de febrero del año 1848»
Alexander Weasley se encontraba sentado en una de las mesas afuera de San Kentirgen, el intenso sol entibiaba la fría mañana que era común en Inglaterra. Estaba cansado y las ojeras no lo disimulaban muy bien, aunque él quisiera aparentar lo contrario. Amaba la medicina más que nada pero en esas condiciones insufribles era imposible, y menos con un salario miserable; comía con afán un sándwich de atún que en ese momento le parecía la gloria aunque el pan estuviera remojado, le dio un sorbo a su cerveza de mantequilla justo cuando Ethan llegó por su espalda y le golpeo el hombro, haciendo que la bebida subiera por su nariz y luego escurriera por ella.
Una sonora carcajada escapó del joven Malfoy al verlo toser—. ¿Qué haces perdedor?—preguntó y se sentó al frente de su amigo.
Alex tomó una servilleta para limpiarse su ahora sucio uniforme— Al parecer me ahogo —respondió con dificultad.
—Así que esto es San Kentirgen…
...
—Ahora se llama San Mungo —interrumpió el pelirrojo.
Ethan puso los ojos en blanco —Pero que ridículo.
—Como si te importara el nombre, Malfoy —concluyó Alexander y volvió a comer su sándwich.
El rubio sacó otra edición del diario El Libertador y la puso sobre la mesa. Buscó durante unos segundos la noticia y sonrió doblando la página en la que se encontraba.
Antes de que pudiera mostrarle cualquier cosa, Alex habló: —No, no, no... Si quieres que lea estás loco.
—Vamos, sólo es una noticia…
— ¡NO! Me muero de hambre y no se hasta cuando voy a tener otro descanso así que...
—Bueno, la guerra... —interrumpió Ethan, dándole poca importancia a las palabras del otro.
— ¡Otra vez, Ethan! ¡Otra vez tus estúpidas fantasías muggles! —gritó el chico sin levantar el rostro
— ¡Los estados Unidos ganaron la guerra! —Había un brillo en sus ojos que Alexander nunca antes vio— ¡Ahora son un país independiente!
El pelirrojo levantó el rostro y aventó su almuerzo a la mesa— Otra vez... Ethan, lo acepto. Por alguna retrograda razón que no comprendo tuviste la razón, pero eres mi amigo y debo decírtelo...
El rubio no lo dejó terminar y se levantó de la mesa exaltado— ¡Pero porque demonios no confías en esto! —gritó.Acostumbraba perder la calma con mas facilidad que Alex— ¡Es real!...
Alex al igual que él se levantó bruscamente de la mesa— ¡Malfoy, por favor! ¡Mira a tu alrededor!... Olvida tu estúpida guerra muggle. Están matando magos... Ayer unos muggles de treinta años tomaron a una niña que sin querer hizo un encantamiento con su varita. La torturaron, la dejaron casi muerta solo porque querían sacarle al "Demonio"...
—Necesito hacer esto… —interrumpió...
— ¡No! ¡No lo necesitas! ¡Basta ya! —hizo una pausa leve y tragó saliva— Tenemos nuestra propia guerra... El ministerio de magia propondrá una nueva ley de que nadie puede usar magia antes de los diecisiete años, así tal vez evitemos este tipo de accidentes —finalizó.
El pelirrojo caminó poniéndose de frente con Ethan:
—Los muggles se equivocan amigo —dijo este.
—No se equivocan —profesó Alexander—… Los muggles son la raza más asquerosa que haya habitado este planeta... Aquí tenemos nuestra propia guerra —apartó el Periódico muggle de Ethan—, basta ya.
La noche cubrió los terrenos de Hogwarts, el húmedo manto oscuro asechó liberando a todas las criaturas que gobernaban la noche. Un aullido se escuchó a lo lejos pero a él no le importó. Había una magia extraña en el ambiente. Draco Malfoy salió del castillo y al instante una brisa fría le golpeo el pecho, no sabia que estaba haciendo ahí, pero algo lo había impulsado, quería encontrar algo, aunque no estuviera seguro de que...
Era el momento exacto para que comenzara a recordar...
El Slytherin encendió un cigarrillo mientras su sangre palpitaba, el frió había enrojecido la punta de su fina nariz y una punzada leve le golpeo la cabeza. Caminaba distraídamente cuando decidió pasar por la enorme sombra que proyectaba la luna en el gran roble frente al lago. Siempre había odiado ese estúpido árbol ¿Entonces que le hacia ir hacia él?
Así caminando, sin pensar en el porque de sus actos, tropezó; algo invisible le golpeo los pies y sintió su sangre arder ante su propia torpeza. Se levantó inmediatamente gruñendo de coraje y tomó la muñeca del que estaba sentado donde no podía verle. La muñeca era huesuda y pequeña así que por lógica debía ser una mujer.
Sus ojos brillaron en la oscuridad sin saber quien era y la arrastro al otro lado del tronco donde la luna revelo su identidad.
—Asquerosa comadreja —era Ginny Weasley.
La pequeña pelirroja respiró agitada, no podía hablar y todo su cuerpo temblaba. Su mirada de hielo la congeló al instante aterrorizándola.
Draco se limitó a mirarla fijamente sin profesar un solo insulto más. La luz de la luna acrecentaba la palidez de la chica y su cabello rojizo brillaba con más intensidad. El chico nunca había mirado unos ojos tan hermosos, como del color del sol brillante, con una mirada tan inocente, tan, tan... Un mariposeo le recorrió el estomago, sus labios abiertos eran rojos y hermosos... Algo extraño sucedió en su mente, como si abandonara su cuerpo se vio sobre ella, se movía, estaba desnudo y su cuerpo sudando. La sentía derretirse de placer bajo su cuerpo, la sentía presionar sus hombros y jadear en su oído.
La gryffindor lo vio sobre ella y de pronto la miraba justamente como lo hacía ahora. Ambos temblaron al mismo tiempo y en la misma forma, como si no se tratara de ellos pero así era, compartían una misma fantasía que había salido de la nada. Un deseo extraño les recorrió el cuerpo, era un sentimiento desconocido pero que aun así ya habían sentido antes pues les era familiar. Y aunque tenían los ojos cerrados estaban consientes de la presencia del otro y como inundaba cada uno de sus sentidos...
«Inglaterra, 1° de enero del año de 1849»
Ginebra Weasley estaba desnuda sobre la cama de Ethan.
La chica cubría su pecho con una sabana blanca hecha de poliéster. Habían pasado el año nuevo, teniendo su propia celebración, a pesar de la desaprobación de su hermano, aunque acostumbrado a ser el único hombre en una familia compuesta solo por mujeres no le dio mucha importancia.
El chico se subía los pantalones frente a la cama y los dejó desabrochados, tomó la camisa arrugada de una silla y se la coloco dejándola abierta. Había una maleta de cuero café sobre la misma silla donde arrojaba cosas con su varita descuidadamente.
Alexander entró corriendo, aventando la puerta bruscamente como Ethan acostumbraba hacerlo
— ¡Ethan! ¡Ethan! ¡Ethan! —gritó desesperadamente.
—Que, que, que... —dijo el rubio y suspiró— ¿Qué quieres perdedor?
— ¡La fiebre! —continúo exclamando mientras intentaba mostrarle otra edición de El libertador— ¡Era cierto!.
Ethan lo miró con extrañeza— ¿Pero, de, que, demonios, hablas? —preguntó mientras se abotonaba la camisa
— ¡YO! ¡TU! ¡EL ORO!
El rubio lo tomó de los hombros y lo movió con fuerza— ¡Cálmate! ¡Estas hablando como imbécil!
—Si —respiró profundo—… Lo siento. Es que, no se como voy a decir esto pero lo haré-
— ¿Y bien?
—Tenias razón —sentenció para su propio pesar—, empezó algo que llaman "La fiebre de Oro", hay minas vírgenes en todas partes.
Ethan sonrió levemente pero con un increíble aire de triunfo— Oh, era eso... —fingió no darle importancia.
— ¿Por qué estas tan tranquilo? —Alex arqueó una ceja— ¡Te estoy diciendo que tenías razón!
El rubio sonrió ampliamente y cerrando su maleta la tomó con una mano— Siempre lo supe —finalizó encaminándose a la puerta y emparejando la puerta tras de si.
Al pelirrojo le tomó un poco de tiempo reaccionar, él siempre supo que eso pasaría, por eso no abandono sus "estúpidas fantasías"... Y ahora que iba a hacer él ¿Quedarse a trabajar como Medimago mientras Ethan se volvía rico?
La respuesta era obvia— ¡Malfoy espérame! —gritó y de inmediato salió tras él —¡LLEVAME CONTIGO!
