Capítulo IV. Orgullo.
Varios días habían pasado después de aquél incidente en la cabaña. Ninguno de los dos se había visto después de eso. Varias veces Aioria había querido buscarla para hablar, pero se detenía a medio camino y se volvía por donde había venido, en parte era por su gran orgullo y en parte era por la incertidumbre sobre qué era lo que iba a decirle. Después de la reacción de ese día, no tenía la suficiente certeza ni la confianza de encararla, mucho menos de si debía o no contarle lo que sentía o como se sentía por ella de un tiempo a acá; por su parte, Marin había estado pensando y pensando, dándole vueltas al asunto en su cabeza y siempre llegaba al mismo callejón sin salida; también hubo momentos en los que caminando sin darse cuenta, sus pies la llevaban en dirección al templo de Leo para luego retornar sobre sus pasos.
Era una noche calurosa, de esas que solía haber en el santuario, al parecer nadie podía dormir por la alta temperatura, pues se escuchaba mucho movimiento en los alrededores para ser tan tarde.
-¿Tampoco puedes dormir?
Una voz a sus espaldas lo sacó del ensimismamiento en el que estaba. Sentado en las escalinatas de su templo, el león dorado miraba fijo al cielo cuando fue sorprendido, giró la cabeza para mirar quien era.
-Ah, eres tú, ¿atraviesas tan tranquilo mi templo sin anunciarte? Vaya que eres insolente, Milo.
-Y tú, vaya que estás en las nubes que ni siquiera sentiste mi presencia ni mi cosmo al anunciarme.
Aioria se limitó solo a bufar con enfado regresando la vista al firmamento. Milo caminó escalinatas abajo para quedar frente a este y le observó con curiosidad.
-Tienes la cara de más pocos amigos que te he visto desde que te conozco, creo.
-Métete en tus propios asuntos Milo.
-¿Qué te pasa? No es que me importe, pero hacía mucho que no te veía así, además, llevas casi dos semana encerrado aquí, ya ni siquiera bajas a los entrenamientos, ya pareces Shaka .
El escorpión soltó una carcajada lo que desató la furia del león quien le lanzó una mirada aterradora y feroz al joven frente a él, si sus ojos hubiesen sido dagas, Milo ahora tendría una clavada en la garganta y otra en el pecho.
-¿Quieres que te rompa la cara a puñetazos? – Escupió Aioria levantando la voz lleno de ira.
-Me parece bien, ¿por qué no nos rompemos la cara mañana en el entrenamiento? Últimamente se ha vuelto aburrido sin ti, Mu siempre está jugando conmigo con su telequinesis y Aldebarán siempre se restringe, pero tú y yo somos iguales, la paciencia no es una de nuestras virtudes.
-Hum, tal vez.
- Y ¿vas a contarme que te tiene así? Las pocas veces que te he visto sonreír son cuando estás o platicas con Marin, al parecer es la única que siempre ha sabido el secreto para controlar la furia del león – volvió a soltar la carcajada.
Aioria no contestó ante eso, pero Milo tenía razón, Marin era la única que lograba apaciguar su alma de alguna manera.
-Las mujeres son complicadas, pero lo son más los sentimientos – Le contestó Aioria.
Milo se vio sorprendido por aquella respuesta, no sabía muy bien que quería decir con eso.
-No sé a qué te refieres con eso, pero, mujeres y sentimientos en conjunto son dos cosas que no son para gente como nosotros, eso es lo que sé.
-Tal vez tienes razón – le replicó Aioria sin siquiera voltear a verlo en toda la conversación.
-Bien, no olvides nuestro acuerdo de rompernos la cara mañana, espero que no te quedes dormido – Milo volvió a reírse juguetonamente mientras regresaba a su templo.
-No para gente como nosotros ¿eh?, sí, tal vez es mejor así.
Aioria suspiró largo y profundo para luego levantarse, subir los escalones y perderse en la oscuridad de su templo.
Al mismo tiempo en dirección opuesta, Marin observaba las estrellas como tratando de encontrar una respuesta.
-Ya están hechos los grupos, vamos.
Esa noche estaba de guardia junto con Shaina.
-Marin, ¿me escuchaste?
-¿Alguna vez te has imaginado una vida fuera de aquí?
-¿Tú sí?
-A veces, pero es difícil, no conozco otra cosa que ser un santo y pelear por Athena, es solo que…olvídalo – la pelirroja se giró para darle la cara a una confundida Shaina que la miraba con una ceja enarcada tras su máscara.
-Ah, ya sé, Aioria.
Marin meneó la cabeza y levantó una mano en señal de negativa.
-No voy decirte que hacer, siempre me has parecido una mujer sensata y razonable, pero no puedes seguir huyendo, si intuyes que él siente algo por ti también, creo que ambos deben hablarlo.
-No. Eso sería…no, es mejor que yo ponga distancia de por medio.
-¿Quieres que termine odiándote? – El tono de voz de Shaina cambió a uno de reclamo - ¿sabes lo que yo daría porque el hombre que amo sintiera lo mismo por mí? – Marin sabía de quien hablaba, sabía bien la situación de su compañera con su antiguo alumno.
Con la mirada clavada en el suelo le contestó.
-Tal vez si él me odiara sería más fácil para mí dejar de sentir esto.
- Marin de Águila, eres una mujer extraña, realmente no te comprendo – La de Ofiuco se dio la vuelta un tanto molesta y Marin la siguió para comenzar la vigilancia nocturna.
Los primeros rayos de luz asomaban por las zarpadas montañas que rodeaban el santuario desvaneciendo la oscuridad remanente de la noche para dar paso a una nueva mañana, indicando también que el tiempo de la guardia nocturna había terminado. Había sido una vigilia larga como ninguna otra para el santo femenino de Águila, el cansancio y agotamiento del cual había sido presa no era físico sino mental y emocional, el cual ya tenía días acumulándose como polvo en un objeto dejado a la intemperie y estaba haciendo mella en su desempeño diario. Al término del informe y las instrucciones al cambio de guardia ambas guerreras de plata se despidieron para dirigirse a sus aposentos a descansar. En su camino a casa, Marin decidió dar un rodeo por el anfiteatro, había escuchado el rumor de que Aioria no estaba asistiendo a los entrenamientos con sus demás compañeros y quiso averiguarlo por ella misma como era su costumbre.
-Parece que aún es muy temprano.
Se dijo al entrar en la arena y encontrarla vacía, así que la atravesó para salir por el lado opuesto. A la mitad de su camino distinguió a alguien apoyado de espalda contra uno de los arcos de salida, el corazón le dio un salto, le reconoció de inmediato y se detuvo de golpe, habían pasado ya casi 10 días de no verse y no sabía cómo reaccionarían el uno con el otro si se topaban y el nerviosismo la invadió. Con la mente en blanco de si debía regresar o encararlo, se limitó a observarle en silencio desde el punto donde se encontraba. Estaba colocándose los vendajes en las manos para el entrenamiento, parecía tan serio y concentrado con esa expresión con el ceño fruncido que bien le conocía y sin embargo parecía un niño pequeño batallando con algo tan simple y la escena le arrancó una sonrisa. Decidió pasar frente a él para ver que sucedía.
- Buenos días. El primer vendaje siempre es hacia la muñeca.
Pasando de largo le dijo en un tono seco. Aioria al escuchar la voz dejó lo que estaba haciendo y levantó la mirada en busca de ella quien ni siquiera se detuvo un instante.
-¡Marin, espera! - levantando la voz la llamó pero esta hizo caso omiso y fue tras ella tratando de alcanzarle con un brazo, pero en ese instante Milo apareció gritándole haciéndole voltear y no pudo detenerla.
-¡Aioria! Ah, ahí estás, pensé que no vendrías - Milo se apresuró a alcanzarle - ¿esa era Marin? - dijo al medio distinguirla a lo lejos.
El de Leo con una fúrica expresión en la mirada le contestó - siempre tan inoportuno, voy a disfrutar romperte la cara - y se dirigió a la arena.
Al abrirse la puerta, el crujido de la madera se escuchó en toda la cabaña, entró y se dirigió a su lecho, se retiró máscara y se tumbó boca arriba con la mirada perdida en el techo recordando lo que acababa de suceder, el recuerdo de Aioria batallando con su vendaje le volvió a arrancar una sonrisa.
-Tonto - susurró.
Pese a que deseaba detenerse a ayudarlo como en otras ocasiones, decidió no hacerlo y eso le pesaba. Trató de pegar el ojo pero le fue imposible y decidió ir a practicar un poco y cansarse para poder dormir.
El anfiteatro se llenaba poco a poco, pues se corrió rápido la voz de que había 4 santos dorados reunidos para entrenar y nadie quería perderse el espectáculo. Mu y Aldebarán hicieron acto de presencia ante la invitación de Milo.
- Aioria, por fin reapareces - profirió Aldebarán saludando y sonriendo.
- Y bien ¿comenzamos gato? - El Escorpión incitó al de Leo sabiendo que odiaba que le llamara así.
-Esto no va a terminar bien- dijo Mu sentándose en las gradas junto a Tauro - ¡No hagan tonterías!- les gritó a ambos en la arena.
-¿Estás listo para comer polvo Milo?
- Hum, solo si tú estás listo para suplicar por mi piedad.
Y a la velocidad de un rayo ambos se lanzaron al ataque, el duelo había comenzado arrancando el clamor de los espectadores.
CONTINUARÁ…
Hola, hola, pues he aquí el cap. 4, seguimos con los conflictos personales, espero salten el bache pronto :P.
Gracias a los que me han dejado sus reviews recientes, Shaina de Aries, Saint Lu, JakiSanz, Utopia 153, Dany. Nos leemos muy pronto, el cap. 5 dará un buen giro, tómenlo como spoiler.
Bye-bye.
