Las ligeras luces del local no hicieron más que mejorar lo que ya se había puesto en marcha; entre la penumbra de la noche los camareros servían como locos en la barra, mezclando todo tipo de bebidas exóticas, el DJ pinchaba frenético los éxitos del verano desde el escenario en el que lideraba al público, guiándolos hasta un estado de inconsciencia compartida, hipnotizados por el ritmo de la música, y las bailarinas – oh, las bailarinas, se movían desde sus podios, haciendo maravillas con sus cuerpos y la ayuda de las barras de baile, deleitando con su sola visión.

Un salvaje frenesí se había apoderado del local; revelando los instintos animales de la juventud, que daba rienda suelta a sus frustraciones sobre la pista de baile.

Sólo así se sentía vivo; entre aquella gente, olvidándose de todo, una cara anónima más entre la heterogénea masa de la juventud muggle. Había una cierta simplicidad en ello, un cierto encanto que dota de belleza a tan pintoresca y poco convencional escena. Estaba harto de las convenciones, las formalidades, aquello jamás había sido para él. Allí, entre la gente, oliendo a sudor y a licor barato, se sentía libre.

Alguien dijo que Ibiza era un paraíso hecho realidad; Blaise Zabini no podía estar más de acuerdo.

Playa.

Lujo.

Chicas.

Sexo.

Alcohol.

Per-fec-to. Aquello era simplemente perfecto.

En su opinión, jamás había hecho mejor empleo de su libre albedrío. En lo que llevaba de tiempo en territorio insular español ya había encontrado numerosas compañeras nocturnas, perfeccionado la lengua local, pues tras aquel último año de locos su castellano había quedado un poco oxidado, hecho varios amigos que jamás olvidaría y había pasado el mejor rato de su vida. Por fin sin normas, tan solo él, la música y un poco de improvisación atrevida espoleada por el licor.

Sentía que había nacido para aquello, prácticamente le conocía toda la isla; su fama se había extendido entre residentes y turistas como la pólvora, expandiendo las locuras y leyendas sobre las fiestas que frecuentaba a la puesta del sol. No solo era un mero peón en ellas, Zabini era parte de la propia fiesta, casi como un añadido al evento, por no mencionar que era el propietario de más de la mitad de los locales recreativos del sector.

Puede que no hubiera obtenido el respeto propio de un joven heredero que acabase de tomar las riendas de una fortuna ancestral, siendo el único recuerdo viviente de su dinastía, pero vaya si le había echado dedicación a promover sus intereses millonarios a lo largo del mediterráneo. Y le había ido bien, muy bien. Si algo sabía era como armar un evento por todo lo alto, y dedicándose a ello estaba sacando enormes beneficios, por no mencionar su propia diversión personal.

Observó a la nueva clientela. La fiesta de inauguración del Exótica iba sobre ruedas. Con su propio diseño personal, todo era funcional y elegante, con todas las facilidades necesarias de semejante establecimiento de lujo y, por supuesto, todos los invitados de las altas sociedades a lo largo del globo. Todos ya recibidos y gratificados por su joven dueño en persona.

Su trabajo ya estaba hecho, ahora solo le quedaba relajarse y dejar que la gente disfrutara de su estancia. Tal y como estaba marchando la cosa, no le cabía la menor duda de que todos volverían.

Jugó con el cristal de su botella entre los dedos, sujetándola tan solo por el cuello con desgarbo, y dándole un único y contundente trago, se despegó de la barra y con gracia, moviéndose como un gato entre la desaforada gente, se aproximó a una de las plataformas centrales de la pista, donde dos bailarinas muy escasamente vestidas deleitaban a sus invitados de la noche. De un fluido salto, demostrando toda la agilidad propia de su persona quedó en lo alto, sobre todos aquellos que antes estaban perdidos en la música pero que ahora esperaban, expectantes, su próxima acción, y, depositando el botellín en el suelo y alzando ambos brazos, exclamó en un rugido visceral;

- ¡QUE SIGA LA FIEZTA!

El vitoreo no se hizo esperar. La multitud enfebrecida gritó como nunca en su vida, apoyándole mientras se meneaban de un lado a otro, saltando sin descanso enjaezados por el ambiente.

Las dos bailarinas abandonaron sus respectivas barras, aproximándose a Zabini mientras se relamían los labios al contemplar su inusual atractivo y procedieron a restregarse contra él y bailar ambas a su lado según dictaba el ritmo.

Blaise les siguió el corriente, encantado ante la atención que estaba recibiendo, sonriendo de oreja a oreja y dejándose llevar por las circunstancias. ¿Quién sabe? Quizás, con un poco de suerte, acabaría por acompañar a las damas a casa.

Su sonrisa se ensanchó, en una expresión voraz ante el pensamiento. Un ménage à trois con dos preciosas muggles; en efecto, la noche prometía. Sí… aquella noche definitivamente parecía deparar alguna que otra sorpresa.

El resto de la velada, sin embargo, se mostraría difuso posteriormente en su memoria. Puede bebiera de más, que el cansancio se apoderase de él o que su cuerpo cobrara factura a causa del irrefrenable ritmo de vida que había estado llevando durante aquellas últimas semanas; jamás lo sabría. El caso es que a la mañana siguiente despertó deslumbrado por el sol, totalmente desorientado y con un dolor de cabeza monumental.

Fue probablemente el tacto de la arena entre los dedos y el sonido de las olas lo que consiguió que por fin se acabara ubicando hasta que su vista acabó por adaptarse a la nueva luz, tras interponer una mano entre sus ojos y el sol naciente.

¿Qué hora era? Miró su muñeca, donde tenía el reloj. Las siete de la mañana. El tiempo vuela.

Se incorporó para sacudirse los granitos de arena que tenía por todas partes, prestando especial atención a sus pantalones y el pelo, después, barriendo de un vistazo la costa, encontró a unos quince metros su camisa, tirada bajo una palmera.

No se planteó que hacía tirado en una playa, por qué estaba descalzo o dónde estaban sus zapatos; ya estaba más que acostumbrado a aquellos episodios de amnesia etílica momentánea al comienzo del día. Simplemente se limitó a comprobar que contaba con su cartera y las llaves, se colocó las gafas de sol que todavía tenía en los bolsillos y, después de recorrer la distancia que les separaba, se agachó a recoger la camisa y abrochándose un par de botones, todavía dejando entrever su torso tanto en la base del cuello como en su zona abdominal y así emprendió la marcha, volviendo hacia terreno estable y caminando tranquilamente por el paseo marítimo, disfrutando de la brisa y el olor a sal.

A medio camino, con la cabeza adolorida y los músculos entumecidos por el abuso de sus límites la noche anterior, decidió parar y sentarse en un banco a descansar, evaluando la situación; Su finca estaba a primera línea de playa, sí, pero probablemente tendría que andar unos quince kilómetros más adelante hasta llegar a sus puertas, por no decir el paseo que supondría atravesar los jardines hasta su casa. Probablemente lo mejor sería esperar un rato, descansar y después aparecerse directamente en casa, con una ayudita mágica, por que sentía que si hacía el hechizo en esas condiciones acabaría con un brazo en Pakistán y la cabeza en Tokio, descuartizándose a sí mismo.

Tuvo que estar allí, esperando sin pensar en nada, al menos tres cuartos de hora más hasta que su cabeza se fue asentando, el mareo dejó de ser su principal problema y pudo realizar el hechizo medio decentemente, apareciéndose en la sala de estar de su casa de una pieza.

Hogar, dulce hogar.

Y sin más, se dejó caer en plancha sobre el sofá, hundiéndose entre los cojines y gimiendo de puro placer. Estaba destrozado.

Alargando la mano todo lo que pudo hacia la mesa de al lado, con la esperanza de no tener que levantarse o moverse más de lo estrictamente necesario, consiguió dejar las gafas de sol y hacerse con el correo de los, que su asistente personal ya habría dejado allí apropósito en un momento desesperado de obligar a Blaise a hacerse cargo de sus responsabilidades, sabiendo perfectamente que no lo leería de otra forma que no fuese sino se lo dejaba en bandeja de plata y en fácil alcance, ni que decir tiene que estaba totalmente en lo cierto.

Pasó con desinterés la publicidad, removiéndose el pelo desesperado e impaciente por acabar e irse a dormir, y apartó con cuidado la edición de esa madrugada del profeta, en la que venía un artículo intensivo sobre la inauguración del Exótica y la opulencia de su dueño, él mismo, que vivía por todo lo alto, suponiendo que debería guardarlo como recuerdo. Después procedió a abrir los informes financieros del resto de sus clubes en el último mes, leyéndolos por encima con la intención de repasarlos más detenidamente esa tarde, cuando se sintiese mejor. Fue en ese momento cuando, pasando un par de revistas publicitarias de Quiditch, reparó en un pequeño sobre de pergamino lacrado y sellado en cera roja, con su nombre escrito con caligrafía al frente.

Por el estilo de la letra y el modo de presentación, de pronto estuvo seguro de que aquella carta procedía de su antiguo colegio.

Extrañado, lo examinó con atención, olvidándose momentáneamente del sueño que le pesaba sobre los hombros, y procedió a abrirlo, consumido por la curiosidad.

Tras leerlo, solo pudo soltar una carcajada y arquear una ceja, divertido ante lo que acababa de intentar asimilar;

Esta gente se está volviendo loca, se dijo, bajando de un salto del sofá y corriendo hacia su habitación, donde se dispuso a hacer las maletas. Le esperaba una aventura por delante… ¿Y quién era el para negarse a semejante proposición?

La cosa se iba a poner muy interesante, desde luego.

Y, en un momento de claridad, se preguntó cómo habrían llevado los demás la nueva noticia. ¡Qué importa! Se encogió de hombros, siempre habían sido unos cascarrabias.

Eufórico, agarró las maletas y con un golpe de varita, desapareció, volviendo a dejar la casa en silencio con su marcha.