IV. APRENDIENDO EL OFICIO

Milo despertó temprano, aún no amanecía, tenía la costumbre de despertar antes del alba para tomar un baño, acicalarse en cuanto le era posible y vestirse el uniforme de la guardia pretoriana, aunque con aquel uniforme no era mucho lo que podía hacer.

Se levantó en silencio y al asomarse a los pies de la cama se dio cuenta que Camus no estaba ahí, pensó que se había fugado por la noche mientras dormía, eso le molestó, pensaba en recriminarle a Aulo el tener esclavos tan tozudos, pero en ese instante entró Camus sigilosamente, pudo notar su esbelta figura en la oscuridad pero no sus ojos, desconocía si le miraba o mantenía la vista abajo o perdida en algún rincón, éste le acercó la ropa con presteza. Milo se echó encima la leve túnica y sin hacer más comentarios se fue directo a las termas de su casa, seguido de cerca por Camus que en su absoluto silencio no hacía más que darle curiosidad.

Al llegar a las termas Camus le quitó nuevamente la túnica y le ayudó a entrar a la poza de agua caliente, las esclavas ya estaban ahí y preparaban todo para su baño pero Milo las despidió y dejó únicamente a Camus para ayudarle. Él, sabiendo lo que debía hacer, rápidamente ayudado de un cuenco para ese uso, empezaba a dejar caer el agua caliente por su espalda y cabello.

Le causaba curiosidad observar como la larga melena de Milo se extendía por el agua ocultando su cuerpo, y eso le hizo casi suspirar de alivio, para no tener que mirarlo desnudo.

—Con Aulo me imagino que te encargabas de estas cosas y más… pero… —detuvo su mano cuando empezaba a untar aceites en su cuerpo, la tersura de sus manos le hacía pensar que no estaban hechas para semejantes quehaceres—. No es necesario que lo hagas aquí… tienes manos bonitas… sería un crimen obligarte a hacer labores domésticas, prepara mi ropa y trae a alguna de las chicas para que me ayude, después te daré algunas ocupaciones… ¿sabes leer?.

Camus sorprendido por ese acto retiró discretamente la mano de las de Milo y asintió cuando le preguntó.

—Tengo libros y pergaminos regados en la biblioteca y por todos lados, puedes encargarte de ordenarlos por tema en su lugar, te encargarás de servirme los alimentos por la mañana, después del baño, en mis aposentos y por la noche en la sala principal… por las tardes no estoy aquí así que después de tus obligaciones puedes hacer lo que te plazca —declaró Milo con firmeza observándolo aparentemente divertido, la cara de fastidio de Camus lejos de incomodarle le parecía divertida.

—Eres un esclavo no muy dócil que digamos… pero eso cambiará, notarás que la gente que trabaja conmigo recibe un buen trato, eso claro si me tratan bien… si no, puedes imaginarte que te azotaré, te venderé… o en el peor de los casos te convertiré en eunuco y de igual modo te venderé…

Camus abrió los ojos incrédulo y al toparse con las pupilas azules del pretor simplemente asintió, hizo una reverencia y salió de ahí, poco después entró una chica para ayudarle.

Cuando Milo regresó a la habitación encontró la charola con el desayuno en su mesa y a Camus sirviendo todo con esa delicadeza que se le antojaba la de un príncipe. En completo silencio atendió sus necesidades y le ayudó a colocarse el uniforme y la armadura, no dejaba de pensar en lo que Aulo le había dicho antes de marcharse…

El resto del día sin Milo lanzándole lánguidas miradas anduvo recorriendo la casa con mas tranquilidad, la mayoría de sirvientes lo miraban con cierto recelo, no les gustaba un esclavo nuevo y menos aún que se le diera un trato distinto… además de que se le disculparan las obligaciones… pero era decisión de Milo y nadie osaba llevarle la contraria.

—¡Salud Milo! —saludo Aulo en el palacio al joven pretor que había llegado a la misma hora que siempre y con aquella sensualidad característica en él—. ¿Cómo te ha ido anoche? —insinuó con cierta sonrisa maliciosa.

—Salud Aulo… bien, bastante bien… aunque no me explico por que tu esclavo se niega a despegar la lengua del paladar.

—Bueno eso yo tampoco lo sé… pero vamos, ¿No conseguiste arrancarle nada?

—Si claro, aparte de la ropa y gemidos… ni una sola palabra… —mentía pero no iba a decirle a Aulo que aquel maldito esclavo se había negado a cooperar y encima había osado defenderse, y tal vez Aulo lo sabía pero prefirió fingir que no y simplemente asentir.

Se dirigió a dar una vuelta por el palacio para asegurarse de que todo marchara bien, y luego sin que nadie lo observara tomó el camino que llevaba a una casa pequeña alejada del palacio, destinada al servicio, como aquellas había muchas ocultas… a esas horas todas estaban vacías pues todos lo que trabajaban en el palacio estaban ya de pie atendiendo sus labores desde temprano… abrió la puerta asegurándose de que nadie lo observaba y entró… sobre el estrecho lecho una mujer ricamente vestida se encontraba recostada, lo recibió con una sonrisa divertida.

—Salud Milo… ya estaba ansiosa de verte…

—Mancinia… lo siento pero he tenido muchas cosas de que ocuparme, además solo han sido tres días —a medida que se acercaba a la joven rubia se sacaba la estorbosa armadura…

—Para mí… han sido la muerte…

—Jajaja vamos, Aulo vive y se desvive por ti Mancinia… —dijo en broma a los pies de la cama desde donde podía observar a la hermosa y joven esposa de Aulo… una patricia exquisita de pies a cabeza.

—Ese viejo… no es lo mismo Milo… —dijo subiéndose poco a poco el vestido mostrando sus piernas y separándolas con suavidad para dejarle ver a Milo delante de ella su sexo recién depilado—, puedes ver por ti mismo cuanto te he extrañado…

Milo completamente excitado se subió a la cama besando con frenesí sus labios y colocándose entre sus piernas… presto a tomarla y tener para sí el placer que la otra noche no tuvo al lado del esclavo…

Hartos de placer ambos jadeantes descansaban, Mancinia acariciaba el pecho de su compañero rozándolo con las uñas largas, arrancando pequeñas risas de Milo.

—Milo, ¿Sabes qué he soñado la otra noche? —preguntó con coquetería.

—No me lo imagino, seguramente algo pecaminoso.

—Y tanto que sí, he soñado que tenía un hijo, y que al nacer lo miraba y se parecía mucho a ti.

Milo guardo silencio, esa clase de silencios incómodos, se había quedado de una pieza al escucharla, sabía lo que insinuaba y no le agradaba la idea, de por sí ya era un peligro tener como amante a la esposa de un hombre tan importante como Aulo, sería un suicidio dejarla encinta.

—Ni lo pienses Mancinia, sabes bien que eso sería la ruina de los dos, además nos divertimos mucho juntos, ¿Por qué entorpecer eso con un crío?

La dureza de Milo la había dejado perpleja, le tembló la boca de la rabia y a la vez de la desilusión de sentirse herida de esa manera. El pretor se levantó dándole un beso breve y comenzó a vestirse sin comentar nada más, como si no hubiese sido nada más que una discusión de mercado.

—Pensé que me amabas… pensé que te haría feliz tener un bebé, no tienes esposa ni hijos…

—Mancinia no confundas las cosas, te lo he dicho, conmigo sales de tu vida monótona con Aulo, yo también lo paso fenomenal contigo, de eso a crear vínculos afectivos… te recomiendo que no lo hagas, es peligroso. No tengo esposa e hijos por lo mismo, esa vida no es para mí. Además tú estás casada, tienes una vida holgada, no necesitas complicarte la existencia con esas cosas.

Ella lo miró molesta y no dijo más, tomó su ropa también y se vistió, salió de ahí convertida en una furia dejándolo solo, caminó rumbo al palacio pensando que Milo tarde o temprano sería suyo, costara lo que costara, tanto peor para él, hacía días venía planeándolo, deseaba quedar encinta, si Milo no quería reconocerlo lo chantajearía o haría un escándalo tal que no le quedaría de otra más que estar con ella.

Aquella tarde Milo se la paso dando órdenes y revisando ciertos documentos, noticias del frente que estaba en Germania, aquellos germanos eran bravos como ellos solos y la manera de matar sanguinaria que tenían dejaba helados a los soldados, y eso ya era mucho decir pues la mayoría de los soldados eran hombres curtidos y desprovistos de temor.

Aún podía recordar sus años como legionario, después subió a optio, luego centurión, prefecto de campamento, legado de la Legión Augusta y finalmente al Estado Mayor del Imperio, donde actualmente estaba, había sudado sangre para conseguir ese puesto, había bebido hasta sus propios orines cuando estuvieron abandonados en medio de la nada en las guerras, ciertamente no había nada que lo escandalizara… tampoco nada que le hiciera torcer el brazo, excepto…

Para variar un poco esa noche el pretor llegó a su mansión pasado de copas, bajó del caballo aun así con suma destreza, no dejó que su esclavo personal le ayudara y le dio un pequeño empujón, llegó molesto pues lo habían reñido ya que no había mandado a una de las legiones a prestar ayuda al frente en Germania hasta esa tarde, siendo que debía haberlo hecho según un documento hacía dos días, pero el dichoso documento se había perdido y hasta esa tarde llegó, lo había llevado Aulo, cosa que le pareció particularmente sospechosa. No quiso discutir con él, aún estaba resentido porque había ascendido pasándolo a él.

Entro a su habitación dando un portazo, Camus que estaba merodeando por ahí se acercó, abrió despacio y entró, encontró a Milo empuñando una copa, a varios metros de él le llegaba el olor a vino, estaba tomado y planeaba seguir, se apresuró a su lado y le empezó a desprender la armadura colgándola en la percha especial para ello, el joven moreno lo observaba intensamente, aquel silencio que guardaba lo sacaba más de sus casillas, cuando se hubo quitado toda la armadura y solo conservaba la corta túnica le tomó de la muñeca.

—¿Por qué no hablas? ¿por qué te niegas a hablar? me desesperas… si sabes leer sabes hablar también… —a medida que le hablaba le apretaba más la muñeca, presa de sus impulsos, y Camus forcejeaba con él para tratar de librarse, primero le dirigió una de sus características miradas de reproche, pero después se suavizó un poco y lo miró más bien con lástima. El pretor indignado por semejante atrevimiento lo soltó bufando.

—No te atrevas a mirarme así, tú que no eres más que un objeto en ésta casa.

Camus le quitó la copa de la mano y la dejó en la mesa cercana mirándole con más lástima aún, por una parte sentía que a pesar de esas maneras tan terribles y ese aire de superioridad era un hombre digno de lástima que no sabía de nada más que de violencias. Milo irritado lo lanzó al piso.

—Te dije que no me miraras así, ¿quién te crees que eres? ¿te sientes mejor que yo? ¿es eso? —preguntaba rabioso—. Bien… de ser así vamos a ver… no hay nadie aquí mejor que yo…

El esclavo aun sobándose la espalda del golpe al caer molesto por aquel loco le hizo una zancadilla haciendo que cayera también, pero Milo más hábil que él en la pelea cuerpo a cuerpo se reincorporó y lo tomó por los cabellos levantándolo así, enloquecido de cólera y por el vino, le desgarró la ropa y lo dejó solo con el taparrabos, lo empujó y se sentó en una silla ricamente decorada, de algún lugar sacó un fuete y con él apuntó a su rostro. Camus lo miraba sin acobardarse, sin inmutarse si quiera.

—Tócate… quiero ver cómo te tocas.

Le ordenó ante la sorpresa del otro, Camus volvió el rostro a otro lado de la habitación para no verlo, pero Milo con el fuete le hizo regresar la vista a él.

—Hazlo si no quieres que te azote de tal manera que llores cuando te mires el rostro al espejo.

Algo en las palabras de Milo le hizo pensar que hablaba enserio y con vergüenza comenzó a tocar su cuerpo semidesnudo, con la vista baja y una mirada de frustración en sus azules ojos, para él, aquello no tenía nada de excitante, más bien le parecía vulgar y humillante y si eso a él le excitaba, más lástima le daba. El joven romano notaba el asco con el que lo hacía Camus y le pareció que aún protestaba, aún oponía resistencia en su sumisión, en la manera de tocarse, en la manera de mirar, en todo, todo él se le revelaba. Dio un suspiro y echó la cabeza atrás.

—Ya basta… no eres nada entretenido… has que me traigan la cena.

Declaró dejando el fuete a un lado, Camus levantó la vista y sin esperar que se lo ordenaran dos veces salió de la habitación para ir por la charola con la cena, para cuando regresó con ésta Milo se había quedado dormido en esa silla, con la cabeza colgante y los cabellos escurridos por doquier, Camus dejó la charola en la mesa y se acercó para comprobar si realmente dormía, con temor estiró la mano y tocó los mechones de cabello en su frente, eran muy suaves, estuvo por tocar su nariz pero se detuvo en el último instante y simplemente lo levantó para llevarlo a la cama, el pretor dio una serie de gruñidos y se dejó llevar caminando torpemente, Camus sin contemplaciones lo arrojó a la cama con brusquedad, dibujó una escueta sonrisa en su rostro de mármol cincelado al escuchar el quejido de Milo, disfrutó su pequeñísima venganza, acto seguido se acurrucó en el jergón en el que dormía y buscó debajo de éste lo que guardaba… aún estaba ahí lo que Aulo le había dado, le recordaba cada instante lo que tenía que hacer tarde o temprano.