CAPITULO IV

2 SEMANAS Y 2 DÍAS ANTES

El sol casi terminaba por ocultarse en la inmensidad de la línea del horizonte, los suaves rayos de luz iluminaban el cielo tornándolo de un naranja y lila romántico, acompañado de cálidas ráfagas de aire que marcaban la plenitud del verano.

Dentro de un muy conocido teatro perteneciente a una compañía muy famosa de la ciudad, se encontraba una joven castaña de ojos azules, caminando irreverente y ondeando el dobladillo de su vestido corto hasta las rodillas, el cabello sujeto por una banda de plumas que le daban un aire de distinción. Se conducía por uno de los pasillos que llevaban hacia la salida despidiéndose de todos a los que se encontraba con la mano. En su camino se topó con un joven escondido entre una gran cantidad de flores, que preguntaba a todos al pasar por la actriz principal.

—¿Señorita Claise?, con la señorita Claise por favor —decía el entusiasta, a su paso tratando de sonreír. Ah pero que difícil le era poder hacerlo, con todas esas hojas haciéndole cosquillas en la nariz y espinas pinchándole los dedos.

Karen se quedó observando la cantidad de flores que tenía aquel arreglo, su vanidad no le permitía negarse a recibir tan estupendo regalo.

¡Genial! Ahora Karen, tendría como regodearse más frente a toda esa tribu de chismosas, que la veían con ojos muy abiertos como ranas, muertas de envidia.

—¿Quién la busca? —preguntó aproximándose a el ramo para apreciarlo mejor y oler una flor. Qué bien olían ¡oh sí! a triunfo y a envidia por parte de esas cacatúas.

—Traigo este arreglo para ella y la verdad es que pesa mucho y estoy empezando a cansarme, ¿podría indicarme dónde puedo entregárselo personalmente? —Cuestionó el hombre, con la voz audiblemente cansada. ¿Cómo diantres se le había ocurrió comprar tanta flor? ¿Qué no podía haberse robado unas de algún jardín cercano? Ni que fuera la primera vez que lo hiciera.

—No tienes que buscar más, soy yo y me encantaría que pudieras llevarlo a mi casa —replicó la actriz, con mucha vanidad. Frente al resto de actrices secundarias y del relleno que se preparaban para también retirarse. Por supuesto que no pensaba compartirles ninguna, como si no supiera lo que la detestaban, ni el olor les iba dejar.

—¿Su casa queda muy lejos señorita?, porque en verdad esto pesa mucho y no creo poder dar un paso más —Se quejó el pobre hombre, haciendo un gran esfuerzo por continuar sosteniendo la montaña que llevaba encima. ¿Acaso creía que eso pesaba una pluma? Luchaba por no dejarlo caer y tampoco que lo escucharan pujar, no, eso sería muy vergonzoso frente a todas esas damas que lo veían de forma enigmática.

—No te preocupes, yo te llevaré en mi auto —replicó ella—. Sígueme —Le pidió y caminó por delante de él pavoneándose con más arrogancia. Lo sabía y vaya que lo sabía bien, era la envidia de todas las novatas y las no tan novatas. Les sacó la lengua al pasar frente a todas esas víboras, que morían por su lugar en la compañía.

El muchacho iba siguiéndola apenas unos pasos atrás, sudando y resistiendo el peso, y por supuesto quejándose internamente de su tonta ocurrencia. Al salir a pocdos metros estaba el auto de ella y suspiró feliz al verlo, acomodaron el arreglo como pudieron y después se subieron al auto.

Karen condujo por algunos minutos en un completo silencio, al llegar a su destino detuvo el vehículo y le indicó el tercer nivel del edifico frente al que se detuvieron, como el piso donde estaba su apartamento.

¡Qué! Abrió los ojos primero de terror y luego frunció el ceño, ¡es que acaso estaba loca esa actriz! ¿Cómo se le ocurría que iba a subir hasta allí con ese arreglo, por las escaleras? Ya ni quejarse era bueno, todo eso le estaba pasando por bruto y por metiche.

Al entrar al apartamento la actriz buscó el mejor lugar para colocarlo, hasta que al fin y pasados varios minutos, se decidió por uno. Claro que después que el mensajero lo llevaba de un lado a otro, soltando improperios silenciosos. Terminado el trabajo, Karen tomó su bolso para darle una propina.

—Agradezco que hayas sido tan comprensivo y no te quejaras —Le extendió unos billetes y el muchacho no se los recibió. Si supiera lo que estaba pensando no le daría nada, pero tenía que fingir y sonreír.

—Ha sido todo un placer para mi señorita, Claise. No hay necesidad que me dé dinero, tan solo le pido me dé su autógrafo —Solicitó. Aunque la verdad hubiese preferido que le permitiera tirarse un clavado sobre ese peludo sofá que vio al entrar.

—¡Por supuesto! —Sonrió la castaña, muy vanidosa. ¡Pero claro! Quién podía resistirse a esa caída de ojos matadora que les hacía a todos—. ¿A quién se lo dedico? —preguntó tomando un pequeño papel y lápiz, bajando la vista para empezar a escribir y muy satisfecha de sus encantos.

—Por favor a Charlie, un gran amigo de Terry Graham —respondió mirándola fijamente, esperando por su reacción. Ojalá no tuviera que arrepentirse de lo que quería hacer.

—¿Cómo has dicho? —preguntó la actriz, abriendo los ojos grandes y levantando la vista para observarlo. Todo el glamour se le vino al suelo, ¿en qué estaba pensando? ¿quién era ese hombre?

—Usted no me conoce a mi señorita Claise, yo soy amigo de Terry y aunque él no lo sabe, quiero ayudarlo y creo que usted siendo también su amiga, podría ayudarme a hacerlo —Le indicó el moreno, muy seguro. Sí claro, muy seguro estaba que quizás era mejor salir huyendo, ¿por la derecha o por la izquierda? Por donde fuera animal, pero huir. La expresión de la actriz no le daba mucha confianza y tampoco quería que llamara a la policía y terminar en la cárcel.

—¿Quién es usted, un ladrón? —preguntó ella, bastante asustada. Cómo se le había ocurrido, ser tan ingenua y dejarse llevar por su vanidad,

"¡Tonta Karen, eres una grandísima tonta!, metiste a un hombre sin conocerlo a tu casa y por un mísero arreglo de flores, si al menos fueron dos. ¡Déjate de tonterías! Mejor piensa Karen, piensa qué vas a hacer para salir de esto", reflexionaba la castaña muy nerviosa.

—No señorita, ya se lo dije, soy amigo de Terry desde hace muchos años y también lo soy de Candy —Le indicó muy serio. O al menos eso era lo que pretendía, ya no estaba muy seguro de ser tan convincente y menos por la forma en que lo seguía mirando.

Terry y Candy, dos nombres que obviamente conocía muy bien Karen, y también toda la historia de ellos de muy buena fuente.

Hasta entonces lo observó con ojo crítico, no vestía elegante y con ropa cara, pero sí muy distinto a como se vería un mensajero normal de una florería, sobre todo porque no llevaba uniforme. Se llevó la mano a la barbilla entrecerrando los ojos con recelo y meditando qué podría querer de ella.

Charlie también la observaba con atención tratando de verse natural para no asustarla. Aunque lo cierto es que estaba más asustado él, que no le creyera y terminar tras las rejas.

—Está bien, te concederé el beneficio de la duda —Aceptó ella, retrocediendo unos pasos, sólo por precaución, por aquello que tuviera que salir corriendo—. ¿Qué es lo que quieres? —cuestionó buscando algún objeto con el que pudiera partirle la cabeza, por si quisiera atacarla.

"Busca Karen con qué partirle la cabeza a éste malandro si se te acerca", pensó recorriendo con la mirada la habitación. "¡Ah, ese jarrón! ¡no!, ese es muy caro", se arrepintió.

—Su ayuda —Le indicó, Charlie. Haciéndola aterrizar de sus pensamientos—. Hace muchos años Terry y Candy me ayudaron a mí, gracias a ellos ahora soy un hombre honesto que puede andar libremente por las calles. Los errores que cometí me llevaron por una mala vida pero ya pagué por ello, ahora soy una persona útil a la sociedad y creo que la vida me ha dado la oportunidad de corresponder aunque sea un poco de lo que yo recibí. Conozco la triste historia de ellos y el motivo por el cual se separaron, lo que considero muy injusto, para dos personas que se aman y que han tenido que sacrificarse, por un mala decisión que hicieron cuando eran muy jóvenes e inexpertos. Ninguno de los dos ha encontrado la felicidad y no podrán hacerlo, sino consiguen estar juntos. Eso es lo que yo quiero, que sean felices porque se lo merecen y creo que usted puede ayudarme, desafortunadamente son un par de necios y no podrán hacerlo por sí solos. —Cuando terminó, tomó una fuerte cantidad de aire. No sabía cómo pudo decir aquello sin respirar y con tanta convicción. Quizás mejor debería buscar trabajo como actor.

"¿Cuánto ganará Terry?", se cuestionó pensando.

Karen lo observó hablar con mucha atención, era claro que ese hombre conocía a esos dos tontos y su historia, todo cuanto decía ella lo conocía muy bien. En la época en que ellos se separaron, ella había visto a Terry desplomarse y perderse en la bebida, hundirse en la desesperación y caer en lo más bajo; hasta desaparecer del teatro y abandonarlo todo. En aquel entonces no eran tan amigos como en la actualidad, de hecho ni siquiera lo eran. Fue hasta mucho después que volvió de aquella depresión, que ella empezó a ganarse su confianza, cuando se apareció por primera vez en la compañía; Susanna parecía haberse adueñado de él desde el inicio y querer adoptarlo como a un cachorro. Lo más cerca que estuvo fue en la audición para los papeles de Romeo y Julieta que hicieron juntos, desde entonces ya se podía vislumbrar un futuro prometedor para él.

No obstante, todo se había ido al caño, con el accidente de la viborita rubia de ojos azules. Después de eso, Terry nunca volvió a ser el mismo. Y no era que antes fuera el más agradable, amable o risueño dentro de la compañía. Pero después de eso, su personalidad se tornó más sombría y poco tolerante, si eso podía ser posible. Mucho le había costado ganarse su atención y algo de su confianza. Susanna nunca fue de su agrado, con su aire de niña ñoña, de inocencia fingida y poca dignidad, lograba sus caprichos siempre, todavía no concebía ni comprendía cómo era que el tonto de Terry la soportaba y lo había hecho por tanto tiempo. En lo que a ella se refería, ni siquiera mencionarla le era aceptable, mejor le cayera un rayo en seco, antes que ser su amiga.

—¿Y cómo puedes estar tan seguro que ellos aún siguen teniendo sentimientos? —Lo cuestionó ella, después de pensar y observarlo bien. De Terry lo sabía, ¡claro que sí, le constaba! Ese tonto seguía perdido por la enfermera, pero ¿y ella, Candy? No la había vuelto a ver nunca más desde aquella vez del estreno de Romeo y Julieta en que sabía se separaron.

—Puede estar por segura que lo sé, pero esa chica es aún más testaruda que el mismo Terry —Karen, levantó las cejas de asombro ¡¿más testaruda que Terry?!—. Sí, le aseguro que se necesitará mucho más que mis palabras para hacerla cambiar de opinión, ella necesita que alguien que ha estado cerca de él, le haga ver que los años separados no han sido para él nada agradables, que sigue sufriendo por ella, sólo así se podrá convencer —Charlie, cruzaba los dedos y quería hacerlo con las piernas también; porque esa actriz castaña que lo veía raro y con desconfianza, se uniera en su cruzada de salvación.

—En eso no estoy de acuerdo, si es tan testaruda como dices, y mira que Terry es bastante cabeza dura. Yo creo que habrá que hacer algo más para que pueda convencerse —Sugirió. ¿En realidad sería Candy tan cabeza dura o más que Terry? ¡Qué horror!

—Quizá tenga razón —Le concedió él, al recordar cuando quiso hablarle de sus errores la vez que la visitó años antes. Vaya que la enfermera era testaruda y se negó a escucharlo.

—Otra cosa ¿cómo sabes que ella es libre, que no está casada? —Inquirió la actriz. Si se iba a meter a la cueva del lobo, no quería salir mordida, lo mejor era averiguar bien.

—También puedo asegurarle que lo sé y de muy buena fuente —Sonrió con picardía, él. Había llamado al hospital donde sabía que trabajaba, lo averiguó fácilmente al pedir hablar con la señorita Candice White y se la habían comunicado sin objetar su condición de soltera, al final había cortado al escuchar su voz.

—Bien, si ya investigaste todo y es como dices, quizás pueda ayudarte. Susanna me cae como patada en el cu… cuerpo —Reflexionó de no decir lo que pensaba, ella era una señorita decente y no podía darse el lujo de ese vocabulario. No quería que pensara que era una desgarbada—. Sé que Terry nunca será feliz con ella. Aunque Candy ya no estuviera disponible, soy capaz de ayudar a cualquier otra, con tal de evitar que siga con esa mosca muerta y la bruja de su madre. Las dos son un par de sanguijuelas sinvergüenzas, detesto cuando Terry por alguna razón no puede llegar a verla y le envían los mensajes con las mucamas, para exigirle que se presente cuanto antes. Y en las giras, ¡no qué horror! No lo dejan en paz con tantas llamadas, el único momento en que no lo molestan, es cuando está en el escenario actuando, después no lo dejan ni respirar. Lo llaman tantas veces por puras tonterías o para pedirle dinero —dijo Karen, con mucho enojo e indignación.

—Si le parece bien, mañana mismo podríamos empezar a movernos y planearlo todo. Yo debo cumplir con una última entrevista de trabajo —Le informó. ¡Rayos! Sólo esperaba que su cruzada del amor, no le costara el nuevo trabajo por hacer ese papelito ridículo de cupido en el que se estaba metiendo, y lo que era peor, que no diera resultado.

—Me parece perfecto —Sonrió ella, muy complacida y de forma malévola.

¡Aaah! lo que disfrutaría haciéndole la vida imposible a esa mustia, odiosa, fea, interesada, manipuladora, chantajista, llorona, mentirosa y pésima actriz.

—Una cosa más señorita Claise, ni Candy ni Terry deben enterarse de nuestra conversación o todo podría salir mal.

—Estoy completamente de acuerdo. Será mejor así, de lo contrario podrían formarse malos entendidos —Aceptó la actriz. Sí, por favor rogó, deseando que en verdad Terry no se enterara, o podría terminar colgada por manos de él, del mástil más alto de RMS Olympic haciéndole compañía a la bandera.

Terminaron de afinar los detalles pendientes y después de un par de horas se despidieron, cada cual pensando en la aventura de la cual no sabían a ciencia cierta, si obtendrían los resultados que esperaban o se meterían en tremendo lío con el castaño.


AL MEDIODÍA DE UN DÍA ANTES, PREVIO A LA BODA

Kunigunde corría como cabra loca suelta en la pradera por toda la casa; así la tenían la señora Marlowe y los caprichos de Susanna desde muy temprano. Limpiaba por un lado y sacudía por otro. La rubia de ojos azules estaba más insoportable que nunca y no había nada que la complaciera.

La pobre doncella sentía desfallecer, no había probado comida decente desde la tarde del día anterior, ¡si a eso que le daban podrían llamarse así! Su ama la tenía desempolvando viejos baúles del ático y sacando vestidos de antaño por todos lados, ¡ah!, como acumulaban vejestorios en las diferentes habitaciones. Algunos eran imposibles de usarlos porque estaban muy viejos y apolillados.

—¡Kanduca! —Nada, la mucama, no se apareció. ¿Dónde rayos estaría metida?—. ¡Kanduca! —Volvió a gritar llamándola desde su habitación más molesta. La inmigrante apareció por el umbral de la puerta fatigada pero sonriéndole, o al menos eso intentaba porque la pobre no daba para más—. ¡¿Pero qué te pasa, estás sorda?!, no oyes que te estoy llamando desde hace horas, ¿qué es lo que haces que no te apuras?, mira la hora que es y ya debería tener todo listo, eres una buena para nada, una inepta. Sólo agradece que yo sea tan generosa y un alma noble, de lo contrario ya te habría echado a patadas a la calle —La miraba con tanta ira y Kunigunde se preguntaba por qué le gritaba esa loca histérica.

—Susanna, hija mía —Apareció la señora Marlowe, en su pose de madre abnegada, tirando hacia un lado a la doncella que casi cae al suelo—. ¿Por qué no está lista tú ropa todavía? —preguntó al ver el desorden sobre la cama y el reguero que había por todo el pasillo.

—¡Esta perezosa que no se apura! —Se quejó con un puchero caprichoso. La señora Marlowe se volteó para ver muy airada a la doncella que estaba de pie en la puerta.

—¿Qué haces allí inútil?, muévete y arregla esos vestidos en los baúles, eres tan holgazana que no te ganas ni la comida —Agregó abrazando a su hija que fingía sollozar, y que escondía la cara de risa y gusto que le proporcionaba, fastidiar a la doncella. Casi parecía que se asomaran unas pequeñas protuberancias creciéndole a los lados de la frente.

Las señas que hacía la vieja, le hicieron entender a Kunigunde que querían algo con los vestidos, como vio casi todos viejos y rotos; los tomó de la cama y los tiró al pasillo, pensando que debía regalarlos como los otros. Aunque la verdad ya ni para eso servían, con seguridad ni las pordioseras se los pondrían.

—¡Pero qué haces, tonta! —Gritó Susanna, soltándose de su madre. Kunigunde se le quedó viendo sin entender—. Es que no eres más bruta porque no eres más bruta —Se quejó la rubia con amargura, llevándose las manos al rostro. Pero que frustración, cuánto más debía soportar. ¡Ah pero ya faltaba poco para que pudiera saborear las mieles de la fortuna, pecadora interesada!

—Ya hija, ya no hagas tantos corajes con esta mujer que no sirve para nada, verás que en cuanto te cases con Terence y el Duque se entere que eres su nuera; no tendrás que sufrir con mucamas ineptas como ésta. Iremos a vivir al castillo de los Granchester en Inglaterra y te tratarán como te lo mereces, como una Princesa. No por nada le has aguantado todas sus majaderías y groserías a ese bruto, soberbio y necio —Sí, eso era lo que motivaba a la mujer, sentirse como la madre de la Princesa y gozar de todos los privilegios, pensaba que con suerte y llegaría a ser Reina su retoño endemoniado.

—Mamá te quiero mucho, tienes razón —Susanna, sonrió satisfecha. Ésta vez le picaron los cuernos en la cabeza y se los rascó, malvada la muy…

Kunigunde seguía de pie observándolas, se sentía mareada, la falta de comida y el exceso de trabajo comenzaba a hacer estragos en su cuerpo, ¿o sería que por fin se hartó de ese par de locas insufribles? ¡Ah! —Suspiró—, el único que se había portado bien con ella en esa casa sin importarle su condición humilde y de doncella, había sido el joven que dos noches antes llegó a visitar a su ama de nuevo.

Recordó como al tocar la puerta salió de nuevo disparada para abrir y allí estaba ese joven que era el sueño de muchas, incluida ella por supuesto. Siempre muy serio pero no necesitaba reír para que al verlo sintiera felicidad, el corazón brincarle como un canguro y las piernas cosquillar. Como cada vez que llegaba, ella le sonrió invitándolo a pasar, para su sorpresa esa noche él también le sonrió correspondiéndole, y sintió pajaritos volar por la estancia y anidar todos en su estómago. Le aleteo las pestañas con ensoñación y de nuevo le saludó al entrar.

—Dobranoc, pan —Le dijo con su característica sonrisa sin dientes.

—No, no me apetece, pero gracias —Negó de nuevo el joven actor, con palabras pausadas para darse a entender y algunas señas.

Terry, seguía sin comprender por qué siempre le ofrecía comida desde la entrada, tampoco porque siempre estaba tan sucia. Sólo lograba verle los ojos porque su rostro siempre estaba inclinado hacia abajo y lo veía de lado para poder sonreírle, nunca lo hacía de frente, quizás por la pequeña joroba que no le permitía erguirse correctamente. Era lamentable para él que una joven tuviera ese defecto y fuera de escasos recursos. Se encontraba observándola con más atención, cuando una voz imperiosa los distrajo.

—¡Qué haces ahí, Kanduca!, vete a la cocina donde te corresponde —Gritó Susanna, a una corta distancia furiosa. Ni él ni Kunigunde la sintieron llegar. La amable doncella se volteó para ver a su ama, y aquella le hizo señas con la mano para que se largara y cuanto más rápido mejor.

La chica se inclinó con amabilidad y luego se volvió al castaño de forma irreverente y le sonrió de nuevo sin importarle que su ama se retorciera del coraje. Se retiró a la cocina satisfecha y dejó solos a…lo que fueran, porque enamorados seguro no eran.

—Susanna, ¿por qué eres tan grosera con la mucama? ¿por qué la tratas de forma tan despectiva? —La riñó, Terry. Jamás le había gustado que trataran mal a la servidumbre ni a nadie. Ya eran varias veces verla hacer eso y no le agradaba.

La ojiazul se indignó que su prometido la defendiera y la pusiera a ella en entredicho, ya se desquitaría después con la mensa de Kanduca y la haría limpiar el piso de rodillas. Pero en ese momento debía aparentar con su prometido, fingir nobleza y la amabilidad que no tenía. Ante todo porque ni siquiera la había saludado por defender a la inepta.

—Lo siento, no es que la trate mal, es solo que los nervios por la boda me tienen exhausta y, bueno a veces parece que soy un poco grosera —Se excusó, sin sonar creíble.

"¿A veces?", se preguntó Terry. "¡Siempre!", se confirmó.

—No, Susanna. Te he visto tratarla mal, no debes hacerlo, la mucama no tiene la culpa de tus arrebatos —La contradijo y la rubia ardió en furia sin poder contenerse, mostrando el colmillo.

—¡Y qué rayos te importa esa mujer! —Gruñó—. ¿Acaso te gusta y quieres llevártela para que trabaje de mucama en tú casa y algo más? ¿a ver dime, eso es lo que quieres? ¿será que ya pusiste tus ojos en ella porque aunque jorobada, tiene sus dos piernas y yo no?, parece que la joroba no te importa para lo que la quieres, pero mi falta de pierna sí.

—¡Susanna! —Gritó el castaño, indignado y muy molesto. Que mente tan sucia y pecaminosa la que tenía, como podía imaginar siquiera que él tuviera tan malos pensamientos con una joven que solo era amable y con tan lindos ojos.

—¡Susanna! —Se escuchó otro grito acercándose a la velocidad de la luz, con el molesto taconeo de sus zapatos.

—¡Mamá! —respondió la rubia, abriendo los ojos asustada. Ya había metido la única pata de nuevo y como siempre, todo por culpa de Kanduca. ¡Qué pesadilla!

—La culpa es suya, Terence —dijo la señora Marlowe, terminando de llegar—. Todo esto no sucedería si usted le diera su lugar a mi hija, en vez de andar defendiendo a una insignificante trabajadora que ni siquiera entiende el idioma de nuestro país.

—Está usted loca, señora —Le habló Terry, en un tono muy golpeado—. La culpa es suya por no saber educar a su hija, y lo que es peor, dejar que sea déspota con la servidumbre.

En medio de la airada discusión se escuchó una voz que los interrumpió.

—Té —Kunigunde, parecía sonreír forzadamente con una bandeja en la mano. Se aproximó a la rubia para servirle una taza y cuando se inclinó, su joven ama reaccionó muy mal.

—¡Lárgate de aquí, no queremos nada! —Gritó descontrolada aventándole encima la bandeja. Todo el problema había sido por culpa de esa inmunda y todavía tenía el atrevimiento de aparecerse.

El servicio voló por los aires y una parte le cayó en la ropa a Kunigunde, Terry se giró sorprendido para verla si estaba bien, al cruzar sus miradas pudo ver sus ojos que antes sonreían, ahora cristalizados por las lágrimas que contenía. Sin esperar más, la doncella se dio la vuelta y salió corriendo hacia la cocina. El castaño por instinto intentó seguirla pero la señora Marlowe, lo tomó del brazo aferrándolo con fuerza.

—¿A dónde cree que va? —Lo inquirió con severidad—. Sólo es una mujer del servicio que no sabe hacer bien su trabajo, Susanna es su prometida y le debe respeto.

—¡Cállese y suélteme! —Le exigió, mirándola fijamente. La bruja mayor se sintió intimidada con su expresión severa y lo soltó—. ¿Sabes qué Susanna?, tú y tú madre me han amargado una noche más, no volveré sino hasta días antes de la boda para que hablemos de ciertos detalles que tenemos que ultimar, no deseo estar un segundo más aquí —añadió y sin darles oportunidad a responder, se giró y tomó la manecilla de la puerta y salió hecho una furia azotándola.

Tuvo intenciones de ir a ver lo que había sucedido con Kunigunde antes de marcharse, pero no quiso importunarla y tampoco que las Marlowe se ensañaran más con ella, quizás lejos de ayudarla la iba a meter en más problemas. De lo único que estaba seguro era que en cuanto su madre volviera de viaje, le pediría que la tomara a su servicio, no iba a permitir que la siguieran tratando mal y se viera en tan malas condiciones, con el vestido sucio, viejo y siempre toda desdeñada.

Por su parte Kunigunde, había llegado a la cocina con lágrimas rodando por sus mejillas, desde ese lugar podía escuchar los gritos y la discusión, no soportó más y se soltó en llanto dejándose caer al suelo en una esquina. Su llanto se hizo más doloroso aunque silencioso, jamás pudo imaginar al llegar a esa casa de la locura, la clase de vida que le esperaba y lo que había visto. Acercándose pudo escuchar el ruidoso sonido de los tacones de la señora Marlowe y se levantó rápidamente para desaparecer hacia el ático. Sin imaginarse que todas las puertas serían desde esa tarde cerradas con llave para ella, sin poder escapar de aquel castigo.

A partir de ese día, el trato que le daban era más grosero e imperioso y nada podía hacer, la tenían encerrada y mal comida mermándole las fuerzas cada vez más. Tanto madre como hija se pasaban el día hablando y haciendo cuentas de lo bueno que les resultaría el próximo matrimonio.

Susanna gozaba haciéndola trabajar sin descanso, los único momentos de alivio que tenía era cuando se encerraban a despotricar contra el prometido, de cómo la rubia se vengaría por su falta de amor hacia ella y por todo el tiempo que la hizo esperar para el matrimonio. Si creía que le iba a perdonar las humillaciones estaba equivocado. Además, la insignificante cantidad de dinero que le proveía mensualmente, a la madre se le hacía una miseria aunque no lo era. Secretamente lo guardaba en un zapato viejo y era poco lo que designaba para la casa y su mantenimiento. Se llevaba tan mal con Terence que sospechaba que el bruto, no se la llevaría cuando contrajeran matrimonio con su hija, pero eso le venía como calcetín viejo. Bastante tenía de todo lo que se quedaba de la manutención que pasaba el castaño, y lo que Susanna le proveyera después de convertirse en la esposa; tendría para vivir el resto de su vida panza arriba, sin ninguna preocupación.

Las mujeres no se reservaban en regocijarse de su próximo triunfo con el matrimonio, sin importarle que fueran escuchadas por toda la casa en su loca algarabía.

Un nuevo mareo sacó a Kunigunde de esos recuerdos de días antes, y un grito de la vieja Marlowe, que todavía estaba esperando que recogiera la ropa que estaba tirada en el suelo. La doncella no soportó más y terminó aterrizando desmayada sobre los polvorientos vestidos, que estratégicamente llevaría Susanna para causar lástima y le renovaran por completo el guardarropa. Por supuesto que cortesía de su querido suegro, el Duque de Granchester. El par de brujas sonrieron triunfantes, al verla desplomarse como tanto lo habían esperado.

.Continuará…


Hola…aquí estoy de nuevo.

Aunque ustedes no lo crean…tengo muchas excusas y muy valederas por mi larga ausencia…pero creo que están demás enunciarlas y con todo respeto… sólo les diré que actualmente me estoy recuperando de una terrible bronquitis y de nuevo disculparme con todas.

Además, quiero agradecer de nuevo el apoyo que le han dado a ésta nueva aventura de fanfic y el tiempo que me dedican al leer y comentar…si les gusta o no. Sé qué es diferente a lo hecho anteriormente, pero estoy tratando de abarcar otros géneros aunque total comedia esto no es…pero lo poco que lleva cambia un poco.

Bueno no me extiendo más…porque no quiero aburrirlas…sólo les aviso que continuó escribiendo el siguiente capítulo de Escocia…que como comprenderán es más complejo porque es una historia más seria y con capítulos más largos. En cuanto lo tenga listo…actualizaré.

Espero que les guste éste nuevo capítulo y que me lo hagan saber.


AGRADECIMIENTOS ESPECIALES….

Por más que quiero hacerlos más personales me es más complicado…pero todas las lectoras inclusive las anónimas…saben que aprecio muchísimo su atención y la forma en que reciben mis escritos…en todos los países de globo terráqueo donde me permiten llegar.

Y también…para los que me agregan en todas las historias a sus favoritos y me siguen.


¡MUCHISIMAS GRACIAS A TODAS Y/0 TODOS!

NOS SEGUIMOS LEYENDO, BESOS Y ABRAZOS DE OSO.


Saludos y que tengan un excelente inicio de semana y cuando menos lo imaginen me verán actualizando.

P.S. Siempre pido disculpas por los errores que encuentren. Gracias.

07-10-18