Okay, 0 reviews, entendí el mensaje...pero igual les traje más trauma aquí...cualquier idea que se les ocurra, o lo que deseen ver en el otro final, no olviden decirme...porque de ese no tengo NADA escrito.
Capítulo tres: Volando alto.
Al llegar al centro otra vez, mis sentimientos estaban drenados por completo, al igual que los de Cole. Nuevamente estaba frío, duro y cruel, pero esta vez, yo igual. No habían huellas de la sensible, confundida y hormonal niña que había ingresado a ese lugar seis meses atrás, ni una sola.
Gritos desgarradores, sonidos de golpes, ruidos de peleas y cosas trizándose, nos hizo olvidar de todo durante los siguientes segundos. Nos echamos a correr a toda velocidad, tan asustados que ni mi dolor me importaba, y Cole parecía estar en las mismas condiciones porque tampoco me detuvo en mi carrera. Teníamos ese presentimiento de que algo horrible estaba pasando en la cancha, y no había un sólo instante que perder.
Volaba de todo.
Sillas, libros, cuadernos, pelotas de deportes, botellas plásticas y de vidrio, ropa, palos de escoba: todo lo que sirviera como arma de defensa. El patio trasero, la antigua zona de descarga, se había convertido en un escenario de guerra tan feroz como no había visto nunca antes.
Algo me hizo correr más allá, y Cole me siguió.
Iba rápido, agitada, deseando en ese momento que la teletransportación existiese. Me dolían los pies, estaba a segundos de caerme y las lágrimas me nublaban la visión: pero no podía detenerme. Sentía a Cole corriendo junto a mí, más rápido que yo, y eso era bueno; ya que él era mucho más importante y útil que yo en ese minuto. Al fin crucé el patio y no pude ni siquiera gritar: solamente atiné a agacharme y tomar a Rubí de los brazos para jalarla hacia atrás, mientras que Cole, quien había llegado unos segundos antes, ya se había encargado de sacar a Giovani de adentro de mi amiga.
Rubí estaba paralizada, llorando en silencio y tan pálida como un papel. La abracé, ella no se movió ni siquiera un poco. Mientras intentaba subirle los pantalones, buscaba a Cole con la mirada, pero no lograba encontrarlo: había demasiada gente dando vueltas por el lugar. En cambio, pude ver a Gisselle noqueada en el suelo, a pocos metros de nosotras. Sentí algo de sangre entre mis dedos al pasar mis manos por las piernas de Rubí, y tuve que reprimir un gemido al mirarla con más detalle y fijarme en todas las heridas, golpes y magulladuras que tenía repartidas en su cuerpo, pero no pude evitar llorar...¡No era justo!, ¡No era justo para ella!, No era justo que le pasara algo así otra vez.
Seguí mirando, desesperada por dar con Cole, aterrorizada de que algo fuera a pasarle y yo sin poder hacer nada. Mi corazón estuvo a segundos de dejar de latir al verlo ser rodeado por dos o tres compañeros de su cuarto, que habían unido fuerzas con Giovani para tomarse el centro: el grupo completo de la habitación de Cole dirigía eso, menos él, por supuesto y gracias Dios, si es que existía un Dios que pudiera permitir todo eso. Temía lo que pudieran hacerle, pero pude volver a respirar cuando vi que, en lugar de reducirlo o golpearlo, lo ayudaron a sujertar a Giovani y amarrarlo con unas cuerdas y chaquetas, lo que fuera para detenerlo.
Vi que lo arrastraron hasta el centro, posiblemente a encerrarlo a alguna parte: y ese era el comienzo del final. Había que atrapar a los demás que se habían agitado, quitarle las armas y entregarlos a todos a la policía. Las cosas habían ido demasiado lejos; demasiados muertos, demasiados heridos...y Rubí violada de nuevo, haciéndola revivir todos sus traumas del pasado, el motivo por el cual estaba ahí.
Tuve que soltar a mi amiga, porque...sí, ella era mi amiga. Me había protegido, cuidado y guiado durante todo el tiempo en que había estado encerrado ahí, y la habían lastimado...con ello, me habían lastimado a mí. Porque la relación que habíamos formado las cuatro, había sido de hermandad, retorcida, extraña, sí, pero hermandad al fin y al cabo. La razón de separarme de Rubí, fue verme en la necesidad de correr hasta Gisselle para evitar que alguien la lastimara, quizás a ella sí podía protegerla. La cargué como pude, la verdad no sé cómo, sobre mi herido y maltrecho cuerpo hasta reunirla con la joya quebrada.
― Voy a volver, te lo prometo ―le dije a Rubí, tomando su rostro con mis manos y haciéndola mirar a mis ojos, pero no había vida en ellos― Te amo ―le dije de manera fraternal y honesta antes de besar su frente, temiendo dejaralas ahí solas, pero Helena no aparecía en ninguna parte y temía lo peor.
Salí corriendo, sin importarme recibir alguna cosa voladora contra mi cabeza o alguna otra parte, revisando por todos lados en dónde podría estar la última de mis amigas. Estaba desesperada. Cada segundo se hacía más intenso sin saber en dónde estaba Cole, sin imaginar en qué condiciones estaría Helena, y sin dejar de pensar en Rubí y Gisselle.
Estoy al borde de la desesperación. No la veo por ninguna parte.
Seguí corriendo, y tropecé ante mi propio entumecimiento y cansancio. Sentía algo de sangre entre mis muslos, no demasiada, pero posiblemente por tanto agetreo. Lo ignoré, más pendiente de apoyar mis manos contra el piso para no darme de lleno en la cara, y los rasmillones en las rodillas me hicieron recordar las caídas en el Skylark cuando era pequeña. Sollocé, por reflejo, y a tropezones varios intenté ponerme de pie, sin lograrlo. Estaba demasiado débil, cansada y con miedo, a punto de darme por vencida, como siempre. Darme por vencida, renunciar, no luchar más y esperar a que el mundo siguiera girando sin que yo hiciera nada por detenerlo...decepcionar a Gisselle, no cumplir la promesa a Rubí de volver, no luchar por la vida de Helena y...no decirle adiós a Cole, a menos que él me buscara, porque de otra forma, sabía que no lo vería nunca más.
Y cuando mi cabeza dejó de intentar sostenerse alto, aún en el piso, y se recostó en el cemento de la cancha, pude ver, frente a mis ojos, a alguien escondiéndose unas cuantas bancas más allá: era Helena. Había encontrado a Helena. Quizás, Dios sí existe.
Tomé aire profundamente, emití un quejido sonoro y pesado, y me encontré de pie, tambaleando, pero avanzando hasta ella. Me vio, y se despejó el rostro de lágrimas mientras estiraba sus brazos hacia a mí como una bebita, abrazándome mientras tiritaba.
― Pheebs ―sollozó, atontada: estaba sufriendo los efectos de la abstinencia.
― Ven conmigo ―le pedí, ayudándola a salir de bajo de la banca y a ponerse de pie.
― ¿Estás bien? ―me preguntó con dificultad, apenas hilando las palabras al fijarse en algunas manchitas carmesí cerca de mi entrepierna.
No dije nada, mas asentí antes de apoyarme en su hombro. Ella hizo lo mismo en el mio, y entre las dos, cada una más miserable que la otra, logramos llegar hasta el lugar en donde había dejado a Gisselle y Rubí. Tenía que volver, como lo había prometido, y así lo hice, pero tardé más de lo que había creído. He de jurar, que jamás esperé encontrarme con la escena que tenía frente a mis ojos: la pequeña Gisselle lloraba amargamente sobre el cuerpo ensangrentado de Rubí. Sobre el cuerpo sin vida de nuestra más resplandorosa joya, quien había practicado la autoflagelación por última vez durante mi ausencia y la inconsciencia de Gisselle.
― No... ―negó Helena, llorando y soltándose de mi agarre, gritando desde el fondo de su alma― ¡No!
La vi lanzarse junto a Gisselle, vuelta desesperación. Gritaba fuerte, ambas lo hacían y lloraban pataleando, diciendo cosas que no lograba comprender, mientras que yo, solamente podía llorar de pie...pensando en la pobre Rubí y su horrible destino, pensando en mi pequeño hijo y lo mucho que lo echaba de menos, pensando en cómo y dónde estaría Cole en ese momento.
El desorden se iba calmando, o al menos las chicas y yo habíamos perdido la noción del tiempo, del sentido y el espacio y ya no nos importaba el cataclismo que había al rededor, excepto el hecho de que Cole no estuviera cerca. Nos quedamos dormidas...muertas del dolor: unas al lado de la otra, las tres abrazadas, sin reparar en nada, nada más que no separarnos más hasta que nos obligaran a hacerlo.
Sentí gritos, vítores, quejas, y era demasiado ruido como para poder seguir durmiendo. Abrí los ojos, confundida por un momento, preguntándome dónde estaba, hasta que recordé todo lo acontecido antes de pasar al mundo de los sueños. Helena parecía estar reaccionando recién, al igual que yo...y Rubí, ella estaba tan fría como una piedra. No alcancé a sollozar, a gritar, a llorar, a nada al darme cuenta de ello...porque escuché el grito de Helena. Un grito agudo, penetrante, que retumbó hasta lo más profundo de mi ser antes de ser capaz de guiar mi vista hasta el motivo de su histeria.
― ¡Gisselle!
Miré para arriba, y en el quinto y último piso de la institución, la chica del vestido blanco manchado en sangre estaba parada en una baranda, mirando al suelo con una cara curiosa.
― ¡Bájate de ahí ahora! ―le gritó Helena, como siempre que la rubia se subía a la altura, poniendo en peligro su vida e integridad.
Aunque nos cuidábamos entre las cuatro, por lo general, Helena se encargaba de cuidar de Gisselle, Gisselle a Rubí, Rubí a mí y yo a Helena. Ésta vez, ese ciclo no funcionaba...no podía funcionar, porque estaba roto. Simplemente tomé la mano de mi amiga, ya que ambas sabíamos que ésta sería la última vez que tendría que cuidar de Gisselle.
― ¡No!, ¡Voy a volar Helena! ―le explicó con una sonrisita sincera, tan feliz como si estuviera luciendo alguna de sus creaciones nuevas― ¡Voy a encontrarme con Rubí!
Cerró los ojos, sonrió ampliamente antes de extender sus brazos. Se inclinó hacia adelante, separando sus talones del piso y poco a poco, empezando a irse hacia abajo. Ni yo ni Helena pudimos mirar, y el sonido de su cuerpo contra el concreto, fue lo que nos indicó que ya lo había hecho.
― ¡Sigue viva! ―gritó alguien, y reaccionamos de inmediato.
Todo empezó a ir a velocidad disminuida, en cámara lenta y me atrevería incluso a decir, que en sepia, ¿Estaba viva?, ¿Desde esa altura?, ¿Estaban bromeando?
Intenté hacerme espacio entre todo el público hasta llegar a agacharme junto a ella, y la vi doblada en formas imposibles para un cuerpo humano en su estado natural. Giré mi cabeza, buscando la presencia de Helena, reparando en que no la veía cerca de nosotras. Un grupo de personas comenzó a moverse, dejando pasar a la chica que mi mirada estaba buscando, y pude ver en sus manos un cuchillo ensangrentado: el mismo que había utilizado Rubí. Se sentó junto a Gisselle, y ésta, después de unos intentos fallidos, logró preguntar:
―...¿Voy...alto?...
Me tapé la boca, sin saber qué responderle y no logré hacer más que tomar su manita entre la mía, acariciándole la frente amorosamente, tal y como ella a mí durante el trabajo de parto.
Como siempre que la necesitaba conmigo.
Helena tomó su otra mano, imitando mis caricias y le cerró los ojos despacio, sin dejar que sus lágrimas cayeran sobre el rostro de la pequeña y dulce señorita recostada en el suelo.
― Sí ―le respondió, sorpreniéndome por la fuerza de su espíritu para aún mantenerse en calma― Muy alto ―le susurró en el oído.
Gisselle sonrió ampliamente, con sus ojitos cerrados y completamente en paz. Continué acariciándole la frente, sin encontrar nada más que hacer, cerrando mis ojos al ver cómo Helena acercaba el cuchillo al cuello de nuestra amiga, y terminaba rápidamente con aquella vida antes de tuviese que agonizar en esas condiciones dolorosas y sin esperanzas de sobrevivir. durante horas y horas.
D: no puedo creer que de hecho maté al bebé de Phoebe, y ahora a Rubí y Gisselle! Aww, me odio...me odio D: ¿Me odian? Espero poder darles una mejor vida en el final alternativo xD
