Capítulo 2: La larga noche
—Ya te echo de menos.
—No tengo por qué irme. Puedo quedarme...
—Mmm...
Durante un buen rato se hizo un silencio sólo roto por el golpeteo de mi corazón, rítmico como el de un tambor, la cadencia desacompasada de nuestras respiraciones y el susurro de nuestros labios mientras se movían de forma sincronizada.
Algunas veces era muy fácil olvidar que besaba a un vampiro. No porque pareciera corriente o humano, ya que no podía olvidar ni por un segundo que tenía entre mis brazos a alguien más parecido a un ángel que a una mujer, sino porque Quinn hacía que pareciera tan natural tener sus labios apretados contra los míos, contra mi rostro y mi garganta. Ella aseguraba haber superado hacía mucho la tentación que le suponía mi sangre, pues la idea de perderme le había curado del deseo que sentía por ella, pero yo sabía que el olor de mi sangre aún le causaba dolor y que todavía ardía en su garganta como si inhalara llamas.
Abrí los ojos y me encontré los suyos abiertos también, clavados en mi rostro. Nada parecía tener sentido cuando me miraba de esa manera, como si yo fuera el premio, en vez de la afortunada que se ha convertido en ganadora por pura chiripa.
Nuestras miradas se entrelazaron durante un momento; sus ojos verdes eran tan profundos que imaginé estar mirando en realidad el mismo centro de su alma. Me parecía una sandez de tomo y lomo que alguna vez se hubiera puesto en tela de juicio la existencia misma de su alma, incluso a pesar de que ella fuera un vampiro, pues no conocía un ánima más hermosa que la suya, más aún que su mente aguda, su semblante inigualable o su cuerpo glorioso.
Me devolvió la mirada como si ella también estuviera viendo mi alma y como si le gustara lo que veía.
Pero Quinn no podía ver en el interior de mi cerebro como sí podía hacerlo en el de los demás. Nadie sabía el motivo, pero algún problema extraño en mi cerebro me hacía inmune a todas las cosas extraordinarias y terroríficas que los inmortales pudieran hacer. Ahora bien, a salvo sólo estaba mi cerebro, porque mi cuerpo todavía permanecía expuesto a las habilidades de los vampiros que actuaban de manera distinta a la de Quinn. A decir verdad, yo estaba muy agradecida a cualquier disfunción que fuera capaz de mantener mis pensamientos en secreto para ella. Desde luego, resultaba bastante embarazoso considerar la alternativa.
Acerqué su rostro al mío otra vez.
—Definitivamente me quedo —murmuró un momento más tarde.
—No, no. Es tu despedida de soltera. Debes ir.
Dije las palabras, pero los dedos de mi mano derecha se trabaron en su cabello rubio, mientras presionaba la izquierda con fuerza contra la parte más estrecha de su espalda. Me acarició la cara con esas manos heladas suyas.
—Las despedidas de soltera están diseñadas para quienes se entristecen por el fin de sus días de libertad. Y yo no podría desear más el dejarlos a mi espalda. Así que realmente no tiene mucho sentido.
—Eso es verdad —suspiré contra la piel de su garganta, fría como el invierno.
Esto se acercaba mucho a mi lugar feliz. Hiriam dormía ajeno a todo en su habitación, por lo que era casi lo mismo que si estuviéramos solas. Estábamos acurrucados en mi pequeña cama, tan entrelazados como era posible, considerando la chaqueta acolchada en la que estaba envuelta como si fuera un capullo. Odiaba la necesidad de estar enroscada en una manta, pero claro, lógicamente, cualquier escena romántica se arruina cuando los dientes te empiezan a castañetear. Y por supuesto, Hiriam se daría cuenta si enchufaba la calefacción en agosto...
Al menos, si quería abrigarme más, tenía la camiseta de Quinn en el suelo. Nunca conseguía superar la conmoción que me producía la visión de su cuerpo tan perfecto, blanco, frío, pulido igual que el mármol. Deslicé la mano por su pecho duro como la piedra, recorriendo los lisos músculos de su estómago, maravillándome. Le atravesó un ligero estremecimiento y su boca buscó la mía de nuevo. Con cuidado, dejé que la punta de mi lengua presionara su labio liso como el cristal, y ella suspiró. Su dulce aliento sopló, frío y delicioso, sobre mi rostro.
Comenzó a apartarse, ya que ésta era su respuesta automática cuando decidía que las cosas estaban yendo demasiado lejos y su reacción refleja, a pesar de que ella era quien más deseaba continuar. Quinn había pasado la mayor parte de su vida rechazando cualquier tipo de satisfacción física. Sabía que ahora le aterrorizaba cambiar esos hábitos.
—Espera —le dije, sujetando sus hombros y abrazándome a ella con fuerza. Liberé una pierna de una patada y le envolví con ella la cintura—. Sólo se consigue la perfección con la práctica.
Ella se echó a reír entre dientes.
—Bueno, pues nosotros debemos de estar bastante cerca de la perfección a estas alturas, ¿a que sí? ¿Acaso has dormido algo en el último mes?
—Pero esto es sólo un ensayo general —le recordé—, y sólo hemos practicado ciertas escenas. Aún no ha llegado el momento de jugar sobre seguro.
Pensé que se iba a echar a reír, pero no contestó, y su cuerpo se quedó inmóvil debido a la tensión repentina. El color verde de sus ojos pareció endurecerse y pasar de estado líquido a sólido.
Reflexioné sobre mis palabras y me di cuenta de lo que ella habría oído en ellas.
—Rae... —susurró ella.
—No empieces otra vez con eso —le contesté—. Un trato es un trato.
—No lo sé. Es muy difícil concentrarse cuando estamos así, juntas. Yo... yo no consigo pensar con coherencia. No soy capaz de controlarme y podrías terminar herida.
—Estaré bien.
—Rae...
—¡Calla!
Apreté mis labios contra los suyos para detener su ataque de pánico. Ya había escuchado esto antes. No le iba a consentir que rompiera nuestro acuerdo. No después de haberme exigido primero que me casara con ella.
Me devolvió el beso durante un momento, pero quedó claro que ya no estaba tan implicado en ella como antes. Siempre preocupado, siempre. Qué diferente sería cuando no tuviera que preocuparse más por mí. ¿Qué es lo que iba a hacer con todo el tiempo que le iba a quedar libre? Tendría que buscarse un nuevo pasatiempo.
—¿Qué tal están tus pies? ¿Fríos?
—Calentitos —contesté de inmediato, sabiendo que no se refería a ellos de modo literal.
—¿De verdad? ¿No te lo has pensado mejor? Todavía puedes cambiar de idea.
—¿Intentas dejarme plantada?
Se echó a reír entre dientes.
—Sólo me cercioro. No quiero que hagas algo de lo que no estés convencida.
—Estoy segura de ti, ya me las apañaré con el resto.
Ella vaciló y me pregunté si no habría sido mejor que me metiera el pie en la boca.
—¿Podrás? —me preguntó en voz baja—, y no me refiero a la boda, porque estoy bastante convencido de que sobrevivirás a pesar de tus quejas, pero después de todo... ¿Qué hay de Shelby y de Hiriam?
Suspiré.
—Pues que les echaré de menos.
Peor aún, porque serían ellos los que me echarían de menos a mí, pero no quería darle ninguna gasolina con la que alimentar su reflexión.
—Y a Tina, Mike, Sugar y Sam.
—Sí, también echaré de menos a mis amigos —sonreí en la oscuridad—. Especialmente a Sam. ¡Oh, Sam! ¿Cómo voy a poder vivir sin él?
Quinn gruñó.
Me eché a reír, pero después me puse seria.
—Quinn, ya hemos pasado por esto. Sé que será duro, pero es lo que deseo de verdad. Te quiero a ti y que sea para siempre. Una sola vida no es bastante.
—Quedarse congelado para siempre a los dieciocho —susurró él.
—El sueño de cualquier mujer hecho realidad —bromeé.
—No cambiarás nunca... No avanzarás jamás.
—¿Qué quieres decir con eso?
Ella respondió pronunciando con lentitud las palabras.
—¿Te acuerdas de cuando le dijimos a Hiriam que queríamos casarnos y él creyó que estabas... embarazada?
—Y pensó en pegarte un tiro —adiviné con una risa—. Admítelo... Lo consideró seriamente durante un segundo.
Ella no contestó.
—¿Qué pasa, Quinn?
—Sólo es que en ese momento deseé... bueno, me habría gustado que fuera cierto.
—Oh, vaya —exclamé, con un jadeo.
—Más aún, que hubiera alguna manera de poder hacerlo realidad. Que tuviéramos esa posibilidad. Odio arrebatarte eso también.
Me llevó un minuto contestarle.
—Sé lo que estoy haciendo.
—¿Y cómo puedes saberlo, Rae? Mira a mi madre, y a mis hermanas. No es tan fácil como crees.
—Pues Judy y Em lo llevan estupendamente. Si luego se convierte en un problema podemos imitar a Judy, adoptaremos.
Ella suspiró, y entonces su voz se volvió fiera.
—¡Esto no está bien! No quiero que hagas sacrificios por mí. Deseo darte cosas, no quitártelas. No quiero robarte tu futuro. Si yo fuera humano...
Le puse la mano sobre los labios.
—Tú eres mi futuro. Así que déjalo ya. No te pongas en plan deprimente o llamo a tus hermanas para que vengan y te lleven con ellas. Quizás es verdad que necesitas una despedida de soltera.
—Lo siento. Sueno deprimente, ¿verdad? Deben de ser los nervios.
—¿Tienes los pies fríos?
—No en ese sentido. He estado esperando todo un siglo para casarme contigo, señorita Berry. La ceremonia de la boda es la única cosa a la que no puedo esperar... —se interrumpió en mitad de la idea—. ¡Oh, por el amor de todos los santos!
—¿Pasa algo malo?
Apretó los dientes con fuerza.
—No vas a tener que llamar a mis hermanas. Parece ser que Jess y San no están por la labor de dejarme en paz esta velada.
Le estreché muy fuerte durante un segundo y luego le dejé ir. No tenía la más mínima posibilidad de ganar a Jess en un tira y afloja.
—Pásatelo bien.
Hubo un chirrido en la ventana. Alguien arañaba el cristal con unas uñas como el acero hasta provocar un sonido horroroso, de esos que te obligan a taparte los oídos y te ponen el vello de punta. Me estremecí.
—Si no haces que salga Quinn —susurró Jess con voz amenazadora, aún invisible en la oscuridad—, entraremos a por ella.
—Vete —rompí a reír—. Vete antes de que echen la casa abajo.
Ella puso los ojos en blanco, pero se levantó con sólo un movimiento fluido y se puso la camiseta en otro igual. Se inclinó y me besó la frente.
—Duerme algo. Mañana te espera un buen día.
—¡Gracias! Seguro que eso me ayudará a relajarme.
—Te veré en el altar.
—Yo soy la que va de blanco —sonreí por lo displicente que había sonado.
Ella se echó a reír y repuso:
—Muy convincente pero yo también.
Y después se agachó, con los músculos contraídos para saltar, hasta que se desvaneció fuera de mi ventana aterrizando tan rápidamente que mis ojos no pudieron seguirle.
En el exterior se oyó un golpe sordo y apagado; a continuación, escuché maldecir a Jess.
—Será mejor que no le hagáis llegar tarde —murmuré, sabiendo que podían oírme.
Y entonces San se asomó por mi ventana con su pelo del color de la negro brillando a la débil luz de la luna que se veía entre las nubes.
—No te preocupes, Rae. Le llevaremos a casa con tiempo suficiente.
De pronto, me sentí muy tranquila y todas mis quejas dejaron de tener importancia. San era, a su propia manera, igual de efectivo que Britt con sus increíblemente precisas predicciones. Pero lo suyo no era el futuro. San tenía un don natural para manejar los estados de ánimo. Por mucho que te resistieras, acababas sintiéndote exactamente como ella deseaba.
Me senté con torpeza, todavía enredada en la manta.
—¿San? ¿Qué es lo que hacen los vampiros en sus despedidas de soltera? ¿No le iréis a llevar a un club de striptease, verdad?
—¡No le digas nada! —gruñó Jess desde abajo, pero hubo otro golpe sordo y Quinn se echó a reír por lo bajo.
—Tranquilízate —me instó San, y así lo hice—. Nosotras, las Fabray, tenemos nuestra propia versión. Sólo unos cuantos pumas, y un par de osos pardos. Casi una noche como otra cualquiera.
Me pregunté si yo llegaría a sonar igual de caballerosa cuando hablara de la dieta vampírica «vegetariana».
—Gracias, San.
